MAREJADAS*
Nada bueno puede augurar un llamado a medianoche. Y que
de fondo se escuchen sirenas de ambulancia. Cristóbal
había tenido un accidente en auto. Lo llevaban al
hospital. Me vestí rápido. La misma ropa tendida
en el respaldo de la silla dejada hace unas horas atrás.
Me despedí de mi marido con un beso en la frente.
Sentado en la cama se disculpaba absurdamente por no poder
dejar la casa con nuestras dos hijas pequeñas dormidas.
Prometí llamar en cuanto tuviera novedades. La ciudad
silenciosa, las calles que se abrían como puntos de
fugas y líneas oblicuas. Escuchar el rumor del auto
en cada semáforo hasta llegar a destino. A la entrada
del recinto estaba Javier. No nos veíamos hace años.
Nunca supe bien por qué nos divorciamos.
Un médico pulcro y pausado nos reunió para
informarnos la situación. Apenas nos sentamos en el
estrecho cubículo nos informó acerca de una
fractura de clavícula, una perforación al hígado.
Calló unos segundos mientras colocaba un par de radiografías
bajo una luz titilante. Cambió el tono de su voz: “Este
derrame cerebral es lo que debemos estabilizar en forma urgente”.
La imagen proyectaba una enorme mancha. Una marea de sangre
que oscurecía hemisferios, cavidades. Yo sólo
miraba la mancha mientras él detallaba procedimientos.
Sus palabras como música de fondo, como un murmullo
lejano. Cuando dejó de hablar yo seguía detenida
en las placas, en esa sombra oscura en su cráneo,
sobre el lóbulo derecho. Por su mirada compasiva imaginé que
también era padre y entendía nuestro mutismo.
Nos pidió algunas informaciones sobre la salud de
Cristóbal. Enfermedades importantes, confirmar el
grupo sanguíneo, uso de medicamentos. Le pedí verlo,
lo pensó unos segundos. Accedió que lo contempláramos
desde uno de los box de la unidad de cuidados intensivos.
Su rostro magullado, su cuerpo intervenido por sondas, agujas
y un monitor lleno de números. Distinguí un
leve temblor en sus tupidas pestañas y eso me reconfortó un
poco. En el pasillo el médico nos pidió que
pese a lo angustiante de las circunstancias intentáramos
ir a casa. No podíamos estar en el piso. Que tal vez
rezar en silencio, tomar algo, recostarse podrían
darnos fuerzas para la mañana siguiente. La noche
sería crítica en su evolución, y nadie
podría atendernos. El zumbido de las máquinas,
la frialdad de las baldosas eran una mala compañía.
Una mujer de chaleco rosado dormía exhausta con la
boca abierta y la nuca apoyada en la pared de azulejos. Cuando
estaba sacando las llaves del auto Javier me sugirió ir
a su casa a sólo un par de cuadras. Caminamos en silencio
por una ciudad vacía. Ya en su departamento bebimos
café y sin sacar el aparato de mi cartera, apagué el
celular.
Era un apartamento pequeño, cálido, bien decorado,
en el que sin duda vivía solo. Muchos discos apilados,
libros, cuadros. En la única repisa una foto antigua
de Cristóbal y Javier en la playa, sonriendo. Una
tupida alfombra me hizo sentir ganas de quedar descalza.
Yo jugaba con las pelusas de alpaca. Javier tamborileaba
sus dedos contra la mesa de centro. No podíamos hablar
de Cristóbal. No pronunciábamos su nombre,
como si no fuéramos sus padres. Como si fuéramos
dos extraños intentando distraernos. La lectura de
un libro común que estaba sobre la mesa fue el punto
de partida de una deshilvanada conversación. Ambos
recordábamos con fascinación un pasaje del
protagonista viajando solo por Ciudad de México. Una
ciudad que habíamos recorrido de novios y que ahora
afloraba de modo inesperado. Un trozo de la historia que
nos hacía volver a mirarnos a los ojos después
de años. Cristóbal se parecía demasiado
a su padre: las pupilas oscuras, el rostro anguloso, la forma
de arquear las cejas y la sonrisa ladeada. Hablamos un par
más de tonterías y necesité abrazarlo.
