|
la
rúcula
Podría
decir que hacía un día de sol como cualquier otro,
pero en realidad llovía. Tardé en darme cuenta que
llovía, porque al comienzo era una garúa tenue,
invisible, lamentable, y uno siempre tarda en percatarse de esas
cosas. Mi padre leía el diario con el cuidado de un exégeta
bíblico. Yo estaba frotándome la espalda. A las
nueve había levantado la persiana de hierro, y me había
dado un tirón en la cintura (¿las vértebras
lumbares?), y tal vez fue eso, lo que me hizo pensar que yo ya
no era la misma de antes. Hay un francés que escribió
que uno cambia muchas veces a lo largo de su vida... ahora no
recuerdo cómo se llamaba el libro ni el francés
que lo escribió, pero aquello me pareció cierto.
El libro lo había comprado en el canje de la vuelta, al
que voy porque me queda cerca y porque es barato. Cada tanto salgo,
le digo a mi padre que voy a buscar una gaseosa al quiosco o unos
caramelos de mentol, y me meto en el canje. Yo disfruto mucho
de mirar libros. Igual, cada vez que entro me compro alguno, por
compulsiva que soy y porque después de tanto mirar me da
no sé qué irme sin comprar nada.
A
las diez, más o menos, me puse a abrillantar unas hebillas
de falsa plata. Lo hice con saña mirando el leve resplandor
de ese sol cobarde e incipiente a través del blindex de
la vidriera, y me hundí en la meditación acerca
de cuánto nos costaría cambiar el paño del
blindex porque está rajado en uno de los costados.
Hubo
un momento en que me distraje: fue cuando ví a Meiners
que salía a barrer la vereda. Hablo de Meiners el que le
dijo a mi padre que su hijo estaría muy gustoso en casarse
conmigo, aunque no se animaba a acercárseme, porque el
hijo es muy tímido. No suena muy halagador, sobre todo
porque el otro día lo ví entrar al Gran Rex con
la rubia natural de la tapicería. Mi padre está
disgustado con Meiners, yo no sé bien si porque descubrió
que Bühler le hace descuento a Meiners y a nosotros no, o
porque se enteró que Meiners hijo fue al cine con la rubia
natural sobrina del tapicero (hay rumores que acusan que ella
es la amante del tapicero). Para colmo de males la rubia natural
se llama Helga.
No
es tampoco que a mí me interese algo de Meiners hijo: a
mí no me interesa nadie. Una vez hice el amor..., pero
ya no me acuerdo bien de los detalles, es como un celuloide que
se hubiera ido quemando al pasarlo y pasarlo para verlo. Digo
que no me interesa nadie porque acá es como un cascarón;
yo soy invulnerable al amor, estando acá. Sólo que
desde acá (el negocio) puedo verlo todo y escucharlo todo
porque la gente siempre anda trayendo y llevando rumores, -y es
tan cansador verlo y escucharlo todo, y por eso voy, me compro
un libro y leo, para descansar la mente-. Fue así (viéndolo
todo desde acá) como ví el otro día a Meiners
hijo meterse apresurado en el cine con la rubia natural y a Meiners
padre salir a barrer la vereda.
Meiners
padre es un mentiroso, ha dicho que no tiene dinero y que por
eso no salda la deuda del paquete de gamuzón que contrajo
con nosotros, pero hay gente -gente del barrio; otra vez los rumores
(el lema del barrio es: "Cuando el río suena agua
trae")- que nos ha comentado que lo vieron entrar a la Bolsa
de Comercio y comprar acciones de una empresa de la cuenca del
Ruhr. Invierte en acciones el cretino de Meiners. Le dije a mi
padre que no debería dirigirle la palabra, pero no sé
si me hará caso. Cada vez que le digo algo, menea la cabeza
de lado a lado.
¿Habrán
sido las once? Pongamos que fueran las once. Le dije a mi padre,
Papá voy a la esquina, y él me miró y meneó
la cabeza y se quedó mirándome fijo con una extraña
mirada de boyero a quien se le pierden los animales. Yo creo que
también él se daba cuenta que yo ya no era la misma,
y no me refiero, lo repito, al hecho de que me doliera la espalda.
