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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

EL RIO, EL RIO

 

La mujer está de pie en el muelle y observa el río. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y la falda de su vestido estival revolotea sacudida por el viento. Si no fuera por ello y por el caracoleo de su cabellera oscura, parecería una estatua. El río, en cambio, bate sus aguas inquietantes. En busca de peces, dos pájaros oscuros se lanzan como pedradas y golpean el brillo.

Este no es un río como los de Europa. Tiene aguas turbulentas que se extienden de tal modo sobre la llanura que no se puede ver la otra orilla. Imaginarla, sí se puede. Divisarla, también. En días muy claros, un borroso daguerrotipo anuncia el país vecino. La mujer está acostumbrada a estudiarlo largamente desde la ventana de su alto departamento, cuando el cielo tiene una palidez cristalina, y entonces ella sueña con otras vidas posibles que suceden a lo lejos. Desde allí también ve su propia ciudad, extendida más abajo, como un animal dormido.

Hay un hombre sentado en un banquito que sostiene una caña de pescar. Está colocado en línea paralela con la mujer y de pronto sale de su ensimismamiento para mirarle las piernas. Lleva sentado ahí desde que amaneció, sólo se distrae con el triángulo luminoso de los veleros que flotan a lo lejos y con las piernas de la mujer. Ella siente el peso de su mirada y se sostiene la falda que, súbitamente, abraza sus caderas. Luego lo olvida y deja flamear la tela amarilla contra el azul.

Es casi mediodía, pronto tendrá que regresar a casa y preparar el almuerzo para su hijo. Luego pasará la tarde leyendo y, cuando por la ventana aparezca un río espejado de la luna, acostará al chico y esperará la llegada de su esposo. Entonces será hora de cenar, y lo harán casi en silencio. A la mujer le gusta esa vida en la que todo está en orden. Pero también la arrastra este viento que sopla desde el país vecino.

Con la mirada fija sobre las aguas encrespadas, la mujer piensa ahora que el río es tan confuso como sus propios sentimientos. Está allí porque espera a su amante, pero no sabe si él ha tomado ya el barco que lo traerá a su orilla, no sabe si en este mismo momento está acercándose al puerto. Hace algunas semanas le ha prohibido llamarla por teléfono. ¿Para qué? Cuando su voz le penetre el oído saltará desde el alto departamento hasta alcanzar su abrazo.

A sus espaldas se ha colocado un pequeño asador de carne. El humo asciende con un aroma de infancia y se mezcla con el olor acuático de la orilla. Algunas personas, tranquilas, pasean o se asoman por la baranda y miran el barco que, lentamente, se acerca al puerto.

¿Vendrá su amante? ¿Tiene que esperarlo? ¿O es mejor que regrese a casa y olvide toda esta historia? Hace una semana le ha pedido que se vaya con él, que lo deje todo, que se decida. Al fin y al cabo, dijo, es cerca, dijo, podrías mantener contacto. Ella entonces cierra los ojos y se imagina cruzando el río, en otro muelle, con el viento a sus espaldas, observando cómo, desde la otra orilla, se ve o se adivina la alta ventana de la que fuera su casa. Se imagina también entre otros brazos, los que la acarician en sueños mientras duerme con su esposo. En esa orilla, la corriente dibuja playas doradas y rebordes de olas. Acá no, apoyada en la baranda la mujer ve cómo el río áspero se pliega contra el barro.

Ella se entrega al amante en noches livianas, cuando escapa con la excusa de que necesita estar sola, sí, apenas un fin de semana, para descansar, regreso el lunes, temprano, pronto. Pero, cuando cruza el río y llega a las playas doradas y pasea y escucha cómo será su vida allí, se queda de pie en la playa, mirando hacia la otra orilla, donde está su casa, y siente el viento que la empuja hacia la ciudad.

En días tristes, cuando la tensión la asfixia, cuando no sabe qué decidir, también se imagina sola, flotando, muerta en el río, con los brazos abiertos y relajados, el pelo disperso como una medusa, los pezones mordisqueados por los peces. Se piensa contemplando con los ojos abiertos indefinidamente el misterio cenagoso y abisal. Así, mientras mira el río, viaja, de una vida a otra, soñándose desnuda en los brazos de su amante, la palpitación marina de su lengua recorriéndole la espalda, el viento que rebota sobre el oleaje, la mano confiada de su esposo que la abraza para que atraviese, sin miedo, las aguas.

Del libro Las otras vidas, en preparación.

© Clara Obligado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Clara Obligado | Argentina, 1950 | Licenciada en literatura argentina por la UCA. Ha publicado ensayos, novelas y cuentos: Mujeres a contracorriente. La otra mitad de la historia, Salsa, Si un hombre vivo te hace llorar, La hija de Marx (Premio Lumen de Novela 1996), entre otros libros. En 2001 editó la antología de relatos Por favor, sea breve. Actualmente dirige en Madrid los talleres literarios de Escritura Creativa y coordina una colección de nuevos narradores.