Rodearlo con fuerza, acariciar su cabello, su cara. Javier
estaba inmóvil. Y yo seguí viendo en él
a mi hijo, más viejo, con la piel ajada, como sería
en veinte años más si lograba sobrevivir a
este accidente. Necesité besar sus labios y acercar
mi cuerpo al suyo. Javier confundido seguía inmóvil
con sus brazos caídos. Javier a punto de decir una
palabra que acallé a tiempo. Y desabroché uno
a uno los botones de su camisa y sentí sus manos rodeando
mi cintura debajo de la blusa. Se recostó sobre el
sofá y hundí mi cabeza en su pecho desnudo.
Mi piel y la suya se entibiaban, recreaban un tiempo anterior,
cuando todo era calmado y dulce. Y recordé su olor
a madera, y sentí su musculatura firme y aterciopelada,
y vi sus párpados entre abiertos, sus labios brillantes.
Ya era tarde para cuando había saliva ajena en la
garganta, sudores mezclados y bocas entregadas al conjuro
de la noche.
En forma minuciosa recorría mi cuerpo extendido sobre
el sofá cama. Quería pensar que la boca hambrienta
de Javier era la boca infantil de Cristóbal succionando
mis pezones. Pezones erectos, pechos inflamados para un neonato
que electrizaba aureolas y venas. Un bebe que necesitaba
alimentarse de los senos colmados de leche de su madre. Y
su lengua lamía azuzante y su boca se llenaba de un
líquido espeso. Come, devora la espuma, dime sucias
palabras pero necesito que te alimentes de mí, sólo
de mí. Te puedo dar todas las proteínas, todos
los minerales, todos los anticuerpos para defenderte del
mundo. El hombre, el niño, sorbiendo las puntas y
arremolinándose en la alfombra. Eres el pequeño
ternero, que muerde fuerte, que comprime las tetillas con
ritmo. Sus ojos están cerrados, su cordón umbilical
abierto. Por la barbilla le corre un hilo de saliva. Las
ubres blancas y redondas atentas a esa boca semiabierta.
El niño es un pequeño animal bajo el tórax
de su madre, que se aferra al hueco de sus axilas mientras
gorgotea crema. Ha saciado el apetito y pasa sus fibrosos
dedos por mi cuello, y la mirada cabizbaja se diluye en un
dulce y familiar masaje de hombros como si nos hubiésemos
separado en la víspera.
Apaga la luz y se acuesta
desnudo junto a mí con
naturalidad. Hablamos, vagas palabras en la oscuridad de
la habitación. Proyectando en el techo el mapa de
esa mancha que arrasaba con continentes, recuerdos y palabras.
Me pregunta si llevo una vida feliz. No contesto. No es el
momento. Basta un mínimo roce para conectar delgados
vellos, abrir poros. Laten las caderas, laten las sienes,
el ombligo. Siento la suavidad de su piel en mis muslos.
Intento separarme pero me abraza con fuerza. Mi cuerpo despierta
y me incorporo. Veo el índice derecho de su mano y
me arrodillo. Él tiene tres gotas de sudor en la frente.
Giro en torno a la música del tocadiscos. Maldice
las medias y sube la falda hasta las caderas. Pienso en los
agujeros de las cerraduras de esas puertas que no deben cruzarse.
Su abdomen sobre el mío. Su sexo que se abre paso
entre el mío. Fricciona, separa mis rodillas y siento
el peso de sus genitales. Una corriente de aire se cuela
y evidencia la ínfima distancia que hay entre ambos.
Qué es todo esto. Un vestíbulo de emociones,
conversaciones febriles dentro de un invernadero. Introduce
suave su mano en el surco de las nalgas. Ya no tengo bragas,
ya no tengo vergüenza, ya no tengo pena. Abro las piernas
y su lengua me estimula perfecto. Reconoce el punto, la válvula
del deseo. Nada como un amante que conoce tu cuerpo, que
no anda a tropezones y pidiendo permiso. Que escribe en
tu sexo un mensaje con letra legible y no se dedica a un
ensayo de posiciones. Javier, deslizaba lentamente su lengua
y después me penetraba con presiones fuertes, medianas
y suaves. Y murmullas desde abajo que disfrutas con el paisaje
de tonos rosas, rojizos y marrones. Que mi sexo tiene la
forma de una flor que ahora deshojas. Y no sólo quiero
que introduzcas tu dedo, y tu pene, sino que deseo que entres
completo en mí, para albergarte en mi útero,
el lugar más seguro; para que nazcas de nuevo. Y luego,
expulsarte por mi vagina sólo cuando ya no tengas
espacio ni aire.
