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el
final del juego
Tenía
seis años, pero aún no me había hecho mayor,
aún no había decidido morirme para ir al cielo,
el día que mamá me anunció que habíamos
perdido a papá.
Después
de decirlo, se sonó y cerró los ojos. Me di cuenta
de que los tenía muy enrojecidos. ¡Pobrecita! Me
levanté del sofá para ir a darle un beso. No llores,
le dije; verás como lo encontraremos. Los párpados
de mamá aletearon. Dos lágrimas redondas y brillantes
colgaban de sus pestañas. Las lágrimas se adelgazaban
y se estiraban, se estiraban y se adelgazaban, hasta que se soltaron,
rodaron por las mejillas de mamá, marcando un caminito,
y cayeron desde su barbilla hasta mis rodillas. ¡Splash!
Estaban calentitas. Mamá me revolvió los pelos,
me besó la punta de la nariz y me pidió que me entretuviera
un rato viendo la televisión, que iba a echarse porque
no se sentía muy bien. ¡Toma! ¿Cómo
era posible que me diera permiso? Si me había pasado el
día delante de la caja tonta... La caja tonta, así
llama papá a la tele. A mamá, la caja tonta le chifla,
pero no quiere que yo la vea mucho rato. Dice que los niños
podemos hacer cosas mejores... por ejemplo, papiroflexia. Papiroflexia
es difícil de decir, pero más de hacer.
Contento
de poder seguir flipando con la tele, grité ¡oléééé!
Lo grité dentro de mí, sin hacer ruido, porque me
olía que era preferible no hacerme notar. Si mamá
había perdido la cuenta de las horas que llevaba apalancado
delante de la tele, era porque algo no marchaba como debía.
Claro, ¡pobre mamá!, se sentía preocupada
porque habíamos perdido a papá. En cambio, yo no
lo estaba ni pizca. Seguro que lo encontraríamos. En nuestra
familia siempre hemos sido un poco despistados. Yo, el que más.
Un día, en una excursión, extravié el anorak,
y mamá se enfadó mucho porque era nuevo. Algún
día no sabrás dónde has dejado la cabeza,
me dijo. Y también: ¿cómo has podido hacerle
esto a mamá?, un anorak tan bonito y tan caro. Te creerás
que, el dinero, lo regalan... Luego riñó a papá:
tienes agujeros en las manos y, total, ¿de qué ha
servido?; una prenda tan cara y ya voló.... A menudo le
dice que tiene agujeros en las manos, pero yo he comprobado que
las conserva en perfecto estado. En verano, dimos con el maldito
anorak, arrebujado en el armario de los zapatos. En cuestión
de perderlo todo, me parezco a papá, que también
es un pierde-cosas de campeonato. Él se pone de los nervios
si mamá le echa la bronca porque no sabe dónde ha
dejado las gafas o las llaves. Dice que ya es mayor para que lo
riñan, ¿sabes, Amanda?, dice, ya soy mayorcito,
dice. Y mamá responde que lo demuestre.
Me
senté en el sofá y me olvidé de papá
porque empezaba una película de guerra. Era de dos rascacielos
iguales y de unos aviones que volaban por el cielo. Y, de pronto,
¡crash!, uno de los aviones se estrellaba contra uno de
los edificios. ¡Eh! ¡Menuda puntería, el piloto!
Había dado de lleno en la torre. La misma puntería
que yo cuando juego a capturar gusanos con mi videoconsola. Otro
avión llegaba volando y, ¡crash!, contra la otra
torre. Salía humo por las ventanas y se veía a la
gente de la calle gritar y correr. Me puse a hacer el coche de
bomberos: ¡aaaaaauuuuuuuuuuuuuu! Y, puesto que era una emergencia,
circulé por encima de la mesita baja de delante del sofá.
Entonces, una de las torres, ¡uaf!, se desmoronó,
como mis construcciones lego si las encajo mal. ¡Toma! Puse
en marcha la ambulancia, porque seguramente habría muchos
heridos que me necesitarían: pipo-pipo-pipo. ¿Qué
haces, Adrián?, preguntó mamá desde la cama.
Detuve unos instantes el aullido para decirle que iba camino de
salvar a los heridos de una película de guerra. Entonces
sonó el teléfono y mamá entró en la
sala a todo gas; ella también jugaba a las ambulancias.
Desconecté la sirena de la mía porque mamá
había descolgado el teléfono y hacía un gesto
pidiéndome que me callase, mientras decía: ¿sí?
