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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

MAREJADAS*

 

Nada bueno puede augurar un llamado a medianoche. Y que de fondo se escuchen sirenas de ambulancia. Cristóbal había tenido un accidente en auto. Lo llevaban al hospital. Me vestí rápido. La misma ropa tendida en el respaldo de la silla dejada hace unas horas atrás. Me despedí de mi marido con un beso en la frente. Sentado en la cama se disculpaba absurdamente por no poder dejar la casa con nuestras dos hijas pequeñas dormidas. Prometí llamar en cuanto tuviera novedades. La ciudad silenciosa, las calles que se abrían como puntos de fugas y líneas oblicuas. Escuchar el rumor del auto en cada semáforo hasta llegar a destino. A la entrada del recinto estaba Javier. No nos veíamos hace años. Nunca supe bien por qué nos divorciamos.

Un médico pulcro y pausado nos reunió para informarnos la situación. Apenas nos sentamos en el estrecho cubículo nos informó acerca de una fractura de clavícula, una perforación al hígado. Calló unos segundos mientras colocaba un par de radiografías bajo una luz titilante. Cambió el tono de su voz: “Este derrame cerebral es lo que debemos estabilizar en forma urgente”. La imagen proyectaba una enorme mancha. Una marea de sangre que oscurecía hemisferios, cavidades. Yo sólo miraba la mancha mientras él detallaba procedimientos. Sus palabras como música de fondo, como un murmullo lejano. Cuando dejó de hablar yo seguía detenida en las placas, en esa sombra oscura en su cráneo, sobre el lóbulo derecho. Por su mirada compasiva imaginé que también era padre y entendía nuestro mutismo. Nos pidió algunas informaciones sobre la salud de Cristóbal. Enfermedades importantes, confirmar el grupo sanguíneo, uso de medicamentos. Le pedí verlo, lo pensó unos segundos. Accedió que lo contempláramos desde uno de los box de la unidad de cuidados intensivos. Su rostro magullado, su cuerpo intervenido por sondas, agujas y un monitor lleno de números. Distinguí un leve temblor en sus tupidas pestañas y eso me reconfortó un poco. En el pasillo el médico nos pidió que pese a lo angustiante de las circunstancias intentáramos ir a casa. No podíamos estar en el piso. Que tal vez rezar en silencio, tomar algo, recostarse podrían darnos fuerzas para la mañana siguiente. La noche sería crítica en su evolución, y nadie podría atendernos. El zumbido de las máquinas, la frialdad de las baldosas eran una mala compañía. Una mujer de chaleco rosado dormía exhausta con la boca abierta y la nuca apoyada en la pared de azulejos. Cuando estaba sacando las llaves del auto Javier me sugirió ir a su casa a sólo un par de cuadras. Caminamos en silencio por una ciudad vacía. Ya en su departamento bebimos café y sin sacar el aparato de mi cartera, apagué el celular.

Era un apartamento pequeño, cálido, bien decorado, en el que sin duda vivía solo. Muchos discos apilados, libros, cuadros. En la única repisa una foto antigua de Cristóbal y Javier en la playa, sonriendo. Una tupida alfombra me hizo sentir ganas de quedar descalza. Yo jugaba con las pelusas de alpaca. Javier tamborileaba sus dedos contra la mesa de centro. No podíamos hablar de Cristóbal. No pronunciábamos su nombre, como si no fuéramos sus padres. Como si fuéramos dos extraños intentando distraernos. La lectura de un libro común que estaba sobre la mesa fue el punto de partida de una deshilvanada conversación. Ambos recordábamos con fascinación un pasaje del protagonista viajando solo por Ciudad de México. Una ciudad que habíamos recorrido de novios y que ahora afloraba de modo inesperado. Un trozo de la historia que nos hacía volver a mirarnos a los ojos después de años. Cristóbal se parecía demasiado a su padre: las pupilas oscuras, el rostro anguloso, la forma de arquear las cejas y la sonrisa ladeada. Hablamos un par más de tonterías y necesité abrazarlo. Rodearlo con fuerza, acariciar su cabello, su cara. Javier estaba inmóvil. Y yo seguí viendo en él a mi hijo, más viejo, con la piel ajada, como sería en veinte años más si lograba sobrevivir a este accidente. Necesité besar sus labios y acercar mi cuerpo al suyo. Javier confundido seguía inmóvil con sus brazos caídos. Javier a punto de decir una palabra que acallé a tiempo. Y desabroché uno a uno los botones de su camisa y sentí sus manos rodeando mi cintura debajo de la blusa. Se recostó sobre el sofá y hundí mi cabeza en su pecho desnudo. Mi piel y la suya se entibiaban, recreaban un tiempo anterior, cuando todo era calmado y dulce. Y recordé su olor a madera, y sentí su musculatura firme y aterciopelada, y vi sus párpados entre abiertos, sus labios brillantes. Ya era tarde para cuando había saliva ajena en la garganta, sudores mezclados y bocas entregadas al conjuro de la noche.

