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el amor separa cuerpos, que la pasión une...

 

Comprimí la luna en una caja, para que al abrirla brillara con mayor fuerza, por aquel tiempo guardada. Era mi mejor regalo, mi mejor ofrenda... al amor... El amor, siempre el amor, aquel de cotidiano a destiempo y rodeado de opciones, que imposibilitaba la plenitud, el sueño, el aire, la vida misma.

Súbitamente se abrió tras Florencia esa puerta de recuerdos olvidados y aventurados. Inconforme con el firmamento inhóspito de esta gran ciudad, en que la incomprensión atiende en forma directamente proporcional al número de autos, habitantes, o partículas contaminantes en el ambiente.

Estaban ahí, y aunque alguno supo de la existencia del otro, no se conocieron ni en fotografía. Florencia siempre mantuvo todo cuidadosamente guardado, pues su sentencia era hacer un libro con la vida de aquellos amantes de mayor importancia, a los cuales notablemente había mantenido con discreción, alejados unos de otros. Sin embargo, no se resumía a eso la aventura, ya que aunque cada uno tenía referencias de otro, nunca se habló de las recurrencias ni de aquellos tiempos en que alguno de ellos compartió el momento de Florencia con alguno de los otros.

Socorro fue la encargada de llevar a cabo este difícil trabajo, telefonearles a todos, a los más importantes, para que en el último día le hicieran compañía y se enteraran de todo, pues la verdad dicha a medias alguna vez debe de relucir completa. Ese era el objetivo, que por su conducto se enteraran de la realidad, de lo importantes que habían sido para ella después de todo... Qué hubiera cambiado, cuál le interesaba a distancia, a cuál añoraba y con cuál perdió al involucrarse; pensó en esa ocasión que preferible sería así, a conocerlo después por terceros; nunca por ella. Enfrentarlos hubiera sido divertido al principio, pero ahora resultaba imposible.

Todo había comenzado como un juego, una tarde en que Florencia dijo en una larga charla con Socorro...

“Moriré joven, apenas iniciada mi labor profesional, pero ese día, he soñado desde hace tiempo, que quiero que además de mi familia, estén conmigo aquellos hombres que compartieron mi vida afectiva y que de una u otra forma significaron o me enseñaron algo, en el bien o mal vivir que he llevado”.

En un atuendo hasta los tobillos, color negro plata y abotonado al frente hasta la rodilla, medias de seda negras, zapatos de charol, negros también, y de altos tacones, el cuello del vestido en redondo, pero abierto hasta el inicio de las protuberancias ejercidas por el pecho, collar plateado con piedra gris y zafiros, al igual que los aretes. Los ojos numismáticos se habían perdido por vez primera ante unos párpados cerrados para el sin tiempo... No había sonrisa, sólo paz, tranquilidad. El cabello se mantenía sujeto a un chongo alborotado, que le daba un aspecto de ingenuidad e inocencia indescifrable. Las manos recargadas sobre su abdomen, entrelazadas, sosteniendo un pequeño cofre de plata, con un brillante en el centro...

No había movimiento, la quietud salía de los instantes, perpetuándolos. Cuántos recorridos por ese cuerpo esbelto y bien formado hubieran querido hacer diversos hombres, cuántos duraron en su vida y cuántos no. En qué momento se suscitó el desencuentro entre cada uno y murió la llama, si es que en algún momento existió.

Siempre, Florencia se enajenó siempre, quiso en todo momento aprender y provocar la pasión, la excitación, el desenfreno. Poco a poco, movimientos, palabras, educación y todo, se fue convirtiendo en estudiado, aunque natural. La forma de levantar una copa y brindar, de tomar la bocina del teléfono y dejar escuchar la voz por el auricular del teléfono, la parsimonia de sus movimientos, el guiño de un ojo, su sonrisa gentil e indescifrable, sus gestos, cómo tomar el cigarrillo y exhalar el humo; practicaba constantemente frente al espejo. No, definitivamente no era una mente maestra, pero sí gustaba del análisis, de la inteligencia y de un deseo pertinaz por ser acariciada y hacer un descubrimiento permanente de los otros. Buscaba dar solo una imagen, y recibir a cambio todo.

Alguna vez que estuvo inspirada, garabateó en el papel siete reglas para vivir:
1) Conservar siempre la calma (nunca perder el control)
2) Analizar racionalmente todas las posibilidades
3) Jamás perder de vista el objetivo, ni desvirtuarlo
4) Ser paciente y positivo
5) Delicadeza, buenas maneras y firmeza
6) Caminar sin miedo
7) Descontrolar un poco

Intentó seguirlas, pues desde muy temprano vivió obsesionada con la idea de que la mujer, si quiere triunfar, normalmente se encontrará sola... El cálculo, el control, el dominio deberían ser las constantes... El amor estorbaba para lograr los sueños, pero aún así, lo quiso vivir, palpar y llegar a los cuernos de la luna, montada en él... ¿Lo logró?


La pasión une cuerpos, el amor los separa...


En cualquier lugar, eso no importaba, lo fundamental era el éxtasis, la felicidad momentánea. El automóvil, la alfombra, la mesa, la silla, las escaleras, una balsa, el río, la cascada, todo era bueno, incluso hasta la cama... Caricias lentas, besos en todo el rostro hasta llegar a los labios. Actos mecánicos, desesperación... Un típico macho mexicano para el que la mujer era el objeto, la deseada, sí, pero aquella a la que no se sabía poseer.

Él era entonces el vulnerable, el que lo permitía todo, sin hacer nada, porque nada sabía, siempre, siempre a prisa, sin intermedios... Una caricia bastaba, y se desnudaba en cualquier parte, sin importar el sitio, acostumbrado a tener lo que él quisiera, tan sólo desearlo.

La conciencia no le permitía darse; sólo se entregaba, pasivamente. Un gesto subversivo, un cosquilleo en el oído, mientras la mano de la mujer desabotonaba la camisa lamiendo su pecho, no podía esperar más, la abrazaba, para segundos después soltarla y deshacerse de los pantalones y los calzoncillos.

La trepaba después sobre sí y la mantenía asida con sus brazos fuertes, contoneándose de un lado para otro, excitándose a sí mismo. Por fin desabrochaba la blusa de ésta, para sentir su piel, ella lo quería, no era sólo un acto carnal... abrumaba por ello.

