LAS NIÑAS DE ISAAC
Mis abuelos adoraban a María Fernanda, tanto como
a mí. Confieso que llegué a sentir celos porque
yo era la nieta y ella simplemente la vecina. Nunca me atreví a
reclamar nada, no había para qué; ella estaba
sola y yo los tenía a ellos, bueno, eso creí hasta
que Mafer, como llamo a mi mejor amiga, y Poncho, me enseñaron
la verdad.
No recuerdo a qué edad nos conocimos. Está presente
desde que tengo memoria. Nuestras vidas han corrido paralelas,
como una película con dos protagonistas. Fuimos hijas únicas,
brillantes estudiantes, solitarias y abandonadas: mi madre
me llevó un día a visitar a los abuelos y se
marchó a Londres, a probar suerte. Mafer vivía
con su mamá, aunque vivía es una exageración,
porque no se veían: su madre era médico y nunca
conoció a su padre, como yo. Mis abuelos nos cuidaron.
La abuela se empecinó en hacernos señoritas,
pero no lo permitimos, y el abuelo nos introdujo en el mundo
del cine.
A los ocho años ya habíamos visto los clásicos
de la cinematografía mundial, devoramos las películas
mexicanas de la época de oro, nos burlamos de las
de Walt Disney, se nos pasó el encanto por el blanco
y negro y por los filmes de El Santo. Necesitábamos
más, y el abuelo no era el indicado para ofrecernos
lo que buscábamos, así que nos independizamos
de su tutoría. Su mundo nos quedaba chico, como los
suéteres que nos tejía la abuela.
Cerca de nuestras casas había un cine de esos provincianos
(nuestro pueblo estaba rodeado de maizales, no podíamos
aspirar a más) administrado por Poncho, un adolescente
cinéfilo que se convirtió pronto en nuestro
gurú. A él le debemos todo lo que fuimos y
aun lo que somos. Él supo nuestro secreto. Es parte
de nuestro secreto. Desde la primera vez que nos vio supo
que éramos a quienes buscaba y sabía lo que
ansiábamos encontrar. Los abuelos nunca sospecharon
nada, tampoco la mamá de Mafer, que estaba demasiado
ocupada en el hospital.
Nuestras vidas cambiaron el día que nos mostró La
noche de los muertos vivientes. Esa carnicería
de zombies nos enloqueció y pedimos más y
más. Poncho disfrutó quizá más
que nosotras ese placer por la sangre y no dudó en
guiarnos por el ámbito gore y de terror.
Nos estaba preparando, lo sabíamos y atendíamos
sus enseñanzas, las cuales incluían lecturas:
Lovecraft, Allan Poe y Horacio Quiroga son parte de nuestra
educación sentimental. Pero éramos exigentes: Frankenstein nos
pareció un tanto ingenua; Drácula,
demasiado romántica; El Exorcista, un
poco exagerada; las películas ochenteras, como Christine, Juegos
diabólicos, La Profecía, un tanto aburridas. “Ustedes
dos son insaciables y eso me agrada”, nos decía
mientras nos daba golpecitos en la cabeza, “pronto llegará lo
que ansían, pero para todo hay un tiempo”. Formamos
un cineclub privado. Semana a semana nos reuníamos
para ver un filme, a veces solamente nos contaba historias
o nos prestaba un libro o nos mostraba fotos increíblemente
rojas.
Desde que lo conocimos dejamos de vestir a las Barbies y
esos juegos estúpidos como las escondidillas o los
de mesa; tampoco nos enganchamos con el Atari, el Pacman
o el Fabuloso Fred, como nuestros compañeros de clase,
ni con esas patrañas resultado de películas
para soñadores como Star Wars, sus secuelas
y sus espadas fluorescentes. Necesitábamos algo más
real, así que cuando cumplimos diez años, Poncho
nos mostró unas películas muy cortitas de asesinatos, ¡esas
sí que eran buenas! Cada vez que veíamos una
algo extraño nos pasaba en el cuerpo, era como una
excitación sobrecogedora, todo era tan real y tan
preciso: una persona a cuadro lista para morir y un verdugo
dispuesto a cumplir su deseo. Había tanto placer en
esas miradas que nos contagiaban. “Yo quiero hacer una de
esas pelis”, aulló un día Mafer.
