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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

soy sietemesina, todavía

 

Soy sietemesina, todavía

me falta un poco

para persona. Nací

como un pez, me guardaron

días en una cajita

para que todos me miren.

Dicen que a los dos

sabía los colores y hablaba

sin parar. Después llegué

las dos casas. Por la amarilla

crecía la luz. Gritaba desde la cama

a las figuras que volaban

desde el techo. Mis manos

dormían más que yo

y despertaban

llenas de arena. Mamá

dibujó plantas en una pared;

cuando aprendí, llené otra

con rulitos. Tenía un jilguero

que reemplazaban

si se moría. Elegí

los colores del otro

el de las visitas, rojo

y rosa como un hechizo. Con el tiempo,

las casas

llegaron a once y la mochila

de caracol me siguió

hasta hace poco. En la escuela

era buena, dos veces

llevé la bandera y dos

fui en penitencia. Me gustan

los animales y los niños,

y no me importa

que suene mal. También

me gusta no hacer nada

por la mañana y algunas drogas

y Pablo. Tuve muchos perros

que encontré en la calle, una

vive en lo de mi mamá, petisa

y blanca como banqueta. Mi gata

ve cosas que yo no puedo, mira

la pantalla mientras escribo.

Siempre soñé ganar una beca

para comprar ropa y pasear

todo el tiempo. De vieja

me voy a volver loca, vestida

siempre de un sólo color. Ahora,

tengo veinticinco años.

La semana pasada

vi una ola

de mariposas.

  

correspondencia

 

I

 

Somos tres en la foto

de la distancia. Un sonido

claro que destella

hacia lo inmenso.

Busco un puente que me lleve

hacia ese lugar, el amor

como un estado del fuego.

 

Casi te escucho, pensás

en una playa, el mar o el espacio

algo

que te cubra

de tanto frío.

 

II

 

Ella lee y los relámpagos

parten hacia sus manos.

Todo México llega

en una carta. Pero no hay hielo

en estas tierras. Tu fuerza

encanta lagartijas y me arroja

a otro paisaje.

 

Si pudiera correría a buscarte, digo,

las dos escondiendo

cada ciudad

en mi cartera.

 

III

 

Un sueño: juntos

visitan a las hermanas.

Cada casa esconde el tesoro,

una piedra

invisible de la infancia.

 

IV

 

Mis palabras son mudas

pero queman.

 

Y él es tan grande

que se inclina hacia mí

como un árbol

tímido y grave

que crece

hacia todos los cielos.

 

Hoy

tejo el silencio, de ahí

lo blanco de la estepa

 

V

 

Ahora

voy hacia allá.

Ese perro que te sigue

lleva mis ojos. Busco

nuevas formas que me oculten

a lo largo del viaje.

 

Ya llego. Quisiera

abrazar los Urales,

hasta que duela. Y que me escribas

siempre.

 

la prima

 

I

 

La prima ya no estaba. Sacamos

de a poco cada cosa, uvas,

lucecitas, payasos. Las pusimos

en distintos lugares para armar

un nuevo orden. Con zapatos

de la abuela y el dolor caminé

toda la noche. Antes, la lluvia

nos dejó la idea de escapar

en un bote, los bomberos

y la tele en el momento

heroico del rescate. O tal vez

nadie llegaría, las dos

olvidadas para siempre, un adorno

más en esa casa. Encontramos

un whisky cerrado y ahorros

en otra moneda

como partes casi esenciales

de la supervivencia.

 

II

 

Ahora el patio

era una selva miniatura, las plantas

llegaban a la cocina. Cuando nadie ve

las cosas crecen solas. Así, la prima

apenas limpió y con los años

todo se llenó de objetos. Igual

sólo nos llevamos

el árbol de la abuela y una muestra

breve del incendio. Imagino

a la abuela eclipsada frente al fuego

sus uñas del mismo rojo guardando

todo el calor. Después

alguien llegó a salvarla, las cajas

y las muñecas de papel todavía

siguen intactas.

 

el zeide

 

I

 

Hay tanto azul acá

parece un mar

mucho más pequeño

que la tierra. Veo a mi abuelo

y su pincel, los ojos

casi cerrados; aparecen

esos puntos blancos que bailan

cuando la vista se queda

fija en al aire. Todo el silencio

está ahí, como las palabras

de quien habló mucho. Ahora

la ventana en mi cuarto,

inmensa guarda

la canción

de su espacio.

 

II

 

El zeide, el zeide. Una forma

de uso exclusivo que esconde

un nombre largo, el perfume

francés de su casa y un estante

con ruido a seda. Pensaron

en los ahorros como

una herencia para el ocio

de hijos y nietos. No. El zeide

no dejó nada

de lo esperado. El zeide dejó

todos los paisajes.

 

III

 

Primero llegaron los techos,

cúpulas y los colores de un lugar

que no visité. La promesa

del viaje se quedó

en ese cielo. Ayer

la abuela vino sola,

los labios pintados y los dedos

llenos de anillos. Siempre linda,

la abuela y sus sacones, la abuela

y sus ojos

grises como un cuadro.

 

IV

 

Busco en el lugar

más pequeño, el zeide

como un cuadrado más

dentro de un plano. Allí

nos perdemos hasta dejar

piedras y flores. Hoy

es domingo y la lluvia

baja suave sobre la abuela, vemos

las letras apenas grabadas.

Por primera vez

ella habla, le duele

lo blanco de este tiempo.

 

V

 

Con la primavera volvían, juntos

ordenaban regalos sobre la cama

hasta llegar a diez. Era

el número perfecto

en esas mañanas. En Ezeiza

yo imaginaba los juguetes

aún desconocidos que más tarde

se descubrían entre la ropa. Entonces

perdieron un bolso, el misterio

de lo que nunca llegó

todavía nos persigue.

 

© Laura Lobov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Laura Lobov | Argentina, 1978 | Nació en Buenos Aires y estudió Letras en la UBA. Sus poemas han sido publicados en Diario de Poesía, Nunca nunca quisiera irme a casa y Pisar el Césped, entre otras revistas. En 2003, publicó Balneario, en el marco de la colección Arte de tapas de la Casa de la Poesía de la Ciudad de Buenos Aires y en 2004, Las cosas a descansar, por Gog y Magog Ediciones.