| 
contenido

anterior

siguiente
|
|
del
diario de laura freixas | 1997
SÁBADO
4 DE ENERO
Sesión
con la psi, en la que yo misma, hablando (del supuesto embarazo
y aunque estaba contenta, lo que me angustiaba, la perspectiva
de tener que afrontar, en los próximos meses, embarazo,
mudanza, presentación de la novela [Último domingo
en Londres], … amén de los compromisos de trabajo
y de mi propósito caiga quien caiga de terminar la nueva
[Entre amigas] en este año; de mi terror a la
crítica ante la publicación de Último…,
de lo mal que sin lugar a dudas lo pasaré cuando se presente;
de mi pesadilla: me imagino los titulares en los suplementos:
“Decepcionante primera novela de LF”...), yo misma,
hablando, me daba cuenta, y ella lo ha confirmado, de que la realización
de mis deseos me da miedo, lo vivo como algo amenazador. ¿Quizá,
ha sugerido ella, como si fuera el cumplimiento del deseo incestuoso?
No sé, y creo que no es necesario ahondar en eso, me basta
con darme cuenta de que esa sombra de amenaza se la pongo yo.
Y sé que durante muchos años he retrasado esos cumplimientos
porque me daban miedo, y el anonimato, el vivir oscuramente en
Francia o Inglaterra, era como un refugio.
He
tenido durante tantos años una sensación de amenaza
vaga, de fracaso o desastre inminente, que ahora que no la tengo
desde hace algunos meses (la tenía al despertar y la psi
me ha dicho algo sobre que el sueño es una especie de muerte...
pero ahora no recuerdo adónde llevaba esa observación),
casi la echo de menos, casi me preocupa no tenerla, me parece
que no puede ser que la vida sea algo tan plácido y feliz,
sin sobresaltos. Entonces, je me forge de toutes pièces
un acontecimiento alarmante, imaginándome que estoy embarazada
o que la publicación de la novela va a ser un fracaso estrepitoso,
bochornoso...
También
hablamos de la envidia. Me dijo que si fuese menos envidiosa me
daría menos miedo el cumplimiento de mis deseos. Claro,
temo que la envidia ajena, tan aguda como la mía, me destruya.
Temo quedarme sin amigos, temo ser atacada, ridiculizada, agredida
de esas maneras sutiles que... Esa diplomacia, ese esfuerzo constante
que despliego para caer bien, meterme a la gente en el bolsillo
y que todos me deban algún favor, algún gesto de
simpatía, alguna amabilidad, es algo que a medias me enorgullece
y a medias me avergüenza o casi, me parece signo de debilidad,
de cobardía, la estrategia del débil, como el gato
que al perseguirle un enemigo más poderoso se echa al suelo
y enseña la barriga. No sé si me gustaría
ser un bestia de esos que van a pecho descubierto granjeándose
incluso más enemigos de los estrictamente necesarios, como
Cela que dedica un libro a “mis enemigos, que tanto me han
ayudado en mi carrera literaria”. Es una actitud que no
me gusta. Y sobre todo, que aunque a veces me parezca que debe
de ser más útil, me resulta radicalmente ajena.
Sigo
pensando en la nueva novela, y en lo que he aprendido leyendo
a Yehudit Katzir. Pero creo que hay una trampa en la que no debo
caer, y es la de imitar servilmente lo que admiro, Y. K. en este
caso - como cuando tras el deslumbramiento de leer a Tatiana Tolstoi
me puse a imitarla, a querer escribir en la misma línea,
hacer ese mismo tipo de cuentos. Esa máxima indiscutible
que es “conócete a ti mismo” tiene entre otras,
en mi opinión, una faceta o un significado de resignación.
Creo que fue Simone Weil quien decía que lo mejor es “encarnarse
en lo que se es”. Para mí esto quiere decir que lo
mejor que podemos hacer es llegar a realizar al máximo
las propias posibilidades, pero partiendo de su conocimiento y
aceptación, es decir, sabiendo que las posibilidades de
una son lo que son y no otra cosa; hay que descubrirlas, hay que
sacarles partido, pero hay que conocer, tanto como las potencialidades,
las limitaciones. En cuanto a la nueva novela: yo tengo la impresión
de que está ya escrita en el limbo; que el compromiso entre
lo que querría escribir y lo que puedo escribir es una
cuerda tan tensa, una línea tan fina, una intersección
tan angosta, que no admite grandes fluctuaciones; y que lo que
debo hacer es iluminar, con el mechero, ese terreno oscuro hasta
sacarlo a la luz.
