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diario
de una monja renegada
Cómo
iba yo querer que me dejaran para siempre entre maitines y vísperas.
Yo que no sé entonarme, y que nunca quise ir a misa y cuando
lo hacía era a regañadientes. Sé que son
muchos mis pecados pero no me animo a confesarme con el padre
Eustaquio, me da desconfianza como la madre Casimira. Sólo
con Sor Asunción, los ratos que pasamos en la cocina y
luego poniendo la mesa en el refectorio, me da alegría.
Un atisbo de ella. Y como no puedo hablar ni a la propia Sor Asunción
que es tan buena y que de veras pone una mirada de estar en el
cielo cuando da vueltas al cazo donde hierven los nanches en almíbar,
voy a escribir todo en esta libreta. Lo que sé y lo que
supongo, lo que deseo y lo que pasó. Imagino ese acto desesperado
de los náufragos que tiran una botella al mar con un mensaje
adentro, por si algún día llega a una playa y alguien
lo puede rescatar. Esas historias las contaba mi tío Pancho
con quien vivía en Escárcega cuando me quedé
huérfana. El tío Pancho hablaba sabroso, pero mi
tía me gritaba que fuera a ayudar a picar la cebolla para
el escabeche de pavo y a mí me gustaba oír la historia
y me daba asco oler la carne de guajolote hirviendo. Sobre todo
porque yo había visto correr al animal, con sus plumas
negras y el moco rojo que se agitaba en el aire. Hasta lo había
perseguido con un palo para divertirme porque allí estaba
sola y mi primo Manuel era ya un muchacho grande y se iba a trabajar
con el ganado, qué se iba a quedar jugando con una mocosa.
Por eso, supe yo de las botellas y los marineros perdidos, porque
el tío Pancho se sabía historias de piratas que
llegaron a Yucatán y Campeche, le gustaban las intrigas
de mar. Como si allí, tierra adentro de la península,
se necesitara inventar un horizonte más ancho, perturbado
por las olas y los barcos. El silencio nos inquietaba por la noche
cuando nos juntábamos con el chocolate caliente en la mesa
para cenar el escabeche que yo detestaba y que siempre cambiaba
por pan remojado. Tampoco me gustaba la carne de animales de caza
que traían Manuel y el tío. Ellos celebraban en
grande la carne aquella del jabalí con su cuerno en la
nariz. Qué miedo me daba pensar en los ojos del jabalí.
Se parecen a los ojos de la madre Casimira cuando abre las puertas
del dormitorio en la noche para vigilar que nadie esté
despierta con malos pensamientos. Ya aprendí a poner mi
almohada de tal manera que no parezca engaño pero que haga
bulto y me escondo en el baño. Sí, escribo junto
al mismísimo retrete donde todas aguardamos nuestro turno
para vaciar las tripas como si nos quitáramos las inmundicias.
Detesto la palabra. Es la favorita de Casimira. ¿Serán
porquerías del mundo? Pero si no conocemos más que
la capilla, el salón donde aprendemos a leer y escribir,
la sala de costura, la cocina y la huerta. La vida de una muchacha
de dieciséis años no puede ser así. Yo me
voy a escapar. Por lo menos me gusta escribirlo y lo pensé
muy en serio cuando salí con Sor Asunción a comprar
canela al mercado. Con mi túnica de novicia nadie podía
saber que yo era como otras muchachas que pasaban por allí.
Me fijaba en sus cuerpos porque eran hermosos y no estaban ocultos,
y me daba envidia porque yo podía verme como ellas. Me
fui poniendo de mal humor. Volteaba por las calles pensando para
dónde podía correr.
Si
usted lee estas líneas es porque encontró este cuadernillo
que logré extraer de la cocina, porque allí se guardan
los que sirven para apuntar recetas y gastos. Imagine mi destino
conmigo, por favor: una monja deja su ropa por el camino y corre
desnuda hasta llegar al rancho donde está Manuel. Pero
el rancho está tan lejos. Tanto como la playa para el marinero
náufrago.
*
Nunca
puedo seguir de corridito, cuando tengo la idea, y las palabras
brotan y me excitan como la calle en aquel paseo, alguien toca
en la puerta del baño o alcanzo a escuchar pasos de la
supervisora y debo apagar la vela. He tratado de escribir en la
penumbra porque a veces no puedo parar mis pensamientos pero no
se entiende nada y yo quiero que un día me entiendan. Si
me tiro al pozo de la huerta, que se sepa que no es justo que
la hagan a una monja cuando la vida pasa afuera con tanto ruido.
Tal
vez por eso me guste el trabajo con Sor Asunción y por
eso pongo tanto esmero en el blanqueado de las almendras para
pelarlas y hacer el mazapán que luego vendemos. Siempre
encuentro maneras de ser imprescindible en el fogón. En
el fondo quiero que me dejen un día vender por la ventana
del convento que da a la calle. Y eso se gana con buena conducta,
porque yo ya vi lo mucho que les interesan los centavos a las
buenas madrecitas, que no nada más viven de la caridad
y la oración sino de los confites que nuestras manos prepararan
y envuelven en papeles de seda de colores. También de lo
que pagan las familias para que aquí nos quedemos bien
amarradas y muy cerca de Dios. Fue mi tía, estoy segura
que ella convenció a mi tío Pancho porque se empezó
a preocupar de que los dos hombres de su casa me miraran distinto.
