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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

PRINCIPIANTE EN UNA CLASE DE YOGA

 

Estaban los alumnos en la posición del perro mirando hacia abajo cuando llegó la principiante acarreando una ráfaga de aire frío. Tarde, una vez más. Por eso no hacía amistad con esas personas disciplinadas y silenciosas: su estilo era menos sosegado, expansivo. Entró, como siempre, con ganas de ser notada, pero no hubo mucha respuesta. Alguno que otro balanceó la cadera, descuadrándola de la posición, pero la mayoría siguió firme, con la frente al suelo y las nalgas apuntando al techo.

Era tal vez la tercera o cuarta clase de la principiante y en todo se le notaba: en el cuidadoso arreglo de su peinado, en lo nuevos que se veían sus pants, en lo suaves que parecía tener las plantas de los pies y, sobre todo, en la expresión de angustia que la transportaba cada vez que se le exigía una asana más o menos complicada.

En el salón había de todo: un anciano que se doblaba con sorprendente agilidad, llevándose los pies a la cabeza a la menor provocación; una chica que gemía, como en un trance orgásmico, cada dos o tres respiraciones; un par de jóvenes muy atléticos que carecían de flexibilidad, pero que estaban llenos de fuerza y energía y bufaban como si la clase fuera un entrenamiento olímpico. Etcétera. Pero ninguno olía a perfume como la principiante; ni les escurrían delgadísimas pulseras de oro por las muñecas y jamás se había visto en esa clase a otra alumna con un maquillaje tan correctamente aplicado como el de la principiante.

El profesor era simpático, guapo y flotaba por el salón con cierto aire de ausencia (o autosuficiencia) que lo hacía deseable. Modulaba apenas la voz porque no había que subir el tono en ese sitio: se perturbaría la paz que buscaban, se alteraría la tranquilidad del Buda que reposaba quieto, iluminado por unas velas, en la esquina más oscura de la habitación. Así que iba y venía dando instrucciones casi en silencio; prefería aplicar la fuerza de sus manos o sus brazos para forzar el cuerpo de aquellos alumnos que no se doblaban adecuadamente cuando había que hacerlo.

Para casi todos estaba claro que la principiante no duraría mucho tiempo ahí, pero nadie sabía bien por qué. Tenía un cuerpo bonito, bien formado, y parecía preocupada por mantener íntegras sus uñas largas y nacaradas. Era evidente que disfrutaba las manos del profesor sobre su cuerpo, tocándola para corregirle la postura, porque sonreía, se agitaba un poco y hasta se ruborizaba. Para él era lícito tocar todos los cuerpos de ese salón, le estaba permitido meter las manos bajo las arcas, abrir las piernas de los alumnos desde su base, tomar entre sus dedos otros tal vez delgados, tal vez sudorosos. Podía ser que no sintiera por ella especial atracción, sino un poco de tedio, porque la miraba con condescendencia y no atendía a sus quejas con la presteza que ella suplicaba.

Pero ese día en que la principiante llegó tarde, se quitó la sudadera y los calcetines con prisas, sacudió sus brazos para consolarse con la refulgencia de sus pulseras, extendió su tapete en el suelo y elevó las caderas, bajó los pechos y subió las nalgas, el salón estaba cargado de oscuras premoniciones. Una de las alumnas más avanzadas –que lograba doblarse completamente en la postura del guerrero inclinado, por ejemplo– habló de los sueños densos que habían llenado su noche justo ahí, a la mitad de una clase en la que la exigencia de las posiciones obligaba al silencio. Uno de los más avezados alumnos dio con la frente en el suelo, como si lo hubieran levantado de los pies, cuando se inclinaba para hacer una asana muy sencilla; otro más comenzó a sangrar por la nariz sin sentirlo cuando miró, en una distracción evidente del trabajo físico que estaba realizando, los pies muy cuidados de la principiante. Pero estaban apenas en la primera media hora de clase y nada muy grave sucedía; no parecían más que coincidencias desafortunadas.

