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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

SANGRE DE NARICES

 

¿Dónde está tu sinónimo en el mundo?

Clarice Lispector

 

No se trataba de una exageración. Se instaló un perrito de la ropa en la nariz porque no toleraba la hediondez de su celda. El olor a húmedo y a orina y a presidiarias sudorosas le desencadenaba una hemorragia que apenas podía interrumpir con una bola firme de algodones. Era tan delicada de nariz como había sido el hámster que Roberto le había traído una tarde en una jaula de alambre. Mira lo que tengo para ti, le dijo, y levantó el paño gris que cubría el armatoste de metal: ¡un hámster! Pero no era uno, no un hámster sino una. Una hámster querrás decir, corrigió ella después de examinar detenidamente su regalo. Una hámster que colocó sobre una mesa lateral mientras Roberto se quitaba la ropa en la pieza. Ella seguía examinando a su ratita por debajo y entonces se dio cuenta de que aun así, cambiando el artículo que iba siempre por delante del animal, la ratita metida en su jaula seguía sonando y pareciendo un el hámster y no una la, una señorita hámster. Roberto la llamó desde la cama pero ella seguía reflexionando: hámster era uno de esos sustantivos inmodificablemente machos, como animal, como odio, como problema. Camino a la habitación le comentó a Roberto que le daría un nombre a esa rata fina, que le donaría el que había sido su nombre propio antes de que lo cambiara: Georgina. La ratita que corría sin ir a ningún lugar en el cilindro de su jaula sería Georgina mientras ella, la ex Georgina Silva amaestraba un nombre nuevo, uno que le sonaba más propiamente literario: Geel en vez de Silva. María Carolina Geel era el nombre con el que firmaba sus novelas y con el que ya todo el reducido circuito literario la conocía. María como todas las mujeres chilenas, Carolina como la princesa, y Geel —las dos vocales gemelas y femeninas se pronunciaban como una sola i. Roberto no tuvo inconveniente, la atrapó entre sus brazos y la hizo crujir entera y después salió raudo a hacer una entrevista para el diario. La Geel se quedó rebanando una hoja de lechuga para Georgina. Geel compró después alpiste de canarios y un recipiente para que la rata se bañara. La María Carolina Geel se levantaba temprano y quitaba la sábana que cubría a Georgina. Abría la celdilla para ponerle comida pero jamás tocaba esa bola oscura, de ojos pardos que era Georgina. Una Georgina arisca como su dueña, que era baja, que era morena, que tenía los ojos pardos y, según dijeron después los diarios, tenía muchos pretendientes a los que no hacía ni el menor caso. María Carolina se encerraba a escribir por las tardes después del trabajo, y las teclas de su máquina acompañaban el ritmo de la carrera de Georgina. María Carolina era una mujer limpia y escrupulosa y, a pesar de sí misma, una escritora doméstica. Se había vuelto una prisionera de su escritura, como la otra que corría presurosa en su cilindro: ambas se afanaban obsesivamente y ruidosamente en lo suyo sin desplazarse. La escritura detuvo los dedos sobre sus teclas y miró a Georgina en su angustiosa carrera.

¿En qué pensaría Georgina con la lengua afuera?

Siguió tecleando pero otra vez se interrumpió.

Tal vez si tuviera compañía.

Tal vez si fuera a la tienda de animales y le buscara un acompañante a Georgina.

¿Otro hámster? ¡Tal vez! Pero, ¿un otro hámster o una otra?

De piernas cruzadas en la cárcel María Carolina Geel recordaba con ternura ese anterior dilema. Si sólo hubiera tomado la decisión correcta. Si sólo hubiera seguido sus instintos en vez de atender a las sugerencias de Roberto. Roberto que había enviudado por fin de su esposa enferma, Roberto que necesitaba una nueva madre para su hija, Roberto que andaba obsesionado con el matrimonio y no hacía más que hablar de eso a pesar de las rotundas negativas de María Carolina. La escritora no quería casarse con él, pero decidió casar a Georgina.

