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ciclones
Realmente,
el primer ciclón de la temporada sobrevino cuatro días
después de que Daniel invitara a la jabá a la primera
encamada. Aquel martes fue un día raro, hubo un muerto,
venta libre de pescado, perendengues, un incendio y hasta una
desagradable confusión. Un día que había
comenzado espléndido, con un sol de lengua larga pero no
afilada, y se había ido enturbiando, cifrando en el cielo
la tormenta sobre la tierra.
Octubre
dominaba el calendario y en las calles se erguían aburridos
los típicos cartelones enfilados a mantener alerta la conciencia
ciudadana. La Jornada Camilo-Che menudeaba en consignas adosadas
a las efigies de los dos revolucionarios tan respetados por el
cubano, pero había un extra: el trigésimo aniversario
de la Crisis de Octubre, y los misiles volvían a estar
a punto, de otra forma, pero jeringando igual.
María
Eva Mercedes de la Caridad Lopategui Valdés respetaba mucho
a los ciclones. Se acordaba con pavor de aquel Flora que entró,
salió y volvió a entrar, en un abrazo mortal sobre
varias provincias. Pero por lo pronto, ahora, en ese instante,
ella estaba en otra trova: se sentía un chorro de agua
fresca brotando del centro del cosmos.
Todas
las mujeres de su familia eran María y algo más.
Lo de Mercedes fue por la abuela paterna, prodigio de negritud,
sabiduría y buen talante; en los años veinte había
enamorado a un vasco viudo, anclado en La Habana y con ciertos
ahorros, que le puso encajes blancos a la maciza negra de curvas
arriesgadas y firmó con orgullo su Lopategui en los papeles,
después que se adelantaran a iniciar con frenesí
los dos primeros afluentes Lopategui en la mayor de las Antillas.
El Mercedes también venía por el orisha protector
de María Eva: Obatalá, el dueño de las
cabezas. Había nacido un 24 de septiembre, en el camino
de Obanlá Ochanlá, el más típico para
el sincretismo afrocubano de Obatalá con la Virgen de las
Mercedes. Lo de Caridad cayó por ser el nombre de su madrina,
el Eva era la dosis de desafío. Le encantaba abreviarse
en ese María Eva transgresor que enroscaba a la madre del
Hijo con la primera mujer y pecadora, a la que habían penalizado
por su curiosidad y sus placeres. Y disfrutaba, como ahora, cuando
un hombre se lo salivaba en el oído, mientras todo su interior
estallaba de gozo. Daniel arremetía y ella gritaba sus
propias consignas pidiendo más, más misiles y más
luces, odiando los apagones, el bloqueo y ajena al aniversario
de la crisis del '62.
Cuando
acabaron con esa calentura temprana de la mañana, María
Eva se asomó, con las tetas al aire, a la ventana de la
habitación. Sentía mucho calor, pero no había
agua, tendría que seguir a trabajar con el sudor de los
trajines del sexo endulzando el café con leche de su piel.
La posada para amores de a rato estaba frente al cementerio de
Colón. Se fijó en los enormes carteles que ostentaba
el paseo de entrada de la necrópolis, uno recordaba el
aniversario de la Crisis de Octubre y otro acoplaba: "¡Aquí
no se rinde nadie!" Como si hiciera falta la precisión
en ese lugar -se dijo María Eva-, nosotros los cubanos,
tan exagerados, sí, hemos hecho una Revolución más
grande que nosotros mismos. Ahora hay que resistir. Yo resisto,
tú resistes, él resiste, qué paso más
chévere, el de mi conga es, ¡eh! Canturreando
la conga, terminó de peinarse, se puso el ajustador para
disciplinar la rebeldía de su populoso pecho y se abrochó
la blusa de algodón rojo. Le encantaba el color rojo, eso
sólo hubiera bastado para que se enrolara en la izquierda
en cualquier parte. Daniel salía del baño, maldiciendo
que no hubiera ni un cubo de agua para echar al inodoro. Miró
el reloj, repitió coño varias veces, le besó
una mejilla y con un "vamos, mi china" la apuró
a salir.
