SANGRE DE NARICES
¿Dónde está tu
sinónimo en el
mundo?
Clarice Lispector
No se trataba de una exageración. Se instaló un
perrito de la ropa en la nariz porque no toleraba la hediondez
de su celda. El olor a húmedo y a orina y a presidiarias
sudorosas le desencadenaba una hemorragia que apenas podía
interrumpir con una bola firme de algodones. Era tan delicada
de nariz como había sido el hámster que Roberto
le había traído una tarde en una jaula de alambre.
Mira lo que tengo para ti, le dijo, y levantó el paño
gris que cubría el armatoste de metal: ¡un hámster!
Pero no era uno, no un hámster sino una. Una hámster
querrás decir, corrigió ella después
de examinar detenidamente su regalo. Una hámster que
colocó sobre una mesa lateral mientras Roberto se
quitaba la ropa en la pieza. Ella seguía examinando
a su ratita por debajo y entonces se dio cuenta de que aun
así, cambiando el artículo que iba siempre
por delante del animal, la ratita metida en su jaula seguía
sonando y pareciendo un el hámster y no
una la, una señorita hámster. Roberto
la llamó desde la cama pero ella seguía reflexionando:
hámster era uno de esos sustantivos inmodificablemente
machos, como animal, como odio, como problema. Camino a la
habitación le comentó a Roberto que le daría
un nombre a esa rata fina, que le donaría el que había
sido su nombre propio antes de que lo cambiara: Georgina.
La ratita que corría sin ir a ningún lugar
en el cilindro de su jaula sería Georgina mientras
ella, la ex Georgina Silva amaestraba un nombre nuevo, uno
que le sonaba más propiamente literario: Geel en vez
de Silva. María Carolina Geel era el nombre con el
que firmaba sus novelas y con el que ya todo el reducido
circuito literario la conocía. María como todas
las mujeres chilenas, Carolina como la princesa, y Geel —las
dos vocales gemelas y femeninas se pronunciaban como una
sola i. Roberto no tuvo inconveniente, la atrapó entre
sus brazos y la hizo crujir entera y después salió raudo
a hacer una entrevista para el diario. La Geel se quedó rebanando
una hoja de lechuga para Georgina. Geel compró después
alpiste de canarios y un recipiente para que la rata se bañara.
La María Carolina Geel se levantaba temprano y quitaba
la sábana que cubría a Georgina. Abría
la celdilla para ponerle comida pero jamás tocaba
esa bola oscura, de ojos pardos que era Georgina. Una Georgina
arisca como su dueña, que era baja, que era morena,
que tenía los ojos pardos y, según dijeron
después los diarios, tenía muchos pretendientes
a los que no hacía ni el menor caso. María
Carolina se encerraba a escribir por las tardes después
del trabajo, y las teclas de su máquina acompañaban
el ritmo de la carrera de Georgina. María Carolina
era una mujer limpia y escrupulosa y, a pesar de sí misma,
una escritora doméstica. Se había vuelto una
prisionera de su escritura, como la otra que corría
presurosa en su cilindro: ambas se afanaban obsesivamente
y ruidosamente en lo suyo sin desplazarse. La escritura detuvo
los dedos sobre sus teclas y miró a Georgina en su
angustiosa carrera.
¿En qué pensaría Georgina con la lengua
afuera?
Siguió tecleando pero otra vez se interrumpió.
Tal vez si tuviera compañía.
Tal vez si fuera a la tienda de animales y le buscara un
acompañante a Georgina.
¿Otro hámster? ¡Tal vez! Pero, ¿un otro hámster
o una otra?
De piernas cruzadas en la cárcel María Carolina
Geel recordaba con ternura ese anterior dilema. Si sólo
hubiera tomado la decisión correcta. Si sólo
hubiera seguido sus instintos en vez de atender a las sugerencias
de Roberto. Roberto que había enviudado por fin de
su esposa enferma, Roberto que necesitaba una nueva madre
para su hija, Roberto que andaba obsesionado con el matrimonio
y no hacía más que hablar de eso a pesar de
las rotundas negativas de María Carolina. La escritora
no quería casarse con él, pero decidió casar
a Georgina.
