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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

MARIPOSA NOCTURNA

Me presento: mi nombre es Julia Hurtado; como mi padre era francés mi apellido debe pronunciarse Hurtadó. Esto no tiene la menor importancia; pueden pronunciarlo ustedes como más les guste. Tal vez me conozcan por los libros para niños El Congreso de Marmotas y Pollito Pimentón. Aunque escribí una veintena de títulos, sólo este último fue todo un éxito: lo tradujeron al inglés y al francés y al serbio; sólo que los alumnos croatas de las escuelas serbias se niegan a leerlo: no sé por qué. Unos estudiantes me compraron los derechos para llevar Pollito Pimentón al cine: harían a los personajes con plastilina y los decorados con papel maché. Es increíble la cantidad de cosas que se puede hacer con papel maché, todo un mundo. Finalmente, los estudiantes no hicieron la película porque la compañía que financiaba el celuloide quebró. Esto pasa mucho en la Argentina: antes de lo pensado, las empresas y las personas suelen quebrar.

Aunque tengo contrato firmado con la editorial para entregar toda una saga sobre Pollito Pimentón –Pollito en la escuela, Pollito de vacaciones, Pollito en el Circo, Pollito en el Zoológico, Pollito aprendiz de mago-, no se me ocurre una sola palabra. Tarareo canciones que escucho por la Radio y que están de moda. A veces hasta las tipeo; algunas son muy lindas. Me siento frente a la computadora, abro un documento y no hago más que cambiar las fuentes: ¿qué tal si escribiera con Century en lugar de con Times New Roman? ¿Y qué tal la Garamond? ¿No me traería más suerte hacerlo con la Book Antiqua? Paso el tiempo haciendo eso, y al cabo deseo que Pollito Pimentón se muera. Que alguno lo destripe y se lo coma, que lo hagan a la cacerola. Así no es como debe escribirse cuentos para niños. No con ese espíritu.

Mi mejor cuento es el de las almejas enamoradas. Viven en una playa continuamente acosada por un tiburón martillo. Pero ellas luchan y vencen todos los peligros gracias a la solidaridad de los cangrejos y los langostinos. Mis almejas sienten alegría por su triunfo y se besan, porque muchas personas expresan su alegría mediante los besos: esto es un dato de la realidad, no un invento mío. Sin embargo un editor vetó el cuento alegando que eso de los lengüetazos entre las almejas le resultaba muy erótico para ser introducido entre los niños. ¿Estábamos hablando de almejas que se daban besos o qué? Ese hombre es un pervertido. Si la pornografía existe en los ojos de quien mira, ese hombre es un degenerado. Y la literatura infantil está llena de ñoñerías. Un crítico de literatura infantil escribió que uno de mis temas recurrentes es la lucha por la sobrevivencia. Cree que hago una literatura darwinista. Él no sabe de dónde yo vengo ni hacia dónde voy. Él no tiene idea de las cosas que me han pasado en la vida. Si él hubiera nacido en el hogar donde yo nací, y se hubiera criado entre mis padres, sabría de qué le estoy hablando. Pero yo no me defendí de esa crítica, no envié una carta al diario, no hice nada. Simplemente murmuré para mis adentros: Humíllame, Señor, una vez más. Ya que estás tan acostumbrado.