Deslizándose como hábil pez entre su cuerpo, reconociendo cada una de sus hendiduras, henchidas por el frenesí y la falta de conocimiento, Florencia se abalanzaba a degustar el platillo recién servido, sabiendo que tendría que devorarlo rápidamente, por sí sola, recorrerlo todo, saborearlo, mantener la boca cálida y ensalivada por el pecho, bajando hasta el tórax y aún más. Avanzar hacia los muslos, las pantorrillas y hasta los pies, dedo por dedo, provocándole placer. Pensó que así debía ser siempre, que las cosas eran así y que ella tendría que excitarse por el goce que generaba.

Subía después nuevamente, deslizándose por la entrepierna, hasta llegar a su “helado de vainilla”, como ella le llamaba. Mojándose los labios con la lengua, en un recorrido circular, comenzaba a acariciar de abajo hacia arriba el pene erguido, pequeñas succiones que provocaban espasmos hasta llegar a la cabeza y saborear la cúspide, la vena (una región muy sensible, denominada médicamente como el plexo pampiniforme), que poco a poco se iba perdiendo al ingresar lentamente en su boca.

Entonces, un jugueteo que subía y bajaba, para detenerse en el momento menos prudente, y desdibujar el ardor del compañero, tranquilizarlo, aunque él se molestara, para volver nuevamente a paladear oralmente, hasta que él tomaba la iniciativa y por lo menos, intentaba penetrarla. Primero dolor, por falta de lubricación y en seguida, pequeños balanceos en redondo o de un lado hacia otro hasta que él tomaba sus manos y ella las suyas, ayudándose con las piernas entrelazadas con pequeños saltos hasta lograr la satisfacción “a medias”. Momentos después, todo terminaba, uno en una esquina, el otro en la otra, como gallos de pelea... como boxeadores en un ring.

Ese era Francisco, uno de los que marcó su vida, con ansias de poder, de manipular todo lo que estuviera a su alcance, con un creciente deseo por perpetuarse en el dinero. Un ser que conspiraba con las fantasías, tornándolas realidad.

Aquella primera vez, de algo que se volvería monótono y aburrido, recuerda Florencia, fue en una habitación de hotel, después de muchos e innumerables arrumacos.

La recogió a las cinco de la mañana, sería su primer aniversario, y se debería de aprovechar el tiempo. Le compró un negligé color rojo con bordes negros en Nueva York -mismo que él conservó para evitar que alguien pudiera descubrirlo en casa de Florencia-, todo era muy planeado; también llevaba vino blanco, galletas y ostiones. Todo estaba preparado, menos la experiencia.

Florencia corrió a cambiarse al baño, se deshizo de su falda negra amplia, de su blusa, negra también, de tacones, medias y ropa interior, rápidamente. Quedó al natural, como Dios la trajo al mundo. Se observó en el amplio espejo, escudriñando si era bella, miró su blanco rostro asustado, hilvanando una sonrisa nerviosa, recorrió su cuerpo lentamente, sus piernas largas, el pecho pequeño... Se colocó de lado para descubrir si su abdomen estaba abultado o no -este era plano-. Nuevamente, de frente al espejo, revisó sus caderas que se ensanchaban al bajar su cintura reducida y llegó a su pubis, el terror la apresaba, se miró una vez más y extendió el negligé recién entregado, contuvo el aliento y tomó los calzones diminutos de color sacrílego, se puso de perfil ante el espejo y analizó cómo se veía, retorciendo las cejas y frunciendo los labios, agarró el camisón y lo deslizó por sus brazos, se sentía absurda y ridícula.

Mientras ella permanecía en el tocador, él se desnudó y se metió a la cama, la fantasía crecía al tiempo que ella retardaba la salida... Ella no quería dejar el baño, le daba miedo y sentía vergüenza... Armándose de valor, alborotó su cabello negro, salió finalmente y él le dijo, “te ves bonita”, para que inmediatamente después, con diligencia abordara la cama y se tapara con las cobijas...

El intento se hizo, las caricias llegaron torpes, pero era tanto el deseo de los dos, que en lugar de disfrutar, todo sobrevino con inusitada velocidad, de manera frustrante... El vino y las galletas con ostiones se olvidaron y quedaron para después... De ahí solo queda de recuerdo, la llave del hotel, que conservó ella, para burlarse algún día que nunca llegó.

Ese era Francisco, “mal amante”, con poca iniciativa en las cosas del amor...

La búsqueda no quedó ahí, y aunque el cariño era mucho, pesó más la insatisfacción corpórea. Era importante conocer más, saciarse, legitimarse en el hedonismo... Florencia no podía creer que eso fuera todo lo que tantos habían tildado como “lo supremo” y otros tantos como “lo malo” -por ser muy bueno-. Volvíamos a las tradiciones y esquemas culturales, la mujer como objeto y frustrada ante los tabúes, los mitos y la parafernalia. Lo recurrente en lo privado para la mujer, en un país como México.

No esperó más, que ya tiempo atrás había conocido a otro hombre, Alejandro, sabía que él la quería y sintió la necesidad de estar con él, para comparar cuerpos, actitudes, sexos, todo. Hacía tiempo que Florencia lo conocía, que sabía de su obsesión por ella, que la consideraba inteligente, enigmática. Alejandro sabía que Florencia sostenía otra relación, aunque ello no le importaba enormemente.

Las cosas se dieron fácil, comenzaron a salir, el ambiente fue diferente, idealista, soñador. Charlas interminables sobre Spinosa y la esencia del amor, debates en torno a la política, a lo que se ofrecía en el contexto nacional, cine de arte, buenos restaurantes, paseos por Chapultepec, visitas a museos, la marcha triunfal de Aida y el Concierto de Aranjuez como marco al desenfreno impregnado en ambos.

Iniciativa... Una comida en su departamento, él mismo cocinó, champagne “Dom Perignon” y fresas. Una plática extensa sobre administración: Taylor, Fayol, Paretto, Drucker; los mecanicistas y los de la motivación. Música de Vangelis, y los automóviles pululando por Paseo de la Reforma. Eran ya las siete de la tarde...

¿Para ser líder se necesita tener carisma o se necesita permanecer detrás, moviendo los hilos, y poner al frente a alguien que sea agradable a la vista?... Esa era su preocupación más grave, le gustaba la política y se sabía poco carismático, más bien, la gente podría haber desconfiado de él... -No, le dijo Florencia, el carisma también se puede fabricar, todo es cuestión de máscaras. Yo puedo ayudarte.