Me ha parecido hermoso cuando has hecho un movimiento de
repliegue. Y es la misma arruga en la espalda. Ven aquí chiquitito,
con mamá, no es momento de salir todavía, está calientito
acá, no hay prisa, no hay. Quédate donde guardo
todos mis secretos. Siembra nuevas semillas en mis entrañas.
Déjame oler tu aliento de cachorro. Javier golpea
otra vez contra mi vientre. No me canso de tocarlo, de cerciorarme
que está aquí y que nada podría pasarle.
Acaricio una a una sus oscuras y onduladas pestañas.
La enervante melodía del disco que ha sonado repetidamente
toda la noche. Ahora yo hurgo en tu sexo, y gimes atizando
una pequeña chispa de fuego. El placer como un gran
oleaje que arrasa con rocas y corales, que se infiltra por
desesperanzados arrecifes. Un remolino que estremece manos,
piernas y labios. Abrir la boca, explorar a fondo con la
juguetona lengua para derribar al hombre, al joven, al infante
que aprieta su puño contra la almohada. Al pequeño
niño que se va a acurrucar en medio de la cama para
luego emitir leves ronquidos. El niño que se mece
en la marejada que lo lleva a la rompiente que separa las
aguas vivas de las aguas muertas. Que lucha contra la resaca
mientras se llena los bolsillos de calamares, medusas y estrellas.
Cuando la sombra del marco
de la ventana se proyecta sobre las cortinas, sabemos que
está amaneciendo. Salí corriendo
a verme en el espejo del baño. Me sentí envejecida,
demacrada. No pude llorar ni siquiera en el marco de la puerta,
y me encogí entre las paredes onduladas. Algo como
un hálito de aire me susurró palabras desde
polvorientos estantes, desde ordenadas certidumbres. No,
ya verás cómo no importa. Qué he hecho
qué.
Sí, pero muchísimas veces con muchísimos
hombres. Entonces regresé a la cama y volvió a
tocarme pero con la mano crispada. Estaba a medio vestir.
Yo sollozaba sobre su camisa húmeda. Tendrás
que apretar más fuerte. No llores. No estoy llorando.
Aprieta mi mano. No llores. Pero no podía evitarlo
al apoyar en mi cabeza sobre su pecho y escuchar los débiles
latidos de su corazón. No tienes por qué si
no quieres. Hazme otro hijo, por favor. No vez cómo
avanza la mancha en el mapa cerebral. Un rostro difuso apoyado
sobre la almohada. Sí, lo sé, sube la marea
e inunda todas las cavidades. Es un mar furioso que no retrocede.
Sí, una marea que sube y sube y reviste la playa.
Apenas podemos pisar la orilla de la arena para recogerlo.
Le hacemos señas desde la costa pero oyes tus sentimientos
retumbar como truenos y pasar como un tren expreso. La sombra
de ella contra la sombra de él una sola sombra. Mi
respiración más lenta. Estás pensando
en él. Es agua y sangre, sólo agua que avanza
con la fuerza de la corriente. Miro de reojo la foto de Javier
y Cristóbal y acaricio a la distancia los dorados
granos de arena. Las partículas que se desvanecen
entre los dedos.
Hazme otro hijo. Salgamos
a la plaza, hay un par de columpios. Sus palabras titubean.
No puede reaccionar. Hago lo que puedo. Tengo un sueño,
no sólo lo palpes, quiero quedarme
detenida en este nido. Me miras huérfano. Aprópiate
de cada orificio, sella cada agujero, pero hazme un hijo.
Otro, el mismo, cualquiera, para eternizarme. Un primogénito.