En
la acera, cada uno cogió por su lado. Al trabajo no llegarían
puntual, pero tratarían que lo menos tarde posible. Total,
el transporte funcionaba tan mal que era una excusa ideal para
casi todo. Él iba a ver si enganchaba una guagua para Guanabacoa,
algo así como irse de expedición a la selva amazónica
sin llevar guía, y la dejó sacando los tres candados
a su bicicleta, amarrada en el estacionamiento de la posada. Para
María Eva la bici era la garantía de llegar, si
no ocurría un reventón de goma. Hay que pensar
positivo -se autoconvenció-, y dale pa'lante, chica,
este es el primer día del resto de tu vida, aquí
lo que no hay que hacer es morirse. Arriba, María Eva,
no hay que rajarse, sólo los cristales se rajan.
A
sí misma se llamaba por su nombre, en sus soliloquios,
muy intensivos en el último año. Mientras pedaleaba
con todo el peso de su nombre completo en las pantorrillas, pensó
que no había estado mal esa salida íntima con Daniel,
pero tampoco pasaría a la historia y dudaba de una eventual
segunda vez. Tenía ganas de tomar jugo de toronja, y la
asociación de ideas enlazó al Daniel que no haría
historia con aquel Cordón Alimentario de La Habana, donde
invirtió cientos y cientos de horas y sólo sacó
en limpio un amante tierno pero de corta duración, dos
buenas amistades, Felicia y Juanita, y un montoncito de papeles
certificando su aporte de trabajo voluntario. Estaba decepcionada.
Sus cuarenta y cuatro años de edad la desarticulaban en
un montón de dudas después de una aventura sentimental.
Se sentía como la patria, siempre en guardia y esperando
sacrificios, pero nunca satisfecha ni en paz, como si el jaque
mate pintara ser eterno.
Su
naufragio más reciente había sido Luciano, un matemático
militando fervorosamente en la planificación socialista
que sacaba cuentas para proponer una variable salvadora al plan
económico del país. Ése ni siquiera había
podido definir la relación de pareja, pegoteado como estaba
a su madre, tanto como a las directivas de la superestructura
del Poder, pensó María Eva. Siete meses duró
la desgastante relación con Luciano; a Daniel lo había
encontrado dos semanas atrás, en una jornada dominical
de trabajo voluntario recogiendo toronjas. A su marido también
lo había conocido en la agricultura. María Eva tenía
demasiado enredados sus amores con la tierra. ¿Y si probaba
en el aire, o en el mar?, se preguntaba. Con el fuego, no; le
daba miedo. Para fuego, sus entrañas, su pensamiento. Y
el fuego del sol caribeño, y aquella candela que se encendía
en su trabajo, en las reuniones delirantes para racionar equitativamente
lo que no había. No, fuego no. Había excedente.
A
la jabá le inquietaba el derrotero de la isla desde que
tres años atrás comenzara a apestar aquella cochambre
disfrazada de socialismo que había marcado al lejano
Este como se burlaba. Aquel allá con su sálvese
quién pueda repercutía demasiado. María Eva
traducía en algo masticable y lavable la alta política
y ese billibilló entre imperialismo y socialismo; en lo
cotidiano y concreto, cada día era más difícil
poner algo en el plato y cosas simples como jabón, shampú,
desodorante y polvo de lavar alcanzaban estatura de dioses del
Olimpo, inaccesibles, o más acá, cerca de la tierra,
resonancias de mala palabra: carajo, pinga, mierda. "¡Coño,
no hay! ¡No hay esto ni aquello, coño, na de na,
nananina!" Esta era la consigna no oficial que corría
a lo largo de la isla.
María
Eva Mercedes de la Caridad Lopategui Valdés se preguntaba
"por qué tantos golpes sobre Cubita la bella, la que
se agacha y no se mea". No era justo, no, la Revolución
era un tren de sanas intenciones y buenos proyectos, pero los
rieles no ayudaban. O no habían sido planificados. En algún
lugar había un dios indiferente a tantos sacrificios. Tanto
bloqueo, amenazas, conspiraciones de la CIA, tantos discursos,
retos, cumplimientos y sobrecumplimientos, tanto esfuerzo decisivo,
siempre decisivo y con insuficiente rédito práctico,
y nada, nananina, no había forma de parar la cabeza, estaban
tocando fondo. Al paso que iban, la conga iba a sonar a marcha
fúnebre. La desesperaba tener ideas pesimistas, a veces
no podía evitarlas.
Cuando
entró a la oficina del Ministerio del Comercio Interior,
donde trabajaba hacía diez años, en contabilidad,
se enteró enseguida de que iba a ser ascendida a jefa de
sección. "¿Cómo?, si Cucusa es una jefa
ejemplar", se sorprendió María Eva. "Nada,
chica, Cucusa fue, hoy estamos de velorio", explicó
Juanita. "¡¿Qué?!, pero si ayer la vimos...
