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nn

 

Puedo creer cualquier cosa con tal de
que sea increíble
Oscar Wilde, El Retrato de Dorian Gray

 


BÁRBARA FRENÓ BRUSCAMENTE al llegar a su casa en el plutocrático suburbio de La Planicie, provocando un creciente alboroto en la jauría de dobermans de su padre y un golpe seco, como un terrible pecado en la maletera del Volvo de su madre, donde como una piedra gigante retumbó la mercadería que traía apuradísima, temiendo que esta se echara a perder con el solazo de aquel día de febrero.

Tocó la bocina como una loca. ¡TÁ TÁ TÁ TÁÁÁ! Inmoderada y escandalosa. El rostro contraído y la mirada ardorosamente concentrada en esa inmensa puerta de garage por donde entraban y salían los cinco autos de los cuatro titulares que allí habitaban, según datos del último censo nacional. Pero nadie le abría. Seguro por la bulla que metían los perros. O ‘‘por el calor de mierda que acojuda más a todos los empleados domésticos’’, pensó.

Cuando empezaba a sentir rabia bajo la modalidad de mejillas en brasas, recordó que en la guantera del auto de mamá seguro se encontraba el aparatito del control remoto del portón. Lo cogió ansiosa. Hizo click, click y abracadabra: la puerta gigante se abrió en toda su inmensidad.

Pero estaba tan alterada, pero tan alterada, que no solo estacionó mal, sino que con un golpe de la radial delantera izquierda, casi casi extermina a ‘Porthos’, uno de los inmensos perritos de papá. Ladrante presencia en la que sin premeditación ni alevosía no había reparado al entrar.

Acto seguido y sin parsimonia alguna, bajó del auto disparada, sin hacer caso a los onomatopéyicos sollozos del purasangre y llevando con permanente tensión la misteriosa carga dentro de una bolsa de supermercado. Ya había manchado de retorcido rojo el meritorio tapiz azul de la maletera del Volvo de mamá. Y ahora ‘eso’ reanudaba con rebelde ímpetu su goteo intermitente dejando enjundiosas huellas coloradas en el hall, en el pasillo y en todos los peldaños de la escalera de pino que conducía a su estudio. Arriba. En el tercer piso de la mansión.

-- Agustina... please -- le había dicho a una de sus empleadas sin detenerse a mirar si se trataba de Agustina, de Gladys, o de Felipa--. Porfa... ¿puedes dar una limpiadita a esto? .-- Y señaló como desentendida la sospechosa estela rojaza que iba dejando a su paso, en medio del júbilo de los canes y el estupor del ala doméstica, quienes en secreto y absoluto silencio elaboraban diversas conjeturas. Desconfiando y haciendo manifiesta una firme inquietud y un grave temor por preguntar ¿qué era ‘aquello’?
Bárbara desencajada había seguido su camino dejando el superlativo gravamen a la servidumbre.
-- Uy, caray... parecen sangres, ¿no, Edwin? -- preguntó nerviosa Agustina al mayordomo natural de Huaraz.
Edwin no respondió. Ofuscado era, esforzándose por espantar a los perros de las viscosas huellas que parecían multiplicarse encabritadas a su alrededor.
-- ¡Ato... Pórton... Arámes! -- gritaba el muchacho pretendiendo calmar a la sublevada jauría que disfrutaba del cárdeno festín.
-- ¡Ato... Pórton... Arámes! -- seguía gritando en desigual contienda. Nada. Nada se podía con esa tromba canina. Así que declarándose vencido, cogió escoba y trapeador de manos de una Gladys catatónica y continuó limpiando nada, pues todo el trabajo ya lo habían realizado los mastines del señor con sus golosas lenguotas.
-- Será pues de sangre Agostina -- comentó luego y despacito el mayordomo --. Tará con el mes derrepente, ¿no?

La Agostinatodoservicio, la Gladyscocinera y la Felipasólolavado se miraron entre sí sonriendo maliciosas.

Como epílogo y solidarias con el esfuerzo desplegado por el hombre contra las bestias, le invitaron limonada bien helada al Edwinmayordomo, quien obsesivo con los mandatos del gran jefe, prefirió lavarles el hocico a los perros con detergente a reunirse con ellas en la cocina.

*

Bárbara ingresó agitada a su estudio, cargando la pesada bolsa que seguía goteando obstinada y antipatiquísima. Superapurada como siempre y sin desembalar, la colocó dentro de una pequeña refrigeradora asegurándose varias veces que la puerta estuviera bien cerrada y la temperatura en la graduación correcta.
-- Uff... creo que estoy salvada -- musitó complacida al tirarse cuan larga era sobre el chaisselongue de cuero azul, puesto a un lado de la habitación.

Ahora podría estar tranquila. Ya había expulsado esa incalculada desesperación que la dominó por dos horas mínimo. Pero antes de obtener la paz espiritual que le prodigaría su mullido y confortable lecho, consideró sin titubeos la necesidad de abrir otra vez la congeladora y otra vez cerciorarse que todo estuviera en orden. Así lo hizo. Luego, se lavó las manos en el lavatorio de su bien provisto laboratorio y bajó a su recámara. Desde allí, autócrata llamó por el intercomunicador:
-- ¡Agustina! ¡Agus!
-- Si, señorita, dígame usté...
-- Oye, ¡Súbeme al toque una cocacola de dieta! ¡Helada!, ¿ya?
-- Sí señorita ¿se lo subo con su almuerzo?
-- No, no. Sólo la coke. Y no estoy para nadie, ¿ya? .-- agregó bostezando --. Estoy muerta,... cansadísima. No tengo hambre. No me pases con nadie. Escucha bien... si llama el joven José Miguel, le dices que porfa me llame por mi otro teléfono como a las siete y media, ¿okey?

Afuera el sol brillaba intensamente. No se sentía un solo ruido. La calma de ese barrio era de carácter conventual. Cerró ventanas y corrió cortinas. Se quitó la ropa y llenó la tina con agua tibia aromatizándola con burbujeantes sales de alóe y melón. Decidió escuchar para la ocasión a Deep Forest. Música grabada por gente de New York City en una tribu de pigmeos y que de hecho la relajaría un montón. Pero interrumpió la melodía de Sweet Lullaby un burdo ¡TÓC, TÓC, TÓC! en su puerta.
-- ¿QUIÉÉÉN? -- gritó malhumorada.
-- Señorita Bárbara... soy yo... Agostina... su cola de dieta.
-- ¡PASA, PASA! ¡ESTOY EN EL BAÑO!

La empleada ingresó apurada dejando la bebida sobre una de las mesas de noche.
-- Agustina..., préndeme el aire ¿quieres? -- solicitó la joven patrona con el agua hasta el cuello y las burbujas saliéndose de la tina redonda, en donde entraban cuatro fácil.
-- Sí, señorita... áhivoy. Ah, ¿sabe?, ya salieron las manchas esas. Limpiecito ha quedao todo.
-- Agus... thank you. Cierra la puerta cuando salgas. ¿Okey?

*

Bárbara Pretell-Aragón tenía veintidós años y estudiaba medicina en la buenísima y prestigiosísima y carísima Universidad Cayetano Heredia, ubicada en un lejano distrito. Por las inmediaciones del llamado cono norte de la ciudad. Y Bárbara estudiaba medicina, casi casi por un deber cromosómico, pues su bisabuelo Alejandro, su abuelo Miguel Alonso y su amado padre Eduardo Germán, eran miembros de una reconocida estirpe de neurólogos. Asentados médicos-cirujanos en la especialidad de cuello y cabeza. Y ella, Bárbara, la primogénita del doctor Eduardo Germán Pretell-Aragón, tenía la obligación moral de mantener viva la tradición esculápica contra viento y marea. Y era como que a veces ‘‘éste oficio no me gusta’’, pero seguía adelante con el mayor esmero, alentada en grado sumo, sobre todo cuando contemplaba en las paredes de la Sala de Actos de la Universidad y dentro de sus marcos dorados y rococós, los plácidos rostros del abuelo con monóculo y el bisabuelo sin monóculo esperando desde el más allá por su graduación; y por supuesto por el aprovechamiento en el más acá, de la inmensa clientela de la Clínica de Neurología Pretell-Aragón, que habían tenido a bien fundar tiempo atrás en plena avenida Salaverry.

