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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

...ZIDANE

(Instrucciones para la correcta utilización de una cabeza. Pregunta por un jíbaro. Hazte con una guía telefónica, ábrela por la Jota, pasa página tras página tras página, sirviéndote del índice digital, no del escrito. Contacta con el jíbaro. Tradúcete a ti mismo. Y dime qué te responde. Dime si rebautiza, antes ángel de Marsella, rey del mediocampo, ahora Jonás, en su estómago. Dime si has conseguido escapar de su intestino de pájaro exótico. En caso positivo, eres mi campeón)

 

Z: Se sirve fría. No como los espaguetis. Yo la pasta la prefiero recubierta de salsa de tomate caliente, de satélites de carne de ternera recién fritos. Caliente. Recién hecha. Deliciosa. No la ensalada de pasta fría, ese batiburrillo de lazos, fetuchinis, ese vómito del diablo que son los tortelinis. No sé si me entiendes. Residí en Italia durante unos años. Sé de lo que hablo.

E: ¿Hablas de los grandes almacenes?

Z: Hablo, más bien, de su influencia en las pequeñas tiendas, comercios que se muerden los labios por terror, que donan sus macarrones, los macarrones caros que nadie quiere, que nadie compra porque siempre hay otro establecimiento más barato, no a la ciencia, sino a los niños del mundo, para que fabriquen en cadena collares de colores, y los regalen a sus madres, a sus hermanos, a sus amigos de dos días en la playa. Ya lo ves: nunca desde el desconocimiento. Porque yo sé que la venganza quema con sólo pronunciarla; yo conozco las llamas del infierno, candentes en la sílaba primera, en la segunda, en la punta de la lengua. Ven-gan-za. Un clic en el cerebro, en la cabeza, y…

E: Una regla de tres.

Z: Eso es, justamente, lo que pensé: se sirve fría. Aquello que odio, hiela. Todo cuanto mis ojos no pueden ver, mi piel lo agradece en meses como éstos. El frío te deja como él mismo. Clic. Y lo relacioné. Eureka: en el descanso de la prórroga me convertí en un tipo metafísico. Mi conclusión se eleva a años luz de las pinzas de la ropa. El sudor, el aire acondicionado, trastocaron mi anterior concepción de lo vital, una meseta, y le agregaron montañas, nieve en sus cumbres al darles la vuelta, souvenir de mí mismo. De básico he pasado a planta cuarta.

E: ¿Y en qué consistía esa anterior concepción?

Z: Yo creía —yo estaba, de hecho, convencido— que la vida son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir, y que mientras tanto, entre arroyito y delta, lo nuestro consistía en buscar la felicidad en zonas cercanas al agua. Ahorré durante años para comprar una casa a la orilla del mar, para llevarme allí a la abuela de las hermanas Benavides Alba. Era mi objetivo: un sitio en el que descansar, que me recordase a mi vida de siempre, y conectase mi vida de entonces, del futuro, de lo inminente, con las grandes alegorías de la historia.

E: ¿Como el campo o la hierba?

Z: Empecé a jugar al fútbol en Marsella, junto al mar, porque el césped me recordaba a la orilla de los ríos. Ha sido, ya ves, una de mis aspiraciones de siempre. Me obsesionaba cumplir el designio de los grandes poetas, proclamarme elegía. Ya entonces leía a Jorge Manrique. Hasta el otro día. El otro día descubrí que el agua no servía para nada. Aquel hombre, poco a poco, iba royendo mi paciencia, su ignorancia picoteaba mi nuca, una alimaña, un pájaro exótico oculto en la terraza. Me harté.

E: ¿Qué fue, entonces, lo que te dijo?

