1 HOJA ESTA MURIENDO
ENTRE MIS MANOS
La distancia es 1 percepción mental. En realidad
no existe. Y yo soy la prueba.
Soy Teo. Yo soy 1 que
en 1 día es capaz de estar
en muchos lugares dispares, a miles de kilómetros
entre sí: soy 1 ubicuo.
Por ejemplo: quién
recibe al nuevo día aspirando
el aire contaminado de la autopista que cerca al hotel Sheraton
del distrito 00144 de Roma, viale Pattinaggio 100; quién,
acto seguido, corre sobre la cinta derecha del minigimnasio
en el sótano del hotel, ante la atenta mirada de cabezas
de leones de escayola, mientras se informa de detalles acaecidos
aquí y allá por la CNN- International; quién,
1 hora + tarde, se deja fotografiar delante de la Fontana
di Trevi / inmensa, imponderable, bella Anita Eckberg: la
próxima vez acudiré a la plaza di Trevi por
la noche, a ver si se opera el milagro y reaparece ella,
y me coge, y me mete en el H2O,
y me apachurra; quién,
después, hace caca en los váteres públicos
del Vaticano, ve al Papa de lejos y se vuelve a dejar fotografiar
con él a sus espaldas, saliendo de 1 Rolls-Royce negro;
quién, huyendo del buffet 1° ensalada de huevo
/ tortilla de ajetes / fideuá, 2° palometa
al horno / pollo asado / escalope milanesa, Postre tarta
de yema / fruta del día / helado, se compra
(menudo capricho) la extraordinaria maquinilla eléctrica
Philishave 4807 con su accesorio limpiador de regalo en el
Duty Free de Barcelona; quién, a continuación,
casi se mata en 1 descenso indiscriminado y de cabeza, de
40.000 pies a 10.000, porque el papanatas del comandante
tiene tanto calor que abre la ventanilla de la cabina en
el último 1/3 del rodaje,
y se le olvida blocarla antes del despegue; y quién,
por tanto, tras tanto trajín,
cae rendido en su inconclusa cama de Bruselas, combada hacia
abajo por arriba y por los lados.
¿Hay alguien que haga todo eso? ¿Quién?
Pues yo.
Yo: temprano y arrebujado en mi cama. Soy 1 grumete, moderno
eso sí, y hago del viaje el objeto de mi existencia.
Me costeo el transporte con el esfuerzo de mi trabajo.
Para 1 viajero tiene tanto peso o + el momento en el que
vive que su propia identidad, a la que tiende a confundir
con la de otros. El viajero se olvida de quién es
fácilmente, y es que se arma tremendos cacaos acerca
de dónde se encuentra, no es que se olvide de sí mismo,
es que a menudo ni siquiera se reconoce.
A decir verdad, todo esto tiene su lógica. ¿No
es el viajero, desprovisto de raigambre, y por tanto de espacio,
poseedor únicamente del tiempo que pasa en los sitios?
El viajero tiene como único objetivo seguir viajando,
perpetuar proyectos de viaje en el tiempo. ¿Hasta
cuándo?
Ésa es la obsesión del viajero: iniciar 1
viaje deseando llevarlo a término; y emprender otros.
¡Eh! ¡Eh! Nada de dramatismos: la gracia del
asunto es no saber cuál será el último
viaje. El factor clave, el interés del viaje radica
en la expectación que pone el viajero, y a esta expectación
la activa el azar.
Y ahora al viajero, corredor, romero o peregrino, le corresponde
su reposo.
Estoy tan cansado que la idea de dormir me irrita. Tengo
1 vaga sensación de dolor en las raíces del
pelo, no sé a qué puede deberse. Sin embargo,
no tengo fiebre. Hace no sé cuántos días
que no tengo fiebre. Quizá esté sano y no quiera
acabar de creérmelo.
Hoy da comienzo mi ½ mes de vacaciones. Hasta mañana
no puedo ir a la compra. Tengo que limpiar el congelador,
porque debe de estar placado de hielo. No quiero ni mirarlo.
Estoy demasiado espabilado para dormirme. Si me levanto,
peor.
