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ave
de paraíso
Traducido
del portugués por Elkin Obregón Sanín
Una
vez por semana visitaba a la mujer. Para exaltarse, lo decía
conmovido. Ella lo creía, y lo recibía con pastel
de chocolate, licor de peras y frutas recogidas en la huerta.
Los vecinos comentaban aquellos extraños encuentros, pero
ella lo quería cada vez más. Él, adivinando
su vida fácil, le pedía disculpas con los ojos,
como diciendo, de qué otro modo debo amarte.
Comía el pastel y rehusaba lo demás. Aunque la mujer
insistiera. Es por ceremonia, pensaba ella escondiéndose
en su sombra. Una vez le preparó una cena sorpresa. La
comida olía muy bien, las esencias acababan de llegar de
la China. Brillaban los cubiertos y los adornos comprados especialmente
para el día de la fiesta, cuando él abriría
los ojos, encantado.
El hombre observó todo con aprobación. Siempre la
había juzgado sensible a la armonía, a la gracia.
Una confianza que sintió desde el mismo instante en que
se conocieron: en el tranvía, advirtiendo que había
olvidado el dinero del pasaje, ella miró a su alrededor
sin decidirse a pedir auxilio. Él pagó y le dijo,
casi en un susurro, yo también necesito ayuda, ella sonrió
y él le tomó la mano, ella accedió con timidez,
y cuando la dejó a salvo frente a su puerta le prometió
volver al día siguiente.
-No insistas, no quiero cenar. Con naturalidad, parecía
un pez inspeccionando el mar. Ella lloró, pensando, entre
tantos hombres Dios me destinó el más difícil.
Fue el único instante de desfallecimiento de su amor. Al
otro día recibió rosas, y la tarjeta tan sólo
decía: amor. Ella rió arrepentida, condenando su
incontinencia. No debía haberlo sometido a semejante prueba,
que él rehusó heroicamente. En la siguiente visita
la amó con fervor de apátrida, y repetía
en voz baja su nombre.
Una vez desapareció tres meses, sin cartas, telegramas
ni llamadas telefónicas. Ella pensó, voy a morir.
En torno de la misma mesa, el mantel pintado de rojo, que había
preparado durante un largo sábado, la cama de sábanas
blancas, que ella lavaba personalmente, evitando el exceso de
anilina, la casa, en fin, que él dejó de frecuentar
sin dar aviso. Recorría las calles y a cada suspiro agregaba:
-¿Qué
es de la mujer sin la historia de su amor?
Había cursado el bachillerato en su ciudad natal. No quiso
ser profesora. Desde pequeña soñaba con casarse.
Su única ambición. Temía al hijo ajeno sustrayéndole
una fuerza que los de su propia carne merecían. La madre
protestó, necesitaban dinero. El padre había perdido
el empleo, la edad le pesaba. Terminó en el mostrador de
la farmacia de su padrino, y la madre, cosiendo por encargo. A
ella le correspondía encargarse de los oficios de la casa,
ya que se negaba a ejercer el magisterio. Fue entonces cuando
descubrió los encantos de la cocina. Pero la receta del
pastel vino más tarde. Norma apareció, muy elegante,
con su vestido amarillo, pidiéndole ayuda para coser una
falda plisada, modelo que había visto en el puesto de revistas
de la esquina. Aunque pensaba que Norma era frívola, siempre
insistiendo en que la acompañara a los bailes donde se
pescaba novio con facilidad, nunca la censuró. Conoció
entonces a la otra, amiga lejana de Norma. Compañeras en
el curso de dactilografía, las dos ansiaban trabajar en
una firma americana. Después viajarían a Estados
Unidos, pasearían por la Quinta Avenida. Norma soñaba
en conquistar un oficial americano. Lamentando que ya no nos visitaran,
como en la época de la guerra. La otra oía, casi
al final le preguntó:
-¿No quieres venir? Se refería a la entrevista en
la firma americana. Negó con la cabeza. Le dio vergüenza
explicar que quería casarse. Era más fácil,
y su corazón se lo pedía.
