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la otra ciudad

 

A diario despierto en una ciudad distinta. Lo sé por las formas geométricas que la luz dibuja sobre mi cuerpo. Trampas visuales que seducen a Daniel. La primera vez que me percaté de la transformación sentí miedo; observé las caderas más sinuosas y en el vientre una redondez inusual. Me paralicé hasta que Daniel me tocó y le conté lo sucedido. “Estás loca”, respondió; sin embargo, ahora él también percibe la transformación. No se trata de que desconozca la habitación, el cambio no es exterior, sucede en mí. Desde entonces, sueño que se edifica una ciudad sobre la superficie de mi piel. Lo siento desde que Daniel me contempló a través de su cámara fotográfica, esa mirada provocó un derrumbe, destruyó lo que creía que era y ahora mi deber es reconstruirme, aunque ignoro cómo. Lo único que sé es que despierto en un lugar extraño y que sólo logró aprehenderlo cuando me acaricia, el recuerdo de su tacto provoca que mente y cuerpo se reconcilien.

Daniel cree que es un juego y le agrada esta polifonía visual, como la llama. Le gusta despertarse un día en una ciudad poblada; otro, en una provinciana, cerca del mar, en medio del desierto o en la montaña. Disfruta caminarme, recorrerme, visitar mis santuarios. Opina que soy una gran amante capaz de inventar situaciones, dice que soy una bruja porque le hago creer que nunca toca a la misma mujer. “En ti viven todas”, pero yo quiero ser siempre Mariana, despertar un día con la certeza de que habito la ciudad idónea, que no soy una vagabunda ni una exiliada, que soy Mariana viviendo en la ciudad que yo misma construí para mí.

Empiezo a enloquecer. Antes pensaba que las fotografías que me tomaba Daniel eran las que generaban este desconcierto. Presentía que las manipulaba o las trabajaba en el laboratorio y que esos cambios actuaban directamente en mí, creía que buscaba a la medida de sus necesidades. Lo creía porque cada vez que yo comentaba algo al respecto, me decía: “Tú eres mis fantasías. Serás lo que yo deseo”. Sin embargo, la última semana he notado que no es así, cumplo los caprichos de alguien que transita mis sueños. Ese hombre dibuja sobre mi piel un mapa de lo que será su gran ciudad. A veces despierto siendo un boceto distinto al anterior.

En las noches, mientras Daniel duerme, escucho los pasos de mi constructor. Me excita su presencia y poco a poco reconozco la cadencia de su andar, la intensidad de su respiración. Empiezo a acostumbrarme al olor. Últimamente he recurrido a la masturbación, Daniel me escucha gemir, cree que he ideado otro juego y me hace el amor. No sé cómo decirle que lo hago para excitar al hombre que hurga mis entrañas, ya no interesa su satisfacción sexual, prefiero a ese otro. No sé cómo decirle que mis exigencias sexuales han aumentado, que no me basta con que me bese el pubis, muerda los pechos o que me penetre. Quiero más.

Durante el día los trazos se borran, quizá por la inercia de mi realidad. Dejo de ser una ciudad para ser Mariana, la modelo. La labor de mi constructor comienza a ser evidente. No soy la misma; Daniel lo sabe también como yo, aunque lo niegue, o peor aún: aunque crea que se debe a él: “Últimamente estás preciosa”. Es tan vanidoso que está convencido que ejerce un poder sobre mí. Lo que no ha percatado es que sucede al revés. Él es un medio. Tenía que conocerlo para descubrir las posibilidades de mi cuerpo, la certeza de la autonomía corporal.

Al amanecer, se marcha. Lo añoro, entonces abrazo a Daniel para no sentirme sola, lo abrazo deseando que sea el otro. Con las yemas de los dedos dibujo líneas en un acto de imitación, quiero trazar otras calles, otros edificios a los que existen más allá de la ventana.

Mi construcción se complejiza. Ya no sólo soy construcción. Me he empeñado en edificar una ciudad habitable en el cuerpo de Daniel, no por compartir la experiencia sino por saber que también puedo ser constructora. En la vigilia, acaricio su espalda y sus hombros e imagino que viajo por sus entrañas, transformo cuerpo en paisajes nunca visitados. Invento otra ciudad a partir de sensaciones y recuerdos. Probablemente sean alucinaciones o efectos del cansancio. Tal vez confundo la duermevela con la vigilia, lo real con la quimera. No importa, me gusta pensar que en verdad soy constructora y construcción simultáneamente.

Mi cuerpo cambia, mis movimientos se refinan y los sentidos únicamente atienden a lo que sucede dentro. Soy el vestigio de mi propia historia. Durante mi construcción, me he dedicado a recopilar recuerdos, de esta manera ayudo a mi inventor. Mi tarea consiste en realizar el mapa de lo que he sido. Le he regalado mi memoria para que me aprehenda, para que la ciudad que construye sea el resultado del entendimiento de un cuerpo, su carácter y personalidad.