Pobre animal.
Pero, ¿pobre él o la?
Seguía pensando es
eso mientras jadeaba por la dificultad para respirar en la
privilegiada celda que le habían
dado en la Casa Correccional. Él. La. Uno. Una. Susurraba
con la cabeza todavía envuelta en un paño.
La cabeza envuelta y el cuerpo también envuelto: el
catre era sucio y duro y cómo saber quién se
había acostado antes en él, qué matojo
de cabeza, qué piojos liendres hemípteros insectos
de esos que parasitan el cráneo y chupan succionan
tragan ideas, sobre todo buenas imágenes de novela,
metáforas, caspa y sangre . Aspiró con la boca
bien abierta, pese a sus remilgos. Estiró las piernas,
cada uno de sus dedos. Le habían crecido las uñas,
observó, sonrisa en los labios. Debía pedirle
a la monja, a la madre Anunciación, que le prestara
la tijera podadora con la que recortaba los rosales del jardín,
o que ella misma le rebanara las florecientes garras de sus
manos si dudaba del uso que la reo (otra palabras
de hombre, qué falta le hacía un diccionario
en la cárcel: ¿sería correcto decir
la rea?), si tenía alguna sospecha sobre
el uso que quería darle la rea Geel a la herramienta.
No escribía a gusto con las uñas tan largas.
Se hería la cabeza al rascarse con ellas. Sentada
frente a la pequeña mesa de madera, se frotó las
manos con el lápiz entre las palmas: lo de siempre
antes de escribir la primera palabra. Esa mañana demoraría
un poco más que la anterior, un poco menos que la
mañana siguiente:
avanzaba julio
(el año, anotó junto a la fecha, 1955);
avanzaba julio y estaba bajando la temperatura
(anunciaban “una media de 5 Celsius en el centro de Santiago”);
avanzaba julio, las mañanas estaban demasiados frescas
y no era suficiente abrigo el adelgazado uniforme ni ese
nuevo pelaje que su cuerpo había producido y que sin
pinzas no tenía cómo depilar. Para el frío
de la cárcel ningún abrigo era suficiente:
el hielo en los muros y los suelos de piedra, el rocío
humedeciéndole la piel. Pese a las manos tiesas y
a los sabañones en todos los dedos del cuerpo, la
escritora seguiría escribiendo. ¿A qué,
si no, había venido a la cárcel? Mordió el
extremo sin punta de su lápiz mientras se planteaba
cómo se había gestado la historia de esa sangrienta
caída: la caída de Roberto en el vacío
de sí mismo. La nariz se le llenó de ese opaco
olor a pólvora, los labios del sabor metálico
de la sangre. Y la cabeza se le quedó en blanco como
la hoja de papel que tenía delante. Se rascó la
nuca con las afiladas uñas y pensó: la muerte
es siempre el mejor final para un relato, aunque también
se puede empezar por la muerte. Pero no cualquier muerte,
la muerte por homicidio. ¡Y si el homicida era la homicida! La homicida,
reflexionó, pero también la artista
y otra vez las dimensiones de las palabras le cortaron la
respiración. Se quitó el perrito para tragar
el aire húmedo y pétreo de su celda. Ese intenso
olor a alcantarilla con un toque dulzón: la escritora
se dijo: son los pétalos de rosa despedazados en el
patio, son las espinas incrustadas en la madre superiora.