A mí me gustaba que lo hicieran. Manuel se acercaba más
a mí y decía que me iba a enseñar a acarrear
al ganado y el tío bebía más aguardiente
para serenarse algunas noches en que seguía hablando de
los piratas y acababa inventando que se enamoraban de las mujeres
negras que habían robado de las islas del Caribe y que
luego regaban hijos negros de ojos azules. Las negras los atrapaban
con el arroz en agua de coco que cocinaban con algún menjurje,
decía. Y así deshilvanaba los sucesos de manera
que los tres, porque mi tía también se encantaba
con las palabras fantasiosas de su marido, veíamos las
caderas de las mujeres de pelo rizado y el torso blanco y duro
de los pillos de mar, entreverándose como panqué
con pasas, como piedras de río hasta volverse un amasijo
de sudores grises y sosegados.
*
Hoy
Sor Asunción me dijo que el Domingo de Ramos vamos a salir
a vender con nuestra canasta en la feria. Que la madre ha autorizado
dos ayudantas para colocar y atender. Llevaremos todo en la carreta
con que trae la leña Filemón. Me gustaría
tener mi vestido azul cielo del rancho, ese del escote. Ese del
último día que estuve en Escárcega.
*
Ayer
acabé tan cansada de envasar nanches en almíbar
en los frascos lavados y de preparar el dulce de papaya que ya
no tuve voluntad de estar despierta hasta que las demás
se durmieran. Suerte que un tabique de abajo de mi cama estaba
medio flojo, porque allí meto el cuaderno. Me muero si
un día no lo tengo. Me muero si no puedo pensar con el
lápiz. Ellas no saben pero conocí hombre. Cuando
supe que me iba del rancho, que ya la tía y el tío
se habían peleado porque yo era como una hija pero debían
ver por mi bien, y “el rancho es su casa” y “déjala
en paz mujer” y “no quiero que alborote a los machos
de la región” y “nosotros la cuidamos”
y un “¿sí?” desconfiado, porque en esa
casa se oía fácil la gritería, me salí
del cuarto por la ventana. Aunque los perros ladraron, nada más
les hice un shsh supieron que era yo. Me trepé el camisón
para alcanzar la cornisa y toqué en la ventana de Manuel.
Primero quedito y luego más fuerte. Cuando abrió
la ventana me miró y sin decir nada me ayudó a pasar;
cerró la ventana para que nos tocásemos en la penumbra
de su cuarto. Nos despedimos con el cuerpo y algo ha de haber
intuido el tío porque al día siguiente nomás
mirarnos decidió que me iba.
*
Hoy
mientras quitaba las cáscaras a las naranjas para cristalizarlas
dije en voz alta: No me arrepiento. Sor Asunción me miró
desde la balanza donde pesaba el azúcar. Otra en su lugar
hubiera dicho que era necesario arrepentirse, pero sus enseñanzas
iban para los asuntos del equilibrio en los sabores, en las medidas,
en la exactitud. Yo creo que sin ella no habríamos tenido
qué vender y yo no hubiera podido ir el domingo a la plaza.
Por poco y me castigan porque esta vez la madre superiora entró
hasta el baño y tocó con fiereza en la puerta. Tuve
que pisar el cuaderno y fingir que vomitaba arrodillada sobre
el retrete. Porque nada detenía a la madre Casimira. Utilizó
su llave para entrar. Miró por todos lados como seguramente
lo haría un carcelero y salió con ojos de furia.
“Usted se enferma demasiado”, dijo. Pero Sor Asunción
peleó por mí, insistió en que me haría
bien el aire fresco, salir a la plaza y que yo era su brazo derecho
en asuntos de confitería del convento. Mayra era buena
para las cuentas. Por eso la llevaron y porque era una soplona
de la madre superiora. Sabía que Sor Asunción no
tenía ojos más que para sus preparados y la chiquilla
enfermiza y rara podría fugarse. Interesaba garantizar
la mesada que llegaba de Escárcega en dinero o en especie
con un buen buey destazado.
Mientras
despachaba en el puesto de la feria, pensé varias veces
en aquel sueño de correr desnuda. Mientras sonreía
a las señoras que se acercaban, intentaba divisar a los
muchachos que desde el puesto de aguas frescas nos miraban.
-Les encanta provocar monjas -repeló Mayra.
A mí me encantaba que me provocaran. Ese día supe
que no sólo Manuel era hermoso, uno de ellos, el que bebía
agua de lima tenía los ojos oscuros más dulces que
he visto. Ya nada más pienso en salir a la plaza de nuevo,
podría escaparme con el muchacho del agua de lima. Hubiera
querido haberme atrevido a acercarme a donde vendían las
aguas, pedir una y rozarlo con mis caderas al tomarla. Que viera
que una monja es una mujer y luego susurrarle que me ayude a escapar.
