CIRCULO
En Augusta, Australia, cuando tenía diecisiete o dieciocho años, la detuvieron. Su padre arregló entonces todo el asunto en la tienda, y no hubo percances. Se quedaron allí unas semanas más de lo planeado, de manera que él aprovechó la estadía para hacerle un hijo a una extraña: de esa unión nació su hermana Fanny, la que vista a cierta distancia parecía un pájaro cormorán. Ahora ella no podía recordar si el asunto por el cual la detuvieron fue justo antes o justo después del amorío de su padre con la extraña.
Ella con el teléfono en la mano.
Él: ¿Sigues en Gotemburgo?
Malvina: Sí.
Él: Habías dicho que me amabas.
Malvina: Sí, sí.
Él: Muchas veces lo has dicho.
Malvina: …
Él: Incluso antes de irte, cuando…
Malvina: Sí, sí. Ya sé.
Él: Nunca me dijiste que yo fuera un capricho.
Malvina: No, claro que no.
Él: Y ahora resulta que…
Malvina: No sé. No sigas.
Él: ¿Se lo dijiste a tu marido?
Malvina: No. ¿Quién te piensas que soy?
Él: Pero me lo dices a mí.
Malvina: Tú has dicho que te diga siempre la verdad, ¿no?
Él: Sí, pero…
Malvina: Te estoy siendo sincera. ¿No querías eso?
Él: Sí, sí. También me dijiste que me amabas y…
Malvina: Ya sé, David, que te lo dije.
Él: ¿Entonces?
Malvina: No sé cómo me pasó. Me acosté con él, nada más.
Él: ¿Así de sencillo?
Malvina: Sí. No significó nada para mí. Ya ves.
Él: ¿Cómo "nada"?
Malvina: Fue un momento.
Él: ¿Un momento? Me estás matando, Malvina.
Malvina: No sé. Subimos una montaña. El aire, el paisaje, algunos abedules todavía florecidos… Estábamos subiendo la montaña; él es un hombre mayor y le costaba subir. Era muy empinada. Había un lago entre las montañas, de aguas muy azules, de color caribeño, verdaderamente. Era un lago con nombre de mujer, Luisa o Issa, ahora no recuerdo bien. La guía explicó algo al respecto de las aguas del lago, y él me lo tradujo, porque él es mejicano. Sabes que no hablo bien inglés -todos acá creen que soy polaca porque lo hablo mal y no se dan maña para entenderme-. Había nieve derretida y él la pisó y se resbaló. Se llevó la mano al costado del pecho y puso una expresión dolorida. Yo creí que se iba a morir en ese instante; eso me dio mucha impresión. La guía lo ayudó a levantarse.
Él: ¿Le dio un infarto?
Malvina (ríe): No, no. Un calambre.
Ël: ¿Un calambre?
Malvina: Una cosa de nada, sí. Después seguimos subiendo más lento, íbamos charlando.
Él: Te sedujo.
Malvina (ríe): ¿Ahí, entre los abedules?
Él: ¿Y dónde?
Malvina: En… en… ¿qué importancia tiene?
Él: No sé.
Malvina: ¿Estás enojado?
Él: …
Malvina: Me haces sentir culpa.
Él: Estoy decepcionado, más bien. Habías dicho que me amabas y…
Malvina: ¿Otra vez con lo mismo?
Él (lloriqueando): ¡Encima me maltratas, Malvina!
Malvina: ¿Qué tiene que ver que te haya dicho que te amaba? ¿Acaso esto lo niega?
Él: Yo… Es muy duro para mí.
Malvina: Sí, sí. Me imagino.
Él: Estar tanto tiempo lejos de ti y que me vengas con esto ahora… ¿Qué carajo estás haciendo tanto tiempo allá? Todos dicen que el clima es horrible…
Malvina: Patino en los lagos congelados. Me gusta.
Él: Podrías romperte una pierna.
Malvina: David…
Él: ¿Te has enamorado del viejo?
Malvina: No.
Él: Regresa.
Malvina: No puedo.
Él: ¿Qué carajo estás haciendo ahí?
(¿En un país pasmado a treinta grados bajo cero?)
Malvina: Esquío, también. Estoy aprendiendo a esquiar.
Él: ¿Qué?
Malvina: …
Él: Explícame más el asunto ese del viejo, por favor.
Malvina: No.
Él: Quiero entender.
Malvina: …
Él: Tengo que saber.
Malvina: Te pondrás mal.
Él: ¡Qué! ¿Por qué? ¿No es que no era nada importante? Dime, Malvina.
Malvina: No.
Él: Te exijo que me cuentes.
Malvina: Era un hombre viejo. Me compadecí de él.
Él: Eso ya me lo dijiste.
Malvina: ¿Qué?
Él: Lo de la vejez.
Malvina: Ah.
Él: ¿Cuánto era de viejo?
Malvina: No sé. No le pedí el pasaporte.
Él: No.
Malvina: No.
Él: ¿Y después?
Malvina: Nada, ya sabes.
Él: ¿Cómo "ya sabes"? Yo no sé nada. ¿Te acostaste o no te acostaste con él?
