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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

DISFRACES TERRIBLES

 

André le abrió la puerta con el delantal puesto y un cucharón de madera en la mano; le colgó la chaqueta en una percha de la entrada y lo hizo pasar directamente a la cocina donde le sirvió la primera copa de tinto. Se agachó a comprobar la temperatura del horno, trasteó unos instantes por los diversos cacharros que ocupaban la encimera y se sentó frente a él a la gran mesa de cocina, con otra copa de vino.

–Venga, no te hagas el estrecho, cuéntame cómo ha ido la entrevista.

Ari se acababa de echar un puñado de cacahuetes a la boca y contestó con la boca llena:

–Creo que bien.

–¿Cómo que crees?

–No sé, esa mujer me confunde. No me ha dejado entrar en su casa, nos hemos ido a un café...

–El café de Guy.

–Ese. Luego me ha soltado un rollo filosófico sobre la imposibilidad de reconstruir una vida en una biografía, como si yo fuera imbécil, y cuando ha decidido que se había acabado la entrevista, me ha dejado allí plantado y me ha dicho que me quede con las flores que le había llevado. Para que me perfumen la habitación.

–¿Le habías llevado flores? ¡Qué caballero!

–Déjate de guasas. Pensé que sería un detalle. Y lo gracioso es que le han gustado, porque al parecer eran las mismas de su ramo de novia, pero luego no se las ha querido llevar. Al final me ha pedido mi tarjeta, por si se decide a llamarme para otra entrevista y resulta que me las había dejado en casa; le he tenido que garabatear mis señas en un papel.

–¿Y después de todos esos desastres aún dices que te ha ido bien?

Ari se echó a reir:

–Soy de un optimismo imbatible. Pero, en serio, de verdad creo que ha ido bien. Al menos me ha dado una buena frase para el libro.

–A ver.

–Al preguntarle cómo era Raúl me ha dicho que era como un fuego de artificio.

André tomó un sorbo de vino, se levantó y volvió a mezclar el contenido de un cuenco.

–Sí. Es una buena frase.

–Explosiones de color con periodos de negrura total.

–¿Ha dicho negrura total?

Ari asintió con la cabeza.

–Exagera.

–No sé. Ha añadido algo... algo así como que no se notaba mucho porque las explosiones de color quedaban grabadas en la retina durante un tiempo.

–Amelia y Raúl eran tal para cual. Pura palabrería altisonante.

–¿Tú no lo veías así?

–Para mí era como una especie de niño grande, un tipo encantador de puertas afuera, con un enorme talento narrativo y que no servía para nada más.

–¿De puertas afuera?

André asintió con la mirada perdida mientras tomaba otro sorbo de vino:

–Los que lo conocíamos bien sabíamos que podía ser colérico, depresivo, tacaño, obcecado... lo que no le quita un ápice de grandeza como escritor, evidentemente.

–Nunca me lo habías dicho.

–Suponía que Raúl te interesa sólo como escritor.

–Yo quiero comprenderlo.

–¿Y quién no, querido? Uno siempre quiere comprender a los seres que le rodean, pero siempre es en vano. A veces no se comprende uno ni a sí mismo...

–Me ha dicho que Amanda era una furia, una bruja...

–No lo creo. Amelia nunca hubiera usado la palabra bruja. Para ella, y para mí, sólo tiene connotaciones positivas.

–Algo así en todo caso.

–¿Lo ves? Has hablado con Amelia hace apenas unas horas y, sin embargo, lo que me estás contando ya es una desviación de lo que te ha dicho. ¿Cómo quieres reconstruir la vida y el carácter de alguien a quien sólo conoces de segunda y tercera mano?

–¿Tú no quieres que escriba el libro?

–Sí. Me limito a advertirte de los peligros. –Se puso en pie, sonriente, al oír la llave en la cerradura–. Ahí viene Yves; a ver si ha conseguido las puntarelle y me pongo a hacer la salsa de anchoas.

Yves, un hombre grande y atractivo, de unos cincuenta años, entró en la cocina cargado con un par de bolsas, le dio un beso a André, le estrechó la mano a Ari y se sentó a la mesa después de haberse servido una tónica.

–¿Ya estais otra vez hablando del libro? –preguntó–. Si molesto, lo decís y me voy al salón.

–Tú nunca molestas, cielo –André le pasó la mano por el pelo, rubio y fuerte–. Gracias por traer todas esas delicias.

–¿Qué delicias, a ver? –Ari se levantó y empezó a mirar por las bolsas que había traído Yves reprochándose a sí mismo, como siempre, ese principio de incomodidad que sentía cuando veía a dos hombres haciéndose carantoñas, especialmente cuando ya no se trataba precisamente de dos jovencitos.

–¿Va a venir Amelia? –preguntó Yves.

Ari se giró hacia ellos, estupefacto.

–No me habías dicho nada.

–Es que no es seguro –contestó André mientras se apartaba de la mesa y empezaba a buscar el frasco de anchoas en el inmenso frigorífico de dos puertas–. Pero creo que quiere conocerte mejor. ¿Qué has hecho en toda la tarde? ¿Pasar a limpio las notas de la entrevista?

–He estado en la Hemeroteca, buscando.

–¿Qué buscas? –preguntó Yves.

–Hay muchos puntos oscuros en la biografía. Necesito saber más de la relación de Raúl con su padre, quiero saber por qué en sus relatos aparece tantas veces el personaje de la madre, mientras que en las novelas no hay nada que recuerde el tema; está también la cuestión de su repentino divorcio y la boda con Amanda; después la famosa confesión de homosexualidad; y de algún modo tengo que conseguir información en torno al tal Hervé que parece haber sido el amor de su vida; y por supuesto su suicidio.

