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milenio:
día uno
Yo
quería hacer otra cosa. Mirar el sol esconderse entre los
edificios del centro. Tomar shots de tequila en el balcón
terraza de mi mejor amiga. Ver el compilado especial de la tevé
con los festejos mundiales por la llegada del dosmil. Menos eso.
La cosa que realmente hice. Quería tranquilidad y la cotidiana
y controlada excepcionalidad de una puesta de sol, un programa
de tevé o unos pocos tragos. Fuera lo que fuese, tenía
que decidirlo antes de las siete. El sol, los programas y mi amiga
ejecutan rutinas muy estrictas. Tenía veinte minutos. Por
esa razón es que caminaba apurada y concentrada sólo
en mis pasos por el borde silencioso del zoológico. Acababa
de tomar el primer té del milenio con dos amigas de la
secundaria en uno de los bares de los Arcos de Palermo. Siempre
nos resultaba emocionante encontrarnos, sobre todo porque hacía
ya más de veinte años que nos conocíamos
y ninguna sabía por qué nuestra relación
duraba tanto. Esa tarde, luego del té, cada una se fue
por su lado, quizá el secreto de la larga unión
haya sido ese simulado desapego. Yo caminaba rápido hacia
la estación de subte de Plaza Italia desde la cual un tren,
en casi diez minutos, era capaz de dejarme a dos cuadras de mi
casa. Entre mis queridas paredes decidiría si el río,
si el tequila o si la televisión. Pavadas. Esas alternativas
se desvanecieron en menos de un minuto porque nunca llegué
a la avenida Santa Fe, donde por los menos tres bocas del subterráneo
degluten pasajeros hacia los andenes bajo tierra.
Sin
pensar, como un robot, como si no pudiese negarme, casi como una
gracia, me olvidé de todo. Supongo que, a pesar de mis
múltiples planes, estaba algo errática. Todavía
no me había dado cuenta de que tenía tantas alternativas
porque ninguna me convencía. Quería que, mágicamente,
alguien decidiera por mí, pero no era conciente de mi letargo.
Necesitaba que algo imprevisto sucediera. Lo deseaba tanto que
-supongo que por la vehemencia de mi deseo-, al poco tiempo, sucedió.
Mientras
el resto del mundo se movía enfundado en ropa deportiva,
yo caminaba con un vestido largo y negro que guardaba la dualidad
insinuante de hacerme parecer desnuda cuando en realidad estaba
completamente vestida. Un agujero ovalado y amplio mostraba parte
de la espalda y aunque no era nada escotado, dos inmensos tajos
dejaban mis piernas a la vista, exactamente desde un centímetro
más abajo de la ingle hasta los tobillos. Lo demás
me cubría desde el cuello hasta el comienzo de las piernas,
ajustándose apenas a mi piel, como un mameluquito sin mangas
y una pollera tajeada en cuatro en el lugar del pantalón.
Aunque lo llevaba con naturalidad, sentía los ojos clavados
de cada persona con la que me cruzaba, fuera hombre o mujer. Yo
seguía adelante, tratando de que sus miradas no consiguieran
sabotear mi diferencia. No me resultaba sencillo pero era casi
como una cruzada. Por ese entonces lo consideraba como uno de
mis equipos deportivos, lo solía usar los domingos calurosos
y algunos feriados, cuando salía a caminar por ahí.
Las mujeres en musculosa y calzas cortas de algodón ceñidas
exponían su cuerpo mucho más que yo con mi vestido-mameluco,
pero como eran pelotón podían andar tranquilas y
esquivar las miradas acusadoras. Para ellas sólo había
admiración o indiferencia, según el gusto de aquél
con el que se toparan. Pero ese día, debo admitir que tardé
bastante, reconocí por fin el poder de un vestido. Jamás
imaginé que durante el atardecer de ese soleado primero
de enero yo fuese a terminar con una cámara de fotos entre
mis manos -en verdad, un objeto precario ya fuera de circulación-
dentro de un auto celeste patrio -casi del mismo rango que la
maquinita- con un descocido, en una suerte de sesión hétero-porno-light.
Un verdadero disparate que ocurrió muy espontáneamente
y de este modo.
