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La
deshollinadora: Una pregunta acerca de los
caminos de Dios
En
1927, el escritor norteamericano Thornton Wilder (1897-1975) publicó
El puente de San Luis Rey, libro que le valió,
al año siguiente, el primero de los tres premios Pulitzer
que jalonaron su carrera.
Wilder,
profesor de letras en la universidad, no era un novato en la creación
literaria. Había entrado al mundo de la literatura escribiendo
teatro. Su primera pieza tenía una duración de tres
minutos, se llamaba The Angel that Troubled the Waters,
y la escribió en 1915. La dramaturgia, sin duda, fue una
de las vetas más fuertes en él. Sus obras Nuestro
Pueblo (1938) y La piel de nuestros dientes (1942),
le remitieron sendos premios Pulitzer.
Como
Wilder ambientó a sus obras de teatro en los Estados Unidos,
resulta aún más contrastante al contemplar la totalidad
de su obra, el hecho de que los escenarios de sus novelas sean
espacios y tiempos tan alejados de la vida contemporánea.
En este sentido, y aunque las comparaciones son odiosas, puede
pensarse en Wilder como en un Robert Graves norteamericano. Abordó
historias como la vida de una hetaira durante la Grecia pre-cristiana
en La mujer de Andros (1930), la Roma que destituye a
Julio César en Los Idus de Marzo (1948) libro
que suscitó la admiración de Borges, y la Roma del
siglo XIX en La Cábala (1926), entre otros.
“La
literatura, ahora que América se ha descubierto a sí
misma, puede brotar de la soledad y de la reflexión”,
disertó Wilder en una de sus clases, “con menos
énfasis en la observación y más en la intuición”.
Wilder reprochaba la labor de Sinclair Lewis, por ejemplo, quien,
en su obra, abordó concienzudamente un estilo realista
que, hoy, podría juzgarse como inútil. De allí
que él abogara por la novela introspectiva, y que decidiera
poner en ella mucho de lo que él consideraba “humanismo”:
el misterioso sentido de la vida.
El puente de San Luis Rey está ambientado en la
Lima del siglo XVIII. El endeble puente que desde tiempo inmemorial
utilizaban los indios para cruzar un río, cae a las aguas,
arrastrando con él a las cinco vidas que, circunstancialmente,
se hallaban encima. La pregunta que anima al texto es: ¿fue
accidente o estaba la mano de Dios en ese suceso? Fray Junípero
decide averiguarlo, para lo cual elabora exhaustivos informes
sobre las personas que fallecieron en el deceso: la Marquesa de
Montemayor, Pepita, el tío Pío, don Jaime y Esteban.
El informe de Fray Junípero
se asienta sobre la ficción: ningún monje del siglo
XVIII escribiría con el estilo de Wilder, aparentemente
neutro y firme a la vez, el de una persona que no se permite ningún
favoritismo hacia alguno de sus personajes. Asimismo, la novela
se convierte en una descripción de la vida en el virreinato
del Perú, sin ser por esto nada más que una novela
histórica, y, a su vez, siendo una novela histórica
en el mejor sentido del término. (Nunca, excepto en la
actualidad, la novela histórica estuvo tan despojada de
rigor estético.)
Para
Burbank, crítico de la obra de Wilder, en El puente
de San Luis Rey, el autor tomó prestado el argumento
de La carroza del Santo Sacramento de Prosper Merimée,
donde un accidente lleva a la pregunta por las causas. Según
el crítico, la Marquesa de Montemayor está escrita
encima de la silueta de la Marquesa de Altamira del texto de Merimée.
Sin lugar a dudas, la Marquesa de Montemayor, “primer personaje-informe”
de la novela, es uno de los más interesantes por su empecinamiento
en un deseo que le es vedado. La Marquesa ansía que su
hija, doña Clara, residente en España, la ame. Para
ello, la Marquesa consagra su vida a una correspondencia que acabará
pasando a la historia, aunque a doña Clara tales epístolas
la tengan sin cuidado.
Más allá de que
el modelo de la Marquesa no es sino la obra de Madame de Sévigne
(cuyo mayor empeño fue cartearse con su hija, y por ello
es recordada), todos los personajes de Wilder parecen anclados
en un absurdo o en un deseo imposible -teoría, que, de
alguna manera, anticipa el existencialismo. La Marquesa pretende
ser amada por su hija; Pepita, por la abadesa del convento. El
Tío Pío quiere formar actores con un método
de aprendizaje tan exigente que se asemeja a la tortura mental,
y así y todo, él desconoce por qué luego
es odiado. Esteban, para pagar una culpa, ha decidido hacerse
pasar por su hermano gemelo muerto, y don Jaime es apenas un niño
enfermizo. A ellos hay que sumarle el empeño de Fray Junípero
en desconocer que la fe se basa en la aceptación del absurdo.
El resultado poco halagador a los cánones religiosos al
que llega el fraile es que “acaso fuera un designio y acaso
no”. La iglesia limeña, sin embargo, no le permite
a Fray Junípero el beneficio de la duda, y lo condena a
la hoguera. En suma: son personajes demasiado humanos.
De
entre las múltiples lecturas que pueden hacerse, El
puente de San Luis Rey, es, en realidad, un tratado sobre
el amor al otro. Tal como parece decir Wilder, el empeño
en el absurdo es la medida que el hombre tiene para probar su
amor. Y el amor -tema que retomará en La Mujer de Andros-
solo existe mientras vivimos. Así reflexionará la
abadesa hacia el fin de la novela: “Ni siquiera el recuerdo
es necesario al amor. Hay un país de los vivos y un país
de los muertos, y el puente entre ambos, la única cosa
que subsiste, la única que cuenta, es el amor”.
En
tiempos en que la literatura está tan preocupada en contar
intríngulis frívolos, la lectura de El puente
de San Luis Rey es como respirar aire puro.
©
Patricia Suárez
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p
a t r i c i a | s u á r e z |
Argentina,
1969 | @
Escritora
rosarina y colaboradora de LOS NOVELES. Ganadora
del Premio Clarín de Novela 2003 con la obra
Perdida en el momento.
Ha incursionado en todos los géneros y publicado
la novela Aparte del Principio
de la Realidad. En 1997, su cuento Historia
de Pollito Belleza le valió uno de
los premios en el Concurso Juan Rulfo. Su novela inédita,
Flor de lino,
fue finalista del XL Premio Casa de las Américas.
También es autora de varios libros de cuentos, poemarios,
obras teatrales y del ensayo La
escritura literaria. Página
web en LOS NOVELES: Patricia
Suárez |
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