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cartas
al medio día (a la manera de Cortázar)
Buenos
Aires, 1977
----------¿Cómo
empezar? ¿Por el principio, el final o por el medio? ¿Por
el cuadro de Héctor Borla o por R.R? ¿Por Walter
o por Anabel? ¿Por la gorda de Fellini o por quién
diablos? El papel está puesto en la máquina. Sí,
es hora, ya es hora de empezar a teclear, uno, dos, tres espacios.
Así está mejor. Querido Walter. No me gusta. Pasan
las horas y te extraño. Mucho peor. Pero debo seguir. Ella
vendrá al mediodía. Desde que te fuiste, te juro,
no he conocido a otro hombre. Pero sí me dan ganas de llorar.
A mí. ¿A quién va a ser? Aquella tarde en
que nos conocimos pude sentir que había algo diferente
en vos. ¿Quién lo diría de un triste marinero
que recaló en Buenos Aires? Y ahí viene uno de los
R.R. tan arreglado como siempre, bien vestido, con su perfume
a colonia de violetas. Y debo continuar, como conclusión
creemos necesario implementar el sistema en el menor tiempo posible.
Así que elevamos a usted el presente informe. Me detengo.
Elevamos, elevamos, como si las palabras pudieran elevarse. Pero
así les gusta, me enseñaron eso. Buenos días,
R. Buenos días. Tantas estupideces pueden decirse en un
informe, hay que justificar las funciones, tantas cosas que no
tienen justificación. Y es por eso, señor director,
que creemos imprescindible implementar dicho sistema en el menor
tiempo posible para reducir tareas manuales y por consiguiente
reducir los costos en un cincuenta por ciento de su valor actual.
Otra mentira más, lo pone tan contento al R., después
firma y se va. Ya se fue. Sigo con Anabel o con Walter. Sos el
único hombre que he amado en mi vida. De verdad ¿quién
lo creería? Las once y media, arranco la hoja de la máquina
y me voy. El informe sobre el escritorio. Salgo a la calle, al
puro asfalto y cemento de la City, la comida del comedor no me
gusta, parece goma, guiso, no sé qué es. Cruzo el
túnel de la Galería Guemes, entro en la librería
Florida, compro Actos de amor, de Elia Kazan, el director
de cine. Tengo media hora para comer y camino rápido. El
restaurant se llama El ciclista, van todos los ejecutivos. En
la calle no hay un solo árbol, todo es gris. El amarillo,
único color de la calle es el de la Iglesia de la Merced.
La mesa de siempre y la comida de siempre. Dentro de un rato llegará
Anabel. Abro el libro de Elia Kazán. Supuse que era el
libro de cine para filmar, actos de amor. Es la historia de una
mujer que se casa con un griego pero el suegro es un perverso
que la persigue hasta que se acuestan. En mi bolsillo tengo la
carta sin terminar, la de Anabel. Entran los R.R. Me concentro
en la carta. Aquella tarde en que nos conocimos, decidí
cambiar de vida ¿Por qué no? Si no doy más.
¿Los gatos no tienen siete vidas? ¿Por qué
no darse una oportunidad? Llegué a pensar que las horas
se alargan cuando vos no estás. Eso lo piensa cualquiera,
menos R. R. Se sumergen en la conversación, pero no tanto,
un cóctel de tasas flotantes, plazo fijo ajustable con
cláusula dólar, no sé qué otras yerbas
más, tratan de enterarse a dos mesas de distancia, quieren
saber qué leo. Sospechosa. Cualquiera que intenta salirse
de los sistemas y de los números es sospechosa. Como aquél
día cuando uno de los R jugando con un dupont de oro me
dijo: ¿Y por qué te gustan tanto las novelas? ¿y
a vos no? Le dije, y se quedó pensando, entrecerró
los ojos de pescado, fijó la mirada en la aburrida pared
de enfrente y contestó: sí, sí, claro. Después
que el mozo apareció con el café ya era casi la
hora y Anabel no había llegado. Por favor contame, describime
qué hacés en el puerto de Hamburgo. El marinerito
le había dicho que había trabajo para ella en Saint
Pauli. Y por la puerta de la esquina apareció Anabel, lucía
un tapado de piel hasta el suelo, las piernas descubiertas, apenas
vestida con una minifalda, la cara muy pintada, casi una mascarita
de carnaval, arañas de rimel en los ojos oscuros, bermellón
en los labios. Se sentó frente a mí. Los dos R.