", seguía sorprendiéndose María Eva.
"Ayer la vimos agitada pinchando entre los papeles, por el
cierre del balance mensual, y hoy la veremos en el cajón,
relajada, olvidada ya de la migraña y la úlcera,
conociendo a los angelitos, es lo que se merece esa mujer. Es
la vida, mi niña, la vida que nos sopla para encendernos
y apagarnos como simples velitas del cake de cumpleaños".
La
filosofía de Felicia dio paso al recuento de Juanita: la
víspera, Cucusa salió muy tarde de la oficina, con
treinta grados que la noche se empecinaba en no refrescar; había
pedaleado trece kilómetros en bici hasta su casa, la cabeza
se le partía de los dolores; llegó a su edificio
en La Lisa y no había corriente, apagón total en
la zona, fuera de programación: tú sabes, el imperialismo
tenía la culpa, con su bloqueo. Y allá va Cucusa
con la bici a cuestas subiendo nueve pisos; tranquilizó
a la madre, enferma de los nervios y sin pastillas, y a los tres
hijos; el marido andaba reunido en el puerto ajustando lo de la
salida de la flota atunera, no había combustible para todos
los barcos y nadie quería quedarse en tierra.
La
jabá cree estar viendo la película: apagón,
cero televisor, los niños intranquilos, la vieja con su
cantaleta, hay calor, quieren bañarse y comer, no hay agua;
como no hay corriente, el motor no hala agua del tanque, y la
combativa Cucusa agarra dos cubos y baja los nueve pisos, a llenar,
de rodillas, inclinando cabeza y torso, los cubos desde la cisterna.
Después devora las alturas con ánimo de adolescente,
echa el agua en el depósito de emergencia que hay en la
cocina, y vuelta a bajar, con los cubos vacíos, pero sintiendo
que dejó de ser adolescente. "Eso es una madre ejemplar,
una heroína", dice Felicia, y María Eva piensa
que no, que eso es ser comemierda. En la tercera subida, que iba
a ser la última, Cucusa siente que el aire comenzaba a
estar racionado, como si hiciera falta para completar el período
especial que engurruñaba a la isla; un vecino que bajaba
la notó rara, y ahí, a la entrada de su apartamento,
justamente cuando la luz llegaba, qué coincidencia -detalla
con primor Juanita-, la muerte súbita se apiadó
de ella. "¡Qué fatalidad, chica! ¡Con
lo que esa mujer valía!", comentó Griselda,
la chismosona del piso, que se había acercado al grupo.
"¡Muerte estúpida!", sentenció María
Eva, y se fue a ver al jefe de Departamento para comenzar a ventilar
el karma que le tocaba.
Griselda,
en una de sus idas y venidas entre las oficinas para alimentar
la mala noticia, dejó caer una colilla en el cesto de papeles
de la difunta. Todos corrieron a sofocar la candela, hasta el
jefe de Departamento; el fuego devoró el escritorio de
Cucusa y atacó los estantes aledaños, los extintores
no estaban cargados y los tres cubos disponibles en el piso, uno
por cada baño, no daban abasto para controlar la situación.
Los bomberos radicaban a tres cuadras y afortunadamente el incidente
no pasó a primera división. Pero se achicharró
el cuidadoso informe de cuentas que Cucusa había preparado.
Presa de un ataque de nervios, Griselda fue llevada al hospital,
gritando que ella no había querido sabotear a su querido
ministerio, que, por favor, nadie se confundiera con ella, que
no la fueran a perjudicar. El jefe, exhausto por un día
sobregirado en tensiones, pidió a todos los del piso que
fueran al velorio de la compañera. Y se quedó a
escribir el informe sobre el "caso Griselda".
María
Eva se había quedado impresionada con el fuego en la oficina
que compartía con Cucusa; lo vio como un signo y se prometió
a sí misma ir a ver a su madrina Caridad y consagrarle
un trabajito a Obatalá, reconocía que últimamente
lo tenía abandonado y los orishas son muy susceptibles
Sí, podía haber malas influencias en el trabajo.
Habría que resguardarse. Una nunca sabe.
Al
mediodía fueron al velorio, a las cuatro era el entierro.