A pesar de que sé lo importante que es que una escritora tenga su cuarto propio, tal como aconsejaba en su ensayo Virginia Woolf, recién hace muy poco tiempo que tengo uno donde escribir. Antes lo hacía en una habitación a la que luego mudamos la cuna de la beba, y pusimos una alfombra gruesa para que retozara en ella e hiciera ruido con sus sonajeros. Ahora, en cambio, escribo en el altillo. Es un cuarto muy chiquito, con un ventiluz delgado como una grieta. Al otro lado puse unas macetas con malvas y geranios, y otra en la que crece un narciso solo. Por alguna razón, el invierno las mató y nada más el narciso sobrevivió. Es casi una metáfora, una muy fea, pero el narciso es precioso. Se menea con el viento de agosto: si hasta parece como si bailara. A veces se trepan encima de él, le caminan y hacen muescas en las hojas unos bichitos muy coloridos que se denominan el pulgón del narciso. A mí me entretienen, son lindos de ver, me recuerdan el verso de un poeta que dice "las enfermedades brillan oscuramente, como una joya". Yo trato de distraerlos del narciso: les pongo minúsculos trozos de queso en el alero, pero no van hacia él. También pongo pedacitos de fruta en una telaraña: sé que es absurdo lo que hago. A ciencia cierta no puedo decir si con mi tarea estoy contribuyendo a que la araña deje de atrapar mosquitos y prefiera el melón o la manzana, o bien si estoy ampliando su menú. Trabajo aquí en las mañanas, porque es cuando estoy más despierta y atenta al mundo de las palabras; aunque la mayoría del tiempo hago en esas horas lo que ya les dije: formateo una y otra vez un mismo documento en blanco porque mis gritos no llegan a la presencia del Señor y él no me envía siquiera una mísera idea, un apunte, para que Pollito Pimentón haga algo interesante y no esté aquí, en mi cabeza, en un punto muerto.

Mi marido también es escritor. Escribe novelas y cuentos para adultos y a veces pienso que es eso lo que hace que él esté parado en la realidad mejor que yo: no tiene demasiado clara la diferencia entre un elfo y un duende, por ejemplo. Hace pocos meses atrás publicó su última novela: El festival de Bagdad, que trata sobre un periodista que debe cubrir la guerra de Iraq. Con ese trabajo tuvo muy buenas críticas en los diarios y hasta es probable que le den un Premio Nacional o Municipal, si es que vuelven a reactivar algún día los premios nacionales que consisten en una pensión vitalicia. Sin embargo, la novela de mi marido que más me gusta se llama Ay, María, ven: es la historia de una pasión, entre María, una joven pobre y Rodolfo, un hombre rico pero enfermo de cáncer de huesos. Mi marido se documentó muy bien sobre el cáncer de huesos; en ese sentido la novela es un poco deprimente. Está en las mesas de saldo de las librerías de calle Corrientes a tres pesos. Cualquiera de ustedes podría ir y comprarla y luego contarme qué les parece. Es una gran historia. Ya cuando lo conocí él era un escritor y uno muy bueno, por eso era inconcebible que viviéramos juntos en una casa en la que él no tuviera un cuarto propio en el que escribir y al que echar llave por la noche. Escribe casi toda la noche y también escucha música de jazz; el ventanal dá al patio y él suele perderse en la vista de la enamorada del muro, dice: es una enredadera muy hermosa, con frágiles y temblorosas flores blancas. Es mucho mejor que ver al viejo Gentile subido a su terraza y espiando con unos binoculares a ver qué cosa hago yo tanto tiempo metida en el altillo, o desconcentrarse gracias a los gritos que pega el chico de los Colman, que se trepa al ciprés con aires de suicida. Desde siempre, mi marido necesita un cuarto propio, un estudio, y también un dormitorio para sus hijos que en el momento en que iniciamos nuestra convivencia eran muy chiquitos; son hijos del matrimonio anterior de él y estaban pasando por la crisis del reciente divorcio de sus padres. Son dos chicos encantadores: Natalí y Andrés y cada vez que vienen a visitarnos duermen en el cuarto que tenemos mi marido y yo especialmente para ellos; pero ya tomamos en cuenta que en cuanto crezcan un poco deberemos prepararles otro cuarto más o tal vez mudarnos a una casa más grande, porque no está bien que una nena y un varón duerman juntos mientras son adolescentes. Admiro la manera de trabajar de mi marido, investiga primero en profundidad los hechos y luego inventa un mundo en torno. Hace muchas anotaciones en una libretita verde, reportea gente que le aporta datos y perspectivas diferentes. Le interesa la verdad, dice, y no las aproximaciones o las versiones de la verdad; le gusta la verdad completa, íntegra, esférica, clara y evidente como destaca una horma de queso gouda en la góndola de lácteos del supermercado. Yo nunca podría escribir así; lo más cercano a la verdad que escribí fue La historia del Príncipe Kalandar, que era un príncipe de las Mil y Una Noches enamorado de un pato de hule. Recordé cuántos amores no correspondidos tuve en mi vida, y esa emoción la volqué en el príncipe Kalandar, la desolación que él siente por no ser amado por el patito de hule. Nadie criticó este texto, y el editor no contestó mis llamados durante medio año; como si yo hubiera escrito la historia nada más que para llevarlo a él a la quiebra, como una estafadora. A mí me gustaba mucho el cuento del príncipe Kalandar. En cierto sentido se parecía a mí misma. Físicamente, por lo menos: alto, huesudo, con la piel tan blanca que en ella se reflejaban los cambios de tiempo, el sol del atardecer y las estrellas y las nubes de tormenta: era un ser casi transparente. Mírenme a mí ahora, miren mi rostro con atención: ¿acaso no pueden adivinar en qué estoy pensando? Varios meses después de la salida de La historia del Príncipe Kalandar, vino a entrevistarme un periodista; era un chico joven y enseguida puso en evidencia que en la academia en la que estudió letras nunca le hicieron saber de la existencia de la literatura infantil. El único escritor para niños que conocía era a Hans Cristhian Andersen. Todo el tiempo asociaba la historia de El patito feo con el patito de hule del Príncipe Kalandar; decía que aquel texto influenció el mío: está visto que no comprendía el fenómeno: el patito feo es básicamente bueno y el patito de hule de Kalandar es básicamente malo. Se lo expliqué en estos términos y lanzó una mirada de piedad sobre mí. El fotógrafo que lo acompañaba, en cambio, tenía una idea más precisa de lo que es un escritor para niños: me hizo fotos entre los juguetes de mi bebé, hablando a un títere de paño, y al fin fuimos a la plazoleta de la otra cuadra y me sacó una foto subida al tobogán: era claro que el tipo consideraba que alguien que se dedica a la literatura infantil es un infradotado.