—¿Y tú? —me preguntó Poncho mientras
sobaba mis piernas.
—No sé —tartamudeé, la voz de Mafer me espantó,
había algo extraño en ellos, a mí me
gustaba ver las películas, pero jamás había
imaginado estar en ellas. Eso era diferente.
—Claro que quiere. Laura quiere lo mismo que yo, ¿verdad? —me
arrinconó.
—Sí —dije sin entender bien lo que pasaba. No quería
contradecirla, era mi mejor amiga y resultaba natural que
quisiéramos lo mismo. Siempre había sido así,
a mis abuelos esa empatía les parecía un regalo,
estaban tan orgullosos de nuestro apego; así que mi
parquedad sí resultaba natural y consecuente.
Esa tarde regresamos a mi casa, cenamos con los abuelos
como de costumbre.
—¿Qué tal les fue?
—Poncho nos enseñará a hacer películas —sonrió Mafer.
—Pero son unas niñas —reclamó la abuela.
—A mí me parece excelente —al abuelo se le iluminaron
los ojos—, sin embargo, creo que les hará falta algo —sonrió cómplice—.
Cierren los ojos y espérenme aquí. No pueden
moverse ni seguirme ni nada. La abuela las vigilará,
así que mucho cuidado.
Obedecimos y nos tapamos los ojos. Escuchábamos la
respiración de la abuela y los pasos de él
en el pasillo.
—Abran los ojos.
—¿Qué es?
—¡Cómo que qué es, niñas, es
una cámara Súper 8! Y se las prestaré para
que hagan su primera película, ¿cómo
ven?
—¡Abuelo!, ¿en serio?
La idea de tener una cámara de vídeo me trastornó,
nunca pensé que tendría una en mis manos. El
miedo que me había asaltado durante la sesión
semanal de cine con Poncho se esfumaba.
—¿Y yo también podré usarla? —preguntó Mafer
un tanto alterada.
—Claro que sí —respondí de inmediato— para
eso somos amigas—abracé al abuelo-, eres increíble,
te amo —esa noche no dormí.
A la semana siguiente le contamos a Poncho la sorpresa del
abuelo y se alegró tanto como nosotras. “Entonces,
ahora sí es el momento”, dijo muy serio, “hoy será un
día especial”.
—¿Qué veremos hoy? —me lancé ansiosa.
-Tranquila, tranquila. Es
una película que estoy
convencido les fascinará —hizo una pausa solemne—.
Señoras y señores, esta tarde proyectaremos
un filme basado en un cuento de Stephen King, una historia
que él asegura ficción, pero que yo sé,
y deberán creerme, no lo es.
Mafer y yo aplaudimos y nos acomodamos en los asientos.
—Ante ustedes, la presentación estelar de Los
chicos del maíz. —Poncho apagó la luz—.
Y así empezó la película. Nunca he
podido olvidar los ojos de Isaac ni su increíble parecido
con Poncho. Fue como si la pantalla nos hablara.
—Esos maizales son iguales a los que hay en la carretera —dijo
Mafer.
Tenía razón: el paisaje era idéntico,
así como la mujer del auto se parecía a lo
poco que todavía recordaba de mi madre. Mientras avanzaba
la película, sentí cómo la sangre hervía
dentro de mí, me dolía pensar que se hubiera
ido, que no llamara casi, que no regresara por mí.
También sentí coraje por la mamá de
Mafer, siempre tan ocupada con sus pacientes, y por mis abuelos,
tan nobles e incapaces de exigirle a su hija que regresara.
Además, había algo en esas imágenes
del maíz que me reconfortaban, “así suena el
viento en las noches”, pensé. Escuché hablar
a Isaac como si hubiera estado ahí, frente a mí,
y el gran parecido que tenía con Poncho. Me reconocí en
la mirada de esos niños del maíz y desprecié a
sus padres tanto como a los míos. Disfruté el
temor de los adultos al morir y, sobre todo, la angustia
de esa parejita de bobos que intentaban “salvar” a los pequeños
hermanitos videntes.
De reojo miré a Mafer, estaba tan feliz como yo.
Por fin había llegado esa película que tanto
anhelábamos. Isaac tenía catorce años;
nosotras, doce, y Poncho pronto cumpliría dieciocho.
No sentí miedo en ningún momento ni remordimiento.