Aparqué la ambulancia para continuar viendo la película,
que era superemocionante, porque en esos momentos caía
la segunda torre. ¡Uaf! Para abajo. Polvareda. Mamá
gritaba y miraba la pantalla con los ojos desorbitados, más
interesada en mi película de guerra que en su conversación
telefónica. ¡Madredediós! ¿Estás
segura?, decía con la voz muy delgada y extraña.
Alargué la oreja pensando que tal vez esas exclamaciones
significaban que ya había aparecido papá. Pero,
no. Por lo visto, no. Mamá continuaba hablando por teléfono:
sí, sí, llevas razón. Lo he visto con mis
propios ojos: la segunda de las torres gemelas ha caído.
Entonces mamá se dejó caer sobre el sofá,
como un saco de patatas, como yo cuando juego a desmayarme. Pero
no es posible, debe de ser una pesadilla... Sí, sí,
claro, decía, hasta que colgó y se quedó
mirándome. Adrián, me dijo muy seria, lo que acabas
de ver no era una película. Eso pasaba de verdad: han atacado
las Torres Gemelas de Nueva York. ¿Nueva York de América?,
pregunté. Sí, dijo, dos edificios iguales, es decir,
mellizos, de Nueva York. La miré y me puse bizco para demostrarle
que no me tragaba su explicación. ¿Eso no era una
película? ¿Seguro? Jolín, pues lo parecía.
El ataque era tan... tan bueno que parecía una película.
Esa
noche me fui a dormir pensando que no era fácil saber cuándo
algo era de verdad y cuándo de mentira. Al día siguiente,
sin embargo, apenas recordaba mi confusión. Paqui se pasó
el rato haciéndome carantoñas y diciendo que era
una pena, que era una pena tan grande. ¡Ay, ay, ay! Yo no
sabía si estaba triste porque habían destruido las
torres gemelas de Nueva York o porque papá se había
perdido. Al cabo de un rato, entendí que era por papá.
Le dije que no se inquietase, que aparecería cuando menos
lo buscásemos. Paqui me miró de un modo extraño,
mientras yo, con un movimiento súbito, le cogía
el mocho. Lo cabalgué y me alejé por el pasillo.
De pronto, tuve una idea gansa. Obligué al caballo a cambiar
de sentido y galopé hacia Paqui. ¡Ya lo tengo!, grité,
pondremos un anuncio en el periódico, como cuando la tía
perdió el perrito. ¿Lo recuerdas? Sólo tendremos
que escribir: se ha perdido un papá muy simpático.
Se llama Toni. Es un poco despistado. Si lo encontráis,
no hace falta que lo devolváis atado. Paqui me agarró
por el cinturón y me arrastró hacia ella mientras
decía: ay, ven aquí, ven aquí, que te como.
Suspiré y me armé de paciencia. Ése es el
famoso grito de guerra que Paqui suelta segundos antes de apretarme
contra su pechuga y ahogarme a besos. Lo hizo. Me liberó
cuando empezaba a faltarme el aire, y vi que sus ojos estaban
nublados. ¿También iba a llorar, como mamá?
No me dio tiempo a preguntárselo, ella ya se había
lanzado a mascullar: ay, mi niño, suerte que todavía
eres pequeño y no entiendes nada de nada. Si supieras...
¿Si supiera qué? La miré con ojos de láser,
unos ojos de dibujos animados, que perforan el cerebro, ¡tatatatatá!
¡Jolines! ¿Qué era lo que ella sabía
y yo ignoraba? ¿Y por qué no me lo contaba? ¡Yo
era pequeño, pero no imbécil!
A
partir de ese momento, empecé a observar a mamá
para averiguar si escondía un secreto o no. Pronto me di
cuenta de que sí tenía uno. Lo supe porque hablaba
muy a menudo por teléfono. Eso no era una novedad; siempre
lo hace. Sin embargo ahora hablaba durante larguísimos
ratos y en voz baja y misteriosa. Yo me entretenía con
mi supercoche teledirigido cerca del teléfono. El coche
se liaba con las piernas de mamá, que me pedía que
me fuera a jugar a mi habitación. Otras veces, intentaba
pillarla por sorpresa. Entraba en la sala corriendo como un loco
y... ¡pataplum! Pero ella, en cuanto me tenía delante,
interrumpía la conversación o bajaba aún
más el volumen de la voz. De modo, pues, que existía
un secreto, compartido por mamá y Paqui, del que yo quedaba
excluido. ¡No era justo! Por supuesto que no entendía
ni jota, si nadie me lo explicaba...
