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de
antología
Definitivamente
era un mal cuento. El editor lo sabía pero no supo decir
que no cuando ella ingresó a su oficina con aquella faldita
blanca transparentando sus bragas oscuras. Además, la boca,
él tenía debilidad por las bocas pequeñas,
redonditas como pronunciando la o con lascivia. O de olor, O de
opio, O de odio, O de ombligo, O de obsesión. Su boca era
una O carnosa, un anillo perfecto.
Se
sentó frente a él y dijo con el descaro propio de
la ignorancia:
-¿Cuándo
me publica mi cuentito?
-Tendríamos que hacer demasiadas correcciones- contestó
el editor, moviéndose en el péndulo de la amabilidad
y el profesionalismo. Cuando ella hablaba, la fascinación
lo cubría enturbiando su inteligencia. Quizás debería
aconsejarle que intentara grabar un disco, cualquiera puede ser
cantante en estos tiempos.
-¿Y qué parte le gustó más?
-Bueno
-titubeó el editor- el cuento es ambiguo.
Habría que definir el clímax.
-Adoro esa palabra -dijo ella, sonriendo. El anillo de su boca
se extendió suavemente dejando ver los dientes cuya separación
en los delanteros le daba un aspecto de niña.
-¡Clímax! Es una linda palabra. Podría incluirla
en alguna parte del cuento, ¿no cree?
El
editor hizo un esfuerzo por desprenderse de la fascinación:
abrió la gaveta de su escritorio y sacó un archivador
con una enorme cantidad de papeles.
-Mira
todo lo que nos envían diariamente a la editorial. Son
poemas, ensayos, novelas de escritores conocidos. Necesitamos
revisar nuestro presupuesto. Un libro de cuentos ahora
-Pero podríamos arreglar eso que usted dice, lo del clímax-
insistió ella. "Presupuesto" no era una palabra
que su boca pudiera pronunciar con tanta facilidad.
-Escuche-
prosiguió ella, inconsciente de que su voz erizaba los
vellos de la espalda del editor- le leeré la parte que
a mí me encanta y tal vez ahí podríamos aumentar
lo del clímax.
"La
bailarina que los tres amigos habían contratado para la
despedida de soltero no era ninguna belleza. La danza del vientre
sólo conseguía que la panza le temblara, cuando
se suponía que lo gelatinoso del baile debería estar
en las caderas".
-¿Qué
le parece?
Antes
de que él pudiera responder, la secretaria tocó
la puerta. Dijo que se trataba de Luis Simonetti. ¿Sabría
ella quién era Simonetti? Intentó explicarle que
la reunión para hablar sobre su cuento había concluido.
Simonetti acababa de ganar el premio de novela más importante
del país y no podía desperdiciar la oportunidad
de publicarlo.
-¿No
es que no había presupuesto?- preguntó ella enfadada.
Su boca se frunció en un puchero y él temió
que de pronto, en aquella escena surrealista que estaba viviendo,
ella se echaría a llorar. Pero ella propuso algo inesperado.
-Me
quedaré. Quiero saber cómo se dirige a un verdadero
escritor.
-No
puedes quedarte- dijo él, con dulzura- Simonetti es un
tipo serio y querrá tratar sus cosas en privado.
-No
me verá- dijo ella. Y sin más, se metió bajo
el escritorio emitiendo risitas entrecortadas como si todo aquello,
su presencia, su cuento sobre una bailarina gorda, fuera tan sólo
una picardía infantil.
Ya
era tarde para hacer otra cosa. Simonetti había ingresado
a la oficina, saludando a su estilo.
-"Cosa terrible el amor", ¿eh, Sampieri?- Saludó
el escritor con un apretón de manos.
-Terrible, terrible- hizo eco el editor, invitándolo con
un gesto de la mano a que tomara asiento.
-Así se titulará mi novela. Decidí cambiar
el título en honor al maestro.
-¿Venderá? El título digo. Lo clásico
no siempre engancha.
-!Oh! Ustedes los editores siempre matando la inspiración.
Recuerda que la literatura es lo único que en estos momentos,
duros momentos, en que la vida parece ser tan relativa, tan vacua,
nos da
El
editor oía las palabras del escritor famoso intentando
entenderlas, pero su esfuerzo era inútil. La muchacha,
acurrucada como una mimosa gatita bajo el escritorio, le había
bajado el cierre del pantalón y su boca traviesa ahora
se ocupaba de su pene. El editor sintió cómo la
boca saboreaba la punta de su sexo, pasando la lengua en círculos,
apretándola un poquito. Sintió su pene crecer, vencer
su propia inteligencia, mandar al diablo su sentido común,
su capacidad para sacarle ventaja a los mejores escritores. La
boca engullía su sexo y él se sentía inmenso,
el escritorio podría levantarse en cualquier momento, levitar,
sorprender a Simonetti con una magia que él jamás
había concebido en su estilo tediosamente clásico.
La boca mordió despacito, avanzando desde la punta hasta
el centro de su pene, donde las venas inflamadas surcaban caminos
desconocidos. El editor se acomodó en el sillón,
bajando un poco la espalda y echando el cuello hacia atrás.
-
porque,
como habrás leído, la mezcla de política
y religión sigue siendo una buen truco para darle densidad
a los temas. Ahora me interesa esta cuestión del existencialismo,
el hombre solo, autista, masturbando su propia alma.
-Masturbando
-
repitió el editor. Buscaba con desesperación la
lógica en alguna parte de sus neuronas.
Pero
sus neuronas se habían convertido en invisibles espermatozoides
alborotados que intentaban contenerse. La boca en O ahora comía
los testículos, succionándolos, fruta salada, voracidad,
olvido de sí mismo. Su columna vertebral era un torrente
eléctrico que explotaría en cualquier momento.
-Entonces
¿En qué quedamos?- preguntó el escritor.
-¿En qué
quedamos?
Podía
sentir su pene aprisionado en el paladar de la muchacha, rozando
su garganta, quizás también sus amígdalas.
Imaginó las amígdalas de aquella gatita traviesa
como dos ovarios rosaditos, fértiles.
-No
hay pre
-¡No
me digas que no hay presupuesto!- casi gritó el escritor.
La fama lo tornaba impaciente.
El
editor suspiró y cerró los ojos. Acababa de eyacular
en aquella boca profunda y cálida. Bajó la mano
izquierda y acarició el pelo castaño de la muchacha.
-Me
refiero a que no hay precio para un clímax como el que
has logrado. Te publicaremos- dijo.
Simonetti
sonrió satisfecho. La muchacha estaba segura que se refería
a su cuento sobre la bailarina gorda. Quiso reír fuerte,
pero por suerte, el líquido tibio le sellaba los labios.
©
giovanna rivero santa cruz
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