Todo rápido, el marido lo quiso así, tenía
que salir un día después en el barco, con un exigente
plan de captura de atún; los niños irían
con la suegra nerviosa a casa de una tía. Cucusa ya era
parte del anecdotario del mes, y punto. María Eva se sentía
muy mal con toda esta historia y dejó la bici en el trabajo,
no quería tener un accidente, no tenía la cabeza
para circular. Desde que a las seis y media de la mañana
salió de su casa pedaleando y se ponchó en la primera
cuadra, y tuvo que cambiar solita la cámara, con lo que
le fastidiaba hacerlo, presintió que el día sería
pesado. Y ahora, en frío pero sudada, y aunque no le desagradó,
echaba pestes por la cita extemporánea que tanto le había
reclamado Daniel, y su torpeza llevándola a una posada
sin agua; ya Cucusa le había partido el día por
el medio muriéndose, le dejaba en herencia el maldito cargo,
justo en tiempos de tanto salpafuera, cuando lo recomendable era
no coger lucha, para no reventar.
Acompañada
de Felicia y Juanita, María Eva salió antes de que
terminara el velorio, necesitaba aire fresco. Se fueron caminando
hacia la necrópolis y llegaron antes que el coche fúnebre
y la familia. En la esquina había una pescadería
y estaban vendiendo pescado por la libre; faltaba la corriente
desde la mañana y no querían perder la mercancía,
así que olvidaron el racionamiento. La cola no era muy
larga. Felicia consultó con María Eva y Juanita,
y acordaron marcar; la jabá cubriría la primera
media hora, era la más amiga de la difunta y quería
estar presente en el momento en que la bajaran al hueco. Las otras
fueron a reunirse en la entrada del cementerio, con los compañeros
de trabajo y vecinos que esperaban la llegada del féretro.
Y
quedó allí, pensativa, entre los olores del pescado,
preguntándose por qué se sentía tan cansada
y angustiada en los últimos meses y ni los hombres la avivaban.
¡Ah, los hombres! Siempre había amado a tipos fracasados
o erráticos, desguabinados por los sueños. José
Manuel, el padre de su única hija, María José,
estudiante universitaria, de Leyes, la había dejado en
un pozo seco, yéndose a escarbar pírricas victorias
en tierras angolanas. La había dejado para que se encamara
con tres medallas, con tres medallas se sentara a la mesa y frente
al televisor, y a tres medallas les contara sus problemas y sus
miedos. Ellas eran muy frías, sordas y mudas; si veían,
de nada le servía a María Eva, y para huir de esas
terribles parcas, había aceptado otro tipo de infierno,
un año movilizada en labores de la agricultura. Con su
disposición la oficina ganaba puntos en la emulación
interdepartamental, podrían quedarse con la banderita colorá
de Departamento Vanguardia, exhibida con orgullo en el mural junto
a los ascensores. Además, en el campo se comía bien
y algunos brazos aparecerían para encomendar sus insomnios.
No era tan malo el campo, cuando pasaran los primeros dolores
musculares, ya le cogería el compás y disfrutaría
de la sana vida en el verde. Pero lo más importante: imaginaba
ganar una tranquilidad de colores distintos a los de una ciudad
que amaba y que la entristecía. La Habana, ah, la bella
Habana. La veía llenándose de mugres y estantes
vacíos, invadida por apagones en la noche y en buena parte
del día, y por falta de agua durante el día y casi
toda la noche, una ciudad que parecía enfrentarse desnuda
al depredador con un son distinto cada mañana, sensual,
retozando en miradas y sonrisas, intentando zafar en pasos apurados
para todo, todo a las apuradas, siempre, una ciudad ennoblecida
por el mar y que se acurrucaba a esas madrugadas que rumiaban
boleros, soñando despertar para lo diferente.
Ay,
Habana, hermosa Habana, piensa María Eva, sabiendo que
la ciudad es su delirio. ¡¿Qué es eso?!, se
dijo, y rápidamente se volteó para encarar la situación.
Ya no era un quizá, tal vez sí, seguramente no.
No: era un sí; le habían tocado el trasero por segunda
vez. Sin la menor duda y con el mayor desparpajo se lo volvieron
a tocar pero lentamente, con premeditación y fino tacto.
Sus
ojos oscuros, llenos de ira, sablearon a otros oscuros, muy por
encima del nivel de su mirada. Y la sonrisa del desconocido le
derramó un jarro de agua con azúcar, listo para
poner al fuego y hacer un almíbar espeso, para endulzar
lo que sea, como sea. La voz la desarmó al pedirle disculpa
por el gesto equivocado:
-La he confundido con una vieja amiga -aclaró el hombre.
