
Irène
Némirovsky es una autora poco conocida en castellano.
Nació en 1903 en Kiev en el seno de una familia
judía. Su vida estuvo marcada por un destino trágico.
Hija de un banquero moscovita, huyó de Rusia junto
con su familia apenas ocurrida la Revolución. Tras
varias peripecias en Finlandia y en Suecia, los Némirovsky
se instalaron en París. Desde entonces hasta el
final de su vida publicó una decena de novelas
y una biografía novelada sobre la vida de Antón
Chéjov. En 1942 fue detenida en Saône-et-Loire
adonde se había refugiado y deportada al campo
de concentración de Auschwitz donde murió
poco después. En español apenas hay traducidos
cuatro o cinco de sus títulos.
Los
emigrados rusos
Entre
1920 y 1930 muchos intelectuales rusos huyeron de la flamante
Unión Soviética, perseguidos o desconformes
con su política. Muchos eran los llamados "rusos
blancos" que solían reunirse para defender
al Zar, entre otras cosas. Nina Berberova escribe: "...a
los emigrados rusos se les da asombrosamente bien lo de
salir a flote. Son muy listos, y saben sacar el máximo
partido de las situaciones delicadas. Son, sin lugar a
dudas, una gente con suerte." Las dos capitales del
exilio ruso fueron Berlín y París., a tal
punto que la supuesta hija del Zar, librada milagrosamente
de la muerte, Anastasia Romanov, apareció flotando
en una alcantarilla berlinesa. La historia y los análisis
de ADN demostraron luego que la verdadera Anastasia no
se libró de nada y murió en Ekaterinburgo
junto a sus padres.
Los
escritores emigrados fueron muchos; entre los más
célebres se cuentan: Vladimir Nabokov, Iván
Bunin, Nina Berberova, Irène Némirovsky
y Marina Tsvetaia quien a finales de los '30 regresó
a Rusia y murió allí.
En
su autobiografía Habla, memoria, Vladimir
Nabokov relata que había entre los emigrados un
gran número de buenos lectores, lo cual garantizaba
el éxito de una publicación "a una
escala relativamente grande; pero como ninguno de estos
escritos podía circular por la Unión Soviética,
toda esa actividad adquiría cierto aire de frágil
irrealidad". Las editoriales se llamaban Orión,
Cosmos y Logos, entre otras: eran la metáfora de
un universo. En la vida del emigrado eran características
las tertulias en las que se leía el material literario,
un poco como en los salones del siglo XVIII. Esto garantizaba
la supervivencia intelectual de este grupo humano, así
como conservar la lengua materna, el ruso, como lengua
de escritura. Sin embargo, a lo largo de los años
muchos autores rusos se adaptaron a escribir en otras
lenguas, y hubo quien desde el comienzo lo hizo en otro
idioma. Nabokov es famoso por su polilingüismo. E
Irène Némirovsky, por ejemplo, escribió
desde los comienzos en francés. La aprendió
en su infancia y la consideraba su segunda lengua.
Escribir
en una lengua diferente de la natal parece una característica
propia de los autores de Europa del Este, aun en la actualidad:
Milán Kundera dejó el checo por el francés
y Stephen Vizinczey el húngaro por el inglés.
Tal como dice un polaco en un cuento de Katherine Ann
Porter: "Yo tengo que aprender todos los malditos
idiomas, pues nadie habla polaco excepto los polacos".
La
literatura de los emigrados está marcada por el
signo de la nostalgia. Si bien uno podría decir
que en toda literatura del exilio aparece la nostalgia
como elemento literario, en el caso de los rusos este
elemento se refleja en el recuerdo del paisaje, los bosques,
las estepas y la nieve, las posesiones perdidas, como
la dacha y la servidumbre. En sentido lato, hacen
referencia al paraíso perdido: la vieja Rusia y
la infancia. No obstante, en la literatura de Irène
Némirovsky estos elementos están velados
y el que anhela Rusia nunca es el narrador sino alguno
de los protagonistas.
El
comienzo
En
1929 Irène Némirovsky envió al editor
Bernard Grasset el manuscrito de su primera novela David
Golder. Estaba escrita en francés. El texto
entusiasmó al editor, quien la publicó de
inmediato. Fue saludada por una crítica sorprendida
por la juventud de la autora y el crítico Paul
Reboux quien fuera uno de los primeros en llamar la atención
sobre la joven Colette en su momento, auspició
grandes éxitos a Némirovsky. La crítica
francesa, tan acartonada a su Academia, nunca se adaptó
a la precocidad de sus autores y siempre los miraron como
a bichos raros. Encima, no son escasos en autores jóvenes
y brillantes: desde Rimbaud, pasando por Alain Fournier,
a Colette y Françoise Sagan.
