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el
amor separa cuerpos, que la pasión une...
Comprimí
la luna en una caja, para que al abrirla brillara con mayor fuerza,
por aquel tiempo guardada. Era mi mejor regalo, mi mejor ofrenda...
al amor... El
amor, siempre el amor, aquel de cotidiano a destiempo y rodeado
de opciones, que imposibilitaba la plenitud, el sueño,
el aire, la vida misma.
Súbitamente
se abrió tras Florencia esa puerta de recuerdos olvidados
y aventurados. Inconforme con el firmamento inhóspito de
esta gran ciudad, en que la incomprensión atiende en forma
directamente proporcional al número de autos, habitantes,
o partículas contaminantes en el ambiente.
Estaban
ahí, y aunque alguno supo de la existencia del otro, no
se conocieron ni en fotografía. Florencia siempre mantuvo
todo cuidadosamente guardado, pues su sentencia era hacer un libro
con la vida de aquellos amantes de mayor importancia, a los cuales
notablemente había mantenido con discreción, alejados
unos de otros. Sin embargo, no se resumía a eso la aventura,
ya que aunque cada uno tenía referencias de otro, nunca
se habló de las recurrencias ni de aquellos tiempos en
que alguno de ellos compartió el momento de Florencia con
alguno de los otros.
Socorro fue la encargada de llevar
a cabo este difícil trabajo, telefonearles a todos, a los
más importantes, para que en el último día
le hicieran compañía y se enteraran de todo, pues
la verdad dicha a medias alguna vez debe de relucir completa.
Ese era el objetivo, que por su conducto se enteraran de la realidad,
de lo importantes que habían sido para ella después
de todo... Qué hubiera cambiado, cuál le interesaba
a distancia, a cuál añoraba y con cuál perdió
al involucrarse; pensó en esa ocasión que preferible
sería así, a conocerlo después por terceros;
nunca por ella. Enfrentarlos hubiera sido divertido al principio,
pero ahora resultaba imposible.
Todo había comenzado como un juego, una
tarde en que Florencia dijo en una larga charla con Socorro...
“Moriré
joven, apenas iniciada mi labor profesional, pero ese día,
he soñado desde hace tiempo, que quiero que además
de mi familia, estén conmigo aquellos hombres que compartieron
mi vida afectiva y que de una u otra forma significaron o me enseñaron
algo, en el bien o mal vivir que he llevado”.
En
un atuendo hasta los tobillos, color negro plata y abotonado al
frente hasta la rodilla, medias de seda negras, zapatos de charol,
negros también, y de altos tacones, el cuello del vestido
en redondo, pero abierto hasta el inicio de las protuberancias
ejercidas por el pecho, collar plateado con piedra gris y zafiros,
al igual que los aretes. Los ojos numismáticos se habían
perdido por vez primera ante unos párpados cerrados para
el sin tiempo... No había sonrisa, sólo paz, tranquilidad.
El cabello se mantenía sujeto a un chongo alborotado, que
le daba un aspecto de ingenuidad e inocencia indescifrable. Las
manos recargadas sobre su abdomen, entrelazadas, sosteniendo un
pequeño cofre de plata, con un brillante en el centro...
No
había movimiento, la quietud salía de los instantes,
perpetuándolos. Cuántos recorridos por ese cuerpo
esbelto y bien formado hubieran querido hacer diversos hombres,
cuántos duraron en su vida y cuántos no. En qué
momento se suscitó el desencuentro entre cada uno y murió
la llama, si es que en algún momento existió.
Siempre,
Florencia se enajenó siempre, quiso en todo momento aprender
y provocar la pasión, la excitación, el desenfreno.
Poco a poco, movimientos, palabras, educación y todo, se
fue convirtiendo en estudiado, aunque natural. La forma de levantar
una copa y brindar, de tomar la bocina del teléfono y dejar
escuchar la voz por el auricular del teléfono, la parsimonia
de sus movimientos, el guiño de un ojo, su sonrisa gentil
e indescifrable, sus gestos, cómo tomar el cigarrillo y
exhalar el humo; practicaba constantemente frente al espejo. No,
definitivamente no era una mente maestra, pero sí gustaba
del análisis, de la inteligencia y de un deseo pertinaz
por ser acariciada y hacer un descubrimiento permanente de los
otros. Buscaba dar solo una imagen, y recibir a cambio todo.
Alguna
vez que estuvo inspirada, garabateó en el papel siete reglas
para vivir:
1) Conservar siempre la calma (nunca perder el control)
2) Analizar racionalmente todas las posibilidades
3) Jamás perder de vista el objetivo, ni desvirtuarlo
4) Ser paciente y positivo
5) Delicadeza, buenas maneras y firmeza
6) Caminar sin miedo
7) Descontrolar un poco
Intentó
seguirlas, pues desde muy temprano vivió obsesionada con
la idea de que la mujer, si quiere triunfar, normalmente se encontrará
sola... El cálculo, el control, el dominio deberían
ser las constantes... El amor estorbaba para lograr los sueños,
pero aún así, lo quiso vivir, palpar y llegar a
los cuernos de la luna, montada en él... ¿Lo logró?
La pasión une cuerpos, el amor los separa...
En cualquier lugar, eso no importaba, lo fundamental era el éxtasis,
la felicidad momentánea. El automóvil, la alfombra,
la mesa, la silla, las escaleras, una balsa, el río, la
cascada, todo era bueno, incluso hasta la cama... Caricias lentas,
besos en todo el rostro hasta llegar a los labios. Actos mecánicos,
desesperación... Un típico macho mexicano para el
que la mujer era el objeto, la deseada, sí, pero aquella
a la que no se sabía poseer.
Él
era entonces el vulnerable, el que lo permitía todo, sin
hacer nada, porque nada sabía, siempre, siempre a prisa,
sin intermedios... Una caricia bastaba, y se desnudaba en cualquier
parte, sin importar el sitio, acostumbrado a tener lo que él
quisiera, tan sólo desearlo.
La
conciencia no le permitía darse; sólo se entregaba,
pasivamente. Un gesto subversivo, un cosquilleo en el oído,
mientras la mano de la mujer desabotonaba la camisa lamiendo su
pecho, no podía esperar más, la abrazaba, para segundos
después soltarla y deshacerse de los pantalones y los calzoncillos.
La
trepaba después sobre sí y la mantenía asida
con sus brazos fuertes, contoneándose de un lado para otro,
excitándose a sí mismo. Por fin desabrochaba la
blusa de ésta, para sentir su piel, ella lo quería,
no era sólo un acto carnal... abrumaba por ello.
