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comida
teológica
Está
claro que Dios es hombre, y no cualquier hombre, sino uno que
se excita sexualmente con la visión de una mujer vejada
de cualquier forma, sobre todo física. Pero Susan no cree
en estas cosas. Ella nació aquí, en Nueva York,
y es feminista por inercia más que por necesidad. Repite
sin meditarlos todos esos despropósitos en los que incurren
las feministas.
Que Dios es mujer, por ejemplo. Eso dice Susan. Sonríe
esperando conmover a sus interlocutores cuando asegura esta extravagancia
de que Dios es Diosa. Yo finjo que me encanta la idea, aunque
me repugne, pues sé que ella no me lo dice por molestar,
sino para que yo crea que es un pensamiento bello y que me alegre
con esa idea; con esa visión de una mujer en el Cielo gobernando
nuestra existencia.
Me imagino que se la oyó decir a alguna feminista hace
mucho tiempo y que se conmovió al instante sin mayores
consideraciones, por lo que decidió acuñar la peripecia
y suponer que cualquier otra mujer se emocionaría tanto
como ella al escucharla.
Pero yo no soy cualquier otra mujer. De hecho, ocurre que un avasallador
porcentaje de mujeres en el planeta no somos esa otra interlocutora
cualquiera con la que Susan cree comunicarse. Habría que
estar loca para -sin ser esa otra mujer cualquiera amiga de Susan-
creer que este mundo irrespirable para tantos millones de mujeres
fue, además, creado por una diosa y no por un dios. ¿Qué
clase de deidad femenina terrible sería ésa, capaz
de inventar tanto daño, de imaginar niñas violadas
y embarazadas a los 14 años, o curas que las mandan al
infierno con todo y sus hijos, o religiones que las enredan en
mortajas, o que las ejecutan, o que las embrutecen y las condenan
a la servidumbre hasta el día de su muerte? Tendría
que ser una diosa iracunda y calculadora, capaz de administrar
su crueldad mediante complejas estructuras destiladoras de esclavitud
pura y eterna. Pero ni a Susan ni a sus feministas les inquieta
esto. Porque no lo piensan ni un momento. Sus afirmaciones obedecen
a afanes irracionales. Repiten sus anhelos como si pronunciándolos
pudieran conjurar la realidad.
Cuando irrumpe con estas fantasías de que Dios es Diosa,
me acuerdo de un libro que no me atrae leer, pues cuando salió
publicado, su autora declaró a la prensa mexicana que "su
militancia feminista como escritora queda de manifiesto en las
páginas en las que obliga a uno de sus personajes femeninos
a usar preservativo antes de tener relaciones sexuales".
(El subrayado es mío. El deseo absurdo, de la militante
mexicana.) No soy tan romántica como para querer leer esa
novela. Si se trata de personajes sometidos al sexo seguro sólo
porque la escritora es feminista y no quiere mujeres mal portadas
en su libro, dudo que pueda interesarme.
A veces pienso que así es Susan: como una mala novela que
no quiero leer. Es un sentimiento que me avergüenza, desde
luego, porque de ella no he recibido más que atenciones
y muestras de afecto. Por eso estamos aquí. Me ha traído
a este siniestro mesón de comida tex-mex, llamado
Burritoville, porque soy mexicana. Presumo que Susan quiere complacerme,
pero no entiendo cómo cae en la tan socorrida creencia
de que a los chinos se les agasaja con comida tejana pretendidamente
china; a los hindúes con comida hindú en polvo y
recalentada en horno de microondas, y a mí con unos tacos
vegetarianos que no existen en México y cuyo sabor más
aproximado es el de la terlenka.
Susan hace eso y mucho más. Cuando le dan una bonificación
en su trabajo, propone que vayamos al cine, pero no a ver una
obra de arte con la que tan fácilmente es posible dar en
Nueva York, sino películas tituladas Tortilla Soup,
o documentales sobre la explotación laboral de las chicanas
o, peor aún, cine mexicano de exportación. Esto,
por ser conmigo con quien va. No lo sugiere por enfadarme, además,
sino porque su facilidad para incidir en lugares comunes la rebasa.
