reto entre poetas suicidas
Alejandra Pizarnik,
Alfonsina Storni,
Sylvia Plath,
Anne Sexton.
Cada vez
que la propia mano
se levanta y
c
a
e
fría roca filuda
sobre sí misma
el graznido
de un pájaro
desnudo a sabiendas
de la ausencia
deja caer su pluma de luz
en el incesante horizonte
que se desmorona
g-o-t-a -a- g-o-t-a
y se repite
A grandes zancadas
tu silencio
remonta
mis fronteras
y me atosiga
Tu viento mudo
musita más que tu quietud
tu lamento
Más que tu olvido
tu alarido.
De En
lugar de los sueños
desafío de la pared que oculta una pederasta
Este asunto es como haber
sido demolida en sobresalto
Es ver cómo el día entra
tan disimulado por las ventanas
como si fuera la cortina
quien premedita la noche
y nadie se percata
Este asunto de vivir
arropada por un susto
con un arrumaco de vidrios
soporíferos que llegan a instalarse
con su hurgante oscuridad
sobre ventanas que
te miran aterradas como si
les debieras una explicación
Este asunto de tener que ser
--arrebatada de entresueño
y sentirla atrevida y abusiva
sopesa las ventanas
que se quedan amoratadas
y no se abren al grito en este instante
Qué atrancada la puerta
y qué viciado el desapego de la calle
contra las ventanas
Qué tormento no poder arrancarme
un ladrillo y dispararlo en alarido
para asestar puñal de vidrios
a este albergue de ventanas opresivas
a esta pesadez depravada
en que los días parece que se abrieran
y se callan
se silencian
y se sellan.
conjuro para saponificar misoginia*
*Saponificar misoginia
en el sentido de revertir
cuerpo de manteca de cerdo
y mentalidad de soda
cáustica, a jabón.
Que me cale
este guante de médula
hasta mi entumecida
mirada tuerta
Ego-típico recelo
de zorrillo
me caduca
Ladra mi paranoia
retrohelada
en la mazmorra
de mi envidia
porque la presencia
de la otra
me provoca una violencia
que hurgante
me desmorona
Látigo su conjuro
para mi sonsonete vacío
que quiere negar el poder
de su palabra hirviente
Minúsculo lo que
siento y digo:
¡Este aire es
solamente mi aire!
Yo manoseada poetastro
en quien ladra el malolor
carie del alma
porque libre la otra
lleva de la orquídea
el miasma arbóreo
el regocijo de ambrosia
que sustenta lo que
a retorcijones de gusano
apenas lamo diminuta
La otra es quien
lleva el habla de
lo no dicho
adentro Y yo
saco a la otra
de su aliento
Mi costra déspota
la pretende ínfima
y en hambricia
del fumo sagrado
me esfumo boquiabierta
y destemplada
El tirano en mí
recoge las gotitas
de tinta que
de la otra en mí se caen
porque con ellas
devaneo frasecitas
¡quién no sabe!
De Monólogo
de transgresora
clepsidra en flauta
Con la mirada bajo párpados naufragamos abismo en
los zapatos para eludir el proyectil de otros ojos. Jugamos
al ensimismamiento de aprender...
Esto aquí se llama el borrón de la nostalgia,
papel que desdice un fabulario para nadie.
Esto, la hormiga de tu esperanza con un edificio a cuestas.
Y aquello en la esquina, incisivo y peligroso, plástico
basura.
Lo que llega afilado por el reverso de tu oído, la
onda sonora de mi boca; retumbante y cadencioso, dedos contra
conga.
Esta O, labio soplón contra orificio en caña,
que tu insistente nombrar piensa flauta y la clepsidra instalada
en la lluvia, dueña de las músicas viscerales,
gesticula con sus húmedas manecillas que a un sólo
compás se cierran. Se abren y se cierran.
Suspendemos
la intuición en
una bitácora y
nos sorprende la
lengua madre con
la vertiente de
la sangre que
nos segrega.
El péndulo de su pecho, nos amarra, entre compás
y señal, a su cortejo fulminante. Madre al fin. Pobladora
de partos y dolores. Nos sorprende de nuevo y nos dice:
"No hay mal que dure, ni cuerpo". Y
nos revestimos de la piel escamosa de las lombrices y venimos
de la tierra a merodear la extrañeza.
Y jugamos a agruparnos por tamaños y colores, transmigrando
un intrincado cuerpo desde adentro.
Que si es cobrizo y seco viene de los internos desiertos,
que si es fluido y ufano se mece desde los interiores ríos,
que si es verde y fangoso, la anaconda del viento. Y así nacemos.
Desterrados nos
desprendemos con
toda la esencia
fatigada de nuestras
propias aguas.
Nos dejamos ir esporádicos. Nos dejamos carcomer
por una deliciosa complicidad, hasta que llegamos de regreso
a morar en la hormigueante y reseca momificación de
la sal entre las tumbas.
Arráncanos del tiempo, clepsidra de respiro enmohecido.
Entiérranos en el fuego con un ánfora de viento.
Y enciende nuestro cuerpo con tu cumbia ensalzada en jazz
ardiente.
Sobre nuestro cadáver en llamas tu conjuro de arcilla
y una pluma de cóndor con el tizne de nuestras cenizas
en la punta. Tu péndulo de luna en la laja de nuestras
palmas para que haga buril con nuestros huesos.
Y una tajada
de árbol larga
y delgada
para codificar.
Sin embargo, ahogados en una inmensa idea que pretende esclarecer
el mundo, permanecemos para destrozarnos, en una hambrienta
ingratitud.
Clepsidra si no te leo…
no dejes que ningún fuego filudo nos desaparezca.
Inunda de milenios nuestra mano.
De Los
acantilados del sueño
© Antonieta
Villamil |