Malvina: Sí.
Él: Oh.
Malvina: No fue algo importante.
Él: No sé.
Malvina: Si te pone mal que te lo cuente, ¿para qué quieres que lo haga?
Él: Yo no dije que me ponga mal. Eso es asunto mío.
Malvina: Lo haces difícil.
Él: ¿Yo lo hago difícil?
Malvina: Sí.
Él: No. De una vez dime qué pasó.
Malvina: Nada, nada. Después no nos vimos más, claro.
Él: ¿Y qué pasó en la cama, Malvina?
Malvina: ¿No te da vergüenza preguntarme eso?
Él: No.
Malvina: Ahora que lo mencionás tuvimos algunos problemas. Nada serio.
Él: ¡Solamente a ti se te puede ocurrir acostarte con un viejo!
Malvina: No era tan viejo.
Él: ¿No?
Malvina: No.
Él: ¿Y qué hizo? ¿Se lo untó con una pomada?
Malvina: ¿Qué? Ah. No. No tenía problemas de erección.
Él (desilusionado ostensiblemente): Ah.
Malvina: Era asmático.
Él: ¿Asmático?
Malvina: Tuvimos que llamar a una enfermera. Ella lo inyectó.
Él: ¿Una enfermera…?
Malvina: Antihistamínicos. Fue cosa de un instante. Era de la Clínica Sofía, son licenciadas en enfermería, nada improvisadas. Él se repuso enseguida.
Él: Malvina…
Malvina: Me tengo que ir, David. Es tarde.
Él: ¿Irás a Estocolmo?
Malvina: Sí.
Él: ¿Por qué no regresas de una vez, Malvina? Tenemos que hablar, tengo que verte, yo no sé si podré superar…
Malvina: Basta. Tengo que irme.
Él: ¿Irás con el viejo a Estocolmo?
Malvina: Ya te dije que no es tan viejo.
Él: ¿Tú estás o no estás con el viejo, Malvina?
Malvina: No.
Él: ¿Estarás con Chantal?
(¿Qué dice? ¿Chantal?)
Malvina: No te oigo bien.
Él: Si estarás con Chantal. Me dijiste que te ibas a casa de la dulce Chantal. La describiste como dulce.
(¿Quién es Chantal?)
Malvina: Ah. No, no. Con Bárbara.
Él: ¿Qué Bárbara?
(¿Qué Bárbara?)
Malvina: Mi prima.
Él: ¿Es la hermana?
(¿Eh?)
Malvina: Claro.
Él: ¿Puedo llamarte ahí?
Malvina: ¿Ahí?
Él: A lo de tu prima.
Malvina: Ah, sí. No, no. Son muy celosas. Susceptibles.
(¿Qué es lo que quería decir susceptible?)
Él: …
Malvina: Me están llamando, David. Tengo que irme.
Él: ¿Quién te está llamando? ¿Es el viejo? Malvina, ¿es…
Malvina: Te llamo después.
Él: Malvina, Malvina...
Malvina: Después, después, después… Adiós.
Él estaba esperándola en el salón del hotel; cuando su sombra dio sobre la nieve, al otro lado de la ventana, era de color azul. Ella se acercó y le sonrió. No podía saber con exactitud cuál era la expresión de él a través de los anteojos espejados. Detrás, sus ojos eran color café, muy intensos, y tenía en la parte superior de la frente esa arruga horizontal típica de los universitarios angustiados por los exámenes, y que él disimulaba tapándosela con el flequillo. El resplandor del sol sobre la nieve, había bronceado su piel y la hacía brillar como un ídolo pagano pintado con laca. Ella, en cambio, tenía el rostro insolado y rojo, una sueca la observó y a modo de chiste le dijo que parecía un monje inglés, insolado, y borracho de ginebra. Aún callado, la respiración de él silbaba. Había murmullos de tazas y pasos gatunos de los camareros del hotel.
Malvina: ¿Tomamos algo?
Manuel (nervioso): No sé.
Le sudaban las palmas de la mano. En la izquierda, tenía la marca blanca que delataba la ausencia de su reloj pulsera. No era nada extraordinario, un Citizen automático de veintiún joyas, con las agujitas doradas y en las puntas el círculo verde que fosforecía en la oscuridad. Ella lo había guardado en el bolsillo interno de la valija, donde había escondido también la alianza de matrimonio (el estrecho círculo dorado que encerraba las idas y venidas de su vida), porque no se había atrevido a contarle que era casada. En Lausanna ya le compraría ella otro reloj; él no debía lamentarse por haberlo perdido. Las personas deberían entrenarse en el arte de perder objetos y no andar luego llorándolos como a un niño muerto. No importa en verdad qué cosa le ocurrían a los objetos desaparecidos, el hecho era que al perderse volvían a formar parte del azar del que habían sido sustraídos por un tiempo para adueñarse de ellos. Es la misma razón por la que algunas personas engañadas por sus amantes o bien, que padecen de celos retrospectivos, desean conocer el engaño y el pasado del otro con todo lujo de detalles, por dolorosos que estos fueran: es el modo de volverse dueño del tiempo. No hay nada más aberrante, pensaba ella, que las oficinas de objetos perdidos.