De modo que aquí estamos. He pedido, por cierto, una sopa
de tortilla, mientras mi cordial anfitriona saborea un platillo
que no sé cómo llaman en este país y que
no hay en el mío. Es como una tostada, pero doblada a medio
enrollar, con lechuga y frijoles de lata sin guisar. Somos las
únicas comensales porque es ya tarde. Tras la barra de
pedidos alcanzo a ver a dos cocineros y a cuatro repartidores
mexicanos. La cajera es una joven puertorriqueña que les
está explicando la Biblia. Susan no habla español,
pero como ellos sí entienden inglés, temo que me
escuchen si le traduzco a mi amiga que junto a la caja registradora
se está llevando a cabo tan trascendental labor de adoctrinamiento.
Así que mientras Susan continúa relatando en inglés
las aventuras de su compañera de departamento en un bar,
la puertorriqueña les explica a los mexicanos en español
que, si han cometido adulterio, están en pecado mortal.
Y después, no sé como, no sé entre qué
orden de tacos envueltos para llevar y qué factura, la
conversación se vuelca sobre el tema de la creación.
La joven boricua es una belleza emblemática de lo que cualquier
mexicano consideraría pecado mortal seguro, aunque sea
sólo de pensamiento, y de lo que cualquier yanqui blanco
aventuraría como "sexo exótico". Mis compatriotas
la miran embelesados. El proceso de transculturación que
ha operado en ellos les permite escuchar lo que dice, en lugar
de devorarla con los ojos imaginándosela desnuda y, de
preferencia, con las piernas abiertas, que es lo que de inmediato
harían mi papá, mi hermano y todos mis amigos en
mi país. Estos mexicanos ya no miran con esa arrogancia
lasciva que sólo a un novelista latinoamericano se le ocurre
que las mujeres podemos añorar tras un tiempo de vivir
en Estados Unidos, y que en realidad constituye casi lo único
de lo que nos alivia habernos librado para siempre.
Mis compatriotas varones aquí ya no son mis compatriotas.
Ya no se les ocurre recitarme por las aceras de qué modo
piensan romper mis calzones y depositar su lengua hasta en mi
epiglotis y en mi páncreas, si así les viene en
gana. Ni siquiera se atreven a tutearme. Me hablan de usted. Viva
la posibilidad de caminar por la calle sin denuestos, aunque sepa
a terlenka y catsup con grumitos de papel, y aunque Susan siga
hablando y hablando, creyendo que God es Goddess y que
en cualquier lugar del mundo una joven hermosa podría ser
escuchada por seis hombres sin que ninguno le ateste una burla
sobre el tamaño y aspecto de sus pezones.
Mientras Susan se prepara con sus afilados dedos blanquísimos
un arroz medio crudo con una salsa de ingredientes no identificables,
la puertorriqueña ha pasado a explicar que la palabra de
Dios no se contradice con "la realidad", porque creó
al hombre de barro y, "no sé si ustedes se han fijado
-prepara-, pero cuando nosotros nos morimos, nos convertimos en
cenizas; esto es: en barro".
-Pero barro no son cenizas -opone un coterráneo que no
habrá cumplido los veinte años todavía.
-Es lo mismo -contesta la cajera-evangelista.
Alguien levanta la mano para hacer otra pregunta: el Burritoville
se ha convertido en un salón de clases.
Yo ya no alcanzo a oír lo que dicen porque Susan ha alzado
la voz para hablar de enfermedades. El tema la emociona tanto
como si estuviera planeando sus próximas vacaciones en
una playa caribeña poblada de atractivos mancebos. Siempre
hace eso. Es parte de su cultura: la gente en Estados Unidos lee
ávidamente y charla sobre cáncer y Sida como si
de una novela de aventuras muy interesante se tratara. Antes de
la guerra era casi lo único en lo que pensaban.
Contemplo al joven que sabe que barro y cenizas no son lo mismo.
Es menudo y bajo de estatura. Igual que todos los mexicanos que
trabajan como peones en Nueva York, usa una gorra de tela que
no le protege la cabeza del viento helado, una chaqueta corta
de plástico y unos pantalones oceánicos de mezclilla.