-Y por las nalgas la conoce, ¿no?, la conoce y la saluda.
Una buena amistad, supongo -ironizó María Eva.
El tipo soltó la carcajada y explicó que realmente
la otra había sido su esposa, hacía años
no se encontraban.
-Las ex esposas, cuando son razonables en la separación,
pueden ser muy buenas amigas ¿Usted no tiene experiencia?
- argumentaba él.
-No, soy viuda -respondió ella.
-Ah, perdone, no quise ofender -se apresuró a aclarar el
hombre.
-No ofende -suavizó María Eva, sumiéndose
en la duda: ¿por qué quería suavizar?
El
hombre la miraba de una forma que le removía viejos tiempos,
de allá de su primera juventud. Era un hombre alto, posiblemente
un poco más joven que ella. Le dijo que estaba en la cola
del pescado para hacerle el favor a un amigo, de vacaciones en
Camagüey, con la mujer, y como él había tenido
que viajar a La Habana, su amigo le había dejado el apartamento.
Era a una cuadra, frente al cementerio. Un lindo apartamento,
con todo. Los ojos le brillaron al decirlo. Con todo. Hasta tenía
cerveza. Y como había freezer, seguramente la cerveza
estaría fría, no importaba que desde el mediodía
no hubiera corriente en el barrio. María Eva escuchaba,
y pensaba que no había tutía, el tipo le estaba
proponiendo algo. Qué día tan loco, pensó
para sí, mirando con pena los ojos fríos de los
pescados sobre el mostrador; contestó que no tenía
tiempo, iba a un entierro. "Los muertos son para siempre,
los entierros no", susurró el hombre junto a su oreja.
Qué descarado, pensó la jabá, pero estaba
contenta.
Cuando
llegó Felicia para defender el turno en la cola, le dijo
que se apurara, que la pobre Cucusa había llegado y había
jaleo, la madre de la muerta gritaba, toda descompuesta, y los
niños lloraban. María Eva salió corriendo,
y el desconocido detrás, pegadito al trasero.
-¿Y su pescado? -preguntó la jabá.
Él la tranquilizó:
-No importa, yo no como pescado, hacía la cola pensando
en mi amigo, y porque no tenía otra cosa que hacer.
-Ah, ¿y qué piensa hacer ahora? -preguntó
María Eva,
-Acompañarla en su sentimiento -respondió el tipo,
mirándola demasiado fijo, y no con ojos de pescado.
En
ese instante, María Eva supo que del entierro saldría
para otro: el de su luto erótico; hacía una tonga
de años que no se sentía tan excitada con la sola
cercanía de un hombre mirándola. Supo que en algún
lugar tomaría cerveza fría, burlándose del
corte de corriente, y brindaría por Cucusa en un rincón
de la alegría, aunque fuese una alegría pasajera.
Estuvieron
juntos muy cerca de la fosa, las flores estaban feas, mustias,
lloró, el desconocido la abrazó, ella le mojó
la camisa. Después hubo una confusión y más
llanto, llegó otro coche mortuorio con un tal Felipe. Los
sepultureros comenzaron a discutir a quién le correspondía
el hueco. Todos los presentes estaban tensos. A la madre de Cucusa
hubo que llevársela, Felicia ayudó a una hija a
alejarla e la tumba, le dio tremendo perendengue, se puso a gritar,
a patalear, se tiró al suelo, el viudo también se
metió en la discusión con los sepultureros y hasta
recordó que había combatido en Playa Girón.
Pobrecita Cucusa, hasta en la muerte estaba en medio de un jaleo;
María Eva se acordaba de los desafiantes planteamientos
de su amiga en algunas reuniones. Finalmente, cuando la confusión
fue aclarada por un empleado de la Dirección General de
la necrópolis, el ataúd de Cucusa fue trasladado
unos metros más allá.
María
Eva aprovechó el remandingo y se llevó algunas flores
del infortunado Felipe porque estaban más frescas y se
las dio a la otra cuando la estaban metiendo en la fosa. Luego
se despidió del viudo y besó a los tres huérfanos,
que habían dejado de llorar después del show
de la abuela. Le hizo una seña cómplice de despedida
a Felicia, de vuelta, y ya estaba saliendo del cementerio, con
el desconocido, cuando Juanita llegó con una enorme bolsa
de nailon repleta de pescado, y le preguntó si repartían
ahora o mañana. María Eva dijo que mañana,
la abrazó y se fue. No miró hacia atrás,
pero sabía que Felicia le estaría chismeando a Juanita
que había estado llorando abrazada por un extraño,
y le exageraría lo de Felipe, la vieja y el viudo. Al siguiente
día, la historia estaría estirada hasta lo increíble,
rodando por las oficinas.