Incluso, me propuse que en cuanto volviera se lo iba confesar.
Le iba a confesar que había tomado una decisión.
Hace tanto que yo venía pensando en que tendría
que decírselo, que creo que se me notaba por el brillo
en los ojos, y en la piel, yo sentía que tenía la
piel como florecida.
La
lluvia me sacó de mis pensamientos, y apresuré el
paso para meterme en la librería. Había dejado reservado
un libro que se llamaba Ensayos sobre los tiempos de la tristeza,
era un título cautivante, ¿cómo no iba a
comprarme yo ese libro? En cuanto entré en la librería,
la Librera me miró señalando el felpudo con los
ojos. Tenía unos ojos raros la Librera, azules, como de
gato siamés. Y era infinitamente vieja. Nadie comentaba
nada de ella en el barrio (se desconocía su vida amorosa,
sus orígenes, y hasta el simple y prosaico hecho de si
el local era de ella o lo alquilaba), y yo, ciertamente, creía
que ella era una Elegida, una Anagami que ya no necesitaba
reencarnar, sólo por ser Librera y no tapicera, zapatera,
o mercera, como éramos todas nosotras. En el felpudo, alguna
vez, había estado escrito Welcome, ahora sólo
había una pelusa rala. Cuando entré, la Librera
aplaudió alegremente: ¡La chica de Maskivker! Siempre
me he preguntado cómo sería la hija de Maskivker.
Son los que tienen la tienda a cuatro cuadras de acá, cualquiera
de estos días voy a entrar y voy a pedir hablar con la
hija de Maskivker nada más que para ver si yo me parezco
a ella. Yo sonreí. La Librera me observó con enorme
dulzura, me entregó el libro que yo había dejado
reservado y, con su voz dulce y pastoral, me indicó: Por
allá hay unos libros todos rotitos como a vos te gustan,
nena; mirá que los puse a buen precio. Sonreí otra
vez una sonrisa de Buddha florido, pagué y me fui. ¡Saludos
a tu papá!, gritó la Librera, creída, obviamente,
de que mi padre es el tal Maskivker de la tienda que vende ropa
informal.
El
libro se mojó un poco por la lluvia, y lo metí debajo
de mi pulover. Ví dos manchas blanquecinas bajo la lluvia
intensa: Meiners padre e hijo. Cuando pasé junto a ellos,
el viejo ladeó la cabeza a forma de saludo (relució
su diente enfundado en oro), y el hijo ruliento huyó hacia
el interior del negocio. Ojalá supieran que los detesto.
Varias
veces me he preguntado qué dirán de mí por
el barrio, aunque no me importa lo que digan de mí, sólo
que me da una curiosidad, digamos, narrativa. Los rumores, sin
duda, constituyen historias, historias como las de los libros.
¿Qué dirán de mí?, pensé al
pasar junto a los Meiners, ¿me verán hermosa?, ¿compararán
mi hermosura con la de mi madre?, al fin y al cabo, ¿qué
será para ellos una mujer hermosa? (La tía Sarita
solía decir que una mujer hermosa era aquella que los nazis
apartaban de los campos de concentración para su propio
jolgorio. Mísero destino el de las mujeres hermosas). ¿Me
verán ridícula los Meiners?, ¿me verán
estúpida, porque saben que atiendo a los clientes con una
cortesía más fría que la escarcha, frialdad
que me lleva a perder algunas ventas?
Era
el mediodía cuando volví a instalarme detrás
del mostrador, y la lluvia continuaba, ejemplo de los amores constantes.
