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III

 

Es viernes otra vez. El espejo contiene la imagen de una mujer que viste traje sastre color mamey; de la falda corta descienden piernas torneadas, brillosas por las medias; del cuello brota un tallo para florecer en un rostro claro, casi pálido; el cabello largo, suelto, cae sobre los hombros. Ésa eres tú, Adana, y te miras de nuevo para quedarte con esa estampa tuya de mujer ejecutiva, moderna, porque con pijama la que aparece en la luna del tocador pudiera ser cualquiera que se alista para dormir.

Es viernes por la noche, otra vez, estás en casa después de un día larguísimo de trabajo, de una semana de tasar intereses, negociar préstamos, de ajustes en el sector financiero del banco para el que trabajas, mi banco, dices tú, y lo único que resta es la ropa apilada en el piso, el portafolios junto a la cama, la mujer en pijama que se mira a detalle la piel mientras se unta crema en la frente, la máquina contestadora vacía de recados.

Miras el reloj de pulsera y te acercas a la ventana. Esperas sabiendo que falta poco. Ahí está: el silbato del tren, dos pitidos cortos, uno largo, el sonido de las ruedas metálicas sobre los rieles, la máquina rítmica. Por fin vislumbras nueve pisos abajo y hacia el este, el perfil del gusano de hierro que se arrastra en medio de la noche, de todas las noches, en el mismo sentido. El tren se va pero tú permaneces en la ventana sosteniendo el eco de la ilustración fugaz. Corta de pronto el estado hipnótico el maullido de un gato que cae al balcón. Una gata negra, de ojos tajados, verdes, se vuelve a verte y se aleja de un
brinco.

Desde la cama oprimes el control remoto del televisor de modo intermitente, buscas anclarte en alguna trama del telecable. Abres el portafolio, te entretienes con los números de un sobre. Regresas los ojos a una película que comienza y, casi al principio, te quedas dormida.

Un espejo del tamaño del muro te pinta sentada en un aparato de ejercicio. Estás en ese cuadro compuesto con otros aparatos de ligas y pesas, con bíceps que jalan poleas, con glúteos que se exprimen en sentadillas, con la espalda anchísima de alguien que no te es familiar. Estas allá, con todos ellos, en la superficie cromada del espejo. Allá el sudor baja por un camino que dibuja tu brazo, allá duele el abductor que cierra y abre, allá está tu cuerpo delineado por horas de trabajo, cerca, muy cerca de la espalda que carga pesas. Pero es aquí donde tu vientre, a pesar de las abominables, como les dices, sigue abultado, aquí donde te esfuerzas para ser la de allá, es aquí donde el hombre de las pesas hace una pausa en su rutina y sus ojos y los tuyos se encuentran en una sonrisa. Una sonrisa débil que ofreces cada vez que tu mirada lo toca en el espejo, se borra cuando él pasa junto a ti y parece que te concentras más en la panza, que nunca ha sido plana ni cuando tenías veinte años.

En el supermercado el juego de detective salta cada vez que topas con alguien. De las mujeres, cuál de ellas podrías ser tú, la de los pantalones de mezclilla y tenis que echa al carrito diez cajas de tampones, la de negro con botas hasta el muslo que se pasea por el corredor de licores, la que se detiene frente a ningún producto en particular y roza con su nariz la nariz del pequeño que viaja sentadito, con una bolsa de frituras en las manos, o la que va con prisa rumbo a la caja y sólo lleva una mantequilla baja en grasa. Cuál de ellas podría ser Adana e intercambiar por un momento, lo que dura la compra, de vidas, presupuestos y dietas. Dónde estás tú, entre todas ellas, y la pregunta queda muy bajito en la cabeza hasta que se esfuma cuando dices al teléfono que vas a estar en casa de unos amigos esa noche pero que si quiere pueden verse al día siguiente, a cualquier hora está bien, sólo tienes unos papeles que revisar, que te llame de nuevo para confirmar la hora porque comer con sus hijos, tus sobrinos, te encantaría.

Lo que resta del fin de semana avanza rápido entre la reunión de botanas, dominó y cervezas, los números que escribes en los papeles salidos del portafolios y las risas de los niños que te abrazan el corazón. Pero se detiene lastimosamente durante las noches, en los claros que quedan en la cama, en el silencio que rompe el tren, en el artículo que acabas de un tirón porque no puedes dormir aunque trates, en cada una de las letras de tu nombre, Adana, y que nadie pronuncia.

Es la primera hora del primer día de la semana, momento generoso porque aleja la nostalgia que te acompañó cuando el cielo estuvo oscuro, porque entrega la mañana ya con luz de un día en el que te sientes segura, guapa con tu vestido entallado y corto que vistes al salir del gimnasio. Porque una secretaria ofrece café y resuelves cuestiones importantes de asuntos monetarios, de la macroeconomía, porque eres la única mujer en el área financiera que no es secretaria. El lunes es el día que más te gusta ya que enfrentas mayores retos: la planeación de la semana, el trabajo a supervisar de tu equipo, porque tienes energía para resolver cualquier problema, es cuando más inteligente te sientes, cuando más capaz en tu oficio haces que te reconozcan los demás.