Me
convencí de que el aburrimiento llevaría a mamá
a hacerme alguna confidencia, ya que nos pasábamos los
días sin salir de casa; parecía haber olvidado la
existencia de calles y tiendas. No nos movíamos del piso
ni para ir a buscar el pan, ni para visitar a la abuela, ni para
ir a jugar al parque... Eran los últimos días de
las vacaciones y los malgastábamos tontamente. Yo, viendo
la tele más que nunca en mi vida. Ella, echada en el sofá
o en la cama. O colgada del teléfono y hablando. O, si
el aparato estaba mudo, apoyando la mano en él. Mamá
era un pistolero del Oeste con las manos en las cartucheras. ¡Ring,
ring! ¡Bang, bang! Yo he sido más rápida,
forastero. ¡Qué forma tan bestia de terminar las
vacaciones!, me decía. Y el único consuelo era saber
que ya faltaba menos para ver a Jenny. Pero el secreto, a mamá
no se le escapaba ni por equivocación y, en cambio, continuaba
con su cara de princesa triste. A menudo, se le pone esa cara.
A los cuatro o cinco años, no sabía por qué,
pero ahora lo sé; una tarde, en el colegio lo entendí.
Fue cuando la profe nos contó el cuento de la princesa
de la luna. ¡Toma! No sé cómo no había
caído antes... La princesa de la luna era mamá.
La expulsaron de la luna unos malvados -no recuerdo ya quiénes-
y no podía regresar allí. A veces está alicaída
porque no tiene reino. A menudo Jenny me pregunta cómo
estoy tan seguro de que es la princesa de la luna. Y le digo si
no se da cuenta de que es bonita como una princesa. Jenny dice
que sí, que es verdad. Y, además, le digo si no
ve que es igualita a la princesa dibujada en el cuento. Y Jenny
me da la razón. Mamá tiene una piel muy blanca,
tan blanca como la luna. Casi transparente. Y suave como los polvos
de talco. Y tiene dos estrellas azules en los ojos. Eso de las
estrellas, no me lo invento; una vez oí como papá
lo comentaba. Y los labios, gruesos y muy pálidos. Y las
cejas y el cabello, rubios, tanto que casi parecen de plata, hechos
con la luz de la luna. Y se mueve como una princesa... O sea,
no anda como las personas sino que casi parece que vuele a un
palmo del suelo. Como si no le fuera preciso apoyar los pies en
las baldosas. Tal vez no lo necesita... Y todo lo hace despacito
-me parece que las princesas nunca tienen prisa-, no como yo,
que soy un poco atolondrado. ¿Está claro o no que
mamá es la princesa de la luna?
El
sábado por la noche llamaron a casa para gastarnos una
broma. Mamá descolgó el teléfono y dijo:
diga, diga. Pero por lo visto nadie contestó. Mamá
se envaró igual que un paraguas y me dijo, con su mejor
cara de princesa de la luna, que no quería que jamás
de los jamases contestara el teléfono. Y me preguntó
si quedaba claro. Pues sí: quedaba clarísimo, pero
era una jugarreta. A mí, me encanta coger el auricular
y decir: diga, de parte de quién, un momento, por favor.
Sin embargo, rápidamente lo pillé: mamá no
quería que me hiciesen la broma de no-hay-nadie-al-otro-lado.
Eso es, rey, admitió mientras me pasaba la mano por la
frente para comprobar la temperatura. Protesté porque a
mí las bromas me encantan. Olvídate del teléfono
me dijo; vamos a encargar una pizza. ¡Jolín! ¡Una
pizza! A ella no le gustan mucho. Es papá quien siempre
las pide. Una megapizza Margarita o una superpizza Capri. Cuando
por fin la trajeron, mamá no pudo tragar ni un bocadito.
