| ¿ha
estado usted alguna vez en el mar del norte?
I.
las individuas
Llegaron
una a una como gotas; una a una como naipes. Llegaron como llegan
a veces las individuas—indisolubles, solitarias, muertas
de calor o de frío, sucias de días, exhaustas.
Supongo
que todas llevan las uñas rotas.
II.
la manera en que levita la prosa
La
primera emergió del Mar Norte a mediados de febrero. Más
que una aparición, un flash back. Un corte—violento,
sagaz, preciso—en el oleaje mercurial. Tan pronto como se
alisó el pantalón de mezclilla y la camiseta negra,
pidió un cigarrillo. Preguntó por el nombre del
lugar, la hora. Miró a su alrededor con la Mirada Horizontal.
-Esto
se llama Aquí -dije-. Y son las 2: 37.
-¿De
la tarde o de la mañana? -por la pregunta supe que venía
de otro planeta y que su mente tenía cierta inclinación
por lo que aquí llamamos exacto. Por la manera
en que aspiró el humo del primer cigarrillo y, después,
lo dejó ir, supe lo que tenía que saber. Esa
grisura. Ese terco callarse. En ese momento, exactamente
como la prosa, una mantarraya se despegó apenas de la arena
y, bajo el peso del agua, levitó.
-Del
Ahora -sugerí.
El
nombre con que se inscribió en el registro civil de Este
Mundo es el de Amaranta Caballero.
III.
las esculturas súbitas
Los
Desamparados y los Solos y los de Tres Corazones Bajo el Pecho
siempre encontraban una esquina iridiscente, una ardiente oración,
una almohada de acechos en el cuarto de los ventanales sucios.
Desde
ahí se veía una cara de Tijuana—la seca, la
inundada de luciérnagas, la ordenada, la mentirosa.
Desde ahí Tijuana nos veía.
Una
mañana entraron las Verdaderas Palomas por la ventana abierta
y se cagaron sobre la cama y la alfombra y los libros. Dejaron
todo blanco de mierda.
Amaranta
Caballero y Abril Castro lo vieron todo—la cama, la alfombra,
los libros—e, inmóviles como esculturas súbitas,
se preguntaron, insistentemente: “¿Así que
esto era el amor?”.
Esa
grisura.
Ese
terco callarse.
Y Tijuana—la seca, la inundada de luciérnagas, la
ordenada, la mentirosa—se sonrió con inusitada cautela,
con un decoro francamente inimaginable, de su cagado
susto.
IV.
el Mar del Norte y la (hetero)sexualidad
(bramar,
bufar, cantar, aullar)
Todo
esto ocurre dentro de la imaginación del narrador, dentro
de sus deseos por ir detrás del velo que cubre todas las
cosas del mundo. Todo esto:
LA
PREGUNTA QUE SE QUEDÓ SIN RESPUESTA:
¿Cómo se le llama al sonido escandaloso y hueco
que emiten los lobos marinos al acercarse a la costa?
ESCENA
I:
Hay
tres mujeres aproximándose al muelle. Mujer Uno lleva abrigo
color negro y bufanda a rayas. Mujer Dos trae el cabello suelto
y una tristeza muy descobijada en los ojos. Mujer Tres camina
despacio y canta en voz baja.
DIÁLOGO
EN CONDICIONAL:
-Deberíamos ir a la isla…
-Tal
vez sí, pero tengo frío.
-Yo
también, pero sí deberíamos ir a la isla.
-Deberíamos
espantar al frío.
-Tal
vez.
ESCENA
II:
Tres
mujeres se aproximan al barco y, con cautela, todavía dentro
de la indecisión, dejan tierra firme y se introducen, de
un brinco, en el bamboleo del navío. Mujer Uno teme que
vomitará de un momento a otro. Mujer Dos observa al hombre
que manejará la embarcación y, sin saber a ciencia
cierta por qué, mira hacia tierra firme con urgencia. El
vuelo de una gaviota le eriza la piel. El sonido de los lobos
marinos la deja impávida. Mujer Tres nota la ansiedad en
sus ojos alarmados y, tratando de prevenir un ataque similar,
busca la caja de herramientas donde, para su alivio, descubre
un martillo. Luego recorre la cabina como si esperara encontrar
a alguien más a bordo. Una amenaza. Un recién develado
peligro. Mujer Uno observa el momento en que la embarcación
suelta las amarras. Un segundo. Dos. La náusea desaparece.
Los pulmones se llenan de aire.
LO
QUE MUJER UNO VE CUANDO TODO MUNDO CREE QUE VE EL OCÉANO:
La iridiscencia que, sobre el oleaje marino, parece un agujero
que conectara a este mundo con otro todavía imposible.
Todavía divino.