Deslizándose
como hábil pez entre su cuerpo, reconociendo cada una de
sus hendiduras, henchidas por el frenesí y la falta de
conocimiento, Florencia se abalanzaba a degustar el platillo recién
servido, sabiendo que tendría que devorarlo rápidamente,
por sí sola, recorrerlo todo, saborearlo, mantener la boca
cálida y ensalivada por el pecho, bajando hasta el tórax
y aún más. Avanzar hacia los muslos, las pantorrillas
y hasta los pies, dedo por dedo, provocándole placer. Pensó
que así debía ser siempre, que las cosas eran así
y que ella tendría que excitarse por el goce que generaba.
Subía
después nuevamente, deslizándose por la entrepierna,
hasta llegar a su “helado de vainilla”, como ella
le llamaba. Mojándose los labios con la lengua, en un recorrido
circular, comenzaba a acariciar de abajo hacia arriba el pene
erguido, pequeñas succiones que provocaban espasmos hasta
llegar a la cabeza y saborear la cúspide, la vena (una
región muy sensible, denominada médicamente como
el plexo pampiniforme), que poco a poco se iba perdiendo al ingresar
lentamente en su boca.
Entonces,
un jugueteo que subía y bajaba, para detenerse en el momento
menos prudente, y desdibujar el ardor del compañero, tranquilizarlo,
aunque él se molestara, para volver nuevamente a paladear
oralmente, hasta que él tomaba la iniciativa y por lo menos,
intentaba penetrarla. Primero dolor, por falta de lubricación
y en seguida, pequeños balanceos en redondo o de un lado
hacia otro hasta que él tomaba sus manos y ella las suyas,
ayudándose con las piernas entrelazadas con pequeños
saltos hasta lograr la satisfacción “a medias”.
Momentos después, todo terminaba, uno en una esquina, el
otro en la otra, como gallos de pelea... como boxeadores en un
ring.
Ese
era Francisco, uno de los que marcó su vida, con ansias
de poder, de manipular todo lo que estuviera a su alcance, con
un creciente deseo por perpetuarse en el dinero. Un ser que conspiraba
con las fantasías, tornándolas realidad.
Aquella
primera vez, de algo que se volvería monótono y
aburrido, recuerda Florencia, fue en una habitación de
hotel, después de muchos e innumerables arrumacos.
La
recogió a las cinco de la mañana, sería su
primer aniversario, y se debería de aprovechar el tiempo.
Le compró un negligé color rojo con bordes negros
en Nueva York -mismo que él conservó para evitar
que alguien pudiera descubrirlo en casa de Florencia-, todo era
muy planeado; también llevaba vino blanco, galletas y ostiones.
Todo estaba preparado, menos la experiencia.
Florencia
corrió a cambiarse al baño, se deshizo de su falda
negra amplia, de su blusa, negra también, de tacones, medias
y ropa interior, rápidamente. Quedó al natural,
como Dios la trajo al mundo. Se observó en el amplio espejo,
escudriñando si era bella, miró su blanco rostro
asustado, hilvanando una sonrisa nerviosa, recorrió su
cuerpo lentamente, sus piernas largas, el pecho pequeño...
Se colocó de lado para descubrir si su abdomen estaba abultado
o no -este era plano-. Nuevamente, de frente al espejo, revisó
sus caderas que se ensanchaban al bajar su cintura reducida y
llegó a su pubis, el terror la apresaba, se miró
una vez más y extendió el negligé recién
entregado, contuvo el aliento y tomó los calzones diminutos
de color sacrílego, se puso de perfil ante el espejo y
analizó cómo se veía, retorciendo las cejas
y frunciendo los labios, agarró el camisón y lo
deslizó por sus brazos, se sentía absurda y ridícula.
Mientras
ella permanecía en el tocador, él se desnudó
y se metió a la cama, la fantasía crecía
al tiempo que ella retardaba la salida... Ella no quería
dejar el baño, le daba miedo y sentía vergüenza...
Armándose de valor, alborotó su cabello negro, salió
finalmente y él le dijo, “te ves bonita”, para
que inmediatamente después, con diligencia abordara la
cama y se tapara con las cobijas...
El
intento se hizo, las caricias llegaron torpes, pero era tanto
el deseo de los dos, que en lugar de disfrutar, todo sobrevino
con inusitada velocidad, de manera frustrante... El vino y las
galletas con ostiones se olvidaron y quedaron para después...
De ahí solo queda de recuerdo, la llave del hotel, que
conservó ella, para burlarse algún día que
nunca llegó.
Ese
era Francisco, “mal amante”, con poca iniciativa en
las cosas del amor...
La
búsqueda no quedó ahí, y aunque el cariño
era mucho, pesó más la insatisfacción corpórea.
Era importante conocer más, saciarse, legitimarse en el
hedonismo... Florencia no podía creer que eso fuera todo
lo que tantos habían tildado como “lo supremo”
y otros tantos como “lo malo” -por ser muy bueno-.
Volvíamos a las tradiciones y esquemas culturales, la mujer
como objeto y frustrada ante los tabúes, los mitos y la
parafernalia. Lo recurrente en lo privado para la mujer, en un
país como México.
No
esperó más, que ya tiempo atrás había
conocido a otro hombre, Alejandro, sabía que él
la quería y sintió la necesidad de estar con él,
para comparar cuerpos, actitudes, sexos, todo. Hacía tiempo
que Florencia lo conocía, que sabía de su obsesión
por ella, que la consideraba inteligente, enigmática. Alejandro
sabía que Florencia sostenía otra relación,
aunque ello no le importaba enormemente.
Las
cosas se dieron fácil, comenzaron a salir, el ambiente
fue diferente, idealista, soñador. Charlas interminables
sobre Spinosa y la esencia del amor, debates en torno a la política,
a lo que se ofrecía en el contexto nacional, cine de arte,
buenos restaurantes, paseos por Chapultepec, visitas a museos,
la marcha triunfal de Aida y el Concierto de Aranjuez como marco
al desenfreno impregnado en ambos.
Iniciativa...
Una comida en su departamento, él mismo cocinó,
champagne “Dom Perignon” y fresas. Una plática
extensa sobre administración: Taylor, Fayol, Paretto, Drucker;
los mecanicistas y los de la motivación. Música
de Vangelis, y los automóviles pululando por Paseo de la
Reforma. Eran ya las siete de la tarde...
¿Para
ser líder se necesita tener carisma o se necesita permanecer
detrás, moviendo los hilos, y poner al frente a alguien
que sea agradable a la vista?... Esa era su preocupación
más grave, le gustaba la política y se sabía
poco carismático, más bien, la gente podría
haber desconfiado de él... -No, le dijo Florencia, el carisma
también se puede fabricar, todo es cuestión de máscaras.
