DISFRACES TERRIBLES
André le
abrió la puerta con el delantal puesto y un cucharón
de madera en la mano; le colgó la chaqueta en una
percha de la entrada y lo hizo pasar directamente a la cocina
donde le sirvió la primera copa de tinto. Se agachó a
comprobar la temperatura del horno, trasteó unos instantes
por los diversos cacharros que ocupaban la encimera y se
sentó frente a él a la gran mesa de cocina,
con otra copa de vino.
–Venga, no te hagas el estrecho,
cuéntame cómo ha ido la entrevista.
Ari se acababa de echar
un puñado de cacahuetes a la boca y contestó con
la boca llena:
–Creo que bien.
–¿Cómo que
crees?
–No sé, esa mujer
me confunde. No me ha dejado entrar en su casa, nos hemos
ido a un café...
–El café de Guy.
–Ese. Luego me ha soltado
un rollo filosófico sobre la imposibilidad de reconstruir
una vida en una biografía, como si yo fuera imbécil,
y cuando ha decidido que se había acabado la entrevista,
me ha dejado allí plantado y me ha dicho que me quede
con las flores que le había llevado. Para que me perfumen
la habitación.
–¿Le habías
llevado flores? ¡Qué caballero!
–Déjate de guasas.
Pensé que sería un detalle. Y lo gracioso es
que le han gustado, porque al parecer eran las mismas de
su ramo de novia, pero luego no se las ha querido llevar.
Al final me ha pedido mi tarjeta, por si se decide a llamarme
para otra entrevista y resulta que me las había dejado
en casa; le he tenido que garabatear mis señas en
un papel.
–¿Y después
de todos esos desastres aún dices que te ha ido bien?
Ari se echó a reir:
–Soy de un optimismo imbatible.
Pero, en serio, de verdad creo que ha ido bien. Al menos
me ha dado una buena frase para el libro.
–A ver.
–Al preguntarle cómo
era Raúl me ha dicho que era como un fuego de artificio.
André tomó un
sorbo de vino, se levantó y volvió a mezclar
el contenido de un cuenco.
–Sí. Es una buena
frase.
–Explosiones de color con
periodos de negrura total.
–¿Ha dicho negrura
total?
Ari asintió con la
cabeza.
–Exagera.
–No sé. Ha añadido
algo... algo así como que no se notaba mucho porque
las explosiones de color quedaban grabadas en la retina durante
un tiempo.
–Amelia y Raúl eran
tal para cual. Pura palabrería altisonante.
–¿Tú no lo
veías así?
–Para mí era como
una especie de niño grande, un tipo encantador de
puertas afuera, con un enorme talento narrativo y que no
servía para nada más.
–¿De puertas afuera?
André asintió con
la mirada perdida mientras tomaba otro sorbo de vino:
–Los que lo conocíamos
bien sabíamos que podía ser colérico,
depresivo, tacaño, obcecado... lo que no le quita
un ápice de grandeza como escritor, evidentemente.
–Nunca me lo habías
dicho.
–Suponía que Raúl
te interesa sólo como escritor.
–Yo quiero comprenderlo.
–¿Y quién
no, querido? Uno siempre quiere comprender a los seres que
le rodean, pero siempre es en vano. A veces no se comprende
uno ni a sí mismo...
–Me ha dicho que Amanda
era una furia, una bruja...
–No lo creo. Amelia nunca
hubiera usado la palabra bruja. Para ella, y para mí,
sólo tiene connotaciones positivas.
–Algo así en todo
caso.
–¿Lo ves? Has hablado
con Amelia hace apenas unas horas y, sin embargo, lo que
me estás contando ya es una desviación de lo
que te ha dicho. ¿Cómo quieres reconstruir
la vida y el carácter de alguien a quien sólo
conoces de segunda y tercera mano?
–¿Tú no quieres
que escriba el libro?
–Sí. Me limito a
advertirte de los peligros. –Se puso en pie, sonriente, al
oír la llave en la cerradura–. Ahí viene Yves;
a ver si ha conseguido las puntarelle y me pongo
a hacer la salsa de anchoas.
Yves, un hombre grande y
atractivo, de unos cincuenta años, entró en
la cocina cargado con un par de bolsas, le dio un beso a
André, le estrechó la mano a Ari y se sentó a
la mesa después de haberse servido una tónica.
–¿Ya estais otra
vez hablando del libro? –preguntó–. Si molesto, lo
decís y me voy al salón.
–Tú nunca molestas,
cielo –André le pasó la mano por el pelo, rubio
y fuerte–. Gracias por traer todas esas delicias.
–¿Qué delicias,
a ver? –Ari se levantó y empezó a mirar por
las bolsas que había traído Yves reprochándose
a sí mismo, como siempre, ese principio de incomodidad
que sentía cuando veía a dos hombres haciéndose
carantoñas, especialmente cuando ya no se trataba
precisamente de dos jovencitos.
–¿Va a venir Amelia? –preguntó Yves.
Ari se giró hacia
ellos, estupefacto.
–No me habías dicho
nada.
–Es que no es seguro –contestó André mientras
se apartaba de la mesa y empezaba a buscar el frasco de anchoas
en el inmenso frigorífico de dos puertas–. Pero creo
que quiere conocerte mejor. ¿Qué has hecho
en toda la tarde? ¿Pasar a limpio las notas de la
entrevista?
–He estado en la Hemeroteca,
buscando.
–¿Qué buscas? –preguntó Yves.
–Hay muchos puntos oscuros
en la biografía. Necesito saber más de la relación
de Raúl con su padre, quiero saber por qué en
sus relatos aparece tantas veces el personaje de la madre,
mientras que en las novelas no hay nada que recuerde el tema;
está también la cuestión de su repentino
divorcio y la boda con Amanda; después la famosa confesión
de homosexualidad; y de algún modo tengo que conseguir
información en torno al tal Hervé que parece
haber sido el amor de su vida; y por supuesto su suicidio.