Precisamente, aquel verano cursaba un ciclo en el que los futuros galenos incursionaban en el serísimo campo de la disección de miembros y algunos cursos preliminares de la currícula consideraban como obligado ítem escrupulosos análisis de cuello y cabeza. La razón de vivir de los Pretell-Aragón. Y claro. Bárbara desde sus días en la academia pre-universitaria ya sentía gran fervor por el tema. Diríase, que este latía como un corazón enamorado en la mismísima yema de sus dedos. Algo instintivo. Cuestión genética sin duda. Así que por pura transmisión hereditaria en su ADN, dominaba con mayor habilidad que sus compañeros, aquello del corte transversal de la cabeza, prescindiendo de afectar el tabique nasal. O lograba reconocer al solo tacto, la dura madre del cuerpo calloso. ¡Una trome la chica! Tanto así, que justo ayer la habían felicitado sus jefes de prácticas, por ese perfecto serruchamiento de una bóveda craneana a la busca del septum licidum realizado por la Pretell en menos de un cuarto de hora.

Le iba bien pues a Bárbara en la Universidad. Una institución que ofrecía múltiples recursos humanos a sus estudiantes, pero que ciertamente, estos debían ser compartidos en grupos de ocho o diez. Todos esculápicos y atentos. Todas hipocráticas y atentísimas. En una sala. Con los ojos fijos sobre una mesa. Convenientemente ubicados alrededor de la pierna o el brazo. O de la cabeza. El objeto de excepción para la especialidad de la heredera de la Clínica Nacional de Neurología Pretell-Aragón. Así que para evitar montoneras e incomodidades, protocolo habitual en esas prácticas grupales, Bárbara un día: ‘‘Pepelucho, ¿me ayudas a conseguir una? Tú me dijiste que conocías a alguien’’. Le comentó a un amigo de la universidad de apellido Barandiarán. Un pelirrojo de clase media baja enamorado de ella hasta la médula espinal.

*

-- Son cincuenta dólares, Barbie -- le dijo Pepelucho metiendo la cabeza por la ventanilla del Volvo mal parqueado e infringiendo todas las reglas de tránsito entre la Avenida Grau y el jirón Huanta. Pleno centro de Lima. Era lo que había acordado con un tipo de esos que pululan por la zona, buscando muertos para reanimar las funerarias aledañas y de vez en cuando satisfacer caros anhelos de hacer tareas en casa por aplicados estudiantes de medicina, que a buen precio y pagando por adelantado adquirían trozos de la anatomía de aquellos infelices desconocidos que nadie reclamaba en la morgue central y que los denominaban sin afecto alguno, los NN. (Siglas derivadas del anglicismo No Name.)

Ya se les acercaba un sujeto de caminar achoradazo con un periódico chicha bajo el brazo.
-- Bárbara... este pata es Frank.-- dijo Barandiarán enamorado.
-- Ja. Por Frankestein, pues señorita -- respondió el zambo burlón, tazándole las piernas y haciendo con la mano un ademán tipo saludo a la bandera. Levantó las cejas un par de veces y chasqueó los dedos tres más.

Ella fingió no mirarlo. No escucharlo. No olerlo. Abrió su bolso y sacó un billete de cincuenta dólares.
-- A ver-- les dijo displicente: --.¿Cómo es?
Frank con movimientos felinos jaló hacia el sardinel a Barandiarán y le recomendó, mirando a cualquier parte menos a él:
-- ...solapa nomás compadre. Mucha tombería por acá. Que la gringuita te abone los cincuenta verdes pero a ti, cuñao...Tú no me manyas, ¿ya? No sabes nada y mesperas un ratito en el kiosko. Allál frente... Ondestá el llantero. Ya les traigo la mitra al toque. Fresquita. Ya vasaver. ¿Tamos?
-- Ya, ya... apúrate nomás, negro -- contestó con mal disimulado nerviosismo Pepelucho, esperanzado en apuntarse un poroto doble en el corazón de su esquiva dulcinea con esta capital hazaña.

*

En la morgue, ya habían dado un corte parejo a la altura de la yugular al occiso on time. Tarea cumplida por un experto en la materia sin necesidad de tantas clases de universidad, ni academias ni nada por el estilo. Pura práctica con el serrucho. TRAC, TRAC, TRAC y zasss la cabeza del NN volaba como una hoja al viento.

Luego, agudo silbido del fulano; luego pase con el guachimán y lueguísimo Frank de dos trancos, ya estaba recibiendo el singular encargo en una bolsa de supermercado. Bien caleta. Alejándose del mortal recinto a paso de polka, cruzó la pista. Hacia el kiosco azul. Dio dos vueltas alrededor de este y con cara de cochero de Drácula en su versión mulata, entregó la pieza a Barandiarán. Recibió el dinero en un segundo movimiento y no dio factura. Cuando pasó cerca de Bárbara (siempre sentada al volante, siempre con el motor encendido y siempre en infracción perpetua), le dijo con sorna y evidente habilidad marketera:
-- Amiga, tengo en oferta brazos y piernas, ¿ya? Si le interesa pa’cuando quiera. Frankie, pa’ servirle, ¿ah? De cuartoe´docena, patrona, pa’ usté, precio especial... ya sabes, me busca nomás, ¿ya?
-- Báran... -- dijo ella, ignorando por segunda vez al singular comerciante --. ¡Pon todo en la maletera, please!

Sonriendo y sin aparentes remordimientos, Frankestein desapareció entre las bocacalles de la avenida Grau. Entre microbuses y triciclos. Sobre todo triciclos, cuyos aurigas urbanomarginales pregonaban con gramófonos bien sui generis: ‘‘¡plátano e’ seda, plátano e’ seda, seda, seda, aunsol la mano dea seis!’’.

*

Luego del aromático y reparador baño, Bárbara se tendió sobre su cama queen size, cubierta apenas con una batita de seda que dejaba entrever su piel dorada por los soles de fin de semana en Ancón. (‘‘Que estaba lleno de cholos pero igual seguimos yendo todos, porque es el balneario de toda mi vida’’.) Así comentaba a sus amigas del Golf Los Inkas cuando estas alardeaban con el mármol de sus terrazas de playa en exclusivos balnearios del Sur.

Cuando se internaba en asuntos propios al sueño, una llamada telefónica inesperada, imperdonable e incompatible con su vespertina siesta la trajo de vuelta al mundo real. Violentamente.
-- ¡RINNGGG! ¡RINNGGG!-- timbraba insistente su número privado. El que solo su familia, el novio y alguna que otra amiga íntima conocían. Dio dos vueltas sobre la cama y recién al sexto RINNGG contestó con enfado:
-- ¡Aló! ¿Quién es?
-- Buenas tardes -- se escuchó decir al otro lado del auricular.
Era una desconocida voz. Tensa. Bastante grave. No de su familia. No de su novio. No de alguna que otra amiga íntima.
-- ¡ALÓÓ! – gritó –.¿Quién habla?
-- Un amigo, Bárbara -- le respondieron secamente --. Alguien que quiere que le degüelvas algo que no te pertenece.

En definitiva se trataba de una llamada anormal. De confusas características, no solo por el tono sino por el tema que trataba. Algo así como, referido a un reclamo que parecía definitivo y que en definitiva ella aún medio dormida no entendía un ápice.
-- ¿Qué dice? -- repuso la estudiante de medicina bebiendo un sorbo de la bebida de dieta y en pie sobre su espesa alfombra blanco-humo.
-- ¡Lo quihas oído! ¿O eres sorda? ¡Toy pidiéndote que nel menor tiempo posible me degüelvas mi cabeza! -- agregó el desconocido categórico y desafiante.

