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Puedo
creer cualquier cosa con tal de
que sea increíble
Oscar Wilde, El Retrato de Dorian Gray
BÁRBARA FRENÓ BRUSCAMENTE al llegar
a su casa en el plutocrático suburbio de La Planicie, provocando
un creciente alboroto en la jauría de dobermans de su padre
y un golpe seco, como un terrible pecado en la maletera del Volvo
de su madre, donde como una piedra gigante retumbó la mercadería
que traía apuradísima, temiendo que esta se echara
a perder con el solazo de aquel día de febrero.
Tocó la bocina como una loca. ¡TÁ TÁ
TÁ TÁÁÁ! Inmoderada y escandalosa.
El rostro contraído y la mirada ardorosamente concentrada
en esa inmensa puerta de garage por donde entraban y
salían los cinco autos de los cuatro titulares que allí
habitaban, según datos del último censo nacional.
Pero nadie le abría. Seguro por la bulla que metían
los perros. O ‘‘por el calor de mierda
que acojuda más a todos los empleados domésticos’’,
pensó.
Cuando empezaba a sentir rabia bajo la modalidad de mejillas en
brasas, recordó que en la guantera del auto de mamá
seguro se encontraba el aparatito del control remoto del portón.
Lo cogió ansiosa. Hizo click, click y abracadabra:
la puerta gigante se abrió en toda su inmensidad.
Pero
estaba tan alterada, pero tan alterada, que no solo estacionó
mal, sino que con un golpe de la radial delantera izquierda, casi
casi extermina a ‘Porthos’, uno de los inmensos
perritos de papá. Ladrante presencia en la que sin premeditación
ni alevosía no había reparado al entrar.
Acto
seguido y sin parsimonia alguna, bajó del auto disparada,
sin hacer caso a los onomatopéyicos sollozos del purasangre
y llevando con permanente tensión la misteriosa carga dentro
de una bolsa de supermercado. Ya había manchado de retorcido
rojo el meritorio tapiz azul de la maletera del Volvo de mamá.
Y ahora ‘eso’ reanudaba con rebelde ímpetu
su goteo intermitente dejando enjundiosas huellas coloradas en
el hall, en el pasillo y en todos los peldaños
de la escalera de pino que conducía a su estudio. Arriba.
En el tercer piso de la mansión.
-- Agustina... please -- le había dicho a una
de sus empleadas sin detenerse a mirar si se trataba de Agustina,
de Gladys, o de Felipa--. Porfa... ¿puedes dar una limpiadita
a esto? .-- Y señaló como desentendida la sospechosa
estela rojaza que iba dejando a su paso, en medio del júbilo
de los canes y el estupor del ala doméstica, quienes en
secreto y absoluto silencio elaboraban diversas conjeturas. Desconfiando
y haciendo manifiesta una firme inquietud y un grave temor por
preguntar ¿qué era ‘aquello’?
Bárbara desencajada había seguido su camino dejando
el superlativo gravamen a la servidumbre.
-- Uy, caray... parecen sangres, ¿no, Edwin? -- preguntó
nerviosa Agustina al mayordomo natural de Huaraz.
Edwin no respondió. Ofuscado era, esforzándose por
espantar a los perros de las viscosas huellas que parecían
multiplicarse encabritadas a su alrededor.
-- ¡Ato... Pórton... Arámes! -- gritaba el
muchacho pretendiendo calmar a la sublevada jauría que
disfrutaba del cárdeno festín.
-- ¡Ato... Pórton... Arámes! -- seguía
gritando en desigual contienda. Nada. Nada se podía con
esa tromba canina. Así que declarándose vencido,
cogió escoba y trapeador de manos de una Gladys catatónica
y continuó limpiando nada, pues todo el trabajo ya lo habían
realizado los mastines del señor con sus golosas lenguotas.
-- Será pues de sangre Agostina -- comentó luego
y despacito el mayordomo --. Tará con el mes derrepente,
¿no?
La Agostinatodoservicio, la Gladyscocinera y la Felipasólolavado
se miraron entre sí sonriendo maliciosas.
Como
epílogo y solidarias con el esfuerzo desplegado por el
hombre contra las bestias, le invitaron limonada bien helada al
Edwinmayordomo, quien obsesivo con los mandatos del gran jefe,
prefirió lavarles el hocico a los perros con detergente
a reunirse con ellas en la cocina.
*
Bárbara ingresó agitada a su estudio, cargando la
pesada bolsa que seguía goteando obstinada y antipatiquísima.
Superapurada como siempre y sin desembalar, la colocó dentro
de una pequeña refrigeradora asegurándose varias
veces que la puerta estuviera bien cerrada y la temperatura en
la graduación correcta.
-- Uff... creo que estoy salvada -- musitó complacida al
tirarse cuan larga era sobre el chaisselongue de cuero azul, puesto
a un lado de la habitación.
Ahora podría estar tranquila. Ya había expulsado
esa incalculada desesperación que la dominó por
dos horas mínimo. Pero antes de obtener la paz espiritual
que le prodigaría su mullido y confortable lecho, consideró
sin titubeos la necesidad de abrir otra vez la congeladora y otra
vez cerciorarse que todo estuviera en orden. Así lo hizo.
Luego, se lavó las manos en el lavatorio de su bien provisto
laboratorio y bajó a su recámara. Desde allí,
autócrata llamó por el intercomunicador:
-- ¡Agustina! ¡Agus!
-- Si, señorita, dígame usté...
-- Oye, ¡Súbeme al toque una cocacola de dieta! ¡Helada!,
¿ya?
-- Sí señorita ¿se lo subo con su almuerzo?
-- No, no. Sólo la coke. Y no estoy para nadie,
¿ya? .-- agregó bostezando --. Estoy muerta,...
cansadísima. No tengo hambre. No me pases con nadie. Escucha
bien... si llama el joven José Miguel, le dices que porfa
me llame por mi otro teléfono como a las siete y media,
¿okey?
Afuera
el sol brillaba intensamente. No se sentía un solo ruido.
La calma de ese barrio era de carácter conventual. Cerró
ventanas y corrió cortinas. Se quitó la ropa y llenó
la tina con agua tibia aromatizándola con burbujeantes
sales de alóe y melón. Decidió escuchar para
la ocasión a Deep Forest. Música grabada
por gente de New York City en una tribu de pigmeos y que de hecho
la relajaría un montón. Pero interrumpió
la melodía de Sweet Lullaby un burdo ¡TÓC,
TÓC, TÓC! en su puerta.
-- ¿QUIÉÉÉN? -- gritó malhumorada.
-- Señorita Bárbara... soy yo... Agostina... su
cola de dieta.
-- ¡PASA, PASA! ¡ESTOY EN EL BAÑO!
La
empleada ingresó apurada dejando la bebida sobre una de
las mesas de noche.
-- Agustina..., préndeme el aire ¿quieres? -- solicitó
la joven patrona con el agua hasta el cuello y las burbujas saliéndose
de la tina redonda, en donde entraban cuatro fácil.
-- Sí, señorita... áhivoy. Ah, ¿sabe?,
ya salieron las manchas esas. Limpiecito ha quedao todo.
-- Agus... thank you. Cierra la puerta cuando salgas.
¿Okey?
*
Bárbara Pretell-Aragón tenía veintidós
años y estudiaba medicina en la buenísima y prestigiosísima
y carísima Universidad Cayetano Heredia, ubicada en un
lejano distrito. Por las inmediaciones del llamado cono norte
de la ciudad. Y Bárbara estudiaba medicina, casi casi por
un deber cromosómico, pues su bisabuelo Alejandro, su abuelo
Miguel Alonso y su amado padre Eduardo Germán, eran miembros
de una reconocida estirpe de neurólogos. Asentados médicos-cirujanos
en la especialidad de cuello y cabeza. Y ella, Bárbara,
la primogénita del doctor Eduardo Germán Pretell-Aragón,
tenía la obligación moral de mantener viva la tradición
esculápica contra viento y marea. Y era como que a veces
‘‘éste oficio no me gusta’’,
pero seguía adelante con el mayor esmero, alentada en grado
sumo, sobre todo cuando contemplaba en las paredes de la Sala
de Actos de la Universidad y dentro de sus marcos dorados y rococós,
los plácidos rostros del abuelo con monóculo y el
bisabuelo sin monóculo esperando desde el más allá
por su graduación; y por supuesto por el aprovechamiento
en el más acá, de la inmensa clientela de la Clínica
de Neurología Pretell-Aragón, que habían
tenido a bien fundar tiempo atrás en plena avenida Salaverry.