David Golder narra la historia de un banquero ruso-judío
que vive en París. Está continuamente sometido
a los caprichos de su esposa y de su hija, a quien adora,
y por ellas pierde la cabeza y la fortuna. A comienzos
de la novela, David Golder se desmaya y le es diagnosticada
una angina de pecho. Debe descansar, pero le resulta imposible:
tiene que seguir haciendo negocios. Viaja por barco a
Rusia, se reencuentra con su paupérrimo pueblo
natal y durante el viaje de regreso muere.
Escrita
con un estilo preciso y detenido, la obra no es sino una
versión adecuada a las primeras décadas
del siglo de La muerte de Iván Illich de
León Tolstoi. La enfermedad y la muerte están
aliadas frente a la negligencia del protagonista: aunque
se niegue a verlo, su fin está cerca. Tolstoi escribió
su obra como una fábula sobre las vanidades de
la vida. Tanto allí como en la mayoría de
los autores eslavos aparece una sola verdad: "siento
dolor, gracias a eso sé que estoy vivo" y
"mi dolor es lo único que tengo". Turguenev
hablará del dolor espiritual: el amor no correspondido,
o la búsqueda de una vida con sentido como en Rudin,
el héroe ruso que marcha a luchar a las barricadas
francesas en 1789. En Pushkin este dolor es el del honor
perdido, en Gógol y también a veces en Dostoyevski,
la miseria. Tal vez en los emigrados este dolor de vivir
fue reemplazado por la nostalgia, por eso tantos personajes
de Nabokov (Pnin, por ejemplo) sienten que viven como
si estuvieran muertos. Némirovsky también
sigue la tradición rusa: el dolor existe para recordarnos
que vivimos y que lo estamos haciendo mal. Las vanidades
pertenecen al mundo de las apariencias; en el mundo real
sufrimos y nos estamos muriendo.
La
obra
Un
año después, Irène Némirovsky
publicó El baile, novela muy breve en que
vuelve sobre el universo de los ricos: el millonario débil,
la esposa insaciable, la hija sensible e insastifecha.
Este texto acentuó su comparación con novelas
de Colette como Sido o La gata. Fundamentalmente
el paralelo se debe a la época y la lengua en que
fueron escritos, ambas suelen tener protagonistas femeninas
inconformes, introspectivas y muchas veces perversas,
y en la búsqueda de imágenes inusuales sobre
la naturaleza y los sentimientos.
Su
universo literario eran los ricos, un poco como sucedía
con Scott Fitzgerald, y volverá a ellos en Los
perros y los lobos. Ada es judía y millonaria
y se asombra de la esclavitud de los ghettos. Ella imagina
que nunca acabará allí: "a mí,
unas cosas parecidas nunca me pasarán". Sin
embargo, está en su destino. Si entendemos el destino
como aquello de lo que no se puede escapar y a lo que
uno está unido por lazos sanguíneos y geográficos
y que constituyen a lo largo de la historia una cadena
de eslabones vinculantes.
Es
el mismo destino del que Némirovsky no logrará
escapar. Estaba redactando Suite française
cuando es detenida y enviada al campo de concentración
de Auschwitz donde morirá. Su marido fallecerá
tres meses después.
El maestro Chéjov
Entre las obras póstumas de Irène Némirovsky
se cuentan La vida de Chéjov (1946), Les
biens de ce monde (1947) y Les feux de l'automne
(1948).
La biografía de Chéjov es un texto espléndido.
Trabajado desde la tercera persona, hace hincapié
en sus orígenes (el abuelo era un siervo que compró
su rescate y el de sus hijos), la infancia y la vida familiar
del autor: la violencia de su padre, un tendero de Taganrog;
sus seis hermanos, la austeridad, la carrera de medicina,
la disipación de los hermanos. Hasta la muerte
de su padre, Antón Chéjov se constituyó
en el sostén económico de su familia. De
allí la escritura febril de cuentos que rápidamente
podía vender en periódicos y revistas. Cuando
le pedían que descansara, que no escribiera tanto,
que retuviera el impulso en pos de la calidad, él
sólo respondía: "Mamá y papá
tienen que comer".
