la mudanza

 

Durante varios días Sara imaginó que se mudaba. Se puso a pensar en cómo guardaría las cosas, de qué forma envolvería las cerámicas y las copas de cristal. Tendría que ir al supermercado y pedir cajas de cartón. Pero cajas que no hubiesen transportado comida fresca o frutas porque esas siempre están pringosas o con bichos tropicales entre los pliegues. Pensó en los muebles y los desmontó con la imaginación como si fuesen piezas de un mecano. Todo lo guardaría con cuidado en cajas de diferentes tamaños, los cómics, los libros, los discos, la ropa, los cacharros de la cocina. En cada caja escribiría un inventario de su contenido con rotulador negro de punta gruesa. Se imaginó las cajas en un gran camión de mudanzas de alquiler que ella misma conduciría y la casa vacía. Bajaba sudorosa las escaleras, se paraba en el descansillo, dejaba una caja en el camión y volvía otra vez a por más. Tendría que pedir ayuda a algunos amigos porque habría cosas que ella sola no podría mover. Todo lo pensó de una forma tan minuciosa y detallada que invirtió en imaginarlo el mismo tiempo que si lo hubiese hecho de verdad.

Cuando Sara terminó de imaginar aquella mudanza, y ya estaba metida en el camión imaginario, se dio cuenta de que su imaginación le había llevado demasiado lejos y que tenía que parar aquella farsa. Entonces se bajó del camión y se puso a descargar todas las cajas. Una a una las fue subiendo. Con la imaginación y mucho esfuerzo vació aquel camión inexistente. Durante varios días repitió el mismo ritual pero a la inversa, y sus amigos imaginarios le ayudaron con las cosas grandes. Por fin Sara imaginó que subía todas las cajas y que todas estaban amontonadas en el centro del salón de su casa. Y se sintió más tranquila porque en el fondo no quería mudarse. Pero decidió que era tiempo de hacer cambios e imaginó que desempaquetaba las cajas y colocaba sus diferentes contenidos en otros lugares de la casa. También imaginó que comía, que dormía y que era feliz. Lo imaginó de una forma tan minuciosa y con tanta pasión que no se dio cuenta del engaño. Así Sara se olvidó de vivir la realidad, y la realidad se olvidó de Sara durante varias semanas, hasta que un día sus amigos reales decidieron ir a buscarla y la encontraron convertida en ser de aspecto calavérico e incapaz de comunicarse con nadie. Un ser demacrado y fantasmal que sin embargo imaginaba que era inmensamente feliz.

 

© ana merino


ana merino | España, 1971 | Lincenciada en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Siguió su doctorado en la Universidad de Pittsburgh y actualmente dicta clases en Appalachian State University. En 1994 su primer poemario, Preparativos para un viaje, fue galardonado con el premio Adonais. También es autora de Los días gemelos, La voz de los relojes y Juegos de niños. Ha publicado artículos en revistas y periódicos como Clarín, Letra Internacional, Leer, ABC y dado numerosos recitales y conferencias en España y Estados Unidos. Su obra ha sido antologada en Poéticas de hoy, Joven poesía española, Ellas tienen la palabra y La generación del 99.