Yo comulgaba con los chicos del maíz: lo mejor es
un mundo sin adultos. Y desde el primer sacrificio supe que
yo quería ser uno de ellos. Mafer me apretó la
mano y en ese momento entendimos nuestro deber: El que Camina
detrás de la Hilera, él era a quien debíamos
adorar, tal como los niños de ese poblado perdido
en el medio oeste norteamericano. Pero como siempre, los
adultos se salieron con la suya, y la parejita esa destruyó los
maizales y a Isaac, los traidores fueron castigados, ¡siquiera!
Conforme se incendiaba el campo el enojo me envolvió nuevamente,
sentí que esas llamas me quemaban las mejillas y la
frente. Ahora fui yo quien apretó la mano, tanto que
la lastimé, pero ella, que también estaba iracunda,
soportó el dolor por orgullo y por coraje. “No es
justo”, lloré, “apágala, apágala”, le
exigí a Poncho.
—Esto no se puede quedar así —amenazó Mafer—,
no lo merecemos. No puede acabarse nomás porque sí.
—¿Y qué se te ocurre? —Poncho sonrió—, ¿alguna
idea o propuesta?
—¡Continuemos con el proyecto! —concluyó Mafer.
—¡Cómo si fuera tan fácil! —se lamentó Poncho— llevo
años intentándolo sin conseguirlo. El mundo
adulto me oprime y lo peor es que siento que me acerco a
ellos y no quiero.
—No lo permitiremos —lo interrumpí—. Nunca seremos
como ellos, ¿verdad, Poncho? ¿Verdad que no
permitirás que nos convirtamos en uno de ellos?
—Somos mejores indudablemente, y no seremos así,
aunque yo… —se soltó llorando— yo me acerco al límite —nos
abrazó y besó a cada una— pero ustedes me protegerán
y también continuarán con la limpieza.
Estábamos muy excitadas, tanto que de camino a casa
lo único que pensaba era en lo odiosos que eran mis
abuelos y en todos los años en los que había
vivido creyendo lo contrario. Mi madre me pareció no
sólo una desgraciada sino una mujer sumamente desagradable
y tonta. A cada paso pensaba en las molestias que me causaban
los adultos: mis profesores, los vecinos, los dueños
de la tienda, los policías, los que salen en la tele,
los deportistas, el jardinero… me enfadó mi propia
imagen de adulta: “yo no”, me prometí a mí misma.
Supuse que Mafer pensaba lo mismo, pero no: ella iba un paso
adelante. Llegamos a mi casa en silencio. Cenamos sin hablar.
Al abuelo le extrañó.
—¿Y ahora por qué tan calladas, Laurita? —se
burló.
—No me llames Laurita —lo remedé— recuerda que mi
nombre es Laura.
Nunca le había hablado así, y no me arrepiento,
me merecía respeto y mucho les había aguantado
como para soportarlos más. Estaba consternado pero
no se atrevió a reprenderme. Sabía que tenía
razón. Así que bajó la mirada y no volvió a
preguntar nada más. Se veía tan espantado.
Y no se diga la abuela, que por mala suerte no le dio un
infarto en ese momento y sólo se puso a llorar. “Dile
que se calle”, grito Mafer, “odio a las ancianas y más
a las chillonas”, y mi abuela en lugar de obedecer, lloraba
más y más. Así que tuve que darle una
cachetada. “No me hagas enojar”, le advertí. Y santo
remedio: se calló.
El abuelo trató de
persuadirme, pero yo sabía
muy bien lo que quería, y Mafer también. Sin
pronunciar palabra empezamos a actuar. Primero, le reclamé sus
mimos: “no soy una niña idiota, ¿entienden?”.
La sangre me hervía, estaba muy acalorada, entre más
hablaba, la ira iba tomándome, me sentía más
feliz. Mientras los insultaba, Mafer les daba pisotones o
les jalaba el cabello. De pronto, nos empezamos a reír
y ya no pudimos parar. El abuelo intentó pararse y
ese atrevimiento sí me molestó. Le golpeé el
estómago con tanta fuerza que le saqué el aire.
No le quedó más que sentarse. Nunca me había
percatado de lo fuerte que soy ni del placer que se experimenta
al utilizar esa fuerza contra alguien. La abuela gritó “¿por
qué?”…
—Porque sí, porque estoy enojada, porque estoy sola,
porque mis padres me abandonaron, porque no soy un objeto.