Mi padre había terminado el diario (hubo un momento en
que su mirada usualmente bovina se quebró, y pareció,
como el Arjuna del Bhagavad Ghita, decirme: "Tráeme
tus fracasos"). Luego, mi padre quedó absorto en su
rutinaria letanía contra el gobierno: ¿por qué
había tantos impuestos?, ¡progroms, son progroms!,
¿quién votó a este Presidente?, ¿acaso
no se dieron cuenta que era árabe y que esto iba a suceder,
que iba a hacer de la tierra un califato?, pero no hay mal que
dure cien años, gemía mi padre, no, no, no hay mal,
(no hay mal sino oscuridad, como dice el Buda en el Noble Octuple
Sendero, pensé para mis adentros mientras lo escuchaba),
y, siguió mi padre, alguien ha de bajarlo de un tiro en
la cabeza al Presidente, y entonces todos, el pueblo argentino,
volveremos a la democracia, la democracia que, como dijo ¿Churchill?
es la peor de las formas de gobierno pero la única posible,
igual que lo decía... ¿Platón fue? que la
corrupción no está en la forma de gobierno sino
¿en los gobernantes?, y que el peor de los males, hija,
decía mi padre y miraba al cielo raso -el cielo raso era
su versión de entrecasa de Dios-, es que haya nacido este
Arabe malo como una Araña, así maldecía mi
padre. Después, a medida que recobraba la serenidad, fue
hasta la trastienda, y embuchó de un solo bocado una pata
de pollo y ensalada de rúcula, aunque la rúcula
no le apetecía ni mucho menos sino que la engullía,
rumiándola a disgusto, porque la rúcula estaba en
oferta en el supermercado, y él llevaba una conducta en
la vida que consistía en comprar la mercadería únicamente
si está en oferta. El espectáculo de la rúcula
me desalentó. (En parte por la decisión que había
tomado, me dije para mis adentros que yo podría hacer un
relato -y hasta una novela entera- titulada "La Rúcula").
Al cabo, Papá, pregunté, ¿no quiere mejor
que vaya y traiga unas milanesas? Mi padre me miró con
el rostro desencajado. Ja, resopló, si hubieras estado
en la guerra bien que te habrías acostumbrado a comer lo
que hay. Pero mi padre nunca había estado en la guerra.
Cuando la Segunda Guerra mi padre vivía en la Colonia Barón
Hirsch y el único amor de los parientes de mi padre era
la lejana Cracovia.
Decidí
no almorzar, fui y me acodé contra el mostrador y me puse
a leer el libro que me había comprado. Inmediatamente me
atrapó. El autor era un teólogo, al menos se preciaba
de teólogo, su nombre era Gerardo Rosellón, a quien
apodaban sus discípulos (el que había prologado
el libro), "Gerardo el Viejo". Rosellón elaboraba
una nueva teoría sobre el enojo de Jonás. Disquiría
el teólogo que era Jonás el único personaje
bíblico quien, al cabo del texto, seguía enemistado
con Dios. Frente a la pregunta de Dios: ¿Tanto te enojas,
porque he secado la calabacera?, Jonás contesta: Sí,
mucho me enojo, hasta la muerte: eran estas las últimas
palabras de Jonás en el Libro. ¿Es este el enojo
que vive en nosotros? Sí. El enojo de Jonás es justo,
afirmaba Rosellón, porque Dios movió sus hilos llevándolo
a predicar a Nínive, y abismándolo en el mar, en
la barriga del pez, y logrando al final, naturalmente, que Jonás
predicara. ¿Y qué es lo que reclama Jonás
a Dios? El libre albedrío. (Me dije en ese instante que
podría yo escribir un cuento y titularlo "La Calabacera").
De allí el origen de la tristeza, concluía Rosellón,
la tristeza proviene porque Jonás ha sido impotente para
elegir su propio destino. Podrá argüirse que los caminos
de Dios son misteriosos, y por eso ha llevado y traído
a Jonás de un sitio a otro, pero es innegable que los misterios
de Dios convocan la tristeza. Y agregaba muy justamente, ¿Acaso
hay seres más tristes que los ángeles caídos?
El mismo pecado alentó a los ángeles caídos
que a Jonás, el pecado de soberbia, el intento de decidir
el propio destino. Citaba: "En un sentido muy amplio se
ha dicho que los demonios tienen todos los pecados, pues inducen
a los hombres a cometer todas las maldades. En sentido propio
los ángeles sólo pudieron cometer el pecado de soberbia:
quisieron asemejarse a Dios, desearon ser dioses. Rechazaron la
soberanía de Dios sobre lo creado y sobre sus personas.