Pobre animal.

Pero, ¿pobre él o la?

Seguía pensando es eso mientras jadeaba por la dificultad para respirar en la privilegiada celda que le habían dado en la Casa Correccional. Él. La. Uno. Una. Susurraba con la cabeza todavía envuelta en un paño. La cabeza envuelta y el cuerpo también envuelto: el catre era sucio y duro y cómo saber quién se había acostado antes en él, qué matojo de cabeza, qué piojos liendres hemípteros insectos de esos que parasitan el cráneo y chupan succionan tragan ideas, sobre todo buenas imágenes de novela, metáforas, caspa y sangre . Aspiró con la boca bien abierta, pese a sus remilgos. Estiró las piernas, cada uno de sus dedos. Le habían crecido las uñas, observó, sonrisa en los labios. Debía pedirle a la monja, a la madre Anunciación, que le prestara la tijera podadora con la que recortaba los rosales del jardín, o que ella misma le rebanara las florecientes garras de sus manos si dudaba del uso que la reo (otra palabras de hombre, qué falta le hacía un diccionario en la cárcel: ¿sería correcto decir la rea?), si tenía alguna sospecha sobre el uso que quería darle la rea Geel a la herramienta. No escribía a gusto con las uñas tan largas. Se hería la cabeza al rascarse con ellas. Sentada frente a la pequeña mesa de madera, se frotó las manos con el lápiz entre las palmas: lo de siempre antes de escribir la primera palabra. Esa mañana demoraría un poco más que la anterior, un poco menos que la mañana siguiente:

avanzaba julio

(el año, anotó junto a la fecha, 1955);

avanzaba julio y estaba bajando la temperatura

(anunciaban “una media de 5 Celsius en el centro de Santiago”);

avanzaba julio, las mañanas estaban demasiados frescas y no era suficiente abrigo el adelgazado uniforme ni ese nuevo pelaje que su cuerpo había producido y que sin pinzas no tenía cómo depilar. Para el frío de la cárcel ningún abrigo era suficiente: el hielo en los muros y los suelos de piedra, el rocío humedeciéndole la piel. Pese a las manos tiesas y a los sabañones en todos los dedos del cuerpo, la escritora seguiría escribiendo. ¿A qué, si no, había venido a la cárcel? Mordió el extremo sin punta de su lápiz mientras se planteaba cómo se había gestado la historia de esa sangrienta caída: la caída de Roberto en el vacío de sí mismo. La nariz se le llenó de ese opaco olor a pólvora, los labios del sabor metálico de la sangre. Y la cabeza se le quedó en blanco como la hoja de papel que tenía delante. Se rascó la nuca con las afiladas uñas y pensó: la muerte es siempre el mejor final para un relato, aunque también se puede empezar por la muerte. Pero no cualquier muerte, la muerte por homicidio. ¡Y si el homicida era la homicida! La homicida, reflexionó, pero también la artista y otra vez las dimensiones de las palabras le cortaron la respiración. Se quitó el perrito para tragar el aire húmedo y pétreo de su celda. Ese intenso olor a alcantarilla con un toque dulzón: la escritora se dijo: son los pétalos de rosa despedazados en el patio, son las espinas incrustadas en la madre superiora. La madre Anunciación debía hallarse ya en sus labores matinales, tras los latigazos y las oraciones de la noche anterior. Qué pecadora debía ser la madre Anunciación, se dijo la escritora, quien

desde el primer buenos días hija seguido de una ojeada que le cortaba las costuras de la ropa sin rasguñarla,

desde que le dio su áspero uniforme de carcelaria,

desde que le ordenó con dulzura maternal que se vistiera, que ya atendería ella personalmente a sus prendas de civil y a sus joyas,

