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III
Es
viernes otra vez. El espejo contiene la imagen de una mujer que
viste traje sastre color mamey; de la falda corta descienden piernas
torneadas, brillosas por las medias; del cuello brota un tallo
para florecer en un rostro claro, casi pálido; el cabello
largo, suelto, cae sobre los hombros. Ésa eres tú,
Adana, y te miras de nuevo para quedarte con esa estampa tuya
de mujer ejecutiva, moderna, porque con pijama la que aparece
en la luna del tocador pudiera ser cualquiera que se alista para
dormir.
Es viernes por la noche, otra vez, estás en casa después
de un día larguísimo de trabajo, de una semana de
tasar intereses, negociar préstamos, de ajustes en el sector
financiero del banco para el que trabajas, mi banco, dices tú,
y lo único que resta es la ropa apilada en el piso, el
portafolios junto a la cama, la mujer en pijama que se mira a
detalle la piel mientras se unta crema en la frente, la máquina
contestadora vacía de recados.
Miras el reloj de pulsera y te acercas a la ventana. Esperas sabiendo
que falta poco. Ahí está: el silbato del tren, dos
pitidos cortos, uno largo, el sonido de las ruedas metálicas
sobre los rieles, la máquina rítmica. Por fin vislumbras
nueve pisos abajo y hacia el este, el perfil del gusano de hierro
que se arrastra en medio de la noche, de todas las noches, en
el mismo sentido. El tren se va pero tú permaneces en la
ventana sosteniendo el eco de la ilustración fugaz. Corta
de pronto el estado hipnótico el maullido de un gato que
cae al balcón. Una gata negra, de ojos tajados, verdes,
se vuelve a verte y se aleja de un
brinco.
Desde
la cama oprimes el control remoto del televisor de modo intermitente,
buscas anclarte en alguna trama del telecable. Abres el portafolio,
te entretienes con los números de un sobre. Regresas los
ojos a una película que comienza y, casi al principio,
te quedas dormida.
Un espejo del tamaño del muro te pinta sentada en un aparato
de ejercicio. Estás en ese cuadro compuesto con otros aparatos
de ligas y pesas, con bíceps que jalan poleas, con glúteos
que se exprimen en sentadillas, con la espalda anchísima
de alguien que no te es familiar. Estas allá, con todos
ellos, en la superficie cromada del espejo. Allá el sudor
baja por un camino que dibuja tu brazo, allá duele el abductor
que cierra y abre, allá está tu cuerpo delineado
por horas de trabajo, cerca, muy cerca de la espalda que carga
pesas. Pero es aquí donde tu vientre, a pesar de las abominables,
como les dices, sigue abultado, aquí donde te esfuerzas
para ser la de allá, es aquí donde el hombre de
las pesas hace una pausa en su rutina y sus ojos y los tuyos se
encuentran en una sonrisa. Una sonrisa débil que ofreces
cada vez que tu mirada lo toca en el espejo, se borra cuando él
pasa junto a ti y parece que te concentras más en la panza,
que nunca ha sido plana ni cuando tenías veinte años.
En el supermercado el juego de detective salta cada vez que topas
con alguien. De las mujeres, cuál de ellas podrías
ser tú, la de los pantalones de mezclilla y tenis que echa
al carrito diez cajas de tampones, la de negro con botas hasta
el muslo que se pasea por el corredor de licores, la que se detiene
frente a ningún producto en particular y roza con su nariz
la nariz del pequeño que viaja sentadito, con una bolsa
de frituras en las manos, o la que va con prisa rumbo a la caja
y sólo lleva una mantequilla baja en grasa. Cuál
de ellas podría ser Adana e intercambiar por un momento,
lo que dura la compra, de vidas, presupuestos y dietas. Dónde
estás tú, entre todas ellas, y la pregunta queda
muy bajito en la cabeza hasta que se esfuma cuando dices al teléfono
que vas a estar en casa de unos amigos esa noche pero que si quiere
pueden verse al día siguiente, a cualquier hora está
bien, sólo tienes unos papeles que revisar, que te llame
de nuevo para confirmar la hora porque comer con sus hijos, tus
sobrinos, te encantaría.
Lo que resta del fin de semana avanza rápido entre la reunión
de botanas, dominó y cervezas, los números que escribes
en los papeles salidos del portafolios y las risas de los niños
que te abrazan el corazón. Pero se detiene lastimosamente
durante las noches, en los claros que quedan en la cama, en el
silencio que rompe el tren, en el artículo que acabas de
un tirón porque no puedes dormir aunque trates, en cada
una de las letras de tu nombre, Adana, y que nadie pronuncia.
Es la primera hora del primer día de la semana, momento
generoso porque aleja la nostalgia que te acompañó
cuando el cielo estuvo oscuro, porque entrega la mañana
ya con luz de un día en el que te sientes segura, guapa
con tu vestido entallado y corto que vistes al salir del gimnasio.