El primer signo de que no habría vuelta atrás, de que nada llegaría a buen término esa clase, vino cuando estaban haciendo la postura de la montaña: tadasana. Erguidos, con el cuello muy estirado, los hombros hacia abajo, el abdomen contraído, los pies fijos en el piso, los alumnos intentaban alcanzar el cielo con su coronilla. Eran, se les dijo, montañas nevadas: su fontanela era una cima que deseaba alcanzar las nubes, el resto de su cuerpo era sólido, de roca, una mole inmensa e inamovible. El esfuerzo de mantenerse en esa postura los obligó a sudores y quejas a todos salvo a la principiante que notó –con un gesto de vaga preocupación en la cara–algo que surgía de su entrepierna y caía al suelo. Salieron de la posición y la principiante sacudió los pies discretamente. Un puñado de tierra molida le hizo cosquillas entre los dedos; también en sus muslos había rastros de un polvo fino, color crema. Se sacudió desconcertada y miró al techo en busca de una razón para aquello, pero no encontró nada.

La clase siguió sin que los demás se dieran cuenta del montoncito de tierra que la principiante, con un tímido pie, había puesto a un lado de su tapete. En esa clase las posturas eran una detrás de la otra, seguidas, sin darle tregua al cuerpo sometido a tanto doblez. La principiante tenía, eso sí, empeño en comportarse como el resto. Cuando se le exigió nuevamente elevar el trasero –las caderas giradas retroversión, los brazos muy estirados, los omóplatos extendidos y el esternón abierto– en la postura del perro mirando hacia abajo, logró apenas sostenerse unos segundos ahí antes de derrumbarse con un gemido: a sus pies descalzos les habían salido unos pelos ralos y tiesos, sus uñas se habían vuelto negras y delgadísimas en las puntas. Se llevó instintivamente una mano al trasero y notó la protuberancia que empezaba a formársele justo en el cóccix.

El profesor se acercó a ella preocupado, pero la principiante encogió las piernas avergonzada, ocultó los pies y se disculpó diciendo que no podía seguir más con esa posición porque le dolía la espalda. Meneando la cabeza y recomendándole que hiciera el esfuerzo sin lastimarse, el profesor se retiró hasta el centro del salón y marcó otra asana para que la hicieran. Nuevamente la montaña. La principiante corrió a ponerse calcetines y regresó a su sitio. Inhaló una, dos veces, antes de sentir un ligero derrumbe en su hombro izquierdo. Miró hacia abajo con angustia para confirmar que sí, que ahí estaban un par de piedras chiquitas y otro poco de tierra pulverizada. Suspiró aliviada cuando se sentaron, pero ya no estaba segura de querer seguir con la clase.

El profesor ejemplificó entonces el pez. Había que recostarse, juntar las plantas de los pies, arquear la columna y detener el peso en la coronilla. Lo mostró dos veces haciendo énfasis en no descuidar las vértebras lumbares y en mantener unidos al suelo los tobillos. La principiante, llena de dudas y temores, se quedó tendida sobre su tapete sin animarse a nada. En uno de sus paseos regulares por el salón, el profesor la miró fijamente y le preguntó si se sentía bien. Sí, perfectamente, dijo ella, muy incómoda con el bulto que le crecía en el trasero y un poco adolorida de los talones para abajo. ¿Entonces?, dijo el profesor. Y ella, sin atreverse a llevarle la contra, puso planta contra planta, arqueó la espalda, elevó el pecho y se apoyó en la coronilla. Todo lo veía de cabeza y sintió que también diferente, como borroso. Un cosquilleo inusual en su piel la obligó a enderezarse y suprimió un grito cuando constató su sospecha. Su epidermis estaba saturada de pequeñas escamas iridiscentes que brillaban bajo la luz artificial y tenían hermosos destellos cuando la flama de la vela encendida en un rincón se agitaba.

Miró sus brazos con desasosiego y lloró un poco sin hacer muchos aspavientos. Ahora la cosa estaba muy complicada. No quería irse porque salir así a la calle le parecía una locura. Tenía miedo de permanecer ahí porque se sentiría obligada a seguir realizando asanas y no sabía en qué podía terminar todo aquello.

