NIKITA
Yo fui
el que encontró el cuerpo de la niña
Lena Zakotnova a la orilla del río Grushevka, el crimen
que luego se llamó el primer crimen del Camarada Chikatilo.
Me llamo Nikolai Maxímich Polzicov, me dicen Nikita;
tengo diez años y estoy en el quinto curso, el próximo
año estaré en el sexto y seré todo un éxito,
así lo ha anunciado la maestra Fedorovna, que es una
mujer que mira a la clase con aire grave y nos trata de usted.
Fue así: esa tarde yo acababa de bajar el puente Grushevski
para ir a un sitio que conozco entre los sauces llorones
a hacer rebotar piedrecitas contra el agua; es un sitio fenómeno
para eso; luego iban a venir mis amigos Oleg, Abramka, Ygor,
que es un tonto, Solomon, Boris y algún otro, y Leonid
Yeremíach que es mi mejor amigo, y a lo mejor nos
poníamos a jugar con la pelota o seguíamos
rebotando piedrecitas a ver quién más y más
lejos. Yo no sentí ningún miedo, no soy ningún
miedoso, Leonid puede dar fe. La niña en la
ribera del río estaba en una posición muy extraña;
luego que me acerqué, vi que era porque tenía
echado encima un capotito de piel de castor y debajo estaba
toda desnuda. Entonces corrí cuan rápido pude
hacia la calle Soviet y cuando llegué grité y
grité hasta que alguien me prestó atención
porque aquí los mayores nunca le prestan mucha atención
a los niños. Un grande se paró y me preguntó: “Camarada, ¿qué pasa?”,
y yo expliqué que había visto a la niña
muerta allí abajo, desnuda, tapada con un capotito
de castor y con el cogote cortado como una gallina. Después
Oleg y Boris y los otros dijeron que yo había gritado
de susto porque le vi la cosita a la niña. No, señor,
yo no sentí nada de miedo; no soy de los niños
que se asustan por ver la cosita: eso sólo le pasa,
que yo sepa, a Ygor, que es tonto.
En casa mamá se puso a gritar y dijo a papá que
nunca debimos dejar Rostov del Don, que es la ciudad donde vivíamos antes,
para venir a pudrirnos aquí, a Shajti, que es donde vivimos ahora y está lleno
de asesinos. Además, chilló que ella teme por Anushka, que es mi
hermana y tiene doce años para trece y fuma a escondidas. Papá le
dijo que enviara a Anushka a casa de la abuela Raisa en Leningrado -que antes
se llamaba Petrogrado, y antes todavía San Petersburgo-, si así se
iba a sentir más segura, pero mamá le contestó que nunca
mandaría a Anushka a un antro de perdición como es la casa de su
suegra, porque allí la iban a echar a perder llevándola a bailes
y mi hermana es aún una niña. Entonces papá se molestó y
le dijo que la encierre a Anushka bajo llave en el cuartito y la ponga a jugar
con las muñecas, y mamá chilló esta vez que Anushka ya es
una mujer para andarse con trapitos y muñecas. Mientras peleaban así por
Anushka, Anushka estaba patinando en el hielo junto a la puerca de Svetlana,
la niña cuyo padre es tan rico que nunca se sabe qué cosa regalarle
en los cumpleaños porque lo tiene todo. Luego se quemó la sopa
de remolachas que mamá había preparado, vino un humo muy negro
y denso de la cocina, y así pelearon por la sopa si bien mamá no
dejaba de decir que si papá no la sacara de las casillas y viniera a su
hogar al horario en que debe venir un padre, la sopa no se hubiera quemado jamás.
Una cosa que me gustaba de Rostov del Don es que siempre se
llamó Rostov del Don. No es como otros sitios: Nizni Nóvgorod se
llama ahora Gorki por el camarada escritor Maksim Gorki, y Simbirsk cambió por
Uliánovsk en honor a nuestro padre Vladimir Ilich Uliánov, Lenin;
y Volgogrado se pasó a llamar Stalingrado y luego se arrepintieron y le
volvieron a poner de nombre Volgogrado en 1961. Los mapas rusos son un incordio
y no es posible estudiar geografía así, lo dice siempre Boris,
que además se apellida Humbertmann y es un eslavo puro; lo cual no tiene
nada de particular porque en la clase tenemos también un Ivanov que es
alemán. Cuando yo era bebé me llevaron de excursión a Volgogrado,
dicen, para que viera el embalse Tsimlyansk en que trabajó mi padre cuando
joven. Mientras construían el muelle número trece de día
trabajaban y se llamaban unos a otros camaradas; pero en cuanto llegaba la noche
se bebían vodka o un vino caucasiano que se llama chijir, cada uno una
botella por lo menos y así borrachos se llamaban entre sí padrecito
y hermanito y le oraban a San Vladimiro que era el santo nacional en la época
en que Rusia tenía Dios y Dios nos oprimía. Papá a veces
dice: “¿Por qué pecados ha sido castigada Rusia con tales estaciones
de autobuses y de trenes y aeropuertos?” Mi mejor amigo Leonid Yeremíach
explica que eso que papá dice significa en realidad que papá no
es tan ateo como quiere hacer creer, sino que cree en Dios en el fondo de su
alma y por eso andamos oprimidos y el sueldo que él trae nunca alcanza
para nada.
