PRINCIPIANTE EN
UNA CLASE DE YOGA
Estaban los alumnos en la posición del perro mirando
hacia abajo cuando llegó la principiante acarreando
una ráfaga de aire frío. Tarde, una vez más.
Por eso no hacía amistad con esas personas disciplinadas
y silenciosas: su estilo era menos sosegado, expansivo. Entró,
como siempre, con ganas de ser notada, pero no hubo mucha
respuesta. Alguno que otro balanceó la cadera, descuadrándola
de la posición, pero la mayoría siguió firme,
con la frente al suelo y las nalgas apuntando al techo.
Era tal vez la tercera o cuarta clase de la principiante
y en todo se le notaba: en el cuidadoso arreglo de su peinado,
en lo nuevos que se veían sus pants, en lo suaves
que parecía tener las plantas de los pies y, sobre
todo, en la expresión de angustia que la transportaba
cada vez que se le exigía una asana más o menos
complicada.
En el salón había de todo: un anciano que
se doblaba con sorprendente agilidad, llevándose los
pies a la cabeza a la menor provocación; una chica
que gemía, como en un trance orgásmico, cada
dos o tres respiraciones; un par de jóvenes muy atléticos
que carecían de flexibilidad, pero que estaban llenos
de fuerza y energía y bufaban como si la clase fuera
un entrenamiento olímpico. Etcétera. Pero ninguno
olía a perfume como la principiante; ni les escurrían
delgadísimas pulseras de oro por las muñecas
y jamás se había visto en esa clase a otra
alumna con un maquillaje tan correctamente aplicado como
el de la principiante.
El profesor era simpático, guapo y flotaba por el
salón con cierto aire de ausencia (o autosuficiencia)
que lo hacía deseable. Modulaba apenas la voz porque
no había que subir el tono en ese sitio: se perturbaría
la paz que buscaban, se alteraría la tranquilidad
del Buda que reposaba quieto, iluminado por unas velas, en
la esquina más oscura de la habitación. Así que
iba y venía dando instrucciones casi en silencio;
prefería aplicar la fuerza de sus manos o sus brazos
para forzar el cuerpo de aquellos alumnos que no se doblaban
adecuadamente cuando había que hacerlo.
Para casi todos estaba claro que la principiante no duraría
mucho tiempo ahí, pero nadie sabía bien por
qué. Tenía un cuerpo bonito, bien formado,
y parecía preocupada por mantener íntegras
sus uñas largas y nacaradas. Era evidente que disfrutaba
las manos del profesor sobre su cuerpo, tocándola
para corregirle la postura, porque sonreía, se agitaba
un poco y hasta se ruborizaba. Para él era lícito
tocar todos los cuerpos de ese salón, le estaba permitido
meter las manos bajo las arcas, abrir las piernas de los
alumnos desde su base, tomar entre sus dedos otros tal vez
delgados, tal vez sudorosos. Podía ser que no sintiera
por ella especial atracción, sino un poco de tedio,
porque la miraba con condescendencia y no atendía
a sus quejas con la presteza que ella suplicaba.
Pero ese día en que la principiante llegó tarde,
se quitó la sudadera y los calcetines con prisas,
sacudió sus brazos para consolarse con la refulgencia
de sus pulseras, extendió su tapete en el suelo y
elevó las caderas, bajó los pechos y subió las
nalgas, el salón estaba cargado de oscuras premoniciones.
Una de las alumnas más avanzadas –que lograba doblarse
completamente en la postura del guerrero inclinado, por ejemplo– habló de
los sueños densos que habían llenado su noche
justo ahí, a la mitad de una clase en la que la exigencia
de las posiciones obligaba al silencio. Uno de los más
avezados alumnos dio con la frente en el suelo, como si lo
hubieran levantado de los pies, cuando se inclinaba para
hacer una asana muy sencilla; otro más comenzó a
sangrar por la nariz sin sentirlo cuando miró, en
una distracción evidente del trabajo físico
que estaba realizando, los pies muy cuidados de la principiante.
Pero estaban apenas en la primera media hora de clase y nada
muy grave sucedía; no parecían más que
coincidencias desafortunadas.