A esto se le llama soberbia. Santo Tomás exprime todavía
más su argumentación: Asemejarse no significa ser
igual. Los ángeles no pretendieron ser iguales a Dios.
Para ello deberán perder su naturaleza, y eso no lo quiere
nadie. Dice gráficamente: 'el asno no desea ser caballo".
Levanté
los ojos del libro y frente a mí estaba la Viuda Kofman.
Nena, ¿leyendo?, dijo, ¿Está tu papá?
¿Lo podés llamar? Asentí. (Yo en el fondo
siempre había creído que la Viuda Kofman quería
conquistar a mi padre, en ese instante, comprendí que,
al fin y al cabo, también mi padre estaba dentro de un
cascarón en el negocio, y que él era -el negocio
lo había hecho- invulnerable al amor). Fui a la trastienda
y lo llamé. Mi padre estaba extraño. Luchaba con
la rúcula y oraba.
Sr.
Steremberg, gritó la Viuda Kofman con un penetrante aullidito
de alegría, ¡le tengo una noticia! El rostro de búho
de la Viuda Kofman resplandecía. Se frotaba las manos flacas,
con la blancura de las cigüeñas, frotaba el anillo
con el rubí de su anular, para que brillara, para que resaltara
contra esa insipidez, esa piel, esa nada blanca como el papel
que eran las manos blancas de la Viuda Kofman. Se ajustó
sobre su cintura su tapado de zorro gris, ya un poco raído,
un pobre zorro de un gris enfermizo, como si hubiera atravesado
un largo e inútil tratamiento contra el cáncer.
Iósef, dijo cuando vio a mi padre acercarse a ella, dar
la vuelta al mostrador y besarla en cada mejilla -porque así
se besan en Europa, argumentaba la Viuda Kofman-, Iósef,
querido mío, lo llamaba "Iósef", y no
José, ella seguía llamándolo de esa forma,
"Iósef", e incluso, cuando ella se nombraba a
sí misma, no decía Judit, sino "Yudi",
se llamaba a sí misma Yudi Gabrilovich viuda de Schlomo
Kofman, ex-zapatero. El "Iósef" que ella pronunciaba,
el modo de articular "Querido mío", creaba una
complicidad tal como si ella y mi padre hubieran sido vecinos
en Cracovia. Iósef, Iósef, jadeó la Viuda
Kofman, Han visto a Hitler. Después de semejante aseveración,
la Viuda Kofman no pudo menos que apantallarse con las manos.
Mi padre se quedó mirándola, se limpió un
diente con la uña, por si le quedaban restos de rúcula.
La Viuda Kofman ingirió una bocanada de aire, se ajustó
aún más su zorro gris, y prosiguió, Una enfermera,
de nombre Susana (la Viuda Kofman pronunció "Shoshana")
lo vió en Esquel. Está muy viejo, y ya no lleva
bigote. Ella dudó. Ella es lituana. Los nazis fusilaron
a su padre delante de ella, cuando era pequeña. Has visto,
Iósef, uno que ha visto no puede olvidar. (¿Habrá
creído Rosellón que él inventaba algo?) De
modo que la muchacha ésta de Esquel, (la Viuda Kofman siempre
decía "muchacha" aunque fuera una araucaria centenaria),
enseguida se comunicó con el Angel de Luxemburgo, y todo
está marchando.
¿Marchando?,
preguntó mi padre, y de seguro que en su cabeza desfilaba
Hitler como innumerables minutas que marchaban a caballo o sólo
con fritas, por ejemplo, en el bodegón de la esquina. Marchando,
aseveró, feliz, la Viuda Kofman. Iósef, Iósef,
insistió, Ven esta noche a casa. Habrá una pequeña
reunión y podremos hablar de nuestras cosas. Tal vez venga
también el Rabino Rúbele Sender, Iósef, ven
a casa. Pobre Rúbele, Iósef, los años están
deshojándolo, ven a verlo, Iósef.
