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la
vida en venus también es imposible
Señorita
terrícola, soltera y decente
desea mantener correspondencia
con seres de otros mundos,
de cualquier color, idioma, edad,
con fines de rescate.
Dispuesta a huir en un platillo volador
o en lo que sea.
F.R.
Antes de maquillar a mi antojo la historia de esta
revista y expectorar el discurso que tal vez me meta en problemas,
quisiera cantar una verdad innegable respecto al título
de este fraude que los versados calificarán de exordio:
soy un plagiario. Y digo que soy un plagiario porque quien poetizó
acerca de la imposibilidad de la vida en Venus, hace ya muchos
años, no fui yo sino mi tía, mi tía Paca.
Allá
por 1970 -unos cuantos años antes de que mis padres decidieran
unirse en sagrado matrimonio- una mujer que responde al nombre
de Francisca Raggio, o como la conocemos sus hijos-sobrinos:
tía
Paca, escribió un poemario del que solamente he visto
dos copias en mi vida (una de ellas está aquí, a
mi diestra), esa colección de poemas lleva por título Variaciones
sobre un mismo tema y, como es de esperarse, varía
sobre el mismo tema: la mujer y su entorno vistos desde la
perspectiva de la tía Paca. En esta suerte de introducción
no pienso hacer un análisis detallado del libro ni reseñarlo
porque esas no son cosas que le incumben al sobrino. Tampoco
pediré
que lo lean. Lo que me empuja a seguir hablando de mi tía
Paca no es su voz poética sino la influencia que dejó
en mí con sus contadas apariciones y visitas.
De
Paca siempre recuerdo que todo el mundo la consideraba la oveja
negra de la familia. Siempre decían que Paca era especial.
A Paca no hay que darle la contra porque ya sabes cómo
se pone. Con Paca mejor no te metas. Y así iban y venían
las murmuraciones en torno a ella. Desde muy niño me di
cuenta de que Paca era un personaje enigmático e, igualmente,
controversial. Advertía que mis familiares la estimaban,
pero que no se angustiaban cuando ella estaba lejos. Y sé
que a la propia Paca le pasaba lo mismo. Por eso siempre viajaba
y vivía sola en ese apartamento limeño donde guarda
su colección de discos, sus sortijas de oriente y occidente
y ese libro autografiado por la mano temblorosa de un Jorge Luis
Borges ciego.
A
pesar de que Paca no es la tía que más he visto
en los últimos veinticinco años, sí puedo
decir que es una de las que más tengo en mente (no sé
si fue bendición o castigo pero a mí Dios me dio
tías a montón y con orgullo digo que todas son lindas
locas). Sin embargo, a Paca siempre la recuerdo porque jamás
olvidó darme regalos valiosos en mis cumpleaños
(y ya saben qué importantes son esas fechas cuando uno
no es más que un impúber). Puede sonar muy frívolo
de mi parte, pero descuiden porque todo tiene una explicación.
Cuando digo que Paca siempre me obsequió objetos valiosos,
me refiero a que solía arriesgarse. Ella era la única
persona que me regalaba libros en mis cumpleaños. Recibía
ropa y juguetes del resto, pero de Paca libros y lápices
de colores porque sabía que me gustaba dibujar. Ojo que
no me estoy quejando de mis padres ni de los abuelos ni de mis
otros parientes. Ellos también me regalaban libros y lápices,
pero nunca en mis cumpleaños. Mi tía Paca siempre
ha sido la excepción a la regla en muchas cosas y creí
conveniente dedicarle unas cuantas líneas porque plagié
sus palabras y porque estoy seguro que algunas personas considerarán
-tontamente- que ellas es
una anormalidad.
ellas
es una revista que venimos anunciando desde diciembre del año
pasado y que hemos dedicado enteramente al arte de mujeres. Durante
los últimos cincos meses a este número especial
le han dado varios calificativos. Alguien señaló
en plan de broma que se trataba de un número "mujeril",
entre comillas. Otra persona me sugirió que lo llamase
cualquier cosa menos femenina porque, a entender de algunos, literatura
femenina es una descripción vejatoria. Un tipo que cuenta
buenos y malos chistes (esto es puramente anecdótico y
sin ánimo de ofender) me dijo que seguramente iba a publicar
a "un montón de lesbianas gordas". Sin embargo,
el alias que más me llamó la atención y con
el que decidí quedarme hasta el día de hoy fue el
que tejió (tejer: verbo antifeminista) mi estimada Patricia
Suárez. Tiempo atrás Patricia dijo que le encantaba
la idea de una revista mujer. Si a alguien le disgusta
cualquiera de las anteriores, creo que también puede echar
mano de la invención de mi amiga rosarina. No suena mal.