Precisamente, aquel verano cursaba un ciclo en el que los futuros
galenos incursionaban en el serísimo campo de la disección
de miembros y algunos cursos preliminares de la currícula
consideraban como obligado ítem escrupulosos análisis
de cuello y cabeza. La razón de vivir de los Pretell-Aragón.
Y claro. Bárbara desde sus días en la academia pre-universitaria
ya sentía gran fervor por el tema. Diríase, que
este latía como un corazón enamorado en la mismísima
yema de sus dedos. Algo instintivo. Cuestión genética
sin duda. Así que por pura transmisión hereditaria
en su ADN, dominaba con mayor habilidad que sus compañeros,
aquello del corte transversal de la cabeza, prescindiendo de afectar
el tabique nasal. O lograba reconocer al solo tacto, la dura madre
del cuerpo calloso. ¡Una trome la chica! Tanto
así, que justo ayer la habían felicitado sus jefes
de prácticas, por ese perfecto serruchamiento de una bóveda
craneana a la busca del septum licidum realizado por
la Pretell en menos de un cuarto de hora.
Le
iba bien pues a Bárbara en la Universidad. Una institución
que ofrecía múltiples recursos humanos a sus estudiantes,
pero que ciertamente, estos debían ser compartidos en grupos
de ocho o diez. Todos esculápicos y atentos. Todas hipocráticas
y atentísimas. En una sala. Con los ojos fijos sobre una
mesa. Convenientemente ubicados alrededor de la pierna o el brazo.
O de la cabeza. El objeto de excepción para la especialidad
de la heredera de la Clínica Nacional de Neurología
Pretell-Aragón. Así que para evitar montoneras e
incomodidades, protocolo habitual en esas prácticas grupales,
Bárbara un día: ‘‘Pepelucho, ¿me
ayudas a conseguir una? Tú me dijiste que conocías
a alguien’’. Le comentó a un amigo de la universidad
de apellido Barandiarán. Un pelirrojo de clase media baja
enamorado de ella hasta la médula espinal.
*
-- Son cincuenta dólares, Barbie -- le dijo Pepelucho metiendo
la cabeza por la ventanilla del Volvo mal parqueado e infringiendo
todas las reglas de tránsito entre la Avenida Grau y el
jirón Huanta. Pleno centro de Lima. Era lo que había
acordado con un tipo de esos que pululan por la zona, buscando
muertos para reanimar las funerarias aledañas y de vez
en cuando satisfacer caros anhelos de hacer tareas en casa por
aplicados estudiantes de medicina, que a buen precio y pagando
por adelantado adquirían trozos de la anatomía de
aquellos infelices desconocidos que nadie reclamaba en la morgue
central y que los denominaban sin afecto alguno, los NN. (Siglas
derivadas del anglicismo No Name.)
Ya
se les acercaba un sujeto de caminar achoradazo con un
periódico chicha bajo el brazo.
-- Bárbara... este pata es Frank.-- dijo Barandiarán
enamorado.
-- Ja. Por Frankestein, pues señorita -- respondió
el zambo burlón, tazándole las piernas y haciendo
con la mano un ademán tipo saludo a la bandera. Levantó
las cejas un par de veces y chasqueó los dedos tres más.
Ella
fingió no mirarlo. No escucharlo. No olerlo. Abrió
su bolso y sacó un billete de cincuenta dólares.
-- A ver-- les dijo displicente: --.¿Cómo es?
Frank con movimientos felinos jaló hacia el sardinel a
Barandiarán y le recomendó, mirando a cualquier
parte menos a él:
-- ...solapa nomás compadre. Mucha tombería
por acá. Que la gringuita te abone los cincuenta verdes
pero a ti, cuñao...Tú no me manyas, ¿ya?
No sabes nada y mesperas un ratito en el kiosko. Allál
frente... Ondestá el llantero. Ya les traigo la mitra
al toque. Fresquita. Ya vasaver. ¿Tamos?
-- Ya, ya... apúrate nomás, negro -- contestó
con mal disimulado nerviosismo Pepelucho, esperanzado en apuntarse
un poroto doble en el corazón de su esquiva dulcinea con
esta capital hazaña.
*
En
la morgue, ya habían dado un corte parejo a la altura de
la yugular al occiso on time. Tarea cumplida por un experto en
la materia sin necesidad de tantas clases de universidad, ni academias
ni nada por el estilo. Pura práctica con el serrucho. TRAC,
TRAC, TRAC y zasss la cabeza del NN volaba como una hoja al viento.
Luego,
agudo silbido del fulano; luego pase con el guachimán
y lueguísimo Frank de dos trancos, ya estaba recibiendo
el singular encargo en una bolsa de supermercado. Bien caleta.
Alejándose del mortal recinto a paso de polka, cruzó
la pista. Hacia el kiosco azul. Dio dos vueltas alrededor de este
y con cara de cochero de Drácula en su versión mulata,
entregó la pieza a Barandiarán. Recibió el
dinero en un segundo movimiento y no dio factura. Cuando pasó
cerca de Bárbara (siempre sentada al volante, siempre con
el motor encendido y siempre en infracción perpetua), le
dijo con sorna y evidente habilidad marketera:
-- Amiga, tengo en oferta brazos y piernas, ¿ya? Si le
interesa pa’cuando quiera. Frankie, pa’ servirle,
¿ah? De cuartoe´docena, patrona, pa’ usté,
precio especial... ya sabes, me busca nomás, ¿ya?
-- Báran... -- dijo ella, ignorando por segunda vez al
singular comerciante --. ¡Pon todo en la maletera, please!
Sonriendo
y sin aparentes remordimientos, Frankestein desapareció
entre las bocacalles de la avenida Grau. Entre microbuses y triciclos.
Sobre todo triciclos, cuyos aurigas urbanomarginales pregonaban
con gramófonos bien sui generis: ‘‘¡plátano
e’ seda, plátano e’ seda, seda, seda, aunsol
la mano dea seis!’’.
*
Luego del aromático y reparador baño, Bárbara
se tendió sobre su cama queen size, cubierta apenas con
una batita de seda que dejaba entrever su piel dorada por los
soles de fin de semana en Ancón. (‘‘Que
estaba lleno de cholos pero igual seguimos yendo todos, porque
es el balneario de toda mi vida’’.) Así
comentaba a sus amigas del Golf Los Inkas cuando estas alardeaban
con el mármol de sus terrazas de playa en exclusivos balnearios
del Sur.
Cuando
se internaba en asuntos propios al sueño, una llamada telefónica
inesperada, imperdonable e incompatible con su vespertina siesta
la trajo de vuelta al mundo real. Violentamente.
-- ¡RINNGGG! ¡RINNGGG!-- timbraba insistente su número
privado. El que solo su familia, el novio y alguna que otra amiga
íntima conocían. Dio dos vueltas sobre la cama y
recién al sexto RINNGG contestó con enfado:
-- ¡Aló! ¿Quién es?
-- Buenas tardes -- se escuchó decir al otro lado del auricular.
Era una desconocida voz. Tensa. Bastante grave. No de su familia.
No de su novio. No de alguna que otra amiga íntima.
-- ¡ALÓÓ! – gritó –.¿Quién
habla?
-- Un amigo, Bárbara -- le respondieron secamente --. Alguien
que quiere que le degüelvas algo que no te pertenece.
En
definitiva se trataba de una llamada anormal. De confusas características,
no solo por el tono sino por el tema que trataba. Algo así
como, referido a un reclamo que parecía definitivo y que
en definitiva ella aún medio dormida no entendía
un ápice.