Mi
padre dijo, Sí, iré, Judit. Voy a ir, por la noche;
y yo vi, inmediatamente, a mi padre en brazos de la Viuda Kofman,
la Viuda arropada con una bata transparente, oliendo a perfume
francés de tres décadas atrás, parada sobre
zapatitos de tacos chinos, y a mi padre preso entre los brazos
de la arácnida Viuda Kofman. La Viuda salió, no
sin antes murmurar de modo bastante audible: Volverán las
oscuras golondrinas, Iósef, frase con que siempre antecedía,
igual que una contraseña, a sus partidas. La Viuda se veía
rebosante, podía olerse su polvo facial desde kilómetros.
Se encapotó con un nailon la cabeza, el pelo blancuzco
quedó aplastado, semejante al penacho de un casco. Adiós,
nena, me saludó con su manita blanca, nerviosa, manita
como ala de una paloma, podría decir, poéticamente,
si no fuera porque creo que, como dice el dicho, nada hay más
estúpido que las palomas.
Mi
padre (fuego en sus ojos) me miró. Yo estaba tras el mostrador,
con el libro en las manos. Rut, aulló, ¿Qué?
¿Estás empollando?
No,
papá, no, dije, y fui hasta el cajón de las hebillas
de falsa plata y volví a frotarlas hasta que, tenuemente,
se desprendieron de su brillo, al modo de una querida que se desprende
de sus pieles y sus joyas (imagen que me trajo a la mente a Helga
la hetaira, la amante del tapicero y de Meiners hijo), y una vez
que el brillo fue pasado, las hebillas, desnudas, dieron paso
al óxido. Escondí, inmediatamente, las hebillas
en el fondo del cajón.
No
quise pensar en la Viuda Kofman; era una mitómana compulsiva.
Cierta vez me hubo insistido con el cuento de que tenía
parientes ricos en Haifa; otra vez me narró como sobrevivió
la persecución nazi de 1940 a 1942 en Frankfurt escondida
adentro de un ropero al mejor estilo Ana Frank. De todos modos
pregunté: Papá, ¿va a ir esta noche a visitar
a esa mujer? Mi padre me miró con odio. ¿Qué?,
dijo, ¿Alguien me vigila acaso, que no puedo salir? Pero
no, papá, musité, le digo por la lluvia. ¿Ve
cómo llueve? ¿No cree que le va a hacer mal toda
esta lluvia? Después se queja de que le duelen los huesos.
---Si
me duelen los huesos, Rut, tomo la pastilla, sentenció
mi padre y agregó, Y vos, ahora, ¿qué estás
haciendo? ¿Rascándote?
---Mire, papá, dije, si usted
se queda en casa esta noche, yo le cocino las papas a la Provenzal
que tanto le gustan.
---Rut, no te esfuerces. Vos no las
sabés hacer.
---¿Cómo que no, papá?,
protesté, y recordé perfectamente la receta que
había asimilado del sobre "Alicante" de La Virginia.
(Hierva 1kg. de papas cortadas en cubitos, en agua con sal, hasta
que el tenedor penetre pero no la rompa. Coloque en 1 taza el
jugo de 1 limón, 1 cucharada de Provenzal y 2 de mayonesa.
Revuelva hasta homogeneizar. Deje enfriar las papas escurridas
y rocíelas con este preparado.)
---No, afirmó mi padre.
---Mamá me enseñó
a hacerlas, dije, y enseguida me arrepentí de haber mencionado
a mi madre.
---¿Y qué?, resopló
mi padre y se fue hacia la trastienda. Así fue como me
dejó mi padre con la palabra en la boca y no pude decirle
todo aquello que tenía pensado decirle porque ya lo había
decidido y era importante para mí. Me quedé cavilando,
y me vino a la mente la pregunta de Calderón en El Alcalde
de Zalamea (a ésa obra la leí, entre otras cosas,
porque la Librera la tenía en oferta a cincuenta centavos):
"¿Es fuerza que se engendren más despacio las
glorias que las ofensas?"
