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cielo
Camina
por la orilla de un mar desconocido. Erguida, demasiado erguida.
Tensa. En su cuerpo se refleja la voluntad. El pelo crespo, largo.
Supone la mirada de otros en la playa desierta. Su presunción
da sentido a mi acto de contemplación. Pero yo no puedo
saber nada de ella, sólo la belleza de su figura permite
esta resonancia. De las olas y ella. Descubro un caracol, música
de otro tiempo. Bullicio.
El
lunes tendremos examen de geografía, no entiendo nada,
se lamenta. ¿No quieres venir a mi casa a estudiar?
Rossana
es amiga de la infancia. O mejor, es hija de los amigos de mis
padres. Me darán permiso. Y será menos aburrido
que tratar de estudiar entre mis hermanas. ¿Quedamos entonces
para el viernes? Quedamos.
Entrar
a la secundaria es más complicado de lo que pensábamos,
las tareas ya no son juegos. A los doce tenemos que conocer los
países que conforman el mundo y yo sólo quiero conocer
qué es lo que a mí me hace ser yo y buscar a los
otros, los diferentes.
Rossana
me espera, está preocupada porque en una habitación
se escuchan los gritos de sus padres. Discuten, pelean y nadie
sabe por qué.
Con
suavidad que ella impone, nos vamos a su dormitorio y abrimos
los libros. Bueno, tú lees dos páginas y yo las
siguientes, me dice. Impaciente, retira un rizo de cabello que
cae sobre su frente. Empiezo a leer, escuchando mi propia voz,
sin entender nada. Ella me interrumpe. Suena la puerta, sus padres
se van. Entonces se transforma, una risa suelta la ilumina: Me
han enseñado a hacer un dulce de chocolate, hay cocoa.
¿Probamos?
Ella debe ser una discípula yoga. Levanta los brazos,
los extiende hacia el mar. Debe pensarse una sacerdotisa. Contra
el cielo y el mar, su silueta transparente.
Los ríos de la costa del Perú. Si es un desierto,
¿por qué hay tantos ríos y valles? nos preguntamos
con irritación. Tantos nombres que a lo más significan
un dieciocho en el cuaderno. Comiendo chocolate es bueno ver la
última película de la tele. Pero también
aburre, a la larga. Nos dormiremos.
-
Mira a Charito -digo- ya está dormida en la cama del costado.
- Pero yo no quiero dormirme todavía - dice Rossana y propone:
contémonos cuentos de terror.
Yo
empiezo, pongo mi voz gruesa para las circunstancias pero Rossana
ya conoce todos los cuentos. Se aburre. Y me pregunta quién
me gusta. No respondo y busco en mi memoria el nombre de algún
chico del balneario.
Nos
conocemos tanto y todavía la vergüenza. ¿Y
si le dijera y después ella lo encuentra y le dice?
-
Tú primero - digo yo, riéndome.
Ella
empieza a mascullar, mueve las manos nerviosamente, se pellizca
los dedos de la mano izquierda con la derecha y hace el intento
de empezar, pero se queda callada. Finalmente, decidimos apagar
las luces. Así, a oscuras, las dos juntas, compartiendo
confidencias.
Sentada en la silla de playa, después del primer campari,
los ojos se achinan a pesar de los lentes ahumados. Si pudiera
interrumpir este acto de contemplación, me iría
a bañar al mar. Augusto está tardando y estos minutos
de soledad son un regalo inesperado, casi fastuoso.
¿Te acuerdas del primo de Quique?
Sí, el grandote
Me llamó
¡No!
¡Sí!
¿Y?
Y nada, pues. Me llamó...
Ya pues, dime
Me dijo, que... que... que tenía entradas para un teatro
o algo así
¿Y tú que le dijiste?
Nada, me quedé muda
¿Pero te invitó?
Si, pero mi mamá no me iba a dar permiso
¿Y entonces?
Entonces, nada. Pero me llamó
¿Y tú?
Bueno, hay un chico que yo siempre veo cuando salgo del colegio
y me voy para la casa
Ah
Tiene unos ojos lindos
¿Pero se conocen?
La otra vez me habló, conoce a Katty, la que está
en tercero de media.
¿Pero qué te dijo?
Eso, si estábamos en el mismo colegio
¿Y te gusta?
¿Y a ti te gusta el grandote?
Sí.....
¡A mí también!
¿El grandote?
No, tonta, Jorge
¿Jorge se llama?
Sí, pero no me ha invitado a nada o sea que no sé
si yo le gusto
Escribir es un aliento de la tierra, un aliento de Dios. Llega
a uno como el viento, como el viento de Dios, que pasa. Escribir
es un ángel que pasa. Un enigma que no tiene, no debe tener
explicación, dice María Luisa Bombal y yo la recuerdo
ante el mágico movimiento de las olas.
Acostadas en la estrecha cama, siento sus senos chocar con los
míos. Hay algo en ese roce, tan suave y tan intenso. Es
una sensación que me hace otra y se lo pregunto. Pero nuestros
cuerpos ya están hablando y nos reímos desconcertadas.