A
su vez, el libro es un compendio de consejos para escribir.
Escribe Némirovsky: "El cuento, para ser logrado,
exige las cualidades que Chéjov poseía de
nacimiento. El sentido del humor: una novela larga y trágica
da una impresión de fatalidad grandiosa; un relato
corto en el que la tristeza es demasiado pesada y tétrica
abruma y repele. El pudor: un novelista puede (y a veces
debe) hablar de sí mismo; para un cuentista, eso
es imposible: tiene el tiempo contado; el que escribe
no puede entonces mostrarse en su complejidad, en su riqueza;
lo más prudente para él es mantenerse al
margen".
Némirovsky,
además, escribe una breve lección de literatura
rusa, comparando la producción de Chéjov
con la de Tolstoi, amigos y contemporáneos. Sus
diferencias de filosofía y la tragicidad con que
encaraban sus textos estaba dada por la clase social y
el lugar de que venían. Tolstoi, el gran señor,
idealizaba a los humildes; Chejov, el plebeyo, había
sufrido demasiado la brutalidad de los humildes como para
sentir por ellos algo más que compasión.
Tolstoi despreciaba la elegancia, el lujo, la ciencia,
el arte. Chéjov amaba todo eso de lo que él
había carecido de pequeño. Tolstoi odiaba
a las mujeres y el amor carnal y la sensualidad, ya que
eran las debilidades de su propia naturaleza apasionada.
Chejov, delicado, enfermo, no comprendía la naturaleza
de este pecado, que en él nunca se había
manifestado de una manera arrolladora. Había entre
ellos un abismo insalvable.
La
biógrafa termina el texto con el recuerdo de Máximo
Gorki sobre el funeral de Chéjov. Introducir este
texto parece un simple detalle, sin embargo, está
escrito en clave chejoviana. Si Chejov hubiera estado
vivo, habría relatado su propio funeral.
Los
frutos
Irène
Némirovsky dejó una docena de libros escritos
en su corta vida. Cada uno de ellos brilla como una obra
maestra. Su amor por la literatura es evidente: miraba
el mundo casi como un mero material literario. En 1937
nació su hija Elizabeth Gille, que sobrevivió
al Holocausto. La hija también fue escritora, y
en sus libros se rastrean los elementos literarios que
interesaban a la madre. Tal vez haya sido una pura coincidencia
que una madre escritora haya generado una hija escritora,
pero esto es difícil de creer. Algunos estudios
dicen que en los genes vienen la inclinación a
la creación literaria. Esto también es difícil
de creer. Solamente el amor es hereditario.
Bibliografía
de Irène Némirovksy:
L'enfant génial, paru en 1927 dans la revue
"Les Oeuvres libres"
Le Malentendu, paru en 1926 dans "Les Oeuvres
Libres" et repris aux Editions Fayard en 1930
David Golder, Grasset 1929 David Golder, Grasset
1986.
Le Bal, Grasset 1930 Le bal, Les cahiers rouges
/Grasset, 1985
Les Mouches d'automne, Grasset 1931L'Affaire Courilof,
Grasset, 1933
L'Affaire Courilof, Grasset, 1933 L'affaire Courilof,
Les cahiers rouges /Grasset, 1990
Films parlé, Gallimard, 1934 Le Pion sur
l'échiquier, Albin Michel, 1934
Le Vin de solitude, Albin Michel 1935
Jézabel, Albin Michel, 1936
La Proie, Albin Michel, 1938 La Proie, Albin Michel,
1992
Deux, Albin Michel, 1939
Les chiens et les loups, Albin Michel, 1940
La Vie de Tchekov, Albin Michel, 1946
Les Biens de ce monde, Albin Michel, 1947
Les Feux de l'automne, Albin Michel, 1957
En
castellano:
David Golder. Colección El espejo de tinta,
Grijalbo, 1987. Círculo de Lectores, 1988
El baile. Muchnik Editores, 1988
Fogatas. Muchnik Ed., 1988
Los perros y los lobos. Muchnik.
La dramática vida de Anton Chejov. Los libros
del Mirasol. Fabril Editora, 1961.
Bibliografía.
Habla, memoria. Vladimir Nabokov. Anagrama, 2000.
La peste negra. Nina Berberova. Circe, 1989.

Copyright
© Patricia Suárez
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