Yo puedo ayudarte.
El
misterio de los cuerpos encubiertos se nubló con la aparición
de la noche. La luz era tenue, y ambos avanzaban dispuestos a
todo, sabían lo que querían y lo dirigían
hacia allá... El camino ya no resultaba tan largo, que
después de cinco horas de charla, de cumplidos y reconocimientos
mutuos, habían descubierto el uno en el otro lo que necesitaban.
La pasión une cuerpos, el amor los separa...
Confabulados por la magia de una noche estrellada, como pocas
en una gran ciudad como la del Valle de México, una luna
de cuarto menguante observada desde el balcón en un tercer
piso, luces centelleantes; los contactos y sensaciones vinieron
solos... Arrellanados en el sillón Luis XV, brindando con
champagne, con burbujas en la cabeza, Florencia tomó su
brazo, para decirle: -Confío en ti, en que harás
un equipo de trabajo y podrás ser un líder. Serás
alguien reformador del sistema devastado que tenemos, lo sé...
Creó en ti.
No
se resistió más, esa confianza depositada por ella
en él, lo cautivó hasta la irracionalidad... Sujetó
sus brazos, aventó su cuerpo hacia delante, acercó
su rostro y sin chistar ni dar tiempo para alguna reacción,
la besó desafiante, con ardor.
La
estupefacción y arrobamiento brotó de inmediato
en Florencia, quien de inicio no respondió al contacto,
haciéndolo sentir vulnerable y torpe... Desencajado, se
retiró, abrió la puerta y salió al balcón
turbado. Florencia encendió un cigarrillo, lo medio fumó
en la sala, pensó lo que debería hacer, las palabras
indicadas, apagó la colilla, tomó aire y con naturalidad,
caminó hacia el balcón... Se acercó, posó
sus manos en el barandal, inclinada hacia atrás y con la
vista a la inmensidad de la noche, lo miró de reojo, mientras
él se perdía en sí mismo, aunque muy consciente
de los movimientos de ella.
En
un momento, que pareció jamás llegaría, Alejandro
expuso a Florencia, con los ojos hacia el infinito: -Cuando era
niño, así como se ve desde este balcón, observaba
desde lo alto de un cerro, las tierras en Guanajuato. Una ocasión,
mi padre me dijo ante ese panorama, todo esto que ves, hasta donde
alcanza tu vista y más, es tuyo. Desde entonces, pensé
que era poderoso e invencible; pero no con una mujer...
Alejandro
calló luego de su confesión, se miraron intensamente
y finalmente inquirió un “lo siento”, cuando
ella, tomando su mano, la puso sobre su pecho -el corazón
palpitaba acelerado-, y le dijo “no me diste tiempo. Primera
Lección, no perder la cabeza”... “Bueno, a
veces”, musitó apenas... Acorraló su cuello
entre sus brazos, se estrecharon y, las palabras ya estaban de
más, no eran necesarias después de tantas. Acercaron
sus rostros, rozando con la nariz, cerraron los ojos y se besaron...
Mitigando
el temor inoperante, el descubrimiento persistió en el
balcón, el roce de labios primero, sacó chispas
encendiendo una satisfacción ansiada y desconocida. Se
descosieron en impulsos, abandonados por un fulgor inédito,
resarcieron el momento anterior en caricias arrebatadas. No era
necesario cuidar nada, pensar en nada, lo importante era dejarse
llevar.
Tomando
con suavidad su cuello entre sus manos, Alejandro besó
a Florencia pausadamente, desviviéndose en complacerla.
Ella reaccionó emocionalmente a la sensación, se
mojó los labios, y se unió a los de él en
succiones calmas. Cerraron los párpados, la cercanía
encendía la llama de manera creciente y exacerbada.
El
frenesí de los contactos duró muchos minutos, las
caricias se comenzaron a tornar más apasionadas, desorbitadas.
Las manos de Alejandro bajaron por la espalda de Florencia, mientras
ella deslizó las suyas por entre sus cabellos, conteniendo
sus labios, más que cercanos a los de ella.
La
excitación crecía, el desasosiego, los labios se
resecaban y las lenguas se comían entre sí, al unísono,
la respiración se agitaba... Alejandro sin titubear, comenzó
a lamer el rostro de Florencia por completo, en tanto ella lo
dirigió hacia una esquina del balcón, jadeante,
sofocada... El besó su cuello, frenético, y ella,
con la mirada hacia el cielo, repentinamente escuchaba a lo lejos
el transitar de los vehículos por Paseo de la Reforma.
Ella aprisionó sus cabellos e ingresó su lengua
en la oreja de Alejandro, la mordisqueó con ansiedad decrépita,
intentando descontrolarlo. Hábil se sentía, sin
conocimientos reales... Él expiraba... Sus manos subían
y bajaban por la espalda de Florencia rítmicamente, estrujándola
contra su cuerpo, dejándole sentir su miembro desafiante,
contenido por la ropa... Comenzó con un movimiento circular
en fricción con el cuerpo de ella. Se besaban con mayor
lujuria, con desesperación.
Con
un grito, sacaron del arrobamiento a los tórtolos, unos
paseantes entretenidos por el desfogue observado. -¡Hey!,
exclamó uno, “vaya espectáculo”, “exhibicionistas”,
“yo también quiero”.... Miraron de reojo, ella
se turbó, sin embargo, Alejandro que estaba eufórico,
no hizo caso, y tomando por sorpresa a Florencia, la arrinconó
y desabotonó su blusa, acariciando sus pechos por entre
el brasier y bajándolo con ambas manos de un sólo
tajo. Acercó su boca cálida a su pecho, la sentó
en el balcón, frente a sí, y la cargó hacia
el interior del departamento, enlazando ella sus piernas en el
tórax de Alejandro... La corta falda, hasta el extremo
superior de las piernas.
Se
escucharon silbidos afuera, pero él ya no hizo caso. Como
un conocedor, no perdió tiempo, no debía enfriarse
nada, todo debía continuar. La sentó en el suelo,
recargándola en el sillón de la sala -su único
sillón-, colocando sus piernas a uno y otro lado de las
de ella, se hincó frente a ésta y siguió
lo que apenas había comenzado; sin rupturas, sin transiciones
agresivas, con coordinación y ritmo, que impidieron la
pérdida de la agitación y el deseo.
Bajó
por su cuello, con su boca ensalivada, recorriendo su pecho con
las manos y la lengua. Mordió los pezones con suavidad
y después con fuerza, la hizo gritar, aunque ella trataba
de contenerse. Lastimaba pero no dañaba, complacía
a la excitación, a la entrega.