La madre Anunciación debía hallarse ya en sus
labores matinales, tras los latigazos y las oraciones de
la noche anterior. Qué pecadora debía ser la
madre Anunciación, se dijo la escritora, quien
desde el primer buenos días hija seguido de una ojeada
que le cortaba las costuras de la ropa sin rasguñarla,
desde que le dio su áspero uniforme de carcelaria,
desde que le ordenó con dulzura maternal que se vistiera,
que ya atendería ella personalmente a sus prendas
de civil y a sus joyas,
desde entonces y de ahí en
adelante la escritora sospechaba. Se temía lo peor
de Asunción y
de sus gruesas tijeras, lo peor de ella y de las otras reas:
de la ambidextra María Patas Verdes (por los hongos
en los pies), de la Rosa Farías y sus tratos con la
Chamaca de la voz aguardentosa, de la ladrona de la Adelaida
y de la María López todavía encerrada
en La Solitaria después de la pataleta de la semana
anterior. Geel había oído clarito lo que decía
y cómo entre dos monjas la arrastraban para darle
su merecido y se temía lo peor, porque sí,
eran todas bien raras, de capitana a carcelaria: raras. Pensaba
María Carolina en lo que hacían estas mujeres
que no escribían, que posiblemente no supieran ni
leer siquiera; qué hacían durante las horas
muertas de la cárcel, en qué pensaban, de qué manera
se hacían compañía. Todas esas posibilidades,
todos esos signos de interrogación sin palabras de
por medio eran un material emoliente y estrógeno,
y ese olor a rosaleda qué rico, y las tijeras, se
dijo mientras mordía un trocito de madera con los
dientes delanteros. Y miró su hoja de cuaderno todavía
en blanco. Y se puso a hurgar entre los recortes de prensa
que atesoraba entre las ásperas páginas, en
un intento por entusiasmarse con el encargo que el crítico
literario le había hecho. ¡Ni más ni
menos que el prestigioso Alone (¡pero no era ése
su verdadero nombre!), ni menos ni más que él,
otro solitario que huía de algo sin desplazarse, sí, él
le había sugerido, instado, exigido, que escribiera
sobre “aquel mundo cerrado en lo femenino”:
ese mundo particular
(¡la cárcel, estimado don Díaz Arrieta,
la cárcel no es un mundo ni es un infierno, la cárcel
de mujeres es un extraño paraíso que huele
a sudor y rosaleda!),
ese universo singular, propio, distintivo, peculiar, íntimo,
el que ahora habitaba como una infiltrada.
Se fijó un momento en esa fotografía en la
que ella abrazaba el cuerpo caído de Roberto y la
arrugó entre sus dedos y se la metió entera
a la boca. Mientras la masticaba levantó la cara hacia
el ventanuco, un rayo de sol se colaba por una esquina y
la escritora deshacía y se tragaba el artículo
con su fotografía, y entonces, súbitamente,
miró directo al rayo y se quedó encandilada.
Como en un éxtasis místico, se preguntó qué hacía
ahí, con la cabeza cubierta y la nariz prensada. Se
miró las manos, y vio en ellas los recortes que Alone
le había enviado en sus cartas y entonces el encandilante
sol se nubló:
los balazos en el Hotel
Crillón, ¡de veras!,
se dijo, y apoyó nuevamente
la punta del lápiz
sobre su cuaderno. Y comprendió lo que le estaba sucediendo:
tenía hambre, un apetito inhumano. El papel le había
desatado el instinto de comer y se tragó otro trocito
de madera. Había leído en alguna revista (¿acaso
el Readers Digest?) que el hambre provocaba heridas en el
estómago. Úlcera: dícese de la dolorosa
herida en las paredes internas del estómago causada
por exceso de jugos gástricos. María Carolina
era una mujer enciclopédica, y sabía de medicina
sobre todo porque había pasado años aguantando
el habla hipocrática de su primer marido, el médico.
Sabía también de leyes, de tonta no tenía
un pelo: su segundo ex-marido era leguleyo. Sabía
mucho de esoterismo y de las agitadas prácticas periodísticas
pero lo que había aprendido con mayor entusiasmo habían
sido las letras. María Carolina analizaba todo rigurosamente,
era imaginativa y tendenciosa porque era nacida bajo el signo
de Virgo. (“Culta, refinada, triste, vanidosa, fría
y ególatra”, fue la descripción que el sicólogo
criminalista había hecho de ella. Era cierto, lo decía
siempre el horóscopo pero Geel no pudo evitar maldecirlo: ¡misógino,
maricón, comunacho!, exclamó cuando escuchó esta
descripción durante el juicio.) Lo último que
había aprendido la perfeccionista María Carolina
había sido el tiro al blanco con una pistolita Baby
Browning calibre 6.35, que estaban tan de moda entre las
escritoras de la época. ¿Qué escritora
no llevaba una en su cartera? La Bombal había baleado
a su novio con una de esas, y las demás todavía
no habían encontrado ocasión de dispararla.