De pronto, ella sintió un agudo malestar estomacal y un zumbido en los oídos que crecía en progresión aritmética. Casi tanto como su iracunda curiosidad. De pronto se estremeció todita. De pronto y suponiendo nada, sentóse en la cama en meditativa posición de loto.
-- ¡Oye! ¿Qué clase de broma es esta? Ya, ya... Pepelucho, déjate de payasadas que estoy durmiendo... no te hagas el gracioso... y para de hablar como cholo, ¿quieres?
-- No soy quien crés que soy -- respondió el hombre al otro lado de la línea --. Sino el dueño de la cabeza que tienes congelando allá arriba en tu maldito laboratorio.
-- Mira, payaso... no tengo idea quién diablos eres... ni cómo has conseguido mi teléfono, porque este número no figura en la guía, ¿ya? Pero te voy a agradecer que cuelgues de una vez y dejes de molestar. ¡Cholo imbécil! Y con las mismas ¡PÚMM! le tiró el teléfono.

Bárbara procuraba explicarse racionalmente el incómodo incidente. No quería sentir un miedo mayor del que ya la poseía con irrespestuosidad y con el que no estaba dispuesta a negociar. Entonces exageró su oriental posición tratando de serenarse. Tomó aire y otro sorbo de su coke. (‘‘Es Pepelucho... ¡Qué pesado!...No sabe cómo llamar mi atención… No se da cuenta que nunca me voy a enamorar de él...es sólo un pata... buena gente pero huachafazo. Tendrá su casa en Chacarilla y es socio del Regatas, pero es... puta no sé, el pobre... Claro, cabeza,... refrigeradora..., sólo él sabe tanto ¿Quién más? ¡Uff! ¡Qué lío, carajo!’’.) Y se volvió a tirar sobre la cama, ahora estiradísima como un fakir, pensando más sobre lo mismo. (‘‘¡Que joda si este pavo abrió la bocaza y ahora quieren venir acá a mi laboratorio, veinte cojudos para hacer prácticas con mi cabeza. Y gratis!’’.)

En ese momento el teléfono volvió a timbrar.
-- ¡RINGG! ¡RINGG! ¡RINGG!
-- No te voy a contestar, imbécil -- dijo mirando el techo.
-- ¡RINGG! ¡RINGG! ¡RINGG!
Se demoró en levantar el fono. (‘‘Lo peor que puede pasar es que el tipo ese, el Frank tenga mi número telefónico’’.) Pensó frunciendo el ceño. (‘‘Pero, ¿de dónde? No creo que Pepelucho sea tan pelotudo y se lo haya dado’’.) Volvió a decir en su arrecife interior.

Era espinoso el tema. Lo suficiente para admitir que ya no podría dormir en lo que restaba de la tarde.
-- ¡RINGG! ¡RINGG! ¡RINGG! ¡RINGG! -- seguían.
-- ¿Aló? ¿Aló? -- contestó respirando con dificultad.
-- ¡Oe, Bárbara! ¡No me güelvas a colgar el teléfono! Que me pongo más saltón tuavía, ¿ya?

La voz sonaba cada vez más fuerte. Ella sin un porqué, cogió un libro de por ahí y sus ojos leyeron el título sin comprenderlo: Cómo decir no sin sentirse culpable, de James J. Brodwell.
-- ¡Te ecsijo que me degüelvas esa cabeza ora mismo! .-- agregó el hombre. Ándate de güelta pa’ la morgue y haz que quien sea la ponga pegadita a mi cuerpo, porque no me deben enterrar sin mitra. ¿Entiendes? Esto quihaces es privaricato .-- rezongó el extraño en el auricular.

Ella era, la mano haciendo puño contra la boca abierta, una nerviosidad exagerada y los ojos anhelando ningún daño. Una sustantiva angustia pintaba su retrato más fiel al original.

En cualquier otro momento hubiera pensado que se trataba de un simple delator de su non sancta compra. Pero ahora, ya sentía como que había algo más grave detrás de todo este asunto, y que era indispensable detenerlo, agitar las manos para asustarlo, abrir las ventanas para que entre el sol y que gradualmente se diluya un episodio grotesco e insoportable, fastidiando irrespetuosamente su glamorosa vida.

(‘‘Pero, ¿de qué o de quién se trataba?’’), seguía interrogándose en silencio, mientras insidiosos cuervos golpeaban sus sienes aleteando feas ideas. Muchas. Demasiadas. Feísimas. Una más disparatada que la otra. Pero en sobrehumano esfuerzo mantuvo los ojos bien abiertos y contestó con indudable agilidad mental:
-- ¡Qué tarado eres! Quien seas, si quieres hacerme una pasada... ¿cómo se te ocurre babosazo hablarme por teléfono? ¿No dices que no tienes cabeza? ¿Cómo vas a hablar sin boca? ¿Ah? ¡IDIOTA!
Ni siquiera ella, creadora absoluta de la boba interrogante le encontró significado a esta.
-- Preguntas demasiado -- respondió la voz --. Yo... no estoy autorizado para contestar algunas cosas. ¿Qué soy yo? Chismoso... ¿qué cosa? Cuando te mueras... ya sabrás tú misma si puedes llamar o no por teléfono.
-- ¡Cuando se muera tu madre, imbécil! Pero, oye,... .-- añadió mirando ansiosa los huequitos del auricular por donde salían los odiosos sonidos --. Por casualidad ¿hablas de un teléfono celular?
-- No, cojuda... hablo de un teléfono público que tiene la línea muerta.
-- ¡Qué gracioso! Pero ya me cansé de oírte, ¿sabes? ¡Cuelga o llamo al serenazgo!
-- Yo te parezco gracioso, pero tú pior, tú me pareces huevona... Te llega lo que testoy pidiendo por justicia. Sabes de lo que tihablo y tiaces la loca, pero te voavisando, ¿ya? que si no me degüelves lo que me pertenece desde mi nacimiento, esto, no... no sevaquedar así nomás. ¡Ya sabes! ¡Te juro que me la vas a pagar bien caro!
-- ¡No me digas! ¿Otra vez?-- respondió Bárbara disfrazando su miedo de cinismo-. Si ya pagué super caro en la mañana ¡Cincuenta dólares por la cabeza de un huanaco!
-- Ah, ya,... y tú, gringaconchetumadre, consideras que mi cabeza puede valer sólo cincuenta dólares? ¿Ah? ¿Sólo eso?
-- La verdad que no --aseveró ella entrando en un nuevo y absurdo debate--. Si estuvieras vivo, tu cabeza no costaría ni diez soles choloemierda. Ahora, en el infierno donde de hecho estás bien muerto, puede ser... ¿por qué no? Vas a servir para fines de investigación científica. Igual que las ratitas blancas... Bueno, en este caso tú como eres marrón, ¿no?, vendrías a ser...a ver, a ver,... un cuy... ¿no?
-- Eres bien mala persona, Bárbara... Mejor urgente mira pa’ salir de tu casota aurita a degolver mi cabeza porque te vuá desgraciar bien feo. --respondió el extraño aprehendido por un acceso de rabia.

La advertencia la desconcertó peor aún. Ahora el hombre parecía más peligroso y decidido que antes. Pero siempre empecinado en la absurda interpretación del rol de un hombre sin cabeza, lo cual para ser sinceros, le restaba credibilidad.