El
mordisqueo resultaba cada vez más pertinaz y su cuerpo
se abalanzaba íntegro sobre Florencia. Ella lo sentía,
desbordada, sorprendida, avasallada... Desfajó la camisa
de Alejandro, era lo que debía hacer según su instinto.
Sintió su piel, su espalda, sus bíceps fuertes.
Con trabajos se deshizo de la camisa. Lo besó en la boca
nuevamente, él también, con pasión y más
ardiente que antes. Ella mordió su labio inferior con fuerza,
él gritó, y para tranquilizarlo, lo besó
con ternura inusitada y se tragó su sangre... Voracidad.
Alejandro
tomó con rudeza los muslos de Florencia, sus nalgas, clavándole
los dedos y posando su pecho en la boca de ella, que con desenfreno
comenzó a besarlo y a aventurarse con regocijo, en una
cruzada de izquierda a derecha, mordiéndolo con intensidad
y apresando sus espaldas con sus uñas, excitada. Los besos
seguían, mientras las manos de Alejandro recorrían
lentamente pero con precisión, el vientre y glúteos
de Florencia, levantándole la falda, para que no le estorbara.
Alejandro
la besó en la boca calmándola y se colocó
a un lado de ella, para iniciar un recorrido por sus piernas,
deslizando sus manos sobre las medias negras, mientras ella yacía
sentada en el suelo, con la cabeza echada hacia atrás,
recargada en el modelo Luis XV...
Florencia
se recuperaba un poco, pero Alejandro parecía más
inspirado, quitó uno de sus zapatos con delicadeza y besó
su pie tiernamente, mientras ella aceptaba conmovida sus argucias.
El se agachó y con ósculos por doquier, comenzó
a subir por sus piernas. Emuló el movimiento de antes y
se deshizo del otro zapato de Florencia. El tiempo transcurría
y para entonces escuchaban sin cesar el bolero de Ravel, que se
repetía cada 15 minutos y medio.
Al
subir por sus extremidades, Alejandro besó a través
de las medias el vientre de Florencia, separó sus piernas
con firmeza y con las manos cosquilleó su pubis, presionaba
con los dedos, como queriendo separar los tejidos de la piel de
ella, por encima de la ropa, acercaba sus labios y succionaba
y mordisqueaba, hasta hacer que ésta se estremeciera y
estrechara sus muslos para evitar desfallecer ante el placer.
Ella
agarraba los cabellos de Alejandro con fuerza, de repente dándoles
tirones, lo acercaba y lo alejaba, hasta que él con suavidad,
deslizó sus manos al interior de sus medias y comenzó
a bajarlas besando rítmicamente su vientre y piernas, al
tiempo que se deshacía de ellas. Estrechaba entre sus manos
la piel cálida ante el contacto, entregada, mientras la
seda desaparecía al terminar con las uñas de los
pies, pintadas de rojo; le encantaron y se prendió de ellas,
chupándolas, rozándolas con sus dientes y ensalivándolas,
una a una.
Las
sensaciones que Florencia presenciaba, no las había tenido
nunca, eran sublimes y a la vez, agredían a su temperamento
ecuánime, a su calma... Él continuaba, ahora abriendo
las piernas de ella y explorando su vulva con los dedos, en un
jugueteo precoz, de lo que podría ser una penetración
con su pene, como una extensión de él: índice
y medio... Sabía perfectamente lo que hacía y era
hábil al tacto y a la percepción hasta de la más
mínima reacción que en ella se suscitaba, convulsa
ésta, entre la expectación y la sensualidad que
le generaban.
Alejandro
ingresó su lengua en el ombligo de Florencia, dejando el
sudor de su rostro en el vientre de ella... Impresionismo, romanticismo,
realismo y todos los géneros literarios y las historias
que Florencia había leído, se repasaban en su mente
con agilidad, posando las manos en las espaldas de él,
arañándolo sin escrúpulos...
Acercó
Alejandro su rostro al de ella y la besó solícito,
“¿cómo te sientes?”, “¿estás
bien?... Florencia solo respondió a su beso y desabrochando
su cinturón con algo de torpeza, siguió con el botón
y el cierre de sus pantalones, que ya no hacían falta.
Los bajó hasta los zapatos, encontró el obstáculo,
los quitó y también la prenda, comiendo a lengüetadas
suaves y febriles su pecho hasta su ombligo.
Él
la ayudó a deshacerse de su falda y la observó por
fin, completamente desnuda, ingenua, aunque dueña de sí
misma, su piel lechosa y muy blanca, sus pequeños pechos,
su vientre plano, su cintura breve y sus caderas anchas, sus piernas.
Miró su rostro, los ojos incandescentes. Mientras ella,
quitaba los calcetines, deslizando su boca por el bello de sus
pantorrillas, al tiempo que bajaba por ellas hasta los extremos,
eliminando las telas de ambos pies.
Se
levantaron y se observaron uno a otro, escudriñaron y recorrieron
sus cuerpos con la mirada... Ella vio la piel de bronce de Alejandro,
sudorosa por la transpiración, su pecho ancho y caderas
angostas, sus piernas delgadas pero fuertes, su miembro erguido.
Levantó los ojos a su rostro y encontró unos ojos
café obscuro desorbitados y una leve sonrisa, dibujada
por sus labios, dejando entrever una dentadura envidiable, con
un sólo error, una pequeña separación en
los dientes centrales, aunque eso le parecía a ella parte
de un atractivo infantil. Se acercó a él, se abrazaron
deteniendo ambos sus manos en las nalgas del otro, comprimiéndolas,
apretándose uno al otro lo más posible... Florencia
sintió el pene de él en su vientre al estrecharlo,
la estremeció y se deleitó al vaivén de los
movimientos que ambos tornaban friccionando sus cuerpos... Él
la recostó con ternura y le dijo “eres muy bella”,
recorrió su cuerpo y ella sintió de repente un rubor
creciente en su rostro, calor en su piel.
Olvidando
su bochorno, le pidió a él que se acostara boca
abajo sobre el suelo y acarició con familiaridad y atino
los pliegues de su piel, desde el cuello hasta los pies, mordió
sus glúteos. Se acostó sobre él, anudando
sus piernas en las de éste y colocando sus manos entre
su pene y la alfombra, tocándolo, sintiéndolo, reconociéndolo,
en tanto lo besaba a los lados del cuello, en las orejas con locura,
y presionando las manos sobre su miembro y testículos.
Se mecía sobre él con pausada primero, y después
con mayor fuerza.
Desanudó
sus piernas y bajó por la espina dorsal, con la lengua
como daga, manteniendo las manos en el órgano viril, que
sentía encarcelado por ella, rodeándolo, acariciándolo,
repentinamente presionándolo, para en seguida, suavemente
rozarlo con los bordes de las uñas y las yemas dactilares.