El misterio de los cuerpos encubiertos se nubló con la aparición de la noche. La luz era tenue, y ambos avanzaban dispuestos a todo, sabían lo que querían y lo dirigían hacia allá... El camino ya no resultaba tan largo, que después de cinco horas de charla, de cumplidos y reconocimientos mutuos, habían descubierto el uno en el otro lo que necesitaban.


La pasión une cuerpos, el amor los separa...


Confabulados por la magia de una noche estrellada, como pocas en una gran ciudad como la del Valle de México, una luna de cuarto menguante observada desde el balcón en un tercer piso, luces centelleantes; los contactos y sensaciones vinieron solos... Arrellanados en el sillón Luis XV, brindando con champagne, con burbujas en la cabeza, Florencia tomó su brazo, para decirle: -Confío en ti, en que harás un equipo de trabajo y podrás ser un líder. Serás alguien reformador del sistema devastado que tenemos, lo sé... Creó en ti.

No se resistió más, esa confianza depositada por ella en él, lo cautivó hasta la irracionalidad... Sujetó sus brazos, aventó su cuerpo hacia delante, acercó su rostro y sin chistar ni dar tiempo para alguna reacción, la besó desafiante, con ardor.

La estupefacción y arrobamiento brotó de inmediato en Florencia, quien de inicio no respondió al contacto, haciéndolo sentir vulnerable y torpe... Desencajado, se retiró, abrió la puerta y salió al balcón turbado. Florencia encendió un cigarrillo, lo medio fumó en la sala, pensó lo que debería hacer, las palabras indicadas, apagó la colilla, tomó aire y con naturalidad, caminó hacia el balcón... Se acercó, posó sus manos en el barandal, inclinada hacia atrás y con la vista a la inmensidad de la noche, lo miró de reojo, mientras él se perdía en sí mismo, aunque muy consciente de los movimientos de ella.

En un momento, que pareció jamás llegaría, Alejandro expuso a Florencia, con los ojos hacia el infinito: -Cuando era niño, así como se ve desde este balcón, observaba desde lo alto de un cerro, las tierras en Guanajuato. Una ocasión, mi padre me dijo ante ese panorama, todo esto que ves, hasta donde alcanza tu vista y más, es tuyo. Desde entonces, pensé que era poderoso e invencible; pero no con una mujer...

Alejandro calló luego de su confesión, se miraron intensamente y finalmente inquirió un “lo siento”, cuando ella, tomando su mano, la puso sobre su pecho -el corazón palpitaba acelerado-, y le dijo “no me diste tiempo. Primera Lección, no perder la cabeza”... “Bueno, a veces”, musitó apenas... Acorraló su cuello entre sus brazos, se estrecharon y, las palabras ya estaban de más, no eran necesarias después de tantas. Acercaron sus rostros, rozando con la nariz, cerraron los ojos y se besaron...

Mitigando el temor inoperante, el descubrimiento persistió en el balcón, el roce de labios primero, sacó chispas encendiendo una satisfacción ansiada y desconocida. Se descosieron en impulsos, abandonados por un fulgor inédito, resarcieron el momento anterior en caricias arrebatadas. No era necesario cuidar nada, pensar en nada, lo importante era dejarse llevar.

Tomando con suavidad su cuello entre sus manos, Alejandro besó a Florencia pausadamente, desviviéndose en complacerla. Ella reaccionó emocionalmente a la sensación, se mojó los labios, y se unió a los de él en succiones calmas. Cerraron los párpados, la cercanía encendía la llama de manera creciente y exacerbada.

El frenesí de los contactos duró muchos minutos, las caricias se comenzaron a tornar más apasionadas, desorbitadas. Las manos de Alejandro bajaron por la espalda de Florencia, mientras ella deslizó las suyas por entre sus cabellos, conteniendo sus labios, más que cercanos a los de ella.

La excitación crecía, el desasosiego, los labios se resecaban y las lenguas se comían entre sí, al unísono, la respiración se agitaba... Alejandro sin titubear, comenzó a lamer el rostro de Florencia por completo, en tanto ella lo dirigió hacia una esquina del balcón, jadeante, sofocada... El besó su cuello, frenético, y ella, con la mirada hacia el cielo, repentinamente escuchaba a lo lejos el transitar de los vehículos por Paseo de la Reforma. Ella aprisionó sus cabellos e ingresó su lengua en la oreja de Alejandro, la mordisqueó con ansiedad decrépita, intentando descontrolarlo. Hábil se sentía, sin conocimientos reales... Él expiraba... Sus manos subían y bajaban por la espalda de Florencia rítmicamente, estrujándola contra su cuerpo, dejándole sentir su miembro desafiante, contenido por la ropa... Comenzó con un movimiento circular en fricción con el cuerpo de ella. Se besaban con mayor lujuria, con desesperación.

Con un grito, sacaron del arrobamiento a los tórtolos, unos paseantes entretenidos por el desfogue observado. -¡Hey!, exclamó uno, “vaya espectáculo”, “exhibicionistas”, “yo también quiero”.... Miraron de reojo, ella se turbó, sin embargo, Alejandro que estaba eufórico, no hizo caso, y tomando por sorpresa a Florencia, la arrinconó y desabotonó su blusa, acariciando sus pechos por entre el brasier y bajándolo con ambas manos de un sólo tajo. Acercó su boca cálida a su pecho, la sentó en el balcón, frente a sí, y la cargó hacia el interior del departamento, enlazando ella sus piernas en el tórax de Alejandro... La corta falda, hasta el extremo superior de las piernas.

Se escucharon silbidos afuera, pero él ya no hizo caso. Como un conocedor, no perdió tiempo, no debía enfriarse nada, todo debía continuar. La sentó en el suelo, recargándola en el sillón de la sala -su único sillón-, colocando sus piernas a uno y otro lado de las de ella, se hincó frente a ésta y siguió lo que apenas había comenzado; sin rupturas, sin transiciones agresivas, con coordinación y ritmo, que impidieron la pérdida de la agitación y el deseo.

Bajó por su cuello, con su boca ensalivada, recorriendo su pecho con las manos y la lengua. Mordió los pezones con suavidad y después con fuerza, la hizo gritar, aunque ella trataba de contenerse. Lastimaba pero no dañaba, complacía a la excitación, a la entrega.

