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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

 

 

LAS NIÑAS DE ISAAC

 

Mis abuelos adoraban a María Fernanda, tanto como a mí. Confieso que llegué a sentir celos porque yo era la nieta y ella simplemente la vecina. Nunca me atreví a reclamar nada, no había para qué; ella estaba sola y yo los tenía a ellos, bueno, eso creí hasta que Mafer, como llamo a mi mejor amiga, y Poncho, me enseñaron la verdad.

No recuerdo a qué edad nos conocimos. Está presente desde que tengo memoria. Nuestras vidas han corrido paralelas, como una película con dos protagonistas. Fuimos hijas únicas, brillantes estudiantes, solitarias y abandonadas: mi madre me llevó un día a visitar a los abuelos y se marchó a Londres, a probar suerte. Mafer vivía con su mamá, aunque vivía es una exageración, porque no se veían: su madre era médico y nunca conoció a su padre, como yo. Mis abuelos nos cuidaron. La abuela se empecinó en hacernos señoritas, pero no lo permitimos, y el abuelo nos introdujo en el mundo del cine.

A los ocho años ya habíamos visto los clásicos de la cinematografía mundial, devoramos las películas mexicanas de la época de oro, nos burlamos de las de Walt Disney, se nos pasó el encanto por el blanco y negro y por los filmes de El Santo. Necesitábamos más, y el abuelo no era el indicado para ofrecernos lo que buscábamos, así que nos independizamos de su tutoría. Su mundo nos quedaba chico, como los suéteres que nos tejía la abuela.

Cerca de nuestras casas había un cine de esos provincianos (nuestro pueblo estaba rodeado de maizales, no podíamos aspirar a más) administrado por Poncho, un adolescente cinéfilo que se convirtió pronto en nuestro gurú. A él le debemos todo lo que fuimos y aun lo que somos. Él supo nuestro secreto. Es parte de nuestro secreto. Desde la primera vez que nos vio supo que éramos a quienes buscaba y sabía lo que ansiábamos encontrar. Los abuelos nunca sospecharon nada, tampoco la mamá de Mafer, que estaba demasiado ocupada en el hospital.

Nuestras vidas cambiaron el día que nos mostró La noche de los muertos vivientes. Esa carnicería de zombies nos enloqueció y pedimos más y más. Poncho disfrutó quizá más que nosotras ese placer por la sangre y no dudó en guiarnos por el ámbito gore y de terror. Nos estaba preparando, lo sabíamos y atendíamos sus enseñanzas, las cuales incluían lecturas: Lovecraft, Allan Poe y Horacio Quiroga son parte de nuestra educación sentimental. Pero éramos exigentes: Frankenstein nos pareció un tanto ingenua; Drácula, demasiado romántica; El Exorcista, un poco exagerada; las películas ochenteras, como Christine, Juegos diabólicos, La Profecía, un tanto aburridas. “Ustedes dos son insaciables y eso me agrada”, nos decía mientras nos daba golpecitos en la cabeza, “pronto llegará lo que ansían, pero para todo hay un tiempo”. Formamos un cineclub privado. Semana a semana nos reuníamos para ver un filme, a veces solamente nos contaba historias o nos prestaba un libro o nos mostraba fotos increíblemente rojas.

Desde que lo conocimos dejamos de vestir a las Barbies y esos juegos estúpidos como las escondidillas o los de mesa; tampoco nos enganchamos con el Atari, el Pacman o el Fabuloso Fred, como nuestros compañeros de clase, ni con esas patrañas resultado de películas para soñadores como Star Wars, sus secuelas y sus espadas fluorescentes. Necesitábamos algo más real, así que cuando cumplimos diez años, Poncho nos mostró unas películas muy cortitas de asesinatos, ¡esas sí que eran buenas! Cada vez que veíamos una algo extraño nos pasaba en el cuerpo, era como una excitación sobrecogedora, todo era tan real y tan preciso: una persona a cuadro lista para morir y un verdugo dispuesto a cumplir su deseo. Había tanto placer en esas miradas que nos contagiaban. “Yo quiero hacer una de esas pelis”, aulló un día Mafer.

—¿Y tú? —me preguntó Poncho mientras sobaba mis piernas.

