EL RIO, EL RIO
La mujer
está de pie en el muelle y observa el río.
Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y la falda de su
vestido estival revolotea sacudida por el viento. Si no fuera
por ello y por el caracoleo de su cabellera oscura, parecería
una estatua. El río, en cambio, bate sus aguas inquietantes.
En busca de peces, dos pájaros oscuros se lanzan como
pedradas y golpean el brillo.
Este no es un río como los de Europa. Tiene aguas
turbulentas que se extienden de tal modo sobre la llanura
que no se puede ver la otra orilla. Imaginarla, sí se
puede. Divisarla, también. En días muy claros,
un borroso daguerrotipo anuncia el país vecino. La
mujer está acostumbrada a estudiarlo largamente desde
la ventana de su alto departamento, cuando el cielo tiene
una palidez cristalina, y entonces ella sueña con
otras vidas posibles que suceden a lo lejos. Desde allí también
ve su propia ciudad, extendida más abajo, como un
animal dormido.
Hay un hombre sentado en un banquito que sostiene una caña
de pescar. Está colocado en línea paralela
con la mujer y de pronto sale de su ensimismamiento para
mirarle las piernas. Lleva sentado ahí desde que amaneció,
sólo se distrae con el triángulo luminoso de
los veleros que flotan a lo lejos y con las piernas de la
mujer. Ella siente el peso de su mirada y se sostiene la
falda que, súbitamente, abraza sus caderas. Luego
lo olvida y deja flamear la tela amarilla contra el azul.
Es casi mediodía, pronto tendrá que regresar
a casa y preparar el almuerzo para su hijo. Luego pasará la
tarde leyendo y, cuando por la ventana aparezca un río
espejado de la luna, acostará al chico y esperará la
llegada de su esposo. Entonces será hora de cenar,
y lo harán casi en silencio. A la mujer le gusta esa
vida en la que todo está en orden. Pero también
la arrastra este viento que sopla desde el país vecino.
Con la mirada fija sobre
las aguas encrespadas, la mujer piensa ahora que el río
es tan confuso como sus propios sentimientos. Está allí porque
espera a su amante, pero no sabe si él ha tomado ya
el barco que lo traerá a su orilla, no sabe si en
este mismo momento está acercándose al puerto.
Hace algunas semanas le ha prohibido llamarla por teléfono. ¿Para
qué? Cuando su voz le penetre el oído saltará
desde el alto departamento hasta alcanzar su abrazo.
A sus espaldas se ha colocado un pequeño asador de
carne. El humo asciende con un aroma de infancia y se mezcla
con el olor acuático de la orilla. Algunas personas,
tranquilas, pasean o se asoman por la baranda y miran el
barco que, lentamente, se acerca al puerto.
¿Vendrá su amante? ¿Tiene que esperarlo? ¿O
es mejor que regrese a casa y olvide toda esta historia?
Hace una semana le ha pedido que se vaya con él, que
lo deje todo, que se decida. Al fin y al cabo, dijo, es cerca,
dijo, podrías mantener contacto. Ella entonces cierra
los ojos y se imagina cruzando el río, en otro muelle,
con el viento a sus espaldas, observando cómo, desde
la otra orilla, se ve o se adivina la alta ventana de la
que fuera su casa. Se imagina también entre otros
brazos, los que la acarician en sueños mientras duerme
con su esposo. En esa orilla, la corriente dibuja playas
doradas y rebordes de olas. Acá no, apoyada en la
baranda la mujer ve cómo el río áspero
se pliega contra el barro.
Ella se entrega al amante en noches livianas, cuando escapa
con la excusa de que necesita estar sola, sí, apenas
un fin de semana, para descansar, regreso el lunes, temprano,
pronto. Pero, cuando cruza el río y llega a las playas
doradas y pasea y escucha cómo será su vida
allí, se queda de pie en la playa, mirando hacia la
otra orilla, donde está su casa, y siente el viento
que la empuja hacia la ciudad.
En días tristes, cuando la tensión la asfixia,
cuando no sabe qué decidir, también se imagina
sola, flotando, muerta en el río, con los brazos abiertos
y relajados, el pelo disperso como una medusa, los pezones
mordisqueados por los peces. Se piensa contemplando con los
ojos abiertos indefinidamente el misterio cenagoso y abisal.
Así, mientras mira el río, viaja, de una vida
a otra, soñándose desnuda en los brazos de
su amante, la palpitación marina de su lengua recorriéndole
la espalda, el viento que rebota sobre el oleaje, la mano
confiada de su esposo que la abraza para que atraviese, sin
miedo, las aguas.
Del libro Las
otras vidas, en preparación. © Clara Obligado |