EL OCULISTA
Esta pasión
de mirar como te miran comenzó hace
años. Yo todavía no trabajaba para el gobierno
y era joven, fue cuando llegó a mí un cliente
al cual para proteger su identidad llamaré B. B tenía
unos ojos muy grandes y claros (también evitaré dar
el tono de ellos para que a su vez guarden anonimato).
- Algo me pasa en los ojos... - dijo.
Y calló unos segundos mientras me miraba como si
no se atreviera a continuar. Entonces yo me aventuré a
sacarlo de ese estado:
- ¿Qué le pasa a sus ojos?
- Con el derecho veo una cosa y con el izquierdo otra.
Contestó pesadamente.
- Mmm. Cuénteme más.
- El ojo derecho ve lo que usted hace en este momento: consultándome.
Pero el izquierdo está siguiendo la vida de otra persona
que se encuentra a muchos kilómetros de aquí.
Yo quedé mudo. ¿Cómo
un ojo puede estar persiguiendo la vida de otra persona sin
estar físicamente
detrás de ella? Mi cliente era un perturbado mental,
sin duda. Pero con la mente abierta que da la juventud y
la necesidad de conservar a los primeros pacientes, yo intenté no
mostrar mi incredulidad y acerté en decirle con una
seguridad asombrosa:
- No se preocupe, vamos a dar con el origen de su problema.
Tomé mi lamparita (nervioso, desconcertado) y observé sus
ojos detenida e incansablemente. Dentro de los iris de B
existían diversos funcionamientos visuales como en
cualquiera. Del lado derecho se acumulaban las imágenes
certeras cohabitando con las imágenes que B seleccionaba
de todo aquel universo de visión. Su ojo derecho veía
el presente, las acciones normales y cotidianas. Le permitía
desplazarse por el mundo, mirar a los otros como lo miran
y lo ignoran, le temen y lo desean, se aproximan y se alejan,
lo analizan y lo penetran. Con el ojo derecho B llevaba su
vida cotidiana. Podía cerrarlo y atraer contra sí los
recuerdos de las imágenes inmediatas, las que su nervio óptico
acababa de reciclar en su cerebro.
¡Pero el izquierdo! Ahí se desataron los problemas
de la consulta. Ese ojo era un rebelde, un anarquista de
la visión. Un desertor de las buenas costumbres, de
la normalidad. Ese ojo era un hijo de la locura, en él
yo no vi mi figura reflejada, ni la luz de la lámpara,
ni el entorno de mi consultorio. Ahí, en ese ojo,
había otras imágenes...
- ¿Por qué?- le pregunté abatido después
de examinarlo incansablemente- ¿Por qué no
mira lo que debe mirar si es un ojo perfecto y funciona como
cualquier otro?
- Porque está enamorado.
Si usted esperaba una respuesta menos inquietante o menos
ordinaria, más identificada con un proyecto secreto
o de guerra... Quizá hasta imaginó una posesión
diabólica, o una herencia de hechicería. Tal
vez la intervención de un virus nuevo en el ambiente,
o el principio de una locura certera. ¿Por qué no
una mutación? O un avance genético que a todos
nos espera. Pues no, ese ojo izquierdo estaba enamorado,
simplemente.
- Cuénteme- le dije tratando de ocultar la voz un
tanto trémula.
B comenzó a narrar y yo a registrar en una pequeña
grabadora (que saqué hábilmente del cajón
de mi escritorio) aquello. Mi inquietud científica
había caído fulminada por esa particularidad.
- Yo no debí jamás encontrarla, pero la encontré.
Cosas de ese cruel destino que a todos nos ataca. Ella estaba
ahí como si fuera su pertenencia, sin saber por qué,
usted sabe, la ignorancia sentimental es la peor de las ignorancias.
Yo no me di cuenta inmediatamente de esa cadena de afección,
fue mi ojo izquierdo el que ya no pudo separarse de ella.