MIÉRCOLES
15 DE ENERO
Me
pasa algo inaudito: escribo con felicidad, con avidez, aunque
sea difícil muchas veces; con un placer casi erótico,
con la misma sensación de estar hipnotizada -y paralizada,
en cierto modo; y enamorada- que en las noches más locas...
Hasta hace muy poco, el día en que al levantarme me programaba
un artículo, una traducción, algo puramente intelectual,
estaba secretamente aliviada de tener una excusa para no escribir.
Ahora, podría hacer todas esas cosas, o podría preocuparme
un poco más porque no las hago y no tengo demasiados ingresos,
y en cambio, no pienso más que en escribir, mañana
y tarde. Aunque luego me esté levantando cada cuarto de
hora con alguna excusa y mi productividad me siga pareciendo muy
baja (aunque la psi insiste en que el trabajo creativo es así;
como me dijo una vez: “de modo que lo que usted querría
es moverse mucho, ir de un lado para otro, en fin, trabajar como
por ejemplo un mensajero”) (Eso: Telepizza...) (Cuántas
frases recuerdo de la psi... “No quiere ser escritora, sino
escritor”. O cuando le dije que parir me horrorizaba porque
era como cagar en público: “O sea”, replicó
riéndose, “que para usted la feminidad sería
una gran cagada”…)
Sigo creyendo bastante en la nueva novela. Creo que está
bien, que tiene gracia sin ser nada del otro jueves, que es amena,
que se deja leer... Yo que siempre me creí vocación
de exquisita, me doy cuenta de que ya no aspiro a eso, a que me
lea una sofisticadísima élite que idolatre mis escritos
y vender tres ejemplares y medio, sino algo más humilde
o más chabacano según se mire. Yo misma me sorprendo.
Creo que estoy escribiendo una novela mediana, simpática,
sin pretensiones. Pero también poética e inteligente,
qué caramba... En fin, que estoy bastante emballée.
Le dije a A. que me parecía que hasta se podía vender
y me dijo que sí, que ella también cree que rescribiéndola,
es una novela que puede funcionar. Me sentí muy ufana.
Luego pensé que claro, que qué me va a decir mi
agente…
VIERNES
17 DE ENERO
Me
llamó el miércoles por la noche G. Ha recibido mi
carta; acepta presentar la novela. Tiene una voz clara, juvenil,
muy hermosa. Veremos... Suspiro. Qué mal lo voy a pasar
el día de la presentación, tan mal como el día
de mi boda. Y qué necesidad voy a tener en cuanto me libere,
de oscuridad, anonimato, gafas, zapatillas, pantalones viejos,
clase de gimnasia, ver las noticias, estar con mi hijita, tener
la cabeza en otra parte...
Crítica
de J. M. en La Vanguardia a Poetas
en la noche de Fonollosa. Lo pone por las nubes: “humor,
imaginación”, “un prodigioso y saludable ejercicio
de antirretórica, de humor y de imaginación, una
descabellada aventura surgida del más desconcertante sentido
común”... y dice:
“Hay
poemas como este: “Debiera limitarme al amor sólo.
/ Hay compenetración con las mujeres / En su cuerpo extendido
sobre un lecho. / Mas, desgraciadamente, uno no puede / hacer
siempre el amor a todas horas. / Fuera del lecho incordian las
mujeres / Son bobas e inconscientes y aburridas / O emplean una
clave que sólo ellas saben interpretar correctamente“,
etc.
Estupendo.
Voy a reírme a mandíbula batiente no sea que alguien
me tome por una de esas torvas y agrias feministas sin pizca de
saludable sentido del humor. En segundo lugar voy a abalanzarme
a la primera librería que se me ponga a mano a gastarme
2.500 ptas. para que me cuenten lo boba, inconsciente y aburrida
que soy. Finalmente, cerraré el libro, excesivo para mi
pobre cabecita, y extenderé mi cuerpo -que es lo único
mío que vale la pena- para ofrecer al primer macho que
pase un rato de compenetración, en vez de incordiarle con
mis pretensiones verticales.
MIÉRCOLES
22 DE ENERO
¿Qué
he aprendido sobre escribir? - pues tengo la sensación
de haber aprendido mucho últimamente, mucho en poco tiempo.