Los hijos de mi marido son muy parecidos a la madre, y nuestra hija Violeta, a mí. La ex esposa de mi marido es muy seria y rubia natural. Camina despacio y viste ropa oscura, ceñida, de felpilla, está metida en sí misma como una arveja en su vaina. No obstante es una mujer ordenada, exacta, luminosa, y vivirá cien años. Siempre ha sido amable conmigo, y todavía ahora me llama para saludarme en el Día de la Madre. No entiendo cómo mi marido no la prefiere a mí que habito en la penumbra, cómo no corre a vivir con ella, a entenderse, porque después de todo ella es la madre de sus hijos. No se lo pregunto porque las decisiones de los hombres son misteriosas, inescrutables. Yo, en cambio, soy casi una criatura de la noche, una mariposa nocturna que elude una y otra vez la llama de la única pequeña vela que arde en la oscuridad; solamente durante un breve tiempo fui una mariposa que salió a luz y luego volví a hundirme en las tinieblas. El Señor juega conmigo y me humilla para no perder su costumbre. También yo viviré cien años; para mi infortunio tardaré por lo menos cien años en chamuscarme poco a poco las alas.

Mi cuento para niños preferido es El Murciélago Poeta, lo escribió en 1964 Randall Jarrell, un poeta muy particular de Nashville, Tennessee. La leí por primera y única vez a los diez años, cuando estudiaba inglés en una academia. Era un libro color sepia con dibujos delicados, de Maurice Sendak. Nunca volví a leerla desde aquella vez, pero la recuerdo muy bien, mucho. Trata sobre un pequeño murciélago color café que decide no dormir durante el día sino abrir los ojos y contemplar cuanto lo rodea. E intenta luego que los otros murciélagos vean el mundo como él lo ve, la hermosura del mundo. Escribe poemas que reflejan su visión, y se hace amigo de una lechuza sabia y de unos cardenales. Esta historia es mi favorita porque yo también creo que uno escribe para mostrarle a los demás cómo uno ve el mundo. A veces, una delicia. A veces, un fiasco.