*
El
otro día las oí hablar de una monja que había
saltado la tapia del huerto hacía cinco años. El
jardinero al que corrieron de inmediato, le había dejado
incidentalmente la escalera de madera recargada en un limonero.
La madre superiora explicó luego cómo los hombres
habían abusado de ella y vivía pobre, ebria y golpeada,
mendigando por las calles. No necesito escuchar esas historias,
sé de sobra que una mujer huérfana no tiene cabida
en este mundo. Necesita marido o convento. Y hoy lo pensé
con tristeza, con tanta, que cuando Sor Asunción fue a
la alacena por harina para los polvorones le di un trago al anís
que me quemó la boca. Entonces pensé en Manuel y
si no podía venir por mí, y si no era cierto que
había algún cariño en las caricias que le
robé.
*
Sor
Asunción amaneció mala y a mí me pidieron
que atendiera la venta de dulces desde la ventanita del zaguán.
Mi corazón revoloteó, porque nunca nadie más
que ella podía estar cerca del portón. Allí,
con la mesa al lado repleta de confituras: dulce de yuca, pasta
de guanábana, dulces de leche y los almibarados de nanche
ciruela, ciricote y papaya sentía que la madera recia de
la puerta era apenas un manto liviano como el de la virgen de
la Concepción. No estaba permitido abrir la ventana hasta
que alguien tocara a la campana, me lo advirtió la madre
Casimira. Los clientes ya sabían que en nuestro convento
sábados y domingos se vendía al público.
Frente a la ventana pequeña no resistía la tentación
de abrir y mirar. Me recargué en la madera del portón
para sospechar los pasos y el aire que afuera corría libre.
Sentí rabia por esa orfandad que me había condenado
para siempre tras esa cárcel. Si Dios se había llevado
a mi madre cuando yo era niña, a quién iba a agradecer
qué. De mi padre no se sabía nada. Pero yo no estoy
para lamentar mi pasado sino para gozar ese asomo de libertad.
Mis ojos en la puerta, mi cara en la ventana. El badajo de la
campana sonó y mi pulso se agitó. Sólo sentir
los goznes de la ventanilla girar me enloqueció como esa
música de banda que nos llegaba a veces por las calles
como un rumor lejano de vidas mundanas. La palabra prohibida y
yo espiando lo mundano con la voz de esa mujer que pedía
dos frascos de nanche en almíbar, yo queriendo mirar el
árbol y el poste y el perro que cruzaba y una bicicleta
y el vestido floreado de la mujer y su mano con una sortija. Quería
pertenecer al cuadro con desesperación, que mis orejas
fueran alas, y así me quedé aun después de
cobrar porque la ventana prohibida había sido abierta y
nadie podía saber si yo seguía despachando o no.
Entonces vi en la esquina a un hombre de camisa beige que parecía
estar mirando al convento. Era un muchacho joven y venía
en bicicleta, pensé en Manuel. Todo hombre era siempre
un Manuel. No se me ocurrió que un convento siempre cerrado
también podía despertar curiosidad. Cerré
de golpe pues escuché pasos tras de mí.
-Hasta pronto, señora, que Dios la bendiga- disfracé
la situación.
Mayra me supervisaba.
-¿Vienes a hacer cuentas?- le pregunté.
-Me encargó la superiora- me dijo socarrona.
Y yo pensaba “vete porque me voy a asomar de nuevo”,
lo iba a hacer cuando la campana repiqueteó y Mayra en
vez de asomarse salió como gallina asustada. A ella le
hacía bien el encierro. Abrí con alegría,
pensando si aún estaría el muchacho en la esquina,
ese, otro, el que fuera, pero un hombre que me mirara. Era él,
el mismo de la camisa color caqui, frente a la ventana sin decir
nada. Y yo menos dije, me le quedé viendo a la boca y el
pelo oscuro. Sentí que me volvía humedad toda.
-¿Quiere almíbares? -me atreví con una voz
fina como el hilo. -De sus labios -dijo atrevido.
Quise arrancarme el estúpido tocado que detenía
mi pelo y dejaba mi cara como un óvalo desprotegido. Destapé
un frasco, lo acerqué a la ventana ofreciendo sus olores.
El metió la punta de sus dedos en el líquido dulce
y untó con suavidad mis labios. Quise salirme toda por
el estrecho boquete. Me dio un beso esquivo.
-Ven a la noche -le dije.
*
Ahora
sólo espero la noche porque voy a abrir esa ventana y sentir
los goznes y voy a sacarme el hábito por la cabeza y mostrar
mis senos, esos senos blancos que acarició Manuel y sobre
los que hoy he vertido gotas de almíbar hirviendo. Allí
frente a Sor Asunción que dio un grito y por eso me llevaron
a la enfermería y luego me dejaron en el dormitorio, sola
y encerrada, porque había obrado contra la voluntad de
Dios. Yo sólo sé que no me arrepiento y escribo
de prisa este mensaje sin dueño, mientras miro mis senos
cicatrizados y sonrío.
©
Mónica Lavín
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