LO
QUE MUJER DOS VE CUANDO TODO MUNDO CREE QUE VE EL OCÉANO:
Siente, sobre todo, el embate de las olas cuando la embarcación
cruza la boca de la bahía y se interna en el mar adentro.
El embate. Piensa en esa palabra y cierra los ojos. La boca de
la bahía. Los labios de la costa. La lengua del litoral.
El beso. El cruce. El más allá. La corriente marina
la empuja una y otra vez con los mismos movimientos del hombre
que ahora vuelve a colocarse entre sus piernas. Una y otra vez.
El oleaje la zarandea. Abre los ojos y el agua no es sino el cuerpo
del hombre que la penetra. Una y otra vez. En silencio. A gritos.
LO
QUE MUJER TRES VE CUANDO TODO MUNDO CREE QUE VE EL OCÉANO:
Hay una niña, el cuerpo de una niña, al ras del
agua. La corriente se la lleva poco a poco y, luego, en un parpadeo,
desaparece.
El sonido vacío y necesitado de los lobos marinos las rodea.
Un lamento. Un gemido. Un suspiro. Esto dentro de un barco a medio
hundir. Dentro de una isla de óxido y piedra.
LO QUE ESCUCHA MUJER UNO:
Alguien me necesita. En algún lugar, lejos, alguien me
está necesitando ahorita.
LO
QUE ESCUCHA MUJER DOS:
Cógeme. Súbete. Cómeme. Sí. Híncate.
Tiéndete. Ábrete. Date la vuelta. Así. Ciérrate.
Primavérate. Muérdeme. Éntrame. Salte. Pruébate.
Ensalívame. Híncate otra vez. Ládrame. Descánsame.
Sí. Bájate. Tiéndete. Empiézame. Termínate.
Llénate. Chúpame. Llórate. Celébrame.
Así.
LO
QUE ESCUCHA MUJER TRES:
La voz de Angelika Kirchschlager, intraducible.
DIÁLOGO
EN INFINITIVO:
-Pero se supone que coger es rico.
-Coger
es rico.
-Lo
pobre, a veces, es lo que ocurre después.
-Pero
coger es rico.
-Mhhhhh.
-O
antes.
-Lo
pobre. Sí.
LO
QUE MUJER UNO NO DICE:
Soy la sombra que me persigue y el perseguimiento y el cuerpo
y la sombra.
LO
QUE MUJER DOS CALLA:
Lifting belly. Are you. Lifting./Oh
dear I said I was tender, fierce and tender./Do it. What a splendid
example of carelessness./It gives me a great deal of pleasure
to say yes./Why do I always smile./ I don’t know./ It pleases
me./ You are easily pleased./ I am very pleased./ Thank you I
am scarcely sunny./ I wish the sun would come out./ Yes./ Do you
lift it./ High./ Yes sir I helped to do it./ Did you/ .Yes./ Do
you lift it./ We cut strangely./ What./ That’s it./ Address
it say to it hat we will never repent./ A great many people come
together./ Come together./ I don’t think this has anything
to do with it./ What I believe in is what I mean./ Lifting belly
and roses./ We get a great many roses./ I always smile./ Yes./
And I am happy./ With what./ With what I said./ This evening./
Not pretty./ Beautiful./ Yes beautiful./ Why don’t you prettily
bow./ Because it shows thought./ It does./ Lifting belly is strong.
-Gertrude
Stein, Lifting Belly, (USA:
The Naiad Press, 1995), 2-3.
LO
QUE MUJER TRES SE GUARDA:
Si yo fuera hombre me andaría con cuidado. Si fuera mujer.
ESCENA
III:
Circundan
la isla y, a petición de Mujer Tres, la embarcación
se detiene. El sonido del oleaje. Su olor. Están dentro
del Mar del Norte. Abren una botella de champaña y, al
chocar las copas alargadas, piensan en una escena familiar.
-Por
el daño -murmura Mujer Dos-, por el final del daño.
El
chasquido de la cola de una ballena las hace virar los torsos.
Inconscientemente. Iridiscentemente. Inmaculadamente.
-Por
el final del daño, pues -dicen las otras dos a coro. Una
sonrisa mercurial en el centro mismo de cada rostro.
LO
QUE SUSURRA LA VOZ EN OFF:
Los lobos marinos braman, bufan, aúllan y cantan, misteriosamente.
Un tono de voz propio de un bajo-barítono ideal para interpretar
Winterrise de Schubert.
V.
presente paralelo
Esto
es lo que ocurre: Matías ha dejado la puerta de la casa
abierta y un pájaro de las Tierras Altas, un pájaro
Común y Corriente, tan Común y tan Corriente como
las Palomas Verdaderas de Tijuana, entra en la casa (del poema).
Aletea.