Pero no se lo dijo al juez. Se lo diría solamente
al coronel Del Canto que la había recibido e incomunicado
en la Primera Comisaría la misma tarde del 14 de abril. ¡Cómo
le dolía la cara! Abrió el perrito y se masajeó la
nariz respirando por la boca. Tal vez debería comenzar
por ahí su relato, ese que le iban a publicar con
un prólogo de Alone, porque, qué podía
ser más interesante que el testimonio de un asesinato
contado por el propio autor, la, la, la... canturreó Geel.
María Carolina se detuvo un segundo: el rayo de sol
había sido obstruido por una nube. El rayo de sol
cortado, rebanado, interrumpido, la gramática de su
pensamiento truncada, todo rimaba en sus frases. ¿Y
su ratita Georgina, la la la homicida? ¿Qué sería
de ella ahora? No se había detenido a considerar ese
hecho terrible, temible, irreversible: no había quién
alimentara a Georgina desde que ella había sido detenida,
de ninguna manera sobreviviría los 541 días
de sentencia que le habían dado en el fallo de Primera
Instancia, y menos los tres años y un día que
le cayeron encima en el fallo de la Sexta Sala de la Corte
de Apelaciones. Pobrecita Georgina abandonada en su jaula.
Todo porque los jueces habían decretado que “si bien
el reo (¡ la reo!, ¡la rea!)
actuó en el delito con un control disminuido de sus
impulsos, no se encontraba totalmente privada de razón”.
Nadie absolutamente nadie en esa casa, porque la escritora
era una mujer dos veces casada y divorciada y actualmente
un mujer sola. Su único hijo estaba en Brasil, junto
a su padre el médico, y el leguleyo hacía tanto
que se había esfumado, como su propio padre: el Silva
a quien nunca conoció se había ido hacía
cuarenta y dos años. Nadie en casa, porque sola debía ser
y estar una escritora de manos frágiles como
ella. Y era, y estaba, y por eso había logrado fama,
fotografías en el diario: porque su obra tenía
un prestigio literario refrendado por Alone. Y lo sabía,
sí: lo sabía. Sabía perfectamente que
le interesaba a los críticos porque era una escritora “cerebral”,
porque escribía como hombre, porque era una escritora
que exhibía un desenfadado erotismo. Tal vez sobre
la erótica de la cárcel y sus malos olores
debería escribir ahora, se dijo y carraspeó.
Alone había tenido la amabilidad de mandarle la crónica
de Latcham, y María Carolina Geel leyó en voz
alta las palabras de ese otro crítico: “La autora
tiene una clara inteligencia para captar matices del alma
femenina y una técnica moderna, de planos audaces,
ajena a procedimientos atrasados”. La autora en persona dobló la
página, contenta, para qué disimularlo, y regresó a
donde se había quedado: su casa abandonada,
su ratita muerta de hambre. Sólo su amante de los últimos
ocho años tenía llaves de su casa, él podría haberse
hecho cargo de Georgina — podría, segunda persona
singular en tiempo condicional del verbo poder —, pero su
ex amante estaba muerto. Extinto . Derramado por el Salón
de Té como un mal vino. Ex amante y extinto, dijo
Geel en voz alta. La estentórea voz de María
Carolina repetía estas palabras como un mantra, como
si desenrollara un papiro y anunciara su secreto jeroglífico.
Y el secreto, que no era desconocido pero que seguía
sin aclararse era que Roberto Pumarino Valenzuela,
“de 32 años,
militante socialista,
viudo desde hacía dos meses,
un hijo de seis años,
funcionario de la Caja de Empleados Públicos y Periodistas”
estaba muerto.
