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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

DER BLAU REITER

 

Caminaba y pensaba. Derecha izquierda derecha izquierda. Tratos y contratos, números redondos, firmas. Derecha izquierda derecha izquierda. Olivares y la hipoteca, los tres sellos que faltan a la transacción de la vieja de Borlero, la compañía irlandesa y mi secretaria que no habla una gota de inglés. Derecha izquierda derecha izquierda ¡Alto!

Me dio asco, como si traje y maletín me circunscribieran a pensar desde ellos, desde una credencial y un poco de apresto en la camisa made in mujer que no soporta las arrugas y yo, que me estoy poniendo viejo. Junté ambos pies a la misma altura, negándome como un chiquito caprichoso a seguir caminando y pensando de ese modo. Decidí hacer un punta–suela–punta en zigzag cantado bajo la lluvia seca e invisible, cambiar a la música de Parker, Entre Ríos y mi sueño loco de bucear la antigua ciudad de Federación, el retrato de Eugenia Primavesi de Klimt que pintaba azules parecidos a su delirio. Bailé media cuadra de tap a mi pésimo estilo Fred Astaire y me gusté más que antes. Mi yo epicúreo me sentaba mucho mejor supongo, al menos en los cuarenta y cinco minutos que duraba mi almuerzo lejos de todo espacio donde el yo abogado desplazaba a los otros.

Pensé en ella –reconozco que suelo pensarla más de lo que cualquier psiquiatra recomendaría– como un recuerdo del presente. Supongo que aún conversaba con ella de tanto en tanto, sólo que bajo los efectos del alcohol –yo– y no lo recordaba.

¿Quién podría adivinar que yo pensaba en Emilia? Aunque tenía la cara –característica– de estarla pensando. Se me notaba.

Miré el reloj; eran las doce y veinticinco y sentí que algo se aproximaba. Las doce y media, por cierto pero algo con eso. Creí y sigo creyendo en la molestia de los incompletos, faltan cinco para el peso y esa serie de cosas.

Al borde de la vereda una tana parlaba con la típica gesticulación mediterránea con un vendedor de chucherías porteñas que hablaba también más con las manos que con la voz.

- ¿De dónde sos?

- Emilia Romagna.

- Carlos Benítez, un gusto, pero ¿de dónde sos?

Me sentía un bicho raro en Palermo, caminando y buscando un banco donde descruzar brazos e ideas y deglutir mi sándwich mientras escuchaba el nombre de ella repetirse dentro y fuera de mi esfera.

Hacía mucho calor y yo seguía intentando pensarme en el agua, esquivando la cruz de la iglesia hundida de Federación. No había un mísero banco libre; quería desesperadamente un asiento para mí solo, el placer de la exclusividad y la soledad adrede.

Di dos vueltas al lago sin suerte, pensé en Emilia y en las veces que hubiera pagado escucharla hablar de arte.

Dinero por placer –pensé, y me subí a un mateo del Rosedal, diez pesos por vuelta.

El caballo daba lástima, lleno de lacitos de colores y flores de plástico. Las herraduras vencidas, el pelaje descuidado. El conductor también daba lástima; parecía un payaso con traje azul, el sombrero de ala y el cigarro colgando de la comisura izquierda de los labios. Pobrecitos, caballo y conductor y yo, que formaba parte de la escena por la parca necesidad de sentarme solo sin nadie.

Tenía miedo que me sentara bien esta nostalgia, la de cuando nos conocimos, Emilia, yo y nuestros vicios. Habíamos deseado pasear en un mateo por la quinta avenida pero yo y el trabajo, Emilia y la tía enferma, meona y depresiva, las distancias. Entonces Palermo, y un viejo muy poco parecido a éste pero igual; un caballo aburrido y también viejo y además parecido, Emilia que no era la misma y yo tampoco. El viaje costaba treinta y dos australes – que siempre pagaba ella-; a mí me costaba un esfuerzo sobrehumano no hacerle el amor en ese carro –y lo pagaba yo.

Me subí al mateo por la rueda de atrás y acomodé el saco bien doblado a un costado. El maletín prefirió quedarse sobre mi regazo por desconfianza, aunque guardaba solamente algunos contratos, cheques al portador vencidos, varias lapiceras azules y mi almuerzo.