Al
salir de entre las tumbas, el agua amenazaba con desplomar el
cielo, María Eva se fijó en la ventana donde se
había asomado esa mañana temprano. La cortina estaba
corrida. Y Cucusa, enterrada con cuarenta y dos años, tranquila,
por primera vez en la vida.
Caminaron
una cuadra por la acera del mismo cementerio, cruzaron la Avenida
Zapata, en la primera curva a mano izquierda, y entraron en un
edificio bien pintado, de cuatro pisos. Se amaron tan pronto cruzaron
la puerta del apartamento del 4º-C, se amaron con desesperación,
ella clavada contra la pared, sintiendo que el corazón
se le trituraba por unos miedos que de tan viejos debían
serle ajenos. Pensó que en un segundo ella podría
estar junto a Cucusa. Y se angustió, sintiendo a la vez
que el corazón le renacía con una oleada caliente
e insospechadamente tierna que le inyectaba ese desconocido, ese
hombre con una mirada de hormigas locas que se le colaban bajo
la piel, entrándole por los ojos. María Eva quería
rascarse sus miedos, su angustia, su pasado; y sus gemidos arrebataron
al hombre.
Desde
que había visto aquella película, tenía una
imagen fetiche apuntalada en su cabeza. Con José Manuel,
su difunto marido, lo más que alcanzó fue a reunir
tres velas para encender en una noche de excesos. Ahora, el desconocido,
al saber de su ilusión, le encendía quince velas,
que no quemaban con tanto swing y olores como las del cine,
pero eran ¡quince velas! María Eva se sentía
reina de todo.
El
diluvio había empezado después del segundo enfrentamiento,
esa vez entre las sábanas. La lluvia repicando en las ventanas
le sonaba a estreno, y ella se descubrió hablando de cosas
que creía extraviadas en su memoria, él sonreía,
y la acariciaba con lentitud, le daba besos breves, todo sin apuro,
le preguntaba, seguía sonriendo, él contaba poco,
por no decir nada. Anochecía, y él le cogió
todas las velas al dueño de casa, previsor de futuros apagones,
y encendió la ilusión de ella, disfrutando de sus
carcajadas. El freezer había mantenido fría
la cerveza, tanto como ellos habían mantenido calientes
las ganas de darse.
"¿Mi
nombre?, el que prefieras", le dijo él. Y en el tercer
combate renovaron los créditos de fogueos, posiciones,
lamidas, abrazos, confesiones susurradas, volvieron a conjugar
los códigos de las sensaciones y lo que hallaron les gustó.
Se quitaron todas las trampas y jugaron a engañarse. Él
la nombró Salomé como la reina de Saba, y Tina Modotti,
la fogosa fotógrafa amante de Mella, el comunista cubano
que parecía portada de revista del corazón y al
que mataron en los años 20 en una calle de México.
La llamó Anäis por aquella sensible amiga de Henry
Miller, y Ava por la seductora Gadner, y Simone, por la autora
de La mujer rota. Durante unos minutos la identificó con
Betty Boop y pretendió hacerle el rulito sobre la frente.
Rieron con estruendo. Ella lo llamó Burt, por Lancaster,
y lo sedujo cuando lo trató como si fuera Batman, y le
puso el blumer como antifaz, y él resoplaba el desgastado
calzón de encaje, encandilado por los olores que reservaba;
lo confundió nombrándolo Benny, por aquel Moré
inmortal, y le pidió que le cantara un bolero, él
se divirtió mucho con la ocurrencia, luego se autobautizó
y modificando caricias para estar a la altura de sucesivos nombres,
fue Neruda, y la amasó con poemas, y fue audaz como D'Artagnan,
el insigne mosquetero, y Ulises, el que desafió los cantos
de sirena. Llegó a ser en un momento mágico el mambí
Elpidio Valdés, sacándolo del dibujo animado del
cine, y le hizo cariños como si fuera un niño. Hacia
el final de esa tercera ronda del deseo, la tocó de un
modo muy especial, le dijo que se llamaba Homero, que era un poeta
ciego, y sólo tocándola, así, podía
encontrar palabras para sus versos. María Eva se enloqueció:
todas las claves para abrir las incógnitas del universo
parecían estar en los dedos de Homero.