Z: Y una mierda, me gritó. Y una mierda Manrique. Dante, Dante, en original, sin traducir. ¡Pedante! En italiano, por supuesto. Y esto fue lo que me hirió: pedante a mí. Porque yo domino varios idiomas. Es natural: él retrasado, yo genio, superdotado para el balón y la alta cultura. Porque yo leí a Manrique en castellano antiguo. ¡En castellano antiguo! Qué decía de Dante, de pedante, ese imbécil, por favor. Ese tipo, me pregunto, ¿ha leído a Heidegger? ¿Ha leído a Moliére? ¿Traducidos? ¿Ha leído? ¿Conoce algo que no sean libros de jardinería? Pues que se calle. Que se calle. Eso le respondí: cállate. Y susurró algo de una puerta, de perder la esperanza, de traspaso. Y lo reconocí: Dante otra vez. Qué pesado con las lecturas obligatorias en el colegio. Chico, si no has salido de ahí, si de párvulos pasaste a los grandes estadios, yo no tengo la culpa. Y, no sé por qué, quizá por mi descubrimiento durante el descanso tras la segunda parte, en lugar de mantener la calma, como siempre, me indigné. Y me miró. Y en sus ojos reconocí la soberbia de los ignorantes, de todos los ignorantes con los que he compartido vestuario, habitación en la noche anterior a los partidos. Y recordé: la venganza es un plato que se sirve frío. Las noches inventando mitos eróticos para matar el tiempo, aparentando mi normalidad. Las noches soportando películas norteamericanas, de acción, de humor, todo mentira, todo mentira. Las noches fingiendo cansancio, o dolor, para no ir a discotecas, y no soportar sintetizadores, cubitos, a rubias ajenas a la filología.

E: Y le diste un cabezazo.

Z: Se lo di. Para extraer de su pecho la ignorancia. Para reactivar su corazón, y abrirlo a la belleza. Para despedirme con una buena acción.

(Sobre la mesilla de noche, entre la lamparita de Ikea, las gafas negras de pasta y el vasito de agua para por si se le seca la boca por la noche, El Hombre Capaz De Emocionar Pateando Un Balón, un francés de origen argelino que dotó de lógica a aquellos empeñados en aplicar el adjetivo elegante a lo futbolístico, deposita una antología de los mejores poemas en lengua castellana. Me asegura que lo que más le atrajo de la oferta del Real Madrid, hace cuántas temporadas, fue la posibilidad de conseguir el carnet de la Biblioteca Nacional, e invertir su tiempo libre en investigar legajos.

Embozo de la sábana versus punta de la nariz. Un niño con miedo. Enciende el televisor, recorre los canales, ignora los de deportes, con interés repasa la oferta de documentales. Opta, final y sorpresivamente, por una película. Ciclo de Tarantino. Qué irónico: su final y sus gustos cinematográficos. Cabeza, katana. Heridas, condenas)

 

Z: Fíjate en lo que advierte el primer fotograma de la primera parte de Kill Bill. Se sirve frío. No soy Groucho Marx: con toda la razón a mi favor podría expulsarte de aquí a cabezazos. No eres digna de que yo charle contigo; pero una metáfora a la altura de cualquiera de éstas

(Su mano reposa sobre la antología, en la mesilla)

bastará para sanarte. La venganza no es más que un castigo aplicado con severidad, que además complace de manera infinita a quien lo otorga. Es justa la venganza; categórica.

(Calla. Cierra los ojos)

E: ¿Duermes?

Z: Aún no. Además de la almohada, necesito un cojín. Yo no soy un cualquiera.

E: Un cojín para mantener la cabeza en alto. ¿No?

Z: El riesgo sanguíneo, ya sabes. Y el dolor de cuello por la mañana, cuando me despierto. El dolor de cuello, las cervicales tiesas como un portero eslavo, la auténtica señal y garantía del Apocalipsis. Magdalenas y tortícolis. Qué horror.

© Elena Medel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Elena Medel | España, 1985 | Ha publicado los poemarios Mi primer bikini (DVD, 2002), Vacaciones (El Gaviero, 2004) y Tara (DVD, en prensa). También ejerce la crítica literaria, imparte talleres de creación, escribe cuentos y hace de las suyas (y de las de otros) en La Bella Varsovia. (Foto: José Antonio Chacón)