–¿Y eso piensas encontrarlo en una hemeroteca?

André se había enfrascado en la preparación de la salsa y se limitaba a oír la conversación de los otros, como si hablaran de algo que él ignoraba.

–Si ya parece que apenas quedan testigos de la época y si ninguno de los testigos presenciales quiere contarme al menos su versión, no tengo más remedio que buscar artículos de prensa, entrevistas, lo que sea. Tengo que entenderlo yo para poder contarlo y que lo entiendan sus lectores.

André siguió en silencio, tarareando suavemente una canción que había estado de moda unos meses atrás.

–¿Por qué te interesa tanto una persona que no conociste y que no tiene ninguna relación contigo, Ari? Yves preguntaba con toda ingenuidad porque, a pesar de llevar más de diez años compartiendo la vida de un editor especializado en biografías y ensayos filológicos, aún no acababa de entender la necesidad de analizar novelas y vidas de autores.

Ari le echó una mirada tratando de decidir si la pregunta merecía una respuesta seria o era simplemente un comentario hecho al desgaire, como podía haberle preguntado él a Yves, que era patólogo, cómo podía interesarse por las vísceras degeneradas de cadáveres desconocidos. Vio que se trataba realmente de una pregunta y trató de contestarla con seriedad:

–Mira, yo me he pasado varios años de mi vida leyendo la obra de Raúl porque, sencillamente, me fascina. Poco a poco uno se va dando cuenta de ciertas constantes, de elementos que aparecen con regularidad, de temas o personajes o incluso formulaciones que se dan en una época pero no en otra... y sin poderlo evitar empiezas a hacerte preguntas y a darles respuestas partiendo de los elementos de los que dispones. Cuantos más tienes, mejor puedes entender. Entonces buscas algo que confirme tus hipótesis. Por ejemplo, no tienes idea de cuántos artículos hay sobre la homosexualidad de Raúl tratando de demostrar que ya aparece claramente indicada desde sus primeros textos. Sencillamente porque a partir de 1985, con su confesión pública, todo el mundo se entera de ello y la mayor parte de los estudiosos considera que hay que reanalizar sus textos desde ese punto de vista. Pero es una barbaridad, es un puro prejuicio. Si no lo hubiera hecho público, nadie se habría dado cuenta, simplemente porque en sus textos no aparece. No hasta Cuerpos presentes.

–En eso te doy la razón –intervino André de pronto–. Raúl mismo no lo supo hasta después de los cincuenta años. Puedo dar fe.

–¿Ah, sí? –preguntó Yves con picardía.

–No seas malpensado. –André amenazó a Yves con el cucharón con el que removía la salsa–. Yo nunca intenté nada. Lo digo porque se pasó años incordiándome con lo de las mujeres, burlándose de mis amantes, trayéndome direcciones de médicos que, según él, eran capaces de curar ciertas “desviaciones”.

–¿Y tú nunca te diste cuenta de que él...?

–Desde siempre. Desde la primera vez que lo vi, y ya va haciendo tiempo. Pero comprende que a una persona como Raúl no se le puede decir sin más ni más “queridísimo, tú eres tan pluma como yo, mal que te pese”. Eso habría acabado con nuestra amistad.

–¿Y Amelia...?

–Ni idea. De eso no hemos hablado jamás. Yo siempre me pregunté, es comprensible, ¿no?, cómo les iría en la cama, porque para mí estaba clarísimo que él se dejaba admirar y querer por todas las mujeres que le salían al paso, incluso llegó a tener una fama nada despreciable de don Juan latino, pero yo sabía que a él no le iba, y sin embargo Amelia y él vivieron juntos durante casi veinte años. Y ella nunca insinuó nada. Si no estaba satisfecha, lo disimulaba muy bien. Aparte de que tenía sus amantes. Todo el mundo los tenía en los años sesenta. Si no, no era uno moderno, abierto y todo lo demás.

–¡Menuda suerte la vuestra! –suspiró Yves desde el rincón donde se había instalado con los cacahuetes–. A mí ya me tocaron en gran parte los tiempos del sida. Como a ti, Ari.

–Nunca lo había pensado.

–Pues piénsalo. Mira cualquier película de los sesenta y los setenta –Yves era un cinéfilo empedernido–. Diez minutos de metraje, se conocen el chico y la chica y tres minutos después hay una escena de cama. Igual que ahora se van a cenar, antes se iban al catre. Imagínate, una época con anticonceptivos y sin sida. ¡El Paraíso para hombres y mujeres!

–Pero antes tenías que posar de heterosexual y ahora puedes vivir con André y besarlo en la Plaza de la Concordia si se te antoja y no pasa nada.

–¡Uy, Dios mío! ¡No faltaba más! ¡Ese tipo de expansiones en público! –dijo André aflautando la voz.

Los tres se rieron, alzaron las copas y bebieron juntos sin brindar por nada en concreto–. Venga, chicos, vosotros a poner la mesa, el soufflé son diez o doce minutos. Lo he calculado a propósito para que salga del horno cuando llegue Amelia, a pesar de que llegará media hora tarde.

Yves y Ari se fueron al comedor, dejando a André con sus fogones y sus recuerdos.

Fragmento de la novela Disfraces terribles

© Elia Barceló

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Elia Barceló | España, 1957 | Es profesora de Hispanística en la Universidad de Innsbruck (Austria). Ha publicado tres novelas que la han hecho merecedora del título de «gran dama española de la ciencia ficción» (Sagrada, El Mundo de Yarek—Premio Internacional UPC de novela corta de ciencia ficción 1993— y Consecuencias naturales); ha cultivado también el género de terror (El contrincante, Minotauro). Además es autora de las novelas El vuelo del Hipogrifo, El secreto del orfebre y Disfraces terribles.