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supermercado

 

Vas por el supermercado y de repente te las encuentras: Promociones. Separadas del resto, amontonadas bajo un cartel donde dice su precio. Es una oportunidad. Tu oportunidad. La miras, y te preguntas si no harías bien en aprovecharla. Si no la necesitarás más tarde.

La soledad es muy dura, bonita. Tú ahora dices que estás bien, que incluso la necesitas. Quieres disfrutar de tu libertad. Bueno, yo también he pasado por eso. Yo, aquí donde me ves, he tenido mis años locos. Pero uno se cansa de todo, hasta de hacer el golfo. Sí, el golfo, no te lo imaginas de mí, ¿verdad? Tú nunca me has dado una oportunidad de descubrirte mi lado salvaje. Pero lo tengo, bonita, lo tengo. Y, si no estuvieses distraída lo sabrías, que te he dado datos más de una vez. Pero estás a lo tuyo, parece que nada te interesa. Tú te lo pierdes.

En la fila central de la sección de dietética han puesto hoy un pequeño simulacro de granja. Dentro de una garita tapizada de paja hay una empleada rubia con la nariz aguileña y bolsas debajo de los ojos. Lleva pintados los bordes de los labios de un color más oscuro que el resto, y un disfraz de campesina que nunca existió en realidad: corpiño, cofia y zuecos Schöll para estar muchas horas de pie. Te ofrece miel auténtica, primera cosecha sin manipular. Unta la miel con un cuchillito plano en pequeñas tostadas y te las da a probar. Está muy cansada y por eso su persuasión oculta un leve desafío. “Si no me la compra, es que no entiende de miel”. Luego está el aceite. Filas y filas de botellas de aceite, cada vez más bonitas, más caras, más pequeñas. Te preguntas si lo que has tomado hasta la fecha era en realidad aceite. Aquel de las garrafas de plástico. O el de granel, que escocía en la garganta. Oro líquido, dice una etiqueta. Pues vaya.

Y es que eres un encanto, bonita, pero estás por civilizar. Hay quien cree que todo es lo mismo. Pero esto es un arte y yo soy un artista. Yo, a lo largo de mi vida, he ido experimentando aquí y allá, y puedo decir que soy un experto. Yo podría descubrirte mundos en lo que al aceite se refiere. No me importa tu evidentísima bisoñez. Podría decir que incluso me gusta. Te iniciaré en los secretos del aceite, el Gran Lubricante. Te explicaré las diferentes clases de aceituna. Te contaré cómo me jugué la vida en la búsqueda de la aceituna del Tibet; ah, ¿no te he dicho que hace dos veranos estuve en el Tibet en busca de aceitunas?

A veces, las etiquetas que acompañan a los productos son enloquecedoras: “El bambollo es una fruta que crece en el limo de los fondos marinos del mar de la China una vez cada treinta años. Nuestras mujeres-buzo la cultivan con esmero para proporcionarle a usted el placer inigualable de su degustación. Todo el proceso que acompaña al cultivo y recolección del bambollo cumple las más estrictas leyes del comercio justo y sus beneficios inciden directamente en la Fundación para el Desarrollo Psicomotriz y Emocional de los Huérfanos de las Mujeres-Buzo del mar de la China, de la cual es Socio de Honor su Santidad el Dalai Lama”. Tú las lees y empiezas a temer que, antes o después, indefectiblemente, tendrás que comerte un bambollo.

Porque no puede ir uno por la vida como tú vas, bonita. No se puede prescindir de la gente. Tú lo quieres todo. Pero todo no se puede tener. Yo he cumplido todas mis expectativas: podría decirse que lo he conseguido todo. Y ahora, ¿sabes lo que busco? Fíjate qué sencillo. Busco la simplicidad. Un libro, una buena compañía... Tú ahora estás jugando. Y te comprendo. Yo he jugado. He jugado mucho, no vayas a creerte. Por eso te lo digo: ten cuidado no vayas a encontrarte con que jugando, jugando, se te pasa tu oportunidad.

A veces, encima de una tarima se agolpan los últimos cuatrocientos bambollos bajo una dramática pancarta: ÚLTIMA OPORTUNIDAD DE PROBAR EL BAMBOLLO DE LOS MARES DE CHINA. Y tú pasas por ahí y te quedas mirando. Compruebas que hay unas tachaduras en el precio de las unidades, unas cifras en tinta roja que se superponen a la elegante etiqueta original. De pronto, se acerca una mujer al puesto y tú, que ya te ibas, te detienes y te quedas mirando cómo rodea las frutas y comienza a elegir una tocando aquí y allá. Por la esquina de los congelados aparecen otras dos, que, al ver a la primera se acercan rápidamente. Y tú, sin poder evitarlo, vas hacia ellas con el corazón latiéndote por una anticipación de desastre. Visualizas tu despensa, vacía hasta el momento de bambollos, y comienzas a imaginar dónde lo colocarías, cuándo te lo comerías, qué harías con él si al final no te gustaba. Intentas recordar lo que te prometiste después de haber picado en la última promoción, pero aquellas mujeres y otras más están vaciando el puesto y tú te sientes cada vez más agitada.

Y piensa, bonita, que tú me haces mucha gracia, pero no puedo esperar eternamente. No sé, tal vez sea mejor dejarlo así, tú en tu casa y yo en la mía, darnos ambos esa libertad que a ti tanto te gusta. Corres el peligro de perderme, eso sí, pero a mí no me gusta presionar. No podrás decir que te he presionado, ¿a que no? Eres tú quien decides. Ahora. Pero piénsalo bien. Puedo ser tu última oportunidad.

Las mujeres han arrasado el puesto a excepción de un solitario bambollo que te contempla incólume desde la cumbre. Lo miras y te preguntas si no harías bien en aprovecharlo. Si no lo necesitarás más tarde.

 

© Luisa Cuerda


   

luisa cuerda | España, 1958 | Nació en Madrid. Licenciada en Derecho por la Universidad Complutense y en Piano por el Conservatorio de Madrid. Ha ejercido como profesora de piano y de Historia de la Música en Madrid y de abogado en Salamanca, pero desde hace unos años vive en un pequeño pueblo dedicada exclusivamente a la escritura. En 2001 se presentó al Premio Paradores de España con tres cuentos y le premiaron dos de ellos, Donde fui feliz y No volver. Recientemente publicó la novela De puños, almas y otras derrotas.


ellas: la primera vez