Luego
de haber pasado una larga noche sólo bebiendo champaña
-el nuevo siglo parecía alejar casi completamente la presencia
de los químicos en mi cuerpo- y luego, también,
de haber vivido un incidente que apuró la salida de mi
vida de Patricio, mi último novio, un joven encantador
al que su amor hacia mí lo había estupidizado a
punto de convertirlo en un lacayo que desde hacía meses
no quería escuchar que yo ya había dejado de quererlo.
Amenazaba mi vida y la suya con espectáculos lastimosos
y ruegos que no conducían a ninguna parte más que
a mi idea cada vez más recurrente de contratar a un colombiano
por unos pocos dólares para que lo sacara de circulación.
Me evité el gasto y esa misma noche lo saqué a empujones
de la fiesta a la que fui invitada y a la que Patricio me siguió,
como siempre, como un perro fiel y acomodaticio. Luego de verlo
besarse con una chica de por ahí como una dedicatoria precaria
y poco ingeniosa hacia mí, decidí que su presencia
en mi vida ya había sido suficiente. No tenía celos,
era su torpeza lo que me hacia reventar de fastidio. Me deshice
de él en una escena poco feliz en la puerta de la casa,
le grité cosas que ya no recuerdo, pero sí me quedó
grabado en la memoria cómo se encogía ante cada
uno de mis gritos. Por suerte se fue y yo volví a la fiesta
ante la mirada estupefacta de alguno de mis amigos.
-Necesitaba un poco de adrenalina -dije a modo de excusa y seguí
bailando.
Al día siguiente, amanecí como a las dos de la tarde.
Me sentía feliz, estúpidamente feliz. Liviana. La
vida era realmente leve y agradable sin la presencia de Patricio.
Inmediatamente
me puse en contacto con mis amigas y enseguida arreglamos lo del
té. Fue luego de casi dos horas de charlar contándonos
nuestros respectivos festejos cuando me encontré apurando
el paso, bordeando las rejas del zoológico sobre la avenida
Sarmiento.
-¿No sería lindo conocernos el primer día
del año? -me susurró muy cerca del oído una
voz masculina, grave y seductora.
-No sé -contesté sin mirar. -¿Por qué
sería lindo?
-Porque hoy es ese día -me respondió un tipo vestido
en bermudas y musculosa, bien parecido, con cara graciosa y de
algo más de treinta años. A mí me atrajo
la idea de conocerlo.
-¿Vamos a tomar algo? -me invitó.
-Estamos en el medio de la nada. Mejor tirémonos a tomar
lo que queda del sol.
Le
pareció bien y caminamos un par de cuadras hasta volver
al bosque que todavía estaba bastante concurrido. Habló
solo él y únicamente se dedicó a alabar lo
bien que me quedaba el vestido. Encontramos un lugar que nos gustaba
y nos echamos en el pasto. Yo me puse boca abajo y él se
ofreció a hacerme un masaje.
-No sabés lo bien que descontracturo la espalda.
-Prefiero los pies, si no te importa. Están un poco sucios.
No le importó en lo más mínimo y durante
diez minutos disfruté de sus delicados masajes. Después
se sentó junto a mí y me acarició las piernas,
subiendo su mano con claras intenciones de llevarlas lo más
arriba que pudiese.
-Ey. No tan rápido -lo detuve- aunque a los pocos minutos
nos estábamos besando. Tenía buenos labios y una
saliva fina, no como la de Patricio que se convertía en
una baba pegajosa apenas se calentaba.
Luego
de besarnos un buen rato me contó que estaba allí
porque tenía que sacarse unas fotos. Ocurría que
esa noche participaría de una despedida de solteros y,
para que las cosas fuesen más justas, con sus amigos habían
decidido que todos debían cumplir con una prenda. A él
le tocaba fotografiarse en tanga en los bosques de Palermo. Según
me dijo iba a fotografiarlo uno de sus amigos, pero me juró
que creía que lo había plantado para que él
tuviera que arreglárselas solo. No le creí una palabra.
Mis creencias se confirmaron con lo que dijo a continuación.
-¿Te animás a sacármelas vos?
-Por supuesto -le contesté, segura de que levantarme era
parte de la prenda.
Fuimos hasta su auto -le daba vergüenza hacerlo al aire libre-,
un Peugeot 505, celeste y destartalado. Le dije que se sentara
en el asiento de atrás para que estuviera más cómodo
y para que yo tuviera más tiro con la cámara. Allí
se sacó las bermudas y la camiseta y se quedó con
la tanguita blanca que delataba una panza bastante prominente
y un culito inusualmente bien armado.