Se había sacado la
lotería de la muerte: “En
su bolsillo se encontraron dos medios enteros. El 06204 para
el sorteo de lotería de Concepción a celebrarse
el próximo sábado; el 48817 de la Polla del
domingo; y dos décimos para el sorteo de la lotería
de Arequipa”. Le había tocado ese día el premio
mayor de la rifa que era la vida: María Carolina. ¿Por
qué le concediste el premio mayor, María Carolina? ¿Por
qué mataste al muerto?, susurró Geel jugando
con las palabras, y luego, en voz alta, a toda velocidad
y sin equivocarse murmuró: ¡finado extinto pumarino
fallecido difunto occiso fiambre valenzuela roberto exánime!
Tantos sinónimos para un mismo acto, pensó y
luego lo pensó otra vez con más calma y se
dijo: La verdadera sinonimia no existe. La objetividad de
las palabras no existe. Roberto Pumarino tampoco existe.
Todos se habían olvidado ya de él, pero de
ella nunca nadie se olvidaría. Porque ella no le había
dedicado ninguna palabra, porque no había hablado él,
porque no había pronunciado más nunca su nombre.
De pronto comprendió cuál era el objetivo de
Alone, para qué le mandaba esas amables cartas de
incitación, por qué la animaba al testimonio. ¡Quería
sacarle el secreto, quería venderlo, quería
hacerla desaparecer a ella y quedarse con su texto! ¡Quería
que ese hombre fuera el héroe caído, y ella
qué! Hacerme polvo. Polvo eres María Carolina,
pero polvo no serás. Porque nadie, ni el más
ratonil de los críticos iba a deshacer lo que ella
había hecho: vaciar sus cinco tiros en el cuerpo de
Pumarino. Tal cual. Los balazos fueron haciendo fatal blanco
de arriba a abajo. El primero en la boca, el quinto en el
hígado. Todo ocurrió tan rápido que
Pumarino no alcanzó a dibujar una mueca de sorpresa.
Las balas hicieron surgir de inmediato cinco surtidores de
sangre y cuando lo vio derramado por el suelo ella se lanzó por última
vez en sus brazos. No recordaba nada de eso, pero lo contaban
los diarios, lo mostraban a él y también a
ella rodando por el piso. Habrá que contarles otra
historia, se dijo la escritora y se acomodó el perrito
de la nariz. Pero cómo resolver el problema más
urgente: que Georgina moriría de hambre si no había
muerto ya. Sobre la muerte por hambre también se podía
escribir, pero a quién más que a ella le importaba
el hambre de una rata. A quién más que a María
Carolina Geel importaba el hambre de la cárcel. No
puedo pensar en una respuesta con tanta hambre, se dijo María
Carolina limpiando su nariz con la manga del uniforme. Para
escribir sobre el hambre había que pasar hambre, pensó,
pero en vez de hambre se le vino a la memoria la última
cena, su última once, la tarde de té en el
Hotel Crillón con Roberto Pumarino Valenzuela. Los
pasteles de esa tarde; los panes y scones y la mantequilla
argentina; los helados con galletas del Crillón, los
pesados cortinajes burdeos con orlas doradas, las lámparas
de cristal. Y Schubert transmitido en un radio-teléfono.
Cómo le gustaba la música, qué falta
le hacía. Tarareó a Schubert, los ojos pardos
entornados, repasando de memoria las impecables alfombras,
las mesas altas de caoba; qué platería, la
teterita de humeante earl grey tea, las tazas de porcelana,
y la boca haciéndosele agua. Pero esto último
sonaba vulgar, la boca ..., la boca ... Y fue movida por
el estómago que la escritora se encaramó hacia
el ventanuco para contemplar el jardín, a ver si al
menos se paseaba por ahí la Reverenda Madre Asunción,
la de la voz mesurada, la de los ojos saltones. Pero sólo
vio venir a la Juana Rojas, otra presidiario como ella, pero
pobre. La pobrísima Juana vivía en el Patio
de las Guaguas desde que había parido ese niño
horrendo que se ponía colorado cuando berreaba, ese
niño tan negro de pelo, tan olor a caca, a ex-cremento
. También por criaturas como esa se endilgaba María
Carolina el perrito en la nariz. Por sucias como la Juana
Rojas o la Rosa Farías era que de noche la escritora
se introducía bolitas de algodón en las orejas.