Porque una secretaria ofrece café y resuelves cuestiones
importantes de asuntos monetarios, de la macroeconomía,
porque eres la única mujer en el área financiera
que no es secretaria. El lunes es el día que más
te gusta ya que enfrentas mayores retos: la planeación
de la semana, el trabajo a supervisar de tu equipo, porque tienes
energía para resolver cualquier problema, es cuando más
inteligente te sientes, cuando más capaz en tu oficio haces
que te reconozcan los demás.
Recibes varias llamadas pero sólo contestas dos: la de
tu madre que te pide la acompañes al doctor y a quien ofreces
dos posibles momentos de la semana — estás muy ocupada,
hay mucho trabajo con esto de renegociar deudas, pero sí
quieres ir, de veras, mamá, aunque dibujas una mueca sobre
el auricular—; y la de Juan José. Para él
tienes más opciones: se pueden ver cualquier día
por la noche o a comer, mejor tomar una copa, quizá ir
al cine, aunque lo que quieres es que acaben en tu casa como la
otra vez. Acuerdan cenar al día siguiente y cuando cuelgas
la seguridad que dan tu nombre grabado en la puerta de tu oficina,
la computadora para uso exclusivo, tu perfume, se evapora. Te
quedas pensativa, congelada por un bochorno que va desde los pies
a las mejillas. Entonces se suspende el ritmo del papeleo, de
tus ojos que corren por escaleras de números. La calle
que miras sostiene tu aliento. Tus compañeros de trabajo
acaban con esa sensación que estorba para ejecutar cuando
te invitan a comer. Seis hombres y tú a la mesa como si
fueran iguales, el trato que has reclamado para hablar de clientes
y carteras vencidas, para criticar a las esposas que no conoces
cuando alguno se queja de la suya porque hay mujeres que no entienden
cómo es el trabajo. Pero usas las cualidades de tu cuerpo
bien formado, la paciencia para esperar que alguien encienda tu
cigarro y hoy, otra vez, no te permiten cooperar con la cuenta.
La secretaria se despide ti, Adiós Adana, pero a los otros
les desea Buenas noches, licenciado. Te da rabia la diferencia
porque ahí todos son licenciados y tú hasta cursaste
un postrado en el extranjero, porque ellos la llaman por su nombre
igual que tú, porque no le ofreces un trato especial y
para ella tú no eres ni licenciada ni ingeniera ni doctora
sino Adana a secas, sin el respeto que le da a los varones, que
te niega, porque estás segura que lo de ella no es solidaridad
e igualdad de género, sino rivalidad entre mujeres, porque
que un hombre sea superior a una se acepta sin cuestionar, pero
que sea mujer la quien ordena a otra, es intolerable. Un compañero
pasa por tu oficina a despedirse y aprovechas para plantearle
el asunto del mundo sexista, de lo misóginas que pueden
ser las mismas mujeres, para que vea que hay autocrítica,
de lo difícil que es para ti haber llegado a donde estás
y luego cómo, con pequeñas diferencias, se discrimina.
Tu compañero se despide: Buenas noches, ingeniera Adana.
A los dos les da risa.
La fachada del edificio del banco es un espejo negro con puntos
de luz que salen de algunas ventanas, una de ellas mira a la calle
y atrás permaneces tú, dándole vuelta al
asunto de la renegociación, sosteniéndote la cabeza
con la mano. El cenicero es un volcán de colillas. Apagas
la lámpara y te despides cortés del policía.
El hombre sugiere poner los seguros, usar el cinturón de
seguridad, que vayas con cuidado. Sí, poli, y meneas la
cabeza porque sabes que jamás le daría esas recomendaciones
a tus compañeros varones, aunque lo
agradeces. Apenas llegas a tu casa se escucha el tren, es la media
noche, pero hoy no te asomas para ver la oruga, ambas avanzan
(tú yella) despacio por la noche en distintas vías.
Te miras desnuda frente al espejo: revisas la altura del busto,
la piel de naranja en los muslos, buscas canas en la cabeza. Bostezo
tras bostezo te metes a la cama y en el aire que entra por tu
boca llega al estómago una contracción que se llama
Juan José. Piensas en él, te gusta recordar la manera
como a veces dice tu nombre, cortado y suave, al momento de la
eyaculación. Tú misma dices en voz alta Adana, evocándolo,
mientras con una mano separas tus labios húmedos y encuentras
una almendra húmeda, y con la otra recorres tus pechos
de jícara, la ruta de tu cadera. Juan José, dice
tu boca cuando consigues hervor entre tus piernas. Te reacomodas
en la cama, te cobijas y te acuerdas de cuando tu mamá
te cobijaba, Buenas noches, Adanita, con un beso en la frente,
y te quedabas dormida de inmediato, quizá porque eras niña.
