DER BLAU REITER
Caminaba
y pensaba. Derecha izquierda derecha izquierda. Tratos
y contratos, números redondos, firmas. Derecha
izquierda derecha izquierda. Olivares y la hipoteca,
los tres sellos que faltan a la transacción de la
vieja de Borlero, la compañía irlandesa y mi
secretaria que no habla una gota de inglés. Derecha
izquierda derecha izquierda ¡Alto!
Me dio asco, como si traje
y maletín me circunscribieran a pensar desde ellos,
desde una credencial y un poco de apresto en la camisa made
in mujer que no soporta las arrugas y yo, que me estoy
poniendo viejo. Junté ambos pies a la misma altura,
negándome como un chiquito caprichoso a seguir caminando
y pensando de ese modo. Decidí hacer un punta–suela–punta en
zigzag cantado bajo la lluvia seca e invisible, cambiar a
la música de Parker, Entre Ríos y mi sueño
loco de bucear la antigua ciudad de Federación, el
retrato de Eugenia Primavesi de Klimt que pintaba azules
parecidos a su delirio. Bailé media cuadra de tap a
mi pésimo estilo Fred Astaire y me gusté más
que antes. Mi yo epicúreo me sentaba mucho mejor supongo,
al menos en los cuarenta y cinco minutos que duraba mi almuerzo
lejos de todo espacio donde el yo abogado desplazaba a los
otros.
Pensé en ella –reconozco
que suelo pensarla más de lo que cualquier psiquiatra
recomendaría– como un recuerdo del presente.
Supongo que aún conversaba con ella de tanto en
tanto, sólo que bajo los efectos del alcohol –yo– y
no lo recordaba.
¿Quién podría
adivinar que yo pensaba en Emilia? Aunque tenía la
cara –característica– de estarla pensando.
Se me notaba.
Miré el reloj; eran
las doce y veinticinco y sentí que algo se aproximaba.
Las doce y media, por cierto pero algo con eso. Creí y
sigo creyendo en la molestia de los incompletos, faltan cinco
para el peso y esa serie de cosas.
Al borde de la vereda una
tana parlaba con la típica gesticulación mediterránea
con un vendedor de chucherías porteñas que
hablaba también más con las manos que con la
voz.
- ¿De dónde
sos?
- Emilia Romagna.
- Carlos Benítez,
un gusto, pero ¿de dónde sos?
Me sentía un bicho
raro en Palermo, caminando y buscando un banco donde descruzar
brazos e ideas y deglutir mi sándwich mientras escuchaba
el nombre de ella repetirse dentro y fuera de mi esfera.
Hacía mucho calor
y yo seguía intentando pensarme en el agua, esquivando
la cruz de la iglesia hundida de Federación. No había
un mísero banco libre; quería desesperadamente
un asiento para mí solo, el placer de la exclusividad
y la soledad adrede.
Di dos vueltas al lago sin
suerte, pensé en Emilia y en las veces que hubiera
pagado escucharla hablar de arte.
– Dinero por placer –pensé,
y me subí a un mateo del Rosedal, diez pesos por vuelta.
El caballo daba lástima,
lleno de lacitos de colores y flores de plástico.
Las herraduras vencidas, el pelaje descuidado. El conductor
también daba lástima; parecía un payaso
con traje azul, el sombrero de ala y el cigarro colgando
de la comisura izquierda de los labios. Pobrecitos, caballo
y conductor y yo, que formaba parte de la escena por la parca
necesidad de sentarme solo sin nadie.
Tenía miedo que me
sentara bien esta nostalgia, la de cuando nos conocimos,
Emilia, yo y nuestros vicios. Habíamos deseado pasear
en un mateo por la quinta avenida pero yo y el trabajo, Emilia
y la tía enferma, meona y depresiva, las distancias.
Entonces Palermo, y un viejo muy poco parecido a éste
pero igual; un caballo aburrido y también viejo y
además parecido, Emilia que no era la misma y yo tampoco.
El viaje costaba treinta y dos australes – que siempre
pagaba ella-; a mí me costaba un esfuerzo sobrehumano
no hacerle el amor en ese carro –y lo pagaba yo.