Recibes varias llamadas pero sólo contestas dos: la de tu madre que te pide la acompañes al doctor y a quien ofreces dos posibles momentos de la semana — estás muy ocupada, hay mucho trabajo con esto de renegociar deudas, pero sí quieres ir, de veras, mamá, aunque dibujas una mueca sobre el auricular—; y la de Juan José. Para él tienes más opciones: se pueden ver cualquier día por la noche o a comer, mejor tomar una copa, quizá ir al cine, aunque lo que quieres es que acaben en tu casa como la otra vez. Acuerdan cenar al día siguiente y cuando cuelgas la seguridad que dan tu nombre grabado en la puerta de tu oficina, la computadora para uso exclusivo, tu perfume, se evapora. Te quedas pensativa, congelada por un bochorno que va desde los pies a las mejillas. Entonces se suspende el ritmo del papeleo, de tus ojos que corren por escaleras de números. La calle que miras sostiene tu aliento. Tus compañeros de trabajo acaban con esa sensación que estorba para ejecutar cuando te invitan a comer. Seis hombres y tú a la mesa como si fueran iguales, el trato que has reclamado para hablar de clientes y carteras vencidas, para criticar a las esposas que no conoces cuando alguno se queja de la suya porque hay mujeres que no entienden cómo es el trabajo. Pero usas las cualidades de tu cuerpo bien formado, la paciencia para esperar que alguien encienda tu cigarro y hoy, otra vez, no te permiten cooperar con la cuenta.

La secretaria se despide ti, Adiós Adana, pero a los otros les desea Buenas noches, licenciado. Te da rabia la diferencia porque ahí todos son licenciados y tú hasta cursaste un postrado en el extranjero, porque ellos la llaman por su nombre igual que tú, porque no le ofreces un trato especial y para ella tú no eres ni licenciada ni ingeniera ni doctora sino Adana a secas, sin el respeto que le da a los varones, que te niega, porque estás segura que lo de ella no es solidaridad e igualdad de género, sino rivalidad entre mujeres, porque que un hombre sea superior a una se acepta sin cuestionar, pero que sea mujer la quien ordena a otra, es intolerable. Un compañero pasa por tu oficina a despedirse y aprovechas para plantearle el asunto del mundo sexista, de lo misóginas que pueden ser las mismas mujeres, para que vea que hay autocrítica, de lo difícil que es para ti haber llegado a donde estás y luego cómo, con pequeñas diferencias, se discrimina. Tu compañero se despide: Buenas noches, ingeniera Adana. A los dos les da risa.

La fachada del edificio del banco es un espejo negro con puntos de luz que salen de algunas ventanas, una de ellas mira a la calle y atrás permaneces tú, dándole vuelta al asunto de la renegociación, sosteniéndote la cabeza con la mano. El cenicero es un volcán de colillas. Apagas la lámpara y te despides cortés del policía. El hombre sugiere poner los seguros, usar el cinturón de seguridad, que vayas con cuidado. Sí, poli, y meneas la cabeza porque sabes que jamás le daría esas recomendaciones a tus compañeros varones, aunque lo
agradeces. Apenas llegas a tu casa se escucha el tren, es la media noche, pero hoy no te asomas para ver la oruga, ambas avanzan (tú yella) despacio por la noche en distintas vías. Te miras desnuda frente al espejo: revisas la altura del busto, la piel de naranja en los muslos, buscas canas en la cabeza. Bostezo tras bostezo te metes a la cama y en el aire que entra por tu boca llega al estómago una contracción que se llama Juan José. Piensas en él, te gusta recordar la manera como a veces dice tu nombre, cortado y suave, al momento de la eyaculación. Tú misma dices en voz alta Adana, evocándolo, mientras con una mano separas tus labios húmedos y encuentras una almendra húmeda, y con la otra recorres tus pechos de jícara, la ruta de tu cadera. Juan José, dice tu boca cuando consigues hervor entre tus piernas. Te reacomodas en la cama, te cobijas y te acuerdas de cuando tu mamá te cobijaba, Buenas noches, Adanita, con un beso en la frente, y te quedabas dormida de inmediato, quizá porque eras niña.

