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alborada
Esa tarde entré a la clínica sin
saber que, entre esas paredes blancas, se fraguaría el
despertar de mi cuerpo y mi conciencia. Un renacer a flor de piel
para mi existencia que había sido totalmente anulada por
un hombre. Llegué allí con esa sensación
de desgano que ya se había hecho usual en mí, ahora
convertida en esa sombra inútil de la mujer que ha fracasado
en su matrimonio. Y sin otra alternativa que seguir cumpliendo
el papel de la esposa abnegada y satisfecha aunque el marido haya
optado por levantar una trinchera de hielo a su alrededor.
Este
es un lunar atípico-declaró la doctora. Y más
vale extirparlo de inmediato porque ya puede estar produciendo
células anómalas.
Al
oír su diagnóstico, vino a mi mente la imagen del
cáncer invadiendo todo mi cuerpo, irradiando la muerte
desde esa minúscula porción de piel que crecía
en la parte superior del muslo izquierdo y a no más de
medio centímetro de la ingle. A la yema de mis dedos llegaba
la textura algo rígida de ese lunar marrón en una
circunferencia perfecta que me hacía imaginarlo como un
planeta en miniatura que, por capricho, se había posado
tan cerca de mi pubis. Noche a noche lo palpaba mientras, hundida
en la zona gris de la impotencia, sufría por el rotundo
abandono de José. Hacía ya casi dos años
que había dejado de amarme y me trataba con una total indiferencia,
como si yo de pronto hubiera dejado de existir. A veces, durante
varios días no regresaba a la casa y después de
los primeros meses, me di cuenta de que ni siquiera valía
ya la pena implorar o hacer reproches. Aunque parezca absurdo,
ese lunar me otorgaba una sensación de compañía
que hacía menos insoportable vivir el vacío dejado
por José y esa atmósfera impregnada de soledad y
de silencio que me cercaba en cada uno de los rincones de la casa.
Dándose un aire de importancia, él casi no me dirigía
la palabra, pese a que seguíamos casados y por conservar
cada detalle de las apariencias, manteníamos la costumbre
de compartir el mismo dormitorio y el mismo lecho. Era muy posible,
como acababa de decir la doctora, que en ese lunar ya estuviera
germinando la muerte, pero el hecho de que José hubiera
dejado de amarme había sido también vivir la muerte
en carne viva.
En
este tipo de operación, sólo se usa anestesia local
y no toma más de cuarenta minutos extirpar y poner los
puntos. ¿Quiere hacérsela ahora mismo?-me preguntó
echando una ojeada eficiente a su reloj.
Y
yo asentí como una autómata porque el abrupto desamor
de José me había despojado de mi ser convirtiéndome
en un ente pasivo que obedecía todo lo que se le imponía;
incluso el hecho de estar esa tarde en la clínica no se
debía a una iniciativa propia sino a la voluntad de mi
madre quien se había encargado de pedir hora para una consulta.
Perfecto.
Yo ahora estoy terminando mi turno, pero el doctor Muzárvez
se encargará de todo. Relájese. El vendrá
a hacer la operación en menos de diez minutos.
Recostada
en la camilla, cerré los ojos y con un cierto dejo de ternura,
volví a palpar ese lunar tan cercano a mi pubis, a mi clítoris
y a mis labios vaginales. A esos labios que se entreabrían
cuando José los acariciaba con su lengua mientras emitía
susurros casi imperceptibles, como si estuviera arrullándolos.
Aquella había sido la época de su "furor pasional",
así lo llamaba él, de aquellos días y aquellas
noches cuando nos entrelazábamos a cualquier hora y en
cualquier lugar de la casa. Sobre el amplio sofá de la
sala, en el pasillo que conducía a nuestro dormitorio e
incluso contra la pared de la cocina mientras se cocinaba el estofado.
Era entonces cuando me miraba a los ojos y abrazándome
muy fuerte exclamaba que jamás en su vida había
sentido "esa vorágine de sensaciones increíbles",
"ese impulso enloquecedoramente salvaje" que le producía
mi cuerpo. . . "Jamás antes, jamás antes",
repetía con su rostro empapado de sudor y los ojos entrecerrados
después de habernos hecho el amor en rutas siempre imprevistas.