—No sé —tartamudeé, la voz de Mafer me espantó, había algo extraño en ellos, a mí me gustaba ver las películas, pero jamás había imaginado estar en ellas. Eso era diferente.

—Claro que quiere. Laura quiere lo mismo que yo, ¿verdad? —me arrinconó.

—Sí —dije sin entender bien lo que pasaba. No quería contradecirla, era mi mejor amiga y resultaba natural que quisiéramos lo mismo. Siempre había sido así, a mis abuelos esa empatía les parecía un regalo, estaban tan orgullosos de nuestro apego; así que mi parquedad sí resultaba natural y consecuente.

Esa tarde regresamos a mi casa, cenamos con los abuelos como de costumbre.

—¿Qué tal les fue?

—Poncho nos enseñará a hacer películas —sonrió Mafer.

—Pero son unas niñas —reclamó la abuela.

—A mí me parece excelente —al abuelo se le iluminaron los ojos—, sin embargo, creo que les hará falta algo —sonrió cómplice—. Cierren los ojos y espérenme aquí. No pueden moverse ni seguirme ni nada. La abuela las vigilará, así que mucho cuidado.

Obedecimos y nos tapamos los ojos. Escuchábamos la respiración de la abuela y los pasos de él en el pasillo.

—Abran los ojos.

—¿Qué es?

—¡Cómo que qué es, niñas, es una cámara Súper 8! Y se las prestaré para que hagan su primera película, ¿cómo ven?

—¡Abuelo!, ¿en serio?

La idea de tener una cámara de vídeo me trastornó, nunca pensé que tendría una en mis manos. El miedo que me había asaltado durante la sesión semanal de cine con Poncho se esfumaba.

—¿Y yo también podré usarla? —preguntó Mafer un tanto alterada.

—Claro que sí —respondí de inmediato— para eso somos amigas—abracé al abuelo-, eres increíble, te amo —esa noche no dormí.

A la semana siguiente le contamos a Poncho la sorpresa del abuelo y se alegró tanto como nosotras. “Entonces, ahora sí es el momento”, dijo muy serio, “hoy será un día especial”.

—¿Qué veremos hoy? —me lancé ansiosa.

-Tranquila, tranquila. Es una película que estoy convencido les fascinará —hizo una pausa solemne—. Señoras y señores, esta tarde proyectaremos un filme basado en un cuento de Stephen King, una historia que él asegura ficción, pero que yo sé, y deberán creerme, no lo es.

Mafer y yo aplaudimos y nos acomodamos en los asientos.

—Ante ustedes, la presentación estelar de Los chicos del maíz. —Poncho apagó la luz—.

Y así empezó la película. Nunca he podido olvidar los ojos de Isaac ni su increíble parecido con Poncho. Fue como si la pantalla nos hablara.

—Esos maizales son iguales a los que hay en la carretera —dijo Mafer.

Tenía razón: el paisaje era idéntico, así como la mujer del auto se parecía a lo poco que todavía recordaba de mi madre. Mientras avanzaba la película, sentí cómo la sangre hervía dentro de mí, me dolía pensar que se hubiera ido, que no llamara casi, que no regresara por mí. También sentí coraje por la mamá de Mafer, siempre tan ocupada con sus pacientes, y por mis abuelos, tan nobles e incapaces de exigirle a su hija que regresara. Además, había algo en esas imágenes del maíz que me reconfortaban, “así suena el viento en las noches”, pensé. Escuché hablar a Isaac como si hubiera estado ahí, frente a mí, y el gran parecido que tenía con Poncho. Me reconocí en la mirada de esos niños del maíz y desprecié a sus padres tanto como a los míos. Disfruté el temor de los adultos al morir y, sobre todo, la angustia de esa parejita de bobos que intentaban “salvar” a los pequeños hermanitos videntes.

De reojo miré a Mafer, estaba tan feliz como yo. Por fin había llegado esa película que tanto anhelábamos. Isaac tenía catorce años; nosotras, doce, y Poncho pronto cumpliría dieciocho. No sentí miedo en ningún momento ni remordimiento. Yo comulgaba con los chicos del maíz: lo mejor es un mundo sin adultos. Y desde el primer sacrificio supe que yo quería ser uno de ellos. Mafer me apretó la mano y en ese momento entendimos nuestro deber: El que Camina detrás de la Hilera, él era a quien debíamos adorar, tal como los niños de ese poblado perdido en el medio oeste norteamericano. Pero como siempre, los adultos se salieron con la suya, y la parejita esa destruyó los maizales y a Isaac, los traidores fueron castigados, ¡siquiera!