No
quedarme paralizada esperando la inspiración, la percepción
original, la frase brillante, la sensación o intuición
fuera de lo común, sino soltarme, a lo que salga.
Ser
más receptiva, tener abiertos los poros. Es una sensación
física, verdaderamente, de abrirse, una sensación
que tiene algo de erótico.
Introducir
metáforas y símiles constantemente, en todo.
No
buscar el adjetivo, la frase, el símil, por sí mismo,
lo cual es muy difícil y es un callejón sin salida,
no lleva a ninguna parte, sino crear una red. En esa red los adjetivos,
las metáforas, más pobres en apariencia, adquieren
sentido, porque son variaciones sobre las mismas ideas y por su
acumulación van adquiriendo densidad. Por ejemplo los adjetivos
y símiles que se aplican a Tina tienen que ver con las
estrellas y cuerpos celestes, mientras que Eli se identifica con
el agua. Sueña despierta cuando se encuentra en la acera
una sombra verde -la de la cruz de plástico transparente
de una farmacia- y eso le parece una laguna en la selva. Su felicidad
le da algo de miedo y le parece empobrecedora: la compara con
un baño de agua muy caliente -que embota, que es grato,
que se va y no deja nada-. El proceso es a medias inconsciente
y a medias consciente; por ejemplo aquí dudaba entre comparar
la felicidad con un baño o con un hormiguero que cualquiera
-que el azar- puede destruir pisándolo sin darse siquiera
cuenta. Elegí el primero porque Eli se identifica con el
agua. Mi duda es hasta qué punto hay que llevar lo: hasta
qué punto controlar, eliminar lo que se salga de eso o
lo contradice, hasta qué punto analizar sus implicaciones...
A veces me encuentro ante una lista: "Barrio Chino = tal
personaje = tal color = metáforas relacionadas con podredumbre",
etc, y hecha un lío, porque si lo llevo muy lejos empiezan
a aparecerme contradicciones internas, callejones sin salida,
interrogantes, y se vuelve un corsé ("no olvidar que
Ensanche=pardo, Barrio Chino=dorado, Barrio Gótico=azul;
o bien: ¿la "granja", símbolo de una vida
humilde y de generaciones que se suceden sin variación,
está sólo en el Ensanche -granja La Constancia-
o también en el Gótico - Eli y André podrían
ir a merendar a una granja de la calle Petritxol?) Por otra parte
dejarlo al azar lleva a la confusión y al desaprovechamiento,
p ej en la versión anterior de la novela lo de los barrios
y calles estaba demasiado disperso para tener significados claros,
Tina y Eli se veían años después en el Sándor's,
de modo que había que introducir un barrio del que antes
no se había hablado, explicar qué significaba, y
ni antes ni después se volvía a hablar de ese barrio.
Ahora se ven en La Puñalada, un bar del Ensanche: el barrio
del que tanto se ha hablado y que ya tiene un significado para
el lector, y ese nombre que aunque parezca mentira, parezca buscado
expresamente para dar a entender lo que Eli siente ese día
hacia Tina (y viceversa), es realmente un café en pleno
Ensanche, "de toda la vida".
Otra
lección: no desaprovechar temas, símbolos, etc,
no abandonarlos. "Siembras pero no cosechas" me dijo
Clara Obligado respecto a la primera novela. Por ejemplo todo
lo de la cruz de la farmacia y demás escaparates se retoma
al hablar de los cuadros de Tina (que dan vida a los botones etc
de las mercerías, les confieren magia) y en el último
capítulo cuando Eli pasa con los niños por la sombra
de la cruz verde y ellos realmente creen que eso es una laguna.
Es
como hacer encaje de bolillos: hay que ir trenzando todos los
hilos conductores -de temas, de personajes, de argumento, de símiles-,
introducirlos todos pero alternándolos.
Otra
lección: prescindir sin pensarlo dos veces de todo lo que
sobra, suprimir, tachar. Intentar conservar algo que no encaja
con el resto sólo porque nos gusta mucho esa frase o esa
observación no hace más que complicarnos la vida.
Y si eso es bueno y válido ya nos saldrá en otra
ocasión, no está perdido del todo. Es imprescindible
dar prioridad al todo sobre las partes, a la coherencia sobre
el fragmento.