Pero, ¿de qué hombre estaba hablando? ¿de un muerto? ¿de una voz anónima y siniestra? ¿de efectivamente alucinantes despojos de un ser humano sobrenaturalmente amenazante que la ponía a temblar como una hoja? ¿de un lumpen mutilado por obra del azar y la necesidad, reclamando lo suyo en su propia casa, en su propia cama, en su privadísimo barrio residencial en pleno corazón de La Planicie? ¿Y por su línea telefónica archiprivada? ¿Un muerto hablando? No. No. Sí, claro. Sí, pero no sabía. Simplemente no sabía. Ni creía. Ni nada. Pero con toda seguridad NO estaba soñando. Lo que sí, ya era totalmente catatónica. Así como se quedó Agustina al ver las manchas coloradas chorreando de su bolsa. Y cada vez era más encogida, cada vez más, así como resaqueada después de un tono de esos bravos que se pegaba de cuando en vez hasta las seis de la mañana y se encontraba en la puerta de su casa con el triciclo del panadero que venía pedaleando desde Ate y dejaba veinte toletes para toda la comunidad andina a su servicio, pues los Pretell sólo comían croissants y pan de molde integral en el desayuno.

Ahora se hallaba desvalida, en regresiva posición fetal, con el teléfono vibrando sonoridad de ultratumba entre sus manos sudando miedo. Miedo que humedecía hasta la cutícula su manicure francesa. Y por gusto el aire acondicionado, pues la sensación de brasas estaba al máximo; y la coca cola diet derramada al noventaisiete por ciento sobre la alfombra. Pero recia, bien Pretell-Aragón, siguió retando a aquel o aquello, para de esa forma, valiente, altiva y sagaz negar evidencias de un hecho sobrenatural e inaceptable desde todo punto de vista. Sobre todo por alguien que se preciaba de sensata y/o racional y/o científica a todas luces. Como era ella, pues ¿no?

-- Además decapitado...-- continuó retándolo inecuánime--.¿Sabes que las cabezas cuestan de acuerdo a quien pertenecen, ¿no? ¿O tampoco sabes eso?
-- Hora sí ya sé, gracias a ti, Bárbara, y ya queres tan trome en el asunto, dimentonces... porejemplo, ¿no? ¿Cuánto crés costaría la mitra de tu señor padre, ¿ah?
-- Se te está pasando la mano tarado de mierda. Mi padre no tiene mitra sino una brillante cabeza. De las mejores de este país. La cabeza de mi papá no tiene precio. ¿Cómo te vas a comparar con él? Para empezar, está vivo y oye bien, oye bien huaco retrato... Él es un genio. Él, mi padre es gente. ¡Gente decente! ¡No una basura como tú!
-- Ya, ya, pituca e’mierda. Tá bien... pero cuando esté muerto, pues. Friazo. Allí el viejo ya novaser ni genio, ni vastar vivo ni nada, ¿no? ¿Cuánto pué, a ver di tú queres tan viva, cuánto podría costar su mitra?, tan brillante, tan bacán tan tan... suponte, ¿no? por ejemplo... ¿En una esquina e’ Grau?
-- ¡No te metas con mi padre, animal! No pienso seguir escuchando tonterías! Lo que estás diciendo son barrabasadas... eres un pervertido... un terruco de mierda... ¡Un resentido de nuestra sociedad! .-- Tragó saliva y prosiguió atropelladamente: --.¡Eso es lo que eres una plaga social! ¡Y no voy a contestarte más! ¡Voy a descolgar el teléfono! ¡Fuera, indígena piojoso! ¡Se acabó tu show!

Y descolgó el teléfono. Y por un momento pensó que sí, que tal vez estaba soñando y que distraída seguro, no se había dado cuenta de ello. Pero se sometió al antiguo test de pellizcarse el brazo. Y no, no pues, estaba bien despierta porque le dolió. Y sin encontrar una razón que le explique tamaña pesadilla de la vida real, pensó que de repente ayer, en la fiesta de Francis, se le había pasado la mano con el ecstasy que llevó José Miguel, más los tronchos, más el champagne, más los quinientos litros de agua que tuvo que tomar. Misma dipsomaníaca. Claro. Resacaza. Ese era el diagnóstico. Podría ser una especie de alucinación con efecto retardado. Pero inmediatamente recordó que las alucinaciones se ven, no se oyen, y menos por un teléfono timbrando a cada rato desde el que le hablaba nada menos que un tipo sin cabeza. (‘‘delirium tre... ? No... no son los síntomas’’.), se autodiagnosticó nuevamente.

Cuando pensaba y repensaba que lo más seguro era que la querían secuestrar o chantajear por la cabeza que había comprado para sacarle plata a su papá, (‘‘que como es un neurólogo famoso, todo el mundo sabe que tiene un huevo de billete, y esos cholos que paran jodiendo en medio de la pista por el cono norte, por la Universidad, de repente han tomado la placa del carro y...’’.) Y casi de verdad, sí que se le estaba cerrando el pecho con esa alergia nerviosa que le daba cuando entraba el invierno o en épocas de exámenes. Y en lo que meditaba acerca de todo este rollazo a la velocidad del rayo y sin posible explicación lógica, el teléfono que estaba descolgado, descolgado volvió a timbrar. Volvió a timbrar.
-- ¡RINNG! ¡RINNGGG!
Nadie le creería esto jamás. Lo más probable es que hubiera dejado el aparato muy mal mal colgado. Eso. Claro.
-- ¡RINNG! ¡RINNGGG! ¡RINNGGG!-- sonaba y resonaba atroz. Sin tregua.
-- si...-- contestó trémula y progresivamente disminuida.
-- Bárbara... ya no pierdas más tiempo. Agarra el camino correcto. Tóo Javier Prado, despues zanjón, llegas a Grau, too derecho, cinco cuadras y a la izquierda. Aquiestoy... ven con mi cabeza ahurita. Busca al Frank, al Meneses, quees el guachimán de turno. Taza los fotocheks. Meneses, él sabe, búscalos ellos ya manyan con quien es la vaina...!
-- No te creo ni una palabra -- retó otra vez al desconocido, palidísima y destemplada--. ¡Esto es absolutamente surrealista!
-- ...su... ¿qué?
-- ¡Surrealista, animal. Algo que no tiene sentido!
-- Ah, güeno, sí... tienes razón. No tiene sentido que alguien no tenga cabeza, todos nacemos con una y queremos morir con la misma. Y en su sitio, ¿no? Tú que jueras... aver.
-- Ni siquiera sabes de lo que hablo, so’ indio bruto...
-- ¿Y tú, pituquita huevona? ¡Ni sabes la cagada quias hecho!!
-- ¡Ay, qué miedo, como si fuera la única que lo hace lorcho de porquería!!
-- ¡Oye! ¿Qué tal si me llamas por mi nombre? ¿Ah? A los lorchos, como me dices, tamién nos ponen nombres, ¿ya?, así como a ustedes, los gringos... ¿Sabes, no?
-- Pucha, oye ¡Eres un conchudo de mierda! A mí qué me importa cómo te llames? A ver, a ver... A ver... dime, dime... seguro que eres yoni o wilber y tu hermana yesenia y tu hijo cristófer... inventos de esos que hacen los de tu clase... ¡Uagg! ¡No los soporto!
-- Tás mal, loca. Me llamo Elías. Como el profeta. Y tamién soy evangélico, como él, ¿ya? Elías Canales... eses mi nombre. Y mi hermana se llama Yomira no Yesenia, idiota. Y me atropelló una combi antiayer y no tenía mis documentos y mehan llevao a la morgue y me han amarrao en las patas una tarjeta que dice NN. Eso mihan escrito con plumón rojo esos cojudos como si juera mi nombre... Nadies sabe quién soy, ni de’onde vengo ni a’onde voy... ¿manyas? Pero ahora... tú sí sabes y te vas a encargar, como indemnización por toa esta desgracia, diavisar a mi vieja, en Independencia. Apunta, los gorriones, terceraetapa, manzana C, lote 23, por el kilóme... tro...
-- Estás realmente chiflado si crees que voy a hacer eso, cholo igualado! ¡Asquerosoe’ mierda! -- lo interrumpió histérica.
-- ¡Hazlo! ¡Di que salía, pues, de un tono en una disco en Comas...! Y que la combi placa RI-19372 ¡JUAÁ! barrió comigo como cien metros... y el fercho rataza ni paró a ver ni nada... y yoni destripao al medio e’ la pista!
-- ¡Comas! ¿Una disco en Comas? ¡Mira por donde andas, pues hijito!!
-- ¿Y qué quieres? que... que me vaya a bailar por la avenía La Marina...? ¿Y después tomar tres carros pá’ llegar a mi casa? Ta’questás bien cojuda, ¿no?
-- ¿Avenida La Marina? pucha... ¿Quién va a bailar por la avenida La Marina?, ¿Oye, tú con quién crees que estás hablando, ¿ah?
-- Contigo, miserable... y pá que sepas...
-- Mira... no sigas, indígena. Ni con mi mayordomo que es de tu raza pero pichicateo al máximo, hablo más de tres minutos ¡Tu vida no me interesa para nada! ¿OÍSTE? ¡Para nada!
-- Seguro... pero los detalles de mi muerte sí. Así que no la barajes más y degüelve la mitra ahurita... además, so cojuda e’mierda, debes saber que jamás he perdido la cabeza por ninguna mujer, ¿ya? ¡Menos ahora!
-- Ah,... además de payaso y loco, resultaste machista...
-- No, machista no. Soy guei.
-- ¿Gay? ¿Ge-a-y? Ya, ya, cholo de porquería... los gays son otra cosa. Son gente como uno. Gente regia... todos fashion, pintores, decoradores. Altos, blancos... rubios, fotógrafos oliendo a Kenzo. O modelos con pilchas Calvin Klein. Mira, ubícate, cahuide, que a lo máximo que podrías aspirar es a maricón o a loca y apestando a agua florida. ¡Gays en Comas! ¡Puta qué asco! ¡Cuánta razón tiene mi papi cuando dice que ese milico Velásquez...Vásquez,Velascos, que felizmente no conocí, le subió los humos a la cholería de mierda de este país, y nos cagó a la gente que somos de buena familia. ¡Pucha, que estás bien chiflado! ¡Con la cara de llama que tienes! ¡Te pasas, NN!