Y a mí todo aquello también me parecía un
torbellino creado exclusivamente por este cuerpo mío que
me hacía sentir como una diosa sensual de senos muy exuberantes
y caderas voluptuosas, de brazos y piernas semejantes a troncos
de agua que se ajustaban y lamían cada retazo de la piel
de José. Disfrutando el poder de mi propio cuerpo, permanecía
desnuda a su lado y cuando él volvía a abrir los
ojos, me contemplaba con devoción y nunca dejaba de mencionar
que era yo quien había hecho de él, un hombre maravillosamente
potente e imaginativo en los haceres sexuales.
Sin embargo, todos los torbellinos del placer se agotaron después
de aquel viaje de negocios que se prolongó más de
lo planeado. Fue entonces cuando de un solo portazo clausuró
mi cuerpo y me abandonó de una manera tan abrupta e irrevocable
como la propia muerte. "No estaba deslumbrado con usted sino
consigo mismo", me explicó la sicóloga quien
trató de ayudarme a superar la angustia y la desesperación.
"Eso le ocurre a muchos hombres cuando una mujer los hace
descubrir que tras la sencilla penetración, hierve otro
caudal de preámbulos y creatividad sexual. Entonces, como
proyección de sí mismos porque eso es en realidad,
surge un amor espectacular . . . hasta que la experiencia se repite
con otra mujer . . ." Y lo que ella decía era muy
cierto porque, en el fondo, José sólo era capaz
de amarse a sí mismo, de vivir todo lo que lo rodeaba como
proyección de su propio ego . . . de ese ego vanidoso que
lo hacía detenerse frente a un espejo para constatar que
era un hombre atractivo o que lo incitaba a darle una inusitada
importancia a sus objetos personales, a cada detalle de lo que
hacía en su oficina e incluso a lo que él denominaba
su conocimiento enciclopédico de las lides futbolísticas
en las canchas nacionales e internacionales.
Todo eso lo comprendí gracias a la sicóloga quien,
a pesar de sus consejos, no logró que yo decidiera divorciarme.
Y de dónde podía yo sacar la fuerza y la determinación
para crear tal escándalo en mi familia tan católica
y de mujeres abnegadas que jamás elevaban una queja, todas
muy bien casadas y cumpliendo felices el rol de madres y dueñas
de casa bajo el santo e indisoluble lazo del matrimonio. Las tragedias
y los escándalos nunca habían sido admisibles en
nuestra sacra familia y yo no podría, eso lo sabía
muy bien, rebelarme contra todos ellos y tener la osadía
de trizar ese orden. Paredes blancas y vacías, en eso se
había convertido mi existencia, concluí mientras
yacía en la camilla de la clínica, yo era una mujer
anulada y muerta por dentro, pese a mis treinta y tres años
pletóricos de hormonas que ahora, por el abandono de José,
me recorrían el cuerpo como insectos narcotizados, como
cadáveres flotando en el fango de un pozo oscuro y sin
salida.
Alguien
dio dos breves golpes en la puerta y entró el doctor Muzárvez
seguido por una enfermera a quien apenas miré porque él
irradiaba una energía insólita con sus cabellos
ensortijados, su sonrisa seductora y ese aire atlético
que transformaba la blancura de las paredes en diseños
sicodélicos.
Veamos-dijo
en un tono jovial y la enfermera se apresuró a apoyar el
lado exterior de mi muslo sobre la camilla para que él
pudiera ver el lunar. Con un gesto profesional, acercó
el rostro, lo tocó preguntándome si sentía
algún dolor y volviendo a erguirse, le indicó a
la enfermera que me cubriera con una sábana dejando todo
el muslo izquierdo al descubierto.
Ábrase
de piernas lo más que pueda y manténgase así
durante toda la operación. Más abiertas, por favor.
. . así. . . Primero le pondré una inyección
que no le va a producir dolor-agregó y, junto con el pinchazo,
sentí la presión de sus dedos sobre la piel.
Estos
lunares atípicos son bastante frecuentes-dijo antes de
volver a inclinarse y esta vez me pareció que apoyaba toda
la palma de la mano en esa zona tan cercana a mi pubis que ahora
estaba recibiendo una corriente cálida, casi electrizante.