Ay, Adana, Adana, dices en voz baja mientras te acomodas el cabello en el baño de la oficina.. En unos minutos llegará Juan José y retocas tu maquillaje, el color de labios, alisas el vestido que estrenas y que salió carísimo, pero que te sienta bien. Para eso trabajo como burra, pensaste al momento de entregar tu tarjeta de crédito a la dependiente que lo empacaba. Para eso tienes dinero y lo gastas en lo que se te antoje, porque no tienes otra obligación más que tú misma y consentirte con lencería italiana, un carro del año que sacaste con ayuda del banco, el viajecito de cuatro días a Nueva York, con la botella de champaña que se enfría en el refrigerador. Ahorraré después, en otro momento, te justificas, porque ahora toca disfrutar por el gozo que te prohibiste con años de estudio y trabajo, con las quemadas de pestañas por las madrugadas, con los desmañanones para cumplir con la maestría y los compromisos del banco, con los novios que no tuviste porque tenías que trabajar muy de noche y estudiar los fines de semana. Desde que asististe a la carrera tenías muy clara la imagen que deseabas de ti misma, que es la que ahora te regresa el espejo del baño. Pensabas que ningún esfuerzo sería demasiado para conseguirlo, y ninguno lo fue porque los venciste todos, falta de tiempo para ti y las amigas, para la familia, para el amor, de ser la única mujer, de aguantarte las bromas de los hombres, la de forjarte con un lenguaje y una mirada que no te hicieran parecer menos ante los otros. Ay, Adana, Adana, repites cuando guardas tu estuche de maquillaje en el bolso y regresas perfumada a la oficina. La cita es a las siete treinta y son las siete veintinueve, marcadas por el reloj negro de números digitales y rojos. Sentada tras el escritorio amplio de caoba, nerviosa, fingiendo que no lo estás, sin concentrarte en el documento que descansa frente a ti, esperas. Siete treinta y tres, confirmas con tu reloj de pulsera la hora roja. Aprietas los labios para retocar el bilé. Adiós, Adana, dice la secretaria, te ves muy guapa, ¿vas a salir? Voy a cenar con un amigo, respondes, nos quedamos de ver a las ocho, para que ella no se atreva a sospechar que al otro no le interesa ser puntual, para calmar la ansiedad que crece desde la tarde. Suerte, te dice. Le das las gracias porque sabes que la necesitas. El portero avisa que alguien te busca en la entrada y dilatas un poco en bajar. Se encuentran con un abrazo y subes a su coche negro que se dirige a un restaurante.

Le miras el traje que viste, la camisa planchada a la perfección, cómo te gustaría que tu ropa quedara así de lisa cuando la planchas tú; las uñas cortadas al ras, el vello de las manos. Del qué te has hecho y los pormenores de sus trabajos, de aventuras de aeropuertos en viajes de negocios, de notas políticas, se colman los platos de la cena. Las copas de vino se vacían lentamente y se llenan del deseo de ambos que por fin brota cuando él te toca la pierna por debajo de la mesa y besa tu mejilla. Entonces pide la cuenta y en el camino su mano viaja por tus piernas, tus manos le acarician los muslos, tus ojos encima de él, no lo dejan. Ya están en la entrada del edificio, ya adentro de tu departamento, ya sirves una copa de champaña.

Te abre la blusa y tira un chorrito de alcohol entre tus senos, lo bebe con la lengua. Te sube la falda y sus manos aprietan tu cadera. Tienes los ojos cerrados, le revuelves el cabello, le aflojas la corbata, se besan. Le indagas el rostro con los dedos, le besas el pecho, le desabotonas el pantalón, te robas su sexo para que luego él se pierda en el tuyo, y la única palabra que se oye desde que llegaron es tu nombre, Adana, entrecortado y suave.

Despiertas en la madrugada, él no está. Te levantas y recoges el sendero de ropa que va de la recámara a la puerta de la casa, lavas las copas y vuelves a tu cama a oler las sábanas, a respirar su aroma. Y aunque reconoces que ése es el trato, no puedes negar que quisieras que se quedara una noche completa, que le inventara algo a su mujer, que un día se rompieran las reglas y hablara de sus hijos, de qué siente por su esposa, y tú decirle algo íntimo, lo que fuera, con tal que él quisiera recibirlo. Pero acordaron que así sería, por el puro gusto, sin expectativas, con la menor cantidad de emociones posibles, fuera de la vida establecida, sin mezclar terrenos, y tú dijiste que sí, que no buscabas nada más, que en tus planes no está una relación formal, mucho menos ahora que buscas un ascenso, que un poco de cariño de vez en vez no cae mal, porque cómo decirle o cómo decirte a ti misma, Adana, que necesitas afecto todo el tiempo, que requieres una presencia para afianzar la parte afectiva que se pierde. Porque si se lo dices a él, se va, crees que los hombres salen aullando cuando algo les huele a compromiso. Si te lo dices a ti misma, te pones a llorar. Entonces, mejor así, y llegas en taxi muy temprano al trabajo para que nadie sospeche al ver tu coche en el estacionamiento y tu oficina vacía.

Hoy eres una mujer distinta a la del lunes porque un tono de suavidad permea tu voz, porque irradias la belleza que el buen sexo da, porque tus ojos tienen un brillo algo triste. Y así, más frágil que ejecutiva, más sentimental que racional, te internas en un mundo de papeleo y fórmulas que te atrapa, dejas que te consuma para salir de tus sentimientos, para no estancarte en la espera de que llame, porque cuando no llama piensas que anoche fue la última, que se acabó para siempre, que ya no le interesas, que algo hiciste mal. Entrada la tarde, todos vuelven de comer y tú sigues ahí, fumando un cigarro tras otro, sin hablar con nadie, sin reparar en nadie. Esta vez la secretaria y tú dejan al mismo tiempo la oficina y vas directo a casa, a descansar de la noche anterior, del exceso de trabajo, a comer algo.

