MARIPOSA
NOCTURNA
Me presento: mi nombre es Julia Hurtado; como mi padre era
francés mi apellido debe pronunciarse Hurtadó.
Esto no tiene la menor importancia; pueden pronunciarlo ustedes
como más les guste. Tal vez me conozcan por los libros
para niños El Congreso de Marmotas y Pollito
Pimentón. Aunque escribí una veintena
de títulos, sólo este último fue todo
un éxito: lo tradujeron al inglés y al francés
y al serbio; sólo que los alumnos croatas de las escuelas
serbias se niegan a leerlo: no sé por qué.
Unos estudiantes me compraron los derechos para llevar Pollito
Pimentón al cine: harían a los personajes
con plastilina y los decorados con papel maché. Es
increíble la cantidad de cosas que se puede hacer
con papel maché, todo un mundo. Finalmente, los estudiantes
no hicieron la película porque la compañía
que financiaba el celuloide quebró. Esto pasa mucho
en la Argentina: antes de lo pensado, las empresas y las
personas suelen quebrar.
Aunque tengo contrato firmado con la editorial para entregar
toda una saga sobre Pollito Pimentón –Pollito en la
escuela, Pollito de vacaciones, Pollito en el Circo, Pollito
en el Zoológico, Pollito aprendiz de mago-, no se
me ocurre una sola palabra. Tarareo canciones que escucho
por la Radio y que están de moda. A veces hasta las
tipeo; algunas son muy lindas. Me siento frente a la computadora,
abro un documento y no hago más que cambiar las fuentes: ¿qué tal
si escribiera con Century en lugar de con Times New Roman? ¿Y
qué tal la Garamond? ¿No me traería
más suerte hacerlo con la Book Antiqua? Paso el tiempo
haciendo eso, y al cabo deseo que Pollito Pimentón
se muera. Que alguno lo destripe y se lo coma, que lo hagan
a la cacerola. Así no es como debe escribirse cuentos
para niños. No con ese espíritu.
Mi mejor cuento es el de las almejas enamoradas. Viven en
una playa continuamente acosada por un tiburón martillo.
Pero ellas luchan y vencen todos los peligros gracias a la
solidaridad de los cangrejos y los langostinos. Mis almejas
sienten alegría por su triunfo y se besan, porque
muchas personas expresan su alegría mediante los besos:
esto es un dato de la realidad, no un invento mío.
Sin embargo un editor vetó el cuento alegando que
eso de los lengüetazos entre las almejas le resultaba
muy erótico para ser introducido entre los niños. ¿Estábamos
hablando de almejas que se daban besos o qué? Ese
hombre es un pervertido. Si la pornografía existe
en los ojos de quien mira, ese hombre es un degenerado. Y
la literatura infantil está llena de ñoñerías.
Un crítico de literatura infantil escribió que
uno de mis temas recurrentes es la lucha por la sobrevivencia.
Cree que hago una literatura darwinista. Él no sabe
de dónde yo vengo ni hacia dónde voy. Él
no tiene idea de las cosas que me han pasado en la vida.
Si él hubiera nacido en el hogar donde yo nací,
y se hubiera criado entre mis padres, sabría de qué le
estoy hablando. Pero yo no me defendí de esa crítica,
no envié una carta al diario, no hice nada. Simplemente
murmuré para mis adentros: Humíllame, Señor,
una vez más. Ya que estás tan acostumbrado.
A pesar de que sé lo importante que es que una escritora
tenga su cuarto propio, tal como aconsejaba en su ensayo
Virginia Woolf, recién hace muy poco tiempo que tengo
uno donde escribir. Antes lo hacía en una habitación
a la que luego mudamos la cuna de la beba, y pusimos una
alfombra gruesa para que retozara en ella e hiciera ruido
con sus sonajeros. Ahora, en cambio, escribo en el altillo.