En estos momentos, señora, empiezo a extirpar el lunar,
no siente ningún dolor ¿verdad? . . . esta dosis
de anestesia siempre resulta suficiente-comentó y a mi
pubis llegó su aliento haciendo entreabrirse los labios
de la vagina en un leve temblor.
¡Listo!-anunció
mientras ponía presión con los dedos seguramente
para obstruir el flujo de sangre.
¿Me necesita para algo más, doctor Muzárvez?-preguntó
la enfermera.
No.
Vaya no más a ayudar al doctor Mora. Yo puedo seguir solo.
. . Esta es la parte que toma más tiempo, señora,
porque debemos cerrar la incisión con una hilera de puntos
por dentro y otra por fuera . . . ¿Está cómoda?
. . . Quédese así, sin moverse, por favor.
Y
empezó a dar puntadas con su rostro a escasos centímetros
de mi ingle, de la cesura labial y la superficie carnosa de mi
clítoris. La yema de sus dedos en un arpegio de acordes
imprevistos hacían resonar mi cuerpo en ondas profundamente
eróticas, los movimientos de sus manos semejaban los de
un ave en vuelo fogoso y tanguero que revoloteaba cerca de mis
labios entreabiertos y mi vagina excitada produciéndome
en el pecho una sensación de ansiedad que me aceleraba
el corazón . . . Desde la cabecera de la camilla, sólo
podía divisar su pelo ensortijado, negro, muy negro y muy
andaluz, y entonces pensé que sólo los andaluces
habían traído ritmo y color a mi país tan
desabridamente sobrio, tan lleno de reglas que reprimían
toda espontaneidad. "Muzárvez, Muzárvez",
repetí varias veces imaginando que, en cualquier momento,
iba a recibir un beso allí, a medio centímetro de
lo que empezaba a ser un volcán en erupción. "Muzárvez",
hasta el apellido de ese hombre tan atractivo acariciaba la piel
con sus zetas lentas y ondulantes y aquel acento en la "a"
muy abierta produciéndome un estado de celo, del más
puro y vigoroso deseo. Cerré los ojos extasiada con el
rehallazgo de este cuerpo mío que José había
hecho caer en el letargo y en la nada mientras él, protegido
por la dualidad injusta de nuestra sociedad, se dedicaba a cultivar
lo que pomposamente llamaba su furor pasional en otras mujeres
y me relegaba a mí a seguir atada a una moral que no admitía
mujeres adúlteras.
Con los ojos cerrados, el deseo era aún más intenso
y opté por fijar la vista en la pared blanca para apaciguar
esa marea que ya empezaba a humedecerme. Pero en un impulso inconsciente
o tal vez porque ya se estaba iniciando en mí un renacer,
ese yo voluntarioso del cual me había despojado José
me instó a hundir la mirada con pleno gozo en el cabello
abundante e indómito del doctor Muzárvez mientras
el ritmo acompasado de su respiración caía sobre
mi pubis ahora descubierto. Poco a poco, imperceptiblemente, la
sábana que lo tapaba había estado deslizándose
y ahora sólo cubría tres cuartas partes de mi muslo
derecho. Álvaro, ése debía ser su primer
nombre, pensé, Álvaro Muzárvez, fogoso y
viril Álvaro y no el vulgar José, nombre santurrón
y pacato para ese hombre de doble vida que mantenía las
apariencias del marido perfecto mientras había hecho de
las aventuras amorosas su pasatiempo favorito. Y aunque nunca
antes había querido admitirlo, el deseo que estaba sintiendo
hacia este otro hombre me hizo decirme, por primera vez, que José
seguía casado conmigo porque disfrutaba de ser miembro
de una familia de vieja cepa como la mía y no quería
perder este prestigio ni la herencia que dejarían mis padres.
"Álvaro", repetí, brillante especialista
en dermatología y no el prosaico jefe de ventas de la sucursal
de los camiones Pegaso en una lejana ciudad sudamericana . . .
Mientras sentía que el brazo del doctor rozaba ligeramente
la piel de mi vientre, recordé el logo ridículo
y anacrónico de la marca Pegaso con su caballo dotado de
alas y me pareció el colmo de la prepotencia masculina...
