VOLANDO BAJO
Una inoportuna
coincidencia. No podía ser otra cosa. Sentado frente
a la computadora, mientras escribía el párrafo
inicial de su primera novela, un escalofrío intempestivo
había retorcido el cuerpo de Rolando hasta invadir
la habitación, prolongado y silencioso.
Con las ventanas ya abiertas,
creyó que literalmente se había descorchado,
que tanto tiempo tapado, sin botar siquiera una línea,
había quedado atrás, literalmente, también.
Quizá sería un buen argumento de novela, al
menos de un cuento, sí, algo más pequeño,
más recatado. Incluso sin olor. Porque eso de andar
por ahí arrojando aires de genialidad en la cara de
otros escritores no sería muy noble de su parte. Tenía
que ser humilde con aquellos que confundían su creatividad
con la anodina flatulencia de lo cotidiano.
Pero al terminar el segundo
párrafo, Rolando volvió a ser un nudo sobre
la silla. Primero lo contuvo, cruzó fuertemente las
piernas, aguantó la respiración, sudó frío
y cuando creyó dominar ya todas esas ínfulas
que apenas unos minutos antes le habían bajado de
la cabeza, estalló algo inexplicable entre sus piernas. ¡Mierda!
Fue lo único que alcanzó a decir antes de zigzaguear
hacia el excusado.
La vecina del piso inferior
pensó que a Rolando se le había caído
el televisor. Un ruido seco, agudo, tenía que ser,
si sonó horrible, casi como una bomba. Así que
subió para indagar si todo andaba bien, si podía
ayudarlo en algo, pero nadie abrió la puerta. De regreso
creyó que a lo mejor se trataba de una fuga de gas.
Sí, porque había un olor extraño. Mujer, le
dijo el marido, si fuese el gas ya habríamos volado
todos en el edificio. Por favor, deja de meterte en la vida
de los demás. A fin de cuentas, y a esas alturas,
el único que volaba era Rolando, con unas inmensas
alas blancas de papel higiénico, primero sobre el
techo del baño, luego alrededor de la sala, vueltas
y más vueltas, hasta finalmente salir disparado hacia
la calle en busca de una farmacia, unas bolsitas de té,
un corcho, más papel, algo, cualquier cosa que le
aguantara esas ganas incontrolables de seguir cagándose
en su vida.
Justo cuando empezaba a
tomarse en serio la literatura. Cuando había decidido
concentrarse en la gran novela, la primera, aquella que lo
llevaría hasta Suecia, con smoking y todo,
para codearse con los grandes. Sí, gracias, no fue
nada, sólo una explosión de creatividad, explicaría
distraídamente. Pero no fue una, ni dos.
Camino al médico
pensó que quizá le entregarían el Nobel,
pero de química, o el de física, porque Rolando
parecía cagarse en eso de Newton y la manzana. Él
levitaba y la única gravedad era la de su estado.
Al menos así le confirmó el gastroenterólogo
aquella tarde. Los análisis de laboratorio habían
descartado salmonela y cólera, también gastroenteritis. Su
organismo aparenta estar funcionando correctamente, pero
creo que estamos frente a una enfermedad psicosomática.
Por qué no consulta un buen psiquiatra, vaya, vaya, lo
palmeaba el médico en la espalda mientras descubría
un conveniente resfrío que lo obligaba a taparse disimuladamente
la nariz. Y es que toda esa pedorra se le estaba impregnando
en la ropa, en las manos y hasta en el rostro. Sí,
Rolando había perdido esa dulce expresión de
imbécil que lo había ayudado de mocoso a seducir
a más de una hembrita allá en su barrio de
Jesús María. Ahora Rolando tenía una
insoportable cara de cojudo triste bastante difícil
de disimular.
Definitivamente, se trataba
de una cuestión de causa-efecto. No había otra
explicación. Todos esos malestares habían aparecido
ni bien escribió el primer párrafo de su novela,
ahora inconclusa, inédita, tirada al mismo inodoro
cuando su imaginación siguió explotando por
la noche y el papel higiénico se terminó. Con
resignación tuvo que echar mano a sus borradores.
El gasfitero tardó horas en desatorar las cañerías.