Es un cuarto muy chiquito, con un ventiluz delgado como una
grieta. Al otro lado puse unas macetas con malvas y geranios,
y otra en la que crece un narciso solo. Por alguna razón,
el invierno las mató y nada más el narciso
sobrevivió. Es casi una metáfora, una muy fea,
pero el narciso es precioso. Se menea con el viento de agosto:
si hasta parece como si bailara. A veces se trepan encima
de él, le caminan y hacen muescas en las hojas unos
bichitos muy coloridos que se denominan el pulgón
del narciso. A mí me entretienen, son lindos de ver,
me recuerdan el verso de un poeta que dice "las enfermedades
brillan oscuramente, como una joya". Yo trato de distraerlos
del narciso: les pongo minúsculos trozos de queso
en el alero, pero no van hacia él. También
pongo pedacitos de fruta en una telaraña: sé que
es absurdo lo que hago. A ciencia cierta no puedo decir si
con mi tarea estoy contribuyendo a que la araña deje
de atrapar mosquitos y prefiera el melón o la manzana,
o bien si estoy ampliando su menú. Trabajo aquí en
las mañanas, porque es cuando estoy más despierta
y atenta al mundo de las palabras; aunque la mayoría
del tiempo hago en esas horas lo que ya les dije: formateo
una y otra vez un mismo documento en blanco porque mis gritos
no llegan a la presencia del Señor y él no
me envía siquiera una mísera idea, un apunte,
para que Pollito Pimentón haga algo interesante y
no esté aquí, en mi cabeza, en un punto muerto.
Mi marido también es escritor. Escribe novelas y
cuentos para adultos y a veces pienso que es eso lo que hace
que él esté parado en la realidad mejor que
yo: no tiene demasiado clara la diferencia entre un elfo
y un duende, por ejemplo. Hace pocos meses atrás publicó su última
novela: El festival de Bagdad, que trata sobre
un periodista que debe cubrir la guerra de Iraq. Con ese
trabajo tuvo muy buenas críticas en los diarios y
hasta es probable que le den un Premio Nacional o Municipal,
si es que vuelven a reactivar algún día los
premios nacionales que consisten en una pensión vitalicia.
Sin embargo, la novela de mi marido que más me gusta
se llama Ay, María, ven: es la historia
de una pasión, entre María, una joven pobre
y Rodolfo, un hombre rico pero enfermo de cáncer de
huesos. Mi marido se documentó muy bien sobre el cáncer
de huesos; en ese sentido la novela es un poco deprimente.
Está en las mesas de saldo de las librerías
de calle Corrientes a tres pesos. Cualquiera de ustedes podría
ir y comprarla y luego contarme qué les parece. Es
una gran historia. Ya cuando lo conocí él era
un escritor y uno muy bueno, por eso era inconcebible que
viviéramos juntos en una casa en la que él
no tuviera un cuarto propio en el que escribir y al que echar
llave por la noche. Escribe casi toda la noche y también
escucha música de jazz; el ventanal dá al patio
y él suele perderse en la vista de la enamorada del
muro, dice: es una enredadera muy hermosa, con frágiles
y temblorosas flores blancas. Es mucho mejor que ver al viejo
Gentile subido a su terraza y espiando con unos binoculares
a ver qué cosa hago yo tanto tiempo metida en el altillo,
o desconcentrarse gracias a los gritos que pega el chico
de los Colman, que se trepa al ciprés con aires de
suicida. Desde siempre, mi marido necesita un cuarto propio,
un estudio, y también un dormitorio para sus hijos
que en el momento en que iniciamos nuestra convivencia eran
muy chiquitos; son hijos del matrimonio anterior de él
y estaban pasando por la crisis del reciente divorcio de
sus padres. Son dos chicos encantadores: Natalí y
Andrés y cada vez que vienen a visitarnos duermen
en el cuarto que tenemos mi marido y yo especialmente para
ellos; pero ya tomamos en cuenta que en cuanto crezcan un
poco deberemos prepararles otro cuarto más o tal vez
mudarnos a una casa más grande, porque no está bien
que una nena y un varón duerman juntos mientras son
adolescentes. Admiro la manera de trabajar de mi marido,
investiga primero en profundidad los hechos y luego inventa
un mundo en torno. Hace muchas anotaciones en una libretita
verde, reportea gente que le aporta datos y perspectivas
diferentes. Le interesa la verdad, dice, y no las aproximaciones
o las versiones de la verdad; le gusta la verdad completa, íntegra,
esférica, clara y evidente como destaca una horma
de queso gouda en la góndola de lácteos del
supermercado. Yo nunca podría escribir así;
lo más cercano a la verdad que escribí fue La
historia del Príncipe Kalandar, que era un príncipe
de las Mil y Una Noches enamorado de un pato de hule. Recordé cuántos
amores no correspondidos tuve en mi vida, y esa emoción
la volqué en el príncipe Kalandar, la desolación
que él siente por no ser amado por el patito de hule.