El mordisqueo resultaba cada vez más pertinaz y su cuerpo se abalanzaba íntegro sobre Florencia. Ella lo sentía, desbordada, sorprendida, avasallada... Desfajó la camisa de Alejandro, era lo que debía hacer según su instinto. Sintió su piel, su espalda, sus bíceps fuertes. Con trabajos se deshizo de la camisa. Lo besó en la boca nuevamente, él también, con pasión y más ardiente que antes. Ella mordió su labio inferior con fuerza, él gritó, y para tranquilizarlo, lo besó con ternura inusitada y se tragó su sangre... Voracidad.

Alejandro tomó con rudeza los muslos de Florencia, sus nalgas, clavándole los dedos y posando su pecho en la boca de ella, que con desenfreno comenzó a besarlo y a aventurarse con regocijo, en una cruzada de izquierda a derecha, mordiéndolo con intensidad y apresando sus espaldas con sus uñas, excitada. Los besos seguían, mientras las manos de Alejandro recorrían lentamente pero con precisión, el vientre y glúteos de Florencia, levantándole la falda, para que no le estorbara.

Alejandro la besó en la boca calmándola y se colocó a un lado de ella, para iniciar un recorrido por sus piernas, deslizando sus manos sobre las medias negras, mientras ella yacía sentada en el suelo, con la cabeza echada hacia atrás, recargada en el modelo Luis XV...

Florencia se recuperaba un poco, pero Alejandro parecía más inspirado, quitó uno de sus zapatos con delicadeza y besó su pie tiernamente, mientras ella aceptaba conmovida sus argucias. El se agachó y con ósculos por doquier, comenzó a subir por sus piernas. Emuló el movimiento de antes y se deshizo del otro zapato de Florencia. El tiempo transcurría y para entonces escuchaban sin cesar el bolero de Ravel, que se repetía cada 15 minutos y medio.

Al subir por sus extremidades, Alejandro besó a través de las medias el vientre de Florencia, separó sus piernas con firmeza y con las manos cosquilleó su pubis, presionaba con los dedos, como queriendo separar los tejidos de la piel de ella, por encima de la ropa, acercaba sus labios y succionaba y mordisqueaba, hasta hacer que ésta se estremeciera y estrechara sus muslos para evitar desfallecer ante el placer.

Ella agarraba los cabellos de Alejandro con fuerza, de repente dándoles tirones, lo acercaba y lo alejaba, hasta que él con suavidad, deslizó sus manos al interior de sus medias y comenzó a bajarlas besando rítmicamente su vientre y piernas, al tiempo que se deshacía de ellas. Estrechaba entre sus manos la piel cálida ante el contacto, entregada, mientras la seda desaparecía al terminar con las uñas de los pies, pintadas de rojo; le encantaron y se prendió de ellas, chupándolas, rozándolas con sus dientes y ensalivándolas, una a una.

Las sensaciones que Florencia presenciaba, no las había tenido nunca, eran sublimes y a la vez, agredían a su temperamento ecuánime, a su calma... Él continuaba, ahora abriendo las piernas de ella y explorando su vulva con los dedos, en un jugueteo precoz, de lo que podría ser una penetración con su pene, como una extensión de él: índice y medio... Sabía perfectamente lo que hacía y era hábil al tacto y a la percepción hasta de la más mínima reacción que en ella se suscitaba, convulsa ésta, entre la expectación y la sensualidad que le generaban.

Alejandro ingresó su lengua en el ombligo de Florencia, dejando el sudor de su rostro en el vientre de ella... Impresionismo, romanticismo, realismo y todos los géneros literarios y las historias que Florencia había leído, se repasaban en su mente con agilidad, posando las manos en las espaldas de él, arañándolo sin escrúpulos...

Acercó Alejandro su rostro al de ella y la besó solícito, “¿cómo te sientes?”, “¿estás bien?... Florencia solo respondió a su beso y desabrochando su cinturón con algo de torpeza, siguió con el botón y el cierre de sus pantalones, que ya no hacían falta. Los bajó hasta los zapatos, encontró el obstáculo, los quitó y también la prenda, comiendo a lengüetadas suaves y febriles su pecho hasta su ombligo.

Él la ayudó a deshacerse de su falda y la observó por fin, completamente desnuda, ingenua, aunque dueña de sí misma, su piel lechosa y muy blanca, sus pequeños pechos, su vientre plano, su cintura breve y sus caderas anchas, sus piernas. Miró su rostro, los ojos incandescentes. Mientras ella, quitaba los calcetines, deslizando su boca por el bello de sus pantorrillas, al tiempo que bajaba por ellas hasta los extremos, eliminando las telas de ambos pies.

Se levantaron y se observaron uno a otro, escudriñaron y recorrieron sus cuerpos con la mirada... Ella vio la piel de bronce de Alejandro, sudorosa por la transpiración, su pecho ancho y caderas angostas, sus piernas delgadas pero fuertes, su miembro erguido. Levantó los ojos a su rostro y encontró unos ojos café obscuro desorbitados y una leve sonrisa, dibujada por sus labios, dejando entrever una dentadura envidiable, con un sólo error, una pequeña separación en los dientes centrales, aunque eso le parecía a ella parte de un atractivo infantil. Se acercó a él, se abrazaron deteniendo ambos sus manos en las nalgas del otro, comprimiéndolas, apretándose uno al otro lo más posible... Florencia sintió el pene de él en su vientre al estrecharlo, la estremeció y se deleitó al vaivén de los movimientos que ambos tornaban friccionando sus cuerpos... Él la recostó con ternura y le dijo “eres muy bella”, recorrió su cuerpo y ella sintió de repente un rubor creciente en su rostro, calor en su piel.

Olvidando su bochorno, le pidió a él que se acostara boca abajo sobre el suelo y acarició con familiaridad y atino los pliegues de su piel, desde el cuello hasta los pies, mordió sus glúteos. Se acostó sobre él, anudando sus piernas en las de éste y colocando sus manos entre su pene y la alfombra, tocándolo, sintiéndolo, reconociéndolo, en tanto lo besaba a los lados del cuello, en las orejas con locura, y presionando las manos sobre su miembro y testículos. Se mecía sobre él con pausada primero, y después con mayor fuerza.

Desanudó sus piernas y bajó por la espina dorsal, con la lengua como daga, manteniendo las manos en el órgano viril, que sentía encarcelado por ella, rodeándolo, acariciándolo, repentinamente presionándolo, para en seguida, suavemente rozarlo con los bordes de las uñas y las yemas dactilares.