desde entonces y de ahí en adelante la escritora sospechaba. Se temía lo peor de Asunción y de sus gruesas tijeras, lo peor de ella y de las otras reas: de la ambidextra María Patas Verdes (por los hongos en los pies), de la Rosa Farías y sus tratos con la Chamaca de la voz aguardentosa, de la ladrona de la Adelaida y de la María López todavía encerrada en La Solitaria después de la pataleta de la semana anterior. Geel había oído clarito lo que decía y cómo entre dos monjas la arrastraban para darle su merecido y se temía lo peor, porque sí, eran todas bien raras, de capitana a carcelaria: raras. Pensaba María Carolina en lo que hacían estas mujeres que no escribían, que posiblemente no supieran ni leer siquiera; qué hacían durante las horas muertas de la cárcel, en qué pensaban, de qué manera se hacían compañía. Todas esas posibilidades, todos esos signos de interrogación sin palabras de por medio eran un material emoliente y estrógeno, y ese olor a rosaleda qué rico, y las tijeras, se dijo mientras mordía un trocito de madera con los dientes delanteros. Y miró su hoja de cuaderno todavía en blanco. Y se puso a hurgar entre los recortes de prensa que atesoraba entre las ásperas páginas, en un intento por entusiasmarse con el encargo que el crítico literario le había hecho. ¡Ni más ni menos que el prestigioso Alone (¡pero no era ése su verdadero nombre!), ni menos ni más que él, otro solitario que huía de algo sin desplazarse, sí, él le había sugerido, instado, exigido, que escribiera sobre “aquel mundo cerrado en lo femenino”:

ese mundo particular

(¡la cárcel, estimado don Díaz Arrieta, la cárcel no es un mundo ni es un infierno, la cárcel de mujeres es un extraño paraíso que huele a sudor y rosaleda!),

ese universo singular, propio, distintivo, peculiar, íntimo, el que ahora habitaba como una infiltrada.

Se fijó un momento en esa fotografía en la que ella abrazaba el cuerpo caído de Roberto y la arrugó entre sus dedos y se la metió entera a la boca. Mientras la masticaba levantó la cara hacia el ventanuco, un rayo de sol se colaba por una esquina y la escritora deshacía y se tragaba el artículo con su fotografía, y entonces, súbitamente, miró directo al rayo y se quedó encandilada. Como en un éxtasis místico, se preguntó qué hacía ahí, con la cabeza cubierta y la nariz prensada. Se miró las manos, y vio en ellas los recortes que Alone le había enviado en sus cartas y entonces el encandilante sol se nubló:

los balazos en el Hotel Crillón, ¡de veras!,

se dijo, y apoyó nuevamente la punta del lápiz sobre su cuaderno. Y comprendió lo que le estaba sucediendo: tenía hambre, un apetito inhumano. El papel le había desatado el instinto de comer y se tragó otro trocito de madera. Había leído en alguna revista (¿acaso el Readers Digest?) que el hambre provocaba heridas en el estómago. Úlcera: dícese de la dolorosa herida en las paredes internas del estómago causada por exceso de jugos gástricos. María Carolina era una mujer enciclopédica, y sabía de medicina sobre todo porque había pasado años aguantando el habla hipocrática de su primer marido, el médico. Sabía también de leyes, de tonta no tenía un pelo: su segundo ex-marido era leguleyo. Sabía mucho de esoterismo y de las agitadas prácticas periodísticas pero lo que había aprendido con mayor entusiasmo habían sido las letras. María Carolina analizaba todo rigurosamente, era imaginativa y tendenciosa porque era nacida bajo el signo de Virgo. (“Culta, refinada, triste, vanidosa, fría y ególatra”, fue la descripción que el sicólogo criminalista había hecho de ella. Era cierto, lo decía siempre el horóscopo pero Geel no pudo evitar maldecirlo: ¡misógino, maricón, comunacho!, exclamó cuando escuchó esta descripción durante el juicio.) Lo último que había aprendido la perfeccionista María Carolina había sido el tiro al blanco con una pistolita Baby Browning calibre 6.35, que estaban tan de moda entre las escritoras de la época. ¿Qué escritora no llevaba una en su cartera? La Bombal había baleado a su novio con una de esas, y las demás todavía no habían encontrado ocasión de dispararla. Pero no se lo dijo al juez. Se lo diría solamente al coronel Del Canto que la había recibido e incomunicado en la Primera Comisaría la misma tarde del 14 de abril. ¡Cómo le dolía la cara! Abrió el perrito y se masajeó la nariz respirando por la boca. Tal vez debería comenzar por ahí su relato, ese que le iban a publicar con un prólogo de Alone, porque, qué podía ser más interesante que el testimonio de un asesinato contado por el propio autor, la, la, la... canturreó Geel. María Carolina se detuvo un segundo: el rayo de sol había sido obstruido por una nube. El rayo de sol cortado, rebanado, interrumpido, la gramática de su pensamiento truncada, todo rimaba en sus frases. ¿Y su ratita Georgina, la la la homicida? ¿Qué sería de ella ahora? No se había detenido a considerar ese hecho terrible, temible, irreversible: no había quién alimentara a Georgina desde que ella había sido detenida, de ninguna manera sobreviviría los 541 días de sentencia que le habían dado en el fallo de Primera Instancia, y menos los tres años y un día que le cayeron encima en el fallo de la Sexta Sala de la Corte de Apelaciones. Pobrecita Georgina abandonada en su jaula. Todo porque los jueces habían decretado que “si bien el reo (¡ la reo!, ¡la rea!) actuó en el delito con un control disminuido de sus impulsos, no se encontraba totalmente privada de razón”. Nadie absolutamente nadie en esa casa, porque la escritora era una mujer dos veces casada y divorciada y actualmente un mujer sola. Su único hijo estaba en Brasil, junto a su padre el médico, y el leguleyo hacía tanto que se había esfumado, como su propio padre: el Silva a quien nunca conoció se había ido hacía cuarenta y dos años. Nadie en casa, porque sola debía ser y estar una escritora de manos frágiles como ella. Y era, y estaba, y por eso había logrado fama, fotografías en el diario: porque su obra tenía un prestigio literario refrendado por Alone. Y lo sabía, sí: lo sabía. Sabía perfectamente que le interesaba a los críticos porque era una escritora “cerebral”, porque escribía como hombre, porque era una escritora que exhibía un desenfadado erotismo. Tal vez sobre la erótica de la cárcel y sus malos olores debería escribir ahora, se dijo y carraspeó. Alone había tenido la amabilidad de mandarle la crónica de Latcham, y María Carolina Geel leyó en voz alta las palabras de ese otro crítico: “La autora tiene una clara inteligencia para captar matices del alma femenina y una técnica moderna, de planos audaces, ajena a procedimientos atrasados”. La autora en persona dobló la página, contenta, para qué disimularlo, y regresó a donde se había quedado: su casa abandonada, su ratita muerta de hambre. Sólo su amante de los últimos ocho años tenía llaves de su casa, él podría haberse hecho cargo de Georgina — podría, segunda persona singular en tiempo condicional del verbo poder —, pero su ex amante estaba muerto. Extinto . Derramado por el Salón de Té como un mal vino. Ex amante y extinto, dijo Geel en voz alta. La estentórea voz de María Carolina repetía estas palabras como un mantra, como si desenrollara un papiro y anunciara su secreto jeroglífico. Y el secreto, que no era desconocido pero que seguía sin aclararse era que Roberto Pumarino Valenzuela,

“de 32 años,

militante socialista,

viudo desde hacía dos meses,

un hijo de seis años,

funcionario de la Caja de Empleados Públicos y Periodistas”

estaba muerto.

