la rúcula

 

Podría decir que hacía un día de sol como cualquier otro, pero en realidad llovía. Tardé en darme cuenta que llovía, porque al comienzo era una garúa tenue, invisible, lamentable, y uno siempre tarda en percatarse de esas cosas. Mi padre leía el diario con el cuidado de un exégeta bíblico. Yo estaba frotándome la espalda. A las nueve había levantado la persiana de hierro, y me había dado un tirón en la cintura (¿las vértebras lumbares?), y tal vez fue eso, lo que me hizo pensar que yo ya no era la misma de antes. Hay un francés que escribió que uno cambia muchas veces a lo largo de su vida... ahora no recuerdo cómo se llamaba el libro ni el francés que lo escribió, pero aquello me pareció cierto. El libro lo había comprado en el canje de la vuelta, al que voy porque me queda cerca y porque es barato. Cada tanto salgo, le digo a mi padre que voy a buscar una gaseosa al quiosco o unos caramelos de mentol, y me meto en el canje. Yo disfruto mucho de mirar libros. Igual, cada vez que entro me compro alguno, por compulsiva que soy y porque después de tanto mirar me da no sé qué irme sin comprar nada.

A las diez, más o menos, me puse a abrillantar unas hebillas de falsa plata. Lo hice con saña mirando el leve resplandor de ese sol cobarde e incipiente a través del blindex de la vidriera, y me hundí en la meditación acerca de cuánto nos costaría cambiar el paño del blindex porque está rajado en uno de los costados.

Hubo un momento en que me distraje: fue cuando ví a Meiners que salía a barrer la vereda. Hablo de Meiners el que le dijo a mi padre que su hijo estaría muy gustoso en casarse conmigo, aunque no se animaba a acercárseme, porque el hijo es muy tímido. No suena muy halagador, sobre todo porque el otro día lo ví entrar al Gran Rex con la rubia natural de la tapicería. Mi padre está disgustado con Meiners, yo no sé bien si porque descubrió que Bühler le hace descuento a Meiners y a nosotros no, o porque se enteró que Meiners hijo fue al cine con la rubia natural sobrina del tapicero (hay rumores que acusan que ella es la amante del tapicero). Para colmo de males la rubia natural se llama Helga.

No es tampoco que a mí me interese algo de Meiners hijo: a mí no me interesa nadie. Una vez hice el amor..., pero ya no me acuerdo bien de los detalles, es como un celuloide que se hubiera ido quemando al pasarlo y pasarlo para verlo. Digo que no me interesa nadie porque acá es como un cascarón; yo soy invulnerable al amor, estando acá. Sólo que desde acá (el negocio) puedo verlo todo y escucharlo todo porque la gente siempre anda trayendo y llevando rumores, -y es tan cansador verlo y escucharlo todo, y por eso voy, me compro un libro y leo, para descansar la mente-. Fue así (viéndolo todo desde acá) como ví el otro día a Meiners hijo meterse apresurado en el cine con la rubia natural y a Meiners padre salir a barrer la vereda.

Meiners padre es un mentiroso, ha dicho que no tiene dinero y que por eso no salda la deuda del paquete de gamuzón que contrajo con nosotros, pero hay gente -gente del barrio; otra vez los rumores (el lema del barrio es: "Cuando el río suena agua trae")- que nos ha comentado que lo vieron entrar a la Bolsa de Comercio y comprar acciones de una empresa de la cuenca del Ruhr. Invierte en acciones el cretino de Meiners. Le dije a mi padre que no debería dirigirle la palabra, pero no sé si me hará caso. Cada vez que le digo algo, menea la cabeza de lado a lado.

¿Habrán sido las once? Pongamos que fueran las once. Le dije a mi padre, Papá voy a la esquina, y él me miró y meneó la cabeza y se quedó mirándome fijo con una extraña mirada de boyero a quien se le pierden los animales. Yo creo que también él se daba cuenta que yo ya no era la misma, y no me refiero, lo repito, al hecho de que me doliera la espalda. Incluso, me propuse que en cuanto volviera se lo iba confesar. Le iba a confesar que había tomado una decisión. Hace tanto que yo venía pensando en que tendría que decírselo, que creo que se me notaba por el brillo en los ojos, y en la piel, yo sentía que tenía la piel como florecida.