El primer signo de que no habría vuelta atrás,
de que nada llegaría a buen término esa clase,
vino cuando estaban haciendo la postura de la montaña:
tadasana. Erguidos, con el cuello muy estirado, los hombros
hacia abajo, el abdomen contraído, los pies fijos
en el piso, los alumnos intentaban alcanzar el cielo con
su coronilla. Eran, se les dijo, montañas nevadas:
su fontanela era una cima que deseaba alcanzar las nubes,
el resto de su cuerpo era sólido, de roca, una mole
inmensa e inamovible. El esfuerzo de mantenerse en esa postura
los obligó a sudores y quejas a todos salvo a la principiante
que notó –con un gesto de vaga preocupación
en la cara–algo que surgía de su entrepierna y caía
al suelo. Salieron de la posición y la principiante
sacudió los pies discretamente. Un puñado de
tierra molida le hizo cosquillas entre los dedos; también
en sus muslos había rastros de un polvo fino, color
crema. Se sacudió desconcertada y miró al techo
en busca de una razón para aquello, pero no encontró nada.
La clase siguió sin que los demás se dieran
cuenta del montoncito de tierra que la principiante, con
un tímido pie, había puesto a un lado de su
tapete. En esa clase las posturas eran una detrás
de la otra, seguidas, sin darle tregua al cuerpo sometido
a tanto doblez. La principiante tenía, eso sí,
empeño en comportarse como el resto. Cuando se le
exigió nuevamente elevar el trasero –las caderas giradas
retroversión, los brazos muy estirados, los omóplatos
extendidos y el esternón abierto– en la postura del
perro mirando hacia abajo, logró apenas sostenerse
unos segundos ahí antes de derrumbarse con un gemido:
a sus pies descalzos les habían salido unos pelos
ralos y tiesos, sus uñas se habían vuelto negras
y delgadísimas en las puntas. Se llevó instintivamente
una mano al trasero y notó la protuberancia que empezaba
a formársele justo en el cóccix.
El profesor se acercó a ella preocupado, pero la
principiante encogió las piernas avergonzada, ocultó los
pies y se disculpó diciendo que no podía seguir
más con esa posición porque le dolía
la espalda. Meneando la cabeza y recomendándole que
hiciera el esfuerzo sin lastimarse, el profesor se retiró hasta
el centro del salón y marcó otra asana para
que la hicieran. Nuevamente la montaña. La principiante
corrió a ponerse calcetines y regresó a su
sitio. Inhaló una, dos veces, antes de sentir un ligero
derrumbe en su hombro izquierdo. Miró hacia abajo
con angustia para confirmar que sí, que ahí estaban
un par de piedras chiquitas y otro poco de tierra pulverizada.
Suspiró aliviada cuando se sentaron, pero ya no estaba
segura de querer seguir con la clase.
El profesor ejemplificó entonces el pez. Había
que recostarse, juntar las plantas de los pies, arquear la
columna y detener el peso en la coronilla. Lo mostró dos
veces haciendo énfasis en no descuidar las vértebras
lumbares y en mantener unidos al suelo los tobillos. La principiante,
llena de dudas y temores, se quedó tendida sobre su
tapete sin animarse a nada. En uno de sus paseos regulares
por el salón, el profesor la miró fijamente
y le preguntó si se sentía bien. Sí,
perfectamente, dijo ella, muy incómoda con el bulto
que le crecía en el trasero y un poco adolorida de
los talones para abajo. ¿Entonces?, dijo el profesor.
Y ella, sin atreverse a llevarle la contra, puso planta contra
planta, arqueó la espalda, elevó el pecho y
se apoyó en la coronilla. Todo lo veía de cabeza
y sintió que también diferente, como borroso.
Un cosquilleo inusual en su piel la obligó a enderezarse
y suprimió un grito cuando constató su sospecha.
Su epidermis estaba saturada de pequeñas escamas iridiscentes
que brillaban bajo la luz artificial y tenían hermosos
destellos cuando la flama de la vela encendida en un rincón
se agitaba.