Y ultimadamente: porque quiero.
La abuela me miró y esa mirada dulce me enfureció,
pero menos que a Mafer: “dile que no me mire así,
Laura, dile que no me mire así”. Y se le fue encima,
la tiró de la silla; ignoro con qué se pegó pero
la sangre brotó inmediatamente.
—Trae la cámara, trae la cámara —me ordenó Mafer.
—¿Dónde está, abuelo? —fijó la
vista en mi rostro y reconocí su odio. Eso me agradó— Eres
igual que todos los adultos: un mentiroso, hipócrita.
Contéstame: ¿dónde está la cámara? ¡La
quiero!
Permaneció inmóvil en la silla, sin pestañear
siquiera. En el piso la abuela sangraba. Ante la desobediencia
del abuelo, Mafer intervino: lo amenazó con un cuchillo. “¿Verdad,
abuelo, que me la darás?”, y le dio una cuchillada
en la panza.
Actuamos como unas profesionales, y lo éramos. Poncho
y sus películas nos habían enseñado
la ruta. Caminaron hacia la habitación principal y
yo me quedé en el comedor mirando a la abuela y dibujando
sobre la mesa con su sangre. Me gusta dibujar, como a Hanna,
la niña de la película, y como ella dibujé el
futuro de mis abuelos: dos tumbas. Cuando regresaron, la
abuela aún respiraba.
—Empieza a filmar —le ordenó Mafer al abuelo—, hazlo
o…
Antes de terminar la frase ya le había dado otro
cuchillazo en la espalda. Los hombres son orgullosos, ese
es un problema de la vida adulta, pero el orgullo no le sirvió de
nada en ese momento, como no le había servido nunca.
Comenzó a grabar.
—Abuelo, enséñame —siguió filmando
sin dejar que yo me acercará— quiero aprender, ¿no
entiendes? —parecía que le hablaba a la pared. Se
limitó a observar tras la cámara la agonía
de la abuela.
—Espera, falta acción —Mafer estaba muy creativa
ese día— Ven, Laura, ayúdame, hay que sentarla
nuevamente y entonces hacemos como que estamos comiendo las
tres, ¿sale?
—¿Y quién lo vigilará? —cuestioné.
—No te preocupes, él sabe que si no obedece la lastimaré.
Por cada orden incumplida juro que le cortaré un dedo.
—¡Qué buena idea! ¿Pero para qué quieres
que la sentemos?
—No sé, me pareció divertido.
—Bueno, pero hay que amarrarla para que no se caiga.
—Trae su tejido. El estambre de los suéteres que
nos estaba tejiendo es grueso.
Me dirigí a su sofá y ahí estaba lo
que buscaba. Cuando regresé, le pedí al abuelo
que me hiciera un acercamiento: “Por fin servirá de
algo lo que teje la abuela… Abuela, tienes que mejorar tu
derecho y tu revés, no te quedan tan bonitos como
deberían”, me burlé. La cargamos como pudimos: “Vaya
que estás gorda”, me quejé. Después,
sacamos las agujas del tejido y lo desbaratamos mientras
la sujetábamos a la silla. “Abuelo, toma sus manos.
Quiero que salga también su cabello rojo. Abuela,
qué guapa te ves de pelirroja. No sé por qué nunca
te quisiste pintar el pelo, pero ahora ya no hay tiempo”,
terminé la frase y miré el reloj, “¡Tu
mamá ya debe haber llegado!”.
—No te preocupes —dijo con tranquilidad y cogió el
teléfono—. “Ma, hola, oye, me quedaré a dormir
con Laura, hay una cena especial y el abuelo nos está enseñando
a usar su cámara Súper 8. Sí, ya terminé toda
la tarea y acá está mi mochila. No, no te preocupes,
Laura y yo usamos la misma talla. Okay, sí, sí,
siempre me porto bien. Buenas noches, ma, nos vemos mañana” —colgó—. ¿Ves?,
no hay problema. Los adultos son muy tontos. No cabe duda
que los años restan inteligencia. ¡Ay, Laura,
me encanta nuestra peli! Yo creo que a Poncho le encantará.
Ahora sí somos unas verdaderas chicas del maíz.