No le quita los ojos de encima a la catequista y su mirada es
la de quien piensa cuando ve; no al revés.
-¿Sabías que el enfisema pulmonar es de lo más
doloroso? -pregunta Susan, quien, entre otros propósitos
tendientes a cambiarme, está tratando de que deje yo de
fumar.
Le respondo negando con la cabeza para no tener que hablar. Estoy
atenta al joven que objetó. No podría adivinar sus
pensamientos, pero sé que están haciendo algún
ruido al interior de su cabeza. Si estuviera en su país,
el ruido que lo aflige sería físico. Estaría
tamborileando con las manos y los pies, o saltando, o cantando,
o silbando, o subiendo el volumen de la radio para dejar por sentado
que no le importan los demás. Su insolencia sería
alentada por los compañeros de su banda. Pero aquí
se ha convertido en otra persona. No tiene grupo; no está
en su propio territorio, y lo que piensa no puede ser procesado
en tamborazos. Tiene que escuchar y debe hacer algo con lo que
escucha. A sus escasos diez y tantos años, su condición
de expatriado le ha enseñado a sostener una discusión
con argumentos, y así lo hace:
-A mí me vas a disculpar, pero yo no lo creo -comienza.
Yo no quepo en mi sorpresa al oír este "a mí
me vas a disculpar". La fórmula, cuando no contiene
un miligramo de burla o altanería, es inusual en México
para un muchacho de tan corta edad dirigiéndose a una chica.
Pienso entonces que la distancia entre este joven emigrante y
el hombre que, a la manera del laureado escritor mexicano Ernesto
Rocavalle, asegura que "todas las viejas son unas pendejas,
pero algunas están muy buenas y hay que agarrarlas tiernitas,
cuando no saben, o ya casadas, cuando bien que saben, pero nunca
en términos medios" (Las casadas, editorial
Lafragua, 1996, Premio Nacional de Narrativa Joven), ya no es
sólo de 3 mil kilómetros.
-Yo creo que Dios no existe ni creó al hombre de barro
ni de cenizas ni de nada -prosigue el humilde repartidor de tacos
del Burritoville-. ¿Sabes por qué creo que estamos
aquí? Porque, así como nosotros hemos mandado monos
a la Luna y a Marte, algunos seres de otro planeta nos mandaron
a nosotros a la Tierra para que la pobláramos. Somos los
changos de otro planeta en el que nos consideraban animales. Si
no, ¿cómo te explicas que el mundo esté tan
mal? ¿No te has dado cuenta de que nuestro mundo está
mal hecho? Es por eso. Porque somos el experimento de otros. Hace
mucho mandaron a una pareja de nosotros en una nave y así
empezó todo.
Se hace un silencio de acero en el Burritoville. Observo a la
puertorriqueña con su mirada vuelta hacia sus citas bíblicas,
buscando alguna que la saque de este apuro. Pero es inútil.
Sin burlas, con su fe en los extraterrestres y su teoría
de que somos los monos de otro planeta, el inconforme ha puesto
fin a la conversación.
Volteo a ver a Susan, quien se prepara ya para salir. Tiene una
sonrisa de satisfacción por haber comido aunque fuera mal,
y por haber departido conmigo, aunque ni siquiera la haya yo escuchado.
Me emociona su gratitud serena, aunque mi ausente atención
haya dejado tanto qué desear. Nos levantamos en silencio.
Salgo a la calle asaltada por una suposición inquietante:
que este singular debate en el que Dios salió tan mal librado
con todo y su Biblia y su convencida evangelista, bien podría
haber sido ideado por una Diosa con cierto sentido de la ironía.
-Te cuidas -se despide Susan con su confianza inquebrantable,
y desaparece entre la nieve.
Camino un poco. La comida teológica fue altamente energética
y no siento ya el viento invernal ni el cansancio provocado por
el frío. "A fin de cuentas, yo también me parezco
a Dios, porque tampoco existo", pienso.
©
malú huacuja del toro
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