El color que más me gusta es el violeta; no sé si es el que mejor me sienta, pero es el más bonito de los siete que componen el Arco Iris. Hace como cuatro años atrás escribí un cuento titulado Amor Gigante. En él, un Gigante vivía muy alto y se llegaba a su morada trepando la planta de habichuelas verdes. Subía una nenita, simpática y grácil, la llamé Violeta, y ambos se hacían amigos entrañables en mi historia. Era una gran amistad, de ésas para toda la vida. Cuando quedé embarazada, supliqué a mi marido que me dejara elegir el nombre para nuestro hijo, si era una niña. Quería llamarla Violeta. Nació el 6 de enero, como un regalo propiamente de los Reyes Magos, y le pusimos Violeta. Pesaba casi tres kilos, y cuando abrió los ojos eran entre azules y negros. Era increíblemente hermosa: yo la observaba y fantaseaba cómo iría a ser su infancia, leyendo, gozando y criticando todos los libros que yo he escrito para los niños. Su nacimiento fue el acto más prodigioso con el que me regaló el Señor. Estábamos muy felices. Mucho, en ese momento.

Hace poco asistí a una conferencia sobre la importancia de la lectura. En el auditorio había sentadas trescientas maestras ardientes por saber trucos y consejos para estimular a los niños a leer libros. Leí mi trabajo con gran dificultad, preguntándome todo el tiempo qué cuernos hacía yo entre ese aquelarre de mujeres entristecidas. ¿Por qué debe una persona aconsejar a otra cómo estimular la lectura? ¿Acaso existen conferencias sobre cómo estimular el apetito? Sentí que estaba traicionando a mis lectores, los niños. Tuve ganas de gritar: “¡Perdónenme, por favor! Juro que no lo volveré a hacer. No volveré a dar una charla a estas insípidas criaturas, ni siquiera por dinero.” Yo nunca traicionaría a un niño, a mi hija nunca la he traicionado. Ni siquiera cuando el médico recomendó ese tratamiento novedoso a costa de su sufrimiento. No dije: “Lo haremos por su bien: que la operen, que la internen en terapia intensiva, que la entuben, que la alejen de mí”; odio a las personas que hacen sufrir a otras para brindarles una enseñanza; “ahora te duele, pero lo hago por tu bien”: es una frase que detesto. Por supuesto que ahora estoy arrepentida y hoy no veo en mi ética más que necedad. Supongo que uno puede aprender a cargar su propio arrepentimiento, vivir con eso, no lo sé.

Ni siquiera logro escribir un cuento tal como el burro flautista de la fábula conseguía tocar la flauta: por casualidad. Dice mi marido que no debo presionarme; que el estilo debe fluir como agua en una riera luego del deshielo. Hay personas que viven la escritura como una epifanía. Hoy no tienen nada y a lo mejor en un par de horas tienen un cuento magnífico, que les vino así, por inspiración, porque las Musas estaban aburridas y justo se fijaron en él. Yo tengo muchos apuntes de historias que querría escribir, además de la saga de Pollito Pimentón: está Enrique el Fiel, sobre un niño del Medioevo que sale a buscar la piel de un dragón para curar el mal de amores de su rey; Caty, la niña sonámbula y muchos más. Tengo la cabeza llena de ideas, de personajes. Aunque ninguno me resulta ahora atractivo, ése es el problema. Convivo con Pollito Pimentón o con cualquiera de las criaturas que inventé como con seres vivos. A veces me parece ver la sombra de un duende junto a la puerta, la huella luminosa de un piececito de hada al lado de la bañera. Así era antes: me levantaba desde sueños y me sentaba a escribir, y ellos se manifestaban, fluían, estaban vivos. Tanto es así que cuando pasó aquello y al cabo de un tiempo mi marido me veía como perdida, me preguntó: “Julia, decíme la verdad: ¿vos creés en las hadas, en los duendes, en la magia? ¿Los estás viendo, conversás con ellos?” No le contesté, para no herirlo y porque yo no quiero herir ya a nadie más: he cerrado el negocio de las heridas. Pero hubiera querido decirle: Creo únicamente en los ornitorrincos. En los equidnas. En la destreza de la mangosta para atrapar la cobra. En la liebre cuando mira hechizada los faros de los autos que le vienen de frente.

Antes de ayer leí un poema que me dejó muy impresionada. En realidad es una canción japonesa, que se canta al compás del samisen, un instrumento típico de ellos. Anoté estos versos porque pensé que podían impulsarme a escribir algo, sobre los pájaros o sobre la muerte. Pero no escribí una sola palabra: nada más me mordí los labios. Decía así:

Mira los árboles:

tres cedros y tres perales,

son seis en total.