-- ¿Qué dice? -- repuso la estudiante de medicina
bebiendo un sorbo de la bebida de dieta y en pie sobre su espesa
alfombra blanco-humo.
-- ¡Lo quihas oído! ¿O eres sorda? ¡Toy
pidiéndote que nel menor tiempo posible me degüelvas
mi cabeza! -- agregó el desconocido categórico y
desafiante.
De
pronto, ella sintió un agudo malestar estomacal y un zumbido
en los oídos que crecía en progresión aritmética.
Casi tanto como su iracunda curiosidad. De pronto se estremeció
todita. De pronto y suponiendo nada, sentóse en la cama
en meditativa posición de loto.
-- ¡Oye! ¿Qué clase de broma es esta? Ya,
ya... Pepelucho, déjate de payasadas que estoy durmiendo...
no te hagas el gracioso... y para de hablar como cholo, ¿quieres?
-- No soy quien crés que soy -- respondió el hombre
al otro lado de la línea --. Sino el dueño de la
cabeza que tienes congelando allá arriba en tu maldito
laboratorio.
-- Mira, payaso... no tengo idea quién diablos eres...
ni cómo has conseguido mi teléfono, porque este
número no figura en la guía, ¿ya? Pero te
voy a agradecer que cuelgues de una vez y dejes de molestar. ¡Cholo
imbécil! Y con las mismas ¡PÚMM! le tiró
el teléfono.
Bárbara procuraba explicarse racionalmente el incómodo
incidente. No quería sentir un miedo mayor del que ya la
poseía con irrespestuosidad y con el que no estaba dispuesta
a negociar. Entonces exageró su oriental posición
tratando de serenarse. Tomó aire y otro sorbo de su coke.
(‘‘Es Pepelucho... ¡Qué pesado!...No
sabe cómo llamar mi atención… No se da cuenta
que nunca me voy a enamorar de él...es sólo un pata...
buena gente pero huachafazo. Tendrá su casa en Chacarilla
y es socio del Regatas, pero es... puta no sé, el pobre...
Claro, cabeza,... refrigeradora..., sólo él sabe
tanto ¿Quién más? ¡Uff! ¡Qué
lío, carajo!’’.) Y se volvió a
tirar sobre la cama, ahora estiradísima como un fakir,
pensando más sobre lo mismo. (‘‘¡Que
joda si este pavo abrió la bocaza y ahora quieren venir
acá a mi laboratorio, veinte cojudos para hacer prácticas
con mi cabeza. Y gratis!’’.)
En
ese momento el teléfono volvió a timbrar.
-- ¡RINGG! ¡RINGG! ¡RINGG!
-- No te voy a contestar, imbécil -- dijo mirando el techo.
-- ¡RINGG! ¡RINGG! ¡RINGG!
Se demoró en levantar el fono. (‘‘Lo peor
que puede pasar es que el tipo ese, el Frank tenga mi número
telefónico’’.) Pensó frunciendo
el ceño. (‘‘Pero, ¿de dónde?
No creo que Pepelucho sea tan pelotudo y se lo haya dado’’.)
Volvió a decir en su arrecife interior.
Era
espinoso el tema. Lo suficiente para admitir que ya no podría
dormir en lo que restaba de la tarde.
-- ¡RINGG! ¡RINGG! ¡RINGG! ¡RINGG! --
seguían.
-- ¿Aló? ¿Aló? -- contestó
respirando con dificultad.
-- ¡Oe, Bárbara! ¡No me güelvas a colgar
el teléfono! Que me pongo más saltón tuavía,
¿ya?
La voz sonaba cada vez más fuerte. Ella sin un porqué,
cogió un libro de por ahí y sus ojos leyeron el
título sin comprenderlo: Cómo decir no sin sentirse
culpable, de James J. Brodwell.
-- ¡Te ecsijo que me degüelvas esa cabeza ora mismo!
.-- agregó el hombre. Ándate de güelta pa’
la morgue y haz que quien sea la ponga pegadita a mi cuerpo, porque
no me deben enterrar sin mitra. ¿Entiendes? Esto
quihaces es privaricato .-- rezongó el extraño en
el auricular.
Ella
era, la mano haciendo puño contra la boca abierta, una
nerviosidad exagerada y los ojos anhelando ningún daño.
Una sustantiva angustia pintaba su retrato más fiel al
original.
En
cualquier otro momento hubiera pensado que se trataba de un simple
delator de su non sancta compra. Pero ahora, ya sentía
como que había algo más grave detrás de todo
este asunto, y que era indispensable detenerlo, agitar las manos
para asustarlo, abrir las ventanas para que entre el sol y que
gradualmente se diluya un episodio grotesco e insoportable, fastidiando
irrespetuosamente su glamorosa vida.
(‘‘Pero, ¿de qué o de quién
se trataba?’’), seguía interrogándose
en silencio, mientras insidiosos cuervos golpeaban sus sienes
aleteando feas ideas. Muchas. Demasiadas. Feísimas. Una
más disparatada que la otra. Pero en sobrehumano esfuerzo
mantuvo los ojos bien abiertos y contestó con indudable
agilidad mental:
-- ¡Qué tarado eres! Quien seas, si quieres hacerme
una pasada... ¿cómo se te ocurre babosazo hablarme
por teléfono? ¿No dices que no tienes cabeza? ¿Cómo
vas a hablar sin boca? ¿Ah? ¡IDIOTA!
Ni siquiera ella, creadora absoluta de la boba interrogante le
encontró significado a esta.
-- Preguntas demasiado -- respondió la voz --. Yo... no
estoy autorizado para contestar algunas cosas. ¿Qué
soy yo? Chismoso... ¿qué cosa? Cuando te mueras...
ya sabrás tú misma si puedes llamar o no por teléfono.
-- ¡Cuando se muera tu madre, imbécil! Pero, oye,...
.-- añadió mirando ansiosa los huequitos del auricular
por donde salían los odiosos sonidos --. Por casualidad
¿hablas de un teléfono celular?
-- No, cojuda... hablo de un teléfono público que
tiene la línea muerta.
-- ¡Qué gracioso! Pero ya me cansé de oírte,
¿sabes? ¡Cuelga o llamo al serenazgo!
-- Yo te parezco gracioso, pero tú pior, tú me pareces
huevona... Te llega lo que testoy pidiendo por justicia. Sabes
de lo que tihablo y tiaces la loca, pero te voavisando, ¿ya?
que si no me degüelves lo que me pertenece desde mi nacimiento,
esto, no... no sevaquedar así nomás. ¡Ya sabes!
¡Te juro que me la vas a pagar bien caro!
-- ¡No me digas! ¿Otra vez?-- respondió Bárbara
disfrazando su miedo de cinismo-. Si ya pagué super caro
en la mañana ¡Cincuenta dólares por la cabeza
de un huanaco!
-- Ah, ya,... y tú, gringaconchetumadre, consideras que
mi cabeza puede valer sólo cincuenta dólares? ¿Ah?
¿Sólo eso?
-- La verdad que no --aseveró ella entrando en un nuevo
y absurdo debate--. Si estuvieras vivo, tu cabeza no costaría
ni diez soles choloemierda. Ahora, en el infierno donde de hecho
estás bien muerto, puede ser... ¿por qué
no? Vas a servir para fines de investigación científica.
Igual que las ratitas blancas... Bueno, en este caso tú
como eres marrón, ¿no?, vendrías a ser...a
ver, a ver,... un cuy... ¿no?
-- Eres bien mala persona, Bárbara... Mejor urgente mira
pa’ salir de tu casota aurita a degolver mi cabeza porque
te vuá desgraciar bien feo. --respondió el extraño
aprehendido por un acceso de rabia.
La advertencia la desconcertó peor aún. Ahora el
hombre parecía más peligroso y decidido que antes.
Pero siempre empecinado en la absurda interpretación del
rol de un hombre sin cabeza, lo cual para ser sinceros, le restaba
credibilidad.
Pero,
¿de qué hombre estaba hablando? ¿de un muerto?
