| acerca de Los Noveles | staff | archivo | autores | convocatoria | enlaces | contacto |

 

Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

EL ABEDUL

 

When I see birches bend to left and right
Across the lines of straighter darker trees,
I like to think some boy's been swinging them.

Robert Frost

 

Fue papá el que decidió que sería yo la que debía cuidar a la tía Magda. Tenía neumonía y estaba en cama; necesitaba de alguien que la atendiera. La tía Magda era la hermana mayor de papá, le llevaba como diez años, y vivía en un caserón en La Florida.

En ese entonces, yo estaba embarazada de tres meses y mi marido trabajaba en otra ciudad: venía todos los fines de semana a verme. Cuando hablaba con él sobre el embarazo, él miraba un punto gris en el infinito, y sus ojos parecían soñolientos. Se mantenía circunspecto frente al tema, pero al fin declaró que resultaría mejor para los dos que él viajara a verme sólo cada quince días: sería una forma de ahorrar.

Ninguno de nosotros acostumbraba a discutir las decisiones de papá, además, mi hermana menor está peleada con él y hace meses que no le habla -él la considera un poco una oveja negra- y mi otra hermana, la mayor, tiene cuatro chicos. De todos modos, fue mi hermana mayor -yo creo que ella me detesta desde que éramos niñas porque ella era enfermiza y yo nunca estaba enferma- quien insistió para que fuera yo la que se ocupara de la tía Magda. Halagó mis virtudes de enfermera con una vehemencia tal que, cualquiera que la hubiera oído a cuatro leguas a la redonda, habría creído que yo soy especialista en enfermería.

Papá prometió ocuparse de Ferdinand, mi perro. Es un retriever color dorado que compré en una exposición en el Kennel Club hace dos años. El dueño quería deshacerse de él a toda costa: había mordido a otros perros, y así había perdido la medalla. No le importó vendérmelo barato. El perro enseguida se hizo mi amigo: yo lo llamo Chicho en la intimidad.

Lo de los nombres es un asunto importante, me digo a veces. En algunos momentos tengo ganas de que mi hijo se llame Andrés, pero después pienso que el nombre Andrés es una porquería. Hay que pensar que un nombre debe llevarlo uno toda la vida. Sé de gente que odia a sus padres por el nombre que tienen. Entonces dudo acerca de cuál nombre debo ponerle a mi hijo. Una vez me contaron de una mujer que se llamaba Margarita y sus tres hijas, como ella, llevaban nombres de flores: Dalia, Violeta y Rosa. Los que me contaron la historia aseveran que Rosa no creció nunca: era enana o retardada, y siempre permaneció con un aspecto de niña de ocho años. Murió a los 53, cuentan, estaba saltando a la cuerda cuando le dio un infarto.


La tía Magda tardó en reconocerme cuando me vio. Tuvo que calzarse sus lentes de ver de lejos, y ahí se acordó de que yo era Iris, su sobrina del medio. No se mostró muy alegre de verme. Enseguida preguntó por papá, por qué papá no había ido a verla. Y yo le dije que era porque él estaba muy ocupado. Le dije eso, sí, aunque yo sabía que papá estaría disfrutando de pasear mi perro en el parque, y de la vista del río que hay desde la ventana del comedor, en mi departamento.

(Hace poco soñé que mi marido compraba una casa en un lugar llamado Colonia, que era una especie de ciudad flotante, a igual distancia de Rosario y de Santa Fe, y uno podía tardar minutos en ir de Colonia a cualquiera de las ciudades subiéndose al tren que iba por los puentes colgantes. Todos saben que hace rato que aquí no hay trenes funcionando. Cuando le conté el sueño, mi marido se quedó mirándome).