En las ramas de abajo,

los nidos de los cuervos.

En las ramas de arriba,

los nidos de gorriones.

¿Y qué es lo que cantan

los pichones?

Cien pasos hasta el cementerio,

y cien más y otros cien.”

 

Las noches son largas ahora, y cuando mi marido no se encierra a escribir en su estudio nos la pasamos tendidos, en nuestra cama que aunque es de medida francesa nos parece tan amplia como si fuera una imperial. Pongo mi mano dentro de la suya, caliente, robusta, y él me encierra como si yo fuera un pajarito asustado. Le pido que me cuente cómo fue el nacimiento de nuestra hija; el momento en que se rompió la bolsa, las primeras contracciones, el taxi, la sala de partos. Me pregunta si sueño con Violeta, y yo le contesto que no: cuando duermo únicamente contemplo una hiedra. Él dice que sí sueña con ella, él piensa que Dios nos dio la facultad de soñar para que los muertos puedan comunicarse con nosotros, o para que uno vuelva a ver a quien nos ha dejado. “¿Qué hace ella ahí?”, le pregunto; pero él no puede responderme, sino que se rompe en dos y se pone a llorar. Llora con un chiflido muy cómico, tan patético cuando esto sucede, y confirma aquello que oí en una película, en la cual un juguete le dice a otro que el sentido de su existencia es ser amado por un niño.

Me gustaría alguna vez escribir sobre el dolor. Pero los editores no quieren que Pollito Pimentón sufra. Consideran que los niños no deben conocer el sufrimiento, por lo menos no a través de la literatura infantil. Les replico que no es humano saltearse la esfera del dolor, una persona que no sufre en la vida se pierde una porción de cosas. Ellos alegan que el dolor debe ser pudoroso; yo digo que este concepto es una falsedad, una mezquindad: la gente que dice eso está enferma de egoísmo. Me siento como el cochero de aquel cuento que quiere relatar su pena a alguno de los pasajeros, pero nadie le presta atención. Él gime y gime: “¿Quién escuchará mi tristeza?” Soy una olla sin tapadera. Soy un mosquito de invierno. El dolor lo crucifica a uno, hace sentir que uno es un tarado mental por ponerse a contar aquello que a los demás fastidia oír una y otra vez; y hasta quizás tienen razón porque hay algo intrínseco al dolor que es intransmisible. Sí que lo hay. Cuando me siento frente a la computadora en mi cuarto propio, miro mi único narciso, el sobreviviente, menearse cada mañana con la brisa, pregunto a veces en voz alta, a veces en voz baja: “¿A quién le importa el sonido que hace el viento, abatido, dando vueltas en redondo durante la madrugada, cuando no queda ningún bar abierto?” Algún día de la cuna haremos leña para la estufa nueva, algún día su retrato en mi mente irá borrándose y tal vez esto mismo, el olvido, produzca algo de alivio. Nunca se sabe, no. Dicen que cuando la herida no duele, duele la cicatriz; es probable. Mi silla no es muy mullida, siempre estoy algo incómoda aquí, será porque me siento sobre el borde. Mis dedos apuran un texto en el documento en blanco, es Pollito Pimentón que clama: “Ya no me humilles más, Señor. Levántame en mi hora de tribulación. Es tu tarea, es lo que un Buen Dios debe hacer. No me dejes solo, habitar en las cenizas. Mi corazón late alto y rápido; apriétalo contra el tuyo que es donde al final irá a romperse .” Después, pinto todo el texto y cambio sus fuentes: Arial, Times New Roman, Bookman Old Style. Luego lo borro: no puede uno escribir cuentos para niños con el espíritu así. No se puede.

© Patricia Suárez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Patricia Suárez | Argentina, 1969 | Escritora rosarina. Ganadora del Premio Clarín de Novela 2003. Ha incursionado en todos los géneros y publicado las novelas Aparte del principio de la realidad y Perdida en el momento. También es autora de varios libros de cuentos, poemarios, obras teatrales y del ensayo La escritura literaria. Página web en Los Noveles: Patricia Suárez