"¿Cómo será cachar?" nos preguntamos,
¿como los perros? Una burbuja asciende hasta mi garganta,
mi vulva late, mis labios se acercan a los suyos. Practicaremos
los besos, nos decimos. Así, de esta manera, que tu labio
superior chupe mi labio inferior. Y después tú y
después yo. Nos viene un letargo que confundimos con el
sueño y ella se levanta a apagar la luz. Pero la luz ya
está apagada y entonces la enciende. Sonríe ante
su confusión. Volteo hacia la derecha, dispuesta a dormir
y entre las sábanas siento su mano sobre mi cintura, sólo
giro la cabeza; haz de cuenta que ya somos grandes digo y nos
besamos, nos besamos hasta que volteo totalmente hacia ella y
le jalo los cabellos y ella a su vez me aprieta un pezón.
Charito tose y de pronto despertamos, qué nos está
pasando digo sorprendida y ella lo resuelve todo: vamos a jugar
a los enamorados, dice, lo que pasa es que se nos quitó
el sueño. Bueno, a mí me toca, digo yo, era lo más
serio que había dicho hasta entonces y Rossana lo entendió.
Mi cuerpo tan pegado al de ella, mi mano se desliza por sus muslos
y es mi mano la que busca entrar en ese lugar que no tiene palabra,
entre sus piernas tan juntas, tan cerradas. Ella entonces me besa
y yo también la beso y abrimos nuestras bocas y abrimos
nuestras piernas. Su rodilla entra en mi vulva y yo empujo la
mía hacia la de ella. Nos movemos, pegadas, -y no como
los perros-. No podemos despegarnos; nuestros labios, nuestros
muslos, nos llevan hacia un vértigo que viene desde lo
más profundo de ese lugar que no sabemos cómo nombrarlo.
Y yo soy ella y ella no sabe ya quién es.
El contacto del vidrio helado en mi antebrazo me devuelve a
la playa. Augusto sonríe ante mi distracción mientras
me entrega el campari. Se acomoda en su silla, sus muslos velludos
y fibrosos se agitan nerviosamente unos segundos para después
calmarse. No me va a preguntar en qué pensaba, mirará
a su alrededor y suspirará, complacido.
-
Qué buena idea venir a Río, mi cielo - dice, y su
mano acaricia mi rodilla -. Después de tantos años,
al fin solos y con todo el tiempo para nosotros.
Se escucha el portazo y los pasos de ellos. Nuestros cuerpos se
tensan pero no se separan. Sólo la respiración cambia
su ritmo. Nos quedamos en silencio, así, frente a una suerte
de abismo desconocido: no es el temor, no es malestar: es el suspenso.
Luego la constatación de que sus padres estorban.
-
Esta noche no dormiremos -anuncia Rossana. Lo hemos intentado
ya muchas veces, contándonos cuentos de terror y al final
siempre nos ha derrotado el cansancio, pero igual, yo estoy de
acuerdo con ella; nunca habíamos jugado a algo como esto.
Estamos
las dos echadas sobre nuestras espaldas, mirando el techo y suspirando.
Se ha instalado el silencio nuevamente. Mi mano izquierda tantea
su mano derecha y se estrechan entre ellas y yo giro hacia ella
y la vuelvo a besar. Los ríos de la costa y la señorita
Tula. El desierto y la humedad de nuestros cuerpos. Su mano ha
entrado en mi cuerpo y yo me someto a esta sabiduría. Y
de pronto es la oscuridad y el silencio. Nadamos en agua tibia,
desaparecemos en el agua y ansiamos la eternidad.
Se ha detenido frente a mí y me mira, desde lejos, con
dulzura y sumisión. Por un instante pienso que me conoce
y me pedirá un autógrafo; está suplicando
mi atención. Esta combinación de debilidad y desafío
me inquietan. Yo quiero ser ella. Y ella ahora, sus pies en la
orilla, su juventud, soy yo; a pesar de mi cuerpo y mis uñas
pintadas.
Yo cabalgo sobre su mano, dura y fuerte. Ella cobra una fuerza
desconocida. Antes nunca fue así, sus muñecas tan
frágiles, sus brazos delgados, despiertan la conmiseración
de todas las del colegio. Ella ahora monta sobre la mía
sorpresivamente dura, grande, y se mece, se mece; es un columpio
que va tomando más impulso hasta llegar a las nubes, el
cielo: nuevamente el cielo. Y más allá de este cielo,
hay otro, y otro, repetidamente en el infinito.
Todo
alrededor se detiene, el corazón ya no late. Y estamos
de pronto sentadas frente a frente. La beso. Y en este oscuro
cuarto, con los closets bien cerrados, yo vislumbro mi inmortalidad.
Mis piernas sobres sus piernas, el abrazo y el columpio, otra
vez, el impulso que lleva al ritmo mientras a lo lejos como un
mal augurio, escuchamos los ronquidos de su padre.
Augusto
acaricia mi cabeza para anunciarme que se va a la orilla. Su gesto,
mientras se va alejando, me provoca un temblor, me hace vulnerable.
Ella ahora se está acercando, tímida pero altiva;
me ha reconocido, ahora estoy segura. Y yo, sin Augusto, me siento
desprotegida. A su merced.
©
mariella sala
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