Conforme se incendiaba el campo el enojo me envolvió nuevamente, sentí que esas llamas me quemaban las mejillas y la frente. Ahora fui yo quien apretó la mano, tanto que la lastimé, pero ella, que también estaba iracunda, soportó el dolor por orgullo y por coraje. “No es justo”, lloré, “apágala, apágala”, le exigí a Poncho.

—Esto no se puede quedar así —amenazó Mafer—, no lo merecemos. No puede acabarse nomás porque sí.

—¿Y qué se te ocurre? —Poncho sonrió—, ¿alguna idea o propuesta?

—¡Continuemos con el proyecto! —concluyó Mafer.

—¡Cómo si fuera tan fácil! —se lamentó Poncho— llevo años intentándolo sin conseguirlo. El mundo adulto me oprime y lo peor es que siento que me acerco a ellos y no quiero.

—No lo permitiremos —lo interrumpí—. Nunca seremos como ellos, ¿verdad, Poncho? ¿Verdad que no permitirás que nos convirtamos en uno de ellos?

—Somos mejores indudablemente, y no seremos así, aunque yo… —se soltó llorando— yo me acerco al límite —nos abrazó y besó a cada una— pero ustedes me protegerán y también continuarán con la limpieza.

Estábamos muy excitadas, tanto que de camino a casa lo único que pensaba era en lo odiosos que eran mis abuelos y en todos los años en los que había vivido creyendo lo contrario. Mi madre me pareció no sólo una desgraciada sino una mujer sumamente desagradable y tonta. A cada paso pensaba en las molestias que me causaban los adultos: mis profesores, los vecinos, los dueños de la tienda, los policías, los que salen en la tele, los deportistas, el jardinero… me enfadó mi propia imagen de adulta: “yo no”, me prometí a mí misma. Supuse que Mafer pensaba lo mismo, pero no: ella iba un paso adelante. Llegamos a mi casa en silencio. Cenamos sin hablar. Al abuelo le extrañó.

—¿Y ahora por qué tan calladas, Laurita? —se burló.

—No me llames Laurita —lo remedé— recuerda que mi nombre es Laura.

Nunca le había hablado así, y no me arrepiento, me merecía respeto y mucho les había aguantado como para soportarlos más. Estaba consternado pero no se atrevió a reprenderme. Sabía que tenía razón. Así que bajó la mirada y no volvió a preguntar nada más. Se veía tan espantado. Y no se diga la abuela, que por mala suerte no le dio un infarto en ese momento y sólo se puso a llorar. “Dile que se calle”, grito Mafer, “odio a las ancianas y más a las chillonas”, y mi abuela en lugar de obedecer, lloraba más y más. Así que tuve que darle una cachetada. “No me hagas enojar”, le advertí. Y santo remedio: se calló.

El abuelo trató de persuadirme, pero yo sabía muy bien lo que quería, y Mafer también. Sin pronunciar palabra empezamos a actuar. Primero, le reclamé sus mimos: “no soy una niña idiota, ¿entienden?”. La sangre me hervía, estaba muy acalorada, entre más hablaba, la ira iba tomándome, me sentía más feliz. Mientras los insultaba, Mafer les daba pisotones o les jalaba el cabello. De pronto, nos empezamos a reír y ya no pudimos parar. El abuelo intentó pararse y ese atrevimiento sí me molestó. Le golpeé el estómago con tanta fuerza que le saqué el aire. No le quedó más que sentarse. Nunca me había percatado de lo fuerte que soy ni del placer que se experimenta al utilizar esa fuerza contra alguien. La abuela gritó “¿por qué?”…

—Porque sí, porque estoy enojada, porque estoy sola, porque mis padres me abandonaron, porque no soy un objeto. Y ultimadamente: porque quiero.

La abuela me miró y esa mirada dulce me enfureció, pero menos que a Mafer: “dile que no me mire así, Laura, dile que no me mire así”. Y se le fue encima, la tiró de la silla; ignoro con qué se pegó pero la sangre brotó inmediatamente.