Para no oír eso que hacían y deshacían
las reas y que tanto asco le daba. Porque era tal el asco
que el algodón no servía, que los dedos en
las orejas no servían. Geel escuchaba todo, hasta
el replegarse de las faldas. Sobre ese asco, sobre la imposibilidad
de hacer oídos sordos a los gemidos de esas mujeres
también debía escribir: iba a clavarlas al
papel con su lápiz. Para apropiarse de sus movimientos,
de sus palabras, para hacerlas a todas suyas pero sin tocarlas,
para inscribir sus cuerpos encima del de Roberto. El cuerpo
de Roberto bajo el peso de otros cuerpos. El asqueroso olor
de Roberto bajo otros olores. Se lo había explicado
ya a los jueces pero ninguno aceptó su versión:
que lo había fulminado por su olor. En medio de un
arrebato aromático, dijo, aunque quizá no fuera ésa
la manera apropiada de decirlo, porque, para su sorpresa,
su atenuante no estaba descrita en el Código. Debía
ser por eso que don Malaquías Concha iba a proponerle
no alegar una causal olfativa. Diría, más bien,
que lo de la divorciada María Carolina Geel había
sido un “acceso de locura transitoria gatillado por un ataque
de celos” o una “depresión nerviosa”, lo mismo que
le habían diagnosticado a María Luisa. Pero
la María Luisa Bombal había errado el blanco
y no había logrado matar a su amante. Malaquías
Concha le había refrescado la memoria: después
de tomar el té en el Crillón un caluroso 28
de enero del año 1941 (¿hacía sólo
14 años?) la autora de La amortajada y de La última
niebla había descargado cuatro balazos sobre
ese hombre. El abogado Concha había atendido el caso,
y había insistido que también ella se declarara
celosa. Concha dijo que describiera o se inventara si prefería
el angustioso dolor causado por la negativa de Pumarino a
casarse con ella. Pero no fue ése el motivo, argumentaba
la escritora, él quiso siempre casarse conmigo, era
yo, yo, yo la que no quería. Concha no la escuchaba,
le dijo que hablara de la otra mujer con la que Pumarino
iba a casarse. ¡Pero eso fue después!, dijo
la escritora. No altere el orden de los acontecimientos.
No altere la verdad de los hechos Ilustrísimo Señor,
don Malaquías Concha. Dígame entonces por qué.
Me niego, me niego a decirle nada que no sea que su olor
desencadenó todo. Su intenso olor a mujer. ¡Celos,
entonces! Geel se sentó negando una y otra vez con
la cabeza y murmurando, ese olor a mujer pegado a Roberto,
ese olor a mujer... Escúcheme, intentó otra
vez la acusada frente al abogado que le habían impuesto.
Llegó a decirme que se casaba envuelto en ese olor
que me mareaba. El olor activó algo en mí,
algo, ¿entiende?, una poderosa reacción química.
Traté de cubrirme la nariz con la servilleta de tela,
pero mientras él hablaba su rostro se cubrió de
sudor, don Malaquías, su sudor impregnado de ese olor
que me hacía sangrar la nariz. Le pasa a las ratonas, ¿sabe?,
ciertos olores las excitan, ciertos olores en los cuerpos
de sus crías. Malaquías Concha se agarraba
la cabeza a dos manos, y ahí estaba ahora ella cumpliendo
su condena. La verdadera Georgina Silva Jiménez curvó las
palmas como corneta alrededor de sus labios y aulló en
el juicio: Me llamo María Carolina Geel, su
señoría, y asesiné a un hombre para
librarme de su olor. Hubo toses en la sala, ruido de piernas
que se descruzan. El abogado se dejó caer abrumado
en su asiento. Después diría que “la escritora
sufría de una obsesividad patológica”. Pero
Geel se preguntaba cómo se las iba a arreglar su ratita
en la jaula, ahora que estaba sola. ¿Podría
aguantar la inanición después de haber comido
a sus anchas? Se las arreglaría de alguna manera.