Quisiera
destacar -ahora que ya hemos entrado en confianza- que ellas
no es una publicación misógina pero que tampoco
es un tributo a Mama Ocllo ni a Dido:
que ni Gertrudis Gómez de Avellaneda ni Sor Juana tuvieron
algo que ver en esto
que
la Virgen María es la madre de Jesús y no la patrona
de esta revista
que
no creemos en los supuestos testículos de Madonna porque
no los tiene y porque una mujer no necesita testículos
para ser respetable
que
no pensamos criticar los implantes de senos porque ya son estúpidos
sin que digamos que lo son
que no hemos venido a demandar igualdad de derechos porque tod@s
tenemos los mismos derechos
que nos parece hermoso que un caballero le ceda el paso a una
dama, que le abra la puerta del coche y pague la cuenta del restaurante,
no por ser machistas sino porque no tiene nada de malo
que
no creemos en el exceso de pene ni en el exceso de vagina, sólo
en el pene y la vagina
que damos gracias a todas las divinidades existentes que hoy en
día una persona como Aurore Lucile Dudevant no tenga que
usar un seudónimo tan grotesco como George Sand y que lamentamos
que a principios de los años 80 Joan Jett se haya visto
forzada a vestir un bikini para vender su música
también
quisiera destacar que me ufano de ser hijo de una mujer que entre
su carrera profesional y sus hijos prefirió a sus hijos,
de nuevo, no por ser machistas sino porque no tiene nada de malo.
Es
cierto que en ellas encontrarán
literatura feminista; también es cierto que no todo lo
que hemos compilado es feminista (aún así las autoras
lo sean). En mi opinión, si ellas
fuese sólo eso, la revista sería una estafa mayúscula.
Me parece que una mujer es más que una feminista, tiene
otros planos. Y no es que el feminismo sea deplorable, desde luego
que no. Pero si hay algo que me interesa rescatar de este número,
es su calidad literaria. A varias de las invitadas les dije que
lo que deseaba era "que los hombres aprendan de las mujeres
y que las muchachas que colaboran con nosotros tengan modelos
sin bigotes". Pero no era ni es mi intención defender
a ninguna desvalida porque no creo que estas mujeres lo sean.
Lo más significativo de todo esto - y espero que la mayoría
concuerde conmigo- es la variedad y riqueza de la literatura.
Aquellas personas que leen mis mensajes de cuando en cuando saben
que en reiteradas oportunidades he dicho que las mejores colaboraciones
que hemos recibido en esta revista siempre han sido de mujeres
(lo siento, muchachos, pero así es). Por eso es que yo
no estoy en contra de la literatura femenina, pues para mí
el término no representa una ofensa sino un estilo. Los
hombres tienen ciertas locuras y las mujeres otras, a pesar de
pertenecer a la misma especie (y no sólo es convención
social, también tiene que ver con las estrellas). En mi
opinión, es incuestionable que la literatura masculina
es diferente (no mejor, diferente). Y la literatura femenina tiene
otro aire precisamente porque es inventada por féminas.
No es cuestión de temáticas ni de tonos sino de
magias. Esa magia que tan sólo una mujer puede propagar
es la que he intentado mostrar en ellas
(y si alguien piensa que la llamé bruja, pues se equivocó).
Esta
es una revista escrita por mujeres (a excepción de esta
pieza) y dedicada a todo el mundo: léanla, aprécienla
y aprendan de ellas. Ninguna
de las colaboradoras fue coactada ni presionada para escribir
lo que nosotros queríamos (si por ahí hasta me embarran
un poquito). Todas han tenido absoluta libertad y han participado
de buena gana. A mi juicio eso es algo destacable de este número,
que cada quien mantiene su voz y tiene mucho que decir. Ya señalamos
que cuando se nos ocurrió publicar ellas,
no lo hicimos con la intención de convertirnos en protectores
de nadie ni de agitar banderas, más bien pensamos que sería
interesante, desde un punto de vista literario, juntar a nuestras
mejores contribuyentes e invitar a otras cuantas señoras
y señoritas que admiramos. El resultado es el que están
a punto de leer: veintiocho talentosas escritoras que se depilan,
que a veces visten de rosa o de azul, que pueden desempeñarse
como secretarias o ejecutivas, que tienen hijos y otras que no
los tienen, que sufren decepciones amorosas o decepcionan a sus
amores, que alzan la voz o prefieren el silencio, que mienten
y dicen la verdad y llegan tarde o temprano a sus reuniones, veintiocho
mujeres, veintiocho artistas, veintiocho escritoras.