¿de una voz anónima y siniestra? ¿de efectivamente
alucinantes despojos de un ser humano sobrenaturalmente amenazante
que la ponía a temblar como una hoja? ¿de un lumpen
mutilado por obra del azar y la necesidad, reclamando lo suyo
en su propia casa, en su propia cama, en su privadísimo
barrio residencial en pleno corazón de La Planicie? ¿Y
por su línea telefónica archiprivada? ¿Un
muerto hablando? No. No. Sí, claro. Sí, pero no
sabía. Simplemente no sabía. Ni creía. Ni
nada. Pero con toda seguridad NO estaba soñando. Lo que
sí, ya era totalmente catatónica. Así como
se quedó Agustina al ver las manchas coloradas chorreando
de su bolsa. Y cada vez era más encogida, cada vez más,
así como resaqueada después de un tono de esos bravos
que se pegaba de cuando en vez hasta las seis de la mañana
y se encontraba en la puerta de su casa con el triciclo del panadero
que venía pedaleando desde Ate y dejaba veinte toletes
para toda la comunidad andina a su servicio, pues los Pretell
sólo comían croissants y pan de molde integral
en el desayuno.
Ahora se hallaba desvalida, en regresiva posición fetal,
con el teléfono vibrando sonoridad de ultratumba entre
sus manos sudando miedo. Miedo que humedecía hasta la cutícula
su manicure francesa. Y por gusto el aire acondicionado,
pues la sensación de brasas estaba al máximo; y
la coca cola diet derramada al noventaisiete por ciento
sobre la alfombra. Pero recia, bien Pretell-Aragón, siguió
retando a aquel o aquello, para de esa forma, valiente, altiva
y sagaz negar evidencias de un hecho sobrenatural e inaceptable
desde todo punto de vista. Sobre todo por alguien que se preciaba
de sensata y/o racional y/o científica a todas luces. Como
era ella, pues ¿no?
-- Además decapitado...-- continuó retándolo
inecuánime--.¿Sabes que las cabezas cuestan de acuerdo
a quien pertenecen, ¿no? ¿O tampoco sabes eso?
-- Hora sí ya sé, gracias a ti, Bárbara,
y ya queres tan trome en el asunto, dimentonces... porejemplo,
¿no? ¿Cuánto crés costaría
la mitra de tu señor padre, ¿ah?
-- Se te está pasando la mano tarado de mierda. Mi padre
no tiene mitra sino una brillante cabeza. De las mejores
de este país. La cabeza de mi papá no tiene precio.
¿Cómo te vas a comparar con él? Para empezar,
está vivo y oye bien, oye bien huaco retrato... Él
es un genio. Él, mi padre es gente. ¡Gente decente!
¡No una basura como tú!
-- Ya, ya, pituca e’mierda. Tá bien... pero cuando
esté muerto, pues. Friazo. Allí el viejo ya novaser
ni genio, ni vastar vivo ni nada, ¿no? ¿Cuánto
pué, a ver di tú queres tan viva, cuánto
podría costar su mitra?, tan brillante, tan bacán
tan tan... suponte, ¿no? por ejemplo... ¿En una
esquina e’ Grau?
-- ¡No te metas con mi padre, animal! No pienso seguir escuchando
tonterías! Lo que estás diciendo son barrabasadas...
eres un pervertido... un terruco de mierda... ¡Un resentido
de nuestra sociedad! .-- Tragó saliva y prosiguió
atropelladamente: --.¡Eso es lo que eres una plaga social!
¡Y no voy a contestarte más! ¡Voy a descolgar
el teléfono! ¡Fuera, indígena piojoso! ¡Se
acabó tu show!
Y descolgó el teléfono. Y por un momento pensó
que sí, que tal vez estaba soñando y que distraída
seguro, no se había dado cuenta de ello. Pero se sometió
al antiguo test de pellizcarse el brazo. Y no, no pues, estaba
bien despierta porque le dolió. Y sin encontrar una razón
que le explique tamaña pesadilla de la vida real, pensó
que de repente ayer, en la fiesta de Francis, se le había
pasado la mano con el ecstasy que llevó José
Miguel, más los tronchos, más el champagne,
más los quinientos litros de agua que tuvo que tomar. Misma
dipsomaníaca. Claro. Resacaza. Ese era el diagnóstico.
Podría ser una especie de alucinación con efecto
retardado. Pero inmediatamente recordó que las alucinaciones
se ven, no se oyen, y menos por un teléfono timbrando a
cada rato desde el que le hablaba nada menos que un tipo sin cabeza.
(‘‘delirium tre... ? No... no son los síntomas’’.),
se autodiagnosticó nuevamente.
Cuando pensaba y repensaba que lo más seguro era que la
querían secuestrar o chantajear por la cabeza que había
comprado para sacarle plata a su papá, (‘‘que
como es un neurólogo famoso, todo el mundo sabe que tiene
un huevo de billete, y esos cholos que paran jodiendo en medio
de la pista por el cono norte, por la Universidad, de repente
han tomado la placa del carro y...’’.) Y casi
de verdad, sí que se le estaba cerrando el pecho con esa
alergia nerviosa que le daba cuando entraba el invierno o en épocas
de exámenes. Y en lo que meditaba acerca de todo este rollazo
a la velocidad del rayo y sin posible explicación lógica,
el teléfono que estaba descolgado, descolgado volvió
a timbrar. Volvió a timbrar.
-- ¡RINNG! ¡RINNGGG!
Nadie le creería esto jamás. Lo más probable
es que hubiera dejado el aparato muy mal mal colgado. Eso. Claro.
-- ¡RINNG! ¡RINNGGG! ¡RINNGGG!-- sonaba y resonaba
atroz. Sin tregua.
-- si...-- contestó trémula y progresivamente disminuida.
-- Bárbara... ya no pierdas más tiempo. Agarra el
camino correcto. Tóo Javier Prado, despues zanjón,
llegas a Grau, too derecho, cinco cuadras y a la izquierda. Aquiestoy...
ven con mi cabeza ahurita. Busca al Frank, al Meneses, quees el
guachimán de turno. Taza los fotocheks.
Meneses, él sabe, búscalos ellos ya manyan
con quien es la vaina...!
-- No te creo ni una palabra -- retó otra vez al desconocido,
palidísima y destemplada--. ¡Esto es absolutamente
surrealista!
-- ...su... ¿qué?
-- ¡Surrealista, animal. Algo que no tiene sentido!
-- Ah, güeno, sí... tienes razón. No tiene
sentido que alguien no tenga cabeza, todos nacemos con una y queremos
morir con la misma. Y en su sitio, ¿no? Tú que jueras...
aver.
-- Ni siquiera sabes de lo que hablo, so’ indio bruto...
-- ¿Y tú, pituquita huevona? ¡Ni sabes la
cagada quias hecho!!
-- ¡Ay, qué miedo, como si fuera la única
que lo hace lorcho de porquería!!
-- ¡Oye! ¿Qué tal si me llamas por mi nombre?
¿Ah? A los lorchos, como me dices, tamién
nos ponen nombres, ¿ya?, así como a ustedes, los
gringos... ¿Sabes, no?
-- Pucha, oye ¡Eres un conchudo de mierda! A mí
qué me importa cómo te llames? A ver, a ver... A
ver... dime, dime... seguro que eres yoni o wilber y tu hermana
yesenia y tu hijo cristófer... inventos de esos que hacen
los de tu clase... ¡Uagg! ¡No los soporto!
-- Tás mal, loca. Me llamo Elías. Como el profeta.
Y tamién soy evangélico, como él, ¿ya?
Elías Canales... eses mi nombre. Y mi hermana se llama
Yomira no Yesenia, idiota. Y me atropelló una combi antiayer
y no tenía mis documentos y mehan llevao a la morgue y
me han amarrao en las patas una tarjeta que dice NN. Eso mihan
escrito con plumón rojo esos cojudos como si juera mi nombre...
Nadies sabe quién soy, ni de’onde vengo ni a’onde
voy... ¿manyas? Pero ahora... tú sí
sabes y te vas a encargar, como indemnización por toa esta
desgracia, diavisar a mi vieja, en Independencia. Apunta, los
gorriones, terceraetapa, manzana C, lote 23, por el kilóme...
tro...