La lluvia me sacó de mis pensamientos, y apresuré el paso para meterme en la librería. Había dejado reservado un libro que se llamaba Ensayos sobre los tiempos de la tristeza, era un título cautivante, ¿cómo no iba a comprarme yo ese libro? En cuanto entré en la librería, la Librera me miró señalando el felpudo con los ojos. Tenía unos ojos raros la Librera, azules, como de gato siamés. Y era infinitamente vieja. Nadie comentaba nada de ella en el barrio (se desconocía su vida amorosa, sus orígenes, y hasta el simple y prosaico hecho de si el local era de ella o lo alquilaba), y yo, ciertamente, creía que ella era una Elegida, una Anagami que ya no necesitaba reencarnar, sólo por ser Librera y no tapicera, zapatera, o mercera, como éramos todas nosotras. En el felpudo, alguna vez, había estado escrito Welcome, ahora sólo había una pelusa rala. Cuando entré, la Librera aplaudió alegremente: ¡La chica de Maskivker! Siempre me he preguntado cómo sería la hija de Maskivker. Son los que tienen la tienda a cuatro cuadras de acá, cualquiera de estos días voy a entrar y voy a pedir hablar con la hija de Maskivker nada más que para ver si yo me parezco a ella. Yo sonreí. La Librera me observó con enorme dulzura, me entregó el libro que yo había dejado reservado y, con su voz dulce y pastoral, me indicó: Por allá hay unos libros todos rotitos como a vos te gustan, nena; mirá que los puse a buen precio. Sonreí otra vez una sonrisa de Buddha florido, pagué y me fui. ¡Saludos a tu papá!, gritó la Librera, creída, obviamente, de que mi padre es el tal Maskivker de la tienda que vende ropa informal.

El libro se mojó un poco por la lluvia, y lo metí debajo de mi pulover. Ví dos manchas blanquecinas bajo la lluvia intensa: Meiners padre e hijo. Cuando pasé junto a ellos, el viejo ladeó la cabeza a forma de saludo (relució su diente enfundado en oro), y el hijo ruliento huyó hacia el interior del negocio. Ojalá supieran que los detesto.

Varias veces me he preguntado qué dirán de mí por el barrio, aunque no me importa lo que digan de mí, sólo que me da una curiosidad, digamos, narrativa. Los rumores, sin duda, constituyen historias, historias como las de los libros. ¿Qué dirán de mí?, pensé al pasar junto a los Meiners, ¿me verán hermosa?, ¿compararán mi hermosura con la de mi madre?, al fin y al cabo, ¿qué será para ellos una mujer hermosa? (La tía Sarita solía decir que una mujer hermosa era aquella que los nazis apartaban de los campos de concentración para su propio jolgorio. Mísero destino el de las mujeres hermosas). ¿Me verán ridícula los Meiners?, ¿me verán estúpida, porque saben que atiendo a los clientes con una cortesía más fría que la escarcha, frialdad que me lleva a perder algunas ventas?