-Ya lo sé, a ti sólo se te pueden ofrecer recetas
de pastel de chocolate, dijo la otra, molesta.
A
esto sí accedió, entusiasmada. Exigiendo una receta
escrita. Y que la otra telefoneara a la madre, para que confirmara
los ingredientes que en ese momento le dictaba la memoria. En
casa, por lo estricto de los gastos, no pudo prepararla. Pero
se consolaba: en cuanto ame a alguien lo sorprenderé con
mis postres. Acarició siempre la esperanza de que los pasteles
de chocolate fueran la sobremesa del marido. Los dulces sólo
servían para consentir al amado. Tanta simplicidad conmovía
a Norma. Años más tarde, cuando se separaron y fue
perdiendo los amigos, su destino era renunciar al mundo para conservar
el amor. Antes de alejarse para siempre, Norma le dijo, poniéndole
la mano en el hombro:
-Esto
tenía que pasarte.
Quiso
aún explicar, decirle que se engañaba. Pero Norma
se marchó sin mirar atrás, caminando con decisión.
Cuando él volvió meses después, le trajo
regalos, besó largamente su cabello, que según afirmaba,
olía a cielo, le hizo ver la importancia del viaje, no
se arrepentía de haberse ido por el placer del regreso.
A ella le pareció gentil su explicación. Corrió
a la cocina, antes de que él la llevara a la alcoba. Valiéndose
de dosis exactas trató de lograr la perfección.
No admitía el amor sin que el pastel estuviera esperándolos,
especialmente los días de fiesta. Él rió,
encantado de aquel capricho, no se sentía con derecho a
protestar. También él respetaba su libertad. Dejó
que terminara. Ella volvió al fin, como diciéndole
estoy lista para tu difícil ausencia. Siempre era discreta
en las cosas del amor, y él apreciaba su recato. Repudiaría
un proceder atrevido, que mancharía para siempre la ilusión
de poseerla como si aún fuese la primera vez. Intuyéndolo,
ella escondía la cabeza en la almohada, velando sus dulces
lágrimas. Él gritaba, como un vasallo del rey Arturo:
¡Las mujeres son gratas! ¡Las mujeres son gratas!
Ella interpretaba el sentido de sus palabras. Secaba sus lágrimas,
entregándose con pudor. Jamás rehusaba tales escenas.
A veces se repetían a la semana siguiente. Él fingía
no advertir que ese encanto amenazaba con agotarse. Hacía
cuanto podía para renovarlo. Por eso la amó tanto
durante aquellos años. Su fantasía se apoyaba también
en las sorpresas. En ocasiones adoptaba disfraces, barbas y bigotes
falsos, pelucas. Llegaba sin prisa, dando tiempo a la sospecha
de los vecinos, y no para que pensaran que ella lo engañaba,
sino porque le divertía crear esas ilusiones.
Obediente, ella se exaltaba. Aunque sufriera su ausencia. Su amor
en días difíciles se inquietaba de tal modo que
consultaba el calendario con la esperanza de que fuera día
de pastel de chocolate, cuando sin duda él vendría.
Hasta el fin del año, el calendario registraba todos los
días de su visita. Ella jamás le sugirió
un cambio de fecha, o una mayor asiduidad. Respetaba aquel sistema.
En los comienzos de mes, sin embargo, él llegaba más
temprano, trayendo el dinero para los gastos de la casa, y cualquier
excedente que le hiciera falta. Lo depositaba sobre la frutera,
aunque hubiera en ella bananas, peras, manzanas que ella adoraba,
imaginándose entre la nieve. No sabía explicarlo,
pero comiendo manzanas se sentía elegante, de guantes pécari
importados, hablando francés y con un pañuelo de
seda en la cabeza.