En forma minuciosa recorría mi cuerpo extendido sobre el sofá cama. Quería pensar que la boca hambrienta de Javier era la boca infantil de Cristóbal succionando mis pezones. Pezones erectos, pechos inflamados para un neonato que electrizaba aureolas y venas. Un bebe que necesitaba alimentarse de los senos colmados de leche de su madre. Y su lengua lamía azuzante y su boca se llenaba de un líquido espeso. Come, devora la espuma, dime sucias palabras pero necesito que te alimentes de mí, sólo de mí. Te puedo dar todas las proteínas, todos los minerales, todos los anticuerpos para defenderte del mundo. El hombre, el niño, sorbiendo las puntas y arremolinándose en la alfombra. Eres el pequeño ternero, que muerde fuerte, que comprime las tetillas con ritmo. Sus ojos están cerrados, su cordón umbilical abierto. Por la barbilla le corre un hilo de saliva. Las ubres blancas y redondas atentas a esa boca semiabierta. El niño es un pequeño animal bajo el tórax de su madre, que se aferra al hueco de sus axilas mientras gorgotea crema. Ha saciado el apetito y pasa sus fibrosos dedos por mi cuello, y la mirada cabizbaja se diluye en un dulce y familiar masaje de hombros como si nos hubiésemos separado en la víspera.

Apaga la luz y se acuesta desnudo junto a mí con naturalidad. Hablamos, vagas palabras en la oscuridad de la habitación. Proyectando en el techo el mapa de esa mancha que arrasaba con continentes, recuerdos y palabras. Me pregunta si llevo una vida feliz. No contesto. No es el momento. Basta un mínimo roce para conectar delgados vellos, abrir poros. Laten las caderas, laten las sienes, el ombligo. Siento la suavidad de su piel en mis muslos. Intento separarme pero me abraza con fuerza. Mi cuerpo despierta y me incorporo. Veo el índice derecho de su mano y me arrodillo. Él tiene tres gotas de sudor en la frente. Giro en torno a la música del tocadiscos. Maldice las medias y sube la falda hasta las caderas. Pienso en los agujeros de las cerraduras de esas puertas que no deben cruzarse. Su abdomen sobre el mío. Su sexo que se abre paso entre el mío. Fricciona, separa mis rodillas y siento el peso de sus genitales. Una corriente de aire se cuela y evidencia la ínfima distancia que hay entre ambos. Qué es todo esto. Un vestíbulo de emociones, conversaciones febriles dentro de un invernadero. Introduce suave su mano en el surco de las nalgas. Ya no tengo bragas, ya no tengo vergüenza, ya no tengo pena. Abro las piernas y su lengua me estimula perfecto. Reconoce el punto, la válvula del deseo. Nada como un amante que conoce tu cuerpo, que no anda a tropezones y pidiendo permiso. Que escribe en tu sexo un mensaje con letra legible y no se dedica a un ensayo de posiciones. Javier, deslizaba lentamente su lengua y después me penetraba con presiones fuertes, medianas y suaves. Y murmullas desde abajo que disfrutas con el paisaje de tonos rosas, rojizos y marrones. Que mi sexo tiene la forma de una flor que ahora deshojas. Y no sólo quiero que introduzcas tu dedo, y tu pene, sino que deseo que entres completo en mí, para albergarte en mi útero, el lugar más seguro; para que nazcas de nuevo. Y luego, expulsarte por mi vagina sólo cuando ya no tengas espacio ni aire.