Era el mediodía cuando volví a instalarme detrás del mostrador, y la lluvia continuaba, ejemplo de los amores constantes. Mi padre había terminado el diario (hubo un momento en que su mirada usualmente bovina se quebró, y pareció, como el Arjuna del Bhagavad Ghita, decirme: "Tráeme tus fracasos"). Luego, mi padre quedó absorto en su rutinaria letanía contra el gobierno: ¿por qué había tantos impuestos?, ¡progroms, son progroms!, ¿quién votó a este Presidente?, ¿acaso no se dieron cuenta que era árabe y que esto iba a suceder, que iba a hacer de la tierra un califato?, pero no hay mal que dure cien años, gemía mi padre, no, no, no hay mal, (no hay mal sino oscuridad, como dice el Buda en el Noble Octuple Sendero, pensé para mis adentros mientras lo escuchaba), y, siguió mi padre, alguien ha de bajarlo de un tiro en la cabeza al Presidente, y entonces todos, el pueblo argentino, volveremos a la democracia, la democracia que, como dijo ¿Churchill? es la peor de las formas de gobierno pero la única posible, igual que lo decía... ¿Platón fue? que la corrupción no está en la forma de gobierno sino ¿en los gobernantes?, y que el peor de los males, hija, decía mi padre y miraba al cielo raso -el cielo raso era su versión de entrecasa de Dios-, es que haya nacido este Arabe malo como una Araña, así maldecía mi padre. Después, a medida que recobraba la serenidad, fue hasta la trastienda, y embuchó de un solo bocado una pata de pollo y ensalada de rúcula, aunque la rúcula no le apetecía ni mucho menos sino que la engullía, rumiándola a disgusto, porque la rúcula estaba en oferta en el supermercado, y él llevaba una conducta en la vida que consistía en comprar la mercadería únicamente si está en oferta. El espectáculo de la rúcula me desalentó. (En parte por la decisión que había tomado, me dije para mis adentros que yo podría hacer un relato -y hasta una novela entera- titulada "La Rúcula"). Al cabo, Papá, pregunté, ¿no quiere mejor que vaya y traiga unas milanesas? Mi padre me miró con el rostro desencajado. Ja, resopló, si hubieras estado en la guerra bien que te habrías acostumbrado a comer lo que hay. Pero mi padre nunca había estado en la guerra. Cuando la Segunda Guerra mi padre vivía en la Colonia Barón Hirsch y el único amor de los parientes de mi padre era la lejana Cracovia.

Decidí no almorzar, fui y me acodé contra el mostrador y me puse a leer el libro que me había comprado. Inmediatamente me atrapó. El autor era un teólogo, al menos se preciaba de teólogo, su nombre era Gerardo Rosellón, a quien apodaban sus discípulos (el que había prologado el libro), "Gerardo el Viejo". Rosellón elaboraba una nueva teoría sobre el enojo de Jonás. Disquiría el teólogo que era Jonás el único personaje bíblico quien, al cabo del texto, seguía enemistado con Dios. Frente a la pregunta de Dios: ¿Tanto te enojas, porque he secado la calabacera?, Jonás contesta: Sí, mucho me enojo, hasta la muerte: eran estas las últimas palabras de Jonás en el Libro. ¿Es este el enojo que vive en nosotros? Sí. El enojo de Jonás es justo, afirmaba Rosellón, porque Dios movió sus hilos llevándolo a predicar a Nínive, y abismándolo en el mar, en la barriga del pez, y logrando al final, naturalmente, que Jonás predicara. ¿Y qué es lo que reclama Jonás a Dios? El libre albedrío. (Me dije en ese instante que podría yo escribir un cuento y titularlo "La Calabacera"). De allí el origen de la tristeza, concluía Rosellón, la tristeza proviene porque Jonás ha sido impotente para elegir su propio destino. Podrá argüirse que los caminos de Dios son misteriosos, y por eso ha llevado y traído a Jonás de un sitio a otro, pero es innegable que los misterios de Dios convocan la tristeza. Y agregaba muy justamente, ¿Acaso hay seres más tristes que los ángeles caídos? El mismo pecado alentó a los ángeles caídos que a Jonás, el pecado de soberbia, el intento de decidir el propio destino. Citaba: "En un sentido muy amplio se ha dicho que los demonios tienen todos los pecados, pues inducen a los hombres a cometer todas las maldades. En sentido propio los ángeles sólo pudieron cometer el pecado de soberbia: quisieron asemejarse a Dios, desearon ser dioses. Rechazaron la soberanía de Dios sobre lo creado y sobre sus personas. A esto se le llama soberbia. Santo Tomás exprime todavía más su argumentación: Asemejarse no significa ser igual. Los ángeles no pretendieron ser iguales a Dios. Para ello deberán perder su naturaleza, y eso no lo quiere nadie. Dice gráficamente: 'el asno no desea ser caballo".