El profesor volvió al centro y con su voz suave y armoniosa les ofreció las instrucciones para realizar el cuervo. Era una postura complicada, la principiante había intentado hacerla sin ningún éxito en anteriores ocasiones. Como sentía que no la dominaba en lo absoluto, perdió un poco el miedo. Seguramente nada le pasaría si no lograba realizarla cabalmente. Pero el profesor insistió en que hicieran un trabajo de parejas, así se ayudarían mutuamente y entenderían dónde estaban sus fortalezas y sus debilidades. Una chica muy flexible y guapa se paró junto a la principiante y le sonrió. Trabajarían juntas. Lo hizo primero la chica y la principiante trató de hacer sombra con su cuerpo todo el tiempo para evitar preguntas en torno a los brillos de sus escamas nuevas. Vino su turno y asumió el riesgo con mucho nerviosismo. Puso las palmas extendidas (las muñecas justo bajo la línea de los hombros), dobló las rodillas y las colocó sobre los brazos. Luego se inclinó hacia el frente, con la barbilla elevada, un poco, un poco, un poco más. Para su sorpresa, logró mantener el equilibrio. Un graznido salió de su garganta en vez de la exclamación de alegría que había pronunciado. Su compañera respingó, se paró y señaló con gritos las plumas negras y sedosas que crecían tras los omóplatos de la principiante.

El grupo entero se detuvo en seco. Hubo un silencio que provenía de la incredulidad y el miedo, una oleada de sorpresa y el pasmo generalizado que los dejó a todos ahí, rodeándola, admirando sus alas, sus escamas, su incipiente cola, los breves cúmulos de rocas que había en sus clavículas. Todos los rostros estaban dirigidos hacia ese cuerpo que parecía suspendido en el aire, pero nadie decía nada. No había uno solo entre ellos que se atreviera a tocar la figura frágil de la principiante, que los miraba a con cara de angustia, sin atreverse a hablar por miedo a que de sus labio endurecidos saliera otro graznido tan desgarrador como el primero.

La situación exigía una solución rápida y el menor de los alborotos; había que actuar de una vez y por todas resolviéndole el problema a esa mujer y obligando a una realidad que parecía escabullirse de la habitación a que volviera y se instalara definitivamente ahí. ¿Pero cómo lograrlo?, ninguno se atrevió a proponer nada. Uno de ellos, en cambio, señaló el reloj: el tiempo pasaba, no faltaba mucho para que los alumnos de la siguiente clase entraran al salón y entonces, ¿qué harían? Empezaron a hablar impulsados por la prisa y por el miedo a verse implicados en algo así de inconveniente. La chica seguía en la misma posición pero no parecía sufrir. Unos propusieron llamar a una ambulancia. Aunque era una propuesta sensata, tampoco sabían muy bien qué podrían decirle a los médicos y se creyeron culpables de algo que se les escapaba. Descartaron la ambulancia y, de paso, la presencia de bomberos o policía. Uno de ellos sugirió que se buscara a los familiares de la principiante para que se hicieran cargo, para que fueran los parientes y no ellos quienes asumieran responsabilidades en el caso. Pero la chica se negó a hablar, meneó con la cabeza y frunció el ceño. Tampoco les dio ninguna indicación para que pudieran encontrar en su cartera o en alguna prenda información que los ayudara.

Después de un rato de sesudas ponderaciones el profesor dio un paso hacia atrás y agitó la cabeza, como sacudido por un rayo de esperanza y cordura. Ya sé, dijo muy sonriente, vamos a cambiarle la posición. Hay que buscar una forma de volverla humana de nueva cuenta. Había más plumas en el cuerpo de la chica que cuando su compañera la apuntara con un dedo. Aparentemente le crecían más y más conforme permanecía en la posición del cuervo. Y pensar, dijo el profesor con alivio, que íbamos a hacer el escorpión unos minutos después del cuervo. Todos rodearon el cuerpo y le ayudaron al profesor a bajar las rodillas de los brazos y a recomponer la figura de la principiante.