Pasó
sus manos por debajo de las piernas de él, chupó
sus testículos y después su glande, el borde del
prepucio, lo succionaba... Dejó una mano abajo, para mantenerlo
sujeto, en tanto sacó la otra, para colocarla en el glúteo
derecho y con la cabeza de lado, poder ejercer el movimiento.
Él se volteó de momento, permitiéndose ver
el rostro de Florencia, que con la boca chorreada por el labial,
elevaba un poco la cabeza sobre su pecho, se erguía un
tanto, aventaba su negro y alborotado cabello hacia atrás
y con voluptuosidad dejaba sentir su lengua por las paredes del
pene de éste. Se divertía, jugaba a la sensualidad
sin inhibiciones, no le importaba lo que él pudiera pensar,
sólo avanzaba por sus sensaciones, a su propio paso...
Él la dejaba, extasiado, disfrutando y haciendo propia
la manifestación procaz de ésta. Lo adulaba, sí,
sin palabras lo adulaba, se sentía atractivo, carismático,
deseado, invencible para los demás... Completo.
Alejandro
se levantó, cargó a Florencia de frente a sí
y la condujo a la pared con rapidez, presionando con rigidez las
costillas de ella. Tocó con sus manos el clítoris
de Florencia, reconoció el orificio y mientras la sostenía
con una mano, con la otra ubicó su miembro en ella. Apoyándola
en la pared y deslizándose brevemente hacia abajo, logró
penetrar con lentitud su vagina, para entonces, detenerse de los
libreros que tenía a uno y otro lado y apretar a Florencia
hacia el muro, quien le ayudaba con sus brazos puestos sobre las
nalgas, y con las piernas como tijera rodeándolo, a presionar
más y más, pene y vagina...
Así,
despacio... tranquilos, calmos, inhalando y exhalando aire, primero
por la nariz, después por la boca. La juventud daba fuerza
y el presente luto a los convencionalismos cobraba sus tributos...
Se volvían uno, compartían espacios. Cuando él
subía, ella con mayor regocijo bajaba, sus piernas le ayudaban.
Se aproximaban en la cercanía, se alejaban dentro de ella,
un beso repentino, para sacar nuevamente el aire, jadeos... Un
grito, el de ella, emancipada, otro grito, el de él, fortalecido...
Sostenidos por la nada ante la expiración de los cuerpos,
completados, abastecidos por la satisfacción y derruidos
por el cansancio finalmente.
La
tomó entre sus brazos y la llevó al sillón
sin desprenderse de ella, sin salir de sí, dejándose
caer con ella sobre el sillón, saboreando las gotas sudoríparas
de ambos, entremezcladas, que recorrían sus estructuras
mancilladas por el agotamiento que repentinamente sobrevino. Somnolencia,
muerte, enseguida de la negación del acosmismo.
Falta
de conciencia y nuevamente, calma. Frío compartido, soledad.
Permanente recuerdo de la existencia, de la gloria.
Ese
fue Alejandro, joven, lleno de vida, con un futuro enorme por
delante, soñador e idealista, pero brillante a la vez.
Comprometido con su entorno, con el México del mañana,
con el que Florencia vivió un buen momento en la intimidad,
sólo un día después de haber hecho un intento
con Francisco, 15 y 16 de diciembre, 24 horas de diferencia entre
uno y otro.
Reuniones
posteriores, acompañándose como pareja... El grupo
de amigos de él, éste, y otros escribieron un libro
para el IPADE (Instituto Panamericano de Alta Dirección
de Empresas). El día de la presentación, ella lo
acompañó y platicó sobre el quehacer de los
mexicanos en las nuevas coyunturas con profesores que lo presentaban,
siempre al lado de Alejandro, él se veía feliz,
satisfecho de sus intervenciones, del carisma y forma de conducirse
de ésta. Todo era fácil, se daba con sencillez y
sin necesidad de establecer lineamientos, únicamente la
honestidad... Parecía reconfortado de que ella pudiera
ser ella misma.
Bailaron
incluso en aquella recepción, al vaivén de una balada
y él le dijo, “eres la mujer perfecta, estoy feliz
contigo, tienes todo para que estemos juntos siempre”...
“Siempre”, esa fue la palabra del miedo, los compromisos,
el dejar de vivir, para comenzar a ser y vivir por él y
para él o impedirle el desarrollo pleno a Alejandro, con
obstáculos que el amor pone de continuo, entre aquellos
de grandes ambiciones.
Florencia
tenía ambiciones también, aún no sabía
bien a bien qué quería, y eso se traducía
para ella en el mayor obstáculo. Además, no pretendía
sentirse atada a nadie y menos al amar volverse vulnerable, egoísta,
e impedir el desarrollo del otro... Desapareció de su vida
de pronto, lo abandonó para que él no se conformara.
La pasión une cuerpos, el amor los separa...
Un beso tierno, pero repentino y sin aviso, desembocó luego
de un tiempo -ya que Alejandro había partido y poco después
de que Francisco también debió pasar a la historia
por su torpeza como amante y su pasión al dinero en primer
término-, en un nuevo sujeto en la vida de Florencia, después
de una plática introductoria sobre la familia de cada uno
y lo que cada quien esperaba de una relación afectiva.
Remembranzas
ya casi olvidadas, por aquellos meses en que de lleno se había
dedicado a la lucha consigo misma, para descubrir cuál
era realmente su misión en la vida. La principal, escribir
y a partir de su pensamiento, abordar otras mentes y a fuerza
de tenacidad, ir transformando esquemas de taciturnidad por aquellos
de cambio, de conciencia. Se había dedicado a crecer en
su carrera, alejándose de los sentimientos y las sensiblerías,
supliendo el amor por el trabajo continuo y el desarrollo profesional.
Nunca
como en esa ocasión se resistió a enamorarse, logrando
lo contrario. Estaban solos, así se sabían y se
sentían ambos. Se necesitaban, anhelaban sentirse queridos...
Motivados por el hechizo de lo nuevo, dejaron su pasado sin relucir,
y vivieron el momento.
Se
encontraron un día trabajando juntos en una gira por el
sureste mexicano, cuando la campaña presidencial de 1994,
en que hubo nueve candidatos y partidos políticos que entraron
a la lucha -paleros la mayoría y sin posibilidades de triunfo.
Divide y vencerás-, y también, cuando el levantamiento
del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).
Ambos investigando para diferentes empleadores, evaluando hechos,
trabajos de campaña, pero atraídos por el EZLN,
que los llevó a Chiapas, San Cristóbal de las Casas
y luego, el Cañón del Sumidero, donde acampaban
algunos en la búsqueda de lograr contactar con miembros
encapuchados, Chamulas o Tzotziles, que les dijeran algo.