Levanté los ojos del libro y frente a mí estaba la Viuda Kofman. Nena, ¿leyendo?, dijo, ¿Está tu papá? ¿Lo podés llamar? Asentí. (Yo en el fondo siempre había creído que la Viuda Kofman quería conquistar a mi padre, en ese instante, comprendí que, al fin y al cabo, también mi padre estaba dentro de un cascarón en el negocio, y que él era -el negocio lo había hecho- invulnerable al amor). Fui a la trastienda y lo llamé. Mi padre estaba extraño. Luchaba con la rúcula y oraba.

Sr. Steremberg, gritó la Viuda Kofman con un penetrante aullidito de alegría, ¡le tengo una noticia! El rostro de búho de la Viuda Kofman resplandecía. Se frotaba las manos flacas, con la blancura de las cigüeñas, frotaba el anillo con el rubí de su anular, para que brillara, para que resaltara contra esa insipidez, esa piel, esa nada blanca como el papel que eran las manos blancas de la Viuda Kofman. Se ajustó sobre su cintura su tapado de zorro gris, ya un poco raído, un pobre zorro de un gris enfermizo, como si hubiera atravesado un largo e inútil tratamiento contra el cáncer. Iósef, dijo cuando vio a mi padre acercarse a ella, dar la vuelta al mostrador y besarla en cada mejilla -porque así se besan en Europa, argumentaba la Viuda Kofman-, Iósef, querido mío, lo llamaba "Iósef", y no José, ella seguía llamándolo de esa forma, "Iósef", e incluso, cuando ella se nombraba a sí misma, no decía Judit, sino "Yudi", se llamaba a sí misma Yudi Gabrilovich viuda de Schlomo Kofman, ex-zapatero. El "Iósef" que ella pronunciaba, el modo de articular "Querido mío", creaba una complicidad tal como si ella y mi padre hubieran sido vecinos en Cracovia. Iósef, Iósef, jadeó la Viuda Kofman, Han visto a Hitler. Después de semejante aseveración, la Viuda Kofman no pudo menos que apantallarse con las manos. Mi padre se quedó mirándola, se limpió un diente con la uña, por si le quedaban restos de rúcula. La Viuda Kofman ingirió una bocanada de aire, se ajustó aún más su zorro gris, y prosiguió, Una enfermera, de nombre Susana (la Viuda Kofman pronunció "Shoshana") lo vió en Esquel. Está muy viejo, y ya no lleva bigote. Ella dudó. Ella es lituana. Los nazis fusilaron a su padre delante de ella, cuando era pequeña. Has visto, Iósef, uno que ha visto no puede olvidar. (¿Habrá creído Rosellón que él inventaba algo?) De modo que la muchacha ésta de Esquel, (la Viuda Kofman siempre decía "muchacha" aunque fuera una araucaria centenaria), enseguida se comunicó con el Angel de Luxemburgo, y todo está marchando.

¿Marchando?, preguntó mi padre, y de seguro que en su cabeza desfilaba Hitler como innumerables minutas que marchaban a caballo o sólo con fritas, por ejemplo, en el bodegón de la esquina. Marchando, aseveró, feliz, la Viuda Kofman. Iósef, Iósef, insistió, Ven esta noche a casa. Habrá una pequeña reunión y podremos hablar de nuestras cosas. Tal vez venga también el Rabino Rúbele Sender, Iósef, ven a casa. Pobre Rúbele, Iósef, los años están deshojándolo, ven a verlo, Iósef.

Mi padre dijo, Sí, iré, Judit. Voy a ir, por la noche; y yo vi, inmediatamente, a mi padre en brazos de la Viuda Kofman, la Viuda arropada con una bata transparente, oliendo a perfume francés de tres décadas atrás, parada sobre zapatitos de tacos chinos, y a mi padre preso entre los brazos de la arácnida Viuda Kofman. La Viuda salió, no sin antes murmurar de modo bastante audible: Volverán las oscuras golondrinas, Iósef, frase con que siempre antecedía, igual que una contraseña, a sus partidas. La Viuda se veía rebosante, podía olerse su polvo facial desde kilómetros. Se encapotó con un nailon la cabeza, el pelo blancuzco quedó aplastado, semejante al penacho de un casco. Adiós, nena, me saludó con su manita blanca, nerviosa, manita como ala de una paloma, podría decir, poéticamente, si no fuera porque creo que, como dice el dicho, nada hay más estúpido que las palomas.