Me subí al mateo
por la rueda de atrás y acomodé el saco bien
doblado a un costado. El maletín prefirió quedarse
sobre mi regazo por desconfianza, aunque guardaba solamente
algunos contratos, cheques al portador vencidos, varias lapiceras
azules y mi almuerzo.
Ni caballo ni conductor
parecían tener ganas de mí; supongo me porfiaban
el no ser extranjero y pagar de todas maneras los diez pesos.
Yo sólo quería comer sin compartir el asiento
pero no había necesidad de explicar.
El viejo miraba el reloj;
el animal lo único que podía mirar y yo no:
hacia adelante. En un principio pensé que se trataba
de una piolada argentina esto de perder el tiempo, pero el
mateo cobraba por vuelta y no por minuto.
– Qué estúpido –presumí que
habrán pensado, caballo y conductor, de mí;
un pobre local desperdiciando su dinero en esta batata de
colección.
El viejo seguía mirando
el reloj y si hubiera tenido espejo retrovisor me hubiera
mirado también. Efecto dominó. Tuve muchísimas
ganas de saber la hora y sin demasiado alarde fingí desperezarme
para correr la manga de la camisa y pispiar mi muñeca.
Eran las doce y media en punto. Saqué el sándwich
del portafolio y me dispuse a comerlo; después de
todo había conseguido mi ansiada soledad.
Pensé nuevamente
en Emilia mientras masticaba; su forma de morder las manzanas
me recordaba mi falta de estilo, inclusive para comer. Ella
lo tenía todo, hasta gracia para clavar los molares
en la fruta; qué delicia, la fruta Emilia de estación.
El carro seguía quieto
y el viejo se rascaba las rodillas. No podía ignorarlo,
ergo, no podía siquiera disfrutar de mi almuerzo en
paz. Además ella, y la mayonesa que desbordaba y yo,
que me lamía y ella, que Camilo, por favor, no
sos un chico de cuatro años; limpiate bien, ¿querés? Emilia
había puesto tres servilletas de papel en mi bolsillo;
quizás había sido yo pero prefiero pensar que
fue ella. Tomé una y me limpié la mayonesa
en mi barbilla. Eso fue lo que hice.
Nunca le dije nada a nadie;
nunca hablé de mi condición, como le llaman
los angloparlantes. Tenía problemas, ¿y qué? ¿Quién
no? Emilia estaba muerta y yo creía que no, sabía
que no, yo la veía pero no hablábamos y el
Pai Umbanda que me decía que los muertos no hablan
y los mensajes, volverme loco intentando interpretar a Emilia
que seguía asombrándose de no poder estar conmigo.
Ella me lo había dicho muchas veces; Camilo
regresá, y pobrecita,
no lo entendía. Supongo que debe ser bastante
complicado eso de saberse muerto, ser conciente de la muerte,
la del resto, la de uno.
Pobrecita Emilia, mi
amor, mi ley sobre las leyes.
Tampoco buscaba adoctrinarla
en su no estar; era mejor que nunca lo supiera y así permanecería
conmigo, y yo con ella y ella, que siendo la vanguardia de
mí, contrastaba masas y sombras de manera tal que
me servía pequeñas dosis de mí mismo
en el café de la mañana, convirtiéndome
en luces menores.
El conductor tenía
los ojos grises y creo que veía en blanco y negro;
no encuentro otra justificación para el abominable
azul de su traje de jinete, y el caballo, pobre bicho, que
babeaba como el viejo pero tendía a pasar más
desapercibido, creo.
No avanzábamos.
Emilia apareció del
norte y se subió al mateo por la rueda de atrás,
acomodando su saco de lana bien doblado y que así,
sin arrugas como yo en aquel tiempo, tomara una siesta sobre
sus piernas.
No le dije nada; simplemente
la miré. Le hubiera dicho que estaba hermosa, podría
haberle rozado los codos o el talón pero nada de adoctrinarla
en su no estar; era mejor que nunca lo supiera y así permanecería
conmigo, y yo con ella.
El viejo relinchó.
El caballo suspiró.
Emilia pagó los diez
pesos.
© Mara Aguirre |