Pasó sus manos por debajo de las piernas de él, chupó sus testículos y después su glande, el borde del prepucio, lo succionaba... Dejó una mano abajo, para mantenerlo sujeto, en tanto sacó la otra, para colocarla en el glúteo derecho y con la cabeza de lado, poder ejercer el movimiento. Él se volteó de momento, permitiéndose ver el rostro de Florencia, que con la boca chorreada por el labial, elevaba un poco la cabeza sobre su pecho, se erguía un tanto, aventaba su negro y alborotado cabello hacia atrás y con voluptuosidad dejaba sentir su lengua por las paredes del pene de éste. Se divertía, jugaba a la sensualidad sin inhibiciones, no le importaba lo que él pudiera pensar, sólo avanzaba por sus sensaciones, a su propio paso... Él la dejaba, extasiado, disfrutando y haciendo propia la manifestación procaz de ésta. Lo adulaba, sí, sin palabras lo adulaba, se sentía atractivo, carismático, deseado, invencible para los demás... Completo.

Alejandro se levantó, cargó a Florencia de frente a sí y la condujo a la pared con rapidez, presionando con rigidez las costillas de ella. Tocó con sus manos el clítoris de Florencia, reconoció el orificio y mientras la sostenía con una mano, con la otra ubicó su miembro en ella. Apoyándola en la pared y deslizándose brevemente hacia abajo, logró penetrar con lentitud su vagina, para entonces, detenerse de los libreros que tenía a uno y otro lado y apretar a Florencia hacia el muro, quien le ayudaba con sus brazos puestos sobre las nalgas, y con las piernas como tijera rodeándolo, a presionar más y más, pene y vagina...

Así, despacio... tranquilos, calmos, inhalando y exhalando aire, primero por la nariz, después por la boca. La juventud daba fuerza y el presente luto a los convencionalismos cobraba sus tributos... Se volvían uno, compartían espacios. Cuando él subía, ella con mayor regocijo bajaba, sus piernas le ayudaban. Se aproximaban en la cercanía, se alejaban dentro de ella, un beso repentino, para sacar nuevamente el aire, jadeos... Un grito, el de ella, emancipada, otro grito, el de él, fortalecido... Sostenidos por la nada ante la expiración de los cuerpos, completados, abastecidos por la satisfacción y derruidos por el cansancio finalmente.

La tomó entre sus brazos y la llevó al sillón sin desprenderse de ella, sin salir de sí, dejándose caer con ella sobre el sillón, saboreando las gotas sudoríparas de ambos, entremezcladas, que recorrían sus estructuras mancilladas por el agotamiento que repentinamente sobrevino. Somnolencia, muerte, enseguida de la negación del acosmismo.

Falta de conciencia y nuevamente, calma. Frío compartido, soledad. Permanente recuerdo de la existencia, de la gloria.

Ese fue Alejandro, joven, lleno de vida, con un futuro enorme por delante, soñador e idealista, pero brillante a la vez. Comprometido con su entorno, con el México del mañana, con el que Florencia vivió un buen momento en la intimidad, sólo un día después de haber hecho un intento con Francisco, 15 y 16 de diciembre, 24 horas de diferencia entre uno y otro.

Reuniones posteriores, acompañándose como pareja... El grupo de amigos de él, éste, y otros escribieron un libro para el IPADE (Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresas). El día de la presentación, ella lo acompañó y platicó sobre el quehacer de los mexicanos en las nuevas coyunturas con profesores que lo presentaban, siempre al lado de Alejandro, él se veía feliz, satisfecho de sus intervenciones, del carisma y forma de conducirse de ésta. Todo era fácil, se daba con sencillez y sin necesidad de establecer lineamientos, únicamente la honestidad... Parecía reconfortado de que ella pudiera ser ella misma.

Bailaron incluso en aquella recepción, al vaivén de una balada y él le dijo, “eres la mujer perfecta, estoy feliz contigo, tienes todo para que estemos juntos siempre”... “Siempre”, esa fue la palabra del miedo, los compromisos, el dejar de vivir, para comenzar a ser y vivir por él y para él o impedirle el desarrollo pleno a Alejandro, con obstáculos que el amor pone de continuo, entre aquellos de grandes ambiciones.

Florencia tenía ambiciones también, aún no sabía bien a bien qué quería, y eso se traducía para ella en el mayor obstáculo. Además, no pretendía sentirse atada a nadie y menos al amar volverse vulnerable, egoísta, e impedir el desarrollo del otro... Desapareció de su vida de pronto, lo abandonó para que él no se conformara.


La pasión une cuerpos, el amor los separa...


Un beso tierno, pero repentino y sin aviso, desembocó luego de un tiempo -ya que Alejandro había partido y poco después de que Francisco también debió pasar a la historia por su torpeza como amante y su pasión al dinero en primer término-, en un nuevo sujeto en la vida de Florencia, después de una plática introductoria sobre la familia de cada uno y lo que cada quien esperaba de una relación afectiva.

Remembranzas ya casi olvidadas, por aquellos meses en que de lleno se había dedicado a la lucha consigo misma, para descubrir cuál era realmente su misión en la vida. La principal, escribir y a partir de su pensamiento, abordar otras mentes y a fuerza de tenacidad, ir transformando esquemas de taciturnidad por aquellos de cambio, de conciencia. Se había dedicado a crecer en su carrera, alejándose de los sentimientos y las sensiblerías, supliendo el amor por el trabajo continuo y el desarrollo profesional.

Nunca como en esa ocasión se resistió a enamorarse, logrando lo contrario. Estaban solos, así se sabían y se sentían ambos. Se necesitaban, anhelaban sentirse queridos... Motivados por el hechizo de lo nuevo, dejaron su pasado sin relucir, y vivieron el momento.

Se encontraron un día trabajando juntos en una gira por el sureste mexicano, cuando la campaña presidencial de 1994, en que hubo nueve candidatos y partidos políticos que entraron a la lucha -paleros la mayoría y sin posibilidades de triunfo. Divide y vencerás-, y también, cuando el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Ambos investigando para diferentes empleadores, evaluando hechos, trabajos de campaña, pero atraídos por el EZLN, que los llevó a Chiapas, San Cristóbal de las Casas y luego, el Cañón del Sumidero, donde acampaban algunos en la búsqueda de lograr contactar con miembros encapuchados, Chamulas o Tzotziles, que les dijeran algo.

Sí, el Cañón del Sumidero resultaba el sitio ideal para encontrarse con la naturaleza, el río Chiapa o Grijalva a lo lejos y su vegetación cerrada y siempre verde. El mejor lugar para congraciarse con el trabajo, con la dignidad humana y consigo mismos.

