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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

SARA

Sara, le decían. Sara, el niño llora, o, Sara: las niñas precisan que las peine, que las atienda o lo que fuera. La llamaban Sara pero habrían podido llamarla casi de cualquier otra manera: cuando ella llegó a la casa titubeó a la hora de decir su nombre, a tal punto que prácticamente tuvieron que adivinarlo. No podían apostar a ciencia cierta cuál era el apellido de la mujer: alguien les comentó al tuntún que era Expósito; la dueña de casa, que poseía cierta inclinación por lo novelesco y lo gótico, dedujo que esta Sara habría sido alguna huérfana expuesta a la puerta de una iglesia y recogida por malos curas -en su imaginación, los sacerdotes eran siempre y sin excepción completamente malvados. Esta misma teoría de Sara como de una huérfana que vaya uno a saber qué sangre le corre por las venas, la hizo dudar acerca de confiarle el cuidado de sus hijos, que eran tres: dos niñas y un niño, todavía bebé, al que habían puesto el nombre de Vito, un nombre que no podía ella decir cómo se les había ocurrido. Mas su marido, que toda su vida se había caracterizado por hacer de defensor de pobres -o por lo menos lo hacía delante de ella- intercedió para que tomaran a la mujer como niñera. Se llamaba Sara, tenía treinta años, vivía en Rivas, a la salida de Madrid, y no recordaba haber tenido nunca una enfermedad. Era de estatura mediana, cutis cetrino y ojos pardos que si lo miraban a uno a la luz daban la apariencia de un halcón o un ñeblí al que nada, ningún detalle, se le escapaba. Tenía una linda figura, una aun más linda cintura, y una voz agradable. Hablaba de un modo extraño, arrastrando mucho las eses y haciéndolas sonar como suena el viento justo antes de que se desate la tormenta: a él le recordaba una novia o una especie de amante que tuvo en su juventud y a la que sus compañeros de universidad llamaban Francita, por un modo de hablar similar al de la niñera, o porque se imaginaban, vaya a saber por qué, que eran las francesas un tipo de hembra que llevaban una estufa dentro.


Sara, le decían, y a ellos no se les hacía que podía tal vez llamarse de otra manera. Quizá las niñas lo intuían, y ni siquiera las dos, porque a Marcia, tan parecida a su padre, esas cosas no se le pasaban por el magín; apenas Tini, la más pequeña, la llamaba de cuando en cuando nana. En una ocasión, la dueña de casa -que se hacía llamar señora y no Tecla- había preguntado a Sara si deseaba tomarse libre los domingos por la mañana para ir a misa; como la niñera rehusó, la señora se preguntó si acaso ella sería cristiana; después de todo, Sara es nombre de judía. Pero Sara no hablaba de su religión con nadie a tal que punto que no podía saberse de que ella tuviera religión alguna, y al señor -a quien le daba lo mismo que lo llamaran señor o Basilio- esto le caía en gracia: ya habían tenido problemas con la niñera anterior que se había puesto a hablarle a Marcia de los sacramentos cristianos, y cada vez que la niña le salía con una pregunta metafísica que él no era capaz de resolver, no le quedaba sino darse impotente la cabeza contra la pared y preguntar a voz en cuello: ¿¡Quién le ha estado hablando de Dios a la niña!?: quería que su familia fuera atea y librepensadora, quería que todos fueran demócratas convencidos. Sara solamente salía los sábados, caminaba calle abajo y luego se dirigía al farallón y contemplaba el mar, el lánguido mar, el mar con un anhelo de mujer abandonada por un marino. (Mirando el mar, ella sabía que no se llamaba Sara). Una vez, el señor la encontró de casualidad y luego hizo todo lo posible para que las casualidades se sucedieran nuevamente; muy dentro de su corazón pensaba: la cortejaré, haré que nuestra relación dure lo máximo posible y cuando acabe le diré que no sé a quién acharcarle mi error, le diré que fue una locura temporaria o que ella me hipnotizó con sus ojos amarillos. De todas formas, no podía sostener el señor esta fantasía cinco minutos seguidos porque su atención era capturada de repente ya por su secretaria, ya por la abogada aquella que usaba una falda de gamuza hasta la mitad del muslo y se sentaba en la Corte cruzando y descruzando ampliamente las piernas como si estuviera canturreando.