Bárbara se lo tragó vivo (Perdón. Mejor dicho, muerto), con tamaña perorata. Y Elías se tornó más y más agresivo estimulado por la denominación de NN que la aprendiz de médico esgrimía tan despectivamente y a cada rato. Así que golpeando el fono bramó:
-- La que se está pasando de la raya eres tú raterae’mierda conche tumadre. ¡No me güelvas a llamar eneene! ¿Ya no te dije mi nombre? Ya, puta, ¿ya no te dije? ¡Huevona! ¡Elías, Elías! ¡No eneene! ¡Me llamo Elías! ¡Eneene será la puta e’tu madre!

El desconcierto de la joven se agudizó. Ésta desazón ya era una grave constante que implacable la aterrorizaba entre vericuetos del misterio más complejo. Había oído hablar de fantasmas a gente de su hacienda en Nazca, pero acá, o sea en Lima jamás. Y la Agustina decía siempre que acá también habían aparecidos, solo que “la gente de Lima no tenían ojos de ver’’. Pero ya ni siquiera tenía fuerzas para gritar y llamar a Agustina que sí tenía ojos de ver ni a los doberman al ataque que sí tenían muelas de morder, para que colaboren con ella a resolver el acertijo de un muerto que hablaba por teléfono. ¡Atroz avant scene! Y le quemaban las mejillas como cuando sentía rabia y su corazón hacía un buen rato traía desacompasado el ritmo. Ese tipo la mantenía en jaque. Estaba como hipnotizada. ¿Por qué no bajaba a pedir auxilio? ¿Tenía miedo ponerse en evidencia con la plana menor? No. Definitivamente estaba hipnotizada, pero necia insistía en mantener la ironía sin comprender que estas cosas suceden y que era a ella, precisamente a ella, a quien le estaba ocurriendo el absurdo hecho en un particular día de febrero.

-- Ya, oye, fíjate...-- y tomó aire rescatando de nuevo un macabro sentido del humor --. Ya se puso bien heavy esta conversación. Too much por hoy no head. Todo esto... parece un cuento de horror y de los malos. Sin pies ni cabeza. ¡Una cagada de cuento!
-- ¡Eso mismo!-- interrumpió Elías --.Tú luas dicho... pero sin pies no. Mis pies sístán. ¡La que nostá es mi cabeza! ¡Porque tú la tienes, babosa!
-- Sí y ahorita, justo ahorita, acéfalo, me pongo a trabajar en la disección de ella. Abriré la pelota deforme que dices es tu cabezota y que está en mi refri. Sí, pues. Entérate. Me toca analizar el lóbulo frontal. ¡Voy a bacilarme con tu cerebro, NN! Para eso la compré.-- Y cáustica continuó --. Oye, tú tendrás cerebro, ¿no? Umm... tengo mis dudas, huanaco... ¡De repente encuentro puro mote sancochado allí dentro!
-- ¡Eres una rata! -- vociferó Elías --. ¡Eres una rata inmunda! ¡Pior que el microbusero asesino, carajo!
-- Bueno, sanseacabó. La rata se va a su gabinete a trabajar. ¡Abriré en cuatro una piojosa cabeza andina!
-- ¡La mía! ¡Es mía! ¡No! No lo hagas! -- gritó desesperado --. Es difícil, tan difícil, es que no... noentiendes, ni por las güenas... yo no miento... te juro... Bár...
-- Yo tampoco. Y punto final, NN. -- sentenció con toda la altivez que pudo la Pretell-Aragón --. Tengo prisa y mucho trabajo... pasan por mí a las diez para ir con mi grupo a ‘‘La Gloria’’.
-- ¿La Gloria? ¡Qué suerte! Yo no podré aspirar a tanto sies quenostoy entero... pa’ cuando miavienten en una fosa común con todos los demás eneenes. Enunarenal. Fondeao como pachamanca eterna. Por los siglos de los siglos. Y nadies me llevará ni una flor... porque nadies sabrá que estoy allí. Con un montón de eneenes con una crucecita blanca pa’ toa la mancha. ¿No te parece bien feo? Ya bien horrible es con morirse en plena juventú... Bárbara... ¿ya? Bien piña con que salgas premiao con la combi asesina, y luego pa’concha, que te güelen la mitra por un bille que ni siquiera va pa’ tus deudos... ¡Nosias mala y ayúdame!
-- ¡Ay, por Dios! -- interrumpió malamente en medio de una debilidad que procuró no evidenciar --. ¿Y qué quiere el gay de Comas? ¿Un mausoleo lila en los Jardines de la Paz? ¿Con la bandera del Tahuantinsuyo flameando orgullosa? ¿Y unos piojosos de tu pueblo apestando y bailando horrible con unas tijeras en las patas?
-- ¿Jardines de la Paz? ¿Onde queda eso, Bár...?
-- ¡Olvídate, cadáver bocón, que allí no entras ni muerto! ¡Ja! Atahualpas como tú ¡Prohibido, hijito! ¡Profilaxis contra la contaminación ambiental! Y para de llamarme Bárbara, serrano conchudo, que no somos iguales. Hasta patrona te aguanto, y con mucho esfuerzo, no creas, ¿ya?
-- ¡Me dan ganas de gomitar lo que dices, Bár... perdón, señorita, anda...pa’ náusias me dan -- exclamó la voz, con incoherente texto y cansado tono.
-- ¿Náuseas? Entonces tómate una pastilla de Gravol cada cuatro horas. De repente estás embarazado, ¿no crees?