Ay, Adana, Adana, dices en voz baja mientras te acomodas el cabello
en el baño de la oficina.. En unos minutos llegará
Juan José y retocas tu maquillaje, el color de labios,
alisas el vestido que estrenas y que salió carísimo,
pero que te sienta bien. Para eso trabajo como burra, pensaste
al momento de entregar tu tarjeta de crédito a la dependiente
que lo empacaba. Para eso tienes dinero y lo gastas en lo que
se te antoje, porque no tienes otra obligación más
que tú misma y consentirte con lencería italiana,
un carro del año que sacaste con ayuda del banco, el viajecito
de cuatro días a Nueva York, con la botella de champaña
que se enfría en el refrigerador. Ahorraré después,
en otro momento, te justificas, porque ahora toca disfrutar por
el gozo que te prohibiste con años de estudio y trabajo,
con las quemadas de pestañas por las madrugadas, con los
desmañanones para cumplir con la maestría y los
compromisos del banco, con los novios que no tuviste porque tenías
que trabajar muy de noche y estudiar los fines de semana. Desde
que asististe a la carrera tenías muy clara la imagen que
deseabas de ti misma, que es la que ahora te regresa el espejo
del baño. Pensabas que ningún esfuerzo sería
demasiado para conseguirlo, y ninguno lo fue porque los venciste
todos, falta de tiempo para ti y las amigas, para la familia,
para el amor, de ser la única mujer, de aguantarte las
bromas de los hombres, la de forjarte con un lenguaje y una mirada
que no te hicieran parecer menos ante los otros. Ay, Adana, Adana,
repites cuando guardas tu estuche de maquillaje en el bolso y
regresas perfumada a la oficina. La cita es a las siete treinta
y son las siete veintinueve, marcadas por el reloj negro de números
digitales y rojos. Sentada tras el escritorio amplio de caoba,
nerviosa, fingiendo que no lo estás, sin concentrarte en
el documento que descansa frente a ti, esperas. Siete treinta
y tres, confirmas con tu reloj de pulsera la hora roja. Aprietas
los labios para retocar el bilé. Adiós, Adana, dice
la secretaria, te ves muy guapa, ¿vas a salir? Voy a cenar
con un amigo, respondes, nos quedamos de ver a las ocho, para
que ella no se atreva a sospechar que al otro no le interesa ser
puntual, para calmar la ansiedad que crece desde la tarde. Suerte,
te dice. Le das las gracias porque sabes que la necesitas. El
portero avisa que alguien te busca en la entrada y dilatas un
poco en bajar. Se encuentran con un abrazo y subes a su coche
negro que se dirige a un restaurante.
Le miras el traje que viste, la camisa planchada a la perfección,
cómo te gustaría que tu ropa quedara así
de lisa cuando la planchas tú; las uñas cortadas
al ras, el vello de las manos. Del qué te has hecho y los
pormenores de sus trabajos, de aventuras de aeropuertos en viajes
de negocios, de notas políticas, se colman los platos de
la cena. Las copas de vino se vacían lentamente y se llenan
del deseo de ambos que por fin brota cuando él te toca
la pierna por debajo de la mesa y besa tu mejilla. Entonces pide
la cuenta y en el camino su mano viaja por tus piernas, tus manos
le acarician los muslos, tus ojos encima de él, no lo dejan.
Ya están en la entrada del edificio, ya adentro de tu departamento,
ya sirves una copa de champaña.
Te abre la blusa y tira un chorrito de alcohol entre tus senos,
lo bebe con la lengua. Te sube la falda y sus manos aprietan tu
cadera. Tienes los ojos cerrados, le revuelves el cabello, le
aflojas la corbata, se besan. Le indagas el rostro con los dedos,
le besas el pecho, le desabotonas el pantalón, te robas
su sexo para que luego él se pierda en el tuyo, y la única
palabra que se oye desde que llegaron es tu nombre, Adana, entrecortado
y suave.
Despiertas en la madrugada, él no está. Te levantas
y recoges el sendero de ropa que va de la recámara a la
puerta de la casa, lavas las copas y vuelves a tu cama a oler
las sábanas, a respirar su aroma. Y aunque reconoces que
ése es el trato, no puedes negar que quisieras que se quedara
una noche completa, que le inventara algo a su mujer, que un día
se rompieran las reglas y hablara de sus hijos, de qué
siente por su esposa, y tú decirle algo íntimo,
lo que fuera, con tal que él quisiera recibirlo. Pero acordaron
que así sería, por el puro gusto, sin expectativas,
con la menor cantidad de emociones posibles, fuera de la vida
establecida, sin mezclar terrenos, y tú dijiste que sí,
que no buscabas nada más, que en tus planes no está
una relación formal, mucho menos ahora que buscas un ascenso,
que un poco de cariño de vez en vez no cae mal, porque
cómo decirle o cómo decirte a ti misma, Adana, que
necesitas afecto todo el tiempo, que requieres una presencia para
afianzar la parte afectiva que se pierde. Porque si se lo dices
a él, se va, crees que los hombres salen aullando cuando
algo les huele a compromiso. Si te lo dices a ti misma, te pones
a llorar. Entonces, mejor así, y llegas en taxi muy temprano
al trabajo para que nadie sospeche al ver tu coche en el estacionamiento
y tu oficina vacía.