Si sólo yo hubiera prestado más atención,
se dijo María Carolina. Si hubiera tomado nota cuando
la vio con la cabeza entre los alambres de su jaula, moviendo
su naricilla y sus largos bigotes. No había pensado
en los bigotes del encierro, pero al palparse por encima
de los labios se percató que también a ella
le había crecido un mostacho y no tenía pinzas
ni alicates ni espejo de mano. Pero estaba pensando en los
bigotitos inquietos de la ratona. Recién había
parido seis diminutos hámster totalmente lampiños,
gelatinosos, y ella, María Carolina, los había
tocado con la punta del dedo. Y Georgina, la, la, la hámster
había reconocido las sustancia humana, maríacarolinesca,
en sus crías. Y algo había sucedido. ¿Ataque
de celos? ¿Depresión nerviosa? Asco, simplemente
asco de esa mano de mujer, de todas esas hormonas de hembra
humana. Eso quiso decirles a Malaquías Concha y al
juez. Que María Carolina le había pedido perdón
doblándole la ración de alpiste pero la ratita
no había aceptado. Georgina se había trepado
en su cilindro y había corrido ruidosamente, la noche
entera corriendo, la noche entera intentando huir de ese
olor a mujer. El cilindro gastándose, eso es lo que
la Geel había creído percibir entre sueños.
A la mañana siguiente, el macho estaba herido de muerte
y tuvo que abrir la jaula para deshacerse de él. Esa
misma noche todas las crías habían perdido
la cabeza y Georgina corría dentro de su cilindro.
Estás
angustiada, pobre mi ratita, le susurró entonces
la angustiada María Carolina, sin atreverse a abrir
la jaula y retirar los seis cuerpos. ¿Cómo
describir el escenario? La escritora chupó el extremo
de su lápiz: cómo darle verosimilitud, verismo,
verdad, realidad, trascendencia, rigor, pundonor, a su relato.
No, no había sido en absoluto necesario retirar los
cuerpos porque esa misma noche, cuando iba a poner en la
jaula una ramita de apio, ya no quedaba huella del genocidio,
del infanticidio, del ¿criaturicidio?, ¿del
hamstericidio? La ratita no había dejado rastro de
ellos, ni un solo hueso, y dormitaba más hinchada
que nunca en una esquina de su celda. Geel devoró la
rama de apio mientras observaba a su ratita haciendo la digestión...
Ni una sola evidencia, ni una sola gota de sangre, pensó en
la celda del Correccional, con el lápiz apoyado en
la hoja, tachando una palabra y repensando otra. Esa tarde
en el Crillón, qué bien lo entendía
ahora, ella había sido menos elegante que Georgina.
Ella había olido un cuerpo en Roberto Pumarino, y
qué, y qué, había captado bajo el perfume
a pino un olor a sudor femenino. El olor la había
hecho meter la mano en la cartera y hurgar en ella, el olor
y la mujer de ese olor tan exquisito la llevaron a levantarse
y
disparar,
disparar,
disparar,
disparar,
disparar,
sintiendo los efluvios de pólvora y luego los perfumados
borbotones de sangre. Excitada por la mezcolanza de aromas,
atraída por la secreta novia de Pumarino, la escritora
María Carolina Geel besó esos anchos labios
acabados de besar, besó esa boca maquillada de rojo
porque ya esa boca estaba quieta.
Nota
de la autora: El relato Sangre de narices es
una versión revisada del relato anteriormente editado
en Chile en la antología Con Pasión (Planeta,
2000). Este texto está basado en un caso real, el
asesinato de Roberto Pumarino Valenzuela cometido por la
escritora y ensayista chilena María Carolina Geel
(1911-1996), una tarde de abril de 1955. La autora de El
mundo dormido de Yenia, Extraño estío,
y de Soñaba y amaba el adolescente Perces fue
enviada a la Casa Correccional, donde bajo el auspicio del
crítico más influyente de la época escribiría
su obra más conocida: Cárcel de Mujeres. Geel
fue indultada al año siguiente. Deseo aclarar que
aunque los personajes mencionados en este relato existieron,
y las fechas y citas (algunas entre comillas, otras no) han
sido extraídas de la prensa de la época, todo
lo demás es pura ficción.
© Lina Meruane |