Sí,
el Cañón del Sumidero resultaba el sitio ideal para
encontrarse con la naturaleza, el río Chiapa o Grijalva
a lo lejos y su vegetación cerrada y siempre verde. El
mejor lugar para congraciarse con el trabajo, con la dignidad
humana y consigo mismos.
Habían
pasado los días después de aquel beso, sin contacto
alguno por las ocupaciones de cada quien, sólo ocasionalmente
se encontraban en simposios o en conferencias en diversas universidades,
pero entonces, únicamente se saludaban, ante la presencia
y compañía sempiterna de amigos y colegas.
El
trabajo era arduo, salían desde muy temprano en búsqueda
de aquello que les diera la razón de ser de ese viaje,
al encuentro de respuestas a las incógnitas de su país,
de su patria en creciente denostamiento por la pérdida
de unión y violencia, primero externa, luego interna...
Aunque éste no fuera el encargo de los jefes, ellos siempre
hacían lo que consideraban conveniente, aquello que pensaban
que podría ser de interés para la sociedad y de
sus universidades fundamentalmente, de hecho, su trabajo era la
investigación, y eso era lo que ellos pretendían,
investigar y resolver preguntas de algo no solicitado.
Tenían
poco tiempo, por lo que optaron por trabajar juntos. Percepciones
y descubrimientos había hecho Florencia, como los había
logrado Mauricio. Intercambiaron ideas y definieron su programa
de actividades, uno a un sitio, el segundo a otro; dividir esfuerzos
para optimizar tiempos, pues además, debían continuar
con las encomiendas establecidas. Esto era extra.
Así,
los días transcurrían y obtenían información
de algunos grupos, se dirigían a localidades cercanas,
y hablaban también con algunos funcionarios del gobierno
y del Ejército, tuvieron que unir entonces esfuerzos y
desplazarse juntos, la cercanía y admiración de
uno por otro fue atrayendo los contactos, las palabras suaves,
para que una noche, en el Cañón del Sumidero y en
la borrasca, tomara Mauricio de la mano a Florencia y corrieran
para guarecerse; sin embargo, en la obscuridad todo parecía
inhóspito...
Fue
ahí donde retomaron el ímpetu lúdico y con
temor ante lo desconocido, se besaron nuevamente, empapados de
la cabeza a los pies. Ya escampaba, y las ropas mojadas permitían
descubrir al tacto, la piel de uno y de otro. Siluetas, formas...
No hubo sexo, sólo contacto entre las ropas, porque de
pronto se observaron luces que se acercaban hacia ellos... Lo
mejor, obtuvieron la entrevista del siglo, las verdades del movimiento
de voz de militares, después, tuvieron que regresar a la
ciudad de México.
Resolvieron
iniciar “algo”, no hablaron de compromisos, su relación
se sustentaba en la admiración de uno hacia otro. Florencia
sólo hacía cinco meses que había concluido
un romance y lo que menos quería era enamorarse... Responsabilidades
tampoco, sólo tomar lo bueno y nada más.
Un
día de descanso se dirigieron al departamento de él
para limpiarlo, pues Mauricio prefería aún vivir
con su familia y ocasionalmente lo visitaba para revisarlo y darle
una “manita de gato”... Florencia enjuagaba unos vasos,
luego de haber bebido refresco, cuando él se acercó
tras ella, la rodeó con sus brazos por su vientre y besó
su mejilla con dulzura. Ella se asombró, ante el descubrimiento
de un hombre sensible y rió nerviosa, cuando él,
para evitar más ironía, calló su risa con
un beso en los labios, para continuar así, ensimismados
en un frenesí inacabado y ya ansiado por ambos.
Deslumbrados
los dos, se arrebataron en las escaramuzas cárnicas...
Él la levantó sobre el fregadero, la sentó
en el borde de éste y continuó besándola...
-Florencia, te deseo como no he deseado a nadie, dijo Mauricio,
cuando ella se dispuso a bajar de aquel sitio incómodo
y alto.
Se
estremecieron al contacto, a los brazos de uno y de otro, bajando
por las espaldas. Los mordisqueos dactilares sobre las ropas acrecentaban
la ansiedad, la complacencia recíproca, buscando conservar
una calma que no llegaba. Ella vestía un suéter
azul pálido y una falda chanel blanca con una abertura
por la parte trasera hasta las articulaciones de las rodillas.
Él, enfundado en unos jeans y camisa vaqueros, con botas
picudas... Era su día de desenfado y esparcimiento.
Mirándose
a los ojos todo el tiempo, manteniéndolos abiertos, para
no demostrar vulnerabilidad ni sentirse débiles. Era importante
el deseo, pero también exhibirse uno al otro en plena conciencia
de sus acciones. Florencia había cambiado, se transformaba
como el camaleón, según la presa. Sí, sensibles
sí, pero no entregados, todo con cálculo y con raciocinio.
Aún
así, y sabiéndolo, conociendo sus realidades, se
descubrieron semejantes, cuestionables y humanos, como todos.
Esta
ocasión sí, fueron directamente a la cama, Mauricio
la cargó y la llevó en brazos y ahí jugaron
“el dulce juego del amor en donde nadie ha de resignarse”,
aquel que nos cuenta Jaime Sabines, el poeta Chiapaneco en “Los
amorosos”... al fin, la magia había surgido en Chiapas.
Control
en el sincontrol...
“La
llama se encendió,
se unieron dos cerillas,
dos pavesas jubilosas,
en búsqueda de pasión”
Se
tocaron y desentrañaron uno al otro en toda su inseguridad
y sensibilidad, ambos temían lastimarse. Se besaban, la
frente, la nariz, los pómulos, mejillas, barbilla, las
orejas, el cuello. Las manos ardían por tocarse, vibraban
al simple contacto de la piel, uno sobre otro, vestidos los dos
-abandonados por instantes, ríspidos en otros-, sintiendo
sus cuerpos.
Antes
de desnudarse, ya se imaginaban, ya se habían sentido,
ya se habían tocado sin tocarse. Amantes voraces, dándose
gusto uno al otro, queriendo saber quién era el más
bueno en aquellos caminos de la seducción, quién
era el mejor en cosas del amor.
Reducidos
a los placeres, Mauricio la desvistió por completo. Era
de día, una sonrisa surcó su rostro. Se quitó
el cinturón, mientras ella perpleja lo miraba, sin embargo,
sólo lo tiró al suelo para no lastimarla con la
hebilla... Sintió un alivio, ni siquiera sabía quién
era, no conocía su pasado como otras veces, sólo
vibraba, palpitaba, añoraba...
