ave de la noche

 

Estoy como un búho en la oscuridad al que aún no le llega la hora del canto. Entonces es agradable observar la tranquilidad de un hogar en el silencio de la noche. Ver los restos de la cena sobre la mesa del comedor, el vaso con algo de refresco, la servilleta arrojada con displicencia sobre la alfombra, la ropa de la jornada abandonada entre los muebles, como quien ya se cansó de ordenar los trastos del día y deja la tarea para mañana. Sentirse parte de este mundo de cuadros, espejos, ceniceros, cojines, sin aparente conexión, colocados sólo para vestir un espacio desnudo, pero a los que el desorden transforma, haciéndolos íntimos, familiares. Es cómodo estar sentado en esta penumbra de la sala, quietamente, dominando el paisaje humano y escuchando la música tenue en el dormitorio de al lado. Habitualmente en días como éste, estoy aburrido y suelo alquilar películas de video. Busco cuatro o cinco del mismo género, si cabe llamarlas así, especialmente, las policiales de intriga y suspenso. Y a despecho de quienes piensan que no es igual que verlas en el ritual del cine, de la gran pantalla, con sus butacas rígidas y la vigilia solitaria de los espectadores, yo me olvido de ello y me concentro en las imágenes, que ciertamente, no siempre son nítidas, pero a fin de cuentas lo que me interesa es el argumento. Vivimos demasiado aprisa para imaginarnos el proceder de los hombres. No hay tiempo para ese estado de contemplación, que hacía que los antiguos pudieran representar su propio cosmos interior y también el de los otros, adquiriendo los conocimientos necesarios a través del ensayo y el error. Ahora nos dan el entretenimiento y la información directamente, sin cavilación ni esfuerzo. Una de las últimas películas que he visto, está basada en una historia real que ocurriera en una pequeña ciudad de Rusia llamada Rostov.

Un joven médico forense, recién destinado a su puesto de trabajo, recibe el cadáver de una mujer asesinada y hallada bajo tierra en un campo de cultivo. Animado por una intuición especial, le pide a su ayudante que rastree el lugar. Al poco tiempo encuentran cinco cadáveres más, muertos en iguales circunstancias. Todos tienen signos inequívocos: golpes en la nuca, numerosas cuchilladas de trazo oblicuo en pecho, abdomen, y extrañas mutilaciones. Algunos de los muertos son niños. Ante el horror que despierta en la población el sorprendente hallazgo, el médico forense es convocado por el Consejo del gobierno local y expone el caso. Por el estado de putrefacción de los cuerpos, los asesinatos se han producido en diferentes períodos comprendidos en cinco meses. La disposición de los cadáveres en un perímetro espacial circunscrito, hace sospechar que el homicida conoce la ruta y los linderos solitarios del pueblo. El procedimiento de la muerte coincide con una técnica metódica utilizándose al parecer, el mismo instrumento en el conjunto de casos. El criminal no es improvisado ni impulsivo. Diríase más bien que se trata de un personaje controlado, que no actúa por provocación. El médico forense solicita contactarse con archivos internacionales de criminalística, computadoras para organizar la información y hombres para iniciar una pesquisa general, porque está convencido de que se trata de un asesino en serie. El secretario del partido comunista le indica que nada de eso es pertinente y mucho menos, posible. Termina la sesión y el declarante se retira. El jefe de la guarnición militar, sin embargo, cree en él y lo apoya. Lo nombra eufemísticamente, Director de Investigación de la Unidad de Asesinatos.