-- Estás realmente chiflado si crees que voy a hacer eso,
cholo igualado! ¡Asquerosoe’ mierda! -- lo interrumpió
histérica.
-- ¡Hazlo! ¡Di que salía, pues, de un tono
en una disco en Comas...! Y que la combi placa RI-19372 ¡JUAÁ!
barrió comigo como cien metros... y el fercho
rataza ni paró a ver ni nada... y yoni destripao
al medio e’ la pista!
-- ¡Comas! ¿Una disco en Comas? ¡Mira por donde
andas, pues hijito!!
-- ¿Y qué quieres? que... que me vaya a bailar por
la avenía La Marina...? ¿Y después tomar
tres carros pá’ llegar a mi casa? Ta’questás
bien cojuda, ¿no?
-- ¿Avenida La Marina? pucha... ¿Quién va
a bailar por la avenida La Marina?, ¿Oye, tú con
quién crees que estás hablando, ¿ah?
-- Contigo, miserable... y pá que sepas...
-- Mira... no sigas, indígena. Ni con mi mayordomo que
es de tu raza pero pichicateo al máximo, hablo
más de tres minutos ¡Tu vida no me interesa para
nada! ¿OÍSTE? ¡Para nada!
-- Seguro... pero los detalles de mi muerte sí. Así
que no la barajes más y degüelve la mitra
ahurita... además, so cojuda e’mierda, debes saber
que jamás he perdido la cabeza por ninguna mujer, ¿ya?
¡Menos ahora!
-- Ah,... además de payaso y loco, resultaste machista...
-- No, machista no. Soy guei.
-- ¿Gay? ¿Ge-a-y? Ya, ya, cholo de porquería...
los gays son otra cosa. Son gente como uno. Gente regia... todos
fashion, pintores, decoradores. Altos, blancos... rubios,
fotógrafos oliendo a Kenzo. O modelos con pilchas Calvin
Klein. Mira, ubícate, cahuide, que a lo máximo que
podrías aspirar es a maricón o a loca y apestando
a agua florida. ¡Gays en Comas! ¡Puta qué asco!
¡Cuánta razón tiene mi papi cuando dice que
ese milico Velásquez...Vásquez,Velascos, que felizmente
no conocí, le subió los humos a la cholería
de mierda de este país, y nos cagó a la
gente que somos de buena familia. ¡Pucha, que estás
bien chiflado! ¡Con la cara de llama que tienes! ¡Te
pasas, NN!
Bárbara se lo tragó vivo (Perdón. Mejor dicho,
muerto), con tamaña perorata. Y Elías se tornó
más y más agresivo estimulado por la denominación
de NN que la aprendiz de médico esgrimía tan despectivamente
y a cada rato. Así que golpeando el fono bramó:
-- La que se está pasando de la raya eres tú raterae’mierda
conche tumadre. ¡No me güelvas a llamar eneene! ¿Ya
no te dije mi nombre? Ya, puta, ¿ya no te dije? ¡Huevona!
¡Elías, Elías! ¡No eneene! ¡Me
llamo Elías! ¡Eneene será la puta e’tu
madre!
El desconcierto de la joven se agudizó. Ésta desazón
ya era una grave constante que implacable la aterrorizaba entre
vericuetos del misterio más complejo. Había oído
hablar de fantasmas a gente de su hacienda en Nazca, pero acá,
o sea en Lima jamás. Y la Agustina decía
siempre que acá también habían aparecidos,
solo que “la gente de Lima no tenían ojos de
ver’’. Pero ya ni siquiera tenía fuerzas
para gritar y llamar a Agustina que sí tenía ojos
de ver ni a los doberman al ataque que sí tenían
muelas de morder, para que colaboren con ella a resolver el acertijo
de un muerto que hablaba por teléfono. ¡Atroz
avant scene! Y le quemaban las mejillas como cuando sentía
rabia y su corazón hacía un buen rato traía
desacompasado el ritmo. Ese tipo la mantenía en jaque.
Estaba como hipnotizada. ¿Por qué no bajaba a pedir
auxilio? ¿Tenía miedo ponerse en evidencia con la
plana menor? No. Definitivamente estaba hipnotizada, pero necia
insistía en mantener la ironía sin comprender que
estas cosas suceden y que era a ella, precisamente a ella, a quien
le estaba ocurriendo el absurdo hecho en un particular día
de febrero.
-- Ya, oye, fíjate...-- y tomó aire rescatando de
nuevo un macabro sentido del humor --. Ya se puso bien heavy
esta conversación. Too much por hoy no head.
Todo esto... parece un cuento de horror y de los malos. Sin pies
ni cabeza. ¡Una cagada de cuento!
-- ¡Eso mismo!-- interrumpió Elías --.Tú
luas dicho... pero sin pies no. Mis pies sístán.
¡La que nostá es mi cabeza! ¡Porque tú
la tienes, babosa!
-- Sí y ahorita, justo ahorita, acéfalo, me pongo
a trabajar en la disección de ella. Abriré la pelota
deforme que dices es tu cabezota y que está en mi refri.
Sí, pues. Entérate. Me toca analizar el lóbulo
frontal. ¡Voy a bacilarme con
tu cerebro, NN! Para eso la compré.-- Y cáustica
continuó --. Oye, tú tendrás cerebro, ¿no?
Umm... tengo mis dudas, huanaco... ¡De repente encuentro
puro mote sancochado allí dentro!
-- ¡Eres una rata! -- vociferó Elías --. ¡Eres
una rata inmunda! ¡Pior que el microbusero asesino, carajo!
-- Bueno, sanseacabó. La rata se va a su gabinete a trabajar.
¡Abriré en cuatro una piojosa cabeza andina!
-- ¡La mía! ¡Es mía! ¡No! No lo
hagas! -- gritó desesperado --. Es difícil, tan
difícil, es que no... noentiendes, ni por las güenas...
yo no miento... te juro... Bár...
-- Yo tampoco. Y punto final, NN. -- sentenció con toda
la altivez que pudo la Pretell-Aragón --. Tengo prisa y
mucho trabajo... pasan por mí a las diez para ir con mi
grupo a ‘‘La Gloria’’.
-- ¿La Gloria? ¡Qué suerte! Yo no podré
aspirar a tanto sies quenostoy entero... pa’ cuando miavienten
en una fosa común con todos los demás eneenes. Enunarenal.
Fondeao como pachamanca eterna. Por los siglos de los siglos.
Y nadies me llevará ni una flor... porque nadies sabrá
que estoy allí. Con un montón de eneenes con una
crucecita blanca pa’ toa la mancha. ¿No te parece
bien feo? Ya bien horrible es con morirse en plena juventú...
Bárbara... ¿ya? Bien piña con que
salgas premiao con la combi asesina, y luego pa’concha,
que te güelen la mitra por un bille que
ni siquiera va pa’ tus deudos... ¡Nosias mala y ayúdame!
-- ¡Ay, por Dios! -- interrumpió malamente en medio
de una debilidad que procuró no evidenciar --. ¿Y
qué quiere el gay de Comas? ¿Un mausoleo lila en
los Jardines de la Paz? ¿Con la bandera del Tahuantinsuyo
flameando orgullosa? ¿Y unos piojosos de tu pueblo apestando
y bailando horrible con unas tijeras en las patas?
-- ¿Jardines de la Paz? ¿Onde queda eso, Bár...?
-- ¡Olvídate, cadáver bocón, que allí
no entras ni muerto! ¡Ja! Atahualpas como tú ¡Prohibido,
hijito! ¡Profilaxis contra la contaminación ambiental!
Y para de llamarme Bárbara, serrano conchudo, que no somos
iguales. Hasta patrona te aguanto, y con mucho esfuerzo, no creas,
¿ya?
-- ¡Me dan ganas de gomitar lo que dices, Bár...
perdón, señorita, anda...pa’ náusias
me dan -- exclamó la voz, con incoherente texto y cansado
tono.
-- ¿Náuseas? Entonces tómate una pastilla
de Gravol cada cuatro horas. De repente estás embarazado,
¿no crees?
