CARTAS,
LIBROS Y MUCHACHAS HISTERICAS: HISTORIA DE LA AMISTAD ENTRE
FREUD Y SCHNITZLER
“Me
he atormentado a mí mismo preguntándome
por qué en todos estos años jamás
había intentado que trabáramos amistad
ni charlar con usted. La respuesta contiene esta
confesión, que me parece demasiado íntima.
Creo que le he evitado porque sentía una
especie de reluctancia a encontrarme con mi doble”,
escribió Sigmund Freud a Arthur Schnitzler
en 1922. Pocas cuadras separaban al escritor del
consultorio en Bergasse 19, no obstante nunca las
caminó. Únicamente dos cartas de
Freud (en 1906 y en 1922, ambas con motivo del
cumpleaños de Schnitzler) son el único
testimonio del vínculo que los unió.
La afinidad se inició en
un terreno singular: la cocaína. En 1888 Schnitzler
publicó en una revista médica un artículo
en contra de los detractores de la cocaína; y Freud
ya había revolucionado la medicina al sugerir que
una administración dosificada de cocaína podía
ayudar al paciente sin causarle adicción, sugerencia
realizada tras una investigación global que incluyó autoensayo,
revisión de toda la literatura existente en el tema
y propuestas de uso en las que se vió medicada hasta
su futura suegra.
Arthut Schnitzler había
nacido en 1862 en Viena, en el seno de una familia adinerada
de origen judío. Su padre fue un célebre médico
que mostró abiertas reticencias a la inclinación
de su hijo por las letras. Para complacerlo, Arthur se recibió de
médico laringólogo y especialista en piel,
además de colaborador regular en revistas profesionales,
autor de un tratado sobre las perturbaciones de la voz; se
interesó vivamente en el psicoanálisis y fue
discípulo de Theodor Reik. Sin embargo, nunca dejó de
escribir. Su primer trabajo, Anatol, data de 1892.
Pero ni sus piezas teatrales ni sus relatos tempranos tuvieron
repercusión suficiente como para que dejase su profesión.
Incluso debió pagar de su bolsillo muchas de las ediciones
de sus obras, entre ellas los doscientos ejemplares de La
Ronda que llevaron el sello de “prohibida su venta”.
Ya en Anatol lo
ocupó el tema primordial de su obra: un afán
crítico por las costumbres amorosas de su época,
la Viena del Hotel Sacher, el Café Grunstein -donde
se reunía junto a Von Hoffmansthal y Karl Krauss-
los grabados censurados de Kokoschka, el parque Prater, los
valses; se empecinó en pintar aquella esplendente
burguesía que después de la Segunda Guerra
Mundial desapareció por completo.
La descripción satírica
de los vieneses le causó muchos problemas. El Teniente
Gustl (1901), sátira sobre el honor y el duelo,
le valió la expulsión como médico militar
del ejército y La Ronda (1903) fue estrenada
en el Conservatorio de Berlín, después de la
guerra. En cambio, tras algunas funciones realizadas en Viena
en 1921, la policía la levantó “por razones
de seguridad pública”. Schnitzler murió en
1931 y no llegó a presenciar la quema de sus libros
por los nazis.
Tuvo suerte, por otra parte,
con la pieza Amorío estrenada en el Teatro
Nacional de Viena en 1895, en la cual cada espectador creyó reconocer
su destino. Asimismo con El Profesor Bernhard (1912)
pieza en la que se refiere a un médico judío
y a las manifestaciones antisemitas en Viena. A propósito
de la obra, Schnitzler dirá: “En el futuro, apenas
será posible escribir algo vienés que no incluya
el problema del antisemitismo.”
Su pluma, que había
transitado la novela en Sueños (1912), Casanova último
acto (1918) y Therese (1928), halló su
plenitud en La Señorita Elsa (1924), novela
breve construida en un solo monólogo interior, donde
la introspección psicológica se revela magistralmente.
La acidez de la novela quizá haya estado influida
por los hechos de aquel período: se le había
suicidado una hija, y se le manifestó una dolencia
auditiva perturbadora.
En La señorita
Elsa , la protagonista, una joven de 18 años,
virgen, pasa sus vacaciones en un hotel junto a su tía.
La familia de Elsa estaba formada por los padres y un hermano
dos años mayor. El padre comete un desfalco y ruega
a la hija que para evitarle la vergüenza de la cárcel,
pida prestado al Barón Von Dorsday cierta cantidad
de dinero. A cambio, Von Dorsday exige que Elsa se presente
desnuda. Ella no resiste la idea y se suicida.
Cierto “aire de familia” une
la novela La Señorita Elsa con el estudio
de Freud, Fragmento de un análisis de un caso
de histeria. Caso Dora (1905). En su trabajo, Freud
reformula la teoría del trauma en la dinámica
histérica y hace hincapié en la importancia
irreductible de la sexualidad en las psiconeurosis. Dora
es una joven de 18 años, de familia burguesa residente
en Viena, que presentaba síntomas tales como disnea,
jaquecas y afonías. De su círculo familiar,
conformado por los padres y un hermano año y medio
mayor, el personaje que revestía mayor importancia
para Dora era el padre, quien mantenía relaciones
con la señora K. El señor K., a su vez, pretendía
seducir a Dora. El tratamiento se basó en el análisis
de dos sueños y Dora lo abandonó al cabo de
tres meses. Freud, no obstante, se manifestó optimista
respecto de la cura psicoanalítica. El caso fue publicado
en 1905. En 1923 Dora sufrió una recaída y
consultó a otro médico. En 1925 se editaron
los Historiales Clínicos , en los que Freud
hizo un prólogo especial para el caso Dora. Escribió: “No
ignoro que hay muchos médicos que esperan con repugnante
curiosidad la publicación de mis historiales clínicos,
para leerlos no como una contribución a la psicopatología
de las neurosis, sino como una novela con clave, destinada
a su particular entretenimiento.”
De aquí que puede
afirmarse, entonces, que la lectura del Caso Dora tuvo
una influencia directa en la construcción de La
señorita Elsa , ya que Schnitzler no sólo
era un entusiasta del psicoanálisis, sino que el mismo
Freud le recomendó la lectura del caso en 1906. La
señorita Elsa era una novela con clave: el relato
abría a un mundo de hipótesis y saberes de
la vida sexual y de la neurosis.
Asimismo, la lectura de
la novela de Schnitzler pudo haber pesado en la revisión
del Caso Dora en 1925. La advertencia del autor
respecto de que en el caso no hay ficciones, no impide que Dora pueda
leerse como una novela en el mismo sentido en que Elsa puede
leerse como un ensayo.
Como para evitar las
dudas, he aquí el final de la carta de Freud en
1906: “... ya puede usted imaginarse lo complacido
y eufórico que me sentí después de
leer que usted también ha derivado inspiración
de mis escritos. Casi me entristece pensar que he tenido
que esperar a la edad de 50 años para oír
algo tan lisonjero”.
© Patricia Suárez |