Nadie criticó este texto, y el editor no contestó mis
llamados durante medio año; como si yo hubiera escrito
la historia nada más que para llevarlo a él
a la quiebra, como una estafadora. A mí me gustaba
mucho el cuento del príncipe Kalandar. En cierto sentido
se parecía a mí misma. Físicamente,
por lo menos: alto, huesudo, con la piel tan blanca que en
ella se reflejaban los cambios de tiempo, el sol del atardecer
y las estrellas y las nubes de tormenta: era un ser casi
transparente. Mírenme a mí ahora, miren mi
rostro con atención: ¿acaso no pueden adivinar
en qué estoy pensando? Varios meses después
de la salida de La historia del Príncipe Kalandar,
vino a entrevistarme un periodista; era un chico joven y
enseguida puso en evidencia que en la academia en la que
estudió letras nunca le hicieron saber de la existencia
de la literatura infantil. El único escritor para
niños que conocía era a Hans Cristhian Andersen.
Todo el tiempo asociaba la historia de El patito feo con
el patito de hule del Príncipe Kalandar; decía
que aquel texto influenció el mío: está visto
que no comprendía el fenómeno: el patito feo
es básicamente bueno y el patito de hule de Kalandar
es básicamente malo. Se lo expliqué en estos
términos y lanzó una mirada de piedad sobre
mí. El fotógrafo que lo acompañaba,
en cambio, tenía una idea más precisa de lo
que es un escritor para niños: me hizo fotos entre
los juguetes de mi bebé, hablando a un títere
de paño, y al fin fuimos a la plazoleta de la otra
cuadra y me sacó una foto subida al tobogán:
era claro que el tipo consideraba que alguien que se dedica
a la literatura infantil es un infradotado.
Los hijos de mi marido son muy parecidos a la madre, y nuestra
hija Violeta, a mí. La ex esposa de mi marido es muy
seria y rubia natural. Camina despacio y viste ropa oscura,
ceñida, de felpilla, está metida en sí misma
como una arveja en su vaina. No obstante es una mujer ordenada,
exacta, luminosa, y vivirá cien años. Siempre
ha sido amable conmigo, y todavía ahora me llama para
saludarme en el Día de la Madre. No entiendo cómo
mi marido no la prefiere a mí que habito en la penumbra,
cómo no corre a vivir con ella, a entenderse, porque
después de todo ella es la madre de sus hijos. No
se lo pregunto porque las decisiones de los hombres son misteriosas,
inescrutables. Yo, en cambio, soy casi una criatura de la
noche, una mariposa nocturna que elude una y otra vez la
llama de la única pequeña vela que arde en
la oscuridad; solamente durante un breve tiempo fui una mariposa
que salió a luz y luego volví a hundirme en
las tinieblas. El Señor juega conmigo y me humilla
para no perder su costumbre. También yo viviré cien
años; para mi infortunio tardaré por lo menos
cien años en chamuscarme poco a poco las alas.
Mi cuento para niños preferido es El Murciélago
Poeta, lo escribió en 1964 Randall Jarrell,
un poeta muy particular de Nashville, Tennessee. La leí por
primera y única vez a los diez años, cuando
estudiaba inglés en una academia. Era un libro color
sepia con dibujos delicados, de Maurice Sendak. Nunca volví a
leerla desde aquella vez, pero la recuerdo muy bien, mucho.
Trata sobre un pequeño murciélago color café que
decide no dormir durante el día sino abrir los ojos
y contemplar cuanto lo rodea. E intenta luego que los otros
murciélagos vean el mundo como él lo ve,
la hermosura del mundo. Escribe poemas que reflejan su
visión, y se hace amigo de una lechuza sabia y de
unos cardenales. Esta historia es mi favorita porque yo
también creo que uno escribe para mostrarle a los
demás cómo uno ve el mundo. A veces, una
delicia. A veces, un fiasco.
El color que más me gusta es el violeta; no sé si
es el que mejor me sienta, pero es el más bonito de
los siete que componen el Arco Iris. Hace como cuatro años
atrás escribí un cuento titulado Amor Gigante.