—Trae la cámara, trae la cámara —me ordenó Mafer.

—¿Dónde está, abuelo? —fijó la vista en mi rostro y reconocí su odio. Eso me agradó— Eres igual que todos los adultos: un mentiroso, hipócrita. Contéstame: ¿dónde está la cámara? ¡La quiero!

Permaneció inmóvil en la silla, sin pestañear siquiera. En el piso la abuela sangraba. Ante la desobediencia del abuelo, Mafer intervino: lo amenazó con un cuchillo. “¿Verdad, abuelo, que me la darás?”, y le dio una cuchillada en la panza.

Actuamos como unas profesionales, y lo éramos. Poncho y sus películas nos habían enseñado la ruta. Caminaron hacia la habitación principal y yo me quedé en el comedor mirando a la abuela y dibujando sobre la mesa con su sangre. Me gusta dibujar, como a Hanna, la niña de la película, y como ella dibujé el futuro de mis abuelos: dos tumbas. Cuando regresaron, la abuela aún respiraba.

—Empieza a filmar —le ordenó Mafer al abuelo—, hazlo o…

Antes de terminar la frase ya le había dado otro cuchillazo en la espalda. Los hombres son orgullosos, ese es un problema de la vida adulta, pero el orgullo no le sirvió de nada en ese momento, como no le había servido nunca. Comenzó a grabar.

—Abuelo, enséñame —siguió filmando sin dejar que yo me acercará— quiero aprender, ¿no entiendes? —parecía que le hablaba a la pared. Se limitó a observar tras la cámara la agonía de la abuela.

—Espera, falta acción —Mafer estaba muy creativa ese día— Ven, Laura, ayúdame, hay que sentarla nuevamente y entonces hacemos como que estamos comiendo las tres, ¿sale?

—¿Y quién lo vigilará? —cuestioné.

—No te preocupes, él sabe que si no obedece la lastimaré. Por cada orden incumplida juro que le cortaré un dedo.

—¡Qué buena idea! ¿Pero para qué quieres que la sentemos?

—No sé, me pareció divertido.

—Bueno, pero hay que amarrarla para que no se caiga.

—Trae su tejido. El estambre de los suéteres que nos estaba tejiendo es grueso.

Me dirigí a su sofá y ahí estaba lo que buscaba. Cuando regresé, le pedí al abuelo que me hiciera un acercamiento: “Por fin servirá de algo lo que teje la abuela… Abuela, tienes que mejorar tu derecho y tu revés, no te quedan tan bonitos como deberían”, me burlé. La cargamos como pudimos: “Vaya que estás gorda”, me quejé. Después, sacamos las agujas del tejido y lo desbaratamos mientras la sujetábamos a la silla. “Abuelo, toma sus manos. Quiero que salga también su cabello rojo. Abuela, qué guapa te ves de pelirroja. No sé por qué nunca te quisiste pintar el pelo, pero ahora ya no hay tiempo”, terminé la frase y miré el reloj, “¡Tu mamá ya debe haber llegado!”.

—No te preocupes —dijo con tranquilidad y cogió el teléfono—. “Ma, hola, oye, me quedaré a dormir con Laura, hay una cena especial y el abuelo nos está enseñando a usar su cámara Súper 8. Sí, ya terminé toda la tarea y acá está mi mochila. No, no te preocupes, Laura y yo usamos la misma talla. Okay, sí, sí, siempre me porto bien. Buenas noches, ma, nos vemos mañana” —colgó—. ¿Ves?, no hay problema. Los adultos son muy tontos. No cabe duda que los años restan inteligencia. ¡Ay, Laura, me encanta nuestra peli! Yo creo que a Poncho le encantará. Ahora sí somos unas verdaderas chicas del maíz.