Otra
cosa, que realmente es un skill, mera habilidad, aprendizaje,
práctica: dosificar la intriga. He entendido qué
es la intriga: una serie de preguntas que obligamos al lector
a hacerse, y que vamos renovando, dándole informaciones
incompletas, pistas, respuestas equívocas - p ej yo menciono
desde el principio "lo que ocurrió" la víspera
de San Juan del 76, "al salir de aquella noche en casa de
Atila", hablo de una criada que desapareció misteriosamente,
el lector supone por qué pero no está seguro, luego
con la anécdota del bolso doy pistas sobre la infidelidad
del padre, o digo que la madre prepara las maletas para el padre
y añado "si hubiera sabido quién deshacía
esas maletas…", el lector se imagina pero no sabe,
luego hablo del descubrimiento de la "carta verde"...
otras tantas piezas para un rompecabezas que el lector tiene que
ir adivinando y yo espoleando su curiosidad.
Siempre:
colores, olores, sabores, formas, nombres propios, toponimia,
marcas.... Aunque parezcan banales, siempre enriquecerán.
Lo he aprendido leyendo a Yehudit Katzir; no porque sea extraordinaria
-es muy buena, sí, pero es mejor Proust y no tengo esa
misma sensación de haber aprendido con él- sino
porque la he leído con ojos de escritora, sabiendo lo que
buscaba, y lo he encontrado.
Otra
cosa; utilizar sin miedo lo autobiográfico, pero superarlo.
En la relectura veo lo que sobra, o no encaja, es decir veo la
lógica de la ficción, que se aleja de la realidad.
Parece que los magníficos poemas últimos de Sylvia
Plath, de los que se conservan los borradores, van en ese sentido:
se parte de algo muy autobiográfico y literal, y eso se
va superando, se va haciendo más general, más "abstracto".
Y
no perder tiempo en explicaciones prescindibles y que no interesan,
p ej cómo fue que Tina y Eli empezaron a escribirse –
digo simplemente "un intercambio entre mi colegio y su lycée”.
Es decir, dar la información imprescindible para que el
lector no tropiece en eso, no se quede haciéndose una pregunta
que en realidad no tiene importancia; pero suministrado el dato,
no perder más tiempo con eso. Al lector hay que trazarle
el camino con mucho cuidado.
Y
ahora me tengo que ir. Escribo esto en el hotel Meliá de
Alicante y me tengo que ir a la radio a una maldita entrevista.
He llegado a lo que anhelé durante años, veinte
años persiguiéndolo: a un estado en que sólo
quiero escribir y tener que pensar en otras cosas (aparte del
amor) es un fastidio.
JUEVES
23 DE ENERO
Ayer
me pasé toda la tarde, de 4 a 7, para escribir un párrafo,
el de Eli cantando para sus adentros la canción de Pink
Floyd -toda al revés- y tropezando con el repartidor de
butano. Me reí a mandíbula batiente yo sola y quedé
contenta. Luego, claro, a fuerza de releerlo, ya me parece menos
bueno, un poco pueril... Lo que me preocupa de esta novela es
que le falte tono, que no quede claro con qué intención
se dicen las cosas, si es poético, desgarrado, sarcástico,
intimista... Eso desgraciaba, por ejemplo, aquella novela de Vicente
Molina Foix que tanto prometía y tanto me decepcionó
-no aguanté más de unas páginas-, La
quincena soviética. Pero bueno, habrá que seguir,
como sea. Por lo menos estoy segura de que esta versión
es mejor que la anterior, y que incluso la anterior es mejor que
la novela anterior... que por cierto, teóricamente sale
hoy.
La
he estado buscando en un par de librerías de Alicante,
que por cierto, tras la muralla de horrendos rascacielos tiene
un ayuntamiento de preciosa fachada barroca con columnas salomónicas,
y unas casitas color ocre amarillo, rosa, verde espinaca, morado…
que se recortan contra un gran cerro rocoso y seco coronado por
una fortaleza. Qué desastre lo que han hecho...
VIERNES
30 DE ENERO
Sueño
constantemente con la presentación. Un día soñé
que conocía a G. y para mi sorpresa fumaba como una chimenea.
Anoche, que todo salía bien: la presentación era
en casa de mis padres y a la vez en un merendero; todo era muy
relajado y grato...
Entre
tanto viene gente a ver el piso. Yo estoy aquí trabajando.
Me saludan apenas, soy un mueble más, y les oigo decir
todo lo que harán con mi casa: “Aquí habría
que tirar este tabique para hacer un salón-comedor...”
