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the swimming woman

 

Pasea con su niño por la playa, preciosamente unidos por la arena. Sus almas transparentes hacen juego con las olas. Sus manos azulmente enlazadas por la tarde. Camina con su luna prendida de los labios. Se iluminan sus zapatos cuando canta. Cogido de su perla mira el mar y la mujer se queda con una palabra en el pecho próximo al grito, y ciega de agua. Las gaviotas de su nana pescan peces cofre en su corazón. Se abren todos los cerrojos y las gotas de Pandora inician la bruma rodeando los médanos. Vertiginosamente las nubes cambian de color cuando hollan las alas del hombre el sueño despierto de la mujer.

Tumbado junto al sol le cuenta a su hijo una sonrisa. Le explica que la música es océano y el niño enreda algas de coral entre sus dedos. Dan una brazada más y ya es verano.

El paladar de la mujer a punto de nieve. Dulzura de espuma que escucha de sus bocas. Es un latigazo de envidia la luz que desprenden en la orilla cuando la tormenta obscura su mirada. Ya no necesita imaginar más paisajes. Ellos son parte de las dunas.

Caracolas íntimas en su paseo diario. A contracorriente, dos nadadores del planeta haciendo con la tristeza encajes marinos. Sortean, como prístinos caballitos, a los playeros de bronce barato. ¿Qué sabrán ellos del mar?

Ha ido con su ángel al litoral a leerle la plata en las estrellas, a colgar náyades en sus ojos de ámbar inocente, no engullidos aún por el mundo torbellino, chispeantes ante la marea que trae nuevos prodigios.

Inagotablemente abiertas las pupilas del pequeño son dos globos que se elevan en busca de conchas de organza, que bucean en los pulmones de su padre para borrarle la angustia de antaño con sus dibujitos de caracoles y sus rizos de humedad.

Ya no hay reloj ni pobreza de ser, sino duendes submarinos y capitanes de sardinas.

A lo lejos divisan una carabela cargada de islas de tesoros. La arponean con dos besos de hilo y se produce un chocar de piedras preciosas entre piratas de niebla y burbujas de moluscos. El abordaje es salobre y añil. Sin cañones ni cartas de navegación, ni bergantín que vuele ni timonel que despeje el destino, sólo con la proa en bandada de pájaros conquistan atolones y arrecifes.

Vikingos avanzan sus cuerpos. No hay tierra, norte ni siroco que plante guerra. Un pez trompeta les abre el paso. Criaturas, fiordos, goletas rinden el alma ante su esencia, bella y serena. La mujer les sigue. Sus ojos nadan desde la arena. El resto de ella no mueve un músculo, ni siquiera deletrea la saliva que se le agolpa en la quilla. El cebo clavado en el velo es desgarro paradisíaco del vientre. Lencería de sirenas se vuelve su zozobra ante el argonauta y su tripulación.

El mar de ladrillo ha desaparecido. Todo recuerdo ceniza ya es agua.

El padre iza la voz y el viento es una vela que mueve los cuerpos. Las gaviotas se hacen nudos con las lenguas de la mujer. Agua y voz son el mismo verso cuando tiembla el crepúsculo sobre los mundos y dejo de mirar el cuadro.

La tarde nos abandona. Nos ha manchado de atunes y diamantes. Es la tarde 3.333 de los naufragios. El fin del encantamiento de una minúscula mujer de triste bajel que por amor fue faro en mitad de una playa, vigía sin noche de un hombre en su paseo diario, cuando sólo rompía las olas su cantar. Él, que lleno de piedras y sapos, se buscaba, sin tregua, a sí mismo entre los huesos. Implacable su verdad desataba sus cristales y no había océano que galvanizase el tiempo ensangrentado. Dicciones bárbaras esculpía entre los labios como dardos irisados, tan pungentes como dulces. Y ella quiso cuidar su paso del traspié, patrullar para que su desolación no trepase pulso adentro y le borrase la guitarra del cielo. Y nada mejor para velar que tener las escamas de piedra y la cabeza ininterrumpidamente iluminada. Así se reconstruyó guijarro a guijarro, almendra mineral, un farol de mar, con su pequeña hechura insomne. La pleamar le ensambló piernas con inquietud. Los senos hablaron el lenguaje de las ballenas. Las valvas del rostro proyectaron calor y claridad. Y el hombre encontró en su caminar un consuelo para el frío extraño que le fragmentaba.

Él, bañista sin Venus, rodaba junto a los granos de sílice en un desesperado intento de misión para sus huecos. Con sus manos estrujaba las notas y componía sílabas de absurda realidad. Apocalípticos jirones que el viento esparcía de norte a sur de la playa, como un edén que hubiera perdido su idílica compostura.