miraban. Dentro de un rato vendría la pregunta: ¿Quién
era esa viborita que estaba en tu mesa? En lugar de decirle qué
te importa, le diría: una conocida y cambiaría de
tema. Anabel pidió una botella de agua tónica con
hielo y me dijo con aire inocente: ¿Ya está? No
era un bizcochuelo, una torta que se pone en el horno a cocinar,
había que seguir escribiendo. Le entregué el borrador,
mientras tomaba el segundo café y ella leía. Pensé
cómo diablos esta mujer había hecho para que yo
contestara su carta. Había sido un día de esos en
que todas las mesas se ocupaban y yo, absorta en un libro me había
sobresaltado ante la pregunta ¿puedo sentarme? Y sí,
claro, siéntese, le dije. Y ahí empezó la
historia, el marinero, la carta, me imaginé al marinero
jadeando a su lado, emborrachándose con cerveza en el puerto,
una carta mentirosa después y por último el olvido.
Ella seguía creyendo y él le ofrecía trabajo
de prostituta lujosa en el puerto de Hamburgo. Recordé
a Sor Juana Inés de la Cruz, por aquello de "hombres
necios". Como aquél taxista que me llevó a
casa el otro día, hablábamos del frío, la
lluvia, el viento y comentamos el partido de la noche anterior,
hasta que pasamos por un hotel alojamiento. Parada en la puerta
había una gorda inmensa como aquél personaje de
Amarcord. La cara de muñeca Betty Boop ajada por
los años, rulos rubios, pintarrajeada como una puerta,
las piernas eran dos cilindros, apenas cubiertas. Casi diría
que parecía el doble del personaje de Fellini en Amarcord.
La gorda esperaba bajo la lluvia algún cliente y enseguida
el chofer del taxi me dice: mire, esa gorda, ¿ve? ¿a
quién va a enganchar? ¿quién se va a acostar
con ella? A mi me daría asco. Y debe cobrar bien, e hizo
el cálculo de cuánto ganaría. ¿Y las
enfermedades? El hombre hablaba y hablaba. Lo vi por el espejo,
los ojos le brillaban como un animal escondido en la madriguera.
Habíamos llegado a casa. Me bajé y antes de entrar
a casa vi cómo giraba el auto y enfilaba para el hotel
donde habíamos visto recién a la gorda. Y Anabel
se reía, me dijo que le gustaba la contestación
y que muy pocas veces había estado enamorada como lo estaba
de Walter. Ya casi era la hora de volver. Los dos R. Se retiraron
al unísono. Chau, hasta luego. En minutos volveríamos
a vernos las caras, yo, una empleada, ellos, los gerentes. Me
despedí de Anabel, en mi bolsillo llevo la carta sin terminar.
Faltan cinco minutos para volver a la oficina. Cruzo la calle,
entro en "La casa de Antonio Berni". La rutina dentro
de la rutina se llama subrutina. Entonces esta era la subrutina
del mediodía dentro del sistema de mi vida. Miro los cuadros
de Héctor Borla tan realistas. Había que volver
a terminar el informe. Y por consiguiente, señor director,
estoy harta de escribir tantos correctos informes. Harta del gris
y harta del teléfono. Por consiguiente, señor director,
prefiero sentir el perfume del óleo, navegar en el barco
del cuadro vecino al de Borla, escuchar el rugido del tigre que
está detrás. Todo es tan simple, señor director,
tan simple y tan complicado al mismo tiempo. Las tasas libor subieron
medio punto, la algarabía de algunos debe haber aumentado
también y yo estoy aquí, señor director,
tratando de contestar la carta de Anabel.
©
araceli otamendi
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