En la contestadora suena la voz de Alberto, tu amigo de la preparatoria, y lo invitas a cenar porque aunque tienes sueño no quieres estar sola, es demasiado el espacio que no ocupas. Tú le hablas de los hombres y él también, del precio del trabajo y él también, pero ambos se consuelan diciendo que es una etapa, que la pasaron divertidísimo en Nueva York, que cada cual tiene su casa, que les va bien, que tienen lo que otros ya quisieran. Porque tampoco te imaginas de ama de casa, ni corriendo tras los niños desde el teléfono de tu oficina, y mucho menos planchando las camisas, además no te quedarían como las de Juan José. Alberto dice que él sí quisiera tener una familia, un par de hijitos y comer los domingos con sus papás, pero qué le vamos a hacer si me gustan los hombres y no me puedo enamorar de una mujer, aunque he estado pensando en llegar a un acuerdo con una amiga lesbiana y formar un hogar.

Esa noche, Adana, eres más plena que la anterior porque un corazón acompaña al tuyo fuera de la rivalidad profesional, de las expectativas de otros, del baile de hormonas. Cuando Alberto se va, se abrazan fuerte, cómplices, amigos. Justo entonces se escucha el aviso del tren y asomas por la ventana. La luz prendida del departamento te permite ver hacia adentro y hacia afuera al mismo tiempo. Estás tú , con la cara lavada y pants en el vidrio, está del otro lado el tren que repta por la tierra. Tu imagen es también parte de afuera y montas los vagones que salen de ti; el tren, entonces, también viaja adentro en tu departamento. Recuerdas el tren que recibió tu hermano una navidad.

Eres una niña, Adana, que mira las cajas de regalos debajo del pino atiborrado con esferas. Traes puesto un camisón rosa pálido, una bata que apenas cierra por el cuello con un botón, el cabello rubio despeinado. Tu hermano descubre que es un tren lo que viene en la cajota y ya están tu papá y él armando la vía, descifrando el instructivo, sintiéndose arquitectos, maquinistas, viajeros. Y ahí estás tú, contemplándolos, deseando que ellos miren tu muñeca nueva que trae
un par de vestiditos para cambiarla y el juego de té de plástico blanco adornado con flores en los bordes. Pero a ellos no les interesa porque hay problemas con las vías, con el diseño de la pista. Te sientas en una orilla de la sala para servir el té a tu nueva invitada, la señora Rosas, nombre con que has bautizado a tu muñeca, y ambas platican. Tu mamá te besa la frente y entra a la cocina porque la comida será en casa de los abuelos y tiene algo que preparar.

Eres una mujer, Adana, miras el último vagón que se aleja como todas las noches, y te preguntas qué habrá sido de la señora Rosas y sus vestidos, del juego de té que no se parece en nada a la vajilla que hay en tu casa, qué habrá sido del tren que se semeja tanto a éste, que viaja todas las noches cerca de tu ventana.

Las espaldas anchas que cargan pesas en el gimnasio se acercan a ti, Adana, o más bien a ella porque miras sus pasos en el espejo, porque allá se encuentran sus ojos, antes de que frente a frente te diga que te vio el otro día y se preguntó en qué trabajas. Le dices un poco presumida de tu puesto, él comenta que también es banquero, y le dices que te llamas Adana cuando anota tu número de teléfono en un papel. Entonces, sales guapa del gimnasio, ahora con un traje azul marino de saco y pantalón, ya con prisa porque te entretuviste con las espaldas anchas, con la seguridad en ti misma afianzada. En tu oficina, ordenas a tu secretaria un café, ni siquiera le das las gracias porque preparas a toda vela los papeles que necesitas para la junta.

