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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

CARTAS, LIBROS Y MUCHACHAS HISTERICAS: HISTORIA DE LA AMISTAD ENTRE FREUD Y SCHNITZLER

Me he atormentado a mí mismo preguntándome por qué en todos estos años jamás había intentado que trabáramos amistad ni charlar con usted. La respuesta contiene esta confesión, que me parece demasiado íntima. Creo que le he evitado porque sentía una especie de reluctancia a encontrarme con mi doble”, escribió Sigmund Freud a Arthur Schnitzler en 1922. Pocas cuadras separaban al escritor del consultorio en Bergasse 19, no obstante nunca las caminó. Únicamente dos cartas de Freud (en 1906 y en 1922, ambas con motivo del cumpleaños de Schnitzler) son el único testimonio del vínculo que los unió.

La afinidad se inició en un terreno singular: la cocaína. En 1888 Schnitzler publicó en una revista médica un artículo en contra de los detractores de la cocaína; y Freud ya había revolucionado la medicina al sugerir que una administración dosificada de cocaína podía ayudar al paciente sin causarle adicción, sugerencia realizada tras una investigación global que incluyó autoensayo, revisión de toda la literatura existente en el tema y propuestas de uso en las que se vió medicada hasta su futura suegra.

Arthut Schnitzler había nacido en 1862 en Viena, en el seno de una familia adinerada de origen judío. Su padre fue un célebre médico que mostró abiertas reticencias a la inclinación de su hijo por las letras. Para complacerlo, Arthur se recibió de médico laringólogo y especialista en piel, además de colaborador regular en revistas profesionales, autor de un tratado sobre las perturbaciones de la voz; se interesó vivamente en el psicoanálisis y fue discípulo de Theodor Reik. Sin embargo, nunca dejó de escribir. Su primer trabajo, Anatol, data de 1892. Pero ni sus piezas teatrales ni sus relatos tempranos tuvieron repercusión suficiente como para que dejase su profesión. Incluso debió pagar de su bolsillo muchas de las ediciones de sus obras, entre ellas los doscientos ejemplares de La Ronda que llevaron el sello de “prohibida su venta”.

Ya en Anatol lo ocupó el tema primordial de su obra: un afán crítico por las costumbres amorosas de su época, la Viena del Hotel Sacher, el Café Grunstein -donde se reunía junto a Von Hoffmansthal y Karl Krauss- los grabados censurados de Kokoschka, el parque Prater, los valses; se empecinó en pintar aquella esplendente burguesía que después de la Segunda Guerra Mundial desapareció por completo.

La descripción satírica de los vieneses le causó muchos problemas. El Teniente Gustl (1901), sátira sobre el honor y el duelo, le valió la expulsión como médico militar del ejército y La Ronda (1903) fue estrenada en el Conservatorio de Berlín, después de la guerra. En cambio, tras algunas funciones realizadas en Viena en 1921, la policía la levantó “por razones de seguridad pública”. Schnitzler murió en 1931 y no llegó a presenciar la quema de sus libros por los nazis.

Tuvo suerte, por otra parte, con la pieza Amorío estrenada en el Teatro Nacional de Viena en 1895, en la cual cada espectador creyó reconocer su destino. Asimismo con El Profesor Bernhard (1912) pieza en la que se refiere a un médico judío y a las manifestaciones antisemitas en Viena. A propósito de la obra, Schnitzler dirá: “En el futuro, apenas será posible escribir algo vienés que no incluya el problema del antisemitismo.”

Su pluma, que había transitado la novela en Sueños (1912), Casanova último acto (1918) y Therese (1928), halló su plenitud en La Señorita Elsa (1924), novela breve construida en un solo monólogo interior, donde la introspección psicológica se revela magistralmente. La acidez de la novela quizá haya estado influida por los hechos de aquel período: se le había suicidado una hija, y se le manifestó una dolencia auditiva perturbadora.

En La señorita Elsa , la protagonista, una joven de 18 años, virgen, pasa sus vacaciones en un hotel junto a su tía. La familia de Elsa estaba formada por los padres y un hermano dos años mayor. El padre comete un desfalco y ruega a la hija que para evitarle la vergüenza de la cárcel, pida prestado al Barón Von Dorsday cierta cantidad de dinero. A cambio, Von Dorsday exige que Elsa se presente desnuda. Ella no resiste la idea y se suicida.

Cierto “aire de familia” une la novela La Señorita Elsa con el estudio de Freud, Fragmento de un análisis de un caso de histeria. Caso Dora (1905). En su trabajo, Freud reformula la teoría del trauma en la dinámica histérica y hace hincapié en la importancia irreductible de la sexualidad en las psiconeurosis. Dora es una joven de 18 años, de familia burguesa residente en Viena, que presentaba síntomas tales como disnea, jaquecas y afonías. De su círculo familiar, conformado por los padres y un hermano año y medio mayor, el personaje que revestía mayor importancia para Dora era el padre, quien mantenía relaciones con la señora K. El señor K., a su vez, pretendía seducir a Dora. El tratamiento se basó en el análisis de dos sueños y Dora lo abandonó al cabo de tres meses. Freud, no obstante, se manifestó optimista respecto de la cura psicoanalítica. El caso fue publicado en 1905. En 1923 Dora sufrió una recaída y consultó a otro médico. En 1925 se editaron los Historiales Clínicos , en los que Freud hizo un prólogo especial para el caso Dora. Escribió: “No ignoro que hay muchos médicos que esperan con repugnante curiosidad la publicación de mis historiales clínicos, para leerlos no como una contribución a la psicopatología de las neurosis, sino como una novela con clave, destinada a su particular entretenimiento.”

De aquí que puede afirmarse, entonces, que la lectura del Caso Dora tuvo una influencia directa en la construcción de La señorita Elsa , ya que Schnitzler no sólo era un entusiasta del psicoanálisis, sino que el mismo Freud le recomendó la lectura del caso en 1906. La señorita Elsa era una novela con clave: el relato abría a un mundo de hipótesis y saberes de la vida sexual y de la neurosis.

Asimismo, la lectura de la novela de Schnitzler pudo haber pesado en la revisión del Caso Dora en 1925. La advertencia del autor respecto de que en el caso no hay ficciones, no impide que Dora pueda leerse como una novela en el mismo sentido en que Elsa puede leerse como un ensayo.

Como para evitar las dudas, he aquí el final de la carta de Freud en 1906: “... ya puede usted imaginarse lo complacido y eufórico que me sentí después de leer que usted también ha derivado inspiración de mis escritos. Casi me entristece pensar que he tenido que esperar a la edad de 50 años para oír algo tan lisonjero”.

© Patricia Suárez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Patricia Suárez | Argentina, 1969 | Escritora rosarina. Ganadora del Premio Clarín de Novela 2003. Ha incursionado en todos los géneros y publicado las novelas Aparte del principio de la realidad y Perdida en el momento. También es autora de varios libros de cuentos, poemarios, obras teatrales y del ensayo La escritura literaria. Página web en Los Noveles: Patricia Suárez