Hoy eres una mujer distinta a la del lunes porque un tono de suavidad
permea tu voz, porque irradias la belleza que el buen sexo da,
porque tus ojos tienen un brillo algo triste. Y así, más
frágil que ejecutiva, más sentimental que racional,
te internas en un mundo de papeleo y fórmulas que te atrapa,
dejas que te consuma para salir de tus sentimientos, para no estancarte
en la espera de que llame, porque cuando no llama piensas que
anoche fue la última, que se acabó para siempre,
que ya no le interesas, que algo hiciste mal. Entrada la tarde,
todos vuelven de comer y tú sigues ahí, fumando
un cigarro tras otro, sin hablar con nadie, sin reparar en nadie.
Esta vez la secretaria y tú dejan al mismo tiempo la oficina
y vas directo a casa, a descansar de la noche anterior, del exceso
de trabajo, a comer algo.
En la contestadora suena la voz de Alberto, tu amigo de la preparatoria,
y lo invitas a cenar porque aunque tienes sueño no quieres
estar sola, es demasiado el espacio que no ocupas. Tú le
hablas de los hombres y él también, del precio del
trabajo y él también, pero ambos se consuelan diciendo
que es una etapa, que la pasaron divertidísimo en Nueva
York, que cada cual tiene su casa, que les va bien, que tienen
lo que otros ya quisieran. Porque tampoco te imaginas de ama de
casa, ni corriendo tras los niños desde el teléfono
de tu oficina, y mucho menos planchando las camisas, además
no te quedarían como las de Juan José. Alberto dice
que él sí quisiera tener una familia, un par de
hijitos y comer los domingos con sus papás, pero qué
le vamos a hacer si me gustan los hombres y no me puedo enamorar
de una mujer, aunque he estado pensando en llegar a un acuerdo
con una amiga lesbiana y formar un hogar.
Esa noche, Adana, eres más plena que la anterior porque
un corazón acompaña al tuyo fuera de la rivalidad
profesional, de las expectativas de otros, del baile de hormonas.
Cuando Alberto se va, se abrazan fuerte, cómplices, amigos.
Justo entonces se escucha el aviso del tren y asomas por la ventana.
La luz prendida del departamento te permite ver hacia adentro
y hacia afuera al mismo tiempo. Estás tú , con la
cara lavada y pants en el vidrio, está del otro lado el
tren que repta por la tierra. Tu imagen es también parte
de afuera y montas los vagones que salen de ti; el tren, entonces,
también viaja adentro en tu departamento. Recuerdas el
tren que recibió tu hermano una navidad.
Eres una niña, Adana, que mira las cajas de regalos debajo
del pino atiborrado con esferas. Traes puesto un camisón
rosa pálido, una bata que apenas cierra por el cuello con
un botón, el cabello rubio despeinado. Tu hermano descubre
que es un tren lo que viene en la cajota y ya están tu
papá y él armando la vía, descifrando el
instructivo, sintiéndose arquitectos, maquinistas, viajeros.
Y ahí estás tú, contemplándolos, deseando
que ellos miren tu muñeca nueva que trae
un par de vestiditos para cambiarla y el juego de té de
plástico blanco adornado con flores en los bordes. Pero
a ellos no les interesa porque hay problemas con las vías,
con el diseño de la pista. Te sientas en una orilla de
la sala para servir el té a tu nueva invitada, la señora
Rosas, nombre con que has bautizado a tu muñeca, y ambas
platican. Tu mamá te besa la frente y entra a la cocina
porque la comida será en casa de los abuelos y tiene algo
que preparar.
Eres una mujer, Adana, miras el último vagón que
se aleja como todas las noches, y te preguntas qué habrá
sido de la señora Rosas y sus vestidos, del juego de té
que no se parece en nada a la vajilla que hay en tu casa, qué
habrá sido del tren que se semeja tanto a éste,
que viaja todas las noches cerca de tu ventana.
Las espaldas anchas que cargan pesas en el gimnasio se acercan
a ti, Adana, o más bien a ella porque miras sus pasos en
el espejo, porque allá se encuentran sus ojos, antes de
que frente a frente te diga que te vio el otro día y se
preguntó en qué trabajas. Le dices un poco presumida
de tu puesto, él comenta que también es banquero,
y le dices que te llamas Adana cuando anota tu número de
teléfono en un papel. Entonces, sales guapa del gimnasio,
ahora con un traje azul marino de saco y pantalón, ya con
prisa porque te entretuviste con las espaldas anchas, con la seguridad
en ti misma afianzada. En tu oficina, ordenas a tu secretaria
un café, ni siquiera le das las gracias porque preparas
a toda vela los papeles que necesitas para la junta.
En una mesa oval se sientan ocho hombres y tú. Tu jefe
inmediato plantea el asunto y cada quien expone los avances de
su área. Discuten cada término, cada paso, la lógica
del futuro económico y monetario, te empieza a doler la
cabeza pero no puedes excusarte, tampoco deseas bordar en cada
punto. Pero el jefe te pregunta directamente tu opinión.