Sin embargo, papá no había ido porque estaba seguro de que la tía Magda iba a morir. Ha visto a muchísima gente recuperarse de la neumonía, aún a gente de mayor edad que la tía, pero él olía a la Muerte desde lejos. Era como en el cuento ruso aquel, en el que el héroe puede ver a la Muerte sentada a la cabecera o a los pies de la cama del enfermo, según el trance en que éste se halle. Claro que papá no había dicho a nadie que la tía Magda iba a morir. Pero creía en ello. Y temía. Yo supe que él lo sabía por su forma de esquivarnos, no respondía a nuestras preguntas directamente, ni nos miraba de frente a los ojos. El huía de toda señal de la muerte como si él mismo o cualquiera de los que lo rodeábamos fuéramos a ser eternos. Cuando murió la abuela, por ejemplo, en el '85, papá estaba en Cerdeña. Nunca supimos bien por qué se empeñó en hacer ese viaje a Cerdeña, no era un lugar que él quisiera visitar fervientemente. Yo creo que prefería Tandil a Europa, pero él cruzó el Océano, la abuela murió, y cuando él regresó la abuela ya estaba enterrada y su tumba coronada de crisantemos. No lo angustió en lo más mínimo no haberse despedido de su madre. Después dedujimos que papá viajó, huyó a Cerdeña, para evitarse la muerte de su madre. Él ya sabía la fecha en que ella iba a morir. Nosotros sabemos que papá tiene estas intuiciones.


Una enfermera venía dos veces al día a atender a la tía Magda. Le inyectaba una poción aceitosa, y la hacía tomar antibióticos. Cuando hablaba de la tía Magda, la enfermera la llamaba siempre "la señora mayor". Mi tía tenía ochenta y cuatro años acabados de cumplir en marzo.

Una cosa que me llamó la atención en aquel tiempo que pasé con ella, fue cómo su piel fue poniéndose cada vez más pálida y cristalina. Tenía la blancura de la cáscara de un huevo. Había sido una mujer difícil, iracunda. Solía estar roja de rabia cada vez que íbamos a visitarla, de chicas. Montaba en cólera por cualquier cosa: porque tocábamos el helecho, porque ensuciábamos la fina mantelería sobre la que ella nos servía los tazones de leche y cacao, y que, como si fuera un destino, se resbalaban de nuestros dedos. Nunca nos preguntamos por qué se había quedado soltera: su carácter lo explicaba todo. A medida que envejeció, su único amor fue el abedul plantado en el patio por los dueños anteriores del caserón.

Mientras estaba en cama, tía Magda me preguntaba: ¿Está bien el árbol afuera? Claro, tía, decía yo, ¿cómo va a estar? Porque en aquel entonces yo no me imaginaba que un árbol, un abedul, pudiera enfermarse o sentir o algo así. Ella, a veces, lo llamaba El Emperador. Decía, ¿Regaste al Emperador? Yo pensaba, cuando ella hablaba así, que se refería a una clase en especial de abedules, como existen los pinos brasil o los álamos mussolini. Mucho después supe que no hay ninguna especie que se llame abedul emperador en lo ancho de la tierra; que se trataba de un nombre con el que ella lo llamaba: de un nombre cariñoso.


Una tarde, me contó la historia completa del caserón en el que vivía. Lo había comprado de vuelta de un viaje. Ella había ido a Chile con una amiga, Susy, me dijo que se llamaba la amiga. Antes, explicó la tía Magda, era muy frecuente hacer un viaje cuando alguien quería olvidar un amor, un amor que no le convenía, se entiende. Cuando llegaron a Valparaíso, la amiga dijo: Por favor, Magda, esperáme que quiero mojarme los pies en el Pacífico. A ella le cayó muy mal que ahí mismo, sobre la rambla, a la vista de los paseantes, su amiga se quitara las ligas, las medias, las sandalias, que se alzara parte del vestido y de la enagua, solamente para mojar los pies en el mar, el "Océano Pacífico", como lo había llamado. Así que la tía Magda, iracunda como era, siguió caminando y se paró bajo una sombrilla. Tenía tanta rabia que le daban ganas de llorar, me dijo; pero yo después pensé que quizá no era la rabia lo que le daba ganas de llorar, sino, el olvido. Es una hipótesis mía, a lo mejor estoy equivocada. Ella había ido ahí para olvidar. Y quién sabe si el olvido no empieza cuando uno se aguanta las ganas de llorar.