Hubo un grave silencio. Largo. Desesperante. Larguísimo. Bárbara estaba fuera de control. Fuerísima. Exagerando la ironía, el insulto y la humillación como un mecanismo de defensa contra lo inexplicable. Pero también haciendo gala de su natural estilo de tratar a los que no consideraba sus iguales y que para su desgracia, estaban en todas partes de este país, brotando por todas partes de este país, porque este país, desgraciadamente, para su noble estirpe anglo hispana Pretell-Aragón y Olavegoya era un país de cholos. De esa mayoritaria masa de piel marrón a quien ella desde el vientre materno despreciaba profundamente.

Ya tenía la piel de gallina en todo el cuerpo y los dorados vellos de sus aeróbicos brazos totalmente erizados. Ya confundía las palabras. Ya aguzaba el oído y hasta intentó rezar deseando haber comenzado ese día un poco más inteligentemente. Es decir, no levantándose de la cama para nada.
-- Eshubiera sido lo mejor pa’ti y pa’mí-- dijo Elías leyéndole el pensamiento-. Tiubieras quedao zampada en tu cama sin joder a tus semejantes. Yostaría frío pero por lomenos entero...

Ante semejante manifestación de poder extrasensorial de su interlocutor, súbitamente le dolió la vejiga. Y el pulmón derecho. Certificando además una incómoda presión en el diafragma. Pero seguía en sus trece allí parada. Sin ceder un palmo. Ni siquiera por si fuera un poquito verdad tamaña pesadilla, todo esto, así rarísimo. Ella continuaba sin dar el brazo a torcer, con el teléfono pegado a la oreja. Por inercia. Como una autómata. Oyendo ahora los silencios de un Elías demandante y los ladridos de los perros que hacían de las suyas, abajo y afuera mientras pensaba febril, (“¿y todos los avances científicos? Hay que emplear con mesura los transplantes de órganos, dice la Iglesia. ¿Histrionismo? ¡Eso! La sociometría... no, no lo esotérico... ¡Estoy escuchando mal, debo hacerme un audiograma!... pero más vale cabeza en mano que cola de ratón... que cola de león volando”.)

Desvariaba en exceso y veía lo mínimo y nublado, cuando la voz de Elías la rescató de su prolongado ensimismamiento con un grito feroz:
-- ¡Yaes tarde, Bárbara! ¡Vamos al punto! ¡O degüelves mi cabeza o voy a recogerla yo mismo!
Sonó lóbrego, turbio, sombrío. Pero a la vez sonó, así como tratando de encauzarla por un mejor camino. Sin determinismos.

Entonces le quemó más que nunca el inalámbrico en la mano y en la oreja. Ese aparato teñido de infierno, que parecía envolverla en incandescentes lenguas de fuego ante cada amenaza supra humana. Ante cada ruego que sonaba improbable y demencial. Pero a la vez tan cierto y concluyente como el hecho que ella guardaba la cabeza de un tipo en su refrigeradora. Desde las dos de la tarde. Esperando contra su voluntad para ser estudiada en solitario acto sobre una aséptica mesa de fórmica en su laboratorio privado del tercer piso.

-- ¿Ah sí?-- replicó incomprensiblemente osada y burlando el estado de shock que ya veía venir en su núbil anatomía --.¿Y en qué vienes? ¿En taxi?... porque ahora no me vengas con la historia que así como hablas por teléfono sin cabeza, también manejas...?.-- agregó sin escabullir su atrevimiento --. ¡Ven, pues! Acá te esperamos.-- continuó burlona --. Le aviso a Edwin que estás buscando chamba con anticipación para mi fiesta de halloween... que te haga pasar y te sirva algo. ¿Qué te provoca, guanaco? ¿Un bloodymary? ¿O prefieres kerosene on the rocks? ¡Eso, eso!... ¿No es lo que chupan ustedes en sus polladas en Comas? Claro,... okey. Ven...ven pues, que estoy temblando seguro... ¡Baboso! ¡Pobre diablo!
-- Tevapesar lo questás diciendo, huevona malnacida.
-- Oye, oye, Elías gay de Comas,... ¿dónde quedó tu refinamiento inicial? Hace un rato no era tan vulgar tu vocabulario... ¿No?
Él calló otra vez. No se le sentía ni respirar. Lo cual tendría cierta lógica en esta performance, pues se supone que el tipo estaba muerto.

Después de unos segundos, sólo era una voz medio gangosa. Como si viniera desde muy lejos. Como si no viniera. Como si no fuera una voz.
-- Escuche...-- dijo acartonado --.Usté, señorita, ha mostrao al mundo que la piedá le parece ridícula y la desgracia ajena es pa’ burlarse. Ta’ bien, pues. Pero siacaba el plazo. A las diez sacan los cuerpos. Sacan todos los cuerpos eneene que nadies reclama. Por última vez no me dejes que mientierren sin cabeza. La Biblia condena eso... hablo en serio ¡Por favor, señorita! -- imploró con patético tono de más allá.

Y reverberó la voz. Se abrieron de par en par las ventanas y aullaron los dobermans como nunca.
-- ¡Esto no puede ser cierto! -- estallaron ajadas las cuerdas vocales de la neuróloga a futuro. Y el auricular hervía a ciento ochenta grados centígrados de temperatura, mientras ella se desplazaba tropezando con todo por toda la habitación. Despeinada, sudando frío y con la bata totalmente abierta, consiguiendo que un vecino de otra mansión frente a la suya se ganara con una vista hasta ahora inédita de su anatomía.
-- ¡Esto es absurdo! Dígame que es una broma... señor, no puede seguir atormentándome de esta forma... ¿Cuánto quiere? De una vez... ¡ya! ¡No aguanto más!
¿Cuánto? Le mando un cheque, efectivo... pero no venga.
Y empezó a llorar histérica, mientras seguía oyendo esa voz esmerilada. Esa voz que seguía martirizándola. Y las cortinas que se movían solas de arriba abajo. Y ella propiciando sin querer voyeurismos en ahora tres vecinos de su exclusivo vecindario.
-- Pa’ mi mala suerte esto es bien tranca de creer, ¿no? pero... tihabla un muerto, deveras questoy recontramuerto, y hablo en serio. Quiero lo mío. Ya te di una prueba con tus ventanas. Las abrí ¿te distes cuenta? Ya. ¿Quieres otra prueba pa’que veas que digo la verdá? .-- interrogó Canales. Luego bajando el tono dijo: -- Mira, ¿tú tiacuerdas cómo tenía los ojos cuando tentregaron mi cabeza enesas bolsas?
-- No... no sé...-- respondió titubeando y media sollozante --. Apenas la vi... acá... cuando la guardé... no sé, todo fue bien rápido y con esos pelos trinchudos que tienes todos por la cara no pude ver mucho. Aunque, espera… creo que tenías los ojos abiertos, ¿no?
-- Llanto.
-- ¿Qué?
-- Nada. Nada. Hora anda pa’tu huarique,... anda y abre el frigider. Vasaver . Ahora vuá tener los ojos cerrados, y pa’ más prueba, mira mira... ¡Ya qué más! Tú solita vasaver que tuavía me sale sangre del cuello. Tonces, me vasa mirar otra vez, y de nuevo vuá abrir los ojos. ¡Implorándote pa’ que cumplas con mi pedido! -- Ensayó una macabra pausa y luego prosiguió:
-- Bárbara, ¡por favor! Ésto es verdá. Dios me dio mi cabeza y sólo Él puede quitármela. No tembronques con el toopoderoso... es corto el tránsito terrestre y miserable la esistencia... ¡No me cagues tamién la eternidá! Anda y arregla como puedas mi más allá! Soy una voz que clama en el desierto...

*

Nunca sabremos si el texto teológico la conmovió un poco más que los ruegos y las amenazas de aquel desestimado varón. Pero sí sabemos, que apresurada y obediente como nunca, subió hasta su laboratorio con la ilusión de no corroborar nada, pues todo aquello iba contra el orden natural de las cosas. Y ella, que casi casi era una médico, con ancestros médicos, con clínica propia y una clientela de puta-madre como decía su amigo Barandiarán. (‘‘¿Cómo voy a dar crédito a este absurdo, producto de las desnutridas masas encefálicas de la plebe de este subdesarrollado país? Este atorrante, pucha... este aborigen no debe medir más que mi intestino grueso. ¡Qué miedo ni qué mierda! Un toque y acaba esta pesadilla’’.) se dijo.