Miró sus brazos con desasosiego y lloró un
poco sin hacer muchos aspavientos. Ahora la cosa estaba muy
complicada. No quería irse porque salir así a
la calle le parecía una locura. Tenía miedo
de permanecer ahí porque se sentiría obligada
a seguir realizando asanas y no sabía en qué podía
terminar todo aquello.
El profesor volvió al centro y con su voz suave y
armoniosa les ofreció las instrucciones para realizar
el cuervo. Era una postura complicada, la principiante había
intentado hacerla sin ningún éxito en anteriores
ocasiones. Como sentía que no la dominaba en lo absoluto,
perdió un poco el miedo. Seguramente nada le pasaría
si no lograba realizarla cabalmente. Pero el profesor insistió en
que hicieran un trabajo de parejas, así se ayudarían
mutuamente y entenderían dónde estaban sus
fortalezas y sus debilidades. Una chica muy flexible y guapa
se paró junto a la principiante y le sonrió.
Trabajarían juntas. Lo hizo primero la chica y la
principiante trató de hacer sombra con su cuerpo todo
el tiempo para evitar preguntas en torno a los brillos de
sus escamas nuevas. Vino su turno y asumió el riesgo
con mucho nerviosismo. Puso las palmas extendidas (las muñecas
justo bajo la línea de los hombros), dobló las
rodillas y las colocó sobre los brazos. Luego se inclinó hacia
el frente, con la barbilla elevada, un poco, un poco, un
poco más. Para su sorpresa, logró mantener
el equilibrio. Un graznido salió de su garganta en
vez de la exclamación de alegría que había
pronunciado. Su compañera respingó, se paró y
señaló con gritos las plumas negras y sedosas
que crecían tras los omóplatos de la principiante.
El grupo entero se detuvo en seco. Hubo un silencio que
provenía de la incredulidad y el miedo, una oleada
de sorpresa y el pasmo generalizado que los dejó a
todos ahí, rodeándola, admirando sus alas,
sus escamas, su incipiente cola, los breves cúmulos
de rocas que había en sus clavículas. Todos
los rostros estaban dirigidos hacia ese cuerpo que parecía
suspendido en el aire, pero nadie decía nada. No había
uno solo entre ellos que se atreviera a tocar la figura frágil
de la principiante, que los miraba a con cara de angustia,
sin atreverse a hablar por miedo a que de sus labio endurecidos
saliera otro graznido tan desgarrador como el primero.
La situación exigía una solución rápida
y el menor de los alborotos; había que actuar de una
vez y por todas resolviéndole el problema a esa mujer
y obligando a una realidad que parecía escabullirse
de la habitación a que volviera y se instalara definitivamente
ahí. ¿Pero cómo lograrlo?, ninguno se
atrevió a proponer nada. Uno de ellos, en cambio,
señaló el reloj: el tiempo pasaba, no faltaba
mucho para que los alumnos de la siguiente clase entraran
al salón y entonces, ¿qué harían?
Empezaron a hablar impulsados por la prisa y por el miedo
a verse implicados en algo así de inconveniente. La
chica seguía en la misma posición pero no parecía
sufrir. Unos propusieron llamar a una ambulancia. Aunque
era una propuesta sensata, tampoco sabían muy bien
qué podrían decirle a los médicos y
se creyeron culpables de algo que se les escapaba. Descartaron
la ambulancia y, de paso, la presencia de bomberos o policía.
Uno de ellos sugirió que se buscara a los familiares
de la principiante para que se hicieran cargo, para que fueran
los parientes y no ellos quienes asumieran responsabilidades
en el caso. Pero la chica se negó a hablar, meneó con
la cabeza y frunció el ceño. Tampoco les dio
ninguna indicación para que pudieran encontrar en
su cartera o en alguna prenda información que los
ayudara.
Después de un rato de sesudas ponderaciones el profesor
dio un paso hacia atrás y agitó la cabeza,
como sacudido por un rayo de esperanza y cordura. Ya sé,
dijo muy sonriente, vamos a cambiarle la posición.
Hay que buscar una forma de volverla humana de nueva cuenta.