Si la dejamos en el piso puede sucederle cualquier cosa, sugirió uno. Mejor vamos a pensar, antes de soltarla, qué posición adoptará.

El profesor no permitió que el miedo colectivo le nublara el pensamiento. Segundo guerrero, dijo con voz firme, y asintió con la cabeza igual que si hubiera hablado frente a un gran público. Los alumnos lo miraron con seriedad y se dedicaron a la tarea de acomodar un pie en el suelo abierto a noventa grados, otro a cuarenta y cinco, la cadera nivelada, los brazos extendidos a la altura de los hombros, una rodilla flexionada, el cuerpo lanzado en esa dirección. La chica estaba dura como una piedra o, mejor, como un trozo de cuero viejo o de cartón. Se estiraba hasta cierto punto y luego parecía que toda ella cedería a la presión. Los alumnos pusieron su más grande empeño en acomodarla bien sin lastimarla. Ella pareció respirar finalmente cuando se encontró en la posición.

Muy bien, dijo el profesor, todos a esa asana. Vamos a ver si así la ayudamos. Por aquí y por allá se escucharon pasos rápidos y respiraciones agitadas. Comenzaron a emular a un guerrero, con los brazos muy firmes y el rostro de perfil. Miraban de reojo a la principiante, colocada al frente del salón. Utilicen una respiración amplia, profunda, dijo el profesor, y la clase entera se elevó con el pecho lleno de aire y luego hubo una exhalación colectiva que saturó la habitación con una vaga esperanza. La chica también logró estas respiraciones y sonrió. No se animaba a hablar todavía porque sentía que sus labios seguían duros y como fijos en un lugar; tampoco quería moverse mucho, sacudirse con una victoria anticipada, porque todavía relumbraban en sus brazos las escamas y los pies le dolían, pero se sentía más o menos segura de librar los últimos minutos.

Sostuvieron la posición unos momentos que a todos les parecieron eternos. El profesor estaba a punto de dar por terminada la clase, antes de tiempo, con la firme intención de que la chica se fuera a su casa rápidamente y no volviera, cuando reparó en la armadura que había crecido en torno al cuerpo de la principiante. No era metálica, ni muy eficaz, más bien se veía incómoda y abultada, pero era sin lugar a dudas una armadura. Caminó hasta ella y miró su expresión feroz, su gesto adusto y sus ojos salvajes; la chica no había perdido los otros rasgos –labios endurecidos, escamas, plumas, cola incipiente, pies con forma extraña dentro de los calcetines, terruños–, pero tenía acentuado éste. Daba miedo.

No, no, no, dijo el profesor, esto no puede ser. ¿Qué hacemos? Los estudiantes estaban conscientes de que algo tenían que hacer; sabían que no podían dejar así a la chica, pero ya no se les ocurría qué más podía volverla a como estaba al principio o, al menos, qué podía impedir que se siguiera modificando de forma tan brutal. Todos meditaron en silencio, desesperados, sobándose la cabeza o rascándose los brazos, pero por más que pensaban nada llegaba a sus cerebros confundidos hasta que uno de ellos dijo, Qué tal que hacemos la relajación profunda. Así, a esta chica se le olvidarán los animales y los guerreros y todas esas cosas. Será otra vez ella, será su cuerpo nuevamente. El profesor lo meditó unos instantes con preocupación antes de calificar la propuesta de genial idea y dispuso la habitación para que todos se relajaran, porque buena falta les hacía. Tuvo sus reparos, porque finalmente se trataba de la posición del cadáver, pero supuso que, si lo hacía todo rápido y la despertaba antes de que finalizara la relajación, la chica volvería a su estado natural; posiblemente estaría débil y semidesmayada, aunque valía la pena intentarlo. Apagó las luces principales, encendió una varita de incienso, prendió otra veladora (una morada) e inhaló profundamente.