Reflexionas en voz alta porque no tienes una posición al
respecto, pero mientras hablas los otros se callan y de repente
sabes que en esa mesa estás tú y ocho hombres escuchan
la propuesta que armas en el aire y que tu jefe, entusiasmado
y sorprendido, agradece. La guía de trabajo se elaborará
de acuerdo con la idea que la ingeniera Adana Robles propone,
dice él. El dolor de cabeza desaparece, algunos de tus
compañeros hacen gestos de aceptación. Al salir
de la sala de juntas tu jefe comenta que después de esa
reunión queda convencido, el puesto es para ti, mañana
anuncia el nombramiento, te mudarás a una oficina más
grande, el aumento de sueldo es poco por la situación del
país, explica, eres del tipo de mujeres que busca para
que colaboren con él. Un compañero de trabajo escucha
esto y cuando pasas a su lado, dice en voz baja pero para que
oigas, si yo tuviera esas nalgas quizá también el
jefe me promovería. Entonces te vuelves furiosa y le gritas
para que oigan todos, le grita el animal salvaje que guardas en
el pecho, le espetas: Yo no sé si quieres mi puesto o coger
con el jefe, pero para ninguno de los dos ni tu cerebro ni tus
nalgas ni tu pito son suficientes. Caminas violenta y cierras
la puerta de tu oficina. Afuera el aire es una masa transparente
que envolvió a todos y los dejó inmóviles.
Ni una sola voz se escucha y cada quien se guarda tras su escritorio,
con la orden de la nueva guía, y tú Adana, estás
enrojecida del coraje, feliz de haberte lucido, de haberlo humillado.
Pides a tu secretaria un par de aspirinas y algo de comer. El
dolor de cabeza permanece aunque ya dócil, manso. Abres
la puerta y te pones a trabajar sobre las conclusiones de la junta.
En ese momento te asienta la noticia del nombramiento y te llenas
de gusto, no importa ya la insinuación de aquél,
no es nuevo que cosas así sucedan. La secretaria lleva
lo que le pediste y cuando está por salir, habla: qué
bueno que le dijiste eso, Adana. Lo malo que es que ya no voy
a ser tu secretaria. Y por primera vez en ocho meses miras el
centro de los ojos de la mujer. Por impulso te pones de pie y
la tomas de los hombros. Es casi un abrazo lo que le ofreces cuando
agradeces su apoyo. Regresas a tu escritorio y, mientras comes
marcas el número de Alberto para comunicarle la noticia
pero no ha llegado a su trabajo; marcas el número de tu
hermano, pero está en una junta; llamas a tu madre y confirma
que la cita con el médico es esa tarde, no le dices nada,
en la noche quizá. Cuelgas el teléfono y extrañas
a tu papá. Cómo te gustaría que aún
viviera y lo recuerdas joven, cuando te llevaba a la escuela y
gritaba desde el carro: rómpeles la boca si te molestan,
en un tono
que te daba ánimo para vencer los problemas de matemáticas,
para defenderte si alguien tomaba tu cuaderno o tu cepillo, para
enfrentar cualquier obstáculo en la vida. Te gustaría
decirle, les rompí la boca, pá, pero él no
está y envías ese pensamiento al cielo. Suena el
teléfono y la secretaria te avisa que alguien llama, es
personal: las espaldas anchas del gimnasio. Le comentas de tu
ascenso, te felicita y propone celebrar del modo que quieras.
La verdad es que tú no sientes muchas ganas de salir con
él, pero una oficina nueva es demasiado grande para ti
sola y aceptas su invitación para otro día.
Llegas tarde por tu mamá y ya está ella en la puerta,
con su paraguas en la mano, con actitud de enfado. Todo el camino
habla ella, la escuchas a ratos, a ratos piensas en tus cosas,
a veces asientes con un ajá. Que si los problemas domésticos,
que si el nieto se cayó y nada grave pero se rompió
el brazo, que si el próximo domingo hay comida familiar,
que el dolor ya no es tan fuerte pero que siente una bolita arriba
del ombligo. En la antesala te acuerdas de cuando era ella quien
te llevaba al doctor y ahora le miras las manos moteadas de copos
marrón, sus ojitos empequeñecidos por los párpados
derrumbados, por los lentes, y le acaricias la cabeza. Pasan juntas
con el médico. Observas la manera cómo la ausculta
y el juego del detective te asalta. Serás así algún
día, Adana, tendrás una hija que te acompañe
al doctor, serán esas manos un anticipo de las tuyas, pero
antes de que puedas responderte el médico explica: todo
está bien, sólo una pequeña bolita en el
vientre que más vale sacar para prevenir cualquier cosa,
para asegurarnos de que la mujer viva muchos años más.
Miras a tu madre con la cara de valentía que le has visto
siempre. Sientes un golpe seco en el pecho. Al salir del doctor
la invitas a tomar un café, le ofreces cuidarla cuando
la operen, la convences de que es algo rápido, sencillo,
que la microcirugía es una verdadera maravilla. Ella te
escucha y de pronto te parece como si estuvieras tomando el té
con la señora Rosas, con tu vajillita de plástico
blanco, porque tu mamá no dice nada y te sientes tan impotente
como cualquier niño para hacer algo por su madre.