Habían pasado los días después de aquel beso, sin contacto alguno por las ocupaciones de cada quien, sólo ocasionalmente se encontraban en simposios o en conferencias en diversas universidades, pero entonces, únicamente se saludaban, ante la presencia y compañía sempiterna de amigos y colegas.

El trabajo era arduo, salían desde muy temprano en búsqueda de aquello que les diera la razón de ser de ese viaje, al encuentro de respuestas a las incógnitas de su país, de su patria en creciente denostamiento por la pérdida de unión y violencia, primero externa, luego interna... Aunque éste no fuera el encargo de los jefes, ellos siempre hacían lo que consideraban conveniente, aquello que pensaban que podría ser de interés para la sociedad y de sus universidades fundamentalmente, de hecho, su trabajo era la investigación, y eso era lo que ellos pretendían, investigar y resolver preguntas de algo no solicitado.

Tenían poco tiempo, por lo que optaron por trabajar juntos. Percepciones y descubrimientos había hecho Florencia, como los había logrado Mauricio. Intercambiaron ideas y definieron su programa de actividades, uno a un sitio, el segundo a otro; dividir esfuerzos para optimizar tiempos, pues además, debían continuar con las encomiendas establecidas. Esto era extra.

Así, los días transcurrían y obtenían información de algunos grupos, se dirigían a localidades cercanas, y hablaban también con algunos funcionarios del gobierno y del Ejército, tuvieron que unir entonces esfuerzos y desplazarse juntos, la cercanía y admiración de uno por otro fue atrayendo los contactos, las palabras suaves, para que una noche, en el Cañón del Sumidero y en la borrasca, tomara Mauricio de la mano a Florencia y corrieran para guarecerse; sin embargo, en la obscuridad todo parecía inhóspito...

Fue ahí donde retomaron el ímpetu lúdico y con temor ante lo desconocido, se besaron nuevamente, empapados de la cabeza a los pies. Ya escampaba, y las ropas mojadas permitían descubrir al tacto, la piel de uno y de otro. Siluetas, formas... No hubo sexo, sólo contacto entre las ropas, porque de pronto se observaron luces que se acercaban hacia ellos... Lo mejor, obtuvieron la entrevista del siglo, las verdades del movimiento de voz de militares, después, tuvieron que regresar a la ciudad de México.

Resolvieron iniciar “algo”, no hablaron de compromisos, su relación se sustentaba en la admiración de uno hacia otro. Florencia sólo hacía cinco meses que había concluido un romance y lo que menos quería era enamorarse... Responsabilidades tampoco, sólo tomar lo bueno y nada más.

Un día de descanso se dirigieron al departamento de él para limpiarlo, pues Mauricio prefería aún vivir con su familia y ocasionalmente lo visitaba para revisarlo y darle una “manita de gato”... Florencia enjuagaba unos vasos, luego de haber bebido refresco, cuando él se acercó tras ella, la rodeó con sus brazos por su vientre y besó su mejilla con dulzura. Ella se asombró, ante el descubrimiento de un hombre sensible y rió nerviosa, cuando él, para evitar más ironía, calló su risa con un beso en los labios, para continuar así, ensimismados en un frenesí inacabado y ya ansiado por ambos.

Deslumbrados los dos, se arrebataron en las escaramuzas cárnicas... Él la levantó sobre el fregadero, la sentó en el borde de éste y continuó besándola... -Florencia, te deseo como no he deseado a nadie, dijo Mauricio, cuando ella se dispuso a bajar de aquel sitio incómodo y alto.

Se estremecieron al contacto, a los brazos de uno y de otro, bajando por las espaldas. Los mordisqueos dactilares sobre las ropas acrecentaban la ansiedad, la complacencia recíproca, buscando conservar una calma que no llegaba. Ella vestía un suéter azul pálido y una falda chanel blanca con una abertura por la parte trasera hasta las articulaciones de las rodillas. Él, enfundado en unos jeans y camisa vaqueros, con botas picudas... Era su día de desenfado y esparcimiento.

Mirándose a los ojos todo el tiempo, manteniéndolos abiertos, para no demostrar vulnerabilidad ni sentirse débiles. Era importante el deseo, pero también exhibirse uno al otro en plena conciencia de sus acciones. Florencia había cambiado, se transformaba como el camaleón, según la presa. Sí, sensibles sí, pero no entregados, todo con cálculo y con raciocinio.

Aún así, y sabiéndolo, conociendo sus realidades, se descubrieron semejantes, cuestionables y humanos, como todos.

Esta ocasión sí, fueron directamente a la cama, Mauricio la cargó y la llevó en brazos y ahí jugaron “el dulce juego del amor en donde nadie ha de resignarse”, aquel que nos cuenta Jaime Sabines, el poeta Chiapaneco en “Los amorosos”... al fin, la magia había surgido en Chiapas.

Control en el sincontrol...

“La llama se encendió,
se unieron dos cerillas,
dos pavesas jubilosas,
en búsqueda de pasión”

Se tocaron y desentrañaron uno al otro en toda su inseguridad y sensibilidad, ambos temían lastimarse. Se besaban, la frente, la nariz, los pómulos, mejillas, barbilla, las orejas, el cuello. Las manos ardían por tocarse, vibraban al simple contacto de la piel, uno sobre otro, vestidos los dos -abandonados por instantes, ríspidos en otros-, sintiendo sus cuerpos.

Antes de desnudarse, ya se imaginaban, ya se habían sentido, ya se habían tocado sin tocarse. Amantes voraces, dándose gusto uno al otro, queriendo saber quién era el más bueno en aquellos caminos de la seducción, quién era el mejor en cosas del amor.

Reducidos a los placeres, Mauricio la desvistió por completo. Era de día, una sonrisa surcó su rostro. Se quitó el cinturón, mientras ella perpleja lo miraba, sin embargo, sólo lo tiró al suelo para no lastimarla con la hebilla... Sintió un alivio, ni siquiera sabía quién era, no conocía su pasado como otras veces, sólo vibraba, palpitaba, añoraba...

“Una llama que al mover
funde cuerpos,
funde almas,
funde amor y desamor.
El viento la transforma,
luchando por no apagarse,
quebrantando su fuerza y siguiendo al viento,
siempre en guerra por no acabarse.
Compleja llama de amor, de ternura y comprensión,
de deseo y de fervor,
de extrañeza y de furor,
llama que perpetra la pasión,
que deglute los sentidos,
y extermina la prisión...
que presencia lo vivido
y es saliva de creación.
Llama que deja ver cuerpos en unión,
que atraviesa las miradas
y penetra la inocencia
en creciente perversión.
Llama que también se acaba,
ante el aire abrumador,
llama que extermina las miradas
y que rompe la razón”.