Hubo un grave silencio. Largo. Desesperante. Larguísimo.
Bárbara estaba fuera de control. Fuerísima. Exagerando
la ironía, el insulto y la humillación como un mecanismo
de defensa contra lo inexplicable. Pero también haciendo
gala de su natural estilo de tratar a los que no consideraba sus
iguales y que para su desgracia, estaban en todas partes de este
país, brotando por todas partes de este país, porque
este país, desgraciadamente, para su noble estirpe anglo
hispana Pretell-Aragón y Olavegoya era un país de
cholos. De esa mayoritaria masa de piel marrón a quien
ella desde el vientre materno despreciaba profundamente.
Ya tenía la piel de gallina en todo el cuerpo y los dorados
vellos de sus aeróbicos brazos totalmente erizados. Ya
confundía las palabras. Ya aguzaba el oído y hasta
intentó rezar deseando haber comenzado ese día un
poco más inteligentemente. Es decir, no levantándose
de la cama para nada.
-- Eshubiera sido lo mejor pa’ti y pa’mí--
dijo Elías leyéndole el pensamiento-. Tiubieras
quedao zampada en tu cama sin joder a tus semejantes. Yostaría
frío pero por lomenos entero...
Ante semejante manifestación de poder extrasensorial de
su interlocutor, súbitamente le dolió la vejiga.
Y el pulmón derecho. Certificando además una incómoda
presión en el diafragma. Pero seguía en sus trece
allí parada. Sin ceder un palmo. Ni siquiera por si fuera
un poquito verdad tamaña pesadilla, todo esto, así
rarísimo. Ella continuaba sin dar el brazo a torcer, con
el teléfono pegado a la oreja. Por inercia. Como una autómata.
Oyendo ahora los silencios de un Elías demandante y los
ladridos de los perros que hacían de las suyas, abajo y
afuera mientras pensaba febril, (“¿y todos los
avances científicos? Hay que emplear con mesura los transplantes
de órganos, dice la Iglesia. ¿Histrionismo? ¡Eso!
La sociometría... no, no lo esotérico... ¡Estoy
escuchando mal, debo hacerme un audiograma!... pero más
vale cabeza en mano que cola de ratón... que cola de león
volando”.)
Desvariaba
en exceso y veía lo mínimo y nublado, cuando la
voz de Elías la rescató de su prolongado ensimismamiento
con un grito feroz:
-- ¡Yaes tarde, Bárbara! ¡Vamos al punto! ¡O
degüelves mi cabeza o voy a recogerla yo mismo!
Sonó lóbrego, turbio, sombrío. Pero a la
vez sonó, así como tratando de encauzarla por un
mejor camino. Sin determinismos.
Entonces
le quemó más que nunca el inalámbrico en
la mano y en la oreja. Ese aparato teñido de infierno,
que parecía envolverla en incandescentes lenguas de fuego
ante cada amenaza supra humana. Ante cada ruego que sonaba improbable
y demencial. Pero a la vez tan cierto y concluyente como el hecho
que ella guardaba la cabeza de un tipo en su refrigeradora. Desde
las dos de la tarde. Esperando contra su voluntad para ser estudiada
en solitario acto sobre una aséptica mesa de fórmica
en su laboratorio privado del tercer piso.
-- ¿Ah sí?-- replicó incomprensiblemente
osada y burlando el estado de shock que ya veía venir en
su núbil anatomía --.¿Y en qué vienes?
¿En taxi?... porque ahora no me vengas con la historia
que así como hablas por teléfono sin cabeza, también
manejas...?.-- agregó sin escabullir su atrevimiento --.
¡Ven, pues! Acá te esperamos.-- continuó burlona
--. Le aviso a Edwin que estás buscando chamba
con anticipación para mi fiesta de halloween...
que te haga pasar y te sirva algo. ¿Qué te provoca,
guanaco? ¿Un bloodymary? ¿O prefieres kerosene
on the rocks? ¡Eso, eso!... ¿No es lo que chupan
ustedes en sus polladas en Comas? Claro,... okey. Ven...ven
pues, que estoy temblando seguro... ¡Baboso! ¡Pobre
diablo!
-- Tevapesar lo questás diciendo, huevona malnacida.
-- Oye, oye, Elías gay de Comas,... ¿dónde
quedó tu refinamiento inicial? Hace un rato no era tan
vulgar tu vocabulario... ¿No?
Él calló otra vez. No se le sentía ni respirar.
Lo cual tendría cierta lógica en esta performance,
pues se supone que el tipo estaba muerto.
Después
de unos segundos, sólo era una voz medio gangosa. Como
si viniera desde muy lejos. Como si no viniera. Como si no fuera
una voz.
-- Escuche...-- dijo acartonado --.Usté, señorita,
ha mostrao al mundo que la piedá le parece ridícula
y la desgracia ajena es pa’ burlarse. Ta’ bien, pues.
Pero siacaba el plazo. A las diez sacan los cuerpos. Sacan todos
los cuerpos eneene que nadies reclama. Por última vez no
me dejes que mientierren sin cabeza. La Biblia condena eso...
hablo en serio ¡Por favor, señorita! -- imploró
con patético tono de más allá.
Y
reverberó la voz. Se abrieron de par en par las ventanas
y aullaron los dobermans como nunca.
-- ¡Esto no puede ser cierto! -- estallaron ajadas las cuerdas
vocales de la neuróloga a futuro. Y el auricular hervía
a ciento ochenta grados centígrados de temperatura, mientras
ella se desplazaba tropezando con todo por toda la habitación.
Despeinada, sudando frío y con la bata totalmente abierta,
consiguiendo que un vecino de otra mansión frente a la
suya se ganara con una vista hasta ahora inédita de su
anatomía.
-- ¡Esto es absurdo! Dígame que es una broma... señor,
no puede seguir atormentándome de esta forma... ¿Cuánto
quiere? De una vez... ¡ya! ¡No aguanto más!
¿Cuánto? Le mando un cheque, efectivo... pero no
venga.
Y empezó a llorar histérica, mientras seguía
oyendo esa voz esmerilada. Esa voz que seguía martirizándola.
Y las cortinas que se movían solas de arriba
abajo. Y ella propiciando sin querer voyeurismos
en ahora tres vecinos de su exclusivo vecindario.
-- Pa’ mi mala suerte esto es bien tranca de creer, ¿no?
pero... tihabla un muerto, deveras questoy recontramuerto, y hablo
en serio. Quiero lo mío. Ya te di una prueba con tus ventanas.
Las abrí ¿te distes cuenta? Ya. ¿Quieres
otra prueba pa’que veas que digo la verdá? .-- interrogó
Canales. Luego bajando el tono dijo: -- Mira, ¿tú
tiacuerdas cómo tenía los ojos cuando tentregaron
mi cabeza enesas bolsas?
-- No... no sé...-- respondió titubeando y media
sollozante --. Apenas la vi... acá... cuando la guardé...
no sé, todo fue bien rápido y con esos pelos trinchudos
que tienes todos por la cara no pude ver mucho. Aunque, espera…
creo que tenías los ojos abiertos, ¿no?
-- Llanto.
-- ¿Qué?
-- Nada. Nada. Hora anda pa’tu huarique,... anda y abre
el frigider. Vasaver . Ahora vuá tener los ojos
cerrados, y pa’ más prueba, mira mira... ¡Ya
qué más! Tú solita vasaver que tuavía
me sale sangre del cuello. Tonces, me vasa mirar otra vez, y de
nuevo vuá abrir los ojos. ¡Implorándote pa’
que cumplas con mi pedido! -- Ensayó una macabra pausa
y luego prosiguió:
-- Bárbara, ¡por favor! Ésto es verdá.
Dios me dio mi cabeza y sólo Él puede quitármela.
No tembronques con el toopoderoso... es corto el tránsito
terrestre y miserable la esistencia... ¡No me cagues
tamién la eternidá! Anda y arregla como puedas mi
más allá! Soy una voz que clama en el desierto...