Entonces y amparada en la observante privacidad de la que gozaba su estudio, entró en él con incierto paso y se acercó a la refrigeradora. Detúvose al frente por un momento. Luego la abrió con justificada ansiedad y un estremecimiento nada científico, temblando como nunca antes en su vida. Presa del pánico extrajo la bolsa de supermercado (en realidad las bolsas, pues había una dentro de otra) y recontrapresa del pánico la colocó sobre su mesa de inmaculada fórmica. Metió la mano y jalando por los pelos, sacó la cabeza en litigio. Parecía Persea con la cabeza de Meduso. Cabeza tibia y pesando más de la cuenta. En un tríz, la blanca fórmica se tiñó de rojo a todo lo largo y ancho de su superficie. Se pintó de un rojo viscoso y denso. Pegajoso. Como es la sangre, pues. Bárbara retrocedió inculpada para ella misma y llevo las manos a su dorada cabellera que chorreaba puro sudor.
-- ¡Puta madre! -- exclamó aterrorizada--. ¿Qué es esto? ¿Cómo es posible que este maldito cogote, siga sangrando después de... ¡No, no! ¡No me vas a ganar, desgraciado hijo de puta! A ver..., serénate Bárbara... no creas todo lo que ves que en Comas también hay magos, seguro.-- Y se acercó de nuevo a la mesa intentando sobreponerse del impacto inicial. La apostasía era consentida en sus verdes pupilas. Todavía.
-- ¿Cómo tienes los ojos, NN?-- preguntó histérica--. ¿CÓMO? ¿CÓMOOOOOO?
Y bueno. Creciente trastorno general en su anatomía y en su psiquis. El cholo o el huanaco o el NN, como ella le decía. O mejor dicho, el pedazo de NN, o sea la cabeza de Elías, tenía los ojos muy cerrados.

Espantada miró hacia atrás sintiendo una rara presencia. Como si alguien estuviera a sus espaldas. Alguien o algo definitivamente transparente. Y entonces recordó que, (‘‘según el Antiguo Testamento, el jardín del Edén poseía el árbol de la ciencia del bien y del mal. Y también se acordó de Holofernes y que no tenía cabeza por culpa de Judith, y ella, nada que ver con Judith, que así se llamaba la costurerita de su mami pero no la vieja esa, Nena de Lavalle, la de la boutique en Chacarilla, que igual era costurera pero de buena familia; sino una china que pegaba botones y hacía arreglos en Musa... Y esas monjas del Villa María, seguro la traumatizaron por estar diciéndoles que si eran niñas desobedientes y no cantaban bien el himno nacional pero de Estados Unidos por las mañanas, se quemarían en el infierno eternamente. Éste tipo,... ¿no sería un comunista? ¿Uno de esos que mi papi decía de la reforma agraria que enfermó de los nervios a mi abuela María Esperanza cuando le quitaron la otra hacienda...?’’.)

Y cuando volvió a mirar la cabeza, ésta la miraba fijo y bien feo. Con los ojos muy abiertos, casi desorbitados. Extremadamente abiertos como para que no haya duda alguna de su existencia. Y de su presencia supranatural. Y las pupilas no eran opacas. Por el contrario, tenían un brillo especial. Una siniestra refulgencia que duplicó el temblor y el escalofrío de la Pretell-Aragón, quien abruptamente recobró su fe cristiana y se persignó autómata por tres veces seguidas con la derecha siendo zurda y continuaba diciendo más incoherencias en voz muy baja. Así como susurrando. “Estocada al cuerpo y parada... más golpe doble...”. Hablándole a la cabeza de esgrima. Y ahora de otros temas y en inglés. Y claro, Elías no le contestaba ni pío en ningún idioma, porque las cabezas de los muertos no hablan, pues.

¿Quién va a creer en eso? Pero como buena Virgo, insistente, constante y sobre todo tacaña con los cincuenta dólares que perdería al devolver la capital pieza propiedad del NN, le aplicó en venganza cientos de golpes contra el suelo. Pateándola y estrellándola contra la pared mientras se bamboleaba como una marioneta durante el enajenado y vesánico trajín.
-- ¡Qué malignidad tan rebuscada! ¿Qué thriller de mierda es éste?-- gritó mientras desaforada bajaba las escaleras en menos de un segundo, dejando la cabeza tirada, rodando y dando bote sobre el piso de mayólica todo en rouge.

Otra vez en su dormitorio, cogió el teléfono y otra vez fue:
-- Aló, aló, NN... perdón no, no. ¡Elías... Elías! ¡Please! Háblame... ¡Elíaaasss! ¡HABLA POR FAVOR! Please, NN...
Elías nada. Ni la tos. No daba signos de vida. Ahora sí podría decir que la comunicación estaba muerta.
-- ¡Qué barbaridad! ¡Qué juego maquiavélico el tuyo! ¡Qué bárbaro! Elías, Elías... -- dijo con gran admiración y sincera humildad. Rasgos desconocidos en ella hasta el momento.
Luego de un sepulcral silencio que se le hizo pavorosamente eterno, escuchó decir:
-- ¿Bárbaro yo? Bárbara tú, cojuda. ¡Ja! ¿Ya te convencistes? Fíjate too el chongo que mihubieras ahorrao diabermecho caso mujer de poca fe. Ya pué choche siacabó el chamulle... desabónate, agarra tu movilidá y haz que las cosas sean comuantes, ¿ya? Pon mi incorructa mitra onde debestar. ¿Entendistes?
-- Sí, sí...-- decía ella sintiéndose víctima de un incordio. Incomprendida e incriminada en un affaire de fantasmas incubado en pleno siglo XXI. Apoyada contra la pared porque ya no la sostenían sus pies. Cuando era solo un prefijo de culpa medio desnudo, bronceado, despeinado y tembloroso. Tiritando con fantástica precisión.
-- Ahurita flaca, al toque antes que pase la camioneta... ¡antes de las diez! ¿Quióra tienes allá? ¡CORRE!.-- la apuró Canales--. Porsiaca, ti acuerdas mi nombre, ¿no? Elías Canales Villalaz..., apunta mejor pa’ que se los des,... Elías... tengo veintiocho y mi primaria completa, natural de Canta... ¡Corre! -- insistía él atenazando la conciencia de su aturdida casi casi neuróloga.
-- ¡Corre! ¡Corre! Bárbara, testoy esperando... por favor... ¿Qué dices? ¿Ya me crés? ¡ALÓ! ¡ALÓÓ! ¡ALÓÓÓ! .-- Desquiciado, deshecho, incompleto. Allende. Sin capitel. Con toda seguridad cadavérico.

La aprovechada estudiante de medicina se disponía a decirle que... Pero cayó de espaldas pesadamente. Muy pesadamente a pesar de sus cincuentaidós kilos. Precisos para un metro setentaicuatro de estatura y sus ojos verdes mar del caribe. Y él no obtuvo más respuestas a pesar de las tres docenas de ‘‘¡Bárbara, corre!, ¿me oyes? ¡TRAE MI CABEZA!, ¡trae mi cabeza!” siguientes. Pero siguió en línea, trejo, esperando. Acechando implacable. Con su metro cincuentaiocho, menos los veinticuatro centímetros de la cabeza que no tenía. Y nada. La chica no contestó más a pesar de los reiterados ring ring en el teléfono descolgado. Tampoco fue que no la convencieran los argumentos de Canales y pretendiera seguir durmiendo, así, tan desentendida de problemas capitales de las clases populares en estado protoplasmático; sino que acababa de desmayarse con suma espontaneidad y sin gracia alguna. Se fue contra el suelo, suavizado es cierto por la alfombra blanco humo; pero suelo al fin y al cabo y ahora con manchitas de coca cola diet por todas partes parecida a una alfombra de raza dálmata. Lo último que dijo, muy lejos del auricular fue: ‘‘no lo puedo creer... no...no si es como en las...se...ries de Freddie...Kruger...papi, papi..., ¿hoy es martes 13... Agus?