En los siguientes meses se suceden varios crímenes, con idénticas características. Sin auxilio técnico, sin recursos, con a penas algunos hombres que lo ayuden, el médico forense inicia una paciente búsqueda. Examina los lugares en donde se han enterrado los cuerpos, interroga a familiares, imagina trayectorias y recorridos. Las notorias diferencias de edad y sexo, le hacen sospechar que el criminal no tiene preferencias especiales al estilo de Peter Kürten, el Vampiro de Dusseldorf, quien cometió su primer crimen a los doce años, empujando a dos amigos suyos a las aguas del Rhin. Hombres, mujeres y niñas se sucedieron indistintamente en su prontuario policial. Su procedimiento sin embargo, fue irregular. Alternó modalidades de estrangulación, degollamiento, cuchilladas mortales e incluso la agresión a martillazos en más de catorce asesinatos. La mayoría de víctimas habían sido maltratadas físicamente antes de ser muertas. El médico forense deduce que el homicida que investiga es diferente al desordenado Peter Kürten. Debe tener inicialmente una conducta amable, capaz de conducir a la gente hasta el paraje adecuado, con la técnica de Petiot, el cirujano que actuó durante la segunda guerra mundial como agente de la resistencia francesa. Atrajo gentilmente a numerosas personas que huían de la persecución nazi, prometiéndoles pasajes hacia la frontera. Utilizó para sus sesenta y tres víctimas, el mismo método: las adormecía con una inyección letal y las colocaba en una habitación observando su agonía a través de una mirilla. Posteriormente cremaba los cadáveres. El médico forense, poco a poco, llega a tener algunas certidumbres. Por razonamiento inductivo, yendo desde las pequeñas pruebas e indicios hasta imaginarse al sujeto sin rostro, está convencido que el asesino no actúa bajo presión. Al igual que Petiot, sus actos son coherentes, la repetición, su característica. El agresor busca a sus presas en la estación del tren, lugar poblado de jóvenes que están de paso, niñas viajeras, muchachos en busca de empleo o mujeres prostitutas. El médico forense realiza un registro personal y cuidadoso de la estación. Él mismo tiene que entrenar a los pocos gendarmes que le han asignado, rogándoles que no usen el uniforme tradicional, alertándolos para que aprendan a observar y descubrir cualquier comportamiento sospechoso. Los asesinatos continúan y las noticias llegan hasta Moscú. El criminal actúa con libertad, se debe sentir dueño de la situación. Es entonces, cada vez más peligroso. El cuartel general de la KGB envía emisarios, pero lejos de ayudar en la investigación, obstaculizan el derrotero seguido hasta el momento, identificando pistas que resultan posteriormente falsas. Numerosos sospechosos son detenidos, pero los cargos no son probados. Después de nueve años de infructuosa búsqueda, la situación política en la Unión Soviética cambia. Cae el antiguo estado y se constituye la república de Rusia. Muchos viejos líderes son removidos de sus cargos, y el antiguo jefe de la guarnición militar es ascendido a general.

Con energía, promueve al médico forense y le proporciona personal y apoyo administrativo para iniciar la búsqueda más grande de un criminal en los anales de Rusia. Ambos dirigen personalmente el caso. Las muertes se elevan a cincuenta y dos. Comienzan a vigilar ostensiblemente la estación principal, y dejan intencionalmente, con una custodia disimulada, pequeñas estaciones en la campiña. Un día, se identifica a un sospechoso. El hombre ha sido visto en una estación pequeña con las ropas manchadas de barro y un maletín de mano. Interrogado por el policía camuflado de civil, confiesa haber ido al pueblo cercano a pie. El vigilante duda, la aldea está demasiado lejos, así que anota sus datos. El médico forense revisa la información como lo ha hecho pacientemente con docenas de sujetos. Algunas caras se han borrado con el tiempo, otras permanecen en su memoria. Conoce al tipo que fue detenido como sospechoso muchos años atrás, pero liberado por presión del gobierno local por ser miembro del partido. Pocas horas después, doscientos hombres peinan el bosque y hallan el cuerpo desfigurado de una pequeña niña. El asesino no ha aprendido de la experiencia. Desde hace algún tiempo, se preocupa de alterar la configuración anatómica de la estructura facial y en ocasiones elimina las huellas dactilares dejando las manos desolladas. El acusado, obrero de una usina cercana, casado, padre de familia, es capturado y confiesa sus crímenes sin resistencia. Antes de conducirlo al cadalso lo interrogan exhaustivamente. El médico forense ha entregado mucho tiempo de su vida a la persecución de éste hombre. Durante años se ha hecho una sola pregunta. ¿Por qué?, ha imaginado a un psicópata de reacciones tranquilas, sin escrúpulos, sin sufrimiento ni indulgencia, viviendo lo que a mediados del siglo se llamaba incapacidad moral.