*
Nunca
sabremos si el texto teológico la conmovió un poco
más que los ruegos y las amenazas de aquel desestimado
varón. Pero sí sabemos, que apresurada y obediente
como nunca, subió hasta su laboratorio con la ilusión
de no corroborar nada, pues todo aquello iba contra el orden natural
de las cosas. Y ella, que casi casi era una médico, con
ancestros médicos, con clínica propia y una clientela
de puta-madre como decía su amigo Barandiarán. (‘‘¿Cómo
voy a dar crédito a este absurdo, producto de las desnutridas
masas encefálicas de la plebe de este subdesarrollado país?
Este atorrante, pucha... este aborigen no debe medir más
que mi intestino grueso. ¡Qué miedo ni qué
mierda! Un toque y acaba esta pesadilla’’.) se
dijo.
Entonces
y amparada en la observante privacidad de la que gozaba su estudio,
entró en él con incierto paso y se acercó
a la refrigeradora. Detúvose al frente por un momento.
Luego la abrió con justificada ansiedad y un estremecimiento
nada científico, temblando como nunca antes en su vida.
Presa del pánico extrajo la bolsa de supermercado (en realidad
las bolsas, pues había una dentro de otra) y recontrapresa
del pánico la colocó sobre su mesa de inmaculada
fórmica. Metió la mano y jalando por los pelos,
sacó la cabeza en litigio. Parecía Persea con la
cabeza de Meduso. Cabeza tibia y pesando más de la cuenta.
En un tríz, la blanca fórmica se tiñó
de rojo a todo lo largo y ancho de su superficie. Se pintó
de un rojo viscoso y denso. Pegajoso. Como es la sangre, pues.
Bárbara retrocedió inculpada para ella misma y llevo
las manos a su dorada cabellera que chorreaba puro sudor.
-- ¡Puta madre! -- exclamó aterrorizada--. ¿Qué
es esto? ¿Cómo es posible que este maldito cogote,
siga sangrando después de... ¡No, no! ¡No me
vas a ganar, desgraciado hijo de puta! A ver..., serénate
Bárbara... no creas todo lo que ves que en Comas también
hay magos, seguro.-- Y se acercó de nuevo a la mesa intentando
sobreponerse del impacto inicial. La apostasía era consentida
en sus verdes pupilas. Todavía.
-- ¿Cómo tienes los ojos, NN?-- preguntó
histérica--. ¿CÓMO? ¿CÓMOOOOOO?
Y bueno. Creciente trastorno general en su anatomía y en
su psiquis. El cholo o el huanaco o el NN, como ella le decía.
O mejor dicho, el pedazo de NN, o sea la cabeza de Elías,
tenía los ojos muy cerrados.
Espantada
miró hacia atrás sintiendo una rara presencia. Como
si alguien estuviera a sus espaldas. Alguien o algo definitivamente
transparente. Y entonces recordó que, (‘‘según
el Antiguo Testamento, el jardín del Edén poseía
el árbol de la ciencia del bien y del mal. Y también
se acordó de Holofernes y que no tenía cabeza por
culpa de Judith, y ella, nada que ver con Judith, que así
se llamaba la costurerita de su mami pero no la vieja esa, Nena
de Lavalle, la de la boutique en Chacarilla, que igual era costurera
pero de buena familia; sino una china que pegaba botones y hacía
arreglos en Musa... Y esas monjas del Villa María, seguro
la traumatizaron por estar diciéndoles que si eran niñas
desobedientes y no cantaban bien el himno nacional pero de Estados
Unidos por las mañanas, se quemarían en el infierno
eternamente. Éste tipo,... ¿no sería un comunista?
¿Uno de esos que mi papi decía de la reforma agraria
que enfermó de los nervios a mi abuela María Esperanza
cuando le quitaron la otra hacienda...?’’.)
Y
cuando volvió a mirar la cabeza, ésta la miraba
fijo y bien feo. Con los ojos muy abiertos, casi desorbitados.
Extremadamente abiertos como para que no haya duda alguna de su
existencia. Y de su presencia supranatural. Y las pupilas no eran
opacas. Por el contrario, tenían un brillo especial. Una
siniestra refulgencia que duplicó el temblor y el escalofrío
de la Pretell-Aragón, quien abruptamente recobró
su fe cristiana y se persignó autómata por tres
veces seguidas con la derecha siendo zurda y continuaba diciendo
más incoherencias en voz muy baja. Así como susurrando.
“Estocada al cuerpo y parada... más golpe doble...”.
Hablándole a la cabeza de esgrima. Y ahora de otros temas
y en inglés. Y claro, Elías no le contestaba ni
pío en ningún idioma, porque las cabezas de los
muertos no hablan, pues.
¿Quién
va a creer en eso? Pero como buena Virgo, insistente, constante
y sobre todo tacaña con los cincuenta dólares que
perdería al devolver la capital pieza propiedad del NN,
le aplicó en venganza cientos de golpes contra el suelo.
Pateándola y estrellándola contra la pared mientras
se bamboleaba como una marioneta durante el enajenado y vesánico
trajín.
-- ¡Qué malignidad tan rebuscada! ¿Qué
thriller de mierda es éste?-- gritó mientras
desaforada bajaba las escaleras en menos de un segundo, dejando
la cabeza tirada, rodando y dando bote sobre el piso de mayólica
todo en rouge.
Otra
vez en su dormitorio, cogió el teléfono y otra vez
fue:
-- Aló, aló, NN... perdón no, no. ¡Elías...
Elías! ¡Please! Háblame... ¡Elíaaasss!
¡HABLA POR FAVOR! Please, NN...
Elías nada. Ni la tos. No daba signos de vida. Ahora sí
podría decir que la comunicación estaba muerta.
-- ¡Qué barbaridad! ¡Qué juego maquiavélico
el tuyo! ¡Qué bárbaro! Elías, Elías...
-- dijo con gran admiración y sincera humildad. Rasgos
desconocidos en ella hasta el momento.
Luego de un sepulcral silencio que se le hizo pavorosamente eterno,
escuchó decir:
-- ¿Bárbaro yo? Bárbara tú, cojuda.
¡Ja! ¿Ya te convencistes? Fíjate too el chongo
que mihubieras ahorrao diabermecho caso mujer de poca fe. Ya pué
choche siacabó el chamulle... desabónate,
agarra tu movilidá y haz que las cosas sean comuantes,
¿ya? Pon mi incorructa mitra onde debestar. ¿Entendistes?
-- Sí, sí...-- decía ella sintiéndose
víctima de un incordio. Incomprendida e incriminada en
un affaire de fantasmas incubado en pleno siglo XXI.
Apoyada contra la pared porque ya no la sostenían sus pies.
Cuando era solo un prefijo de culpa medio desnudo, bronceado,
despeinado y tembloroso. Tiritando con fantástica precisión.
-- Ahurita flaca, al toque antes que pase la camioneta...
¡antes de las diez! ¿Quióra tienes allá?
¡CORRE!.-- la apuró Canales--. Porsiaca, ti acuerdas
mi nombre, ¿no? Elías Canales Villalaz..., apunta
mejor pa’ que se los des,... Elías... tengo veintiocho
y mi primaria completa, natural de Canta... ¡Corre! -- insistía
él atenazando la conciencia de su aturdida casi casi neuróloga.
-- ¡Corre! ¡Corre! Bárbara, testoy esperando...
por favor... ¿Qué dices? ¿Ya me crés?
¡ALÓ! ¡ALÓÓ! ¡ALÓÓÓ!
.-- Desquiciado, deshecho, incompleto. Allende. Sin capitel. Con
toda seguridad cadavérico.
La aprovechada estudiante de medicina se disponía a decirle
que... Pero cayó de espaldas pesadamente. Muy pesadamente
a pesar de sus cincuentaidós kilos. Precisos para un metro
setentaicuatro de estatura y sus ojos verdes mar del caribe. Y
él no obtuvo más respuestas a pesar de las tres
docenas de ‘‘¡Bárbara, corre!, ¿me
oyes? ¡TRAE MI CABEZA!, ¡trae mi cabeza!”
siguientes. Pero siguió en línea, trejo, esperando.