En él, un Gigante vivía muy alto y se llegaba
a su morada trepando la planta de habichuelas verdes. Subía
una nenita, simpática y grácil, la llamé Violeta,
y ambos se hacían amigos entrañables en mi
historia. Era una gran amistad, de ésas para toda
la vida. Cuando quedé embarazada, supliqué a
mi marido que me dejara elegir el nombre para nuestro hijo,
si era una niña. Quería llamarla Violeta. Nació el
6 de enero, como un regalo propiamente de los Reyes Magos,
y le pusimos Violeta. Pesaba casi tres kilos, y cuando abrió los
ojos eran entre azules y negros. Era increíblemente
hermosa: yo la observaba y fantaseaba cómo iría
a ser su infancia, leyendo, gozando y criticando todos los
libros que yo he escrito para los niños. Su nacimiento
fue el acto más prodigioso con el que me regaló el
Señor. Estábamos muy felices. Mucho, en ese
momento.
Hace poco asistí a una conferencia sobre la importancia
de la lectura. En el auditorio había sentadas trescientas
maestras ardientes por saber trucos y consejos para estimular
a los niños a leer libros. Leí mi trabajo con
gran dificultad, preguntándome todo el tiempo qué cuernos
hacía yo entre ese aquelarre de mujeres entristecidas. ¿Por
qué debe una persona aconsejar a otra cómo
estimular la lectura? ¿Acaso existen conferencias
sobre cómo estimular el apetito? Sentí que
estaba traicionando a mis lectores, los niños. Tuve
ganas de gritar: “¡Perdónenme, por favor! Juro
que no lo volveré a hacer. No volveré a dar
una charla a estas insípidas criaturas, ni siquiera
por dinero.” Yo nunca traicionaría a un niño,
a mi hija nunca la he traicionado. Ni siquiera cuando el
médico recomendó ese tratamiento novedoso a
costa de su sufrimiento. No dije: “Lo haremos por su bien:
que la operen, que la internen en terapia intensiva, que
la entuben, que la alejen de mí”; odio a las personas
que hacen sufrir a otras para brindarles una enseñanza; “ahora
te duele, pero lo hago por tu bien”: es una frase que detesto.
Por supuesto que ahora estoy arrepentida y hoy no veo en
mi ética más que necedad. Supongo que uno puede
aprender a cargar su propio arrepentimiento, vivir con eso,
no lo sé.
Ni siquiera logro escribir un cuento tal como el burro flautista
de la fábula conseguía tocar la flauta: por
casualidad. Dice mi marido que no debo presionarme; que el
estilo debe fluir como agua en una riera luego del deshielo.
Hay personas que viven la escritura como una epifanía.
Hoy no tienen nada y a lo mejor en un par de horas tienen
un cuento magnífico, que les vino así, por
inspiración, porque las Musas estaban aburridas y
justo se fijaron en él. Yo tengo muchos apuntes de
historias que querría escribir, además de la
saga de Pollito Pimentón: está Enrique el Fiel,
sobre un niño del Medioevo que sale a buscar la piel
de un dragón para curar el mal de amores de su rey;
Caty, la niña sonámbula y muchos más.
Tengo la cabeza llena de ideas, de personajes. Aunque ninguno
me resulta ahora atractivo, ése es el problema. Convivo
con Pollito Pimentón o con cualquiera de las criaturas
que inventé como con seres vivos. A veces me parece
ver la sombra de un duende junto a la puerta, la huella luminosa
de un piececito de hada al lado de la bañera. Así era
antes: me levantaba desde sueños y me sentaba a escribir,
y ellos se manifestaban, fluían, estaban vivos. Tanto
es así que cuando pasó aquello y al cabo de
un tiempo mi marido me veía como perdida, me preguntó: “Julia,
decíme la verdad: ¿vos creés en las
hadas, en los duendes, en la magia? ¿Los estás
viendo, conversás con ellos?” No le contesté,
para no herirlo y porque yo no quiero herir ya a nadie más:
he cerrado el negocio de las heridas. Pero hubiera querido
decirle: Creo únicamente en los ornitorrincos. En
los equidnas. En la destreza de la mangosta para atrapar
la cobra. En la liebre cuando mira hechizada los faros de
los autos que le vienen de frente.