Había más plumas en el cuerpo de la chica que
cuando su compañera la apuntara con un dedo. Aparentemente
le crecían más y más conforme permanecía
en la posición del cuervo. Y pensar, dijo el profesor
con alivio, que íbamos a hacer el escorpión
unos minutos después del cuervo. Todos rodearon el
cuerpo y le ayudaron al profesor a bajar las rodillas de
los brazos y a recomponer la figura de la principiante.
Si la dejamos en el piso puede sucederle cualquier cosa,
sugirió uno. Mejor vamos a pensar, antes de soltarla,
qué posición adoptará.
El profesor no permitió que el miedo colectivo le
nublara el pensamiento. Segundo guerrero, dijo con voz firme,
y asintió con la cabeza igual que si hubiera hablado
frente a un gran público. Los alumnos lo miraron con
seriedad y se dedicaron a la tarea de acomodar un pie en
el suelo abierto a noventa grados, otro a cuarenta y cinco,
la cadera nivelada, los brazos extendidos a la altura de
los hombros, una rodilla flexionada, el cuerpo lanzado en
esa dirección. La chica estaba dura como una piedra
o, mejor, como un trozo de cuero viejo o de cartón.
Se estiraba hasta cierto punto y luego parecía que
toda ella cedería a la presión. Los alumnos
pusieron su más grande empeño en acomodarla
bien sin lastimarla. Ella pareció respirar finalmente
cuando se encontró en la posición.
Muy bien, dijo el profesor, todos a esa asana. Vamos a ver
si así la ayudamos. Por aquí y por allá se
escucharon pasos rápidos y respiraciones agitadas.
Comenzaron a emular a un guerrero, con los brazos muy firmes
y el rostro de perfil. Miraban de reojo a la principiante,
colocada al frente del salón. Utilicen una respiración
amplia, profunda, dijo el profesor, y la clase entera se
elevó con el pecho lleno de aire y luego hubo una
exhalación colectiva que saturó la habitación
con una vaga esperanza. La chica también logró estas
respiraciones y sonrió. No se animaba a hablar todavía
porque sentía que sus labios seguían duros
y como fijos en un lugar; tampoco quería moverse mucho,
sacudirse con una victoria anticipada, porque todavía
relumbraban en sus brazos las escamas y los pies le dolían,
pero se sentía más o menos segura de librar
los últimos minutos.
Sostuvieron la posición unos momentos que a todos
les parecieron eternos. El profesor estaba a punto de dar
por terminada la clase, antes de tiempo, con la firme intención
de que la chica se fuera a su casa rápidamente y no
volviera, cuando reparó en la armadura que había
crecido en torno al cuerpo de la principiante. No era metálica,
ni muy eficaz, más bien se veía incómoda
y abultada, pero era sin lugar a dudas una armadura. Caminó hasta
ella y miró su expresión feroz, su gesto adusto
y sus ojos salvajes; la chica no había perdido los
otros rasgos –labios endurecidos, escamas, plumas, cola incipiente,
pies con forma extraña dentro de los calcetines, terruños–,
pero tenía acentuado éste. Daba miedo.
No, no, no, dijo el profesor, esto no puede ser. ¿Qué hacemos?
Los estudiantes estaban conscientes de que algo tenían
que hacer; sabían que no podían dejar así a
la chica, pero ya no se les ocurría qué más
podía volverla a como estaba al principio o, al menos,
qué podía impedir que se siguiera modificando
de forma tan brutal. Todos meditaron en silencio, desesperados,
sobándose la cabeza o rascándose los brazos,
pero por más que pensaban nada llegaba a sus cerebros
confundidos hasta que uno de ellos dijo, Qué tal que
hacemos la relajación profunda. Así, a esta
chica se le olvidarán los animales y los guerreros
y todas esas cosas. Será otra vez ella, será su
cuerpo nuevamente. El profesor lo meditó unos instantes
con preocupación antes de calificar la propuesta de
genial idea y dispuso la habitación para que todos
se relajaran, porque buena falta les hacía. Tuvo sus
reparos, porque finalmente se trataba de la posición
del cadáver, pero supuso que, si lo hacía todo
rápido y la despertaba antes de que finalizara la
relajación, la chica volvería a su estado natural;
posiblemente estaría débil y semidesmayada,
aunque valía la pena intentarlo. Apagó las
luces principales, encendió una varita de incienso,
prendió otra veladora (una morada) e inhaló profundamente.