Te quiero, le dijo él, pero ella no le creyó... Sonrió mirando sus ojos negros y con desenfado le desabotonó la camisa y el pantalón. Mauricio comenzó con las caricias por el cuerpo de Florencia, surcó su estrechez con la lengua húmeda, besó sus pezones, recorrió sus piernas y se incrustó en su vulva, provocándole sensaciones nuevas... Un niño goloso que besaba, mordía, succionaba y jugueteaba con su lengua por los recovecos del sexo de ella. La olía y degustaba... Orgasmos múltiples.

Florencia se arrojaba a los placeres sin chistar, aprisionando la cabeza de Mauricio, cada vez que el gusanillo de la somnolencia se despertaba y brotaba a flor de piel con un estremecimiento caprichoso y excitante. Se intentaba contener, no demostrar la alegría, no demostrar la agonía, la satisfacción, esa sensación de plenitud... Y la sangre recorriendo su cabeza.

Repentinamente, ante estos afanes y arrebatos abruptos, Mauricio levantaba la cabeza y la miraba sonriente, sabía bien lo que ella sentía, aunque ésta no lo dijera. Él no esperaba, le preguntaba el porqué de sus reacciones... El sexo se platica, le decía, qué sientes, qué quieres que haga, qué te gustaría. Ella no respondía, pero él inspirado seguía...

Espera, le dijo Florencia, parándose de cabeza sobre la cama y recargando los pies en la pared... Él, disfrutando, separó sus piernas firmes con los brazos y con facilidad sorbió los labios de su sensualidad haciéndola caer. Era un buen amante, parecía, y ella se sintió aturdida, en desventaja ante su destreza. No se quería quedar atrás...

Recuperándose del colapso, que le provocó un gemido sin pudor, se incorporó y con ternura apabullante y calma, quitó la camisa a Mauricio, mientras lo besaba sobre la ropa. Le quitó también la camiseta, las botas vaqueras, que le costaron trabajo desenfundar y sacó sus pantalones. Sólo restaban los calzoncillos y calcetines, últimos de los que no se desprendió. Lo tendió entonces en la cama y le dijo, ahora me toca a mí -¿sí?, preguntó, y sin esperar respuesta, se sentó sobre él, con una pierna a cada lado de sus caderas, sintiendo su virilidad, besando su cara, puso las manos sobre sus ojos y tomando la pañoleta con que adornaba su suéter, se la amarró para que no viera... Tenía que ser creativa e imaginativa. Él no opuso resistencia.

Florencia quiso complacerlo, llevarlo hasta los extremos del placer, demudar sus facciones y hacerlo desfallecer. Mojó sus dedos en su boca, los acarició, lamió sus orejas, los lóbulos de sus orejas y penetró su lengua por los oídos, rozando su miembro con el cuerpo y tocándolo con nerviosismo, aunque con agilidad... Transitó su cuerpo de espaldas y de frente con sus manos, con su rostro, con su lengua, con sus labios, con sus dientes; succionó su pecho, mordisqueó sus glúteos, los dejó marcados con sus uñas y bajó por su pecho con acuciosa lentitud, retardando la llegada a sus testículos y a su pene... Pausadamente bajó los bikinis blancos jugueteando primero con las manos, para después abrir sus piernas y besar por debajo sus genitales, sorbiendo despacio y después con precisión más y más enérgica con los labios, pequeños mordiscos... Bajar por la entrepierna y morder a los lados, muy cerca, para arrollar enseguida el animal que despertaba de su sueño y deglutirlo poco a poco hasta provocar la secreción lechosa y el grito supremo de la desesperación: eros y tanatos... Para besarlo tardíamente en la boca, y compartir el elixir... Acabando ambos, babeados y sudorosos de arriba a abajo, indefensos en la desnudez y arrogantes ante la contemplación...

Un segundo intento, que sobrevino en un grave percance, se suscitó en ese encuentro... Florencia sintió repentinamente que no lo amaba y se puso nerviosa. Cuando él intentó penetrarla, ella gritó y él salió lastimado, se circuncidó en ese momento. Ese día pararon en un hospital, pero mientras él intentaba controlar la hemorragia y se daba un baño, Florencia, apenada y triste, le dijo...
-¿Tú crees en el destino?... Porque esto para mí, es un augurio de que entre nosotros no habrá futuro.- Aunque Mauricio respondió que él no creía en eso, desde entonces supieron que todo sería un fracaso y así se suscitó después, al conocer el pasado, al comenzar la mentira, la infidelidad, la competencia y el revanchismo... Acabó con dolor, con una tremebunda dependencia corporal del uno hacia el otro, se conocieron gustos, aficiones, aberraciones, decadencias, inmundicias, perversión... Cifraron todo en sus cuerpos depravados desdeñando el amor -aunque existió, pero no lo aceptaron nunca-, y se quedaron vacíos extirpándose el aire mutuamente, porque sólo compartieron la intimidad, pero nunca el mundo exterior, jamás se hicieron públicos... Sin embargo, para Florencia fue el mejor amante y lo perpetró y amó con intensidad, también con dolor, porque aun sin querer se abandonó al placer que germina el amor, se permitió ultrajar en caminatas insaciables, se dejó dominar totalmente.

Por eso la insistencia en que la pasión une cuerpos y el amor los separa... Siempre que hay más, los separa... Siempre que existe el conocimiento y la introspección, los separa... Siempre que hay ansias de poder, de hacer y de querer de ambas partes, los separa... Siempre uno se ha de someter al otro, y los separa... Primero miente uno, luego el otro... No hay renuncia, sólo separación.

Florencia se preocupaba por ello, siempre lo supo... El juego de siempre, el coqueteo elegante, furtivo; las palabras hechizantes, la sorpresa, la chispa, el desdén, la entrega, la pasión, el amor, la posesión del otro, y al final, el adiós...

Muchas veces habló de suicidarse, pero siempre lo postergaba, no encontraba el sentido por la vida, pero tampoco conocía el de la muerte... No tenía arraigo a la existencia, aunque le gustaba disfrutar de una tarde sentada observando el paisaje, los árboles en sus devaneos con el viento... Deleitarse con la noche y el descubrimiento de una estrella, una sola en la gran ciudad. La luna, su luna, a la que siempre se dirigía e increpaba sin respuestas, aquella que la escuchaba y en sus tristezas buscaba... Grande, grande luna, astro blanco que figuraba en la obscuridad, a la que dictaba sus sueños, sus anhelos, ansiedades, angustias... La que conocía su amor.

