| 
contenido

anterior

siguiente
|
|
pasatiempos
de escritor
A
mi mamá Consuelo
He
decidido dejar de escribir. Desde que mis libros están
en todas las librerías del país vivo solo y me emborracho;
mi comida sale siempre de una lata y fumo más que nunca.
Algunos creen que este tipo de vida que llevo me hace bohemio,
más atractivo y hasta me ayuda a vender más libros,
pero la verdad es que soy un simple miserable. Quiero volver a
mis aficiones de antes, las que dejé de lado por la escritura;
coleccionar tornillos, por ejemplo.
Hasta
ahora tengo más de trescientos tornillos de diferentes
materiales –algunos hasta de plástico-, agrupados
y clasificados por fecha y lugar donde los encontré. No
son simples tornillos comprados en ferreterías, no. Estos
son especiales, casi como personas; al menos así los considero
yo. El hecho de encontrarlos en la calle, solos y aislados, me
hace pensar que escaparon de sus destinos de estar fijos en un
solo lugar; ser uno más soportando una carga eterna. A
veces se oxidan, pero al final, eso es mejor que estar inmóvil
para siempre en la prótesis de cadera de algún impedido
físico o en los dientes falsos de alguna vieja avara que
se queja de las palomas que anidan en su balcón. Porque
de ese tipo de tornillos también tengo; los he encontrado
en las calles próximas a los hospitales y están
en el grupo de los que más valoro.
El
tornillo que más aprecio fue uno que encontré en
un funeral. Cuando el ataúd descendía a la profundidad
de la fosa, de pronto, la puerta mal atornillada se salió
de su sitio dejando ver la cara del muerto; pero lo sucedido no
fue motivo suficiente para impedir que las veloces palas de los
enterradores sepultaran el cadáver ante la indiferencia
de todos los presentes. Nadie dijo nada; todos de luto e inmóviles
contemplaban con los ojos bien abiertos y sin lágrimas
la tierra seca que caía directamente sobre la cara del
difunto, como la cocoa cernida sobre la mantequilla para una torta
de chocolate, poco a poco, hasta cubrirlo totalmente. Sabía
bien que en algún lugar estaría el tornillo zafado
esperando por mí y, efectivamente, lo encontré:
un tornillo de plata con las iniciales de la funeraria que, coincidentemente,
son también las mías.
***
He
caminado más de cuatro horas y no he encontrado ningún
tornillo. Llego a casa y me encuentro con la consecuencia de mi
carrera literaria: soledad y desorden. El gato se ha quedado dormido
sobre el lomo cálido del televisor que nunca apago. Hay
un olor a rancio en el ambiente. La lucecita del contestador parpadea
en rojo. Tengo dos mensajes: el primero, un resoplido, un ruido
que denota fastidio y ninguna palabra: un mensaje de ella. En
el otro mensaje me puedo escuchar a mí mismo diciendo “comprar
champú anticaspa y comida para el gato”. Antes me
resultaba extraño escuchar mi propia voz, ahora, es algo
de todos los días.
También
hoy he recibido una carta de ella. Parece que la ha escrito con
rabia, lo noto en la presión de su escritura sobre el papel;
casi la podría leer con el tacto. Me dice que deje de escribirle,
sin embargo, yo nunca le he escrito ninguna carta; más
bien lo que hago es mandarle desde hace algún tiempo recortes
de mis artículos, entrevistas que me han hecho, contratapas
de mis libros firmadas y sin ninguna dedicatoria especial. Procuro
enviarle todo lo que tenga mi nombre o una foto mía, así
se le hará difícil olvidarme.
Me
pregunto qué es lo que le puede molestar de todo esto.
Quizás sea el olor a tabaco que se impregna en todo lo
que toco. Seguramente, este olor ha invadido su casa dejando una
ligera niebla que le molesta en los ojos cuando se pone a bordar,
que le ocasiona arcadas a la doméstica, y que también
hace que su gordo marido sude y se ponga colorado. Entonces ella
tendría que mirarlo fijamente, como muestra de preocupación,
y lo besaría en la calva grasienta, a pesar de que muy
dentro, lo que verdaderamente siente es asco y soledad; una sensación
parecida a la que tengo yo ahora leyendo sus líneas. A
lo mejor le molesta mi firma, mi nombre escrito de manera caótica
e ilegible, puede que le recuerde a mí. Pero bueno, seguramente
ya no la molestaré más; ahora que ya no voy a ser
escritor. Pronto me quedaré sin más cosas que enviarle.
Enciendo
un cigarro; la imagen de ella se desvanece junto con la primera
bocanada de humo agrio y tibio: una serpiente blanca que avanza
desde mi garganta para anidar en mis pulmones. El gato me mira
con sus ojos verdes brillando de rabia, porque los chasquidos
de mi encendedor, que nunca da fuego a la primera, lo han despertado.
Se despereza, tiene los pelos electrizados; sobre el televisor
parece un gato falso de pelo sintético. Se relame las patas
y luego vuelve a sus sueños, donde seguramente es un felino
inmenso que caza elefantes.
***
Ayer
en un bar probé un licor que se llamaba Partner;
me gustó mucho. Me pedí entonces diez copas que
fueron suficientes para llenar una botella vacía de gaseosa
Concordia de medio litro que aún conservaba en mi gabardina.