Sara, le decía la niña mayor, que la adoraba, quedate hasta que me duerma. Y Sara permanecía a su lado, a veces contándole alguna de las docenas de historias que conocía de los libros, porque se notaba que era una muchacha que había leído mucho. Con los niños ella era eficaz: no le costaba hacerlos dormir ni que la obedecieran, a excepción, claro, del bebé, que berreaba a más no poder y como si sus pulmones no fueran completamente humanos. En la alta noche, cuando el bebé rompía el silencio con su llanto, ella entraba en la habitación y lo calmaba: no duraba esto más de unos minutos. El señor suponía que Sara se ponía al bebé al pecho y le daba de mamar; pero la señora enseguida lo sacó del error y lo tachó de ignorante: Una mujer que nunca ha sido madre no tiene leche, so bestia; a lo que el marido se defendió diciendo que no sabían ellos si Sara había sido madre o no alguna vez. El señor se preguntó qué clase de madre habría sido Sara, y su esposa -que nunca había dado el pecho a sus hijos porque temía encariñarse de esta manera con ellos y quererlos demasiado- lo atajó diciendo que seguro habría sido una madre desnaturalizada.


El primer sábado que la alcanzó en el farallón, el señor la conminó a que lo llamara Basilio y no señor, y mientras acariciaba obsesivamente los finos y tensos nudillos de ella, explicó su ansiedad: La vida familiar regular, estable, no existe. El cómo y dónde uno vive, y por consiguiente cuánto uno hace, todo depende de la salud de los niños, mientras que la salud de los niños no depende de nadie. ¡Qué cosa más terrible la noticia de que vomita Vitín o de que Marcita pierde por la nariz un poco de sangre! Inmediatamente se abandona todo, se olvida todo, porque el mundo entero no es ya nada. Lo esencial es el médico, la lavativa, la temperatura... No es uno dueño de comenzar una conversación con alguien o de tener un rato de paz sin que acudan las niñas preocupadas a preguntar si pueden o no pueden comerse una barra de chocolate o qué zapatillas han de ponerse, cuando no eres tú la que se me presenta con el bebé berreando en brazos...
Sara, la llamó entonces él; acentuó con su pasión la letra ese. Cuando intentó besarla, ella se escurrió como agua de entre sus brazos y corrió calle arriba, alzándose un poco las polleras, para tener mayor movilidad en las piernas.


Sara, parecía que susurraba la palmera bajo la cual se sentó y desde donde el señor ya no podía verla ni escrutarla. (Era una palmera con aire de niño bien que acaba de meterse por vez primera en un burdel). Ella conservaba de lo que podría llamarse "su vida anterior" dos imágenes, un concepto y una sola certeza. La primera imagen consistía en su pecho izquierdo, ennegrecido con carbón, y tiznado así para destetar a un bebé -un bebé que ella cargaba y al que nunca había visto- y que el bebé hiciera aquella operación que hacen los bebés desde que el mundo es mundo: que la madre sigue siendo hermosa y mientras que el pecho ya no lo es. La segunda imagen era como una fotografía en blanco y negro: cinco o seis niños, en pantalones cortos, apoyados sobre un muro, en un callejón empedrado; los niños se veían escuálidos y eran un poco morenos: el relato de esta imagen le hizo a ellos -los médicos y las dos enfermeras- creer que se trataba de alguna calle de Lituania o de Belgrado antes de la guerra. (¿De cuáles guerras?) Había una enredadera detrás del muro, y ellos dijeron que quizá fuera una parra o una hiedra, tal vez una glicina. Las flores, dijo ella, eran anaranjadas…, y los doctores menearon la cabeza porque o no había en aquel país flores que se treparan y fueran anaranjadas o no habían visto demasiado el verde en su infancia: la planta era una madreselva, ¿pero cómo nombrarla cuando se ha olvidado hasta el olvido? El concepto que ella retenía, en cambio, era un nombre propio: Francisquito. Al comienzo, ellos -los médicos, las dos enfermeras y ella- supusieron que se trataba de el lugar, del sitio viudo del que ella provenía; sin embargo, no lograron ubicarlo y además tenían todos la convicción de que ella, con esa forma tan particular para arrastrar las eses y con su dificultad para conjugar correctamente el vosotros, no podía sino ser francesa, tal vez, de la Provenza, para mayor precisión. De modo que Francisquito quizá remitiera al nombre de un niño o un enano o un hombre bajito. Francisquito: ella lo pronunciaba cada noche, para conciliar el sueño. Francisquito: su Francisco chiquito. Y su certeza, claro, era la de saber que no era ella ninguna Sara en absoluto.