Fue entonces cuando descubrí que José también
era el colmo de la prepotencia porque no dejaba ni un solo minuto
de sentirse atractivo, a pesar de su baja estatura. . . ¡Ah!
Pero por haber nacido hombre, él sí que tenía
la libertad para embarcarse con cualquier mujer mientras mantenía
un hogar bien constituido como la fachada decente para sus fechorías.
. . porque ¡cómo no iba a ser una fechoría
engañar a otras mujeres y mantenerme a mí cautiva
y con mi existencia hecha un estropajo!
Hombre
chico, egoísta y vanidoso, eso era José, por fin
lo veía sin velos ni tapujos de ninguna especie, a plena
luz. . . y a plena luz me pareció la viva réplica
de Sebastián de la Carra, el enano que pintara Goya junto
con tantos otros hombres deformes para simbolizar la mezquindad
de algunos seres humanos, de esa baja estirpe a la cual José
pertenecía. De pronto me invadió la ira y sentí
ganas de gritarle a José que tenía un alma roñosa
e incapaz de amarme a mí quien era la primera mujer en
el mundo que le había señalado los innumerables
recodos del placer. . . "¡Ingrato, mal agradecido!"
iba a decir a viva voz, pero fue en ese preciso momento cuando
Álvaro, Álvaro Muzárvez, lanzó un
breve suspiro que produjo un millar de ecos en mi cuerpo anhelante
y entonces me entraron unos deseos enormes de acariciar su pelo
abundante y deslizarme por la camilla en un movimiento sensual
que nos dejara mirándonos a los ojos antes de caer abrazados
sobre esas sábanas tan blancas. Y lo iba a hacer, lo juro,
pero justo en ese segundo, él levantó la cabeza
y con la mano izquierda alcanzó un tubo y de allí
sacó una crema desinfectante que empezó a esparcir
muy lentamente por la incisión. . .
"Ya
sólo falta poner una pequeña venda", dijo mientras
pasaba los dedos alrededor de lo que fue ese lunar, no ya opaco
sustituto de los vacíos que había dejado José,
porque junto con el despertar de mi cuerpo, se había producido
otra luz que me había hecho decidir que ya sabría
yo cómo llenar esos vacíos por mí misma y
sin apéndices de ninguna especie. Fue entonces cuando llegué
a la conclusión de que José, después de todo,
no había sido más que un apéndice para esta
vida que era mía y sólo a mí me pertenecía.
Terminamos-exclamó
el doctor con una sonrisa y en su mirada sentí que mi sensualidad
no le había sido ajena. Puede ahora vestirse y en el mesón
de la salida, una enfermera le indicará el procedimiento
a seguir durante diez días.
Se
despidió estrechándome la mano y yo me quedé
contemplando con intenso regocijo su espalda erguida y viril,
una porción de la nuca que dejaba entrever su cabellera
ondulada y de negro azabache, y desapareció tras la puerta
en el momento en que mis ojos disfrutaban de la curva de sus caderas
infundiendo un ritmo vigoroso a su andar.
"Mañana
mismo empezaré los trámites de mi divorcio",
decidí echando a la mierda el lazo indisoluble del matrimonio
y todos los otros sacramentos. En esta nueva alborada de mi cuerpo
y mi conciencia, muy poco me importaba que a mi madre y a todas
las otras mujeres de la santa familia les diera un soponcio o
un ataque al corazón por el escándalo que yo iba
a causar. Ya había tomado la resolución de rescatarme
a mí misma y ser libre aunque mi padre me amenazara con
desheredarme o el sacro padre de la iglesia me excomulgara. Yo
sería libre porque el despertar de mi cuerpo, en el más
genuino de los deseos, había creado también un nuevo
umbral. Desde ahora sería una mujer sin ataduras de ninguna
especie y enfrentaría el mundo con este yo auténtico
que había permanecido amortajado por casi dos años.
Mientras
me ponía las medias que se ajustaban como una segunda piel
desde la planta de los pies hasta la cintura, sentí que
de mi cuerpo emanaba un olor a trébol recién florecido.
©
lucía guerra
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