–¿Y eso piensas encontrarlo
en una hemeroteca?
André se había
enfrascado en la preparación de la salsa y se limitaba
a oír la conversación de los otros, como si
hablaran de algo que él ignoraba.
–Si ya parece que apenas
quedan testigos de la época y si ninguno de los testigos
presenciales quiere contarme al menos su versión,
no tengo más remedio que buscar artículos de
prensa, entrevistas, lo que sea. Tengo que entenderlo yo
para poder contarlo y que lo entiendan sus lectores.
André siguió en
silencio, tarareando suavemente una canción que había
estado de moda unos meses atrás.
–¿Por qué te
interesa tanto una persona que no conociste y que no tiene
ninguna relación contigo, Ari? Yves preguntaba con
toda ingenuidad porque, a pesar de llevar más de diez
años compartiendo la vida de un editor especializado
en biografías y ensayos filológicos, aún
no acababa de entender la necesidad de analizar novelas y
vidas de autores.
Ari le echó una mirada
tratando de decidir si la pregunta merecía una respuesta
seria o era simplemente un comentario hecho al desgaire,
como podía haberle preguntado él a Yves, que
era patólogo, cómo podía interesarse
por las vísceras degeneradas de cadáveres desconocidos.
Vio que se trataba realmente de una pregunta y trató de
contestarla con seriedad:
–Mira, yo me he pasado varios
años de mi vida leyendo la obra de Raúl porque,
sencillamente, me fascina. Poco a poco uno se va dando cuenta
de ciertas constantes, de elementos que aparecen con regularidad,
de temas o personajes o incluso formulaciones que se dan
en una época pero no en otra... y sin poderlo evitar
empiezas a hacerte preguntas y a darles respuestas partiendo
de los elementos de los que dispones. Cuantos más
tienes, mejor puedes entender. Entonces buscas algo que confirme
tus hipótesis. Por ejemplo, no tienes idea de cuántos
artículos hay sobre la homosexualidad de Raúl
tratando de demostrar que ya aparece claramente indicada
desde sus primeros textos. Sencillamente porque a partir
de 1985, con su confesión pública, todo el
mundo se entera de ello y la mayor parte de los estudiosos
considera que hay que reanalizar sus textos desde ese punto
de vista. Pero es una barbaridad, es un puro prejuicio. Si
no lo hubiera hecho público, nadie se habría
dado cuenta, simplemente porque en sus textos no aparece.
No hasta Cuerpos presentes.
–En eso te doy la razón –intervino
André de pronto–. Raúl mismo no lo supo hasta
después de los cincuenta años. Puedo dar fe.
–¿Ah, sí? –preguntó Yves
con picardía.
–No seas malpensado. –André amenazó a
Yves con el cucharón con el que removía la
salsa–. Yo nunca intenté nada. Lo digo porque se pasó años
incordiándome con lo de las mujeres, burlándose
de mis amantes, trayéndome direcciones de médicos
que, según él, eran capaces de curar ciertas “desviaciones”.
–¿Y tú nunca
te diste cuenta de que él...?
–Desde siempre. Desde la
primera vez que lo vi, y ya va haciendo tiempo. Pero comprende
que a una persona como Raúl no se le puede decir sin
más ni más “queridísimo, tú eres
tan pluma como yo, mal que te pese”. Eso habría acabado
con nuestra amistad.
–¿Y Amelia...?
–Ni idea. De eso no hemos
hablado jamás. Yo siempre me pregunté, es comprensible, ¿no?,
cómo les iría en la cama, porque para mí estaba
clarísimo que él se dejaba admirar y querer
por todas las mujeres que le salían al paso, incluso
llegó a tener una fama nada despreciable de don Juan
latino, pero yo sabía que a él no le iba, y
sin embargo Amelia y él vivieron juntos durante casi
veinte años. Y ella nunca insinuó nada. Si
no estaba satisfecha, lo disimulaba muy bien. Aparte de que
tenía sus amantes. Todo el mundo los tenía
en los años sesenta. Si no, no era uno moderno, abierto
y todo lo demás.
–¡Menuda suerte la
vuestra! –suspiró Yves desde el rincón donde
se había instalado con los cacahuetes–. A mí ya
me tocaron en gran parte los tiempos del sida. Como a ti,
Ari.
–Nunca lo había pensado.
–Pues piénsalo. Mira
cualquier película de los sesenta y los setenta –Yves
era un cinéfilo empedernido–. Diez minutos de metraje,
se conocen el chico y la chica y tres minutos después
hay una escena de cama. Igual que ahora se van a cenar, antes
se iban al catre. Imagínate, una época con
anticonceptivos y sin sida. ¡El Paraíso para
hombres y mujeres!
–Pero antes tenías
que posar de heterosexual y ahora puedes vivir con André y
besarlo en la Plaza de la Concordia si se te antoja y no
pasa nada.
–¡Uy, Dios mío! ¡No
faltaba más! ¡Ese tipo de expansiones en público! –dijo
André aflautando la voz.
Los tres se rieron, alzaron
las copas y bebieron juntos sin brindar por nada en concreto–.
Venga, chicos, vosotros a poner la mesa, el soufflé son
diez o doce minutos. Lo he calculado a propósito para
que salga del horno cuando llegue Amelia, a pesar de que
llegará media hora tarde.
Yves y Ari se fueron al
comedor, dejando a André con sus fogones y sus recuerdos.
Fragmento de la novela Disfraces
terribles
© Elia Barceló |