Mi amigo Leonid Yeremíach también tiene una
hermana con la que riñe todo el tiempo y hasta tuvo que amenazar a sus
padres de que o ponen en vereda a Olenka, la hermana, o él se marcha de
la casa para siempre. Leonid piensa que el mejor sitio a donde escaparse es a
Oklahoma, en los Estados Unidos, o a casi cualquier otro sitio de occidente. Él
afirma que eso que dicen de la decadencia de occidente es una mentira y lo afirman
nada más que para meter miedo. Una forma que él encontró para
hacer dinero es hacer pasar a Oleg, a Abramka, a Ygor -¡qué tonto
es!- a Solomon, a Boris y a algún otro, a espiar a través de un
agujerito que él hizo en la pared de su cuarto, cómo su hermana
Olenka hace pis en una bacinilla. Cuando la cosita de Olenka se ve bastante bien,
los niños pagamos con una moneda a Leonid y asunto terminado. El tonto
de Ygor la primera vez que la vio salió gritando y así nos descubrió a
todos delante de Olenka que dijo entonces que se quería morir y armó un
gran escándalo; por lo cual ahora Olenka le cobra un porcentaje a su hermano
Leonid. Todas estas son costumbres decadentes de occidente, pero a Leonid no
le importa un pito, porque cuando él viva allá se comprará su
propio barco y sólo muy de vez en cuando navegará hasta el Azov
nada más que por acercarse y dejarnos sus saludos. Olenka no es ninguna
cochina, dice Leonid, porque ella lo hace por dinero y no por gusto. La cosita
de Olenka tiene ya unos pelos rubios y Solomon y algunos otros pidieron a Leonid
si nada más por variar podría conseguirnos una niña que
mirar que tuviera la cosita de otro color. También vimos a la madre de
Leonid hacer sus cosas en el baño, sólo que ella la tiene muy peluda
y eso nos hizo impresión y además Leonid nos cobró el doble
porque la madre vale más que la hermana, dijo. Boris y los otros le echaron
en cara que es un puerco. Oleg trajo una revista alemana hace poco y allí todo
es diferente a cómo Olenka; luego a Abramka se le ocurrió ponerse
un pedacito de espejo en la punta del zapato y charlar así con las niñas
como quien no quiere la cosa; de esta manera les vemos las bragas. Claro que
esto no es lo mismo de divertido, pero la gracia está en que las niñas
no se den cuenta de nuestra maniobra o bien en darnos cuenta nosotros de si la
niña sí descubre nuestra maniobra pero se deja mirar porque es
una cochina.
Anushka tiene preparado ya un vestido para su muerte; me lo
mostró y es uno bien bonito que perteneció a la tía Sofía,
esa que no sabemos a ciencia cierta qué cosa pasó con ella, si
se fue de Rusia o qué. Yo veo que el vestido es blanco pero Anushka dice
que no lo es, que es de color manteca o de color hueso. El asesino, a quien llaman “el
carnicero de Rostov”, según contó la puerca de Svetlana, ofrecía
a Lena Zakotnova chicles extranjeros y la muy estúpida parece que le aceptaba;
así fue como el asesino entró en contacto con ella y un día
la mató. Lo de muy estúpida lo agregó Svetlana porque a
ella no se le mueve un pelo por los chicles extranjeros ya que ella lo tiene
todo. Mi hermana Anushka dice que ella en cambio no podría resistir la
tentación de aceptar un chicle extranjero si alguien se lo ofrece, de
modo que ya preparó su vestido para la muerte por si acaso el asesino
la mata. Anushka pidió que no lloráramos mucho cuando nos enteráramos
de la noticia de su muerte (está convencida de que todo el mundo siente
por ella un cariño demoledor). Dispuso que en el ataúd la vistan
con el viejo harapo de la tía prófuga y le coloquen dos monedas
de las de antes, de un rublo, sobre los ojos para que descanse en paz y tenga
con qué pagarle al barquero que la cruza el Volga o el Don, no recuerdo
cuál, hacia el reino de los muertos. Debe ser el Don; en la clase enseñaron
que en el tiempo antiguo para los tártaros y no sé para qué otro
pueblo más, en una orilla del Don estaba Occidente y en la otra Asia.
Ignoro a quién pertenece entonces el reino de los muertos; a lo mejor
es soviético, no lo sé. Ya me hice un lío con este asunto.
