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el
profesor de teatro
Apareces
sobre el escenario y tus ojos me invaden el silencio hasta dejarme
muda. Te escucho desde la tribuna, y el vibrato viril de
tu voz me estremece como una melodía. Me extiendes las
ganas, por sobre las miradas de miles de cabezas atadas a tu arte,
y resbalo en mis sueños como una hoja que se deja dormitar
a la intemperie.
Voy
flotando sobre ti, y me siento protagonista en tu jardín
de rosas venenosas y desearía poder morir esta vez, pero
morir con tu perdón entre las piernas.
Vuelves
a mirar, hace más de media hora que te percataste de mi
presencia y mi memoria vaga por el encaje de tu suerte, como una
ramera de la oportunidad.
Estás temblando, lo sé, una gota de sudor te va
mojando la nariz y sonríes apenas, como de un mal chiste.
Sobre el muslo levemente musculoso, mi mirada se posa como un
amante tímido, mientras me eludes como si yo fuera un mal
presagio.
Estoy
en primera fila, joven al extremo de la insolencia, con un vestido
que resbala por los hombros y un muslo que asoma apenas, envuelto
en las medias negras y transparentes.
Te
ruborizas cada vez más, mientras cruzo la pierna y te dejo
entrever la principal causa de todos tus males.
Más
allá, a sólo unas butacas de distancia se encuentra
ella, con su apariencia de vieja remilgada y sus sedas repetidas.
No ha reparado aún en mi presencia. Tú la miras
y sudas aún más. El resto de la sala creerá
que eres aprendiz de actor, pero ella y yo; ella y yo sabemos
que eres el mejor de toda la ciudad y más vale que controles
tu carácter ardiente y dejes aquello de quebrar la voz
entre cada parlamento.
Peino
mi cabello con los dedos, los largos y puntiagudos dedos que acariciaron
tus bíceps y te hicieron sentir al borde del precipicio,
justo, justito en donde estás ahora, sólo por falta
de voluntad. Porque hay que ser vulnerable para involucrarse con
una colegiala menor de edad, turgente y bonita: ¿verdad,
profesor de arte?, ¿verdad que usted autorizó mi
salida de clases sólo para sentirse complacido...?
Desde
la butaca veo el contorno del rostro de esa que llamas esposa,
la que parece peinarse con el escobillón y cepillarse los
dientes con un escarabajo. Se ve pálida y ojerosa, desteñida
por las canas como en una enfermedad. Te contempla con tanta admiración,
como si existiera sólo en tu presencia. No le correspondes;
puedo ver tu mirada que viene hasta acá y luego baja despacito,
como gateando, y yo acaricio suavemente mi pantorrilla y te dejo
ver algo más, sólo para recordarte la ardiente fortaleza
de mis muslos.
Coges
tu pañuelo y empapas tu frente cargada de infortunios.
Mi querido profesor; estás en problemas, por haber amado
a esta colegiala que no se resigna a perderte.
Creíste
que bastaría con sugerirles a mis padres que me encerraran
en aquel internado de monjas a fin de corregirme, como si no hubieras
cedido con toda el alma a las demandas de mis sentidos.
Continúa
la actuación, y no te pierdo el paso. Tu monólogo
es cada vez más incoherente. Me apoyo sobre el respaldo
del sillón y acomodo mi cabello hacia atrás, luego
deslizo mis manos por el cuello que besaste tantas veces, hasta
rozar el seno que descubro grácilmente, como una almendra
madura. Ella se retuerce de envidia tres personas más allá,
me mira con una risa nerviosa que me causa asco. Pero no acabará
la función, amante mío, sin que descubra ante el
público el arte que mejor practicas.
En
vano pretendes concentrarte en el libreto, estás como en
aquellos días en que enseñabas con dificultad, pues
lo único que esperabas, era el final de la obra para correr
a mi lado.
Subo
el vestido distraídamente y la segunda fila comienza a
murmurar. Ella también murmura. Tú intentas evadirme,
mientras tragas saliva como si fuera veneno.
Las
palabras de Shakespeare resbalan por mi abdomen hasta hacerme
cosquillas, y pienso en la supuesta enfermedad que me tenía
a medio morir, cuando llegaste a mi cabaña por primera
vez, a fin de brindarme auxilio y luego te quedaste como tantas
noches, hasta el día en que terminaron las clases de actuación,
y decidiste abandonarme.
Estás
a punto de terminar la obra y siento algo de lástima por
ti. Empapo mis pestañas teñidas de negro, con la
sal de un reencuentro que jamás existió, mientras
espero que termine la función.
Te
inclinas nerviosamente ante el auditorio que comienza a ponerse
de pie, mientras yo avanzo, decidida, hasta el estrado.
Ya
no eres Hamlet, ni el profesor de teatro, simplemente eres el
amante de una mujer despechada que sabe de amor lo que tú
sabes de olvido.
Tiemblas
completamente. Aún no abro la boca y tu actitud de suplica
causa un profundo impacto en el público.
Te
grito en la cara que eres un pervertido, que abusas de las menores
en tus clases de teatro, pero no me respondes. Entonces lloro,
como una niña infortunada mientras tu esposa aquejada de
un extraño paroxismo, huye hasta la puerta de salida.
El
círculo luminoso comienza a invadir nuestros cuerpos como
un aura. Oigo un quejido tuyo, como de animal asustado, y disimulo
la risa que eso me provoca.
Estamos frente a frente en el borde del escenario, tu rostro grisáceo
parece desfigurarse cuanto más me aproximo y más
te grito: ¡depravado!
No
puedes responder, tus labios tiemblan y tu cuerpo parece precipitarse
sobre mí. Comienzo a sentir miedo. A retroceder, a pensar
que fue un error confrontarte de esta forma. Te digo que ya, que
aclararé delante de todo el mundo, que no eres lo que acabo
de decir, pero no me crees. Tu rostro se inyecta de ira y rodeas
mi cuello con tus manos sin que yo logre zafarme. Él público
gime a lo lejos como una marea, mientras yo siento el efecto de
la falta de aire...
Finalmente
escucho la voz del director proclamando con energía:
¡Corten!...
¡Se imprime la sesión!
©
roxana heise
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