La dejas en su casa y cuando llegas a la tuya, le llamas para
asegurarte que está bien, la escuchas más animada.
Te sientas a oscuras en la sala y una maraña indescifrable
e invisible te invade. Eres Adana, la nueva gerente del sector
financiero capaz de resolver cualquier asunto de números
y carteras, y al mismo tiempo eres Adana, asustada por tu mamá
porque no quieres que nada le pase, porque no quieres que te abandone
para siempre como ya lo hizo tu padre.
Atrás escuchas un maullido, hace tiempo que chilla, pero
hasta ahora lo identificas. Encuentras la gata negra en tu balcón.
Abres la puerta y el animal entra más rápido que
lo que tardaste en abrir y cerrar. Lo llamas y se acerca, te mira
cauteloso. No eres tú, Adana, la que se pregunta quién
es la gata y de dónde viene ni si tiene dueño. Es
la gata la que te cuestiona con los ojos quién eres, si
le vas a dar de comer, si el sillón es lo suficientemente
cómodo. Nunca te han gustado los gatos pero ahora le sirves
leche en un platito y la gata bebe. Le acaricias el lomo, te sorprende
reconocer todos sus huesos debajo del pelaje; le miras los ojos
claros y bizcos, observas el tamaño de sus bigotes y no
te parece tan fea porque hay algo en ella que te consuela y es
que está viva, como tú. Cuando la gata termina la
devuelves al balcón, afuera dejas el plato en que comió
con un poco más de leche. Miras el reloj de pulsera. Ya
pasó la media noche y no escuchaste el tren. No sabes si
se arrastró en silencio, si no lo oíste por atender
al animal. No sabes dónde estará el tren y si sigue
su rumbo. Las vías te parecen dos cuchillos larguísimos
que dividen la tierra, dos cuchillos abandonados, filosos.
No lo sabes, Adana, pero no es tu deseo de optimizar el tiempo
ni tu aparente organización, la que te mueve a hacer el
mayor número de cosas posibles de manera simultánea.
Jalas el botón de la lavadora de ropa para que empiece
a llenarse, escuchas los recados de la grabadora mientras orinas,
no escuchas los mensajes con claridad así que debes regresar
la cinta y atender de nuevo mientras separas la ropa blanca de
la de color. Ahora, mientras marcas el número de tu amiga
Paty, pones agua a calentar para hacer té. Escuchas a Paty
mientras sacas la lima de uñas porque tienes un despostille.
Cuando te sientas sobre la cama para arreglarte la uña,
miras la ropa, y dejas la lima para llevar la ropa a la lavadora
que ya ha terminado de lavar, pero sin carga. Vuelves a iniciar
el ciclo de la máquina, vacías la ropa, y ahora
sirves en una taza el agua que hierve desde hace rato. Al mismo
tiempo se supone que has entendido lo que pasa con Patricia y
su esposo, porque le dices que se tranquilice, que no es para
tanto. Pero te percatas de la gravedad del asunto cuando repite
que quizá le tengan que quitar el riñón y
no hay posibilidades de trasplante. Te quedas tiesa, Adana, porque
comprendes el miedo de tu amiga, lo sentiste cuando llevaste a
tu madre al médico, porque te invade a veces sin motivo
aparente. Tu voz cambia y le dices que no se va a morir el hombre
porque es sano, que ella tiene madera de guerrero, que busque
otra opinión. Ella continúa desahogándose,
el té se ha enfriado y la lima de uñas no está
sobre la cama. No sabes qué decir, cómo ayudar,
sólo interrumpes el casi monólogo de vez en vez
para decirle que lo sientes, que estás con ella, que si
necesita un préstamo bancario para irse al extranjero,
puede contar contigo. Quedas de verla cuando ella pueda y tenga
humor, que no la quieres presionar, no te quieres presionar, con
la visita. Le mandas saludos al marido. Cuando cuelgas el teléfono,
suena la señal de la lavadora y corres para echar la ropa
a la secadora. Otra vez pones a calentar el té y miras
junto a la estufa la lima de uñas. El teléfono está
ahí y sientes el impulso de marcar un número, el
que sea, y llamas a tu hermano para comentar sobre la salud de
tu mamá. El cable de teléfono se llena de tensión
porque él no puede atenderle por su trabajo, y que debes
ser tú, la hija, quien la
mire, porque aunque tú también trabajas, su labor
es más importante que la tuya, tiene esposa e hijos, están
por ofrecerle un nombramiento. Azotas el teléfono y ese
golpe rompe la piedra atragantada para disolverla en lágrimas.
El olor a quemado te llega y recuerdas el té: el agua se
evaporó y la jarra se ahumó toda. No sabes si pueda
quedar bien otra vez. Y así, mirando el traste, oyes el
silbato del tren y corres a la ventana para verlo, son apenas
cinco o seis minutos lo que tarda la oruga en cruzar tu vista.