Manuel: ¿Hablaste con tu padre?
Malvina: Sí.
Manuel: ¿Le dijiste de lo nuestro?
Malvina: No.
Manuel: Claro.
Malvina: Es muy reciente.
Manuel: Seguro que se molestará.
Malvina: No. ¿Por qué lo haría?
Manuel: Los padres son muy celosos.
Malvina: No creo. No el mío.
Manuel: Ya lo veremos.
Malvina: Le gustará tener un pariente recién recibido de médico.
Manuel: ¿Por qué?
Malvina: Por su enfermedad, claro.
Manuel: ¿Qué enfermedad? No me dijiste que estuviera enfermo.
Malvina: Ah, ¿no? Vale. Es que trato de no pensar en eso; me altera. Tuvo un accidente hará cosa de dos años. Lo atropelló un camión en la ruta. Sí. Le rompió la columna.
Manuel: Ohhh…
Malvina: Algo espantoso.
Manuel: Cuánto lo lamento. Yo…
Malvina: No es nada, Manuel. Hagamos como si no te lo hubiera dicho.
El año anterior, en Alberta, en el bus de Edmonton a Calgary se apropió del libro que leía la anciana sentada al lado suyo. Fue una tontería, puesto que ella no podía leer en inglés ni de corrido ni con la ayuda de un diccionario, y el libro era una voluminosa novela victoriana; le gustó porque estaba forrado con papel araña azul, tan parecido al cuaderno de notificaciones que ella usaba durante la escuela primaria. La anciana echó de menos el libro (en el margen superior de la primera hoja, rasguñado en tinta negra, decía: "Ifie Barnes" ¿sería este su nombre?), se aburría y marchitaba a ojos vistas.
Durante un momento Malvina temió que la vieja decidiera denunciarla al chofer, y que se impusiera una revisión de bolsos y pertenencias personales: quizá el libro era una posesión valiosa para ella. Un loco puede ejercer su locura con felicidad hasta que tropieza con otro loco, decía sabiamente su padre. ¿Y si la vieja era una maniática de los libros? Finalmente, para su fortuna, la vieja se cambió de asiento, ubicándose junto a otra mujer de edad que conversó con ella hasta que arribaron a la estación. En Vancouver se consiguió una corbata que pertenecía al piloto de avión sentado a su lado en la sala de espera del aeropuerto; era de seda verde e imitaba al muérdago porque estaban en la época de la Navidad, él la llevaba en el bolsillo derecho del saco, enrollada como un áspid encantada, y ella la sacó con sus dotes de punguista, asiéndola con las menudas yemas de sus dedos; una vez llegada a la Argentina se la regaló a su marido. En Winnipeg se hizo con la llave del baño de un café, y en Toronto con la toalla floreada (¿nomeolvides? ¿petunias?) de la pensión de Mrs. Elisabeth, la polaca que le alquiló un cuarto. Se la pasó robando pequeñas cosas a lo largo y lo ancho del Canadá. Suecia, lamentablemente, no era lo mismo.
Ella le dijo que la esperara un momento, que iba a buscar unos cafés y luego podrían nadar en la piscina del hotel. Tenía pasión por un café llamado "Riviera francesa", que le quitaba el sueño si lo bebía de noche; él le encargó el café "Java". La miró irse, con esos pasos livianos que su madre, allá en Patzcuaro, denominaría de "pies de lana". Cuando estuvo fuera de su vista, él hurgó dentro del bolsillo de su abrigo, una clase de abrigo muy grueso hecho más que nada para los alpinistas que debían resistir el frío excesivo. Consistía en dos camperas unidas una con otra por botoncitos y lazos: la exterior era impermeable ciento por ciento -así decía la etiqueta-, y la interior era de un género llamado "polar", semejante a una lanilla muy espesa. Su madre le había cosido un bolsillito secreto en esta última, para que él guardara el dinero o alguna cosa de valor. Él extrajo de allí una alianza de matrimonio. La hizo girar en su palma, jugando a que era como una moneda que pudiera tener cara y cruz, luego la puso al filo de la luz, para contemplar cuántos y qué clase de destellos hacía el anillo en cuestión. La camarera apostada junto a la ventana le hacía sonrisitas; seguramente pensaba que él habría de pedir en matrimonio a la mujer que lo acompañaba: él le devolvió la sonrisa y la camarera hizo un mohín que el tradujo como "estoy disponible" (su madre decía de él que tenía con las mujeres la suerte del perro amarillo). Leyó la inscripción en el interior del anillo: "Marcio y Malvina: por siempre". Percibió con esa especie de sexto sentido que la naturaleza lo había dotado (sus antepasados habían sido cazadores). A la llegada de la mujer, guardó aquel círculo de los embustes (un modo de decirlo, también podía llamárselo círculo de las libertades) en el bolsillito secreto de su campera interior. La mujer le dio el alto vaso con café de Java, lleno, hasta el tope; le advirtió: "Ojo con los labios: podrían quemársete".
© Patricia Suárez |