Habiendo terminado el libro de Rosellón no me quedaba mucho
en qué entretenerme. Por otra parte, ya serían las
cuatro, y en una hora cerrábamos. Calculaba que tendría
que bajar la persiana de hierro y me corrían escalofríos
por la cintura. Afuera llovía intensamente. La lluvia se
ponía cada vez más gruesa: las gotas tenían
el tamaño de granos de garbanzo. Un relámpago partió
el cielo en dos pedazos idénticos, y refulgió sobre
las tachas y las hebillas de la vidriera, y se detuvo, el resplandor
del relámpago se detuvo sobre la rajadura del blindex,
apenas un instante, lo suficiente como para mostrarnos nuestra
incapacidad para cerrar aquella cicatriz incurable.
Mi
padre comenzó a ir y venir rezongando en voz baja palabras
ininteligibles. En una de sus venidas fue cuando entró
Juancito. Estaba empapado. Sacó la carga de papel higiénico
de sus hombros, y sonrió. Juancito tenía más
de cuarenta años -ése era el rumor- pero padecía
una especie de enanismo infantil, y si uno le preguntaba la edad,
él contestaba, impertérrito: Dieciséis.
---Don José, dijo Juancito
volviendo cortés su voz de pito, ¿No necesita papel
higiénico?
---¿Eh?, contestó mi
padre, asombrado, y frunció sus ojos para verlo a Juancito,
menudo, pecoso por la edad, arrugado, con un rollo de papel en
la mano, y me pregunté, ¿cómo lo estará
viendo mi padre en este momento? ¿Como a un higo o como
a un fauno? Ah, pibe, gimió mi padre con dolor en la garganta,
Pibe, no. No necesitamos. Pasá hacia el fin de semana,
¿eh?
Juancito
permaneció un instante sobrecogido por la tormenta. Se
acomodó un nailon sobre la cabeza y salió, sin siquiera
decir Hasta luego, aunque tal vez lo dijo, y por los truenos,
no se lo oyó. Lo observé hasta que cruzó
la calle, pasó junto a la Sedería Rosemarie, y se
metió en la tapicería. (Mi mente no pudo evitar
escarnecer la imagen de Helga saliendo apresuradamente de los
adúlteros brazos del velludo tapicerito para ir a atender
a Juancito, que insistía con su cantinela de vender papel
higiénico a toda costa).
Mi
padre hizo una mueca en cuanto Juancito estuvo afuera. ¿Viste,
Rut?, me dijo, Este se cree que lo único que hacemos nosotros
es ir al baño. ¿Será posible?
---Papá, dije, mirando fijamente
la lluvia, ¿Usted realmente cree que Hitler siga vivo?
---Hitler no sé, pero el espíritu
de Hitler...
---Sí, ya sé, el espíritu
de Hitler, sí. Pero yo le digo el cuerpo, papá.
¿Usted cree en lo que le dice la Viuda Kofman? Ethel, la
de la esquina, dice que la Viuda Kofman está un poco tocada.
Yo no sé, papá, pero usted siempre dice, ¿no?,
que cuando el río suena... Además, ¿cuántos
años tendría Hitler si estuviera vivo?
---Ciento nueve años con seis
meses, afirmó.
---¿Y le parece que alguien
puede vivir ciento nueve años, papá?
---Sí, Rut. Cómo se
nota que no sabés nada. Hitler sí. Había
hecho un pacto con el demonio.
---Ay, papá. ¿Qué
dice? ¡Eso se lo dijo la Viuda Kofman! ¿No le dije
que está tocada esa mujer? ¿De dónde sacó
que Hitler hizo un pacto con el demonio, papá?
---Lo hizo, Rut. Lo hizo.
---¿Por qué?, me pregunté,
¿por qué no iba a querer el asno ser caballo? Realmente,
¿por qué?
Estaban por dar las cinco de la tarde, y la jornada acababa, lentamente
había llegado a su fin, y yo sentía la invasión
de una melancolía como un sudor recorriéndome el
cuerpo. (Recordé la definición del Buda, ésa
de que el hombre es como un carro, ya que, ¿son las varas
el carro?, ¿son las riendas el carro?, ¿es el caballo
el carro?, ¿es la caja el carro? Lo mismo pasa con el hombre,
sentencia el Buda, ¿es el alma el hombre?, ¿son
sus emociones el hombre?, ¿es el cuerpo el hombre? Pero
en aquel momento yo me sentía toda de melancolía,
mi cuerpo, mi alma y mis emociones, -mi caballo, mi caja, mis
ruedas, mis riendas, mis varas, la madera que compone mi caja
y el hierro de mis rayos, todo melancolía, todo tristeza,
¿para dónde debía disparar aquel carro mío?-).