Cuando la escena concluye, tu mirada cruza con el plato de la
gata, que aún tiene leche. En el gimnasio te encuentras
con las espaldas anchas y se saludan con un beso en la mejilla,
no en la imagen brillante del espejo, sino aquí, Adana,
donde sientes quebradizo el cuerpo que fortaleces con las pesas.
Acuerdan verse en 20 minutos para ir al desayuno festejo. Esta
mañana no te sientes guapa con la lencería italiana
ni con el traje café oscuro que sabes que te va bien. Ni
siquiera la posibilidad de conocer las espaldas te anima, y eso
ya es demasiado sintomático en ti, Adana.
Él
pide, sin preguntar si se te antoja, un par de mimosas para celebrar
y antes de entrar al dónde vives, cuántos años
tienes, nunca te había visto en el gimnasio, alza levemente
la copa de jugo y champaña: yo sé lo difícil
que es, felicidades. Te conmueve que un extraño valore
lo que te sucede en el trabajo, tan de primera instancia, sin
antecedentes tuyos, sin tu historia. Es quizá por ello
que le cuentas sobre la salud de tu mamá y le aclaras que
tu padre murió hace varios años, cuando recién
te habías mudado a vivir sola. Él siempre tan orgulloso
de ti, sin dudar en apoyarte en la decisión de los estudios
de ingeniería, de la maestría, de comprar tu propio
departamento. Y sin embargo, en su cama de hospital, momentos
antes de su muerte, te dijo casi a modo de súplica: me
gustaría tanto que encontraras un hombre que te cuidara,
hija. Fue la única vez que te hizo entender que conocía
tu fragilidad. Cuando terminas de relatar la historia, tienes
ganas de llorar pero las contienes, y al mismo tiempo te enojas
contigo porque no sabes qué mosco te picó para entregar
esa historia a un hombre que no conoces, pudiendo haberle narrado
en detalle tu último viaje a Nueva York o comentar sobre
la importancia del ejercicio. No tiene que saber de ti más
cosas de las que platicas con Juan José, por lo menos ahora,
porque le has dado una imagen tuya, quizá la más
certera, y que te da miedo mostrar. Te aterroriza porque quedaste
sin armas desde el principio en un juego del que ignoras su nombre,
que no sabes a dónde va. Él reconoce, lo sospechas
en la manera cómo interrumpe lo que dice, que has hablado
demasiado y por un acuerdo implícito entran de lleno a
las cuestiones bancarias y financieras. Algo de pasión
brota en las palabras de ambos con el tema, pero atiendes con
detalle el modo cómo toma el tenedor, la manera de sujetar
la taza de café, el tamaño de los mordiscos que
da al pan. Le miras los ojos, él te sostiene la mirada,
y en una desviación abrupta, pregunta: Y tú, qué
planes tienes para el futuro. La palabra futuro entra ya quebrada
al tímpano, al cerebro, al corazón. Porque el futuro
que tenías pensado, Adana, el que anhelaste con ahínco,
es el presente que ahora vives, pero de ahí en adelante
no has proyectado nada, como si se hubiera acabado el carrete
de una película y hubiera que cambiar al otro. Ahora te
das cuenta que no sabes cuál es el otro carrete, la otra
mitad de la cinta que sigue a esta primera. Tu futuro es hoy,
con tu nombramiento, con tu casa propia
y carro del año, con tus amigos, con la familia que te
queda y sus manías, pero para mañana, Adana, no
has pensado nada, si te gustaría unirte a un hombre como
el de las espaldas y ser su mujer y cuidar sus hijos, ser amada
establemente a cambio de dejar lo que tantos años costó
forjar, a cambio de darle una vuelta al futuro que soñaste
desde la carrera. Necesitas el apoyo de un hombre, sexo, la seguridad
que da saber que hay alguien que te piensa y desea, pero cuál
es el costo de esa necesidad. Qué tipo de arreglo, de negociación,
se puede acordar para tenerlo todo, porque tú, Adana, lo
quieres todo: el trabajo perfecto, como lo tienes, el hombre que
te proteja pero que te deje ser libre, la familia que no demande
tanto pero que no te deje sola. Y qué de eso puede haber
en el futuro. Porque lo que tus ojos miran es, porque no lo entiendes
de otro modo: o tienes este empleo que es incombinable con un
matrimonio a largo plazo, o dejas el trabajo para ser esposa como
lo fueron tu abuela, tu madre, tu cuñada, con la variante
de que sabes que el cerebro se te pudre mientras pelas las papas,
buscando un negocio mediano, que permita atender medianamente
tus obligaciones de mamá, de esposa, que te haga sentir
medianamente completa en todos los aspectos, nunca totalmente
satisfecha. Qué planes tengo para el futuro, te repites,
y te das cuenta de que ha sido una pausa larga la que las espaldas
esperan para escuchar tu respuesta. Lo único que atinas
es: Creo que me gustaría muchísimo hacer un viaje
en tren. El hombre y tú se despiden con afecto, diciéndose
que la pasaron bien. Le agradeces su solidaridad contigo y él
te mira queriendo encontrar debajo de tu traje sastre, de la energía
que proyectas, a la Adana que desayunó con él, pero
ya eres la ejecutiva que saca del portafolio el celular y se comunica
con la secretaria para saber qué ha pasado. En el trayecto
a la oficina reconoces que lo mismo que te acerca a ese hombre
es lo que te separa, que como las vías del tren, los cuchillos
tienen filo en los dos lados. Por un lado el deseo y el entusiasmo
por el trabajo compartido, por el otro saber que tú, Adana,
por lo pronto no puedes ser lo que busca, no quieres ahora, pero
quizá alguien así, en otro futuro que no has pensado,
que ignoras cuándo es. Ahora lo que quieres es entrar al
edificio del banco, firme, segura de ti misma, porque ya hicieron
los cambios para tu nueva oficina. En el pasillo cruzas con el
hombre con quien reñiste y ambos se sostienen la mirada
como gallos de pelea, con las navajas amarradas a las patas. Y
como en la guerra, cuando ubicas al enemigo, sólo queda
esconderte en la trinchera o elucubrar la estrategia para ganar.