Antes
de ponerle punto final a este rollo deseo agradecer a todas las
personas que siempre están presentes, así sea a
la distancia, y a quienes hicieron esta edición posible.
Darles las gracias a los miembros del staff, a Elio Vélez
Marquina y Rauf Neme, quienes no se bajan del coche desde noviembre
de 2001, a Víctor Montoya por todas las sugerencias y por
contactarme con Giovanna, a Carlos Barbarito -con quien espero
poder hablar con más frecuencia- gracias por decirle a
Marcela que existíamos, a Rosa Elvira Peláez por
tanto son y buena onda en tiempos de paz y de guerra. Muchas gracias
a Caroline Cruz por permitirnos secuestrar su música (esa
canción se me ha pegado como chicle), a Oliver Glave por
ir hasta la casa de Caroline (gracias, primo). Quiero agradecer
a Gema Pérez-Sánchez porque me conoce en persona
y sabe que soy detestable pero aún así escucha atentamente
todas y cada una de mis estupideces (a Gema hay que santificarla).
Gracias, también, a Espido Freire que quiso pero no pudo
estar y que me salvó de sus pulgones. Muchas gracias a
Nélida Piñon por esas tardes de los lunes y por
ser tan buena maestra. Gracias a Elena Medel porque fue la primera
persona en entregarme sus poemas, también a Marta Fernández
Bermúdez porque me acabo de acordar que me entregó
su obra antes que Elena, a Marcela Collins por ser tan loca y
honesta, a Eva Cabo por cumplir con todos mis caprichos editoriales
cuando se encontraba lejos de casa. Gracias a María del
Carmen Vilela (más vale tarde que nunca, Marissa). Gracias
a Livia Díaz porque nunca se guarda lo que piensa. Gracias
a Araceli Otamendi (no te preocupes que te consigo el koala sí
o sí). Gracias a Roxana Heise que siempre que sus hijitos
se lo permiten me escribe. Gracias a Sonia Scarabelli (sabes que
te estimo así me dejes siempre para el final), a Susana
Ruiz Zatón gracias por decir que soy "requetemalo,
malísimo". Gracias a Alma Jiménez porque pasa
el tiempo y nunca falla. Gracias a Rosario García que después
de tres ruegos aceptó la invitación (peruana tenías
que ser). Gracias a Carmen Camacho por hacerme reír (¡abajo
el sinapismo!). Gracias a Patricia Suárez que nunca cumplió
su promesa de matrimonio pero igual no se va de mi vida. Gracias
a Mayra Margarita Mendoza Torres porque cada vez que escribo su
nombre siento que he llegado lejos. Gracias a Belén Reyes
que se multiplicó para aparecer en dos revistas el mismo
día (más de Belén Reyes en Revista Kitsch).
Gracias a Mariella Sala porque me atendió a pesar de todo
lo que tiene que hacer. Gracias a Giovanna Rivero Santa Cruz por
hacer que aprecie mucho más la amistad de Víctor.
Gracias a Malú Huacuja del Toro por la sinceridad desde
Nueva York. Gracias a Lucía Etxebarría por haberme
dado aunque sea un segundito. A Ana Merino muchísimas gracias
por hacer el intento de tranquilizarme. Gracias a Gemma Lienas
por ser tan cariñosa y cumplida, y a Pilar Dughi gracias
por avisarme acerca de ese inconveniente de última hora
(espero haber hecho lo correcto). Gracias a Lucía Guerra
por estar ahí y por los deseos "de nada más
que éxito y felicidad". Gracias a Daína Chaviano
porque sólo una gran escritora puede decir que un limeño
tiene sentido del humor habanero. Muchísimas gracias a
Ángela Vallvey por confiar en mí desde la primera
vez y por atenderme en ese momento difícil. Y miles de
gracias a Rocío Silva Santisteban, siempre, porque por
su culpa un día empecé a escribir en serio.
(En el poema La vida en Venus también es imposible,
la yo poética imagina que debe existir un mundo
mejor en otro mundo, no pierde las esperanzas de hallarlo. No
sé si tía Paca estaría de acuerdo conmigo,
pero si ese mundo mejor no existe, al menos nos queda la literatura
para consolarnos. Sinceramente, espero que esta revista sea al
menos ese conforte, y quién sabe, tal vez hasta el principio
de un mundo mejor donde no sea necesario hablar ni de feministas
ni de machistas. No sé ustedes, pero creo que existen temas
de conversación más gustosos: la plasticidad de
la sonrisa de los niños es uno de ellos).
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