Le pedimos al abuelo que se sentara frente a la abuela. Mafer se paró junto a ella y la empezó a peinar: “Te tienes que ver muy guapa”. Le solicité al abuelo que se acercara más, mientras yo la regañaba: “El color que me escogiste es espantoso, tan horrible como tus manos arrugadas y los waffles que preparas”. La miré y el coraje me nubló. Me lancé contra su cuello y lo apreté hasta que dejó de respirar. Me gustó el latir apresurado, mi respiración agitada y la textura de su cuello viejo en mis manos niñas. Le ordené al abuelo que siguiera filmando, estaba extasiada. Mafer se sentó frente a nosotras: “No puedo perderme esta escena, Laura, deberías ser actriz”. Me aferré a su cuello como hubiera querido que mi madre se aferrara a mí. Mafer me aplaudió: “bravo, bravo”. El abuelo quiso dejar la cámara pero una cuchillada en la pierna bastó para detenerlo. Le arrebaté la cámara justo a tiempo porque se tiró al piso. Cuando lo miré en cuclillas, adiviné que era el momento: tomé otro cuchillo y lo hendí en su espalda. Mafer le insertó el suyo una y otra vez hasta que cayó de bulto en el piso. Lo que más le admiré al abuelo siempre fue su valentía. Pero no fue suficiente para salvarlo. Como un santo, o como un tonto, no emitió ni una palabra ni un aullido. ¡Es una lástima que no quedó en la cámara!

Los dejamos ahí y nos preparamos una leche caliente con chocolate; es buena antes de dormir. Esa noche dormí plácidamente y por primera vez no soñé con mi madre. Al día siguiente, nos levantamos muy temprano y nos alistamos para ir a la escuela. Nos preparamos un sándwich para el recreo y partimos con la felicidad encima. Cuando salimos de clases fuimos a buscar a Poncho, se sorprendió al vernos: “¿Niñas, qué hacen aquí, hoy no toca reunión?”

-Ven con nosotras, tenemos algo que enseñarte -le dije.

-Ahora no puedo.

-No seas malo -se acercó Mafer y lo besó en la boca.

-Mmm, con esa invitación no puedo negarme.

***

Antes de abrir la puerta también lo besé. Adentró le pedí que me tocará. “Lo que verás te gustará, pero cierra los ojos”. Se dejó conducir por nosotras, estaba excitado. Al llegar a la cocina, empezó a reír. “Niñas, ¿qué han hecho?”. Volteó al abuelo, zangoloteó a la abuela… “Las felicito”.

-Eso no es todo -interrumpió Mafer- mira -le dio la cámara Súper 8- aquí está la grabación.

Poncho estaba fuera de sí, se reía, nos besaba, saltaba. Sabíamos que estaba orgulloso de ser el continuador del legado de Isaac. Era nuestro Isaac, con una sola diferencia: Poncho pronto cumpliría dieciocho años. Tomó la cámara y la proyectó sobre la pared. ¡Qué extraño es mirarse en una película!

-Ves, Laura, deberías ser actriz -insistió Mafer.

-¿Qué te parece? -pregunté.

-Maravilloso, pero ahora tienen que terminar su trabajo. Yo las ayudaré -en silencio, nos puso en las manos a cada una un cuchillo y él tomó otro- Laura, ¿dónde está tu habitación?

***

Se acostó en mi cama y nos pidió que nos colocáramos a los costados. “Por favor, antes bésenme”, dijo. Los besos fueron largos. Poncho se enterró el cuchillo en el estómago y tartamudeando nos encargó terminar el trabajo. “Sin duda este es el mejor día de mi vida”. Sonrió.

Los tres habíamos cumplido nuestro deber: nadie mayor de dieciocho debe vivir. No hay para qué. Pensamos que El que Camina detrás de la Hilera estaría complacido con nosotros. Era una lástima que la muerte de Poncho no estuviera filmada. Pero Mafer y yo estábamos seguras de que algún día otros comprenderían el legado de nuestros actos. La verdad era esa, y se hallaba grabada para quienes la quisieran ver.

 

© Miriam Mabel Martínez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Miriam Mabel Martínez | México, 1971 | Ha sido becaria del Centro Mexicano de Escritores y del programa Jóvenes Creadores del FONCA. En 2001 obtuvo una residencia artística en Vermont Studio Center y en 2002 otra en Writers Room de Nueva York. Ha publicado en semanarios y suplementos culturales de México; también participó en la antología Generación del 2000, Literatura Mexicana hacia el Tercer Milenio. Publicó un libro de cuentos con la editorial independiente DAGA y tiene inédita su primera novela.