Notaba que si yo miraba hacia un lado, él lo hacia
opuestamente. Mi ojo era como un girasol que la seguía
como a la luz. Así, ella acaparó mi campo visual
trastornando mi entorno. Estrabismo, pensé, padezco
de estrabismo. Y fui directamente al oculista, al primero,
que no encontró nada raro, me recetó unas gotas
para la resequedad y me mandó a casa.
Con esa breve tranquilidad me tumbé en la cama. Intenté cerrar
los ojos y sólo el derecho obedeció. Por más
esfuerzo que hacía para que el párpado izquierdo
cayera, no cedió. Fue cuando sentí un golpe
en las pupilas y la vi a ella frente a mí. Era tan
real, se acercaba amenazadoramente. De pronto entró violenta
en mi ojo izquierdo y me distrajo los nervios, la fuerza,
la templanza. Después me vino una fiebre dolorosa,
una fiebre del pensamiento: sólo pensaba en ella,
sólo la veía a ella. Mi ojo izquierdo sufrió una
inflamación profunda, se enrojeció en extremo.
Comencé a ver borroso, cada vez más. Luego
las imágenes se aclararon y el derecho volvió a
la normalidad, pero el izquierdo guardaba una imagen: la
de esa mujer. Estaba ahí, pálida y desierta
como una duna ondulante en la pupila dilatada, calzándose
unos zapatos de tacón. Me consulté por segunda
vez. El oculista de ese entonces me recomendó no forzar
la vista e ignoró por completo la historia de mirar
a distancia a otra persona. Sólo prestó atención
a mi relato cuando le dije que sentía como sí trajera
una piedrita en el lagrimal: "Algo dentro del ojo me
lastima". El tomó su lamparita e inició la
exploración. "Sí, en efecto veo algo" y
buscó unas pequeñas pinzas. Con trabajo comenzó a
extraer del lagrimal un diminuto zapato de tacón.
Con extrañeza lo examinó bajo su lupa y, guardando
su turbación, agregó: "Lo que hacen ahora,
puras miniaturas. Cuánto riesgo para los ojos".
Le pedí que me diera aquello y salí de ahí consternado...
Detuvo su relato y comenzó a rascarse el ojo izquierdo.
Después llevó su pañuelo hasta el lagrimal
y lo apretó con fuerza. Lo miró y me mostró el
contenido.
- Bueno, esta vez es un cenicero, fuma mucho...
Anonadado miré aquella miniatura y la tomé entre
mis manos para examinarla. B continuó el relato sin
percatarse que yo casi perdía el aliento.
Pero llorar pequeños objetos no era un problema.
Bueno, al principio sí, pues la inflamación
me molestaba mucho, pero aprendí a extraerlas a tiempo
y el dolor se hacía breve. Lo que realmente me molesta
es que mi ojo izquierdo sólo la ve a ella. La sigue
por todos lados, como si fuera una cámara secreta
la persigue por doquier. De aquí para allá mi
ojo la vigila y la conoce. Desde que se levanta hasta que
vuelve a la cama. Sabemos sus hábitos, sus recorridos
por la ciudad, sus debilidades, sus preferencias, sus aflicciones,
sus perversiones, sus odios y sus aprecios. Todo aparece
ante mi ojo izquierdo mientras yo fijo sólo la vista
en el techo de mi habitación. Soy un voyerista y me
avergüenzo de observar la vida de alguien como si estuviese
frente a una pantalla. Intenté clausurar mi ojo, parchar
esa realidad que no era la mía. Sin embargo, el izquierdo
no hace caso a nada y aún así mira. También
es fetichista, por eso llora pequeños objetos, los
roba. No me mire así, yo creo que los mira tan fijamente
que los atrae hasta sí y luego los llora. No sé cómo
lo hace, es su secreto. Así nos hicimos de zapatos,
anillos, aretes, medias, blusas, plumas, platos, cucharas,
sábanas, fotografías, lencería, todo
mi ojo izquierdo lo llora para él y para mí.
Porque yo también me he enamorado, tanto seguimiento
de su vida acabó por conquistarme.