*

La encontraron en lamentable estado, la agustinatodoservicio, el edwinmayordomo, la gladyscocinera y el nicanorjardinero que ya se iba, pero que también subió ‘‘para ayudar’’ con la felipasololavado, cuando el novio de Bárbara, el joven José Miguel de la Torre Gildemeister futuroabogado pasó a recogerla para ir a cenar, sin anunciarse, pues nadie contestaba el teléfono privado de su prometida. Y se preocupó un montón. Pero ya en el lugar de los hechos, al verla en el piso y arrojando espuma por la boca, se preocupó un montón más y comenzó a dar de alaridos desde el segundo piso de la regia residencia. Y Bárbara totalmente desnuda (pues la bata había terminado hecha un nudo en una esquina del dormitorio), con la mirada perdida y exangüe palidez repetía y repetía, ‘‘la cabeza del muerto me habla’’ y ‘‘tengo que ir a devolverla a la morgue, porque sino el cholo no va a ser atendido por San Pedro’’ y que ‘‘él me ha amenazado con venir a recogerla personalmente” y otras cosas por el estilo que nadie entendía y que a criterio del novio futuroabogadoconbufetepropio, eran necedades, pues el único que la iba a pasar a recoger esa noche era él.

En medio de una cargadísima atmósfera, la hija del doctor Pretell-Aragón convulsionaba una, dos y tres veces seguidas ante la sorprendida concurrencia que ya, en sólido y humanitario bloque, la habían cubierto púdicamente con un edredón de plumas y también llamado telefónicamente a su papá. Pero su papá llegó hora y media después, porque estaba operando de gravísimos problemas neurológicos a un alto ejecutivo de una telefónica y por respeto a su cliente en el quirófano, tenía apagado su celular pues este era de Bell South. Y cuando llegó a la casa-mansión y vio a su hijita futuro mediconeuróloga hasta las patas, comenzó por preguntar: ‘‘¿Le dieron de comer a los perros?’’. Y luego, ordenó un valium de veinte miligramos intramuscular. ‘‘No, mejor intravenosa’’, se corrigió. Y sin temor a equivocarse: ‘‘Tengo en el auto un collar nuevo para Pórthos. ¡Bájalo, Edwin!’’. Y, ‘‘descanso absoluto hasta mañana, mi niña. Vamos a internarte unas horas en observación. En nuestra clínica privada, naturalmente’’.

Y la vapuleada naturaleza de Bárbara reacia con los efectos del sedante. Y el doctor gran-jefe dudando de la calidad de los medicamentos nacionales, pues su hijita seguía despierta y continuaban sus incoherencias verbales, como que, ‘‘si viene no le den kerosene, tómalo para halloween Edwin o se jode sin la cabeza. Porque tenía que volver a Grau antes de las diez y no le hice caso, a Grau, a Grau, cabeza...”

Y el joven José Miguel siempre tan democrático con los empleados domésticos, en un aparte con Agustina preguntando si ¿la había visto fumar a la señorita Bárbara algo raro por la tarde?, porque hasta donde él sabía, Grau se había muerto en el combate de Tarapacá y solo había perdido la pierna y no la cabeza y de eso ya hacía un culo de años y Agustina le dijo, que no, que ese fue Túpa Camaru y que perdió no una sino las dos piernas cuando se aventó de un cerro con caballo y todo. De la Torre Gildemeister, dudando del dato histórico de alguien que no había estudiado como él en el Markham y preso de una angustia brillante y puntiaguda como era su profundo amor por la aprendiza de médico, se retiró de la residencia Pretell-Aragón Olavegoya a golpe de nueve y media peeme con disimulada prisa y un escueto ‘‘nos vemos, doctor’’. Así de fácil. Como si estuviera viviendo un acontecimiento cualquiera y sin relevancia alguna. Acto seguido se refugió en martinis secos y en la buena carta mediterránea del restaurant ‘‘La Gloria’’, con un grupo de amigos, a quienes comentó en secundario tono: ‘‘Mi hembrita está con dificultades respiratorias... con la alergia ésa, que le da cuando se pone nerviosa, cuñao’’.

*

A la mañana siguiente, el neurólogo de turno que era su papá, le sacó a Bárbara radiografías, tomografías, mamografías, resonancias magnéticas y exámenes de sangre, orina, sudor y lágrimas. Y Bárbara sintiéndose cada vez peor, se veía cada vez peor. Eso era lo peor. Entonces papi la internó por tiempo indefinido, ‘‘dado que esta criatura está muy estresada con la universidad. Y la madre... ¡ah! con las hermanas, sigue en Europa... Mucho tiempo la han dejado sola, pues. Tiene agotamiento nervioso por tanto estudio. ¡Será una excelente neuróloga!’’, comentó con orgullo a dos médicos subalternos de su famosa clínica Pretell-Aragón. Y otro lexotán para la joven. Y la joven: ‘‘No hemos devuelto la cabeza a Frankenstein! ¡Llamen a Pepelucho! Él sabe...ya me jodí, papá, la cabeza me habló por teléfono’’.

Y cuando llamaron a Pepelucho que sí sabía (algo por lo menos) se hizo el loco y calló su boca para siempre, evitando enemistades con el neurólogo más famoso de la ciudad, a quien dicho sea de paso, aspiraba tener como suegro, como jefe o como lo que sea algún día de su pelirroja vida.

*

Impalpable y con la mente en blanco, la estudiante recobró algo de lucidez a las cuatro de la tarde del día subsiguiente. Por supuesto, muchas horas, muchísimas horas después que a Canales Villalaz lo lanzaran sin pena ni gloria a su última morada. Una fosa común, que él odiaba con la debida anticipación, no solo por lo impersonal de ésta, sino porque no pasaría de ser un NN anónimo y ramplón para toda la eternidad. Una eternidad que le habían reiterado en la iglesia Evangélica que duraba bastante. Además, estaría en total desventaja con los otros NNs, pues le faltaba nada menos que su cabeza. Y desgraciadamente ya no había nada que hacer para recuperarla. Absolutamente nada.

Como tampoco lo hubo, aparte de buscar sin éxito por los matorrales aledaños a la pista, un mes después cuando el padre de Bárbara, especialista en cuello y cabeza, perdió irremediablemente la suya al estrellar su auto con un trailer mal estacionado y sin luces. A la altura de la cuadra dieciséis de la avenida Elmer Faucett, cuando se dirigía al aeropuerto a recoger, entre cocteles a priori y bruma cerrada a posteriori, a sus familiares procedentes del viejo continente.

Curiosos y testigos en el lugar del fatal accidente, se percataron, a pesar de la niebla, que el cadáver del afamado médicodirectorgeneral de la Clínica Nacional de Neurología Pretell-Aragón, tenía en el gozne, en el cruce entre el músculo trapecio y la vena yugular izquierda, un billete nuevecito de cincuenta dólares. Doblado en cuatro. O en seis. Así como a veces doblan sus billetes los cholos.

 

© Marita Troiano


   

marita troiano | Perú, 1953 | @ Nació en Chincha Alta, Ica. Es licenciada en Sociología y Ciencias Políticas por la Pontificia Universidad Católica del Perú, fotógrafa y guionista de cine y televisión. Desde 1996 es editora del sello literario Carpe Diem. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés e italiano. Además del libro de cuentos La noche anterior, ha publicado los poemarios Mortal in puribus, Extrasístole, Poemas urbanos y Secreto a veces.


ellas: la primera vez