Ahora sí, dijo, vamos a relajarnos. En nuestra mente
no hay nada (más que nosotros), sentimos nuestro cuerpo
y sentimos cómo se relaja. Se relajan las manos y
los dedos, se relajan los pies. Antes de recostarse, tres
alumnos habían acostado a la chica que era, para esas
alturas, una especie de maniquí, rígido y colorido;
sus pulseritas tintinearon en su brazo. No resultaba fácil
concentrarse en la relajación. Todos estaban al pendiente
de la principiante y la miraban de reojo, así que
el profesor decidió poner un poco de música
con mantras para que se olvidaran de ella y se concentraran
en lo que él decía.
Nos olvidamos de todo, dijo con voz monótona y ronca,
y pensamos nada más en nuestro cuerpo. Lo sentimos
relajado, flojito, liberado de todas las posiciones que hicimos.
Inhalamos, exhalamos, inhalamos, exhalamos, con una respiración
amplia y consciente. Nuestra mente está en blanco;
inhalamos, exhalamos, inhalamos. Sáquenlo todo por
la boca.
Haciendo como que no la veía mucho, el profesor clavó su
mirada nuevamente en la chica y notó con alivio que
la armadura estaba tendida a un lado, como abandonada, y
que el cuerpo de la chica se veía mucho menos tenso.
Vio que su pecho abultado subía y bajaba con una respiración
suave y se sintió reconfortado. Ahora vamos a aflojar
cada parte de nuestro cuerpo y a olvidarnos de todo lo demás.
Aflojamos muy bien los pies, los dedos de los pies, los tobillos.
Seguimos con las piernas: pantorrillas, rótulas, muslos.
Todo eso está flojo, como ajeno a nosotros, no nos
pertenece más. Subimos suavemente hasta las caderas,
el pubis, los genitales. Vamos poco a poco a las costillas.
Relajamos los órganos internos: el intestino, el páncreas,
los riñones, el estómago. Subamos, lentamente,
al esternón. Inhalen, exhalen. Relajen el corazón,
los pulmones, la garganta, la lengua. Sientan cómo
sus dientes se relajan, sus mandíbulas, sus orejas,
su cerebro. Sientan el interior de sus ojos y relájenlos.
Inhalen, exhalen. Relajamos ahora los oídos, la piel
cabelluda, los labios, las mejillas. Todo está suelto,
todo está relajado. Inhalen, exhalen. Poco a poco
vamos a salir de la relajación, moviéndonos
despacito. Giren al lado derecho, encojan las piernas y los
brazos.
La voz del profesor era suave, monótona, rítmica.
Los mantras sonaban al fondo y el aroma a jazmines del incienso
llenaba el cuarto. Todos parecían haberse olvidado de
la chica, de sus escamas y de sus plumas. Una sonrisa de felicidad
extasiada apareció en dos o tres rostros. El profesor
encendió una lámpara primero, luego la otra.
Siéntense por el lado derecho, suavemente, pidió,y
luego se inclinó para ver si la chica obedecía
a sus órdenes. El grupo se movía más o
menos al mismo tiempo, así que le costó trabajo
distinguir la figura que estaba del otro lado del salón.
Unos empezaron una plática, otros bostezaron ruidosamente.
Nadie parecía recordar a la principiante más
que el profesor. Con pasos lentos se acercó hasta ella
y justo entonces se hizo otra vez un silencio helado que los
rozó a todos. En el suelo, entre escamas y cola y plumas
y una armadura de tela basta, estaban los miembros dispersos
de la chica: las piernas separadas del tronco, el intestino
a un lado de las costillas, los ojos botados, los dedos arrumbados
a un lado de la clavícula, empolvados; la lengua entre
el pelo, los dientes en un puñado junto a una oreja,
los genitales palpitantes, cerca de un pie, y los brazos frágiles,
con los codos doblados, en los que brillaron, por última
vez, unas pulseritas de oro. © Julieta García
González |