Papá,
comencé, y me trabé, hubo un momento en que decidí
no decirle nada y callarme para siempre, pero después me
dije que si callaba, mi padre me iba a espetar con su voz socarrona:
¿Qué pasa, Rut, te comieron la lengua los ratones?,
y hasta era posible que le fuera con el cuento a la Viuda Kofman,
(¿Sabes, Judit? Mi hija me esconde cosas, mi propia hija,
¿te das cuenta, Judit?; y la Viuda Kofman, retocándose
el rojo grave y displicente de la pintura de sus labios, agregaría,
Iósef, ¿qué quieres? Cuando la gata se lava...,
y al fin llevaría la Viuda Kofman las manos a su escote,
y hundiría allí un pañuelo perfumado, entre
sus senos, sí, como quien oculta una presa rapiñada),
y yo no toleraba la idea de que la Viuda Kofman se inmiscuyera
en nuestros asuntos. Así que junté coraje, y agregué:
Papá, ¿sabe?, me voy a ir. Del negocio, quiero decir.
Me tengo que ir, papá.
Mi
padre no me miró, sino que sacó el dinero de la
Caja y comenzó a contarlo. Los billetes, al pasar por sus
dedos, sonaban como pisadas de un Regimiento derrotado y enfermo.
Sin levantar los ojos, me dijo: ¿Ahora, Rut, con esta lluvia?
Sí, papá, contesté. Me tengo que ir, ¿entiende?
Alguna vez, al fin y al cabo, me voy a tener que ir de acá,
¿no le parece?
Mi
padre se encogió de hombros, y el fulgor de un relámpago
iluminó los tendones que unían los brazos de mi
padre con su tronco y su cuello. Yo transpiraba. El negocio se
había puesto azul, por la penumbra de la calle, y porque
mi padre no quería que yo encendiera los fluorescentes,
para ahorrar y que el impuesto de la luz no llegara tan caro.
Un gato saltó de la tapia de los Meiners y cruzó
la calle hacia nuestro local. Gimió, Ralf, en la puerta,
y huyó. Ese gato estaba perdido. Para mis adentros dije,
¿Adónde carajo se irá a meter ese gato? Y
después pensé, Ha de ir a buscar al tal Ralf, por
eso debe correr. La sombra del gato huido, una pavesa, duró
un segundo. Los autos que iban por la calle encendieron los faros,
y la lluvia se volvió diluvio, y el portero del edificio
de enfrente salió, encapotado de vinilo amarillo, a desagotar
de basura una alcantarilla.
Mi
padre dijo: ¿Adónde vas a ir, Rut, que estés
mejor que acá? Él me contestó eso, pero ya
era tarde. El sonido de la voz de mi padre llegó tarde,
llegó en forma de vibración y no de voz, de puro
sonido rotundo, y yo no le dije nada. Me vino a la mente Jonás,
y me pregunté cómo sería Nínive con
los ciudadanos gimientes y arrepentidos, y cómo sería
el puerto de Tarsis, adonde Jonás se embarcó para
huir de Dios, y porque se creía que el puerto aquel era
el fin del mundo.
Las
luces de la calle se encendieron automáticamente, para
aumentar la visibilidad, y el olor del ozono se extendió
por la ciudad como un bálsamo, y pensé, Todas mis
heridas habrán de curarse, Claro que sí, Todas mis
heridas habrán de cerrarse, y escuché una algarabía
de maullidos a lo lejos, y miré, penetrantemente, a ver
si encontraba el sitio de donde provenían aquellos maullidos,
el sitio, el sitio, y me topé, de pronto, con la mirada
bizca fija en mí, la mirada de la rajadura enhiesta del
blindex de la vidriera, y temí, entonces, apenas por un
momento, que la lluvia no terminara nunca de caer encima del negocio,
encima nuestro.
©
patricia suárez
|