soy sietemesina, todavía
Soy sietemesina, todavía
me falta un poco
para persona. Nací
como un pez, me guardaron
días en una cajita
para que todos me miren.
Dicen que a los dos
sabía los colores y hablaba
sin parar. Después llegué
las dos casas. Por la amarilla
crecía la luz. Gritaba desde la cama
a las figuras que volaban
desde el techo. Mis manos
dormían más que yo
y despertaban
llenas de arena. Mamá
dibujó plantas en una pared;
cuando aprendí, llené otra
con rulitos. Tenía un jilguero
que reemplazaban
si se moría. Elegí
los colores del otro
el de las visitas, rojo
y rosa como un hechizo. Con el tiempo,
las casas
llegaron a once y la mochila
de caracol me siguió
hasta hace poco. En la escuela
era buena, dos veces
llevé la bandera y dos
fui en penitencia. Me gustan
los animales y los niños,
y no me importa
que suene mal. También
me gusta no hacer nada
por la mañana y algunas drogas
y Pablo. Tuve muchos perros
que encontré en la calle, una
vive en lo de mi mamá, petisa
y blanca como banqueta. Mi gata
ve cosas que yo no puedo, mira
la pantalla mientras escribo.
Siempre soñé ganar una beca
para comprar ropa y pasear
todo el tiempo. De vieja
me voy a volver loca, vestida
siempre de un sólo color. Ahora,
tengo veinticinco años.
La semana pasada
vi una ola
de mariposas.
correspondencia
I
Somos tres en la foto
de la distancia. Un sonido
claro que destella
hacia lo inmenso.
Busco un puente que me lleve
hacia ese lugar, el amor
como un estado del fuego.
Casi te escucho, pensás
en una playa, el mar o el espacio
algo
que te cubra
de tanto frío.
II
Ella lee y los relámpagos
parten hacia sus manos.
Todo México llega
en una carta. Pero no hay hielo
en estas tierras. Tu fuerza
encanta lagartijas y me arroja
a otro paisaje.
Si pudiera correría a buscarte, digo,
las dos escondiendo
cada ciudad
en mi cartera.
III
Un sueño: juntos
visitan a las hermanas.
Cada casa esconde el tesoro,
una piedra
invisible de la infancia.
IV
Mis palabras son mudas
pero queman.
Y él es tan grande
que se inclina hacia mí
como un árbol
tímido y grave
que crece
hacia todos los cielos.
Hoy
tejo el silencio, de ahí
lo blanco de la estepa
V
Ahora
voy hacia allá.
Ese perro que te sigue
lleva mis ojos. Busco
nuevas formas que me oculten
a lo largo del viaje.
Ya llego. Quisiera
abrazar los Urales,
hasta que duela. Y que me escribas
siempre.
la prima
I
La prima ya no estaba. Sacamos
de a poco cada cosa, uvas,
lucecitas, payasos. Las pusimos
en distintos lugares para armar
un nuevo orden. Con zapatos
de la abuela y el dolor caminé
toda la noche. Antes, la lluvia
nos dejó la idea de escapar
en un bote, los bomberos
y la tele en el momento
heroico del rescate. O tal vez
nadie llegaría, las dos
olvidadas para siempre, un adorno
más en esa casa. Encontramos
un whisky cerrado y ahorros
en otra moneda
como partes casi esenciales
de la supervivencia.
II
Ahora el patio
era una selva miniatura, las plantas
llegaban a la cocina. Cuando nadie ve
las cosas crecen solas. Así, la prima
apenas limpió y con los años
todo se llenó de objetos. Igual
sólo nos llevamos
el árbol de la abuela y una muestra
breve del incendio. Imagino
a la abuela eclipsada frente al fuego
sus uñas del mismo rojo guardando
todo el calor. Después
alguien llegó a salvarla, las cajas
y las muñecas de papel todavía
siguen intactas.
el zeide
I
Hay tanto azul acá
parece un mar
mucho más pequeño
que la tierra. Veo a mi abuelo
y su pincel, los ojos
casi cerrados; aparecen
esos puntos blancos que bailan
cuando la vista se queda
fija en al aire. Todo el silencio
está ahí, como las palabras
de quien habló mucho. Ahora
la ventana en mi cuarto,
inmensa guarda
la canción
de su espacio.
II
El zeide, el zeide. Una forma
de uso exclusivo que esconde
un nombre largo, el perfume
francés de su casa y un estante
con ruido a seda. Pensaron
en los ahorros como
una herencia para el ocio
de hijos y nietos. No. El zeide
no dejó nada
de lo esperado. El zeide dejó
todos los paisajes.
III
Primero llegaron los techos,
cúpulas y los colores de un lugar
que no visité. La promesa
del viaje se quedó
en ese cielo. Ayer
la abuela vino sola,
los labios pintados y los dedos
llenos de anillos. Siempre linda,
la abuela y sus sacones, la abuela
y sus ojos
grises como un cuadro.
IV
Busco en el lugar
más pequeño, el zeide
como un cuadrado más
dentro de un plano. Allí
nos perdemos hasta dejar
piedras y flores. Hoy
es domingo y la lluvia
baja suave sobre la abuela, vemos
las letras apenas grabadas.
Por primera vez
ella habla, le duele
lo blanco de este tiempo.
V
Con la primavera volvían, juntos
ordenaban regalos sobre la cama
hasta llegar a diez. Era
el número perfecto
en esas mañanas. En Ezeiza
yo imaginaba los juguetes
aún desconocidos que más tarde
se descubrían entre la ropa. Entonces
perdieron un bolso, el misterio
de lo que nunca llegó
todavía nos persigue.
© Laura Lobov |