| el
leopardo de las nieves
el
mar
ese oscuro porvenir
que cruza las orillas y se extravía
como el leopardo de las nieves
en su oculta prisión del zoológico para niños
el
humo de un tabaco ilumina sus huellas
tal vez indiquen el principio o el fin de un camino
el otro infinito del que habita su prisión exterior
cuyo corazón está nublado por el humo del cigarrillo
pero la ola que carcome los cuerpos
señala otro camino
y su violencia
un
cuerpo torturado se ahoga en las playas
juntamente
y los sueños
para compartir el silencio y la muerte
y todas las arenas
donde las pisadas se han desvanecido
como la llaga del leopardo sobre la nieve
todo
lo desaparece el mar
todo lo espanta el tiempo
incluso el invierno
y su inquietante oscuridad
y ya nadie recuerda la vieja orina que corrió alguna vez
el
joven leopardo huele ese olvido:
una uña quebrada en la pelea
un zarpazo violento sobre el hielo que algún guardián
ha borrado
para observar su belleza
detrás de una jaula del zoológico para niños
despedida
a mi amigo k
por todas las prisiones
otra vez amanece
otra vez en un lugar extraño
hundo
los dedos en la amarga cicatriz
los hago entrar suavemente en el charco
hasta que hartos de la ponzoña
salgan enrojecidos de dolor
entonces
dejo caer mis manos bajo el chorro de agua
y observo a través del espejo
mi pierna derecha
y la oscura cicatriz que la circunda
otra
vez amanece
otra
vez la carne lacerada
quiere fingir su corrupción
y va hilando una extraña red
sobre la piel áspera y ponzoñosa
pero
por las noches
diminutas sanguijuelas
van desollando otra herida más profunda
donde no hay fingimiento
y todo dolor es real
como es real el llanto del condenado
y la quemante despedida
que todavía hierve como fuego entre los dedos
otra carta (al amable carnicero)
El
olor de la carne descompuesta me atrajo hacia el mercado. Caminé
bajo el condenado sol que no desaparece nunca. El amable carnicero
permanecía al fondo. Su habitación quemaba como
una antorcha iluminando un cuerpo. Yo lo vi venir desde lo hondo.
En la esquina filosa brillaba el puñal en lo oscuro. El
puñal era guía entre sus manos sudorosas y ensangrentadas.
Cogió un cuerpo y lo horadó hasta el fondo. Yo permanecí
sentada bajo el fuego del sol.
Afuera
todos cuidaban las jugosas frutas de las manos extrañas.
De su boca salía un lenguaje que no podía comprender
exactamente. Hasta que una mañana pude entender lo que
ellos decían: no comas ni bebas de nuestra mercancía.
Entonces
añoré la casa del carnicero por su alma sangrante
y me dirigí a ella como se dirige un niño hacia
un río de agua pura. Tomé en mis manos extrañas
aquel cuerpo desollado y lo metí en una bolsa transparente
para que todos vieran la presa que iba dentro.
Y
la mostré como una prueba de amor.
perro negro
Oye,
besémonos intensamente,
Una nostalgia llama al mundo
en el que debemos morir
Else Lasker-Shuler
un
perro negro toca mi puerta
un perro negro abre su hocico
y escupe su angustia sobre mi rostro
todas mis erupciones
todo el lado derecho llagado
se humedecen ante su tierna baba
lo
que hay dentro es pura materia del olvido
inútil recuerdo que se envenena sobre sí mismo
mientras la frágil costra cae y se regenera
lentamente
bajo mis dedos
no
hay de dónde más pelar la carne
la sucia piel del nacimiento
que se agazapa
ante la negra picadura del animal
qué
extraño es todo esto
me avergüenza haber crecido entre los muertos
oh cadáveres
cómo pesa la cabeza y la tierna cabellera
de un hijo no nacido
mientras el perro rasga
implacable
la puerta al otro extremo
y
tú
hunde tus patas en la sangre que nace del deseo
muestra tus erupciones
las macabras heridas de tu lomo
deja caer la leche blanquísima
en la celda del condenado
remoja la miga de pan en el té silencioso
y ofrece tu cuerpo toda la sucesión de los ocasos
a esta amarga enfermedad
oh
si pudieras abandonar todo ahora
tapar los orificios de tu nariz con un puñal
hundiéndolo como una flor que cae sobre sí misma
pero ahora todo te deslumbra o te hiere
eres una cerda
y caminas con el hocico abierto
hundiendo tus patas en el fango
toda
la noche ha caído sobre mi rostro
animales que llevé entre mis brazos
algún día les daré de beber
de un cuerpo limpio y sano
la casa de zarumilla
A
Kike
Otra
vez la cocina amanece vacía, repleta de sí misma.