Sucede de la siguiente manera eso que los grandes llaman “acostón”:
el hombre mete su cosito en el agujerito que tiene la mujer, y es como un imán
a propósito para eso, y allí el hombre se descarga. No sé bien
qué quiere decir que se descarga. Luego el hombre entristece todo el día
y no le dan ganas de pensar en nada ni de hacerse problemas y, o bien se echa
a dormir o se queda muy compungido y no soporta que le llamen “camarada” salvo
si lo invitan a beber a una taberna. Esto es así porque el alivio no dura
mucho y la ansiedad dura siempre. La mujer, en cambio, se levanta y hace como
que aquí no ha pasado nada, se alisa la falda y se pone a hacer un niño
dentro de su vientre; nueve meses después se saca al niño de la
cosita como a un conejo de la galera. Esto es lo que se llama “un matrimonio”,
donde si no fuera por los niños que vienen a consecuencia del “acostón”,
la mujer pondría al hombre de patitas en la calle; así lo explicó Solomon
cuyo padre es médico especialista en el asunto. Esto dura toda la vida,
y para el hombre es una maldición, pero para las mujeres no porque se
conforman con los niños y nunca tienen tiempo de sobra. Hasta que se vienen
viejos, es decir hasta la edad de 30 ó 40 años, todos los “matrimonios” hacen
eso. Boris le dijo a Solomon que esto era mentira y que sus padres no hacían
esas cochinadas entre ellos; a lo cual Solomon replicó que entonces el
padre de Boris lo haría con alguna puerca de la calle. Boris dijo que
eso era una mentira aun más grande, porque su padre era un miembro del
partido, honesto, y nunca hacía cochinadas con nadie; y Solomon siguió emperrado
en que es imposible dejar de hacer cochinadas, y entonces Boris le dio de cachetazos
hasta dejarle la cara bien roja, y luego Oleg le pegó a Boris porque Solomon
es su mejor amigo y nadie tiene derecho a pegarle a Solomon si no es con el permiso
de él, y ahí se animó Abramka y le dio de patadas a Oleg
porque es un maldito tirano decadente y ahí nos metimos todos y se armó una
de golpes que estuvo fenómeno; solamente Ygor se puso a llorar como un
marrano, ¡él es muy tonto!
Hace dos noches que me quedo apostado a la puerta del cuarto
de papá y mamá y no parece que hagan entre ellos ninguna cosa;
mamá lee un libro en francés o en ruso y papá fuma y luego
se duermen muy lejos uno de otro, para que ni siquiera por accidente suceda el
acostón. Papá dice que es propio del espíritu de nuestros
paisanos preguntarse si hay un Destino que hace que las cosas pasen o si las
cosas pasan por sí solas como por accidente o si el hombre hace su Destino
y el accidente no existe; si los rusos creyeran esto último, piensa mi
papá, no serían tan jugadores y menos existiría una clase
de juego que consiste en ponerse una pistola cargada con una sola bala sobre
la sien y luego disparar. A veces se muere y a veces no, cuando no se muere se
gana mucho dinero gracias a la apuesta y cuando se muere mira uno desde abajo
cómo le crece encima el pasto. Al fin y al cabo, nada puede ocurrir peor
que la muerte, dice mamá que leyó en su libro, ¡y la muerte
es inevitable!
Sólo se lo confié a Leonid Yeremíach,
porque es mi mejor amigo: con un junquillo de la orilla del río Grushevka
levanté el tapadito de piel de castor que cubría a la niña
Lena Zakotnova, y entonces vi que estaba desnuda, muy pálida y rara, y
donde está la cosita había un gran desgarrón, con el compartimento
de hacer niños, como le llama Solomon, roto; las rodillas las tenía
en una posición extraviada como si hubieran deseado marcharse de ese cuerpo
y lo mismo los pies. Me fijé en su rostro que no parecía por entero
suyo porque estaba muy herida en torno a los ojos y tal vez ni siquiera los tenía;
yo no sentí ningún miedo, no soy ningún miedoso, porque ¿qué puede
ocurrir peor que la muerte?, ¡y la muerte es inevitable!, pero yo me pregunté: ¿qué necesidad
tendría el asesino de llevarse los ojos de Lena Zakotnova? ¿Para
qué quería él un par de ojos? De verdad que no estoy del
todo seguro de que no puedan ocurrir cosas peores que la muerte. Entonces corrí cuan
rápido pude hacia la calle Soviet y cuando llegué, grité y
grité hasta que encontré a Iosiv, el oficial amigo de papá,
que se paró y me preguntó: “Camarada Nikita, ¿qué pasa?”,
y yo expliqué que había visto a la niña muerta allí abajo,
desnuda, tapada con un capotito de castor y con el cogote cortado como una gallina.
No dije nada acerca de los ojos de Lena Zakotnova, ni de su cosita; era mejor
dejar que cada uno lo averiguara por sí mismo.
© Patricia Suárez |