- Quédate en la cama. No me gusta estar a oscuras.
Descorre la cortina. El domingo amanece brumoso.
El árbol de mi jardín es el árbol del
ahorcado. Lo sé porque desde bien pequeñito
leo novelas baratas de terror. Y mis favoritas son las que
tienen dibujado 1 ahorcado en la portada. Sé reconocer
1 árbol del ahorcado.
Es el mío 1 árbol pelado, nervudo, altisonante
y, me temo, incapaz de resistir el peso de 1 adulto. Visto
tal y como yo lo veo ahora, enfrentado contra el cielo casi
violeta, da – miedo, da casi risa, de tan árbol del
ahorcado como es, está fingiendo, y él lo sabe.
No veo ningún pájaro sobre mi árbol,
pero los estoy oyendo cantar, tal y como los está oyendo
mi árbol. Los reconozco: son los gorriones.
Los gorriones de Bruselas son sabios. Si deciden no posarse
en mi árbol es por algo, y yo tendría que averiguarlo.
Si pienso en algo bonito, lo + bonito del mundo, + allá de
lo extraordinario, tengo que pensar en las hordas de gorriones
de Bruselas.
Todos los gorriones de la
ciudad, 20 minutos antes de que decaiga el día (y
no sé cómo lo hacen,
porque mis ojos no aprecian matices en la luminosidad neblinosa
de Bruselas) se vienen a juntar a los árboles de la
plaza de la Madeleine, y arman 1 escandaloso griterío
por un buen rato.
Estos gorriones son hospitalarios. Siempre que voy a verlos
me acogen sin aspavientos ni interrupciones en su dichosa
algarabía, cuando me entrometo por entre los troncos
de sus árboles.
Todos los gorriones de Bruselas, sin faltar 1, como tengo
comprobado, saltan de repente al aire, pero no vuelan, sino
que se dejan mecer por húmedas corrientes de aire,
que los sueltan y recogen intercambiándose los 2 bandos
de gorriones a cada cruce. Los gorriones, silenciados, gozando
intensamente todos juntos de su columpio, ahuecan sus plumas
a las caricias del aire.
Son tan pasivos, entonces, los gorriones, tan despreocupados.
Yo sonrío porque sí, porque los veo y me parece
increíble que nadie se pare conmigo para ver a los
gorriones en brazos del aire.
Y esta curiosa celebración tiene lugar todos los
atardeceres del año. Por fortuna, para mí y
para mi árbol, los gorriones y su canto no emigran.
Nada hay + bonito que eso. Nada me puede hacer sonreír
tan ampliamente como los juegos de los gorriones. Diría
que Bruselas, con sus filigranas y su incapacidad para la
subsistencia fuera del invierno, es 1 ciudad triste, si no
fuera por sus pájaros.
Me estoy despertando aún +. Quizá tenga demasiada
luz, pero no quiero cerrar la cortina, me gusta mirar el
cielo.
Del terraplén que se vuelca hacia mi dormitorio asoman
3 florecitas de color rojo vivo. Es lo único que resalta
de mi jardín.
Ahí está mi árbol del ahorcado, mirándome.
Voy a salir a tocarlo.
No hace frío en mi jardín. Está sucio,
debería limpiarlo. Vaciar la caseta de basura, la
puerta se abre de tanta mugre como alberga, es 1 guarrería.
Quitar estas plantas que crecen entre los resquicios de los
peldaños, porque siempre se me enredan en los pies.
Despejar el caminito que recorre los 5 m de largo del jardín:
volver a dejar visible el empedrado. Cultivar tulipanes de
diversos colores: venden los bulbos en el mercado de las
flores los sábados. Recortar las matas, los arbustos,
tirar la hojarasca que se pudre sobre la tierra oscura, empapada
de mi jardín. Deshacerme de los pedruscos. Eliminar
las malas hierbas.
- Hola, árbol. ¿Qué es lo que te desespera
tanto, para implorar con tus ramas hacia arriba?
Me obsequia con su última hoja; cae planeando despacito,
hasta aterrizar en mi mano. La hoja es muy resbaladiza, porque
está mojada.