Mi padre (fuego en sus ojos) me miró. Yo estaba tras el mostrador, con el libro en las manos. Rut, aulló, ¿Qué? ¿Estás empollando?

No, papá, no, dije, y fui hasta el cajón de las hebillas de falsa plata y volví a frotarlas hasta que, tenuemente, se desprendieron de su brillo, al modo de una querida que se desprende de sus pieles y sus joyas (imagen que me trajo a la mente a Helga la hetaira, la amante del tapicero y de Meiners hijo), y una vez que el brillo fue pasado, las hebillas, desnudas, dieron paso al óxido. Escondí, inmediatamente, las hebillas en el fondo del cajón.

No quise pensar en la Viuda Kofman; era una mitómana compulsiva. Cierta vez me hubo insistido con el cuento de que tenía parientes ricos en Haifa; otra vez me narró como sobrevivió la persecución nazi de 1940 a 1942 en Frankfurt escondida adentro de un ropero al mejor estilo Ana Frank. De todos modos pregunté: Papá, ¿va a ir esta noche a visitar a esa mujer? Mi padre me miró con odio. ¿Qué?, dijo, ¿Alguien me vigila acaso, que no puedo salir? Pero no, papá, musité, le digo por la lluvia. ¿Ve cómo llueve? ¿No cree que le va a hacer mal toda esta lluvia? Después se queja de que le duelen los huesos.

---Si me duelen los huesos, Rut, tomo la pastilla, sentenció mi padre y agregó, Y vos, ahora, ¿qué estás haciendo? ¿Rascándote?
---Mire, papá, dije, si usted se queda en casa esta noche, yo le cocino las papas a la Provenzal que tanto le gustan.
---Rut, no te esfuerces. Vos no las sabés hacer.
---¿Cómo que no, papá?, protesté, y recordé perfectamente la receta que había asimilado del sobre "Alicante" de La Virginia. (Hierva 1kg. de papas cortadas en cubitos, en agua con sal, hasta que el tenedor penetre pero no la rompa. Coloque en 1 taza el jugo de 1 limón, 1 cucharada de Provenzal y 2 de mayonesa. Revuelva hasta homogeneizar. Deje enfriar las papas escurridas y rocíelas con este preparado.)
---No, afirmó mi padre.
---Mamá me enseñó a hacerlas, dije, y enseguida me arrepentí de haber mencionado a mi madre.
---¿Y qué?, resopló mi padre y se fue hacia la trastienda. Así fue como me dejó mi padre con la palabra en la boca y no pude decirle todo aquello que tenía pensado decirle porque ya lo había decidido y era importante para mí. Me quedé cavilando, y me vino a la mente la pregunta de Calderón en El Alcalde de Zalamea (a ésa obra la leí, entre otras cosas, porque la Librera la tenía en oferta a cincuenta centavos): "¿Es fuerza que se engendren más despacio las glorias que las ofensas?"


Habiendo terminado el libro de Rosellón no me quedaba mucho en qué entretenerme. Por otra parte, ya serían las cuatro, y en una hora cerrábamos. Calculaba que tendría que bajar la persiana de hierro y me corrían escalofríos por la cintura. Afuera llovía intensamente. La lluvia se ponía cada vez más gruesa: las gotas tenían el tamaño de granos de garbanzo. Un relámpago partió el cielo en dos pedazos idénticos, y refulgió sobre las tachas y las hebillas de la vidriera, y se detuvo, el resplandor del relámpago se detuvo sobre la rajadura del blindex, apenas un instante, lo suficiente como para mostrarnos nuestra incapacidad para cerrar aquella cicatriz incurable.