Vivió sin saber que lo cotidiano es lo permanente, que lo excelso y extremo siempre termina, que las respuestas tajantes no existen, que el desenfreno dura poco, que no basta el amor para conservarlo, que no basta la pasión para sentirse pleno, que las respuestas últimas nunca se encuentran... Se volvió loca de un coraje, hilvanando la cordura a la pérdida de la razón. Pensó que con la fe podría pasar con su auto a través de otro y ahí terminó... Ella me lo dijo, antes de morir, para descubrir, si Dios existe.

Decidí cumplir lo que ella tal vez me pidió un día como un juego, porque soy su amiga, porque no la pude entender, porque a pesar de crecer con ella, la odio por morir cuando estaba cercana a sus búsquedas, cuando tenía una misión en la vida y ya no quiso luchar...

Sucesos aislados, encuentros furtivos, la dependencia corporal de un hombre que le diera satisfacción, me pidió que se los dijera, pero eso es muy difícil para mí, así que preferí escribírselos... Ella se separó de sus amantes, pero sabía que serían hombres importantes algún día y se darían fama mutua al evidenciarse a los demás.

Con Francisco vivió el primer amor, pero siempre le fue infiel. Nunca se sometió, de haberlo hecho -pensaba-, hubiera quedado recluida a su casa y a cuidar a los niños... Con Alejandro, tuvo lo más placentero y efímero, mientras continuaba con Francisco, ante todo eran amigos, pero no estaba preparada para subyugarse... Con Mauricio, existió diferencia entre clases sociales, pensamientos y logros, una lucha casada por ver quién podía más profesionalmente, y cuál se sometía a quién, aunque reconoció en él, al mejor amante, mientras Francisco aparecía de nuevo en su vida esporádicamente y con racional desdén lo utilizaba, buscando hacerlo sentir inferior por no saber nada del amor, burlarse hasta la risa de su prepotencia y de su presunción y pasión por el dinero.

Mauricio, el que sólo competía... Francisco, el que no valía la pena... y Alejandro, con el que debió quedarse y formar un hogar, con quien hubiera podido tener y hacer todo. Hubo otros, pero no fueron tan trascendentes, con ellos compartieron tiempos ustedes, aprendió de ellos, aprendió de todos, pero nunca se visualizó como alguien innovador y de futuro, nunca encontró su misión en la vida, nunca transformó nada porque lo dejó todo a medias, por eso este escrito, como una sentencia póstuma en rebelión con el suicidio, dijo Socorro a los tres. Dejó todo a los 30 años, cuando las arrugas tempranas aparecían bajo sus ojos...

Fue velada en su casa, alumbrando el cajón un candil de reliquia justo arriba de donde yacía el cuerpo, la luz rebotaba por las paredes, edificando sombras informes pero amenazantes. El féretro, abierto... Lúgubres fueron esas horas, el tiempo pareció estacionarse.

Se miraban unos a otros, sus padres, familiares, amistades... Socorro en uno de los extremos del ataúd, montando guardia, y aquellos que Florencia quiso que aparecieran, asistieron... No era una última petición, pero así la tomó Socorro... Desencajada los llamó por teléfono al conocerlo todo, los localizó y les solicitó su presencia, porque además, tendría que cumplir un deseo que Florencia siempre tuvo, arguyó.

El panteón era inmenso, con amplios jardines y criptas por doquier. Ella no quiso un mausoleo, prefirió quedar en la tierra, aquella que hay que abandonar cuando no da para vivir... Bajó el ataúd, se rompió el cordón que lo sostenía, cayó y la caja sostenida entre sus manos se abrió. Un resplandor brotó y quedaron ciegos, el tiempo se detuvo... El brillo comprimido de la luna en esa caja, agotó cualquier posibilidad de incredulidad. Se ufanó la luna, excelsa, plena, dominante, dueña de todo y de todos.

El cantar de los pájaros paró, se contuvo el aire en una cápsula que radiaba el ambiente, el erotismo confiscado en muchos de los ahí presentes surgió en gran fiesta olvidándose de principios y contoneándose voraz por la piel de las conciencias, con vigor vehemente... Los estrujó. Absortos, los del cortejo, intentaban alejarse, desprenderse de ese dominio pernicioso. Rellenar con tierra la tumba...

El silbido del aire surtió un efecto innovador y repentino en los acompañantes, la luna surgía en la brillantez de la noche, porque Florencia pidió que la enterraran en la obscuridad. Creyó que la luna no la decepcionaría, y así fue. Dejó a todos descubiertos, en sus inmundicias, en su fragilidad humana. Después, todo acabó...

EPÍLOGO...

Un hombre dirige un discurso político en un mitin. Es aplaudido y alabado... Pancartas de apoyo, gritos, porras... Confianza en los asistentes, ánimo por creer en el cambio...

Donde la vida no vale nada, Guanajuato –diría la canción popular-... Una mujer se observa frente al espejo, alborota su corto cabello negro, recorre su cuerpo, toma un labial rojo encendido, lo pasa por su boca suavemente... Se levanta y despoja de un vestido negro con rayas plateadas que se abotona por delante, se desprende de sus medias y zapatos negros altos; desliza por sus pies unas sandalias de tacón doradas y se pone un camisón y bata blanca... Se sienta de nuevo frente al espejo y toma entre sus manos una caja de plata, con un brillante en el centro, sonríe, suspira... Se dirige a la ventana y observa la noche, desangelada, sin luna... Un hombre se acerca y pone su mano en el hombro de ella, sus miradas se encuentran...

La pasión une cuerpos, el amor los separa... pero, no siempre.



© Celia Teresa Gómez Ramos


   

celia teresa gómez ramos | México, 1968 | @ Periodista y amante pertinaz de la escritura. Ha trabajado como reportera de la fuente política y como jefe de prensa en instituciones gubernamentales y en empresas privadas. En 1995 publicó su primer cuento en Playboy y a finales de 2003 su primera novela …Y todos fuimos tentados, la cual da voz a la mujer desde los ámbitos de la seducción, la infidelidad, la ambición, la profesión y el dominio. Prefiere firmar siempre con su nombre –aunque largo-, y asumir en todo momento las consecuencias de sus palabras.


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