Hoy busqué el licor por todo el supermercado y en algunas
tiendas pero no lo encontré. Sorbo del pico de la botellita
y el sabor del licor no ha cambiado a pesar del plástico
y de quizás, también, algún resto de gaseosa.
Ayer
también pasé por una librería recién
inaugurada que se llama Neón. Su nombre se debe a que todos
los estantes están iluminados con este tipo de luz. No
me gusta mucho el neón para una librería, ya que
lo relaciono con restaurantes de mala muerte donde más
de una vez he cogido salmonela, con casinos donde me he jugado
hasta el reloj y con esos prostíbulos de moda, que son
todo un bloque con la fachada de restaurante-discoteca-hostal.
En
aquella librería permanecí casi una hora ojeando
lo que sea y mirando el aspecto de mi piel bajo el neón.
Empecé a mirar las fotos de las contratapas de algunos
escritores conocidos y otros extraños. A algunos, como
a mí, les sentaba bien este tipo de luz fosforescente;
a otros, se les veía de un color pútrido. Encontré
uno de mis libros en una edición de bolsillo, y en mi foto
de contratapa, aunque pequeña, se me veía más
joven y con el rostro más limpio. Seguramente era una foto
retocada.
Me
gustó la foto y pensé en enviársela a ella
porque probablemente no la tendría. Entonces, cogí
el libro y lo escondí dentro de mi gabardina. No sé
bien por qué lo hice ya que tenía dinero suficiente
como para pagarlo.
Cuando
crucé la puerta de salida, no me esperaba oír el
pitido antirrobo, ya que estoy acostumbrado a frecuentar librerías
de segunda mano, iluminadas por luz blanca de focos ahorradores,
donde todo, incluyendo a los vendedores, huele a añejo.
En esas librerías no vale la pena usar tal sistema de seguridad,
porque sería como inventariar y poner precintos de seguridad
al polvo y al pasado ajeno.
Sentí
que me ruborizaba, pero con desparpajo seguí caminando
tranquilo y lentamente. Afuera, el vigilante me detuvo con buenas
maneras y palpó con timidez los bultos en mi gabardina.
Descubrió mi botella y el libro. Miró la contratapa
y me reconoció. Entonces el vigilante gordo y bajito, me
mostró sus dientes disparejos en una amplia sonrisa y me
dio un fuerte apretón de mano. Me pidió que le firmara
un libro, pero no el que yo había robado, sino uno que
él guardaba en su bolsillo, donde el protagonista era un
respetado vigilante de banco; exitoso con las mujeres, poderoso
e inmortal con su revólver y chaleco antibalas. Dejó
que me fuera con el libro, luego volvió a entrar a la librería
y le dijo algo a la cajera; ella sonrió e hizo un movimiento
con la mano en señal de despedida y que podía irme
sin problemas. Yo les sonreí ligeramente y me limpié
el sudor que había dejado el vigilante en mi mano. Me fui.
Ya
en la calle y, a través de la ventana de la librería,
pude ver al vigilante que volvía a su puesto acariciando
su revólver con cara de satisfacción. Le hizo un
guiño a la cajera, y ella indiferente siguió limándose
las uñas y haciendo globos de goma de mascar rosada.
***
El
gato me ha despertado con un arañazo en la cara. Se esconde
entre los periódicos y no me da tiempo a vengarme; sólo
me queda maldecir. Estoy un poco alterado, el último cigarro
que me queda está por acabarse. Bebo los restos de Partner
que hay en la botella de Concordia. Recorto la contratapa con
mi fotografía del libro que robé ayer y busco entre
mis papeles un pedazo de cartulina que le sirva de fondo. Encuentro
una perfecta: color azul neón. Antes de pegar la foto,
me doy cuenta de que el chip antirrobo esta ahí, justo
en el lado opuesto de la contratapa. Imagino que si ella cargase
esta foto en su cartera el pitido se activaría si en caso
fuese a ver algunos libros a Neón. Y ojalá que suceda
estando acompañada de su marido: el vigilante la detendría
y ella, con miedo, abriría su bolso donde guarda mi foto
retocada, en la que se me ve muy bien con ese fondo azul fosforescente.
El vigilante se sentiría como un héroe que ha descubierto
la traición; el marido idiota y engañado; ella la
astuta e infiel; la cajera una mosca en la oreja que echa más
leña al fuego; y yo, el guapo entre todos esos personajillos
baratos. Luego se daría una gran discusión entre
ellos, y de fondo, el chillido molesto e interminable de la alarma
activada.
El
sobre me espera con las estampillas puestas y antes de pegar mi
foto sobre la cartulina, observo ese chip de seguridad, que no
es otra cosa que una calcomanía plateada. La miro con más
cuidado, y si la muevo, aparecen unas rayitas de colores metálicos;
esto me hace recordar a esos hologramas que venían como
sorpresa en los chocolates de mi infancia. Experimento casi la
misma desesperación e impaciencia que sentía de
chico cuando trataba de encontrar a mis superhéroes en
esos hologramas. Puede que en éste encuentre el nombre
de la librería o las caras de los trabajadores, o quizás
hasta mi propia cara.
En
vano me desespero pues no veo nada; sólo es una calcomanía
plateada con unas pequeñas rayitas en relieve que refleja
la luz trémula de la pantalla del televisor encendido a
mis espaldas, y con el volumen en cero.
©
Claudia Ulloa Donoso
|