Un vendedor pasó y le vendió un billete de lotería. Ella dijo que no, después dijo que sí, discutió el precio, y al final lo compró. Le gustó el número: 3929: el 29 en la quiniela significa la paloma, y era la edad que ella tenía en ese momento. Cuando pisó de nuevo la Argentina, supo que era la ganadora del segundo premio de la lotería de Chile: así fue como compró su casa de La Florida.

Pasó muchos días eligiendo casas, me dijo. Cuando vio ésta supo que era la que buscaba. Me dijo: Se sabe. Uno está preocupado buscando casa, calculando, y de pronto, al ver la casa que es para uno, le sobreviene una gran tranquilidad: como si la casa dijera: estamos hechas la una para la otra, amor mío.

Los dueños de la propiedad eran rusos: habían escapado de la Revolución, y afirmaban haber tenido una enorme dacha cerca de Moscú. Una dacha con un bosque de abedules. Por eso plantaron el árbol en la casa de La Florida. Para el recuerdo. Y tía Magda compró la casa. Un olvido la había llevado y un recuerdo la había traído. Así son las cosas.

Un mes después aunque no había mejorado, tampoco se la veía peor. Me preguntó hacia el anochecer: ¿Oís cómo canta El Emperador?, y yo le contesté que sí. Lo había nombrado con una voz dulce, extraña, era como la media lengua de los amantes y de los niños. Estábamos en otoño, y se levantaba viento del río. Tal vez a la noche hiciera tormenta. La enfermera vino como todas las tardes, le tomó la temperatura y se puso sonriente cuando leyó en el termómetro que no tenía ni una línea de fiebre "la señora mayor". Fue la única vez que vi la sonrisa de la enfermera: dientes grandes y parejos como los caballos, y encías rosadas.

A la mañana siguiente la tía Magda había muerto. No sé cómo fue, yo estaba en la pieza de al lado y no oí nada. Pero supongo que la muerte, cuando uno es muy anciano, debe ser así. Certera y silenciosa: pasa sin que se escuche un rasguido. Estuve un largo rato hasta poder reaccionar, con un tazón de té con miel para ella y uno de cacao para mí observando cómo se enfriaban esos líquidos sobre la mesa de la cocina. Papá me llamó a las diez de la mañana. Ignoraba lo de la tía, y dijo: Iris, ¿cómo está la tía hoy? Yo le contesté: Murió, papá; y él dijo: Ya me parecía.

Odié a papá por haberme enviado a ver morir a una persona, y juré que me iría de la ciudad, que buscaría una ciudad como la que había visto en mi sueño, y compraría allí una casa que pudiera decirme, como a la tía la suya: Estamos hechas la una para la otra, amor mío.


Me he opuesto terminantemente a la idea de vender la casa de la tía. Al fin y al cabo podría vivir allí alguno de nosotros. Cuando conté la historia del caserón de La Florida a mi marido él dijo que seguramente los rusos habían enterrado debajo del abedul un tesoro. Una bolsa con rublos o rupias, no recuerdo ahora cómo llamó él a la moneda rusa. Yo le dije que si tocaba un solo centímetro del árbol, me iba y no iba a volver a verme. Él creyó en mi amenaza.

Papá dice que por la forma en que tengo la panza, yo voy a tener una niña, y opina que Rossana sería un buen nombre para ella. Yo creo que no. Ni siquiera me he molestado en escucharlo porque sé que él no acierta los sexos de los niños por nacer. Durante cada embarazo de mi hermana mayor vaticinó que tendría un varón, y, fueron cuatro niñas. He pensado en llamar a mi hijo Damián, o Josué, o Darío, creo que son nombres que no me harían odiosa. No concibo la idea de que mi hijo no vaya a ser varón. Dicen que es un deseo común de todas las madres primerizas. No sé, verdaderamente, yo no estoy tan segura.

 

© Patricia Suárez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Patricia Suárez | Argentina, 1969 | Escritora rosarina. Ganadora del Premio Clarín de Novela 2003. Ha incursionado en todos los géneros y publicado las novelas Aparte del principio de la realidad y Perdida en el momento. También es autora de varios libros de cuentos, poemarios, obras teatrales y del ensayo La escritura literaria. Página web en Los Noveles: Patricia Suárez