A
las dos de la madrugada ya no llovía y él la acompañó
a la parada de la guagua. Estuvieron una hora hablando de cualquier
cosa, pero ya nunca como antes de que María Eva lo conociera.
Había mucho silencio. A quinientos metros Cucusa dormía
sola. María Eva sabía que demasiada soledad espera
por cada uno y todos para no tratar de conjurarla mientras se
puede. Él notó su ramalazo de tristeza, la abrazó
fuerte, le dijo que ese día debía resolver varias
cosas, había viajado a La Habana, desde Camagüey,
para ciertas cosas. No dijo cuáles, pero sí que
le había encantado conocerla, que había sentido
algo difícil de explicar.
-Quiero verte otra vez -pidió él.
-¿Y me sabrás explicar? -preguntó María
Eva.
-Quizá -dijo él.
-¿Y nos citamos dónde?
-En la puerta del cementerio -respondió el hombre, sonriente.
-¿Al día siguiente? -preguntó ella, tratando
de que la ansiedad no se le asomara mucho en el tono.
-A las tres de la tarde, ¿sí? -propuso, besándola
en la oreja.
-Okey, a las tres -aceptó María Eva, y después
recordó-: Alabao, mijito, la hora en que mataron a la Lola
de la canción.
Él
se quedó sonriendo, en la acera llena de humedades, como
ellos ese día, viendo como la guagua escapada de las sombras
se llevaba a la jabá, rechinando como un lamento, con aquella
carrocería azotada por las carencias.
En
el trabajo, Juanita y Felicia la persiguieron para que hablara
sobre el desconocido. Contó poco, se hizo desear el cuento,
quería poder contar mejor. Cuando llegó a su casa,
le pidió a su hija que le prestara lo que había
escrito Homero, desde el secundario no lo había vuelto
a leer, y se pasó toda la noche leyendo La Ilíada.
Siguió durante el apagón, pegada a un mechero de
querosén que maldecía la luz más que alumbraba.
María José pensó que su madre había
enloquecido.
El
día de la cita, pretextando un fuerte cólico, salió
antes de horario, no sin sufrir las risitas y bromas de Juanita
y Felicia en el baño, donde se aseó un poco aprovechando
que, por casualidad, había agua. Llegó a la puerta
del cementerio diez minutos antes, llevó la bicicleta a
un estacionamiento cercano, la aseguró con tres candados,
y dejó que su mirada vagara por las tumbas, pensando en
Cucusa, y en los muertos de su familia, y en los muertos que no
conocía pero que habían dejado heridas en otros;
pensó en José Manuel, que explotó en los
aires, en Angola, y era una herida que le dolía cada vez
menos. Y se preguntó si sería una pena honda para
algunos cuando llegara el día que esperaba por ella. Miró
el reloj, eran casi las cuatro de la tarde. A Lola la habían
matado a las tres y a ella la habían embarcado en la cita.
Esperó hasta las cinco, de un momento a otro iba a comenzar
a llover, había un ciclón acercándose a la
isla. Se fue a buscar la bicicleta, pasó por el edificio,
tocó, no contestó nadie. ¿Habría corriente?
No podía vocear el nombre, no lo sabía. Ni el nombre
del dueño del apartamento. Y se marchó triste, a
su casa, a seguir leyendo La Ilíada, para extrañeza
de su hija. Esa noche, por suerte, no hubo apagón, pero
las horas eran de piedra y María Eva se durmió muy
tarde, con una duda: ¿le tocó o la eligió?
Ella había querido saber, le había preguntado, y
él no le dio importancia, ¿acaso no era igual?,
no, pensó ella, aunque no se lo dijo, entre una cosa y
la otra cabía una eternidad de sueños.
En
la oficina tuvo que decir algo, necesitaba abrirse la angustia.