Ya lo hiciste una vez y fue tan fácil, cómo
no vas a poder de nuevo. Un hijo varoncito, fuerte, tierno,
que saque buenas notas, que le guste la música y el
deporte. Que tenga un póster de Los Beatles en su
cuarto. ¿Ves la mancha de sangre que sigue avanzando
por el fondo abisal? ¿Escuchas los débiles
latidos? Como se termina de trizar el hueso en miles de astillas.
La clavícula es la viga transversal que sostiene poderosos
músculos. ¿Escuchaste al doctor? Una hemorragia
por traumatismo. La ruptura de una arteria del cerebro que
cubre todo de sangre matando células y tejidos. No
podemos esperar más. La mancha purpúrea, azulada
nos hace navegar extraviados en el mismo océano que
nuestro hijo. Por eso levanta la pierna y lo arrastra hacia
su cuerpo y lo ha hundido en su carne, y lo toma fuerte de
la espalda, y se abre paso hasta la ingle y acaricia su sexo
y los espejos se empañan. Y le dice ven, más
adentro precioso, no te muevas, espera, la boca aspirando
el ombligo, peinando la columna de vellos, la saliva dibujando
un camino. Fijarse como una ventosa en su pulpa soportando
el naufragio. El zumbido de los cuerpos, las pulsaciones
enclavadas en una pelvis sorda al rumor de los crustáceos.
Células y tejidos entrelazados como algas verdes que
flotan en el agua. La red de arterias y venas estremecidas
en ondas ascendentes y descendentes en este mar de líquido
amniótico. Escribe la frase, sólo eso te pido.
Y él se anima a vaciar su pena en el cuerpo de su
ex esposa. El archipiélago atiborrado de cristales
de sal. Por un instante pienso que te amo pero es una sensación
breve como una ola. Una masa de agua que crece con fuerza
pero luego se recoge y ya no existe. Una barca expulsada
a los orígenes. Una capa de placenta latiendo desde
su primera superficie. Javier gemía sin lágrimas.
La muda miseria existente bajo el sol. Tienes el pelo mojado,
los dedos mojados, las mejillas húmedas, los labios
inflamados, ojos de tormenta. Y me das de mamar desde tus
pequeños pezones de hombre. Botones mínimos,
endurecidos; pobre cachorro de mí, caracol encerrado
en su concha para no oír el rugido del mar.
De izquierda a derecha fluían cornisa y fachada.
Atrás quedaba el edificio de ladrillos. Asomaba la
tiranía de la línea recta de los urbanistas.
La ciudad nos devolvía a la realidad: un hijo de dieciocho
años en peligro de muerte. Dos padres entrando a un
hospital a primera hora de la mañana como si fuéramos
a abordar una embarcación. El edificio blanco como
un puerto de mármol. Pero no hay capitán sino
un doctor con delantal verde caminando hacia ellos. ¿Trae
a nuestro hijo recién nacido en brazos? ¿A
ese travieso pececito que flotaba en mi vientre? ¿Doctor,
fue parto normal o cesárea? ¿Venía de
cabeza o de nalgas? ¿Quién cortó el
hilo umbilical?, ¿cuánto pesó?, ¿cuánto
midió?, ¿Qué nota obtuvo en la escala
Apgar? Un varoncito de piernas rollizas y lágrimas
secas. Pero no. Un médico con las manos vacías.
Un médico que se desanuda la gorra quirúrgica.
Un médico que se pasa la mano por la frente sudada.
Un médico con la cabeza gacha y el pelo desordenado.
Un largo pasillo que se estrecha como una arteria del cerebro.
Y la mujer del chaleco rosado, está despierta y vigilante
como un coágulo que se lanza a obstruir el torrente
sanguíneo. Un coágulo que colgaba del útero
y ahora se desliza y rueda por las baldosas. Una mujer que
los reconoce y se levanta brusco del asiento, y les habla
desde el encéfalo, desde la nuca. La burbuja que estalla
y deja el cerebro en una oscuridad triple. Una mujer que
los intercepta para preguntarles histérica si Cristóbal
es donante.
*Finalista del concurso de
cuentos eróticos revista Caras 2005
© Andrea Jeftanovic |