“Sangra aquí la
piel del mundo,
abre su herida”
María Baranda
Toco la luz.
Nada en ella enciende la hoguera.
Un rojo nostálgico atraviesa la sangre.
En mis dedos el fuego danza
sus plumas doradas tiemblan,
ánimas azules revientan su ardor.
Abro la piel del mundo.
Mi lengua posee el hechizo
tejido debajo del mar
por los pájaros blancos.
No nací para contemplar la tormenta.
Yo soy el trueno
su brillo terrible
desgarrando los muslos húmedos de la noche.
Afuera: la belleza.
El caos revolcándose en su libertad de asombro.
Las criaturas renacen en lo informe
encarnan lo innombrable.
Vorágine
fiesta
carne sin cuerpos
mar sin espuma
sonido sin voz.
Amor al fin:
omega devora alfa devora omega.
He visto el caldero
la negra miel de su sexo.
Mundo: frágil, mínimo animal.
Obeso caracol
azar petrificado.
Arde la hoguera
en mis ojos hierve el misterio.
Herida discreta,
el oval no dejará de sangrar.
piramidal
Regálame un silencio de estos a tu lado,
con el gris que esconde esta mañana triangular
detrás de la angustiosa cresta de las rocas.
Dios lanzó aquí su herida.
Con su puño bien cerrado
sembró un círculo tejido de tímidos
verdes
y petrificados reptiles.
El musgo corona la nostalgia.
Hay un aire de huesos ocultos
que asciende por el temblor sublime
de estas plantas.
El rojo finge aquí ser violeta,
se hace polen diminuto
adornando los cabellos de las algas.
Los pájaros rechinan muy de cerca,
su vuelo atraviesa la mirada
cual llovizna de mártires caídos.
Un olor a sangre despierta,
busca su salida la libélula
con la uña de marfil de los inviernos.
Para un morir discreto,
tan sólo las miradas cenizas
de este encierro piramidal.
naufragio
Luminosa tarde
abre la voz del canario,
desliza el vientre líquido de los veranos
debajo de la piel de esta décima nave.
Abre tus ojos de dragón apacible
dilata con tus alas de pez
este sueño de labios cerrados.
Habita el árbol redondo
sostenido en raíces
que calientan la sangre del tiempo.
Abrasa la carne rosada
de esta semilla estelar.
Revienta en un relámpago azul
su gravidez obsoleta.
Que seamos todos
mariposas de agua.
llovizna
Caen pájaros de sal sobre los verdes.
Un bozal diminuto impide el grito,
una crisálida de luz agudiza su tormenta.
Han muerto en la fatiga de las alas,
en el canto azulado por el vértigo.
Su blancura desnuda el abismo
con el diminuto llanto de los otoños.
Cómo no temblar ante el desmayo de las aves.
Cómo no rezar ante la niebla de su angustia.
Veo su luciérnaga agonía
caer en el asfalto.
Sé que ya no habrán más ángeles
sobre la tierra.
en el olor de la hierba
Hechicero puntual carne hecha de mieles
me haces semilla infinita
que palpita desnuda y febril
bajo todas las tierras.
Temblor suspendido en la sangre
abres mi cuerpo en gaviotas solares
y cada una lame el eclipse
devora el pez nadador del desierto.
Espuma que hierve detrás del instinto
me unes al universo.
Soy caos y estrellas
conjuro tormentas
quiebro los trigos
cosecho lluvias azules
espinas color violeta.
En mi boca renace el estruendo
pronuncio las sombras:
bestias de piel de asfalto
hábiles cuervos que se alimentan
del andar de su amo.
Pronuncio la luz
soy ciega en tu rabia,
despiertan los treinta y tres ojos:
uno frente al otro
contemplan el círculo del vacío.
Mi grito es el mismo que estalló terrible
en la era del agua.
Soy en tu cuerpo
en el olor de la hierba
en el crujir del volcán.
No más nostalgias
desafiamos al creador de caprichos
al metal que nos hizo
criaturas torpes y solitarias.
Por un instante somos eternos
lloramos por ver el comienzo más allá de la
cueva
reímos al recuperar la ceguera que nos hace luz,
sombra
volcán y desierto.
En tu cuerpo da inicio el mundo.
Bendito sea tu caos.
© Gema Santamaría |