"Coño, recoño, y ni sé cómo se
llama, esto sólo me pasa a mí por guanaja, y a mi
edad, es una maldición gitana, ese tipo me echó
un bilongo, ni el médico chino me cura. ¡Qué
salación tengo! No sé lo qué hago, no sé
lo que quiero, no sé ni lo que encuentro. Estoy cansada
de no ser pero no sé lo que quiero ser". Estaba alterada,
Felicia la abrazó, le regaló unos caramelos, un
tesoro para la época, y como ella seguía mortificándose
con que no sabía ni el nombre, Juanita la consoló:
"Le dices Homero y sanseacabó, ¿no fue así
como te gusto más? Homero y listo". Homero de La Habana,
por unos días, y en la cola del pescado. Homero habitante
de Camagüey. ¿Sería cierto? Homero que debía
explicarle lo que había sentido difícil de explicarle
aquella madrugada. Homero, Homero, sí, y Romeo, Romeo,
¿Romeo? María Eva no sirve para Julieta tropical,
lo sabe, no, no tiene edad, no tiene tiempo. No quiere morirse
por error, está harta de los errores. Y hay período
especial, la hermosa Habana se desmaya entre carencias y problemas.
El cansancio no se raciona, viene a granel. Y ella siente que
quisiera armarse para otra guerra, su propia guerra.
Al
tercer día, cuando salió del trabajo, llovía,
pero pedaleó hasta el edificio frente al cementerio, pulsó
el timbre, qué suerte, había corriente, y abrieron,
un tipo amable le dijo que sí, que conocía a Ulises
Pérez, que habían nacido y crecido juntos en Camagüey,
que eran como hermanos, sí, Ulises, un buen tipo. ¿Homero
es Ulises? Ah, se fue. Sí, se fue. ¿Ella no sabía?
Pa'Miami. Se fue en una lancha. Pensaban que la salida iba a demorar
una semana pero todo se solucionó rápido, por suerte,
y esto se lo contaba con reserva absoluta. Sí, claro. No
decir nada, sin lío, eh. Él le había hablado
de ella, ¿María Eva, no? Sí. Y ellos habían
llegado bien, telefoneó enseguida. Se fue con otros cuatro
amigos, la familia en Miami pagó para sacarlo, y una suerte
que fuera una lancha, una buena lancha, no corrieron riesgos como
esos locos balseros cruzando el Estrecho de la Florida, de madrugada,
en octubre, con el ciclón por ahí. Fue peligroso
de todos modos, pero Ulises quería irse cuanto antes, le
tenía miedo a una sirena, eso le dijo. Hablaba cosas extrañas
en las últimas horas que compartieron en aquella playa
abandonada a la salida de La Habana. Estuvieron tomando mucho
ron, Ulises por un momento dudó en irse y hasta lloró,
pero al fin se fue, estaba nervioso, y dejó saludos para
Penélope, lo repitió varias veces. Muy raro, comentó
Julio, fue la última frase que dijo: "dale saludos
a Penélope, dile que la quiero". ¿Ella sabía
quién era ésa? Hacía años los dos
habían conocido a una Penélope, en Camagüey,
pero debía estar muerta, era muy vieja cuando la conocieron,
trabajaba en una panadería.
El día estaba raro, una atmósfera pesada, con el
mal tiempo afilándose los dientes. María Eva sentía
que era un día agujereado, sí, con agujeros producidos
por el temor de la proximidad del huracán. Y ella era como
un hilo asustado por no encontrarse el cabo. Muchos ciclones le
hacían trampa, el extraño ciclón que enredaba
a la isla cuando todo iba a mejorar, o parecía que mejoraba;
y el ciclón de los cubanos, tantos, tantísimos cubanos
con ganas de echar pa'lante y vencer, y el ciclón que se
formaba en cada acto de la cotidianeidad para delirio de las cosas
mínimas y esenciales. Y el ciclón que venía,
que ya estaba a punto de llegar, y el ciclón que estuvo,
y se fue. Sobre todo el que se fue llorando.
Esa
noche hubo apagón. El ciclón Brian entraría
en horas de la madrugada. María Eva y su hija aseguraron
bien las puertas y ventanas y recogieron agua en cuanto recipiente
sirvió a esos fines. Las provisiones eran escasas, no podían
conseguir más. Había medio litro de querosén
para el mechero y cinco únicas velas en la casa. María
Eva, ante el asombro de su hija, decidió encenderlas todas.
Todas a la vez. Recordó que debía buscar sus viejas
agujas de tejer, aunque no hubiera lana ni le interesara conseguirla,
ni hiciera falta lana con el calor de Cuba todo el año,
un verano eterno, un fuego, o casi. Sólo quería
tocar las agujas, lentamente; por un segundo pensó en el
enorme cartel del cementerio: "¡Aquí no se rinde
nadie!". No, nadie. Sonrió y luego comenzó,
tranquila, a leer La Odisea.
©
rosa elvira peláez
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