- ¿Qué debo pensar de esto? ¿Me agradeces
mi vuelta? ¿O me echas en cara tu aburrimiento, tu
desolación?
Suelta su rama + larga, peligrosamente, hacia abajo.
- No la dejes caer sobre mí, no me hagas daño.
Acoge a 1 pichón negro y gordito; a 1 gorrión;
a otro pichón. 1 de ellos suelta su caca. Su caca
cae casi rozándome el hombro.
- Cuanto + te miro, + me doy cuenta de que eres 1 tela de
araña.
El árbol del ahorcado ahuyenta a los pájaros.
- Tu madeja está bajo tierra, no disimules: de sobra
sé que eres inclemente con todo lo que vuela. Estoy
dispuesto a acariciarte, pero nunca a dejar que me atrapes.
Ni 1 signo, ni 1 señal. Impertérrito.
- Si quieres, podemos hacernos compañía.
El jardín entero remueve su ramaje.
- Te contaré: no todas las aves del mundo son tan
encantadoras como estos gorriones a los que tú envidias.
Por ejemplo: vengo precisamente de presentir a las palomas
torpes de las Ramblas, y tengo presentes en la memoria a
las espídicas de Madrid.
La última hoja del árbol salta de mi mano.
De entre las hojas terriblemente amarillentas que hay a los
pies del árbol, la recojo. Es la única hoja
verde. Está + seca ya.
- ¿Por qué me regalas esta última hoja?
Todavía está verde.
1 gorrión acude a posarse sobre mi árbol;
pero en el último instante renuncia a ello. En su
lugar, se posa sobre la tapia.
- No quieres tener nada sobre ti que te recuerde a las alas
de los pájaros, y las hojas son plumas de vegetal. ¿Te
molesta tu quietud, o es que prefieres estar completamente
solo?
No hay respuesta.
- Dime, árbol. ¿Quieres que me quede?
Por fin suelta el árbol la rama oblicua, que cae
tan de punta que se queda estacada en la tierra, frente a
mí.
Me vuelvo adentro, a la cama.
No me acuesto ni me tapo, sin embargo: me cruzo de piernas
sobre el edredón de plumas. Retengo todavía
en mi mano, sin presionarla, la última hoja del árbol.
La última hoja del árbol del ahorcado es esbelta
y tiene los bordes aserrados. Sus dimensiones son ambiguas:
de mi palma, cubre las líneas de mi mano, excluyendo
a los dedos. Por 1 de sus lados muestra la hoja el bocadito
de algún insecto. Por lo demás es perfecta
y ligeramente des= en sus ½s, como todos los binomios
de la naturaleza.
Comprendo que estoy asistiendo a 1 metamorfosis inextricable
en la hoja. Me acerco la mano a mis ojos y la observo.
La hoja cada vez está + seca, por lo que abro la
puerta del jardín, y dejo penetrar la humedad de fuera.
El proceso es imparable. La hoja pierde su brillo, y con él
su color verde.
Salgo, salgo al jardín con la hoja sobre las manos,
cuidándome de no rozarla apenas, para evitar que mi
calor la reseque.
Miro a las otras hojas, al pie del árbol del ahorcado.
La silueta de todas está paralizada por 1 gris amoratado.
Me temo que el mismo gris que acecha a mi hoja.
Nada puedo hacer. Es el tiempo el que traza frenético
el contorno de mi hoja. Pero, ¿dónde está ese
tiempo? ¿Dentro, o fuera de ella?
Las fibras terminales de su esquema de hoja se tensan tanto
que la hoja se encoge, curvándose vuelta arriba. Por
segundos, pierde su turgencia, y se vuelve amarilla y quebradiza.
Las manchas parduscas de la muerte, transversales, siempre
transversales, se van ennegreciendo ante mis ojos, desplazando
el verdor hacia los extremos de la hoja. De su pequeño
tallo fluyen, hilo a hilo, sus últimos estertores.
Dios mío.
1 hoja está muriendo entre mis manos.
© Irene Zoe
Alameda |