Mi padre comenzó a ir y venir rezongando en voz baja palabras ininteligibles. En una de sus venidas fue cuando entró Juancito. Estaba empapado. Sacó la carga de papel higiénico de sus hombros, y sonrió. Juancito tenía más de cuarenta años -ése era el rumor- pero padecía una especie de enanismo infantil, y si uno le preguntaba la edad, él contestaba, impertérrito: Dieciséis.
---Don José, dijo Juancito volviendo cortés su voz de pito, ¿No necesita papel higiénico?
---¿Eh?, contestó mi padre, asombrado, y frunció sus ojos para verlo a Juancito, menudo, pecoso por la edad, arrugado, con un rollo de papel en la mano, y me pregunté, ¿cómo lo estará viendo mi padre en este momento? ¿Como a un higo o como a un fauno? Ah, pibe, gimió mi padre con dolor en la garganta, Pibe, no. No necesitamos. Pasá hacia el fin de semana, ¿eh?

Juancito permaneció un instante sobrecogido por la tormenta. Se acomodó un nailon sobre la cabeza y salió, sin siquiera decir Hasta luego, aunque tal vez lo dijo, y por los truenos, no se lo oyó. Lo observé hasta que cruzó la calle, pasó junto a la Sedería Rosemarie, y se metió en la tapicería. (Mi mente no pudo evitar escarnecer la imagen de Helga saliendo apresuradamente de los adúlteros brazos del velludo tapicerito para ir a atender a Juancito, que insistía con su cantinela de vender papel higiénico a toda costa).

Mi padre hizo una mueca en cuanto Juancito estuvo afuera. ¿Viste, Rut?, me dijo, Este se cree que lo único que hacemos nosotros es ir al baño. ¿Será posible?
---Papá, dije, mirando fijamente la lluvia, ¿Usted realmente cree que Hitler siga vivo?
---Hitler no sé, pero el espíritu de Hitler...
---Sí, ya sé, el espíritu de Hitler, sí. Pero yo le digo el cuerpo, papá. ¿Usted cree en lo que le dice la Viuda Kofman? Ethel, la de la esquina, dice que la Viuda Kofman está un poco tocada. Yo no sé, papá, pero usted siempre dice, ¿no?, que cuando el río suena... Además, ¿cuántos años tendría Hitler si estuviera vivo?
---Ciento nueve años con seis meses, afirmó.
---¿Y le parece que alguien puede vivir ciento nueve años, papá?
---Sí, Rut. Cómo se nota que no sabés nada. Hitler sí. Había hecho un pacto con el demonio.
---Ay, papá. ¿Qué dice? ¡Eso se lo dijo la Viuda Kofman! ¿No le dije que está tocada esa mujer? ¿De dónde sacó que Hitler hizo un pacto con el demonio, papá?
---Lo hizo, Rut. Lo hizo.
---¿Por qué?, me pregunté, ¿por qué no iba a querer el asno ser caballo? Realmente, ¿por qué?


Estaban por dar las cinco de la tarde, y la jornada acababa, lentamente había llegado a su fin, y yo sentía la invasión de una melancolía como un sudor recorriéndome el cuerpo. (Recordé la definición del Buda, ésa de que el hombre es como un carro, ya que, ¿son las varas el carro?, ¿son las riendas el carro?, ¿es el caballo el carro?, ¿es la caja el carro? Lo mismo pasa con el hombre, sentencia el Buda, ¿es el alma el hombre?, ¿son sus emociones el hombre?, ¿es el cuerpo el hombre? Pero en aquel momento yo me sentía toda de melancolía, mi cuerpo, mi alma y mis emociones, -mi caballo, mi caja, mis ruedas, mis riendas, mis varas, la madera que compone mi caja y el hierro de mis rayos, todo melancolía, todo tristeza, ¿para dónde debía disparar aquel carro mío?-).