En mi memoria galopan escenas casi olvidadas, situaciones determinantes en mi corporalidad. En la cabeza están acomodadas en orden alfabético esas imágenes, muchas borrosas e inentendibles; pero de repente me sorprendo recordando el porvenir, caigo en la cuenta de que parte de mi historia ha sido una fantasía. El presente sucede tan rápido que es imposible asumirlo. Por primera vez, me he abandonado al hoy, que significa mi propia construcción y Daniel es el cronista de mi transformación.

Nuestro encuentro fue visual. No hablamos, no era necesario. Él debía fotografiarme, para mí era un día de tantos; sin embargo, desde la primera toma me sentí invadida; cada vez que accionaba el botón de su cámara, en mi mente aparecían imágenes de lugares desconocidos. Se revelaron recuerdos como si en lugar de fotos fueran radiografía. Me sentí descubierta, desnuda, lo que él observaba no era el exterior sino mi esqueleto. En esas placas quedé atrapada. En esas fotos me veo tan distinta. Miro a una mujer que se parece a lo que recuerdo de mí. La mirada de Daniel me perturba desde entonces. Ya no trabajamos juntos, no mezclar la cama con la profesión fue una decisión mutua; de cualquier manera, regularmente me fotografía, nos excita a ambos. Y es en esas imágenes donde contemplo la transformación, él también la nota, pero opta por el silencio. Soy su descubrimiento visual. Daniel le atinó al ángulo, se adueño del gesto y le otorgó autonomía a mi cuerpo. Es el encargado de documentar la construcción de mi ciudad. Ahí están las Marianas que he sido y los bocetos de quien me traza.

Todavía me perturba su mirada. Llevo tres años luchando contra el filo de esos ojos. Al principio, me seducía el sentir sus pupilas revelar los pensamientos. Ahora siento que traiciono a mi constructor. Cuando me mira imagino un ejército asechando mis sentidos. Ni siquiera me atrevo a verlo, me asusta que descubra mi infidelidad, sobre todo que se entere de que vivo en un sitio desconocido que jamás pisará. En ocasiones, me exige que le sostenga la mirada, sus ojos inquisitorios apuntalan mis brazos y piernas. En ese momento se adueña de mi voluntad… aunque la recupero por las noches. Cuando lo conocí me atrajo la morbosidad que fluía detrás de la cámara, hoy esa lascivia me intimida, o no, empieza a ser indiferente. Su mirada me acecha. Soy un rehén que se libera. Confieso que en ocasiones, la sensación de saberme prisionera me excita. Vivo una guerra interna, como si de pronto mi cuerpo, mi ciudad, se revelara en un golpe de estado. Tal vez por eso despierto cansada.

Daniel sospecha que tengo un amante. No anda muy errado. Sólo que mi amante no me hace el amor, me construye. No puedo evitar sus celos ni lo puedo obligar a permanecer ni a deambularme. Tampoco puedo negar lo que sucede ni detener esta guerra. Lucho contra Daniel. Es una batalla de almas. Es mi espíritu defendiendo su transparencia... mi cuerpo consiguiendo su autonomía. Es mi historia, la construcción de mi nombre: Mariana, el entendimiento de una ciudad en la que he vivido sin conocerla. Me he vivido en el exilio de mí, y el primer acercamiento lo propició Daniel, él me enseñó a disfrutar mi cuerpo; pero también desató una violencia desconocida.

He dejado de escuchar los pasos de mi constructor, siento las pisadas de los soldados y el peso de los muertos. Quizá el origen de la lucha se remonta a la migración de ciudades tan lejanas como las de mis padres, como si a pesar de mí, perteneciera a una extensa geografía, o fuera el resultado de pueblos emigrantes, de exiliados o de indiferentes.

Sueño que soy Mariana y que alguien me construye. La ilusión de habitar mi propia ciudad me empuja a permanecer en la batalla. Duermo en los brazos de Daniel esperando que el otro termine su obra. Me aferro a esa presencia. Quiero dejar de ser el efecto de una mirada. Pero hasta hoy, lo único cierto es que a diario despierto en una ciudad distinta.



© Miriam Mabel Martínez


   

miriam mabel martínez | México, 1971 | @ Ha sido becaria del Centro Mexicano de Escritores (1996-1997 y 1998-1999) y del programa Jóvenes Creadores del FONCA (2000-2001). En 2001 obtuvo una residencia artística en Vermont Studio Center y en 2002 otra en Writers Room de Nueva York. Ha publicado en el semanario Etcétera, las revistas Casa del Tiempo, Nexos, Vuelo, Los Universitarios, Origina, A pie, Chilango y Crítica y en los suplementos culturales: Crónica Dominical y Laberinto de Milenio Diario; también participó en la antología Generación del 2000 Literatura Mexicana hacia el Tercer Milenio (Fondo Editorial Tierra Adentro). Ha publicado un libro de cuentos con la editorial independiente DAGA y en esto momentos busca editor para su primera novela.