Me ha parecido hermoso cuando has hecho un movimiento de repliegue. Y es la misma arruga en la espalda. Ven aquí chiquitito, con mamá, no es momento de salir todavía, está calientito acá, no hay prisa, no hay. Quédate donde guardo todos mis secretos. Siembra nuevas semillas en mis entrañas. Déjame oler tu aliento de cachorro. Javier golpea otra vez contra mi vientre. No me canso de tocarlo, de cerciorarme que está aquí y que nada podría pasarle. Acaricio una a una sus oscuras y onduladas pestañas. La enervante melodía del disco que ha sonado repetidamente toda la noche. Ahora yo hurgo en tu sexo, y gimes atizando una pequeña chispa de fuego. El placer como un gran oleaje que arrasa con rocas y corales, que se infiltra por desesperanzados arrecifes. Un remolino que estremece manos, piernas y labios. Abrir la boca, explorar a fondo con la juguetona lengua para derribar al hombre, al joven, al infante que aprieta su puño contra la almohada. Al pequeño niño que se va a acurrucar en medio de la cama para luego emitir leves ronquidos. El niño que se mece en la marejada que lo lleva a la rompiente que separa las aguas vivas de las aguas muertas. Que lucha contra la resaca mientras se llena los bolsillos de calamares, medusas y estrellas.

Cuando la sombra del marco de la ventana se proyecta sobre las cortinas, sabemos que está amaneciendo. Salí corriendo a verme en el espejo del baño. Me sentí envejecida, demacrada. No pude llorar ni siquiera en el marco de la puerta, y me encogí entre las paredes onduladas. Algo como un hálito de aire me susurró palabras desde polvorientos estantes, desde ordenadas certidumbres. No, ya verás cómo no importa. Qué he hecho qué. Sí, pero muchísimas veces con muchísimos hombres. Entonces regresé a la cama y volvió a tocarme pero con la mano crispada. Estaba a medio vestir. Yo sollozaba sobre su camisa húmeda. Tendrás que apretar más fuerte. No llores. No estoy llorando. Aprieta mi mano. No llores. Pero no podía evitarlo al apoyar en mi cabeza sobre su pecho y escuchar los débiles latidos de su corazón. No tienes por qué si no quieres. Hazme otro hijo, por favor. No vez cómo avanza la mancha en el mapa cerebral. Un rostro difuso apoyado sobre la almohada. Sí, lo sé, sube la marea e inunda todas las cavidades. Es un mar furioso que no retrocede. Sí, una marea que sube y sube y reviste la playa. Apenas podemos pisar la orilla de la arena para recogerlo. Le hacemos señas desde la costa pero oyes tus sentimientos retumbar como truenos y pasar como un tren expreso. La sombra de ella contra la sombra de él una sola sombra. Mi respiración más lenta. Estás pensando en él. Es agua y sangre, sólo agua que avanza con la fuerza de la corriente. Miro de reojo la foto de Javier y Cristóbal y acaricio a la distancia los dorados granos de arena. Las partículas que se desvanecen entre los dedos.