Ninguno baja la mirada y sientes la adrenalina que da toques en
tus manos.
Es por esa adrenalina —la ansiedad que corre por el cuerpo—
que apenas entras a tu nueva oficina, amplia, con tu escritorio
de caoba, la computadora y una salita para recibir clientes, que
llamas a tu nueva secretaria, pides café y empiezas a trabajar.
A media mañana tu jefe asoma por la puerta y da la bienvenida
con una mueca cómplice. Se aleja porque no quiere interrumpir
lo que haces, ya tendrán tiempo para platicar más,
quizá comer algún día de estos, hoy si no
tienes planes, si el tiempo alcanza. Haces una pausa para dar
un trago al café y miras por tu ventana la fuente del patio
central del edificio. Te cambiaron la calle por una fuente, la
secretaria que te decía Adana por otra que te llama licenciada
aunque eres ingeniera, y te dieron la posibilidad de mayor desarrollo
a cambio de nuevas amistades y nuevas envidias. Y ahí en
tu oficina, el reflejo del ventanal devuelve el retrato de ti
misma, Adana, la única que puedes ser tú, porque
por más que intentes o desees, no podrías andar
en el supermercado con tenis y mezclilla echando diez cajas de
tampones a un carrito, ¿para qué?; tampoco tendrías
la paciencia para besarte como esquimal con un niñito y
mucho menos pasearte por el pasillo de licores sin saber qué
comprar. Y esa mujer del vidrio, que eres tú, Adana, tampoco
será como tu madre porque ella a tu edad ya tenía
a sus dos hijos, estaba felizmente casada atendiendo sus labores,
esperando que su marido llegara a comer. Aunque a su edad tengas
las manos manchadas con pecas marrón, igual que ella, tampoco
serás así, porque ella nunca fue como tú,
con el pelo largo, ropa cara y dando órdenes que no fueran
a las sirvientas o a los hijos.
Juan José te llama. El piqueteo que había en el
estómago desde aquella noche, y que no habías notado
hasta ahora, desaparece. Él sigue a su forma ahí,
contigo, no te ha abandonado, no hiciste nada mal. Se sorprende
por el cambio de extensión. Es que me cambiaron de oficina,
explicas en breve lo sucedido. Dice que eres una delicia, que
pasó una noche muy agradable, que quiere verte lo más
pronto posible pero que se atraviesa el fin de semana, quizá
el lunes, tenlo en cuenta. Le dices que sí pero que se
llamen para confirmar porque tienes nuevas obligaciones, no sabes
si para entonces ya estarás más encarrerada con
el trabajo. Él se desconcierta ante tu respuesta, nunca
habías condicionado su encuentro, te pregunta si estás
viendo a otra persona: no lo creo, contestas, es otra cosa. Cuando
cuelgas te da gusto esa pequeña muestra de celos, te da
gusto saber que compartes la inseguridad.
Es viernes por la noche, otra vez, estás en casa después
de un día larguísimo de trabajo. Miras fijamente
la imagen que el espejo te devuelve. Esa soy yo, te dices, te
preguntas, y te asomas por la ventana ante el anuncio del tren.
De tu boca sale un poema como rezo: No tengo boleto, ni siquiera
viaje preparado, sólo hay vías sobre durmientes.
Trabajadores podridos trazaron el camino. El tren es un gusano
que me lleva a un viaje ignorado. A dónde iré. Piensas
que cada vagón lleva una parte tuya: la infancia con la
señora Rosas, tu hermano con sus hijos, tu padre en un
ataúd, Juan José, tu madre, Alberto y Patricia,
tu escritorio de caoba, el colega enemigo, un viaje. De reojo
miras que ya no hay leche en el platito que dispusiste para la
gata pero no has visto al animal. La oruga está por salir
de tus ojos. En el último vagón vas tú, Adana,
y tú misma te quedas en la ventana sosteniendo el eco de
esa imagen.
Fragmento
de la novela El sueño de los gatos
©
Edmée Pardo
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