Ahora sí, dijo, vamos a relajarnos. En nuestra mente no hay nada (más que nosotros), sentimos nuestro cuerpo y sentimos cómo se relaja. Se relajan las manos y los dedos, se relajan los pies. Antes de recostarse, tres alumnos habían acostado a la chica que era, para esas alturas, una especie de maniquí, rígido y colorido; sus pulseritas tintinearon en su brazo. No resultaba fácil concentrarse en la relajación. Todos estaban al pendiente de la principiante y la miraban de reojo, así que el profesor decidió poner un poco de música con mantras para que se olvidaran de ella y se concentraran en lo que él decía.

Nos olvidamos de todo, dijo con voz monótona y ronca, y pensamos nada más en nuestro cuerpo. Lo sentimos relajado, flojito, liberado de todas las posiciones que hicimos. Inhalamos, exhalamos, inhalamos, exhalamos, con una respiración amplia y consciente. Nuestra mente está en blanco; inhalamos, exhalamos, inhalamos. Sáquenlo todo por la boca.

Haciendo como que no la veía mucho, el profesor clavó su mirada nuevamente en la chica y notó con alivio que la armadura estaba tendida a un lado, como abandonada, y que el cuerpo de la chica se veía mucho menos tenso. Vio que su pecho abultado subía y bajaba con una respiración suave y se sintió reconfortado. Ahora vamos a aflojar cada parte de nuestro cuerpo y a olvidarnos de todo lo demás. Aflojamos muy bien los pies, los dedos de los pies, los tobillos. Seguimos con las piernas: pantorrillas, rótulas, muslos. Todo eso está flojo, como ajeno a nosotros, no nos pertenece más. Subimos suavemente hasta las caderas, el pubis, los genitales. Vamos poco a poco a las costillas. Relajamos los órganos internos: el intestino, el páncreas, los riñones, el estómago. Subamos, lentamente, al esternón. Inhalen, exhalen. Relajen el corazón, los pulmones, la garganta, la lengua. Sientan cómo sus dientes se relajan, sus mandíbulas, sus orejas, su cerebro. Sientan el interior de sus ojos y relájenlos. Inhalen, exhalen. Relajamos ahora los oídos, la piel cabelluda, los labios, las mejillas. Todo está suelto, todo está relajado. Inhalen, exhalen. Poco a poco vamos a salir de la relajación, moviéndonos despacito. Giren al lado derecho, encojan las piernas y los brazos.

La voz del profesor era suave, monótona, rítmica. Los mantras sonaban al fondo y el aroma a jazmines del incienso llenaba el cuarto. Todos parecían haberse olvidado de la chica, de sus escamas y de sus plumas. Una sonrisa de felicidad extasiada apareció en dos o tres rostros. El profesor encendió una lámpara primero, luego la otra. Siéntense por el lado derecho, suavemente, pidió,y luego se inclinó para ver si la chica obedecía a sus órdenes. El grupo se movía más o menos al mismo tiempo, así que le costó trabajo distinguir la figura que estaba del otro lado del salón. Unos empezaron una plática, otros bostezaron ruidosamente. Nadie parecía recordar a la principiante más que el profesor. Con pasos lentos se acercó hasta ella y justo entonces se hizo otra vez un silencio helado que los rozó a todos. En el suelo, entre escamas y cola y plumas y una armadura de tela basta, estaban los miembros dispersos de la chica: las piernas separadas del tronco, el intestino a un lado de las costillas, los ojos botados, los dedos arrumbados a un lado de la clavícula, empolvados; la lengua entre el pelo, los dientes en un puñado junto a una oreja, los genitales palpitantes, cerca de un pie, y los brazos frágiles, con los codos doblados, en los que brillaron, por última vez, unas pulseritas de oro.

© Julieta García González

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Julieta García González | México, 1970 | Narradora, articulista y editora. Ha publicado en distintos medios como Letras Libres, dF, Travesías, El Huevo y El Ángel, la revista francesa Brèves y la revista Clubcultura de la Fnac. Ha sido antologada, entre otros, en Los mejores cuentos mexicanos, Nuevas voces de la narrativa mexicana, The Mexico City Reader y Almohada para diez. Es autora de la novela Vapor. En 2005 saldrá publicado en el Fondo de Cultura Económica su libro de cuentos Las malas costumbres. (Foto: Diego Treviño)