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las
sagradas escrituras
Dejad
a Dios ser Dios
Ignacio de Loyola
María
de Magdala 6, 23-42
Jesús se acercó al taller de telas cerca de las
afueras de Nazareth, adentro encontró a varias mujeres
que conversaban en voz alta mientras tejían. Ahí
se hallaba también Marta y sus hijas tejiendo una alfombra;
tenían tanta habilidad en las manos que las flores de lana
parecían vivas. Cuando Jesús apareció en
la puerta, las mujeres inmediatamente callaron.
Jesús
le dijo a Marta:
"¿Cómo te llamas?".
Y ella le contestó:
"Marta, hija de Leví, esposa de Asfael y ellas son
mis dos hijas".
Y Jesús le preguntó:
"¿Sabes quién soy?"
"Sí", le contestó Marta, "eres la
soltera de Nazareth, hija de José y María. Dicen
que apaciguas a las bestias".
Entonces
Jesús se sentó junto a la familia de Marta, cogió
una aguja y se dispuso a bordar la alfombra junto con todas ellas.
Mientras esto hacía Jesús, las mujeres reanudaron
su canto. Marta se le acercó y le preguntó en voz
baja: "¿Qué es lo que quieres de mí?".
Jesús le dijo:
"Sígueme".
Entonces Marta volteó a mirar a sus dos hijas.
Jesús paró el bordado y miró a las tres:
"Que no se diga que la Hija de la Mujer separa a las madres
de sus hijas... dejen todo y síganme".
Marta
y sus dos hijas dejaron la labor a medio terminar, la enrollaron
cuidadosamente y la envolvieron con un lino blanco. Jesús
salió y tras ella las muchachas. Cuando Marta iba a dejar
el taller volvió el rostro sobre sus compañeras
y les pidió:
"Que alguien continúe la labor que he dejado sin terminar
para que no se diga que las mujeres no terminamos nuestras tareas".
Y se fue.
Así
otras mujeres cogieron la tela y continuaron hasta acabarla.
Marta 23, 1-10
Junto
con la hija de la Mujer también llevaban a dos prostitutas
para ejecutarlas. Todas arrastraban como podían unas cruces
de madera. Cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, crucificaron
a las tres, Jesús en medio y las otras a la izquierda y
a la derecha. Al estar las tres en la línea de los criminales,
los soldados se burlaron de ellas, las insultaron, las llamaron
con nombres de bestias. Jesús abriendo los labios con mucha
dificultad llegó a decir:
"Madre,
perdónalos porque no saben lo que hacen".
A Jesús
le habían colocado sobre la cabeza una corona de espinas.
Una gota larga de sudor bajó de sus senos y algo de sangre
se entrevió entre sus muslos. Los hombres reían
mientras le jalaban la túnica con que cubría sus
partes hasta que quedó desnuda. Juana se acercó
a la cruz, tapó el sexo de Jesús con una pieza blanca
e intentó tocar sus pies pero la separaron.
Una
de las prostitutas crucificadas, insultándola, le dijo:
"¿Así que tú eres la reina de los judíos?,
¿y si es así, por qué no te salvas y nos
salvas a nosotras también?".
Pero la otra prostituta le respondió diciéndole:
"¿No tienes miedo tú que estás en el
mismo suplicio? Nosotras nos lo tenemos merecido y pagamos nuestros
errores, pero ella no ha hecho nada".
Jesús dijo:
"Nada han hecho ustedes de lo que puedan arrepentirse. Son
hijas de La Palabra y sobreviven".
La prostituta de su derecha le dijo:
"Recuérdame cuando estés en tu reino".
Ella, levantando los ojos, le contestó:
"En verdad os digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso".
La
prostituta la miro y cerró los ojos. La lluvia bajó
hacia su frente ardiendo y alivió su sufrimiento. Inesperadamente
la lluvia se convirtió en tormenta.
Jesús
repitió casi en silencio otras palabras:
"¿Elí, Elí, por qué me has abandonado?"
Junto
a la cruz también estaba su padre, el hermano de su padre,
Mario, esposo de Safoel, y José de Arimatea. Los tres la
miraban con dolor e impotencia. Lloraban y gemían. Su padre,
arrodillado, hizo un gesto con la mano. Jesús tosió,
se incorporó, pero no pudo mover el cuerpo. El rastro de
sangre que bajaba de sus muslos cayó sobre la tierra.
Jesús
al ver a Juana le dijo a su padre:
"Hombre, ahí tienes a tu hija; ella te cuidará".
Después
dijo a su discípula: "Hermana, ahí tienes a
tu padre. Cuídalo hasta el final de tus días".
Juana
así lo hizo y nunca se casó y fue maldecida en su
pueblo por eso.
Lidia de Tiatira, 20
Hacía
dos días que Jesús había muerto. José
se encontraba en su casa esperando a Juana que vendría
con los perfumes para embalsamar el cuerpo. Mientras la esperaba
entró en su taller de carpintero y empezó a emparejar
unos maderos. Cuando miraba la viruta caer al suelo sintió
dos manos que se posaron sobre sus ojos. Las palpó y se
dio cuenta de que tenían las heridas de la cruz.
Era
ella, no un fantasma, sino en carne y hueso. Ambos se abrazaron.
Las virutas se enredaron en las trenzas del cabello de Jesús.
Ella se agachó para que José se las sacara. Así
lo hizo José, sin mediar palabra alguna, aunque él
miraba la llaga del costado.
Jesús
le dijo: "Aquí me tienes". Se acercó al
anciano y le besó las manos. José,
azorado, lloró. Y
Jesús le volvió a decir: "Hombre, ¿por
qué lloras? En verdad te digo, regocíjate porque
tú eres el que ha creído".
Entonces
José le cogió ambas manos. Jesús sólo
le contestó: "Pero
ahora, suéltame, porque debo regresar donde mi Madre".
©
rocío silva santisteban
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