Le pedimos al abuelo que
se sentara frente a la abuela. Mafer se paró junto
a ella y la empezó a peinar: “Te
tienes que ver muy guapa”. Le solicité al abuelo que
se acercara más, mientras yo la regañaba: “El
color que me escogiste es espantoso, tan horrible como tus
manos arrugadas y los waffles que preparas”. La miré y
el coraje me nubló. Me lancé contra su cuello
y lo apreté hasta que dejó de respirar. Me
gustó el latir apresurado, mi respiración agitada
y la textura de su cuello viejo en mis manos niñas.
Le ordené al abuelo que siguiera filmando, estaba
extasiada. Mafer se sentó frente a nosotras: “No puedo
perderme esta escena, Laura, deberías ser actriz”.
Me aferré a su cuello como hubiera querido que mi
madre se aferrara a mí. Mafer me aplaudió: “bravo,
bravo”. El abuelo quiso dejar la cámara pero una cuchillada
en la pierna bastó para detenerlo. Le arrebaté la
cámara justo a tiempo porque se tiró al piso.
Cuando lo miré en cuclillas, adiviné que era
el momento: tomé otro cuchillo y lo hendí en
su espalda. Mafer le insertó el suyo una y otra vez
hasta que cayó de bulto en el piso. Lo que más
le admiré al abuelo siempre fue su valentía.
Pero no fue suficiente para salvarlo. Como un santo, o como
un tonto, no emitió ni una palabra ni un aullido. ¡Es
una lástima que no quedó en la cámara!
Los dejamos ahí y
nos preparamos una leche caliente con chocolate; es buena
antes de dormir. Esa noche dormí plácidamente
y por primera vez no soñé con mi madre. Al
día siguiente, nos levantamos muy temprano y nos alistamos
para ir a la escuela. Nos preparamos un sándwich para
el recreo y partimos con la felicidad encima. Cuando
salimos de clases fuimos a buscar a Poncho, se sorprendió al
vernos: “¿Niñas, qué hacen aquí,
hoy no toca reunión?”
-Ven con nosotras, tenemos
algo que enseñarte -le
dije.
-Ahora no puedo.
-No seas malo -se
acercó Mafer y
lo besó en la boca.
-Mmm, con esa invitación
no puedo negarme.
***
Antes de abrir la puerta también lo besé.
Adentró le pedí que me tocará. “Lo que
verás te gustará, pero cierra los ojos”. Se
dejó conducir por nosotras, estaba excitado. Al llegar
a la cocina, empezó a reír. “Niñas, ¿qué han
hecho?”. Volteó al abuelo, zangoloteó a la
abuela… “Las felicito”.
-Eso no es todo -interrumpió Mafer-
mira -le
dio la cámara Súper 8- aquí está la
grabación.
Poncho estaba fuera de sí, se reía, nos besaba,
saltaba. Sabíamos que estaba orgulloso de ser el continuador
del legado de Isaac. Era nuestro Isaac, con una sola diferencia:
Poncho pronto cumpliría dieciocho años. Tomó la
cámara y la proyectó sobre la pared. ¡Qué extraño
es mirarse en una película!
-Ves, Laura, deberías
ser actriz -insistió Mafer.
-¿Qué te
parece? -pregunté.
-Maravilloso, pero ahora
tienen que terminar su trabajo. Yo las ayudaré -en
silencio, nos puso en las manos a cada una un cuchillo y él
tomó otro- Laura, ¿dónde
está tu habitación?
***
Se acostó en mi cama
y nos pidió que nos colocáramos
a los costados. “Por favor, antes bésenme”, dijo.
Los besos fueron largos.
Poncho se enterró el cuchillo en el estómago
y tartamudeando nos encargó terminar el trabajo. “Sin
duda este es el mejor día de mi vida”. Sonrió.
Los tres habíamos
cumplido nuestro deber: nadie mayor de dieciocho debe vivir.
No hay para qué.
Pensamos que El que Camina detrás de la Hilera estaría
complacido con nosotros. Era una lástima que la muerte
de Poncho no estuviera filmada. Pero Mafer y yo estábamos
seguras de que algún día otros comprenderían
el legado de nuestros actos. La
verdad era esa, y se hallaba grabada para quienes la quisieran
ver.
© Miriam Mabel Martínez |