Aletea
como imagino que aletea a veces la heterosexualidad. Con desesperanza.
Con algo de prisa. Con ojos de jaula.
Al
paso de su vuelo caen fotografías y adornos. Edades. Susurros.
Murallas.
Y
me detengo frente a todo eso y, con la misma inmovilidad de las
esculturas súbitas, me pregunto, insistentemente, “¿así
que esto era el amor”?
Y
nadie, absolutamente nadie, se ríe.
VI.
una de sus manos iba siempre en una de las manos de
la muerte
Cuando
yo todavía vivía en el Otro País y guardaba
mi silencio como si fuera un Silencio de Años, me imaginaba,
con frecuencia, a alguien así.
Tenía
dos nombres en lugar de uno. Y tres manos. Y cuatro piernas. Y
cinco ojos. Y demasiado de todo lo demás.
Bífida,
como se dice a veces de la lengua para indicar que está
llena de peligros.
Irresuelta,
como se califica a menudo a las novelas sin final feliz.
Fluida,
como la condición Posmoderna o como la vida misma.
Fumaba
cigarrillos de esa manera en que he mencionado antes y, por eso,
la reconocí. Esa grisura. Ese terco callarse.
Su ropa del famoso clóset de 1940 y la mirada más
allá del ventanal. Siempre. Su aleteo demencial. Su arremolinarse.
Su no quedarse quieta.
Le
decíamos arándano aunque olía usualmente
a Eau de Cartier.
La
llamábamos Abril aunque solía convertirse en Noviembre
o en Marzo con la misma realista docilidad.
Era una mujer o una mujer. Soberana como la miel que le prestó
el color a sus ojos. Cielística. Inacabada. A-punto-de.
Bastaba
con evocarla en la congregación del nosotras para que su
cuerpo hiciera un nosotros.
Viajaba
a toda velocidad y no sola. Una de sus manos iba siempre en una
de las manos de la muerte. Así se sentía a salvo.
Protegida de las alas del mediodía y del pesar más
blanco.
Cuando
yo vivía del Otro Lado de la Línea, silenciosa y
exhausta, dentro de un Silencio de Años y sucia de días,
me preguntaba, con frecuencia, si existiría alguien así.
VII.
el gesto de la verdadera adicta
A
veces el Mar del Norte se transformaba en manto y había
que verlo como algo ajeno.
A
veces se lo podía uno colocar sobre los hombros como cosa
muy usada o querida, y sentir, dependiendo de incógnitos
elementos, su calor o su extravío.
A
veces era posible sentarse en su orilla, sosegadamente. Y volverse
escultura súbita o nube desmemoriada. O arena con filos.
Todo
podía pasar ahí en realidad. A veces había
que sobrevolarlo como a un desastre. O alejarse como de la epidemia.
O resignarse como ante la enfermedad.
En
más de una ocasión vimos la manera inesperada y
no por ello menos natural en que emergió del agua la cabeza
de Concha Urquiza
-Pero
si usted está muerta -le recordábamos de inmediato.
Y
ella, sin ponernos atención, interrumpía cualquier
comentario para pedirnos, con ese gesto desesperado del verdadero
adicto, un cigarrillo. Por el amor de dios. Por lo que más
quieran. Ya que había dado la primera chupada—honda,
con placer, toda ella en otro lugar—y ya que había
dejado desaparecer en el aire la bocanada gris, el humo de artificio,
entonces nos pedía una toalla.
-No
saben la clase de frío que hace ahí -nos aseguraba
sin atreverse a volver la vista atrás. Cuando constataba
la sorpresa en nuestros rostros no era capaz de aguantar la risa.
-¿Qué?
¿Ustedes son de las que creen que Los Sumergidos nunca
tenemos frío?
Éramos
de ésas, ciertamente. Y, por serlo, guardábamos
un silencio inconfesable y vergonzoso mientras bajábamos
la vista.
-Por
lo menos —murmuraba luego en son de paz— podrían
ofrecerme algo de vino.
Entonces,
sin que se lo pidiéramos, sin que lo esperáramos
siquiera, La Sumergida alzaba su copa y brindaba y chupaba ávidamente
de su cigarrillo, todo a la vez, todo como si ya no tuviera tiempo
o como si se le estuviera acabando el tiempo, mientras se quedaba
como nosotras, sentada sosegadamente sobre la orilla de arena
del Mar del Norte, resignada ante la enfermedad del agua y sobrevolando
el desastre con la Mirada Oblicua de la que ha muerto más
de una vez, de la que todavía no acaba de morir o de la
que, muriendo, reincide como una verdadera adicta, con ese gesto
de pordiosero y de mártir cruel y de princesa degollada.
Fragmento
del libro inédito Feliz
como con Mujer
©
Cristina Rivera Garza
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