Papá, comencé, y me trabé, hubo un momento en que decidí no decirle nada y callarme para siempre, pero después me dije que si callaba, mi padre me iba a espetar con su voz socarrona: ¿Qué pasa, Rut, te comieron la lengua los ratones?, y hasta era posible que le fuera con el cuento a la Viuda Kofman, (¿Sabes, Judit? Mi hija me esconde cosas, mi propia hija, ¿te das cuenta, Judit?; y la Viuda Kofman, retocándose el rojo grave y displicente de la pintura de sus labios, agregaría, Iósef, ¿qué quieres? Cuando la gata se lava..., y al fin llevaría la Viuda Kofman las manos a su escote, y hundiría allí un pañuelo perfumado, entre sus senos, sí, como quien oculta una presa rapiñada), y yo no toleraba la idea de que la Viuda Kofman se inmiscuyera en nuestros asuntos. Así que junté coraje, y agregué: Papá, ¿sabe?, me voy a ir. Del negocio, quiero decir. Me tengo que ir, papá.

Mi padre no me miró, sino que sacó el dinero de la Caja y comenzó a contarlo. Los billetes, al pasar por sus dedos, sonaban como pisadas de un Regimiento derrotado y enfermo. Sin levantar los ojos, me dijo: ¿Ahora, Rut, con esta lluvia?
Sí, papá, contesté. Me tengo que ir, ¿entiende? Alguna vez, al fin y al cabo, me voy a tener que ir de acá, ¿no le parece?

Mi padre se encogió de hombros, y el fulgor de un relámpago iluminó los tendones que unían los brazos de mi padre con su tronco y su cuello. Yo transpiraba. El negocio se había puesto azul, por la penumbra de la calle, y porque mi padre no quería que yo encendiera los fluorescentes, para ahorrar y que el impuesto de la luz no llegara tan caro. Un gato saltó de la tapia de los Meiners y cruzó la calle hacia nuestro local. Gimió, Ralf, en la puerta, y huyó. Ese gato estaba perdido. Para mis adentros dije, ¿Adónde carajo se irá a meter ese gato? Y después pensé, Ha de ir a buscar al tal Ralf, por eso debe correr. La sombra del gato huido, una pavesa, duró un segundo. Los autos que iban por la calle encendieron los faros, y la lluvia se volvió diluvio, y el portero del edificio de enfrente salió, encapotado de vinilo amarillo, a desagotar de basura una alcantarilla.

Mi padre dijo: ¿Adónde vas a ir, Rut, que estés mejor que acá? Él me contestó eso, pero ya era tarde. El sonido de la voz de mi padre llegó tarde, llegó en forma de vibración y no de voz, de puro sonido rotundo, y yo no le dije nada. Me vino a la mente Jonás, y me pregunté cómo sería Nínive con los ciudadanos gimientes y arrepentidos, y cómo sería el puerto de Tarsis, adonde Jonás se embarcó para huir de Dios, y porque se creía que el puerto aquel era el fin del mundo.

Las luces de la calle se encendieron automáticamente, para aumentar la visibilidad, y el olor del ozono se extendió por la ciudad como un bálsamo, y pensé, Todas mis heridas habrán de curarse, Claro que sí, Todas mis heridas habrán de cerrarse, y escuché una algarabía de maullidos a lo lejos, y miré, penetrantemente, a ver si encontraba el sitio de donde provenían aquellos maullidos, el sitio, el sitio, y me topé, de pronto, con la mirada bizca fija en mí, la mirada de la rajadura enhiesta del blindex de la vidriera, y temí, entonces, apenas por un momento, que la lluvia no terminara nunca de caer encima del negocio, encima nuestro.

 

© patricia suárez


patricia suárez | Argentina, 1969 | Nació en Rosario. Ha incursionado en todos los géneros y publicado la novela Aparte del Principio de la Realidad. En 1997, empezó a publicar literatura infantil y su cuento Historia de Pollito Belleza le valió uno de los premios en el Concurso Juan Rulfo. Su novela inédita, Flor de lino, fue finalista del XL Premio Casa de las Américas. También es autora de Rata Paseandera, La Italiana, Completamente solo, Fluido Manchester (poemario), La flor incandescente, de obras teatrales como La Varsovia y Las Polacas y de La escritura literaria. Están en preparación los libros Círculo y otras historias y el poemario Late. Página web en LOS NOVELES: Patricia Suárez