Se había sacado la lotería de la muerte: “En su bolsillo se encontraron dos medios enteros. El 06204 para el sorteo de lotería de Concepción a celebrarse el próximo sábado; el 48817 de la Polla del domingo; y dos décimos para el sorteo de la lotería de Arequipa”. Le había tocado ese día el premio mayor de la rifa que era la vida: María Carolina. ¿Por qué le concediste el premio mayor, María Carolina? ¿Por qué mataste al muerto?, susurró Geel jugando con las palabras, y luego, en voz alta, a toda velocidad y sin equivocarse murmuró: ¡finado extinto pumarino fallecido difunto occiso fiambre valenzuela roberto exánime! Tantos sinónimos para un mismo acto, pensó y luego lo pensó otra vez con más calma y se dijo: La verdadera sinonimia no existe. La objetividad de las palabras no existe. Roberto Pumarino tampoco existe. Todos se habían olvidado ya de él, pero de ella nunca nadie se olvidaría. Porque ella no le había dedicado ninguna palabra, porque no había hablado él, porque no había pronunciado más nunca su nombre. De pronto comprendió cuál era el objetivo de Alone, para qué le mandaba esas amables cartas de incitación, por qué la animaba al testimonio. ¡Quería sacarle el secreto, quería venderlo, quería hacerla desaparecer a ella y quedarse con su texto! ¡Quería que ese hombre fuera el héroe caído, y ella qué! Hacerme polvo. Polvo eres María Carolina, pero polvo no serás. Porque nadie, ni el más ratonil de los críticos iba a deshacer lo que ella había hecho: vaciar sus cinco tiros en el cuerpo de Pumarino. Tal cual. Los balazos fueron haciendo fatal blanco de arriba a abajo. El primero en la boca, el quinto en el hígado. Todo ocurrió tan rápido que Pumarino no alcanzó a dibujar una mueca de sorpresa. Las balas hicieron surgir de inmediato cinco surtidores de sangre y cuando lo vio derramado por el suelo ella se lanzó por última vez en sus brazos. No recordaba nada de eso, pero lo contaban los diarios, lo mostraban a él y también a ella rodando por el piso. Habrá que contarles otra historia, se dijo la escritora y se acomodó el perrito de la nariz. Pero cómo resolver el problema más urgente: que Georgina moriría de hambre si no había muerto ya. Sobre la muerte por hambre también se podía escribir, pero a quién más que a ella le importaba el hambre de una rata. A quién más que a María Carolina Geel importaba el hambre de la cárcel. No puedo pensar en una respuesta con tanta hambre, se dijo María Carolina limpiando su nariz con la manga del uniforme. Para escribir sobre el hambre había que pasar hambre, pensó, pero en vez de hambre se le vino a la memoria la última cena, su última once, la tarde de té en el Hotel Crillón con Roberto Pumarino Valenzuela. Los pasteles de esa tarde; los panes y scones y la mantequilla argentina; los helados con galletas del Crillón, los pesados cortinajes burdeos con orlas doradas, las lámparas de cristal. Y Schubert transmitido en un radio-teléfono. Cómo le gustaba la música, qué falta le hacía. Tarareó a Schubert, los ojos pardos entornados, repasando de memoria las impecables alfombras, las mesas altas de caoba; qué platería, la teterita de humeante earl grey tea, las tazas de porcelana, y la boca haciéndosele agua. Pero esto último sonaba vulgar, la boca ..., la boca ... Y fue movida por el estómago que la escritora se encaramó hacia el ventanuco para contemplar el jardín, a ver si al menos se paseaba por ahí la Reverenda Madre Asunción, la de la voz mesurada, la de los ojos saltones. Pero sólo vio venir a la Juana Rojas, otra presidiario como ella, pero pobre. La pobrísima Juana vivía en el Patio de las Guaguas desde que había parido ese niño horrendo que se ponía colorado cuando berreaba, ese niño tan negro de pelo, tan olor a caca, a ex-cremento . También por criaturas como esa se endilgaba María Carolina el perrito en la nariz. Por sucias como la Juana Rojas o la Rosa Farías era que de noche la escritora se introducía bolitas de algodón en las orejas. Para no oír eso que hacían y deshacían las reas y que tanto asco le daba. Porque era tal el asco que el algodón no servía, que los dedos en las orejas no servían. Geel escuchaba todo, hasta el replegarse de las faldas. Sobre ese asco, sobre la imposibilidad de hacer oídos sordos a los gemidos de esas mujeres también debía escribir: iba a clavarlas al papel con su lápiz. Para apropiarse de sus movimientos, de sus palabras, para hacerlas a todas suyas pero sin tocarlas, para inscribir sus cuerpos encima del de Roberto. El cuerpo de Roberto bajo el peso de otros cuerpos. El asqueroso olor de Roberto bajo otros olores. Se lo había explicado ya a los jueces pero ninguno aceptó su versión: que lo había fulminado por su olor. En medio de un arrebato aromático, dijo, aunque quizá no fuera ésa la manera apropiada de decirlo, porque, para su sorpresa, su atenuante no estaba descrita en el Código. Debía ser por eso que don Malaquías Concha iba a proponerle no alegar una causal olfativa. Diría, más bien, que lo de la divorciada María Carolina Geel había sido un “acceso de locura transitoria gatillado por un ataque de celos” o una “depresión nerviosa”, lo mismo que le habían