¡Sara!, exclamó la señora cuando la vio entrar ¡qué susto me ha dado! Aquella noche, Sara se metió en la cama sin cenar, y se excusó con la señora pretextando una jaqueca. No podía asegurar que la señora la hubiera oído o prestado atención; cuando ella entró en la casa, la señora se hallaba redactando su Diario Íntimo, un cuaderno forrado en papel araña azul, el cual era algo así como el décimo volumen. Minutos después de Sara llegó el señor, y la señora cubrió con la mano la página que escribía, y aunque él manifestó curiosidad o quizá más bien fuera asombro, la señora dijo: Ahora no, Basilio. Tal vez cuando me muera. Sin duda, la señora era una criatura extraña. Al señor nunca se le había pasado por las mientes que pudiera ella tener un amante -lo cual hubiera significado una comodidad para ambos y el fin de una impostura-. Recordaba un caso del que había oído en un juzgado: un comerciante judío que desconfiaba de su mujer a tal punto que la hizo seguir por un detective todas las tardes, para venir a descubrir que la muy tonta se metía en una iglesia católica y le oraba a los santos; de todas maneras, el judío presentó demanda de divorcio: a veces las esposas creen que pueden hacerle a uno cualquier cosa y que uno está en el deber de tener que soportarlas. Según lo que creía recordar, la mujer en cuestión se había convertido al catolicismo y había adoptado el nombre de María: las mujeres judías, desde antiguo, tomaban el nombre María al convertirse, y las mujeres católicas que se convertían al judaísmo, adoptaban el nombre Sara. Sara. (¡Chitón, Basilio, no pienses ahora en Dios!) De pronto, cayó en la confusión de si este relato de traición sería cierto o si su mente habría trastocado el argumento de El fin de la aventura, de Graham Greene. Seguramente, Sara podría sacarlo de la duda: al parecer, ella era muy lectora. ¿Dónde había leído tanto? ¿En un liceo para señoritas? ¿En alguna universidad? ¿En un convento? El señor espió en la cocina, con la ilusión de que Sara pudiera aparecer de repente, pero Sara no apareció, sino que entró Tini descalza y en camisón, lloriqueando porque había soñado con la araña negra. ¿Y qué cuernos era la araña negra?, se preguntó el señor, ¿por qué soñaban los niños de ahora con esperpentos tan extraños?, ¿dónde habían quedado el cuco y el viejo de la bolsa y…? Oh, oh.


Sara fue el nombre que le puso la enfermera vieja, aquella que cuando las cosas no iban como ella quería, suspiraba "oh, pobre Jesús": le dijo que ella tenía cara de Sara. Las caras de Saras eran como de visón o como de armiño cuando está muy dormido. La otra enfermera se burlaba de ella, no por mal exactamente, sino porque tenía la convicción de que darle demasiadas vueltas a un asunto no hacía sino que a uno la angustia se le volviera insoportable. Le decía: ¿Qué haces, Anastasia Romanov?, o, Venga, Anastasia, levántate, la espetaba entonces la enferma gallega, que voy a tender la cama. Durante los trece meses que estuvo internada, de marzo de 1997 a abril de 1998, ella había leído quinientos cuatro libros, todos de la biblioteca del hospital: había tenido la oportunidad de contarlos y llevaba la cuenta dentro de su cabeza. Los doctores disputaban sobre la cuestión: ya les parecía que la lectura reactivaría su perdida memoria, ya le objetaban la lectura como excitante perjudicial de las funciones intelectuales y le sacaban los libros de las manos. La biblioteca del hospital estaba compuesta por algunos volúmenes de medicina y por aquellos libros de literatura que los pacientes habían donado u olvidado o que quedaban allí porque sus dueños se habían muerto. (Eran estos libros como armas de temblorosos gladiadores). Muchos de los títulos tendían a transmitir optimismo los manuales de autoayuda y para evitar las depresiones profundas; otros, parecían donados, al decir de la enfermera gallega, por verdaderos depravados: tales Fanny Hill o La hija de Fanny Hill o Las memorias de una pulga. No siempre podía ella rehacer la lectura interrumpida por indicaciones médicas: había dejado a la mitad El velo pintado (la novela favorita de las enfermeras), de manera que no pudo enterarse de si Kitty se ordenó o no en el convento de monjas francesas para curar a los apestados de cólera; y también había dejado a la mitad o mucho antes, la mayoría de los libros de Dickens que había empezado, aunque esta falta no pudiera ella achacársela a los doctores.