“Una
llama que al mover
funde cuerpos,
funde almas,
funde amor y desamor.
El viento la transforma,
luchando por no apagarse,
quebrantando su fuerza y siguiendo al viento,
siempre en guerra por no acabarse.
Compleja llama de amor, de ternura y comprensión,
de deseo y de fervor,
de extrañeza y de furor,
llama que perpetra la pasión,
que deglute los sentidos,
y extermina la prisión...
que presencia lo vivido
y es saliva de creación.
Llama que deja ver cuerpos en unión,
que atraviesa las miradas
y penetra la inocencia
en creciente perversión.
Llama que también se acaba,
ante el aire abrumador,
llama que extermina las miradas
y que rompe la razón”.
Te
quiero, le dijo él, pero ella no le creyó... Sonrió
mirando
sus ojos negros y con desenfado le desabotonó la camisa
y el pantalón. Mauricio comenzó con las caricias
por el cuerpo de Florencia, surcó su estrechez con la lengua
húmeda, besó sus pezones, recorrió sus piernas
y se incrustó en su vulva, provocándole sensaciones
nuevas... Un niño goloso que besaba, mordía, succionaba
y jugueteaba con su lengua por los recovecos del sexo de ella.
La olía y degustaba... Orgasmos múltiples.
Florencia
se arrojaba a los placeres sin chistar, aprisionando la cabeza
de Mauricio, cada vez que el gusanillo de la somnolencia se despertaba
y brotaba a flor de piel con un estremecimiento caprichoso y excitante.
Se intentaba contener, no demostrar la alegría, no demostrar
la agonía, la satisfacción, esa sensación
de plenitud... Y la sangre recorriendo su cabeza.
Repentinamente,
ante estos afanes y arrebatos abruptos, Mauricio levantaba la
cabeza y la miraba sonriente, sabía bien lo que ella sentía,
aunque ésta no lo dijera. Él no esperaba, le preguntaba
el porqué de sus reacciones... El sexo se platica, le decía,
qué sientes, qué quieres que haga, qué te
gustaría. Ella no respondía, pero él inspirado
seguía...
Espera,
le dijo Florencia, parándose de cabeza sobre la cama y
recargando los pies en la pared... Él, disfrutando, separó
sus piernas firmes con los brazos y con facilidad sorbió
los labios de su sensualidad haciéndola caer. Era un buen
amante, parecía, y ella se sintió aturdida, en desventaja
ante su destreza. No se quería quedar atrás...
Recuperándose
del colapso, que le provocó un gemido sin pudor, se incorporó
y con ternura apabullante y calma, quitó la camisa a Mauricio,
mientras lo besaba sobre la ropa. Le quitó también
la camiseta, las botas vaqueras, que le costaron trabajo desenfundar
y sacó sus pantalones. Sólo restaban los calzoncillos
y calcetines, últimos de los que no se desprendió.
Lo tendió entonces en la cama y le dijo, ahora me toca
a mí -¿sí?, preguntó, y sin esperar
respuesta, se sentó sobre él, con una pierna a cada
lado de sus caderas, sintiendo su virilidad, besando su cara,
puso las manos sobre sus ojos y tomando la pañoleta con
que adornaba su suéter, se la amarró para que no
viera... Tenía que ser creativa e imaginativa. Él
no opuso resistencia.
Florencia
quiso complacerlo, llevarlo hasta los extremos del placer, demudar
sus facciones y hacerlo desfallecer. Mojó sus dedos en
su boca, los acarició, lamió sus orejas, los lóbulos
de sus orejas y penetró su lengua por los oídos,
rozando su miembro con el cuerpo y tocándolo con nerviosismo,
aunque con agilidad... Transitó su cuerpo de espaldas y
de frente con sus manos, con su rostro, con su lengua, con sus
labios, con sus dientes; succionó su pecho, mordisqueó
sus glúteos, los dejó marcados con sus uñas
y bajó por su pecho con acuciosa lentitud, retardando la
llegada a sus testículos y a su pene... Pausadamente bajó
los bikinis blancos jugueteando primero con las manos, para después
abrir sus piernas y besar por debajo sus genitales, sorbiendo
despacio y después con precisión más y más
enérgica con los labios, pequeños mordiscos... Bajar
por la entrepierna y morder a los lados, muy cerca, para arrollar
enseguida el animal que despertaba de su sueño y deglutirlo
poco a poco hasta provocar la secreción lechosa y el grito
supremo de la desesperación: eros y tanatos... Para besarlo
tardíamente en la boca, y compartir el elixir... Acabando
ambos, babeados y sudorosos de arriba a abajo, indefensos en la
desnudez y arrogantes ante la contemplación...
Un
segundo intento, que sobrevino en un grave percance, se suscitó
en ese encuentro... Florencia sintió repentinamente que
no lo amaba y se puso nerviosa. Cuando él intentó
penetrarla, ella gritó y él salió lastimado,
se circuncidó en ese momento. Ese día pararon en
un hospital, pero mientras él intentaba controlar la hemorragia
y se daba un baño, Florencia, apenada y triste, le dijo...
-¿Tú crees en el destino?... Porque esto para mí,
es un augurio de que entre nosotros no habrá futuro.- Aunque
Mauricio respondió que él no creía en eso,
desde entonces supieron que todo sería un fracaso y así
se suscitó después, al conocer el pasado, al comenzar
la mentira, la infidelidad, la competencia y el revanchismo...
Acabó con dolor, con una tremebunda dependencia corporal
del uno hacia el otro, se conocieron gustos, aficiones, aberraciones,
decadencias, inmundicias, perversión... Cifraron todo en
sus cuerpos depravados desdeñando el amor -aunque existió,
pero no lo aceptaron nunca-, y se quedaron vacíos extirpándose
el aire mutuamente, porque sólo compartieron la intimidad,
pero nunca el mundo exterior, jamás se hicieron públicos...
Sin embargo, para Florencia fue el mejor amante y lo perpetró
y amó con intensidad, también con dolor, porque
aun sin querer se abandonó al placer que germina el amor,
se permitió ultrajar en caminatas insaciables, se dejó
dominar totalmente.
Por
eso la insistencia en que la pasión une cuerpos y el amor
los separa... Siempre que hay más, los separa... Siempre
que existe el conocimiento y la introspección, los separa...
Siempre que hay ansias de poder, de hacer y de querer de ambas
partes, los separa... Siempre uno se ha de someter al otro, y
los separa... Primero miente uno, luego el otro... No hay renuncia,
sólo separación.
Florencia
se preocupaba por ello, siempre lo supo... El juego de siempre,
el coqueteo elegante, furtivo; las palabras hechizantes, la sorpresa,
la chispa, el desdén, la entrega, la pasión, el
amor, la posesión del otro, y al final, el adiós...