diagnosticado a María Luisa. Pero la María Luisa Bombal había errado el blanco y no había logrado matar a su amante. Malaquías Concha le había refrescado la memoria: después de tomar el té en el Crillón un caluroso 28 de enero del año 1941 (¿hacía sólo 14 años?) la autora de La amortajada y de La última niebla había descargado cuatro balazos sobre ese hombre. El abogado Concha había atendido el caso, y había insistido que también ella se declarara celosa. Concha dijo que describiera o se inventara si prefería el angustioso dolor causado por la negativa de Pumarino a casarse con ella. Pero no fue ése el motivo, argumentaba la escritora, él quiso siempre casarse conmigo, era yo, yo, yo la que no quería. Concha no la escuchaba, le dijo que hablara de la otra mujer con la que Pumarino iba a casarse. ¡Pero eso fue después!, dijo la escritora. No altere el orden de los acontecimientos. No altere la verdad de los hechos Ilustrísimo Señor, don Malaquías Concha. Dígame entonces por qué. Me niego, me niego a decirle nada que no sea que su olor desencadenó todo. Su intenso olor a mujer. ¡Celos, entonces! Geel se sentó negando una y otra vez con la cabeza y murmurando, ese olor a mujer pegado a Roberto, ese olor a mujer... Escúcheme, intentó otra vez la acusada frente al abogado que le habían impuesto. Llegó a decirme que se casaba envuelto en ese olor que me mareaba. El olor activó algo en mí, algo, ¿entiende?, una poderosa reacción química. Traté de cubrirme la nariz con la servilleta de tela, pero mientras él hablaba su rostro se cubrió de sudor, don Malaquías, su sudor impregnado de ese olor que me hacía sangrar la nariz. Le pasa a las ratonas, ¿sabe?, ciertos olores las excitan, ciertos olores en los cuerpos de sus crías. Malaquías Concha se agarraba la cabeza a dos manos, y ahí estaba ahora ella cumpliendo su condena. La verdadera Georgina Silva Jiménez curvó las palmas como corneta alrededor de sus labios y aulló en el juicio: Me llamo María Carolina Geel, su señoría, y asesiné a un hombre para librarme de su olor. Hubo toses en la sala, ruido de piernas que se descruzan. El abogado se dejó caer abrumado en su asiento. Después diría que “la escritora sufría de una obsesividad patológica”. Pero Geel se preguntaba cómo se las iba a arreglar su ratita en la jaula, ahora que estaba sola. ¿Podría aguantar la inanición después de haber comido a sus anchas? Se las arreglaría de alguna manera. Si sólo yo hubiera prestado más atención, se dijo María Carolina. Si hubiera tomado nota cuando la vio con la cabeza entre los alambres de su jaula, moviendo su naricilla y sus largos bigotes. No había pensado en los bigotes del encierro, pero al palparse por encima de los labios se percató que también a ella le había crecido un mostacho y no tenía pinzas ni alicates ni espejo de mano. Pero estaba pensando en los bigotitos inquietos de la ratona. Recién había parido seis diminutos hámster totalmente lampiños, gelatinosos, y ella, María Carolina, los había tocado con la punta del dedo. Y Georgina, la, la, la hámster había reconocido las sustancia humana, maríacarolinesca, en sus crías. Y algo había sucedido. ¿Ataque de celos? ¿Depresión nerviosa? Asco, simplemente asco de esa mano de mujer, de todas esas hormonas de hembra humana. Eso quiso decirles a Malaquías Concha y al juez. Que María Carolina le había pedido perdón doblándole la ración de alpiste pero la ratita no había aceptado. Georgina se había trepado en su cilindro y había corrido ruidosamente, la noche entera corriendo, la noche entera intentando huir de ese olor a mujer. El cilindro gastándose, eso es lo que la Geel había creído percibir entre sueños. A la mañana siguiente, el macho estaba herido de muerte y tuvo que abrir la jaula para deshacerse de él. Esa misma noche todas las crías habían perdido la cabeza y Georgina corría dentro de su cilindro. Estás angustiada, pobre mi ratita, le susurró entonces la angustiada María Carolina, sin atreverse a abrir la jaula y retirar los seis cuerpos. ¿Cómo describir el escenario? La escritora chupó el extremo de su lápiz: cómo darle verosimilitud, verismo, verdad, realidad, trascendencia, rigor, pundonor, a su relato. No, no había sido en absoluto necesario retirar los cuerpos porque esa misma noche, cuando iba a poner en la jaula una ramita de apio, ya no quedaba huella del genocidio, del infanticidio, del ¿criaturicidio?, ¿del hamstericidio? La ratita no había dejado rastro de ellos, ni un solo hueso, y dormitaba más hinchada que nunca en una esquina de su celda. Geel devoró la rama de apio mientras observaba a su ratita haciendo la digestión... Ni una sola evidencia, ni una sola gota de sangre, pensó en la celda del Correccional, con el lápiz apoyado en la hoja, tachando una palabra y repensando otra. Esa tarde en el Crillón, qué bien lo entendía ahora, ella había sido menos elegante que Georgina. Ella había olido un cuerpo en Roberto Pumarino, y qué, y qué, había captado bajo el perfume a pino un olor a sudor femenino. El olor la había hecho meter la mano en la cartera y hurgar en ella, el olor y la mujer de ese olor tan exquisito la llevaron a levantarse y