En una mesa oval se sientan ocho hombres y tú. Tu jefe inmediato plantea el asunto y cada quien expone los avances de su área. Discuten cada término, cada paso, la lógica del futuro económico y monetario, te empieza a doler la cabeza pero no puedes excusarte, tampoco deseas bordar en cada punto. Pero el jefe te pregunta directamente tu opinión. Reflexionas en voz alta porque no tienes una posición al respecto, pero mientras hablas los otros se callan y de repente sabes que en esa mesa estás tú y ocho hombres escuchan la propuesta que armas en el aire y que tu jefe, entusiasmado y sorprendido, agradece. La guía de trabajo se elaborará de acuerdo con la idea que la ingeniera Adana Robles propone, dice él. El dolor de cabeza desaparece, algunos de tus compañeros hacen gestos de aceptación. Al salir de la sala de juntas tu jefe comenta que después de esa reunión queda convencido, el puesto es para ti, mañana anuncia el nombramiento, te mudarás a una oficina más grande, el aumento de sueldo es poco por la situación del país, explica, eres del tipo de mujeres que busca para que colaboren con él. Un compañero de trabajo escucha esto y cuando pasas a su lado, dice en voz baja pero para que oigas, si yo tuviera esas nalgas quizá también el jefe me promovería. Entonces te vuelves furiosa y le gritas para que oigan todos, le grita el animal salvaje que guardas en el pecho, le espetas: Yo no sé si quieres mi puesto o coger con el jefe, pero para ninguno de los dos ni tu cerebro ni tus nalgas ni tu pito son suficientes. Caminas violenta y cierras la puerta de tu oficina. Afuera el aire es una masa transparente que envolvió a todos y los dejó inmóviles. Ni una sola voz se escucha y cada quien se guarda tras su escritorio, con la orden de la nueva guía, y tú Adana, estás enrojecida del coraje, feliz de haberte lucido, de haberlo humillado.

Pides a tu secretaria un par de aspirinas y algo de comer. El dolor de cabeza permanece aunque ya dócil, manso. Abres la puerta y te pones a trabajar sobre las conclusiones de la junta. En ese momento te asienta la noticia del nombramiento y te llenas de gusto, no importa ya la insinuación de aquél, no es nuevo que cosas así sucedan. La secretaria lleva lo que le pediste y cuando está por salir, habla: qué bueno que le dijiste eso, Adana. Lo malo que es que ya no voy a ser tu secretaria. Y por primera vez en ocho meses miras el centro de los ojos de la mujer. Por impulso te pones de pie y la tomas de los hombros. Es casi un abrazo lo que le ofreces cuando agradeces su apoyo. Regresas a tu escritorio y, mientras comes marcas el número de Alberto para comunicarle la noticia pero no ha llegado a su trabajo; marcas el número de tu hermano, pero está en una junta; llamas a tu madre y confirma que la cita con el médico es esa tarde, no le dices nada, en la noche quizá. Cuelgas el teléfono y extrañas a tu papá. Cómo te gustaría que aún viviera y lo recuerdas joven, cuando te llevaba a la escuela y gritaba desde el carro: rómpeles la boca si te molestan, en un tono
que te daba ánimo para vencer los problemas de matemáticas, para defenderte si alguien tomaba tu cuaderno o tu cepillo, para enfrentar cualquier obstáculo en la vida. Te gustaría decirle, les rompí la boca, pá, pero él no está y envías ese pensamiento al cielo. Suena el teléfono y la secretaria te avisa que alguien llama, es personal: las espaldas anchas del gimnasio. Le comentas de tu ascenso, te felicita y propone celebrar del modo que quieras. La verdad es que tú no sientes muchas ganas de salir con él, pero una oficina nueva es demasiado grande para ti sola y aceptas su invitación para otro día.

Llegas tarde por tu mamá y ya está ella en la puerta, con su paraguas en la mano, con actitud de enfado. Todo el camino habla ella, la escuchas a ratos, a ratos piensas en tus cosas, a veces asientes con un ajá. Que si los problemas domésticos, que si el nieto se cayó y nada grave pero se rompió el brazo, que si el próximo domingo hay comida familiar, que el dolor ya no es tan fuerte pero que siente una bolita arriba del ombligo. En la antesala te acuerdas de cuando era ella quien te llevaba al doctor y ahora le miras las manos moteadas de copos
marrón, sus ojitos empequeñecidos por los párpados derrumbados, por los lentes, y le acaricias la cabeza. Pasan juntas con el médico. Observas la manera cómo la ausculta y el juego del detective te asalta. Serás así algún día, Adana, tendrás una hija que te acompañe al doctor, serán esas manos un anticipo de las tuyas, pero antes de que puedas responderte el médico explica: todo está bien, sólo una pequeña bolita en el vientre que más vale sacar para prevenir cualquier cosa, para asegurarnos de que la mujer viva muchos años más. Miras a tu madre con la cara de valentía que le has visto siempre. Sientes un golpe seco en el pecho. Al salir del doctor la invitas a tomar un café, le ofreces cuidarla cuando la operen, la convences de que es algo rápido, sencillo, que la microcirugía es una verdadera maravilla. Ella te escucha y de pronto te parece como si estuvieras tomando el té con la señora Rosas, con tu vajillita de plástico blanco, porque tu mamá no dice nada y te sientes tan impotente como cualquier niño para hacer algo por su madre.

La dejas en su casa y cuando llegas a la tuya, le llamas para asegurarte que está bien, la escuchas más animada. Te sientas a oscuras en la sala y una maraña indescifrable e invisible te invade. Eres Adana, la nueva gerente del sector financiero capaz de resolver cualquier asunto de números y carteras, y al mismo tiempo eres Adana, asustada por tu mamá porque no quieres que nada le pase, porque no quieres que te abandone para siempre como ya lo hizo tu padre.