Lo
fotografié de frente y de atrás, ocupándome
en cada caso de que se le notara la cara. No quería que
sus amigos pensaran que había usado un doble de cuerpo.
Cuando terminé con mi trabajo insistió en invitarme
a tomar un trago. Como me negué, se ofreció a llevarme
y yo acepté. La situación era bien rara pero no
me daba ningún miedo. Mientras maniobraba su auto para
tratar de retomar Liberador, me pidió que le tomara una
última foto. Una con el pito afuera, duro, y en lo posible
eyaculando. No le mostré mi sorpresa ni mi desagrado. Traté
de no parecer espantada.
-No tengo problema en que te hagas una paja, siempre y cuando
no choques.
-No, no. Me la tenés que tocar si no, no se me para.
-No seas atrevido.
-Dale, una tocadita -me rogó mientras dejaba su pito afuera.
Era tan diminuto que me dio pena. También quería
terminar pronto con el asunto y llegar a mi casa. Entonces, usando
su tanga como guante, se lo manoseé un poco. Él,
por suerte, seguía manejando como si nada. Cuando su pito
alcanzó un tamaño aceptable lo solté y enseguida
acabó.
-Qué rápido que te corrés -se me escapó
con la misma imprudencia que su semen al que logré captar
en una instantánea que creo, será memorable.
-Sos vos la que me calienta así.
-No me digas.
-Bueno, la verdad es que si no me apuraba, me cierra la casa donde
revelan las fotos.
En
el camino lo hice parar por tonterías: para ver a unos
niños jugando disfrazados, para darle monedas a otros niños
que vendían rosas y hasta para aplaudir a un grupo de travestis
que festejaban el nuevo año en la llamada zona roja. Claramente,
yo estaba haciendo tiempo. Cuando llegamos a mi casa ya estaba
segura de que a esa hora no iba a encontrar ninguna casa de fotos
abierta. En Buenos Aires no existía un servicio de ese
tipo que funcionase las veinticuatro horas.
Me despedí con un beso que apenas rozó nuestros
labios y mientras cruzaba la calle me volvía la imagen
de su miembro chisporroteante y me reí. Me reí y
me reí. El año empezaba al menos, divertido y desopilante,
demostrándome que mi impunidad no me hacía correr
ningún peligro. Me equivocaba.
Al
día siguiente recibí una cinta de video casero donde
se registraba todo lo que había sucedido esa tarde con
el hombre de la tanga blanca. Ninguna amenaza. Sólo el
tape en una caja negra con una tarjeta que decía:
"Ja ja. Te estoy espiando. Te sigo queriendo. Patricio".
Tomé el teléfono y disqué un número
que tardé en encontrar en mi agenda porque lo tenía
escrito en clave y no podía acordarme de cuál era.
Tarde un poco pero por fin recordé. Del otro lado una voz
resacosa, con acento colombiano, me respondió.
-Sí.
-Un delivery urgente. Para esta misma noche -le ordené.
Quedamos
en encontrarnos cerca de un puente que cruza la avenida Juan B.
Justo. Allí le llevaría las señas y el dinero.
Me sorprendió que la tarifa hubiese bajado desde la última
vez. El precio era una diabólica tentación y a los
hombres pesados que pretenden pasarse de listos les siente mejor
convertirse en cadáveres. Pensé que ya no volvería
hacerlo, que el nuevo milenio me liberaría de esos delitos
del alma. Pero hay cosas que no cambian con el simple hecho de
que se gire la hoja del almanaque.
A
los dos días enterraron a Patricio en un cementerio del
sur de la provincia. No fui. Mandé una orquídea
con mi tarjeta comercial y me quedé mirando la tele, nuevamente
pasaban el compilado con los festejos del milenio. Tendría
que haberme quedado a mirarlo cuando lo pasaron por primera vez,
aquélla tarde en que caminaba con mi vestido de tajos por
los bordes el zoológico. La Torre Eiffel encendida y la
multitud en Times Square me hicieron olvidar de casi todo. Volví
a sentirme estúpidamente feliz. Liviana y ahora para siempre.
Patricio estaba muerto. Es increíble lo poco que cuesta
una vida aquí en el sur, en el fin del mundo, donde vivo.
©
Cristina Civale
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