Pero qué cochinada botó ahí dentro,
le preguntó intrigado con el desatorador empuñado
como espada. Rolando sólo asintió con la cabeza,
mudo. Sí, trescientas palabras de mierda eran suficientes
para atorar a cualquiera. Tenía que afrontarlo, era
un fracaso, peor aún, un cagado.
Los días transcurrieron
sin sobresaltos ni escalofríos. Todos esos rollos
de papel higiénico comprados por precaución
le alcanzarían ahora para tres años. Definitivamente,
era una cuestión de causa-efecto. El dejar de escribir
lo había vuelto a secar hasta el grado de estreñirlo.
Ya no hacía falta rociar el departamento con el nuevo
aerosol de flores silvestres, ni colgar honguitos aromatizados
en las lámparas, detrás de los cuadros y en
las manijas de las puertas. Rolando apagó los palitos
de incienso plantados en las macetas y decidió finalmente
quitar la funda de su computadora. Lograría con las
palabras aquello que ni el laxante más poderoso había
conseguido en una semana. Ya el psicólogo le había
explicado eso de la relación anal entre dar y recibir,
un toma y daca (o caca) que se remontaba a sus primeras experiencias
de niño, cuando miraba el mundo girar alrededor de
su pequeño bacín.
Aquella noche, Rolando se
sintió tranquilo al confirmar que la novela inconclusa
aún permanecía en el disco duro de la máquina,
aguardando ser despertada de ese letargo, de ese profundo
sueño con el solo chasquido de sus dedos sobre el
teclado, cual flautista de Hamelin, haciendo desfilar las
letras una por una, de izquierda a derecha y con paso firme,
directo hacia Estocolmo, sin escalas ni farmacias de por
medio. Qué importa si fueron una o fueron dos, si
fueron tres o fueron cuatro, si fue tu tía o la vieja
del otro día quien llamó a los bomberos. ¡Auxilio! ¡Una
explosión! ¡Una fuga de gas! ¡Derriben
la puerta, por favor! ¡Vamos a volar todos! Rolando
apenas si alcanzó a subirse el pantalón cuando
un hombre enmascarado y vestido de rojo destrozó la
puerta de su casa con un hacha en la mano y en la otra una
manguera más grande que las usadas para realizar enemas.
No, no, no lo necesito, por favor, fue lo que atinó a
gritar Rolando en medio del delirio y mientras lo llevaban
cargado a la asistencia pública.
Después de aquel
suceso, el nombre de Rolando quedó impreso más
alto que el del propio Valdelomar. Pero no en el corredor
de la fama, sino en el de su edificio. Exactamente, en las
paredes del décimo piso. Estaba seguro que eran los
mocosos del primer nivel los que andaban haciendo esas estúpidas
pintas. Rolando come caca fue una de las más
suaves escritas en su propia puerta. Otras ya involucraban
a la familia y a la madre. Pronto, el portero fue a tocarle
el timbre para pedirle más detergente y una esponjita, de
las verdes, esas que duran más, le explicó con
media sonrisa escondida bajo el bigote.
Tuvo que pasar un mes hasta
que desapareciera la última muestra colectiva de burla.
Para entonces, ya Rolando había instalado su
computadora en el baño. Tenía que afrontarlo.
Escribir era una obligación fisiológica, parte
de su propio cuerpo, debía de valer la pena, no importaba
si fueron una o fueron dos, si fueron tres o cuatrocientos,
porque la vieja de abajo ya no volvería a llamar a
los bomberos, había sido cuestión de minutos, debiste
hacerlo, mujer, dijo luego el marido moviendo la cabeza
de un lado al otro, debiste llamar, porque entonces,
sí los hubieran evacuado a todos del edificio, los
hubieran puesto a buen recaudo antes que la explosión
hiciera volar en pedazos el décimo piso y Rolando
acabara dando vueltas en el aire, una y otra vez, primero
sobre el baño, luego alrededor de la sala, para salir
despedido finalmente por la ventana con unas enormes alas
blancas, demasiado frágiles para levantar vuelo hasta
la farmacia de turno más cercana.
© Alessia di
Paolo |