Atrás escuchas un maullido, hace tiempo que chilla, pero hasta ahora lo identificas. Encuentras la gata negra en tu balcón. Abres la puerta y el animal entra más rápido que lo que tardaste en abrir y cerrar. Lo llamas y se acerca, te mira cauteloso. No eres tú, Adana, la que se pregunta quién es la gata y de dónde viene ni si tiene dueño. Es la gata la que te cuestiona con los ojos quién eres, si le vas a dar de comer, si el sillón es lo suficientemente cómodo. Nunca te han gustado los gatos pero ahora le sirves leche en un platito y la gata bebe. Le acaricias el lomo, te sorprende reconocer todos sus huesos debajo del pelaje; le miras los ojos claros y bizcos, observas el tamaño de sus bigotes y no te parece tan fea porque hay algo en ella que te consuela y es que está viva, como tú. Cuando la gata termina la devuelves al balcón, afuera dejas el plato en que comió con un poco más de leche. Miras el reloj de pulsera. Ya pasó la media noche y no escuchaste el tren. No sabes si se arrastró en silencio, si no lo oíste por atender al animal. No sabes dónde estará el tren y si sigue su rumbo. Las vías te parecen dos cuchillos larguísimos que dividen la tierra, dos cuchillos abandonados, filosos.

No lo sabes, Adana, pero no es tu deseo de optimizar el tiempo ni tu aparente organización, la que te mueve a hacer el mayor número de cosas posibles de manera simultánea. Jalas el botón de la lavadora de ropa para que empiece a llenarse, escuchas los recados de la grabadora mientras orinas, no escuchas los mensajes con claridad así que debes regresar la cinta y atender de nuevo mientras separas la ropa blanca de la de color. Ahora, mientras marcas el número de tu amiga Paty, pones agua a calentar para hacer té. Escuchas a Paty mientras sacas la lima de uñas porque tienes un despostille. Cuando te sientas sobre la cama para arreglarte la uña, miras la ropa, y dejas la lima para llevar la ropa a la lavadora que ya ha terminado de lavar, pero sin carga. Vuelves a iniciar el ciclo de la máquina, vacías la ropa, y ahora sirves en una taza el agua que hierve desde hace rato. Al mismo tiempo se supone que has entendido lo que pasa con Patricia y su esposo, porque le dices que se tranquilice, que no es para tanto. Pero te percatas de la gravedad del asunto cuando repite que quizá le tengan que quitar el riñón y no hay posibilidades de trasplante. Te quedas tiesa, Adana, porque comprendes el miedo de tu amiga, lo sentiste cuando llevaste a tu madre al médico, porque te invade a veces sin motivo aparente. Tu voz cambia y le dices que no se va a morir el hombre porque es sano, que ella tiene madera de guerrero, que busque otra opinión. Ella continúa desahogándose, el té se ha enfriado y la lima de uñas no está sobre la cama. No sabes qué decir, cómo ayudar, sólo interrumpes el casi monólogo de vez en vez para decirle que lo sientes, que estás con ella, que si necesita un préstamo bancario para irse al extranjero, puede contar contigo. Quedas de verla cuando ella pueda y tenga humor, que no la quieres presionar, no te quieres presionar, con la visita. Le mandas saludos al marido. Cuando cuelgas el teléfono, suena la señal de la lavadora y corres para echar la ropa a la secadora. Otra vez pones a calentar el té y miras junto a la estufa la lima de uñas. El teléfono está ahí y sientes el impulso de marcar un número, el que sea, y llamas a tu hermano para comentar sobre la salud de tu mamá. El cable de teléfono se llena de tensión porque él no puede atenderle por su trabajo, y que debes ser tú, la hija, quien la
mire, porque aunque tú también trabajas, su labor es más importante que la tuya, tiene esposa e hijos, están por ofrecerle un nombramiento. Azotas el teléfono y ese golpe rompe la piedra atragantada para disolverla en lágrimas. El olor a quemado te llega y recuerdas el té: el agua se evaporó y la jarra se ahumó toda. No sabes si pueda quedar bien otra vez. Y así, mirando el traste, oyes el silbato del tren y corres a la ventana para verlo, son apenas cinco o seis minutos lo que tarda la oruga en cruzar tu vista. Cuando la escena concluye, tu mirada cruza con el plato de la gata, que aún tiene leche. En el gimnasio te encuentras con las espaldas anchas y se saludan con un beso en la mejilla, no en la imagen brillante del espejo, sino aquí, Adana, donde sientes quebradizo el cuerpo que fortaleces con las pesas. Acuerdan verse en 20 minutos para ir al desayuno festejo. Esta mañana no te sientes guapa con la lencería italiana ni con el traje café oscuro que sabes que te va bien. Ni siquiera la posibilidad de conocer las espaldas te anima, y eso ya es demasiado sintomático en ti, Adana.