La mujer le observaba desde su pedestal de pies, convertidos en base firme del fanal. Le vigilaba para que no perdiese la memoria dentro del agua. Cuidaba de que sus movimientos volvieran cada tarde al cobijo del acordeón, bajo las mantas de la noche, para que sus esquinas polares encontrasen guía mientras ella se recortaba como torre de un único barco.

Así transcurrieron días, meses, años hasta que el hombre dejó de pasear solo. Ella no supo exactamente el momento en que una anatomía de curvas púrpuras y cabellos de melocotón se le unió en la ronda. Y aunque su atalaya de luz sufrió de los celos más incisivos, aunque vislumbró las piernas de hiedra de su compañera esquilando la soledad del hombre, aunque aquel amor fue su horca, la mujer continuó siendo lucerna de los dos espíritus.

Él, a veces sonreía, otras tantas era silencio. La ira, de vez en cuando, colgaba de su semblante palabras que no quería como paraguas contra el espanto. El sol de las tardes le reflejaba los agujeros en el pecho, la negritud de sus orillas. Su garganta abierta en acantilados salmodiaba sus secretos y sus demonios. En jaspe rumiaba marismas y pantanos, y caminaba por la playa con la novia lejana y el mañana entre neblinas.

Por momentos la noche engullía las horas, y solo de nuevo se preguntaba por el sentido de sus miembros. ¿Por qué el azar finalizaba en vacío y la miseria era insaciable? Desnudo volvía a casa, que siempre aguardaba con luz para sus sables. Allí sangraba entre los brazos de su media flor, amontonaba alaridos y dormía, por fin, agotado por los muertos, por las estrellas despavoridas, por sí mismo aturdido.

La mujer faro chorreaba azucenas cuando él despertaba y rimaba mentiras y terrores en acuarelas. ¿No es precioso su cantar? Incapaz de ser feliz, el grito de su boca se abría palpitante y viajaba a países extraños, se cernía sobre ciudades insensatas. Se enfrentaba con dinosaurios cotidianos, descubría a gobiernos que huían de sus pacíficos actos, luchaba a voces contra bosques asesinos, debatía sobre el miedo con legiones de nadadores extraviados. Y cada tarde regresaba a su playa, cansado y quebrantado, para espiar astros que el resto de los humanos no es capaz ni de imaginar.

Entre cabalgadas y descensos, parálisis y trompicones, unos hábitos nocivos de más y las redentoras campanas de la comprensión, cada monstruo parece hallar lugar y una cotidiana maravilla se dispone a actuar.

Enfrente del mar la casa, virgen hasta ahora de aullidos niños, comienza a engordar sus columnas, a romper sus cortinas y manteles por la crecida, a beber el doble de oxígeno, a latir su barriga de patadas locas. Los muebles cambian de postura, los cacharros tiemblan en el lavaplatos por las chiribitas, las paredes se pintan chuches y canoas. Los meses estiran las comisuras de los ojos, como canicas juguetonas brillan y ruedan desde la cocina hasta la bahía. El nueve es un número regordete que rompe el silencio de septiembre y berrea tanto como las crestas de sal.

El arca recién llegada ha alejado el llanto y navega a gatas por un puerto que no deja pasar el horror. El hombre ya no yerra como un disparate por el espacio de su cuerpo, ya no encuentra la nada flotando dentro de sus ruidos. Ya no hay espirales brutales enredando en su cerebro. Los verbos brotan ensortijados. Las preguntas ya no son tan negras.

La luna ha traído nieve para cubrir las pesadillas. El ángel ha sido el bálsamo para el yunque. Sus manitas son la redondez de las espinas.

La mujer faro destella sus últimos desvelos. Ha comenzado a desbaratar su torre de blonda. Ya no es necesaria su luciérnaga. El hombre ha encontrado la razón de su braceo. No perderá pie en el reboso del agua. La mujer se diluye en el cuarzo. El mar respira sus pequeñas lilas enamoradas. Ha aprendido a nadar.

Él pasea con su niño por la playa.


© Rosa López de Diego


   

rosa lópez de diego | España, 1967 | @ Madrileña. Sus estudios sólo llegan hasta el bachillerato y alguna noción de informática. Malgasta once años trabajando en el sector bancario, todavía no entiende por qué. Durante este periodo pasa un año en Londres estudiando inglés y empieza a escribir, no muy en serio, sólo para huir de la rutina. Colabora en la edición española de la enciclopedia de Star Wars debido a su gran afición por el cine. Varios de sus poemas son seleccionados para la XIII edición de Voces Nuevas de la Editorial Torremozas. Recibe una mención especial en el XVIII premio de poesía Cafetín Croché de San Lorenzo de El Escorial. Desde hace año y medio realiza un taller de encuadernación artesanal y en estos momentos está algo desquiciada por intentar aprobar unas oposiciones municipales. Su gran droga es la música.