EL ESPACIO DE LAS
COSAS
El hombre está dormido boca arriba cuando siente
el temblor.
Se despierta alterado y piensa que es un terremoto y su
primer reflejo es saltar de la cama, salir del cuarto, buscar
refugio bajo el arco de una puerta como suelen recomendar.
Busca la orilla de la cama y comienza a levantar el mosquitero,
agitado, con mucha prisa. La rapidez es importante en estos
casos. No sabe si el temblor sigue o si son sus nervios los
que hacen temblar su cuerpo pero alterado como está y
cegado por la oscuridad de la habitación, no encuentra
el borde del mosquitero contra el cual se debate enfurecido,
sintiendo que la tela es una pegajosa sombra que se le enreda
entre las manos y los brazos.
Ya desesperado, decide dar
un jalón para arrancar
la tela, partirla, pero la tela no se rompe y se estira como
chicle en sus manos al tiempo que la siente pegajosa y húmeda
y se pregunta por qué el mosquitero está mojado,
no concuerda, no tiene ningún sentido y ya no importa
si el temblor continúa o no, porque está atascado
hasta las orejas con el mosquitero y lo único que
le interesa es desenredarse, encender la luz, recuperarse
del susto y volver a dormir.
Mientras tanto, los ojos se acomodan a la oscuridad y nota
que el mosquitero está totalmente deshilachado, o
eso parece, y se le pega en las manos y el cuerpo, y mientras
más se mueve para desenredarse, más parece
atascarse. Siente que algo lo jala por detrás y piensa
que sus propias maniobras lo están enredando más
en los hilos. Voltea la cabeza para saber lo que pasa y mira
la sombra de lo que parece una gigantesca araña que
avanza hacia él a velocidad vertiginosa.
El hombre queda paralizado un momento, tratando de comprender, "las
arañas gigantes no existen", se repite a sí mismo
como un mantra, pero la verdad es que a medida que se acerca
aquella sombra se convence de que lo que viene es una araña
de ojos rojos y patas espantosamente peludas y en lo que
parece la boca del animal hay un par de mandíbulas
que se abren y se cierran lanzando un líquido que
viene a pegársele a la piel junto con los restos del
mosquitero.
El hombre se agita, apurado, trata de zafarse antes de ser
alcanzado, pero se da cuenta de que el líquido que
el animal lanza comienza a atarle los pies y a envolverle
las piernas, desesperado comienza a gritar, a pedir auxilio
a los vecinos o a cualquiera que pueda escucharlo, mientras
la araña, ya encima de él, continúa
llenándolo de saliva y tejiéndole una mortaja
al hombre que poco a poco comienza a tener el aspecto de
una momia.
Se siente paralizado, inútil, tan atemorizado por
los ojos rojos de la araña que están tan cerca
de su cabeza que prefiere callar y dejar de gritar porque
piensa que la araña podrá enfadarse y arrancarle
la cabeza de un mordisco y siente el cuerpo apretado dentro
del capullo de la saliva que el arácnido teje a toda
prisa para evitar que la presa escape porque las arañas
prefieren su alimento fresco.
El hombre ya no resiste. No hay nada que hacer. Apretado
en su camisa de fuerza, en su capullo de muerte, cierra los
ojos para no ver más y piensa que quizás está dormido
y que tiene que hacer un intento por despertar ahora, en
este preciso instante antes de que penetre la oscuridad total
en sus ojos, antes que el insecto lo toque con sus mandíbulas
y le quite el último momento de visión que
le queda porque la araña cierra el capullo que envuelve
su alimento, y se acerca y comienza a chupar su contenido,
a sorberlo lentamente mientras se escucha un leve gemido
que no perturba a la araña que sorbe el alimento hasta
el final, hasta exprimirlo, hasta dejar un pequeño
casco vacío, disecado y comprimido, uno más
entre tantos puntos blancos, grises y negros que cuelgan
de la telaraña en la esquina del dormitorio, una basurita
que cae cuando la tela es sacudida a medida que la araña
se retira a su esquina para esperar el próximo alimento,
basurita que cae sobre el papel sobre el cual una mujer escribe
de noche, en su escritorio y que ella limpia con la mano,
fastidiada, tirándola al suelo, una basurita blanca
que la asistente doméstica barre al día siguiente,
con el resto del polvo y la suciedad que encuentra en el
suelo de aquella habitación.
Del libro inédito El
Diablo sabe mi nombre © Jacinta Escudos |