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la
vida perdurable
Era
cierto: el cuerpo vuelve a vivir después de la muerte y
adquiere la forma pasada de su mayor esplendor. Era cierto, pero
fui obstinada y ciega y la fe infantil en los milagros fue incompatible
con las posteriores certezas de la materia.
Somos
millones de hombres y mujeres de todas las edades. Hay niños
y ancianos y recién nacidos. Cada cual ostenta una sola
de las múltiples formas materiales de su vida terrestre,
detenida para siempre en un momento exacto de su devenir. Hay
hombres de noventa años jugando al truco o a las bochas,
alimentando palomas eternas o escuchando una imperecedera radio.
Hay incontables niños jugando los juegos sinuosos de la
infancia, y otros, más tristes, que sólo miran.
Hay recién nacidos desperdigados en los parques y fetos
de cuatro meses flotando por los siglos de los siglos en líquido
amniótico. Hay señoras arrugadas para siempre y
mujeres jóvenes provistas de una belleza que no tendrá
fin (la misma diversidad impera entre los animales y las plantas).
Y también estoy yo con una pollera muy corta de jean nevado,
una remera fucsia con una palmera en el centro, y un raro peinado,
impulsado por una vincha de plástico, que me produce una
tristeza también perenne. La primera vez que me vi en un
espejo, en uno de los pocos espejos que existen, se oyó
un grito de espanto. Vi mi pelo largo hasta la cintura, mis piernas
flacas, las rodillas huesudas, mis ojos más grandes, más
líquidos, las uñas transparentes cortadas con alicate.
Tengo puestas medias blancas y zapatillas rosas. Tengo en las
muñecas pulseritas verdes y amarillas fosforescentes y
en mi cuello una cinta negra de cuero de la que cuelgan un corazón
con la inscripción “I love V. Gessell”, una
calavera y una ballena.
Así he regresado a la vida, una segunda y última
vida que no ha de cesar. Y mi desconcierto no disminuye, a pesar
del tiempo que llevo en este lugar, caminando por tierras baldías,
dedicada a recordar mi existencia anterior como quien recuerda
un sueño al despertar, recuperando minuciosamente las imágenes
para no perderlas, para perder lo menos posible de esa vida otorgada
por una extraña duplicación. Y arrastro este cuerpo
flaco que no me pertenece y que algunos decidieron por mí
en un decreto. Porque a diferencia del alma, que permanece intacta,
este cuerpo póstumo es obra del más inconcebible
y arbitrario de los misterios. Porque más inverosímil
que la resurrección de la materia es que son otros los
que deciden por nosotros su forma infinita, y más inverosímil
aún es que esos otros no sean Dios y su séquito
inmediato, de cuya clarividencia nadie duda. Porque un jurado
de madres, el llamado Consejo Matriarcal Celeste, decide cuál
fue el momento de mayor esplendor de cada una de las miles de
criaturas atemorizadas que ascienden por día. Aunque parezca
imposible, así es. Todas hablan del “mejor momento”.
Lo discuten en los pasillos, en las peluquerías, en las
salas de espera. Es su única ocupación y le dedican
todo su fervor y su vigilia. El peso de una responsabilidad tan
grande a veces las abruma. Son veintinueve madres electas cada
once años (yo, que no dejé descendencia, nunca ocuparé
ese cargo). Entre los miembros del Consejo actual está
Mónica Plisado, la madre de una amiga mía de la
primaria. Cuando su hija ascendió, después de ahogarse
en las aguas heladas de Península Valdés, se decidió
tras un ardoroso debate que tendría la apariencia de la
noche del 20 de septiembre de 1989, tal como lucía en su
fiesta de quince (se dijo que la obsesión de Mónica
Plisado por congelar esa imagen la llevó al soborno y después
al fraude). Ahora Malena ronda desoladamente las calles ilimitadas
con un largo vestido blanco todo bordado. Sus bucles castaños
(perfectos, de peluquería) vuelan detrás de ella
los días de mucho viento.
Viviré
un tiempo inconmensurable, prisionera de un cuerpo anterior, con
una curita sucia en la rodilla derecha (que el Consejo en su exaltación
no previó), pensando en mis últimos días,
mi gata Iris, la frazada de flores, una novela inconclusa, las
palabras de Laura, todos los momentos con Juan, cada una de las
horas, hurgando también en los segundos que me fueron dados
desde el inicio, hasta la invención. Y Juan llegará
algún día, en la forma de un niño de dos
años o ya decrépito o con sus veintinueve años,
ahora que acaricia otro cuerpo, lejos de este misterio, debajo
de la frazada de flores.
©
María del Carril
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