Hazme otro hijo. Salgamos a la plaza, hay un par de columpios. Sus palabras titubean. No puede reaccionar. Hago lo que puedo. Tengo un sueño, no sólo lo palpes, quiero quedarme detenida en este nido. Me miras huérfano. Aprópiate de cada orificio, sella cada agujero, pero hazme un hijo. Otro, el mismo, cualquiera, para eternizarme. Un primogénito. Ya lo hiciste una vez y fue tan fácil, cómo no vas a poder de nuevo. Un hijo varoncito, fuerte, tierno, que saque buenas notas, que le guste la música y el deporte. Que tenga un póster de Los Beatles en su cuarto. ¿Ves la mancha de sangre que sigue avanzando por el fondo abisal? ¿Escuchas los débiles latidos? Como se termina de trizar el hueso en miles de astillas. La clavícula es la viga transversal que sostiene poderosos músculos. ¿Escuchaste al doctor? Una hemorragia por traumatismo. La ruptura de una arteria del cerebro que cubre todo de sangre matando células y tejidos. No podemos esperar más. La mancha purpúrea, azulada nos hace navegar extraviados en el mismo océano que nuestro hijo. Por eso levanta la pierna y lo arrastra hacia su cuerpo y lo ha hundido en su carne, y lo toma fuerte de la espalda, y se abre paso hasta la ingle y acaricia su sexo y los espejos se empañan. Y le dice ven, más adentro precioso, no te muevas, espera, la boca aspirando el ombligo, peinando la columna de vellos, la saliva dibujando un camino. Fijarse como una ventosa en su pulpa soportando el naufragio. El zumbido de los cuerpos, las pulsaciones enclavadas en una pelvis sorda al rumor de los crustáceos. Células y tejidos entrelazados como algas verdes que flotan en el agua. La red de arterias y venas estremecidas en ondas ascendentes y descendentes en este mar de líquido amniótico. Escribe la frase, sólo eso te pido. Y él se anima a vaciar su pena en el cuerpo de su ex esposa. El archipiélago atiborrado de cristales de sal. Por un instante pienso que te amo pero es una sensación breve como una ola. Una masa de agua que crece con fuerza pero luego se recoge y ya no existe. Una barca expulsada a los orígenes. Una capa de placenta latiendo desde su primera superficie. Javier gemía sin lágrimas. La muda miseria existente bajo el sol. Tienes el pelo mojado, los dedos mojados, las mejillas húmedas, los labios inflamados, ojos de tormenta. Y me das de mamar desde tus pequeños pezones de hombre. Botones mínimos, endurecidos; pobre cachorro de mí, caracol encerrado en su concha para no oír el rugido del mar.

De izquierda a derecha fluían cornisa y fachada. Atrás quedaba el edificio de ladrillos. Asomaba la tiranía de la línea recta de los urbanistas. La ciudad nos devolvía a la realidad: un hijo de dieciocho años en peligro de muerte. Dos padres entrando a un hospital a primera hora de la mañana como si fuéramos a abordar una embarcación. El edificio blanco como un puerto de mármol. Pero no hay capitán sino un doctor con delantal verde caminando hacia ellos. ¿Trae a nuestro hijo recién nacido en brazos? ¿A ese travieso pececito que flotaba en mi vientre? ¿Doctor, fue parto normal o cesárea? ¿Venía de cabeza o de nalgas? ¿Quién cortó el hilo umbilical?, ¿cuánto pesó?, ¿cuánto midió?, ¿Qué nota obtuvo en la escala Apgar? Un varoncito de piernas rollizas y lágrimas secas. Pero no. Un médico con las manos vacías. Un médico que se desanuda la gorra quirúrgica. Un médico que se pasa la mano por la frente sudada. Un médico con la cabeza gacha y el pelo desordenado. Un largo pasillo que se estrecha como una arteria del cerebro. Y la mujer del chaleco rosado, está despierta y vigilante como un coágulo que se lanza a obstruir el torrente sanguíneo. Un coágulo que colgaba del útero y ahora se desliza y rueda por las baldosas. Una mujer que los reconoce y se levanta brusco del asiento, y les habla desde el encéfalo, desde la nuca. La burbuja que estalla y deja el cerebro en una oscuridad triple. Una mujer que los intercepta para preguntarles histérica si Cristóbal es donante.

*Finalista del concurso de cuentos eróticos revista Caras 2005

© Andrea Jeftanovic

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Andrea Jeftanovic | Chile, 1970 | Socióloga por la Universidad Católica de Chile y Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de California, Berkeley. En 2000 publicó la novela Escenario de Guerra, Premio Juegos Literarios Gabriela Mistral 1999, Premio Consejo Nacional del Libro 2000. Antologada en Música Ligera, Desafueros, Ecos Urbanos y En Español. En la actualidad escribe su segunda novela titulada Geografía de la lengua, y prepara el libro de relatos Monólogos en fuga.