Ni caballo ni conductor parecían tener ganas de mí; supongo me porfiaban el no ser extranjero y pagar de todas maneras los diez pesos. Yo sólo quería comer sin compartir el asiento pero no había necesidad de explicar.

El viejo miraba el reloj; el animal lo único que podía mirar y yo no: hacia adelante. En un principio pensé que se trataba de una piolada argentina esto de perder el tiempo, pero el mateo cobraba por vuelta y no por minuto.

Qué estúpido –presumí que habrán pensado, caballo y conductor, de mí; un pobre local desperdiciando su dinero en esta batata de colección.

El viejo seguía mirando el reloj y si hubiera tenido espejo retrovisor me hubiera mirado también. Efecto dominó. Tuve muchísimas ganas de saber la hora y sin demasiado alarde fingí desperezarme para correr la manga de la camisa y pispiar mi muñeca. Eran las doce y media en punto. Saqué el sándwich del portafolio y me dispuse a comerlo; después de todo había conseguido mi ansiada soledad.

Pensé nuevamente en Emilia mientras masticaba; su forma de morder las manzanas me recordaba mi falta de estilo, inclusive para comer. Ella lo tenía todo, hasta gracia para clavar los molares en la fruta; qué delicia, la fruta Emilia de estación.

El carro seguía quieto y el viejo se rascaba las rodillas. No podía ignorarlo, ergo, no podía siquiera disfrutar de mi almuerzo en paz. Además ella, y la mayonesa que desbordaba y yo, que me lamía y ella, que Camilo, por favor, no sos un chico de cuatro años; limpiate bien, ¿querés? Emilia había puesto tres servilletas de papel en mi bolsillo; quizás había sido yo pero prefiero pensar que fue ella. Tomé una y me limpié la mayonesa en mi barbilla. Eso fue lo que hice.

Nunca le dije nada a nadie; nunca hablé de mi condición, como le llaman los angloparlantes. Tenía problemas, ¿y qué? ¿Quién no? Emilia estaba muerta y yo creía que no, sabía que no, yo la veía pero no hablábamos y el Pai Umbanda que me decía que los muertos no hablan y los mensajes, volverme loco intentando interpretar a Emilia que seguía asombrándose de no poder estar conmigo. Ella me lo había dicho muchas veces; Camilo regresá, y pobrecita, no lo entendía. Supongo que debe ser bastante complicado eso de saberse muerto, ser conciente de la muerte, la del resto, la de uno.

Pobrecita Emilia, mi amor, mi ley sobre las leyes.

Tampoco buscaba adoctrinarla en su no estar; era mejor que nunca lo supiera y así permanecería conmigo, y yo con ella y ella, que siendo la vanguardia de mí, contrastaba masas y sombras de manera tal que me servía pequeñas dosis de mí mismo en el café de la mañana, convirtiéndome en luces menores.

El conductor tenía los ojos grises y creo que veía en blanco y negro; no encuentro otra justificación para el abominable azul de su traje de jinete, y el caballo, pobre bicho, que babeaba como el viejo pero tendía a pasar más desapercibido, creo.

No avanzábamos.

Emilia apareció del norte y se subió al mateo por la rueda de atrás, acomodando su saco de lana bien doblado y que así, sin arrugas como yo en aquel tiempo, tomara una siesta sobre sus piernas.

No le dije nada; simplemente la miré. Le hubiera dicho que estaba hermosa, podría haberle rozado los codos o el talón pero nada de adoctrinarla en su no estar; era mejor que nunca lo supiera y así permanecería conmigo, y yo con ella.

El viejo relinchó.

El caballo suspiró.

Emilia pagó los diez pesos.

 

© Mara Aguirre

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mara Aguirre | Argentina, 1978 | Nació en Buenos Aires. Desde 1997 ha sido merecedora de distintos premios y menciones en certámenes de América y España. Fue antologada en Arrójame a las llamas y ha colaborado con distintas revistas literarias, tanto en Argentina como en España, Chile, Cuba y Brasil. También ha incursionado en la narrativa breve, el guión cinematográfico y es autora de dos obras concepto de poesía: Pulso y Mea Culpa.