No hacía más que llorar y llorar y llorar. A mí,
también se me hicieron humo las ganas de comer. Creo que
los dos nos acordábamos de papá. Le pregunté
si quería que la acompañase a la cama y asintió
con la cabeza. Salté de la silla. Me puse a su lado y tiré
de su brazo para ayudarla a ponerse de pie. Muy despacito, fuimos
por el pasillo hasta llegar a su habitación. A pesar de
no conocer el secreto, me sentía muy, muy mayor. Mamá
me leyó el pensamiento, me acarició la cabeza y
dijo: eres mi hombrecito. ¡Toma! Noté que crecía
unos cuantos centímetros. Luego, se echó en la cama,
y la arropé mientras me decía que, si papá
no regresaba, yo podría dormir con ella y hacerle compañía
y ser el hombre de la casa. Mirado así... Este pensamiento
me abrió el apetito. Fui a la cocina y me comí mi
trozo de pizza. Pero cuando ya casi terminaba, recordé
las bromas de papá con el queso de las pizzas. Estira los
hilos. Los estira, los estira, los estira como si fuesen un chicle.
Luego, toca con ellos la guitarra: trang, trang, trang. Y mamá
le dice con voz muy seria: parece mentira, Toni, eres un puerco.
Dice un puerco, sí; por lo que se ve, a veces, las princesas
no son muy finas. Y le pregunta si es así como quiere educarme,
haciendo el marrano. Y papá se pone nervioso, tanto que,
la última vez que comimos pizza, dijo que estaba harto
de tantas monsergas y que tal vez había llegado el momento
de pensar en una solución. Me levanté a buscar las
servilletas de papel porque imaginé que quizás eran
una buena solución.
Dejé
en el plato el pedazo de pizza porque ya no tenía hambre.
Pensar en la guitarra de queso me había puesto mustio;
hacía demasiado tiempo que no veía a papá
y lo echaba mucho de menos. Al regresar de la radio, que es donde
trabaja, siempre juega en el pasillo un partido de fútbol
conmigo. O navegamos juntos por Internet. Por ejemplo, el día
antes de perderse, me había enseñado en una web
como es un eclipse de sol. Se veía estupendamente cómo
la luna lo tapaba. ¿Serás periodista como yo, de
mayor?, me preguntó. Le dije que sí para tenerlo
contento, aunque prefería ser guitarrista. Trang, trang,
trang, pero con una guitarra de verdad.
Entonces,
sin querer, empezaron a caerme las lágrimas. Quería
a mi papá, quería verlo, quería que me llevase
a cuestas para bajar las escaleras saltando los escalones de dos
en dos; quería que fingiera enfado al verme salir descalzo
de la cama y quería que me hiciese andar con los pies sobre
sus zapatos para que no me enfriase; quería ir con él
hasta la playa a hacer volar el cometa; quería ducharme
con él y comprobar quién tiene el Willie más
largo; quería sentarme a su lado a ver un documental de
la tele de esos que tanto le gustan, pero que matan del aburrimiento
a mamá; quería notar el olor de papá, un
olor muy distinto al de la princesa de la luna; quería
que volviera a casa.
¡Uf!
Pensé que si mamá me veía llorar, tal vez
nunca más me diría que soy su hombrecito y quizás
tal vez nunca me contaría su secreto. Me lavé la
cara en la pila de la cocina. Me senté en el sofá
de la sala, delante de la tele y la encendí. Me eché
para atrás en el respaldo, miré la pantalla y...
¡Jolín! ¡Lo estaban haciendo de nuevo! ¡Estaban
destruyendo Nueva York otra vez! ¡Mamá, mamá!,
grité a pleno pulmón. Mi grito la sacó de
la cama volando. Entró en la sala preguntando qué
le ocurría a su rey. Vino hasta el sofá y se arrodilló
a mi lado. Le expliqué que por segunda vez estaban cargándose
Nueva York. Y en ese momento, un avión, ¡crash!,
se incrustó contra el rascacielos. El rascacielos se encendió
como una antorcha y las llamas subieron hacia el cielo. Nubes
muy negras lo cubrían todo. Entonces enfocaron al piloto
de uno de los aviones. No pude escuchar lo que decía porque
mamá sonreía mientras me contaba que no, rey, no;
esto es una película. ¡Y una mierda!, pensé,
pero no lo dije porque la princesa de la luna no soporta las palabrotas.
Protesté: si es... es como lo que vimos hace unos días.
Mamá respondió que, efectivamente, era muy parecido,
pero esta vez no era de verdad, sino de mentira. Era una película.
Esa
noche, me fui a la cama de nuevo con un lío horrible en
la cabeza. ¿Qué era verdad y qué era mentira?
¿Y cuándo se sabía que algo era verdad o
era mentira? Y mi papá se había perdido, ¿de
verdad o de mentira? ¿Y cuál era el secreto de mamá?
Este
fragmento corresponde a las páginas iniciales de El
final del juego (Ed. Planeta)
©
gemma lienas
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