Unas migajas de pan tiradas en el suelo anuncian la muerte de
la gata. El animal no ha cesado de lamer la mano del amo. Su aullido
se oye a lo lejos, bajito, desde un lugar oculto, atrapado por
el tiempo.
El
techo de la sala cae un día tras otro, un día tras
otro, pero buscar el alimento diario siempre es anterior a todo
derrumbe. Dentro de su propia esfera, el amo da vueltas con los
abrazos abiertos y lee un libro de Mester Eckard. Recuerda a la
gata huyendo de toda luz, escondida detrás del neumático
de un auto descompuesto.
La
poesía es ese verso loco de la carencia. Un insecto acurrucado
sobre su propia cabeza mientras agoniza detrás de una pared
derruida. Este es el gran engaño de lo real: abrir el congelador
inservible y besar en los ojos al animal que chilla cada vez más
bajito.
Despertarse
junto a la poesía y no encontrar nada sino el papel en
blanco como los ojos blancos de la gata. Hay que abandonar el
cuerpo, extraviarlo, para que brote un verso como un alimento
del padecimiento. Un verso que nos hunda bajo su resplandor de
fuego. Un verso para aplacar la miseria.
Arrastrándose
de espaldas a la Av. Perú, la gata impide el tránsito
limpio de miles de autos que glorifican la velocidad. Pronto,
la eterna angustia del derrumbe y el porvenir se encadenan. El
amo persigue al animal abriendo la niebla con sus brazos. El eterno
basural de las esquinas es el refugio del hambriento.
Sin
embargo, el techo sigue cayendo, multiplicándose infinitamente
sobre sus cabezas. Es el cielo devorándose a sí
mismo. Al fin, sólo llueve polvo dentro de la casa. Amo
y gata, mano y amor extendiéndose. Brazos que mecen al
animal como a un recién nacido. La poesía sirve
para esto, ¿di, Kike?
habitación
primero
empieza la disección personal:
los pies sangrantes y el músculo amoratado
se muestran sin pudor ante su espejo
pronto soy un ojo
sólo un ojo
un puro párpado que humea un aire pestilente
dentro de una habitación en invierno
afuera
el viento es feroz
y se une al ritual del aniquilamiento
la sangre inocente chorrea
es un alegre surtidor que baña nuestros rostros
todo
inocente ha recorrido las playas
buscando una luz
aquí y ahora no existe el sol
está negado para nosotros
pero para qué tanta luz si sólo hay llantos
mejor es perderse en la oscuridad
garabatear una escritura nocturna
balbucear unas primeras palabras dulces
sobre los cuerpos muertos
tal
vez si cambio de rostro
mi amor
tal vez si reviento sobre mi propio sueño
o me quedo ciega de una vez
tal vez me acostumbre a ver mi cuerpo
desde dentro
con su propia luz
a observar cómo bombea
y se retiran las partes putrefactas
con amor
es un hoyo pequeñísimo por el que un aire
implacable me desuella
y revienta sobre las ventanas de la habitación
hasta sacarles sangre
aquel lastimoso llanto me paraliza
pero puedo entrever por las rendijas
de otra ventana
mi ojo pequeño de la infancia
y los muchachos en las esquinas
sin nada qué perder
los cuerpos hundidos en el acantilado
huyendo de toda luz
añorando la niebla que baña la mañana hasta
perderlos
es
aquí cuando empieza la segunda disección
la estación del sacrificio y la re-educación
vaciar el cuerpo de todo animal ajeno contra sí mismo
cargando el olvido entre los brazos
para que ningún mal nos salpique
©
Victoria
Guerrero
|