Él pide, sin preguntar si se te antoja, un par de mimosas para celebrar y antes de entrar al dónde vives, cuántos años tienes, nunca te había visto en el gimnasio, alza levemente la copa de jugo y champaña: yo sé lo difícil que es, felicidades. Te conmueve que un extraño valore lo que te sucede en el trabajo, tan de primera instancia, sin antecedentes tuyos, sin tu historia. Es quizá por ello que le cuentas sobre la salud de tu mamá y le aclaras que tu padre murió hace varios años, cuando recién te habías mudado a vivir sola. Él siempre tan orgulloso de ti, sin dudar en apoyarte en la decisión de los estudios de ingeniería, de la maestría, de comprar tu propio departamento. Y sin embargo, en su cama de hospital, momentos antes de su muerte, te dijo casi a modo de súplica: me gustaría tanto que encontraras un hombre que te cuidara, hija. Fue la única vez que te hizo entender que conocía tu fragilidad. Cuando terminas de relatar la historia, tienes ganas de llorar pero las contienes, y al mismo tiempo te enojas contigo porque no sabes qué mosco te picó para entregar esa historia a un hombre que no conoces, pudiendo haberle narrado en detalle tu último viaje a Nueva York o comentar sobre la importancia del ejercicio. No tiene que saber de ti más cosas de las que platicas con Juan José, por lo menos ahora, porque le has dado una imagen tuya, quizá la más certera, y que te da miedo mostrar. Te aterroriza porque quedaste sin armas desde el principio en un juego del que ignoras su nombre, que no sabes a dónde va. Él reconoce, lo sospechas en la manera cómo interrumpe lo que dice, que has hablado demasiado y por un acuerdo implícito entran de lleno a las cuestiones bancarias y financieras. Algo de pasión brota en las palabras de ambos con el tema, pero atiendes con detalle el modo cómo toma el tenedor, la manera de sujetar la taza de café, el tamaño de los mordiscos que da al pan. Le miras los ojos, él te sostiene la mirada, y en una desviación abrupta, pregunta: Y tú, qué planes tienes para el futuro. La palabra futuro entra ya quebrada al tímpano, al cerebro, al corazón. Porque el futuro que tenías pensado, Adana, el que anhelaste con ahínco, es el presente que ahora vives, pero de ahí en adelante no has proyectado nada, como si se hubiera acabado el carrete de una película y hubiera que cambiar al otro. Ahora te das cuenta que no sabes cuál es el otro carrete, la otra mitad de la cinta que sigue a esta primera. Tu futuro es hoy, con tu nombramiento, con tu casa propia
y carro del año, con tus amigos, con la familia que te queda y sus manías, pero para mañana, Adana, no has pensado nada, si te gustaría unirte a un hombre como el de las espaldas y ser su mujer y cuidar sus hijos, ser amada establemente a cambio de dejar lo que tantos años costó forjar, a cambio de darle una vuelta al futuro que soñaste desde la carrera. Necesitas el apoyo de un hombre, sexo, la seguridad que da saber que hay alguien que te piensa y desea, pero cuál es el costo de esa necesidad. Qué tipo de arreglo, de negociación, se puede acordar para tenerlo todo, porque tú, Adana, lo quieres todo: el trabajo perfecto, como lo tienes, el hombre que te proteja pero que te deje ser libre, la familia que no demande tanto pero que no te deje sola. Y qué de eso puede haber en el futuro. Porque lo que tus ojos miran es, porque no lo entiendes de otro modo: o tienes este empleo que es incombinable con un matrimonio a largo plazo, o dejas el trabajo para ser esposa como lo fueron tu abuela, tu madre, tu cuñada, con la variante de que sabes que el cerebro se te pudre mientras pelas las papas, buscando un negocio mediano, que permita atender medianamente tus obligaciones de mamá, de esposa, que te haga sentir medianamente completa en todos los aspectos, nunca totalmente satisfecha. Qué planes tengo para el futuro, te repites, y te das cuenta de que ha sido una pausa larga la que las espaldas esperan para escuchar tu respuesta. Lo único que atinas es: Creo que me gustaría muchísimo hacer un viaje en tren. El hombre y tú se despiden con afecto, diciéndose que la pasaron bien. Le agradeces su solidaridad contigo y él te mira queriendo encontrar debajo de tu traje sastre, de la energía que proyectas, a la Adana que desayunó con él, pero ya eres la ejecutiva que saca del portafolio el celular y se comunica con la secretaria para saber qué ha pasado. En el trayecto a la oficina reconoces que lo mismo que te acerca a ese hombre es lo que te separa, que como las vías del tren, los cuchillos tienen filo en los dos lados. Por un lado el deseo y el entusiasmo por el trabajo compartido, por el otro saber que tú, Adana, por lo pronto no puedes ser lo que busca, no quieres ahora, pero quizá alguien así, en otro futuro que no has pensado, que ignoras cuándo es. Ahora lo que quieres es entrar al edificio del banco, firme, segura de ti misma, porque ya hicieron los cambios para tu nueva oficina. En el pasillo cruzas con el hombre con quien reñiste y ambos se sostienen la mirada como gallos de pelea, con las navajas amarradas a las patas. Y como en la guerra, cuando ubicas al enemigo, sólo queda esconderte en la trinchera o elucubrar la estrategia para ganar. Ninguno baja la mirada y sientes la adrenalina que da toques en tus manos.