Muchas
veces habló de suicidarse, pero siempre lo postergaba,
no encontraba el sentido por la vida, pero tampoco conocía
el de la muerte... No tenía arraigo a la existencia, aunque
le gustaba disfrutar de una tarde sentada observando el paisaje,
los árboles en sus devaneos con el viento... Deleitarse
con la noche y el descubrimiento de una estrella, una sola en
la gran ciudad. La luna, su luna, a la que siempre se dirigía
e increpaba sin respuestas, aquella que la escuchaba y en sus
tristezas buscaba... Grande, grande luna, astro blanco que figuraba
en la obscuridad, a la que dictaba sus sueños, sus anhelos,
ansiedades, angustias... La que conocía su amor.
Vivió
sin saber que lo cotidiano es lo permanente, que lo excelso y
extremo siempre termina, que las respuestas tajantes no existen,
que el desenfreno dura poco, que no basta el amor para conservarlo,
que no basta la pasión para sentirse pleno, que las respuestas
últimas nunca se encuentran... Se volvió loca de
un coraje, hilvanando la cordura a la pérdida de la razón.
Pensó que con la fe podría pasar con su auto a través
de otro y ahí terminó... Ella me lo dijo, antes
de morir, para descubrir, si Dios existe.
Decidí
cumplir lo que ella tal vez me pidió un día como
un juego, porque soy su amiga, porque no la pude entender, porque
a pesar de crecer con ella, la odio por morir cuando estaba cercana
a sus búsquedas, cuando tenía una misión
en la vida y ya no quiso luchar...
Sucesos
aislados, encuentros furtivos, la dependencia corporal de un hombre
que le diera satisfacción, me pidió que se los dijera,
pero eso es muy difícil para mí, así que
preferí escribírselos... Ella se separó de
sus amantes, pero sabía que serían hombres importantes
algún día y se darían fama mutua al evidenciarse
a los demás.
Con
Francisco vivió el primer amor, pero siempre le fue infiel.
Nunca se sometió, de haberlo hecho -pensaba-, hubiera quedado
recluida a su casa y a cuidar a los niños... Con Alejandro,
tuvo lo más placentero y efímero, mientras continuaba
con Francisco, ante todo eran amigos, pero no estaba preparada
para subyugarse... Con Mauricio, existió diferencia entre
clases sociales, pensamientos y logros, una lucha casada por ver
quién podía más profesionalmente, y cuál
se sometía a quién, aunque reconoció en él,
al mejor amante, mientras Francisco aparecía de nuevo en
su vida esporádicamente y con racional desdén lo
utilizaba, buscando hacerlo sentir inferior por no saber nada
del amor, burlarse hasta la risa de su prepotencia y de su presunción
y pasión por el dinero.
Mauricio,
el que sólo competía... Francisco, el que no valía
la pena... y Alejandro, con el que debió quedarse y formar
un hogar, con quien hubiera podido tener y hacer todo. Hubo otros,
pero no fueron tan trascendentes, con ellos compartieron tiempos
ustedes, aprendió de ellos, aprendió de todos, pero
nunca se visualizó como alguien innovador y de futuro,
nunca encontró su misión en la vida, nunca transformó
nada porque lo dejó todo a medias, por eso este escrito,
como una sentencia póstuma en rebelión con el suicidio,
dijo Socorro a los tres. Dejó todo a los 30 años,
cuando las arrugas tempranas aparecían bajo sus ojos...
Fue
velada en su casa, alumbrando el cajón un candil de reliquia
justo arriba de donde yacía el cuerpo, la luz rebotaba
por las paredes, edificando sombras informes pero amenazantes.
El féretro, abierto... Lúgubres fueron esas horas,
el tiempo pareció estacionarse.
Se
miraban unos a otros, sus padres, familiares, amistades... Socorro
en uno de los extremos del ataúd, montando guardia, y aquellos
que Florencia quiso que aparecieran, asistieron... No era una
última petición, pero así la tomó
Socorro... Desencajada los llamó por teléfono al
conocerlo todo, los localizó y les solicitó su presencia,
porque además, tendría que cumplir un deseo que
Florencia siempre tuvo, arguyó.
El
panteón era inmenso, con amplios jardines y criptas por
doquier. Ella no quiso un mausoleo, prefirió quedar en
la tierra, aquella que hay que abandonar cuando no da para vivir...
Bajó el ataúd, se rompió el cordón
que lo sostenía, cayó y la caja sostenida entre
sus manos se abrió. Un resplandor brotó y quedaron
ciegos, el tiempo se detuvo... El brillo comprimido de la luna
en esa caja, agotó cualquier posibilidad de incredulidad.
Se ufanó la luna, excelsa, plena, dominante, dueña
de todo y de todos.
El
cantar de los pájaros paró, se contuvo el aire en
una cápsula que radiaba el ambiente, el erotismo confiscado
en muchos de los ahí presentes surgió en gran fiesta
olvidándose de principios y contoneándose voraz
por la piel de las conciencias, con vigor vehemente... Los estrujó.
Absortos, los del cortejo, intentaban alejarse, desprenderse de
ese dominio pernicioso. Rellenar con tierra la tumba...
El
silbido del aire surtió un efecto innovador y repentino
en los acompañantes, la luna surgía en la brillantez
de la noche, porque Florencia pidió que la enterraran en
la obscuridad. Creyó que la luna no la decepcionaría,
y así fue. Dejó a todos descubiertos, en sus inmundicias,
en su fragilidad humana. Después, todo acabó...
EPÍLOGO...
Un
hombre dirige un discurso político en un mitin. Es aplaudido
y alabado... Pancartas de apoyo, gritos, porras... Confianza en
los asistentes, ánimo por creer en el cambio...
Donde
la vida no vale nada, Guanajuato –diría la canción
popular-... Una mujer se observa frente al espejo, alborota su
corto cabello negro, recorre su cuerpo, toma un labial rojo encendido,
lo pasa por su boca suavemente... Se levanta y despoja de un vestido
negro con rayas plateadas que se abotona por delante, se desprende
de sus medias y zapatos negros altos; desliza por sus pies unas
sandalias de tacón doradas y se pone un camisón
y bata blanca... Se sienta de nuevo frente al espejo y toma entre
sus manos una caja de plata, con un brillante en el centro, sonríe,
suspira... Se dirige a la ventana y observa la noche, desangelada,
sin luna... Un hombre se acerca y pone su mano en el hombro de
ella, sus miradas se encuentran...
La
pasión une cuerpos, el amor los separa... pero, no siempre.
©
Celia Teresa Gómez Ramos
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