¡Mis preciosas puertas modernistas de madera y espejo...!
¡Mis molduras, mi lamparita árabe de latón
dorado con cristales de colores...!
MARTES
4 DE FEBRERO
Presentación
de la novela. ¡¡¡Uf!!! Ha ido todo muy bien.
Un
comedor muy luminoso, con boiseries blancas, en Casa
Domingo. Almuerzo relajado. Yo, con no sé cuántos
Atarax encima, estaba muy tranquila. G. cordial y natural. Hemos
simpatizado. Ha entendido bien la novela, ha hablado de “llevar
a un niño en brazos”, de la equivalencia entre escribir
-o traducir- y tener hijos como encarnaciones del misterio de
la creación, y del Ogro, que sería Gerald con sus
esposas-niñas, versus el Cristóforo, que sería
Miriam. Ha empezado hablando de John Berger y la pintura rupestre;
yo estaba demasiado tensa para seguirle. Pero me ha gustado porque
su planteamiento, como en sus artículos, es original, como
si bebiera de otras fuentes: la Biblia, la mitología, el
arte (ha comparado el final de la novela con una Virgen de la
silla de Rafael), los cuentos para niños…
J.
S., un poco o bastante borracha, más suelta que de costumbre,
hablando por los codos. Me ha hablado de mi novela pero yo no
la entendía muy bien. Ha afirmado, hablando con distintas
personas -I overheard- que somos “muy amigas”.
Creo que sí, que la novela le ha gustado. Probablemente
tenga también reparos, que no habrá dicho. En todo
caso la ha leído con atención y con pasión.
Me ha hablado de la “crueldad” de la novela bajo su
aparente “bondad”. Max le parece “un hijo de
puta” (¿?). El personaje que más le ha gustado
es Gerald. Me ha repetido varias veces que había tenido
“mucha valentía como mujer” -aunque ha precisado
que eso no es lo suyo, que ella no escribe como mujer- porque
el personaje de Miriam renuncia, se conforma, dice esto es lo
que hay, renuncia al absoluto...
He
hablado con mamá, se la notaba contenta, orgullosa. Me
ha dicho que se ha leído la novela en un día y que
le ha gustado mucho. Los personajes jóvenes son los menos
interesantes y además se confunden, dice, pero le han gustado
mucho los personajes mayores y el final , el último monólogo.
Para ella es una novela sobre la búsqueda. Todo esto no
me ha sorprendido pero sí el que me confesara que papá
y ella “se han sacado un peso de encima” porque como
han sido testigos de mis dudas y de las dificultades para publicar,
no sabían si era buena. Me ha dicho que no es una primera
novela, que es algo más. Yo que temía defraudarles…
en vez de eso parece que están aliviados.
La
dedicatoria que le hice a P., el momento de dedicarle un libro
en el cual “secretly, under the surface, there is so
much of Bradford and of our life together” era uno
de esos momentos de plenitud -por decirlo de algún modo;
no es exactamente eso-: ese año que pasé con él,
tan intenso a fin de cuentas, y mis atormentadas dudas sobre si
era capaz de escribir –y luchando también contra
él, porque mi ansiedad por escribir le irritaba, le molestaba
cualquier ansia de trascendencia, o en realidad cualquier exigencia
interior, él con su filosofía de vivir al día
y de no complicarse la vida, con su ironía, su desencanto
sonriente, su carpe diem (todavía recuerdo lo furioso que
le ponía mi afición por la ópera y cómo
se empeñaba en asegurar que era puro esnobismo)-... y x
años después, doce creo, le dedico y envío
este libro... No sé si la novela, caso de que pudiese leerla...
¿Se sentiría identificado con Gerald? ¿He
puesto en Gerald la ternura que él me inspiraba? ¿He
conseguido reflejar su sentido del humor, una de las cosas suyas
que más me gustaban? ¿Por qué me ha salido
un personaje mucho más amargo y destructivo de lo que él
era?... No creo que sea un retrato ni halagador ni parecido, pero
es uno de los personajes más poderosos de la novela. Pero
una está siempre con la vista demasiado puesta en el futuro
-cómo funcionará el libro, la presentación,
las críticas...- para disfrutarlo. Quizá no hay
que hacerse ilusiones y estas cosas sólo se disfrutan a
los 70 años.
©
Laura Freixas
|