Acechando implacable. Con su metro cincuentaiocho, menos los veinticuatro
centímetros de la cabeza que no tenía. Y nada. La
chica no contestó más a pesar de los reiterados
ring ring en el teléfono descolgado. Tampoco fue
que no la convencieran los argumentos de Canales y pretendiera
seguir durmiendo, así, tan desentendida de problemas capitales
de las clases populares en estado protoplasmático; sino
que acababa de desmayarse con suma espontaneidad y sin gracia
alguna. Se fue contra el suelo, suavizado es cierto por la alfombra
blanco humo; pero suelo al fin y al cabo y ahora con manchitas
de coca cola diet por todas partes parecida a una alfombra
de raza dálmata. Lo último que dijo, muy lejos del
auricular fue: ‘‘no lo puedo creer... no...no
si es como en las...se...ries de Freddie...Kruger...papi, papi...,
¿hoy es martes 13... Agus?
*
La
encontraron en lamentable estado, la agustinatodoservicio, el
edwinmayordomo,
la gladyscocinera y el nicanorjardinero que ya se iba, pero que
también subió ‘‘para ayudar’’
con la felipasololavado, cuando el novio de Bárbara, el
joven José Miguel de la Torre Gildemeister futuroabogado
pasó a recogerla para ir a cenar, sin anunciarse, pues
nadie contestaba el teléfono privado de su prometida. Y
se preocupó un montón. Pero ya en el lugar de los
hechos, al verla en el piso y arrojando espuma por la boca, se
preocupó un montón más y comenzó a
dar de alaridos desde el segundo piso de la regia residencia.
Y Bárbara totalmente desnuda (pues la bata había
terminado hecha un nudo en una esquina del dormitorio), con la
mirada perdida y exangüe palidez repetía y repetía,
‘‘la cabeza del muerto me habla’’
y ‘‘tengo que ir a devolverla a la morgue, porque
sino el cholo no va a ser atendido por San Pedro’’
y que ‘‘él me ha amenazado con venir a
recogerla personalmente” y otras cosas por el estilo
que nadie entendía y que a criterio del novio futuroabogadoconbufetepropio,
eran necedades, pues el único que la iba a pasar a recoger
esa noche era él.
En medio de una cargadísima atmósfera, la hija del
doctor Pretell-Aragón convulsionaba una, dos y tres veces
seguidas ante la sorprendida concurrencia que ya, en sólido
y humanitario bloque, la habían cubierto púdicamente
con un edredón de plumas y también llamado telefónicamente
a su papá. Pero su papá llegó hora y media
después, porque estaba operando de gravísimos problemas
neurológicos a un alto ejecutivo de una telefónica
y por respeto a su cliente en el quirófano, tenía
apagado su celular pues este era de Bell South. Y cuando llegó
a la casa-mansión y vio a su hijita futuro mediconeuróloga
hasta las patas, comenzó por preguntar: ‘‘¿Le
dieron de comer a los perros?’’. Y luego, ordenó
un valium de veinte miligramos intramuscular. ‘‘No,
mejor intravenosa’’, se corrigió. Y sin temor
a equivocarse: ‘‘Tengo en el auto un collar nuevo
para Pórthos. ¡Bájalo, Edwin!’’.
Y, ‘‘descanso absoluto hasta mañana, mi niña.
Vamos a internarte unas horas en observación. En nuestra
clínica privada, naturalmente’’.
Y la vapuleada naturaleza de Bárbara reacia con los efectos
del sedante. Y el doctor gran-jefe dudando de la calidad de los
medicamentos nacionales, pues su hijita seguía despierta
y continuaban sus incoherencias verbales, como que, ‘‘si
viene no le den kerosene, tómalo para halloween Edwin o
se jode sin la cabeza. Porque tenía que volver a Grau antes
de las diez y no le hice caso, a Grau, a Grau, cabeza...”
Y el joven José Miguel siempre tan democrático con
los empleados domésticos, en un aparte con Agustina preguntando
si ¿la había visto fumar a la señorita Bárbara
algo raro por la tarde?, porque hasta donde él sabía,
Grau se había muerto en el combate de Tarapacá y
solo había perdido la pierna y no la cabeza y de eso ya
hacía un culo de años y Agustina le dijo, que no,
que ese fue Túpa Camaru y que perdió no una sino
las dos piernas cuando se aventó de un cerro con caballo
y todo. De la Torre Gildemeister, dudando del dato histórico
de alguien que no había estudiado como él en el
Markham y preso de una angustia brillante y puntiaguda como era
su profundo amor por la aprendiza de médico, se retiró
de la residencia Pretell-Aragón Olavegoya a golpe de nueve
y media peeme con disimulada prisa y un escueto ‘‘nos
vemos, doctor’’. Así de fácil. Como
si estuviera viviendo un acontecimiento cualquiera y sin relevancia
alguna. Acto seguido se refugió en martinis secos y en
la buena carta mediterránea del restaurant ‘‘La
Gloria’’, con un grupo de amigos, a quienes comentó
en secundario tono: ‘‘Mi hembrita está
con dificultades respiratorias... con la alergia ésa, que
le da cuando se pone nerviosa, cuñao’’.
*
A la mañana siguiente, el neurólogo de turno que
era su papá, le sacó a Bárbara radiografías,
tomografías, mamografías, resonancias magnéticas
y exámenes de sangre, orina, sudor y lágrimas. Y
Bárbara sintiéndose cada vez peor, se veía
cada vez peor. Eso era lo peor. Entonces papi la internó
por tiempo indefinido, ‘‘dado que esta criatura
está muy estresada con la universidad. Y la madre... ¡ah!
con las hermanas, sigue en Europa... Mucho tiempo la han dejado
sola, pues. Tiene agotamiento nervioso por tanto estudio. ¡Será
una excelente neuróloga!’’, comentó
con orgullo a dos médicos subalternos de su famosa clínica
Pretell-Aragón. Y otro lexotán para la
joven. Y la joven: ‘‘No hemos devuelto la cabeza
a Frankenstein! ¡Llamen a Pepelucho! Él sabe...ya
me jodí, papá, la cabeza me habló por teléfono’’.
Y cuando llamaron a Pepelucho que sí sabía (algo
por lo menos) se hizo el loco y calló su boca para siempre,
evitando enemistades con el neurólogo más famoso
de la ciudad, a quien dicho sea de paso, aspiraba tener como suegro,
como jefe o como lo que sea algún día de su pelirroja
vida.
*
Impalpable
y con la mente en blanco, la estudiante recobró algo de
lucidez a las cuatro de la
tarde del día subsiguiente. Por supuesto, muchas horas,
muchísimas horas después
que a Canales Villalaz lo lanzaran sin pena ni gloria a su última
morada. Una fosa común, que él odiaba con la debida
anticipación, no solo por lo impersonal de ésta,
sino porque no pasaría de ser un NN anónimo y ramplón
para toda la eternidad. Una eternidad que le habían reiterado
en la iglesia Evangélica que duraba bastante. Además,
estaría en total desventaja con los otros NNs, pues le
faltaba nada menos que su cabeza. Y desgraciadamente ya no había
nada que hacer para recuperarla. Absolutamente nada.
Como tampoco lo hubo, aparte de buscar sin éxito por los
matorrales aledaños a la pista, un mes después cuando
el padre de Bárbara, especialista en cuello y cabeza, perdió
irremediablemente la suya al estrellar su auto con un trailer
mal estacionado y sin luces. A la altura de la cuadra dieciséis
de la avenida Elmer Faucett, cuando se dirigía al aeropuerto
a recoger, entre cocteles a priori y bruma cerrada a
posteriori, a sus familiares procedentes del viejo continente.
Curiosos y testigos en el lugar del fatal accidente, se percataron,
a pesar de la niebla, que el cadáver del afamado médicodirectorgeneral
de la Clínica Nacional de Neurología Pretell-Aragón,
tenía en el gozne, en el cruce entre el músculo
trapecio y la vena yugular izquierda, un billete nuevecito de
cincuenta dólares. Doblado en cuatro. O en seis. Así
como a veces doblan sus billetes los cholos.
©
Marita Troiano
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