B volvió a resguardarse en el silencio. A perder
su vista en un punto lejano de la habitación mientras
yo trataba de escrutar aquellos ojos extraños y cristalinos.
Suspiró y continuó la historia.
- Reflexioné mucho y decidí tratar de acercarme
a ella, pues la locura acabaría por envolver mi cerebro
si no la tocaba, sino hacía física todas esas
imágenes. Coincidimos en una fiesta. Ahí estaba.
Por primera vez mi ojo derecho e izquierdo veían lo
mismo, salvo cuando ella desaparecía de mi campo de
visión, entonces el izquierdo como un guardaespaldas
la monitoreaba. Ella me descubrió entre la gente,
me miró y me lanzó una sonrisa de reconocimiento.
Me saludó de lejos como si fuera un viejo conocido,
alguien con quien se topa todos los días. Sentí la
incomodidad de estar tan presente en su vida que ya no le
excitaba verme. Sentí que no me añoraba como
cuando deseas poderosamente encontrarte con alguien y cuando
estás cerca ya no sabes cómo comportarte, ni
qué hacer. Me entristecí y me varé en
mis conflictuados sentimientos, mientras el maldito ojo izquierdo
la perpetuaba por cualquier parte. Después de varias
copas me atreví a buscarla. Necesitaba hablar con
ella, que me escuchara. Yo conocía su voz, su sonrisa,
sus movimientos, pero ella seguro nada de mí...
El ojo derecho de B se enrojeció y se humedeció traicionando
la serenidad de su rostro, la entereza de su voluntad, la
decisión de continuar su relato. Me pidió que
cerrará un poco las persianas pues la luz cada vez
le hacía más daño. Tragó un poco
de saliva y prosiguió.
- Por fin las circunstancias nos arrojaron a estar juntos
y solos. Ella me sonrió con esa sonrisa que yo sabía
de memoria. "Te conozco como nadie te conoce",
le dije. "Lo sé", y agregó: "Puedes
llevarte los objetos que quieras, puedes mirarme cuando quieras,
puedes, pero jamás podrás tocarme. Así lo
queremos yo y tu ojo izquierdo. Además tú no
eres el único." Se dio la vuelta, tomó su
bolso y se fue. Mi ojo izquierdo tras ella. Yo me quedé atascado
en mi cuerpo con mis sensaciones, con mi ansiedad corporal.
B se incorporó de golpe y me dijo con mucha determinación:
- Quiero que me extirpe el ojo.
Me comentó que no era yo el primer oculista que veía.
Recorrió un largo camino antes de llegar a mí y
todos se negaron a sacarle el ojo porque estaba completamente
sano, aludiendo que B era quien necesitaba un tratamiento
de otro tipo.
- Pero usted ha visto cómo lloro objetos, eso es
lo único a lo cual tengo acceso en esta relación
que me tortura.
Accedí a extirparle el ojo. Debo admitir que quería
quedarme con él y diseccionarlo, estudiarlo para dar
con el origen del fenómeno. B aceptó donarme
el órgano si yo lo operaba inmediatamente. La intervención
fue sencilla. El ojo no opuso resistencia. Salió del
rostro de B sin ningún conflicto. Yo me quedé con él
y lo estudié hasta el cansancio. No descubrí nada,
era normal, orgánicamente perfecto. Acepté mi
desilusión porque la ciencia es así: fatalmente
certera ante los hechos.
Seguí viendo a B hasta que sanó la herida.
Mi cliente estaba tranquilo y poco a poco se fortalecía
su ánimo. Y antes de marcharse definitivamente - ya
se había recuperado por completo de la operación
-, me atreví a preguntarle:
- ¿Está seguro que extirpar el ojo fue la
mejor solución? ¿No extraña a veces
esas imágenes? ¿Esa insólita particularidad
en su persona?
- Sí, pero la vida es más
que una imagen...
Del libro Registro
de Imposibles
© Cecilia Eudave |