La memoria, le explicaron los doctores, puede recuperarse paulatinamente o de repente, y algunas veces se recuerda hasta el mínimo detalle de la vida anterior, y otras veces apenas los hechos relevantes que hacen suponer que hubo una vida anterior; porque la memoria, concluyeron, es y funciona como funciona una rosa. (¿Y esto qué quiere decir?, se preguntaba ella: una canción que ella había escuchado una vez tararear a una anciana en el hospital hablaba del romance entre una rosa que se llamaba Cariño y su novio el clavel, Paco.) Porque la memoria podrá ser una rosa, pero una rosa son muchas cosas: la lengua, el virgo, hasta el amor, y en ella todo eso estaba hendido o dañado o definitivamente roto. Si una rosa pudiera ser la memoria: ¿qué cosa será el olvido? En el libro de un autor ruso, había leído que un enfermo pedía a gritos, rogaba, que no le quitaran el dolor, que no lo curaran, porque este dolor era el que lo hacía singular, lo hacía ser la persona que él era. Y ella pedía esto mismo: que no le quitaran el olvido, aunque fuera capaz de saber lo que ahora apenas sospechaba -que era sudamericana, que su nombre no era Sara pero sonaba de modo parecido, que se le había muerto un niño- prefería que el olvido, como un unto o como una zapa, la trabajara, aniquilara, si esto era posible, la rosa. Sara, se hizo llamar en Rivas, adonde marchó a la salida del hospital como ayudanta de una pequeña peluquería y fue el nombre que mantuvo aun mientras vivía en Tarragona.


No hubo un incidente determinado y quizá no era necesario que lo hubiera, si es que no puede considerarse al tedio un incidente de este tipo. El señor llegó a las tantas horas de la noche y la señora faltaba de su hogar. Sólo Marcia, la niña mayor, había visto irse a su madre y la madre le había explicado que marchaba a Benejúzar, en Alicante, a visitar a la abuela, por unos días; también se llevó la señora una maletica -así pronunció la niña: maletica- con sus enseres. Al día siguiente, el señor llamó a su suegra, y cayó en la cuenta de que no estaba allí su esposa, ni ese día, lunes, ni lo estuvo el martes, el miércoles, el jueves, ni la semana siguiente, ni la otra. El señor tuvo de pronto la convicción de que su esposa se había marchado con el amante (¡y él que la había subestimado!); de manera que se decidió a leer los Diarios Intimos de ella, dispersos como estaban por todos los sitios del dormitorio, y el último, el actual, en el secreter, bajo llave. Forzó el señor la cerradura y sacó el malogrado cuadernito: bajo la fecha de cada día, donde hubiera debido ir la frase de rigor, "querido diario", ella había escrito "querido Dios: soy Tecla"; luego seguía el detalle hasta el hartazgo de aquello en que consistía su vida cotidiana: "hoy Tini se cayó de la escalera y se golpeó un brazo: le di una aspirina para el dolor" "voy a acortar el ruedo del vestido a pintas que compré en la calle Fortuny, allí donde tú sabes" (¡y pretendía tener un Dios que le escuchara todas estas sus estupideces!) u "hoy desearía tener un millón de dólares" o "mejor era si compráramos un cachorro de pomerania que de pastor inglés y mejor todavía ser uno un cachorro que la persona que toca ser", más abajo había un dibujo como de margarita a medio terminar o de trébol de cuatro hojas, una media página en blanco, y luego, nada.

 

© Patricia Suárez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Patricia Suárez | Argentina, 1969 | Escritora rosarina. Ganadora del Premio Clarín de Novela 2003. Ha incursionado en todos los géneros y publicado las novelas Aparte del principio de la realidad y Perdida en el momento. También es autora de varios libros de cuentos, poemarios, obras teatrales y del ensayo La escritura literaria. Página web en Los Noveles: Patricia Suárez