Dejaba
allí el dinero hasta que él partía. Después,
lo ponía junto al misal. Los dos se sometían a los
ritos.
Un día le dijo: Vamos a salir ya mismo, porque nunca hemos
ido al cine, y como quiero ir al cine contigo antes de morir,
es hora de que cumplamos mi deseo.
Ella
lo abrazó llorando de alegría: ¡Eres mío,
cómo eres mío!
Fueron y no se divirtieron, él tildó de obscenos
los episodios de amor. Ella no estuvo de acuerdo, pero su felicidad
no la impulsaba a la insistencia. Comieron helado mientras él
seguía protestando. Ella se manchó el vestido, y
entonces él rió, le gustaban sus curiosas intuiciones,
su modo de errar en las cosas pequeñas.
La madre la visitaba dos o tres veces al año. Todavía
cosía por encargo. Discretamente, preguntaba por él.
Temía irritarla. Nunca había comprendido aquel casamiento.
Él se había opuesto a que usara vestido de novia,
alegando que el traje nupcial sólo debía ser visto
por el esposo. Pero después de la ceremonia, ya a solas
en el cuarto, le obsequió un vestido blanco, con velo y
guirnaldas. Esa primera noche ella surgió ataviada a la
medida de sus sueños, y él cerró los ojos
y los abrió de nuevo para ver si ella estaba aún
a su lado, la mujer que amaba, y conmovido habló del modo
que ella comprendía: Estás hermosa, sólo
faltaría que el sacerdote nos casara de nuevo, y cuando
en medio de la noche conocieron sus cuerpos, él le pidió
que reposara, porque era él quien debía colgar en
el armario el vestido de novia comprado para ella, con ninguna
otra mujer podría haber obrado de esa manera, y ella nunca
lo olvidó.
Así pues, cuando la madre la visitaba, la hija le preguntaba
por el padre, cómo iban las cosas, sin invitarla nunca
a quedarse, aunque vivía lejos, viajaba horas en tren para
regresar a su casa. En aquellas breves visitas, la hija de nada
se quejaba. Parecía encantada con su situación.
La madre nunca había visto una mujer más feliz.
A veces sentía deseos de preguntar: A qué hora llega
él. O prolongar la visita para verlo cuando viniera a cenar.
Pero, a partir de las cuatro, la hija empezaba a ponerse inquieta,
se levantaba a cada rato pretextando naderías, fingía
ocupaciones, él solía demorarse, le aseguraba ansiosa.
A la hora de la despedida, la madre siempre repetía: Bonita
vuestra casa.
A la semana siguiente, adivinando, él preguntaba: ¿Y
tu madre, nunca volvió? Ella ponía una cara triste,
abrazada a él susurraba: -Sólo te tengo a ti en
el mundo. Él la besaba, y como pidiendo disculpas, decía:
Vuelvo el próximo miércoles, ¿estás
contenta? Ella sonreía, el rostro brillante, los cabellos
como a él le gustaban. Ya con algunos hilos blancos. Hilos
que él respetaba, pensando: Ella es pura, es pura.
Un día no resistió, llegó disfrazado, en
una última tentativa de confundir a los vecinos. Traía
en las manos sendas maletas. Ella sufrió en silencio la
perspectiva de una larga ausencia. Lo ayudó como si estuviera
cansado, la vida era dura para él. Le trajo agua helada,
lamentando no tener una fuente en el solar, de tenerla la adornaría
con piedras, tal vez pondría una imagen. El hombre bebió,
se quitó el disfraz que nunca había recibido de
ella censura alguna. Y asumiendo una fingida independencia habló
en voz alta, para que ella escuchara:
-Terminó el tiempo de prueba. Esta vez vine para quedarme.
La
mujer lo miró, escondiendo su profunda alegría,
y corrió después a la cocina. Nadie la superaba
en los pasteles de chocolate.
De El calor de las
cosas y otros cuentos, con bendición y autorización
de la autora.
©
nélida piñon
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