Es por esa adrenalina —la ansiedad que corre por el cuerpo— que apenas entras a tu nueva oficina, amplia, con tu escritorio de caoba, la computadora y una salita para recibir clientes, que llamas a tu nueva secretaria, pides café y empiezas a trabajar. A media mañana tu jefe asoma por la puerta y da la bienvenida con una mueca cómplice. Se aleja porque no quiere interrumpir lo que haces, ya tendrán tiempo para platicar más, quizá comer algún día de estos, hoy si no tienes planes, si el tiempo alcanza. Haces una pausa para dar un trago al café y miras por tu ventana la fuente del patio central del edificio. Te cambiaron la calle por una fuente, la secretaria que te decía Adana por otra que te llama licenciada aunque eres ingeniera, y te dieron la posibilidad de mayor desarrollo a cambio de nuevas amistades y nuevas envidias. Y ahí en tu oficina, el reflejo del ventanal devuelve el retrato de ti misma, Adana, la única que puedes ser tú, porque por más que intentes o desees, no podrías andar en el supermercado con tenis y mezclilla echando diez cajas de tampones a un carrito, ¿para qué?; tampoco tendrías la paciencia para besarte como esquimal con un niñito y mucho menos pasearte por el pasillo de licores sin saber qué comprar. Y esa mujer del vidrio, que eres tú, Adana, tampoco será como tu madre porque ella a tu edad ya tenía a sus dos hijos, estaba felizmente casada atendiendo sus labores, esperando que su marido llegara a comer. Aunque a su edad tengas las manos manchadas con pecas marrón, igual que ella, tampoco serás así, porque ella nunca fue como tú, con el pelo largo, ropa cara y dando órdenes que no fueran a las sirvientas o a los hijos.

Juan José te llama. El piqueteo que había en el estómago desde aquella noche, y que no habías notado hasta ahora, desaparece. Él sigue a su forma ahí, contigo, no te ha abandonado, no hiciste nada mal. Se sorprende por el cambio de extensión. Es que me cambiaron de oficina, explicas en breve lo sucedido. Dice que eres una delicia, que pasó una noche muy agradable, que quiere verte lo más pronto posible pero que se atraviesa el fin de semana, quizá el lunes, tenlo en cuenta. Le dices que sí pero que se llamen para confirmar porque tienes nuevas obligaciones, no sabes si para entonces ya estarás más encarrerada con el trabajo. Él se desconcierta ante tu respuesta, nunca habías condicionado su encuentro, te pregunta si estás viendo a otra persona: no lo creo, contestas, es otra cosa. Cuando cuelgas te da gusto esa pequeña muestra de celos, te da gusto saber que compartes la inseguridad.

Es viernes por la noche, otra vez, estás en casa después de un día larguísimo de trabajo. Miras fijamente la imagen que el espejo te devuelve. Esa soy yo, te dices, te preguntas, y te asomas por la ventana ante el anuncio del tren. De tu boca sale un poema como rezo: No tengo boleto, ni siquiera viaje preparado, sólo hay vías sobre durmientes. Trabajadores podridos trazaron el camino. El tren es un gusano que me lleva a un viaje ignorado. A dónde iré. Piensas que cada vagón lleva una parte tuya: la infancia con la señora Rosas, tu hermano con sus hijos, tu padre en un ataúd, Juan José, tu madre, Alberto y Patricia, tu escritorio de caoba, el colega enemigo, un viaje. De reojo miras que ya no hay leche en el platito que dispusiste para la gata pero no has visto al animal. La oruga está por salir de tus ojos. En el último vagón vas tú, Adana, y tú misma te quedas en la ventana sosteniendo el eco de esa imagen.

 

Fragmento de la novela El sueño de los gatos

© Edmée Pardo


   

edmée pardo | México, 1965 | @ Licenciada en Sociología por la UNAM; estudió diplomados de literatura en la SOGEM y de arte contemporáneo en el ITAM. Es autora de libros de cuentos y novelas entre los que destacan: Pasajes, Espiral, El primo Javier, El sueño de los gatos, Morir de amor, Flor de un solo día, así como del manual Cómo empezar a escribir narrativa. Su trabajo aparece en diversas compilaciones como: La luna de miel según Eva, Atrapadas en la Escuela, Periferia de Eros, Dispersión multitudinaria, Con una mosca en la oreja, entre otras. Es cofundadora de Ediciones Brujas y fundadora de Amati. En la actualidad está al frente de talleres de creación literaria, lectura comentada y creatividad en Amati y Casa Universitaria del Libro. También es miembro de la comisión consultiva del FONCA; escribe para Día 7 y Todamujer.com