El hombre de Rostov no es diferente a las descripciones habituales que la literatura señala. Los criminales en serie parecen poseer determinados patrones de conducta. Está el muchachito de un elegante barrio de Ohio, siempre simpático y emprendedor con sus vecinos, cuyo rostro esquivo rodeado de cabello graso, sería identificado más tarde por la televisión mundial, como Jeffrey Dahmer de Milkwaukee. Asesinó a diecisiete jóvenes y adolescentes, guardando pulcramente sus restos en la nevera de la casa. John Gacy de Chicago, era más bien un gordito de edad madura que se vestía de payaso y animaba entretenidas fiestas infantiles donde probablemente recolectó a sus treinta y tres víctimas. En muchas oportunidades son simples padres de familia, como Albert de Salvo, más conocido como el estrangulador de Boston, quien después de estrangular y violar a su duodécima víctima, llegó a su casa, jugó con sus pequeños niños, preparó una sopa de verduras con apio y zanahorias, y después de acostarlos, se puso a ver TV. Por lo general, los indicios, están hábilmente ocultos y las coartadas sustentadas en una vida social apacible. Puede tratarse de nuestro compañero de carpeta en la escuela, o el vecino que se despide todas las mañanas de sus hijos con un beso en las mejillas. En un momento determinado actúan como si tuvieran un demonio en su interior. Por eso tal vez necesitan vivir de manera contraria a lo que realmente sienten, mostrándose extremadamente agradables y simpáticos. ¿Los móviles?, he leído tanta información al respecto, que puedo afirmar que los investigadores no están claros si se trata de conductas antisociales con rasgos genéticos, o alteraciones del desarrollo en contextos culturales de gran violencia. Ni siquiera los estudios retrospectivos con gemelos idénticos y criados en medios sociales diferentes, han podido ilustrar mayores precisiones. En fin, ¿cómo saberlo?, no tiene importancia. Porque cuando se descubre a una de estas mentalidades ya es demasiado tarde. Ted Bundy fue ejecutado en la silla eléctrica, sin determinarse si sus víctimas fueron treinta y seis o cien mujeres como las evidencias parecían demostrar. Se piensa cada vez más, sin embargo, que se trata de una adicción. No a una sustancia, sino a una vivencia singular buscada reiteradamente como una droga. Una experiencia del mal. Estos sujetos son extraordinariamente hábiles para soslayar riesgos, desarrollando una gran sensibilidad para no dejar el menor rastro. Ello oscila, extrañamente, con cierta omnipotencia paradójica que los conduce muchas veces a errores fatales. En algunos casos dejan intencionalmente, pequeños datos o pruebas construyendo un rompecabezas, impulsados por el placer sádico del riesgo de ser descubiertos, o bien, simplemente, cuentan algunas de sus historias especialmente a los incrédulos. Tienen calibrada, en cierta forma, la fina relación entre mal y goce, ese estremecimiento fascinante que provoca en sus oyentes, la afición por la historia del crimen y el relato policial. Si el médico forense de Rostov hubiera sido un hombre de espíritu más libre, podría comprender, vívidamente, por qué estoy esperando que esa mujer apague su luz.

 

© pilar dughi


pilar dughi | Perú, 1956 | Médica psiquiatra, egresada de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, ha realizado su posgrado en la Universidad de Paris. Realizó su Maestría en Literatura Peruana e Hispanoamericana en la UNMSM. Actualmente cursa el doctorado en Literatura en la misma universidad. En 1989 publicó su primer libro de relatos, La premeditación y el azar, y en 1995 ganó el premio del III Concurso de Cuento de la Asociación Peruano Japonesa con el libro Palabra errante (título provisional de Ave de la noche). También ha sido galardonada en certámenes literarios como el Copé, el premio de novela del Banco Central de Reserva del Perú con Puñales escondidos y el Juan Rulfo que convoca Radio Francia Internacional.