disparar,

disparar,

disparar,

disparar,

disparar,

sintiendo los efluvios de pólvora y luego los perfumados borbotones de sangre. Excitada por la mezcolanza de aromas, atraída por la secreta novia de Pumarino, la escritora María Carolina Geel besó esos anchos labios acabados de besar, besó esa boca maquillada de rojo porque ya esa boca estaba quieta.

 

Nota de la autora: El relato Sangre de narices es una versión revisada del relato anteriormente editado en Chile en la antología Con Pasión (Planeta, 2000). Este texto está basado en un caso real, el asesinato de Roberto Pumarino Valenzuela cometido por la escritora y ensayista chilena María Carolina Geel (1911-1996), una tarde de abril de 1955. La autora de El mundo dormido de Yenia, Extraño estío, y de Soñaba y amaba el adolescente Perces fue enviada a la Casa Correccional, donde bajo el auspicio del crítico más influyente de la época escribiría su obra más conocida: Cárcel de Mujeres. Geel fue indultada al año siguiente. Deseo aclarar que aunque los personajes mencionados en este relato existieron, y las fechas y citas (algunas entre comillas, otras no) han sido extraídas de la prensa de la época, todo lo demás es pura ficción.

 

© Lina Meruane

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lina Meruane | Chile, 1970 | Escritora, periodista cultural y columnista estable del diario El Mercurio. Cursa el doctorado en Literatura Hispanoamericana en New York University. Ha publicado Las Infantas, Póstuma y la novela breve Cercada. En 2004 recibió la beca de la Fundación Guggenheim para un proyecto de novela actualmente en progreso. Ha sido antologada en Salidas de Madre, Se habla español, Pequeñas Resistencias III: Antología del Nuevo Cuento Sudamericano y MicroQuijotes, entre otros libros.