Antes de ayer leí un poema que me dejó muy
impresionada. En realidad es una canción japonesa,
que se canta al compás del samisen, un instrumento
típico de ellos. Anoté estos versos porque
pensé que podían impulsarme a escribir algo,
sobre los pájaros o sobre la muerte. Pero no escribí una
sola palabra: nada más me mordí los labios.
Decía así:
Mira los árboles:
tres cedros y tres perales,
son seis en total.
En las ramas de abajo,
los nidos de los cuervos.
En las ramas de arriba,
los nidos de gorriones.
¿Y qué es lo que cantan
los pichones?
Cien pasos hasta el cementerio,
y cien más y otros cien.”
Las noches son largas ahora, y cuando mi marido no se encierra
a escribir en su estudio nos la pasamos tendidos, en nuestra
cama que aunque es de medida francesa nos parece tan amplia
como si fuera una imperial. Pongo mi mano dentro de la suya,
caliente, robusta, y él me encierra como si yo fuera
un pajarito asustado. Le pido que me cuente cómo fue
el nacimiento de nuestra hija; el momento en que se rompió la
bolsa, las primeras contracciones, el taxi, la sala de partos.
Me pregunta si sueño con Violeta, y yo le contesto
que no: cuando duermo únicamente contemplo una hiedra. Él
dice que sí sueña con ella, él piensa
que Dios nos dio la facultad de soñar para que los
muertos puedan comunicarse con nosotros, o para que uno vuelva
a ver a quien nos ha dejado. “¿Qué hace ella
ahí?”, le pregunto; pero él no puede responderme,
sino que se rompe en dos y se pone a llorar. Llora con un
chiflido muy cómico, tan patético cuando esto
sucede, y confirma aquello que oí en una película,
en la cual un juguete le dice a otro que el sentido de su
existencia es ser amado por un niño.
Me gustaría alguna vez escribir sobre el dolor. Pero
los editores no quieren que Pollito Pimentón sufra.
Consideran que los niños no deben conocer el sufrimiento,
por lo menos no a través de la literatura infantil.
Les replico que no es humano saltearse la esfera del dolor,
una persona que no sufre en la vida se pierde una porción
de cosas. Ellos alegan que el dolor debe ser pudoroso; yo
digo que este concepto es una falsedad, una mezquindad: la
gente que dice eso está enferma de egoísmo.
Me siento como el cochero de aquel cuento que quiere relatar
su pena a alguno de los pasajeros, pero nadie le presta atención. Él
gime y gime: “¿Quién escuchará mi tristeza?” Soy
una olla sin tapadera. Soy un mosquito de invierno. El dolor
lo crucifica a uno, hace sentir que uno es un tarado mental
por ponerse a contar aquello que a los demás fastidia
oír una y otra vez; y hasta quizás tienen razón
porque hay algo intrínseco al dolor que es intransmisible.
Sí que lo hay. Cuando me siento frente a la computadora
en mi cuarto propio, miro mi único narciso, el sobreviviente,
menearse cada mañana con la brisa, pregunto a veces
en voz alta, a veces en voz baja: “¿A quién
le importa el sonido que hace el viento, abatido, dando vueltas
en redondo durante la madrugada, cuando no queda ningún
bar abierto?” Algún día de la cuna haremos
leña para la estufa nueva, algún día
su retrato en mi mente irá borrándose y tal
vez esto mismo, el olvido, produzca algo de alivio. Nunca
se sabe, no. Dicen que cuando la herida no duele, duele la
cicatriz; es probable. Mi silla no es muy mullida, siempre
estoy algo incómoda aquí, será porque
me siento sobre el borde. Mis dedos apuran un texto en el
documento en blanco, es Pollito Pimentón que clama: “Ya
no me humilles más, Señor. Levántame
en mi hora de tribulación. Es tu tarea, es lo que
un Buen Dios debe hacer. No me dejes solo, habitar en las
cenizas. Mi corazón late alto y rápido; apriétalo
contra el tuyo que es donde al final irá a romperse
.” Después, pinto todo el texto y cambio sus fuentes:
Arial, Times New Roman, Bookman Old Style. Luego lo borro:
no puede uno escribir cuentos para niños con el espíritu
así. No se puede.
© Patricia Suárez |